Miguel Ángel Valero
La máquina pensante. Jensen Huang. Nvidia y el microprocesador más deseado del mundo, de Stephen Witt (Anaya, traducción de Beatriz Goyanes) permite averiguar por qué la empresa más valiosa del mundo se llama precisamente así. Lo cuenta el periodista que también publicó Cómo dejamos de pagar por la música en la página 43 de esta interesante obra: en 1993, Huang, Curtis Priem, y Chris Malachowsky entran en la oficina del abogado de Palo Alto Jim Gaither, pidiendo el registro de una nueva empresa.
Inicialmente, la denominación de ésta iba a ser Nvision, nombre que jugaba con las siglas NV (New Venture, nuevo proyecto) y vision (visión). Pero ya estaba registrada por un fabricante de papel higiénico reciclado. Priem siguió buscando palabras que encajaban con el concepto NV y, para ello, usó diccionarios de diversos idiomas, incluido el latín. Y apareció la palabra invidia, envidia en latín. Así nació Nvidia.
En junio de 2024, impulsada por el auge de la inteligencia artificial (IA) tras el lanzamiento de ChatGPT, se convirtió en la corporación másvaliosa del mundo. Tres décadas después de su fundación en un restaurante Denny’s, la compañía pasó de fabricar componentes para videojuegos a liderar el mercado global del hardware para IA. Esta transformación histórica es el eje central de esta obra, en la que se narra cómo Jensen Huang, cofundador y director general de Nvidia, apostó hace más de una década por una tecnología que entonces parecía marginal: la IA. Una decisión arriesgada que terminó redefiniendo la arquitectura del ordenador moderno y situando a la compañía en el centro de la revolución tecnológica actual.
Gracias a un acceso sin precedentes a Huang, a su entorno más cercano, empleados, inversores y competidores, el autor documenta el recorrido completo de Nvidia y perfila el retrato de un líder carismático, exigente y visionario, considerado una de las figuras más influyentes de Silicon Valley.
Explica cómo Nvidia evolucionó desde el diseño de tarjetas gráficas hasta el suministro de superordenadores valorados en cientos de millones$, esenciales para entrenar los modelos de IA más avanzados del mundo. Plataformas como ChatGPT, Copilot o Midjourney se desarrollan sobre infraestructura de Nvidia, consolidando a la compañía como columna vertebral del ecosistema de la IA.
Más allá del perfil empresarial, el libro plantea una reflexión sobre el futuro que se abre ante nosotros: avatares hiperrealistas, robots autónomos, coches sin conductor y nuevas formas de creación cultural generadas por IA. Un escenario que Jensen Huang define como la “siguiente revolución industrial” y cuyas consecuencias, fascinantes y perturbadoras, marcarán las próximas décadas.
En ese sentido, Huang está totalmente alejado de la visión catastrofista de la inteligencia artificial, defendida, entre otros, por los científicos de Toronto que implementaron la IA por primera vez en la plataforma de Nvidia. "Lo único que hace es procesar datos. Hay muchas otras cosas de las que preocuparse", responde cuando se le pregunta si la IA es una amenaza directa para la supervivencia del ser humano. Esa tesis defiende, en su versión más radical, que la IA, programada por humanos, terminará eliminando a la humanidad al considerar que es un obstáculo para realizar su trabajo.
Huang rechaza este pesimismo. Para él, la IA es pura fuerza de progreso, el motor de una nueva revolución industrial. En mayo de 2023, cientos de líderes del sector suscribieron una declaración que equiparaba el riesgo de una IA desbocada con el de una guerra nuclear. Huang no la firmó.
La razón por la que Jensen había triunfado en campos en los que otros habían fracasado, como la computación paralela, la IA u Omniverse, es precisamente porque no tolera la especulación etérea sobre el futuro. Huang examina las tecnologías con frialdad, a partir de principios básicos, sin dejarse llevar ni por el optimismo ni por el miedo, "sino solo por un sentido frío y paciente de la lógica empresarial que solo él podía llevar hasta el límite de la visión de futuro corporativa. No miraba ni intentaba imaginar más allá. La posible extinción de la humanidad no era una cuestión de estrategia empresarial y, por lo tanto, para él era tan insensato como dibujar un dragón en la parte inexplorada del mapa", narra Witt.
El último será el primero
Al margen de este debate sobre el futuro de la IA, que nadie sabe hacia dónde nos llevará, la obra de Witt ofrece lecciones de cómo gestionar una empresa, de cómo sacar adelante proyectos en los que nadie más parece creer. "Durante la mayor parte de su vida, en los estudios, en el atletismo y en la escala corporativa, Huang había competido por el primer puesto. Ahora podía disfrutar de la bendición de llegar el último. Contemplando la larga cola de competidores que tenía delante, Huang se dio cuenta de que estar en último lugar era algo así como divertido y, de hecho, mejor que estar en medio. Una empresa en último lugar podía hacer lo que quisiera. Podía tomar el atajo que nadie se atrevía a usar", cuenta en la página 58.
También muestra cómo aprender del fracaso: "La experiencia fue liberadora para Huang. La desesperación, no la inspiración, fue la madre de la victoria. Huang animó a sus empleados a conservar la mentalidad que habían adoptado durante el periodo de trabajo intensivo (crunch) de RIVA, pidiéndoles que actuaran siempre como si la empresa estuviera tambaleándose al borde de la quiebra aun cuando estuviera consiguiendo enormes beneficios. Durante los próximos años, Jensen abría las presentaciones de personal con las palabras 'Nuestra empresa está a treinta días de quebrar'. Incluso hoy en día, en Nvidia esta frase sigue siendo el lema corporativo" (página 60).
Huang aprende mucho del profesor de la Harvard Business School, Clayton Christensen, que popularizó el término "innovación disruptiva" para describir cómo las empresas pierden terreno frente a proyectos emergentes competidores. Las pequeñas empresas pueden quitarles terreno a las grandes dando servicio a nichos de clientes marginalmente rentables que los líderes del mercado han descartado. Porque es más fácil subir por la escalera mecánica de la rentabilidad que bajarla, ya que implica reducir voluntariamente los márgenes de beneficio fabricando deliberadamente productos inferiores: "Hay momentos en los que es correcto no escuchar a los clientes, invertir en productos de menor rendimiento que dan lugar a márgenes más bajos y dedicarse a mercados pequeños en lugar de a mercados importantes".
El creador de Nvidia lleva esa idea de la innovación disruptiva a la importancia del concepto de programación "velocidad de la luz", la búsqueda del legendario "mercado de los cero mil millones de dólares" y, sobre todo, a alertar del peligro siempre presente de la burocracia que avanzaba lentamente. A medida que Nvidia crecía, Huang mantuvo una estructura corporativa ágil, sin divisiones ni jerarquías fijas, con una treintena de personas a sus órdenes directas, la mayoría de ellas con responsabilidades fluidas.
"Necesito que todos estéis preparados. Nunca se sabe cuándo podéis convertiros de repente en la persona más importante de esta empresa", suele decir Huang a sus directivos pero también a los trabajadores.