08 Mar
08Mar

Miguel Ángel Valero

Donald Trump suele transmitir una idea muy clara: sin EEUU, la OTAN no es nada. Y es cierto que la capacidad militar norteamericana (en presupuesto, tecnología y poder de fuego) no tiene comparación dentro de la Alianza. Pero la pregunta incómoda es otra, para el analista Pablo Gil en The Trader: ¿qué sería de EEUU sin su red militar en Europa?

La actual guerra de Oriente Medio, iniciada por los ataques conjuntos de EEUU e Israel contra Irán, pone en evidencia que la relación no es de dependencia unilateral. Es de interdependencia estratégica. Hoy EEUU mantiene alrededor de 85.000 soldados en el continente europeo, distribuidos en más de 30 bases permanentes y decenas de instalaciones con acceso rotacional o logístico. No hablamos solo de presencia simbólica. Hablamos de una red operativa que convierte a Europa en la gran plataforma de lanzamiento del poder militar estadounidense hacia Oriente Próximo, África y el Ártico.

La base de la Base Aérea de Ramstein es el principal hospital militar para las operaciones del Mando Central estadounidense. Desde la Base Naval de Rota operan destructores clave en el escudo antimisiles. RAF Lakenheath en Reino Unido y Base Aérea de Morón en España son escalas fundamentales en cualquier despliegue hacia Oriente Próximo.

Cuando Washington ha protegido el espacio aéreo de Israel, cuando ha desplegado fuerzas para rodear a Irán o cuando ha proyectado poder hacia África, lo ha hecho apoyándose en esa infraestructura europea. Sin ella, el tiempo de respuesta no sería cuestión de días. Sería de semanas.

Un informe del Center for Strategic and International Studies advertía en 2024 que, en caso de perder el acceso a bases en Reino Unido, España o Italia, Estados Unidos tendría enormes dificultades para controlar el Atlántico en un escenario de conflicto europeo. No es un detalle menor. Es arquitectura estratégica.

Además, el cuartel general del Mando Africano de EEUU está en Stuttgart. La protección de aliados en Oriente Próximo pasa por corredores logísticos europeos. Incluso la creciente relevancia del Ártico, con el deshielo acelerado, incrementa el valor geopolítico del continente como plataforma avanzada.

Trump ha amenazado con relativizar el Artículo 5 de la OTAN. Eso tensiona la alianza políticamente. Pero nunca ha hablado seriamente de abandonar las bases. Porque el Pentágono sabe que las necesita. Y aquí está el punto clave: Europa no puede usar las bases como herramienta de presión, porque su seguridad depende en buena medida de la garantía estadounidense. Pero Estados Unidos tampoco puede prescindir de ellas sin asumir un coste operativo enorme.

Si Washington perdiera acceso a esa red logística: 

  • Su capacidad de disuasión en Eurasia se debilitaría.
  • Su tiempo de reacción ante crisis en Oriente Próximo aumentaría significativamente.
  • Su control estratégico del Atlántico se resentiría.
  • Su proyección hacia África y el Ártico sería más lenta y cara.

La OTAN no es solo un paraguas defensivo para Europa. Es la columna vertebral logística de la proyección global estadounidense. Durante décadas, esta interdependencia ha sido tan estable que casi nadie la cuestionaba. Hoy, en un mundo más fragmentado y con tensiones comerciales crecientes, el debate empieza a aflorar. Pero sigue sin plantearse en toda su profundidad.

Trump puede utilizar la OTAN como herramienta de presión política, pero la realidad estratégica es más tozuda que el discurso. Estados Unidos no sostiene solo a Europa. Europa sostiene buena parte de la capacidad operativa global de Estados Unidos. Y en un mundo cada vez más inestable, romper ese equilibrio no debilitaría solo a una orilla del Atlántico. Debilitaría a ambas.

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