03May

La prosperidad mundial depende de que "exista un acceso fiable a materias primas críticas para el crecimiento económico, la innovación y la seguridad energética”, advierte la OCDE.

Miguel Ángel Valero

Las materias primas críticas encaran un aumento de las restricciones a la exportación que intensifica los riesgos para las cadenas mundiales de suministro, avisa la OCDE. La actualización anual del informe Inventory of Export Restrictions on Critical Raw Materials  de la OCDE concluye que diversos minerales fundamentales, que son insumos esenciales de las tecnologías utilizadas en el ámbito digital y de las energías renovables, corren un elevado riesgo de soportar restricciones a la exportación, y el número de medidas restrictivas sigue en aumento.

El informe analiza las restricciones a la exportación de materias primas críticas aplicadas hasta el final de 2024, y muestra que este tipo de medidas no ha dejado de incrementarse en los últimos 15 años, hasta alcanzar un máximo histórico. Pese a que la tasa de crecimiento de las nuevas restricciones a la exportación se ralentizó, al pasar del 3,4% en 2023 al 0,6% en 2024, un buen número de países, en particular de África y Asia, introdujo nuevas restricciones.

Algunos minerales esenciales para los sistemas energéticos, como el cobalto, el manganeso, el grafito y elementos de las tierras raras, corren un riesgo especialmente alto de soportar restricciones a la exportación. Cerca del 70% de las exportaciones mundiales de cobalto y manganeso experimentaron, como mínimo, una restricción a la exportación entre 2022 y 2024. El 16% del comercio de las materias primas críticas a las que da seguimiento la OCDE enfrentó al menos una restricción a la exportación durante ese mismo periodo.

Según declaró el Secretario General de la OCDE, Mathias Cormann, en el Foro de los Minerales Críticos de Estambul, “países de todo el mundo dependen de que exista un acceso fiable a materias primas críticas para el crecimiento económico, la innovación y la seguridad energética”.  “Las restricciones a la exportación pueden incrementar las vulnerabilidades de aquellas cadenas de suministro que presentan una gran concentración, al limitar los volúmenes de exportación e impulsar los precios al alza. Mejorar la transparencia de estas medidas resulta fundamental para promover mercados más abiertos y diversificados para los minerales críticos, incentivando una inversión sumamente necesaria para intensificar la producción y promover colaboraciones con los países productores que generen beneficios mutuos", argumenta.

Pese al rápido aumento de la demanda de materias primas críticas, el suministro sigue estando muy concentrado y los ajustes en el mismo se realizan con lentitud. Aunque existen diferencias entre los mayores productores según el material, los tres principales países productores de cobalto, litio y níquel respectivamente representan más de dos tercios de la producción mundial, una proporción que se eleva a cerca del 90% en el caso de los elementos de las tierras raras. También existe concentración en las medidas adoptadas en materia de políticas, pues más de la mitad del total de nuevas medidas aplicadas entre 2009 y 2024 corresponden a la India (9%), China (17%), Argentina (6%), Vietnam (5%) y Burundi (4%). 

Los materiales de desecho y los residuos siguieron constituyendo en 2024 la categoría de materias primas críticas a la que se imponen restricciones con mayor frecuencia, un reflejo de las preocupaciones de carácter medioambiental y del creciente interés por la economía circular como fuente de metales y minerales. Por otra parte, las restricciones a la exportación impuestas a las cadenas de suministro upstream, entre ellas las de menas y otros minerales, aumentaron de forma notable entre 2009 y 2024, al multiplicarse por diez durante dicho período.

Las medidas enormemente restrictivas, entre otras la prohibición de las exportaciones y los contingentes, son cada vez más predominantes, ya que representan más de un tercio de las nuevas medidas introducidas en 2024. La generación de ingresos ha sido el argumento declarado para justificar las restricciones a la exportación que más rápido ha aumentado desde el inicio de la década de 2010 y se ha convertido en la motivación más nombrada en 2024, en relación prácticamente con la mitad de las medidas. 

The Trader: la oferta no está preparada para tanta demanda

"Hay momentos en los mercados que solo se entienden con perspectiva histórica. Y el gráfico que tienes delante es uno de ellos. Muestra más de dos siglos de comportamiento de las materias primas, señalando los grandes picos inflacionarios y los grandes suelos. No es ruido. Es un patrón", explica el analista Pablo Gil en The Trader.

Cada gran ciclo alcista en commodities ha coincidido con momentos de ruptura estructural: guerras, reconstrucciones, cambios de modelo económico o transformaciones tecnológicas profundas. No han sido movimientos aislados. Han sido consecuencia directa de una necesidad masiva de recursos en un contexto donde la oferta no podía responder con la misma rapidez.

El mundo está intentando hacer demasiadas cosas al mismo tiempo. Rearmarse tras años de infra-inversión en defensa. Construir la infraestructura necesaria para sostener la inteligencia artificial, que implica centros de datos con un consumo energético brutal. Electrificar la economía, desde los coches hasta la industria. Acelerar la transición energética. Reconfigurar cadenas de suministro en clave geopolítica.

Todo eso tiene algo en común: depende de materias primas. No de forma marginal, sino crítica. El cobre, litio, níquel, plata, tierras raras… no son activos financieros. No se pueden imprimir. No aparecen de la nada porque suba la demanda. Requieren años de inversión, exploración, desarrollo y capacidad productiva. Y ahí es donde está el problema: La oferta no está preparada.

Durante más de una década, el sector ha sufrido una clara falta de inversión motivada por bajos precios, presión regulatoria, incertidumbre política y un exceso de complacencia que ha frenado el desarrollo de nuevos proyectos. El resultado es que, justo cuando la demanda empieza a dispararse, la capacidad de respuesta es limitada.

A este desequilibrio entre oferta y demanda hay que sumarle otro factor clave: el entorno monetario. Estamos en una de las mayores etapas de expansión fiscal y monetaria de la historia reciente. Déficits estructurales, deuda creciente y monedas Fiat (dinero físico) que, poco a poco, pierden poder adquisitivo.

Cuando combinas escasez física con abundancia monetaria, el resultado suele ser el mismo: subidas sostenidas de precios. Y eso es, en esencia, lo que define un superciclo. 

El gráfico simplemente refuerza esta idea: Tras largos periodos de debilidad (como el que culminó durante la pandemia, con una fase de depresión relativa en commodities) suelen iniciarse movimientos prolongados al alza, que no son puntuales, sino tendencias de años o incluso décadas. Y lo más interesante es que estos ciclos no suelen ser evidentes al principio. Empiezan con escepticismo, con el mercado mirando hacia otro lado, centrado en otras narrativas. Exactamente como ahora.

Hoy la atención está en la tecnología, en la inteligencia artificial, en los mercados financieros. Pero pocos están poniendo el foco en lo que hace posible todo eso: los recursos físicos.

La paradoja es evidente. Queremos un mundo más digital, más eléctrico, más automatizado… pero sin materias primas eso simplemente no es posible. La historia nos dice que cuando esta desconexión se corrige, lo hace con fuerza. Y por eso, más allá del ruido de corto plazo, lo relevante es entender el contexto. No estamos ante un simple rebote cíclico. Estamos ante un posible cambio estructural en el mercado de materias primas.

"Mi sensación es que tal vez estamos en la fase intermedia de algo mucho más grande de lo que la mayoría imagina. Y como suele ocurrir en estos casos, cuando el consenso lo vea, probablemente ya será tarde para posicionarse con comodidad", advierte Pablo Gil.

30Apr

El poder ya no se mide solo en tamaño, sino en capacidad de adaptación. Y eso cambia la forma en la que debemos analizar el riesgo. Porque el problema ya no es quién gana una guerra, sino cuánto cuesta mantenerla abierta.El poder ya no se mide solo en tamaño, sino en capacidad de adaptación. Y eso cambia la forma en la que debemos analizar el riesgo. Porque el problema ya no es quién gana una guerra, sino cuánto cuesta mantenerla abierta.

Miguel Ángel Valero

Vuelven los temores en torno al conflicto con Irán, ante nuevas presiones por parte de EEUU. Washington ha rechazado la propuesta iraní, mantiene el bloqueo y valora reanudar la presión también por vía militar, para forzar al país persa a retomar las negociaciones. En este sentido, el mando central estadounidense ha solicitado el envío de misiles hipersónicos al teatro de operaciones, un tipo de armamento que Estados Unidos nunca ha utilizado en un conflicto real y que permitiría atacar lanzaderas iraníes fuera del alcance de sus actuales misiles de precisión.Mantenemos la visión que el estrecho se abrirá pronto y estas nuevas presiones son parte de la negociación. No obstante, la resiliencia iraní continúa sorprendiendo: la aparente indiferencia se mantiene, con una imagen de unidad en la élite política iraní en torno a la negativa a negociar mientras persista el bloqueo, y sin señales públicas relevantes de descontento social pese al notable deterioro de la situación económica del país. 

Se agranda la dicotomía existente entre los mercados de materias primas y los financieros. Mientras el crudo vuelve a situarse en máximos desde el inicio del conflicto, las Bolsas se mantienen próximas a sus niveles más elevados, apenas alteradas por las últimas novedades. Por su parte, la renta fija, aunque muestra cierta tensión adicional, tampoco ofrece señales de un deterioro significativo. Este comportamiento sugiere que los mercados financieros continúan descontando una resolución relativamente rápida del conflicto y mantienen el foco en la solidez de los beneficios empresariales. Al mismo tiempo, las expectativas de inflación a medio plazo permanecen ancladas, lo que mantiene al 'monstruo' de la inflación contenido y permite a los bancos centrales adoptar una actitud paciente.

The Trader: el poder militar no se traduce en control estratégico

"Hay una idea que se repite constantemente en los mercados y en la política internacional: si tienes suficiente poder, puedes imponer tu voluntad. Pero la realidad, una vez más, se encarga de desmontarla. Lo que estamos viendo en el conflicto entre EEUU, Israel e Irán es precisamente eso. Una demostración clara de que el poder militar no siempre se traduce en control estratégico. Y, sobre todo, de que negociar no es lo mismo que presionar", argumenta el analista Pablo Gil en The Trader.

Wendy Sherman, subsecretaria de Estado de EEUU y una de las arquitectas del acuerdo nuclear de 2015, lo explica con una claridad incómoda: Irán no va a capitular. Nunca lo ha hecho y no lo va a hacer ahora. No porque sea fuerte en términos absolutos, sino porque su identidad está construida sobre la resistencia. Es un país marcado por su historia, por la intervención occidental en 1953 y por una revolución que redefinió su relación con el mundo.

Ése es el primer error de enfoque. Pensar que el adversario reacciona con tu misma lógica. Cuando Trump intenta forzar concesiones rápidas, parte de una premisa equivocada: que el coste de resistir será mayor que el de ceder. Pero en el caso de Irán ocurre justo lo contrario. Ceder supone perder legitimidad interna. Resistir, en cambio, refuerza al régimen. Y eso cambia completamente las reglas del juego. Porque entonces ya no estás negociando con incentivos económicos o militares, sino con identidad, orgullo y supervivencia política. Y ahí las herramientas tradicionales pierden eficacia.

El segundo gran error es confundir táctica con estrategia. Sherman lo deja entrever sin rodeos: hay movimientos, hay presión, hay demostraciones de fuerza… pero no hay un plan coherente a largo plazo. Y eso tiene consecuencias. No solo en el frente militar, sino en algo mucho más importante: la credibilidad internacional. Cuando tus aliados empiezan a dudar de ti, el problema deja de ser local y pasa a ser sistémico. Canadá, Reino Unido, Europa… empiezan a mirar a China como alternativa. No porque compartan valores, sino porque buscan estabilidad. Y en geopolítica, la estabilidad vale más que la afinidad.

Ahí es donde el conflicto da un giro que muchos inversores todavía no están valorando. China no necesita intervenir directamente para ganar influencia. Le basta con observar cómo EEUU se desgasta. Cómo consume recursos, cómo pierde cohesión con sus aliados y cómo abre la puerta a cambios estructurales mucho más profundos. Uno de ellos es especialmente relevante: el sistema monetario.

Irán ya ha planteado aceptar pagos en yuanes en lugar de dólares para el petróleo que atraviesa el estrecho de Ormuz. Puede parecer anecdótico, pero no lo es. El petróleo ha sido históricamente el pilar del dominio global del dólar. Si esa dinámica empieza a cambiar, aunque sea de forma gradual, el impacto a largo plazo puede ser enorme. No es un cambio inmediato, pero si una primera grieta que puede agrandarse con el tiempo. Y los mercados, cuando detectan grietas estructurales, acaban reaccionando.

A todo esto, se suma un factor que complica aún más la situación: Irán no necesita enfrentarse directamente a EEUU para generar problemas. Sabe que en una guerra convencional está en desventaja, así que juega a otra cosa. Utiliza herramientas más simples pero muy efectivas: drones, lanchas rápidas, su capacidad para bloquear o amenazar el paso en el estrecho de Ormuz y el apoyo a grupos aliados en la región como Hezbolá o los hutíes, que actúan en su nombre. Con todo eso, consigue mantener bajo presión constante a una potencia mucho más fuerte, sin necesidad de enfrentarse cara a cara.

Es exactamente el mismo patrón que estamos viendo en otros conflictos recientes. El poder ya no se mide solo en tamaño, sino en capacidad de adaptación. Y eso cambia la forma en la que debemos analizar el riesgo.  Porque el problema ya no es quién gana una guerra, sino cuánto cuesta mantenerla abierta.

Mientras tanto, el escenario de negociación sigue siendo extremadamente complejo. Lo más probable no es un acuerdo definitivo, sino un proceso largo, lleno de pausas, avances parciales y retrocesos. Un equilibrio inestable que puede durar meses o incluso años. Y en ese contexto, la economía global se resiente poco a poco. No por un shock puntual, sino por una erosión constante. Y eso representa el verdadero riesgo. 

"Pensar que esto se va a resolver rápido es, probablemente, otro error de cálculo. Estamos entrando en una fase donde el poder ya no garantiza resultados, donde la geopolítica pesa más que la economía y donde los equilibrios globales se están redefiniendo sin hacer demasiado ruido. Y como inversores, ignorar estos cambios suele salir caro. Porque cuando el tablero cambia… las reglas también lo hacen", advierte este experto.

45 millones de personas en riesgo de hambruna

Se habla del estrecho de Ormuz como un cuello de botella energético, del petróleo, del gas, de las tensiones geopolíticas. Y todo eso es cierto. Pero hay un efecto mucho más silencioso (y potencialmente más peligroso) del conflicto en Oriente Medio que está empezando a emerger: el impacto sobre los fertilizantes y, con ello, sobre la producción de alimentos. Porque Ormuz no es solo una arteria por la que fluye energía. También lo es para algo igual de crítico: las materias primas agrícolas que sostienen la producción global de alimentos.

Lo que está ocurriendo en el delta del Mekong, en Vietnam, lo ilustra con una claridad brutal. Allí, en uno de los mayores graneros del mundo, los agricultores están empezando a tomar una decisión que lo cambia todo: no sembrar. No porque no quieran. Sino porque no pueden.

El motivo es simple. Sin fertilizantes (especialmente urea, el más utilizado a nivel global) la productividad se desploma. Y esos fertilizantes dependen, en gran medida, de suministros que atraviesan Oriente Medio. Si esa ruta se bloquea, el sistema se rompe. 

A eso se suma el segundo golpe: la energía. El diésel que alimenta bombas de riego, maquinaria y transporte se ha disparado. El coste de cultivar se ha vuelto impredecible. Y cuando un agricultor no puede estimar su rentabilidad, lo que hace es reducir riesgo. Producir menos… o directamente no producir.

Y aquí es donde empieza el verdadero problema. Porque el Mekong no es una región más. Es uno de los pilares de la seguridad alimentaria global. Vietnam es el segundo mayor exportador de arroz del mundo. Si allí cae la producción, no es un problema local, sino un shock global, porque se produce un efecto en cadena: 

  • Menos fertilizante → menor rendimiento
  • Menor rendimiento → menos cosechas
  • Menos cosechas → menos exportaciones
  • Menos exportaciones → subida de precios

Pero hay un segundo nivel aún más preocupante. Cuando los países perciben riesgo de escasez, reaccionan. Lo vimos en 2008 y en 2022: restringen exportaciones para proteger su mercado interno. Y eso convierte un problema regional en una crisis global.

La FAO ya advierte de ello. Si los fertilizantes siguen encareciéndose o escaseando, millones de agricultores reducirán su uso. Es una decisión racional a corto plazo… pero devastadora a medio plazo. Porque menos fertilización no solo reduce la producción actual. También degrada la calidad del suelo, afecta a la siguiente cosecha y genera un efecto acumulativo. Es decir, no es un shock puntual. Es el inicio de un ciclo.

El mercado sigue centrado en el petróleo por su impacto directo en la inflación. Pero ahí está el error: no entender que los alimentos tienen un efecto mucho más profundo, porque impactan directamente en la estabilidad social. Ya sabemos lo que ocurre cuando sube la energía: más inflación y menor crecimiento. Pero cuando lo que sube es el precio de los alimentos, el escenario cambia por completo. Aparecen tensiones sociales, inestabilidad política y, en los casos más extremos, crisis humanitarias.

El Programa Mundial de Alimentos ya lo está advirtiendo: hasta 45 millones de personas podrían verse empujadas hacia la hambruna si esta situación se prolonga. Y tiene todo el sentido. En un mundo globalizado e interconectado como el actual, una disrupción energética no se queda ahí. Se traslada a la agricultura. Y cuando falla la agricultura, el problema deja de ser económico para convertirse en algo mucho más global.

UBS: oportunidades atractivas de diversificación

“Los precios más altos de la energía son un riesgo, pero en ausencia de un shock prolongado, creemos que el entorno para la economía y los beneficios empresariales sigue siendo sólido, lo que respalda a la renta variable”, aporta Mark Haefele, director de inversiones de UBS Global Wealth Management.

“En un entorno geopolítico incierto, existen razones de peso para diversificar más ampliamente la exposición a renta variable y reducir el riesgo de concentración. Actualmente, vemos las oportunidades de diversificación más atractivas en mercados emergentes, en el segmento ‘Luxury and Lifestyle’ y en determinadas acciones suizas”, añade Daniel Kalt, Chief Economist Switzerland.

“La tecnología y la IA son ya motores clave del crecimiento de beneficios en mercados emergentes, mientras que las materias primas siguen siendo un factor macro relevante. El impacto de los precios de las materias primas es desigual, lo que refuerza la necesidad de una exposición selectiva”, apunta Alejo Czerwonko, Chief Investment Officer Emerging Markets Americas.

“Para quienes apuestan por el oro, sugerimos asignar una pequeña parte —en el rango de un dígito medio— del total de los activos para ayudar a diversificar carteras y ofrecer cierta protección frente a shocks macroeconómicos”, subrayan Wayne Gordon, Strategist, y Dominic Schnider, Head Global FX & Commodity. “El precio de la plata se ha movido lateralmente en las últimas semanas, con poca evidencia de una renovada demanda inversora vía ETF o futuros. Hemos reducido nuestras previsiones de déficit tras revisar oferta y demanda, reflejando menores flujos de inversión, una demanda industrial más débil y una mayor producción minera”, añaden.

"Mantenemos una visión positiva a medio plazo y prevemos que el precio del cobre alcance los 15.000$/tonelada a finales de marzo de 2027. Esto respalda una preferencia por posiciones largas o por estrategias de venta de downside para mejorar el carry”, remarcan.

“Creemos que el AUD puede superar a muchas de sus divisas pares del G10 hasta principios de 2027. No obstante, el riesgo de interrupciones prolongadas en el suministro de petróleo, junto con un menor crecimiento global, podría pesar sobre el AUD dada su sensibilidad cíclica”, resaltan Wayne Gordon y Teck Leng Tan, Strategists.

30Apr

En los mercados va ganando adeptos la tesis de que la Reserva Federal no va a hacer ningún movimiento hasta comprobar que el shock energético no se traduce en una espiral inflacionista, por mucho que presione Trump para que se reduzcan los tipos.

Miguel Ángel Valero

"Hay semanas en las que los bancos centrales tienen margen para decidir… y hay semanas, como ésta, en las que simplemente reaccionan a un entorno que se les escapa de las manos", reflexiona en The Trader el analista Pablo Gil. La extensión del conflicto en Oriente Próximo ha vuelto a tensionar una variable que ya estaba bajo vigilancia: la inflación. No tanto por lo que ya ha pasado, sino por lo que puede pasar si la situación se alarga. Energía más cara, costes de producción al alza y, en consecuencia, una presión inflacionista que vuelve a aparecer cuando todavía no estaba completamente controlada.

"Ése es el verdadero problema. Porque los bancos centrales venían preparando el terreno para empezar a relajar su política monetaria… y ahora se encuentran con que el contexto les obliga, como mínimo, a esperar", subraya.

En el caso de EEUU, la fotografía es especialmente incómoda. Los últimos datos de empleo no muestran un colapso del mercado laboral, ni mucho menos. Pero sí dejan entrever algo que empieza a preocupar: menor dinamismo, menos creación de empleo y cierta pérdida de inercia. No es una economía que se esté frenando en seco, pero tampoco está acelerando. Y, sin embargo, el consumo sigue aguantando. La actividad económica continúa mostrando una resistencia notable. Esa combinación (enfriamiento moderado del empleo, pero crecimiento aún sólido) es precisamente la que deja a la Fed en una posición muy incómoda. Porque con ese escenario, justificar una bajada de tipos se vuelve extremadamente complicado.

Si recortan demasiado pronto, corren el riesgo de reavivar la inflación justo cuando el conflicto geopolítico puede amplificarla. Si esperan demasiado, podrían terminar frenando una economía que ya empieza a mostrar signos de fatiga. Es el típico equilibrio imposible en el que cualquier decisión tiene costes. De ahí que el escenario más probable ahora mismo sea el de inacción. No solo por parte de la Fed, sino también del resto de grandes bancos centrales. Esperar, observar y ganar tiempo.

Pero hay un elemento adicional que introduce todavía más incertidumbre en el análisis. Y no tiene que ver ni con la inflación ni con el crecimiento, sino con algo mucho más técnico… pero igual de importante: la liquidez del sistema. 

En las últimas semanas, la Fed ha vuelto a expandir ligeramente su balance. No lo hace como en los programas de estímulo masivo del pasado, sino bajo un argumento mucho más técnico: asegurar que el sistema financiero dispone de suficientes reservas y evitar tensiones en el mercado monetario. Sobre el papel, esto no es política expansiva. No es un intento de estimular la economía. Es, simplemente, una medida preventiva. Pero en la práctica, el efecto es muy parecido. Porque mientras la Fed mantiene los tipos en niveles elevados para contener la inflación, al mismo tiempo está inyectando liquidez para evitar que el sistema se tensione. Endurece por un lado… y suaviza por otro. Y eso no solo introduce una contradicción técnica, sino también un problema de comunicación: ¿está realmente restringiendo las condiciones financieras… o simplemente intentando ganar tiempo?

Porque al final, los mercados no reaccionan solo a los tipos de interés… reaccionan a la liquidez. Y la liquidez sigue siendo el combustible de los activos.

Con la Bolsa en máximos históricos, los spreads de crédito en niveles muy bajos y unas condiciones financieras que siguen siendo favorables, este tipo de movimientos pueden ser interpretados por el mercado como una señal implícita de apoyo. Como si, en el fondo, la Fed siguiera actuando como red de seguridad.

Y en un contexto donde la política monetaria empieza a mostrar esas contradicciones internas, hay otro factor que puede cambiar las reglas del juego en los próximos meses. El mandato de Jerome Powell está llegando a su fin, y todo apunta a que será sustituido por Kevin Warsh, un perfil mucho menos continuista y más crítico con la política monetaria reciente.

Y aquí es donde el análisis se vuelve especialmente interesante. Porque el problema ya no es lo que está pasando hoy, sino lo que puede pasar mañana. La economía aguanta… pero si empieza a deteriorarse, la presión para bajar tipos llegará en el peor momento posible: con una inflación todavía incierta y condicionada por factores externos como la energía. Y, además, con una nueva dirección al frente de la Fed que podría tener una visión distinta… y con una presión política que no va a desaparecer, especialmente desde figuras como Donald Trump.

La independencia de los bancos centrales siempre ha sido un pilar fundamental del sistema. Pero en un entorno como el actual (con tensiones geopolíticas, inflación incierta, liquidez en juego y presión política) esa independencia empieza a ponerse a prueba de verdad.

Lo importante no es si bajan o no los tipos ahora a corto plazo, sino entender que el margen de maniobra se está estrechando. Cuando Powell sea sustituido por Warsh ya no solo estaremos analizando datos económicos. Estaremos analizando credibilidad en la toma de decisiones, porque en un entorno donde la inflación puede volver a sorprender al alza, donde la geopolítica introduce shocks imprevisibles, donde la liquidez empieza a jugar un papel silencioso pero decisivo y donde la presión política es cada vez más visible, la credibilidad lo es todo.

"Si el mercado percibe que los bancos centrales actúan tarde, reaccionan mal o ceden a presiones externas, el problema ya no será solo la inflación… será la pérdida de confianza. Y cuando un banco central pierde credibilidad, deja de marcar el rumbo… y pasa a ir detrás de los acontecimientos", advierte Pablo Gil.

Banca March: Warsh se encuentra un Comité reacio a bajar tipos

La Reserva Federal mantuvo los tipos de interés sin cambios en el rango del 3,5%–3,75%, aunque la decisión puso de manifiesto un inusual grado de discrepancia interna. La votación se saldó con un 8–4, lo que supone la primera vez en más de tres décadas que cuatro miembros del Comité discrepan. Ocho gobernadores respaldaron no solo el mantenimiento de los tipos, sino también un comunicado con un sesgo abierto a recortes como posible próximo movimiento. Por su parte, tres miembros también votaron a favor de mantener los tipos, pero mostraron su desacuerdo con el lenguaje, al preferir un tono más restrictivo que no apuntara explícitamente a futuras bajadas. El cuarto voto disidente fue el de Stephen Miran, que se pronunció directamente a favor de un recorte de tipos. Este caso debe interpretarse por separado, ya que Miran –designado por Trump– ha apoyado al menos un recorte en todas las reuniones desde su incorporación en septiembre. 

En este contexto, la división interna resulta menos alarmante de lo que sugiere el resultado numérico, dado que la discrepancia no se centró tanto en la decisión sobre los tipos en sí, sino en el lenguaje del comunicado, aunque sí pone de relieve una Fed cada vez más divididaSí se produjo un cambio en la redacción: donde antes se señalaba que la inflación estaba “algo elevada”, ahora se afirma directamente que está “elevada”, eliminando el matiz y enviando un mensaje más contundente. Por lo demás, apenas hubo modificaciones: el desempleo volvió a describirse como “prácticamente sin cambios” y la actividad económica continúa expandiéndose a un ritmo “sólido”.

Retomando las discrepancias, este entorno complica el escenario para Kevin Warsh, el candidato de Trump a presidir la Fed, quien podría ser potencialmente más favorable a recortar los tipos, pero se encontraría con un comité menos dispuesto a respaldar una relajación inmediata de la política monetaria. En este sentido, el Comité Bancario del Senado votó a favor de elevar su nominación al pleno del Senado. Por su parte, Jerome Powell, actual presidente de la Reserva Federal, permanecerá en el cargo hasta el 15 de mayo y anunció su intención de seguir como miembro de la Junta de Gobernadores una vez que la investigación en su contra quede, según sus palabras, “verdaderamente cerrada con transparencia”.

Diaphanum: el margen de error es mínimo

Carlos de Campo, analista de Inversiones de Diaphanum, resalta que la reunión de la Fed evidenció una división interna creciente sobre cómo actuar en un entorno de mayor inflación de oferta como el actual. Aunque hubo consenso sobre mantener los tipos estables, tres miembros se mostraron contrarios a plantear recortes de tipos, lo que el mercado interpretó como un mensaje más hawkish. De hecho, la curva de tipos se aplanó y se evaporó la ya baja probabilidad que venía descontando el consenso sobre un posible movimiento a finales de 2026.  Tras varios años sin lograr anclar la inflación a su objetivo del 2%, el margen de error de la Fed es mínimo. 

No obstante, es previsible que el Comité actúe con prudencia ya que el actual choque energético, derivado del conflicto en Oriente Medio, debería ser transitorio y el elevado precio del crudo ya ejerce un efecto contractivo sobre la demanda. Por tanto, la estrategia actual es clara: ganar tiempo para evaluar si estas presiones se filtran a la inflación subyacente. Ante el inminente relevo en la presidencia de la Fed, la institución afronta el desafío crítico de salvaguardar su credibilidad y proteger el valor del dinero frente a las tentaciones políticas de corto plazo. La evidencia histórica y académica demuestra que existe una correlación negativa entre inflación e independencia a largo plazo, por lo que los próximos meses estarán marcados por un intenso debate sobre la autonomía del Comité frente a posibles interferencias del poder político.

DWS: no se reduce la incertidumbre del mercado

La reunión del FOMC de abril fue bastante histórica para Christian Scherrmann, Economista para EEUU de DWS. No solo fue la última reunión con Jerome Powell como presidente de la Fed, sino que también fue la primera vez desde octubre de 1992 en la que cuatro miembros con derecho a voto disentían. Stephen Miran votó en contra de mantener los tipos sin cambios, favoreciendo en su lugar un recorte de 25 pb. Beth Hammack, Neel Kashkari y Lorie Logan votaron por mantener los tipos en el rango del 3,5 %-3,75 %; sin embargo, se opusieron al lenguaje del comunicado. No respaldaron mantener un sesgo acomodaticio y, por lo tanto, preferían una postura más equilibrada sobre las perspectivas de la política monetaria.

Teniendo en cuenta los recientes comentarios del próximo presidente de la Fed, Kevin Warsh, quien dijo que prefiere “una buena pelea familiar” en lugar de un consenso previo del comité, este movimiento puede simbolizar una bienvenida tibia. Sugiere que alcanzar consensos es un arte que merece ser dominado, más que una señal de complacencia. Como mínimo, indica que existen diferentes opiniones, incluso matices, entre los participantes actuales del FOMC que pueden expresarse. 

En cuanto al doble mandato, el comunicado reconoció los riesgos al alza para la inflación y el bajo crecimiento del empleo. Aunque Warsh parece probable que coincida con la primera observación sobre la inflación, se mantuvo en silencio respecto a la importancia del máximo empleo. En conjunto, esto debería limitar su sesgo acomodaticio si se toma al pie de la letra.

Se hizo más historia durante la rueda de prensa. Al anunciar el fin de su presidencia, Powell dijo que permanecería en la Junta de Gobernadores. Aunque llevaba tiempo planeando retirarse, las garantías respecto a la suspensión de acciones legales contra él aparentemente no cumplieron sus estándares. Como gobernador regular, planea mantener un perfil bajo y espera que, según la tradición, Kevin Warsh sea elegido como el próximo presidente del FOMC. 

En cuanto a la inflación, Powell afirmó que los principales efectos de los precios del petróleo probablemente se verán en tres o cuatro meses, mientras que todavía esperan que los efectos de los aranceles se desvanezcan en uno o dos trimestres. Añadió que, dado que el principal riesgo al alza proviene de los precios de la energía, resulta razonable debatir un cambio hacia una postura más neutral. Este fue un claro sesgo acomodaticio, que aparentemente no fue compartido por todos los participantes. También insinuó que los miembros sin derecho a voto expresaron su deseo de eliminar el sesgo acomodaticio. Sin embargo, como presidente saliente, sus opiniones ahora tienen menos peso. Por lo tanto, un FOMC globalmente menos acomodaticio otorga a la reunión de abril un sesgo claramente neutral, si no ligeramente restrictivo.

Por ahora, sin embargo, todos los miembros con derecho a voto, excepto Miran, apoyan mantener los tipos sin cambios, y nadie ha expresado el deseo de subirlos. No obstante, esto no reduce la incertidumbre a la que se enfrentan los mercados. Pueden ocurrir muchas cosas en los dos meses previos a la próxima rueda de prensa, y es probable que para entonces la inflación sea más alta. Kevin Warsh ya apuntaba a medidas de inflación que excluyen movimientos volátiles. Esto debería situarlo en el campo neutral, de “esperar y ver”, cuando se trate de inflación impulsada por los precios de la energía. Dada su preferencia por una menor orientación futura y comunicación por parte de la Fed, confirmar dicha evaluación probablemente será más difícil.

UBS: riesgo de una pausa más prolongada

“Seguimos esperando que el ciclo de bajadas se retome a medida que tanto la inflación subyacente como la general se moderen más adelante en 2026, aunque con riesgo de una pausa más prolongada”, señala Andrew Dubinsky, Economist de UBS Global Wealth Management.

Fidelity: riesgo de no hacer nada

Max Stainton, estratega senior de macroeconomía global en Fidelity International, insiste en que la Fed mantuvo los tipos de interés sin cambios, tal y como se esperaba. En el comunicado mantuvo, sin sorpresas, la opinión de que los riesgos geopolíticos añaden una mayor capa de incertidumbre a ambos lados de su mandato. También elevó su valoración de la inflación, si bien matizó que ello se debía principalmente al aumento de los precios de la energía. Este movimiento, combinado con el hecho de que tres miembros del comité votaran en contra del comunicado por mantener una orientación futura con sesgo hacia la relajación, otorgó al tono del mensaje un cariz claramente hawkish y, en cierta medida, sin precedentes. 

En la última rueda de prensa de Powell como presidente de la Fed, quedó claro que adoptó un enfoque de orientación futura más basado en el Comité. Reiteró que la “mayoría” del comité no veía probable una subida de tipos y que el comité seguía estando, en gran medida, en modo de espera para evaluar cómo se desarrollan las perturbaciones en curso. 

De hecho, el principal elemento destacado de la rueda de prensa no provino del debate sobre las perspectivas de los tipos, que en general siguieron empañadas por la incertidumbre, sino de la revelación de Powell de que permanecerá como gobernador de la Fed una vez finalice su mandato como presidente, argumentando que las actuales acciones legales contra la Fed no tienen precedentes y, por tanto, requieren una acción igualmente sin precedentes por su parte. Aunque esto no fue una gran sorpresa, dadas las anteriores declaraciones de Powell en las que señalaba que podría seguir como gobernador para proteger la integridad institucional de la Reserva Federal, este movimiento añadirá una mayor incertidumbre a las perspectivas de los tipos de interés en el futuro. 

De cara al futuro, la trayectoria de los tipos durante el resto del año estará cada vez más condicionada por la duración del conflicto en Oriente Medio. "Nuestro escenario central sigue siendo más dovish que el implícito en los precios de mercado, ya que esperamos que el próximo presidente, Warsh, y el conjunto del comité quieran contrarrestar el impacto negativo sobre el crecimiento derivado del shock energético con al menos un recorte antes de final de año. No obstante, a medida que aumentan los riesgos de que el estrecho de Ormuz permanezca cerrado durante más tiempo, existen riesgos claros de que el shock de los precios de la energía se extienda y se convierta en un shock inflacionista de mayor alcance para el conjunto de la economía. Seguimos esperando un recorte este año, pero los riesgos están claramente sesgados hacia la opción de ‘no hacer nada’ durante el resto del ejercicio", explica.

Goldman Sachs: la Fed puede mantener una política monetaria restrictiva

Kay Haigh, co-director global de Soluciones de Renta Fija y Liquidez en Goldman Sachs Asset Management, señala que "la última orientación de la Fed indica que se encuentra en una posición estable en cuanto a la dirección de su política monetaria, aunque algunos miembros abogaron por un lenguaje más equilibrado que contemplara riesgos en ambas direcciones. Si bien los riesgos al alza para la inflación han aumentado, la Fed mantiene la vista puesta en la posible debilidad del crecimiento y del mercado laboral. Este equilibrio podría llevar a que los tipos se redujeran hasta niveles neutrales más adelante en el año; no obstante, el FOMC será sensible a una nueva escalada en Irán y a la subida de los precios de la energía, y podría mantener una política restrictiva en ese escenario."

25Apr

Cuando el país que sostiene el orden global deja de actuar como su garante, el resto del mundo no se queda esperando. Se protege, se reorganiza

Miguel Ángel Valero

Durante décadas, el mundo ha funcionado sobre una idea muy simple: EEUU no solo era la mayor potencia, sino también el eje de confianza sobre el que giraba todo lo demás. El dólar, los mercados, las alianzas militares, el comercio global… todo descansaba sobre una premisa básica: Washington era predecible. Ahora ese pilar se está resquebrajando.

La vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca no ha sido simplemente un cambio político. Ha sido un cambio de comportamiento. Y lo más preocupante no es lo que hace hacia fuera, sino lo que está provocando hacia dentro: un deterioro progresivo de la confianza en el propio sistema interno. 

Cuando el Tribunal Supremo tiene que frenar decisiones económicas clave del presidente, cuando la política comercial cambia en función del momento o del interés táctico, o cuando la estrategia internacional responde más a impulsos que a una hoja de ruta, la economía deja de ser una brújula para convertirse en un reflejo de la incertidumbre política. Y eso tiene consecuencias.

El ejemplo más reciente es especialmente revelador. Tras el fracaso de las negociaciones con Irán, Trump ha decidido imponer un bloqueo naval sobre el tráfico marítimo que entre o salga de puertos iraníes. Teherán ya ha advertido que, si sus puertos son amenazados, ningún punto del Golfo será seguro. Este conflicto comienza a extenderse más allá del petróleo, y empiezan a aparecer efectos en cadena: suben los costes del transporte marítimo, aumentan las primas de seguros, se tensionan las materias primas y varios países asiáticos estudian medidas de racionamiento energético. 

"Los mercados pueden adaptarse a casi todo… menos a la falta de reglas. La base del poder estadounidense ha sido siempre su red de alianzas. Un entramado global donde Washington ofrecía seguridad a cambio de influencia. Pero ese equilibrio se rompe en el momento en que sus aliados empiezan a dudar de si esa protección sigue existiendo. La pregunta que antes era impensable ahora se formula abiertamente: ¿realmente Estados Unidos va a defender a sus socios si llega el momento?", subraya el analista Pablo Gil en The Trader.

En Europa, esa duda ya no es teórica. Es evidente que el modelo anterior ha dejado de funcionar, de modo que ahora el debate ya no gira en torno a cómo coordinarse con EEUU, sino en cómo reducir la dependencia de él, porque la relación ha dejado de ser entre aliados para convertirse en una relación de conveniencia… cuando no de desconfianza. No se trata solo de declaraciones o de tensiones puntuales, sino de algo mucho más profundo.

EEUU ha empezado a cuestionar los pilares de su propia red: presiona a sus socios, amenaza con retirarse de compromisos históricos, interfiere en la política interna de países aliados y redefine las reglas en función de sus intereses a corto plazo. Todo ello erosiona la cohesión de un sistema que tardó décadas en construirse. Y mientras tanto, el mundo se adapta. El concepto de globalización eficiente está dando paso a un modelo mucho más fragmentado, donde cada país busca asegurarse sus propios recursos, su propia energía y seguridad. Es un sistema más caro, menos eficiente y con mayor riesgo de conflicto. Pero es el sistema que emerge cuando desaparece la confianza.

Europa tiene ahora una oportunidad… pero también un problema. Por un lado, la debilidad relativa del liderazgo estadounidense abre la puerta a reforzar su papel global. Atraer capital, avanzar en la integración financiera, fortalecer el euro como alternativa y construir una mayor autonomía estratégica. Por otro, exige tomar decisiones que durante años se han evitado: invertir en defensa, coordinar políticas fiscales, integrar mercados de capitales y, sobre todo, actuar con unidad.

Porque el verdadero riesgo no es Trump. El verdadero riesgo es que Europa siga paralizada esperando a que todo vuelva a ser como antes. Porque eso no va a pasar. La historia demuestra que los imperios rara vez caen solo por factores externos. Suelen deteriorarse desde dentro, y no desaparecen de golpe, sino que se debilitan poco a poco, erosionando sus propios fundamentos.

EEUU está cambiando. Y ese cambio tiene una consecuencia directa: el mundo deja de girar en torno a certezas y empieza a hacerlo en torno a intereses. Y Europa tiene ahora que decidir qué papel quiere jugar en ese nuevo escenario: seguir siendo un actor secundario dependiente… o empezar a comportarse como una potencia con voz propia. Porque en este nuevo orden, ya no basta con confiar. Hay que posicionarse.

Al final, todo esto va mucho más allá de Trump. Él es el catalizador, pero no el origen del problema. Lo que estamos viendo es cómo EEUU empieza a dejar de creer en el sistema que él mismo creó… y eso es lo realmente peligroso. Porque cuando el país que sostiene el orden global deja de actuar como su garante, el resto del mundo no se queda esperando. Se protege, se reorganiza… y empieza a prepararse para un entorno donde decisiones como un bloqueo naval en Ormuz pueden convertirse en una herramienta más de presión política. Y en ese mundo, la confianza (que es el verdadero pegamento de la economía y la geopolítica) deja paso a la incertidumbre estructural.

Tierras raras, el talón de Aquiles de EEUU

El dominio de China en el mercado de las tierras raras es uno de los grandes desequilibrios estratégicos del mundo actual. No solo porque estos materiales son imprescindibles para la transición energética, la defensa, la inteligencia artificial o los semiconductores, sino porque otorgan a China una palanca de poder enorme en cualquier negociación comercial. China no domina las tierras raras porque tenga muchas más que el resto del mundo. Las tiene, sí, pero la clave está en otra parte. Durante décadas ha construido un ecosistema industrial completo: minería, refinado, procesado, imanes, componentes intermedios y producto final. Todo integrado, todo coordinado, todo bajo una estrategia de Estado.

EEUU, en cambio, llega tarde. Tiene recursos, tiene tecnología y tiene capital, pero le falta justo lo más difícil de replicar: la cadena industrial completa. El ejemplo más claro es la mina de Mountain Pass, en California. Allí se extrae mineral, pero durante años el refinado y el procesado se han hecho… en China. El eslabón crítico sigue fuera.

El debate ya no es si EEUU puede competir, sino cómo hacerlo sin engañarse. Y aquí es donde entra una visión más realista, como la que plantea Heidi Crebo-Rediker desde el Council on Foreign Relations. La clave no está en copiar el modelo chino, sino en diseñar uno propio, apoyado en tres pilares: asegurar el procesado en suelo estadounidense o aliado, invertir en nuevas tecnologías de separación menos contaminantes y utilizar la política industrial sin complejos, incluyendo subsidios, contratos públicos y alianzas estratégicas con países afines.

Éste no es un problema de mercado, sino geopolítico. Si EEUU deja esto solo en manos del sector privado, no llegará a tiempo. China aceptó durante años costes medioambientales y márgenes bajos para dominar el mercado. Occidente no ha querido pagar ese precio… y ahora descubre la factura estratégica. El horizonte temporal es clave. Incluso en el mejor de los escenarios, EEUU necesitaría entre 8 y 12 años para construir una cadena de valor mínimamente comparable: nuevas plantas de procesado, permisos medioambientales, formación de personal especializado y escalado industrial. No es algo que se solucione con una ley o con un par de incentivos fiscales. Es una carrera de fondo.

Las tierras raras son un recordatorio incómodo de algo que solemos olvidar: la globalización no eliminó la geopolítica, solo la escondió. EEUU puede reducir su dependencia de China, pero no rápido ni gratis. El mundo que viene será menos eficiente, más caro y mucho más estratégico. Y en ese mundo, quien controle los cuellos de botella industriales no tendrá solo ventaja económica, tendrá poder.

Franklin Templeton: larga vida al dólar

Por otra parte, Sonal Desai, CIO de Renta Fija de Franklin Templeton, recuerda que la 'necrológica' del dólar estadounidense se ha escrito muchas veces, con una frecuencia cada vez mayor durante el último año, pero la mayoría de los análisis catastrofistas sobre la divisa se centran en un solo lado de la ecuación y pasan por alto el panorama completo. La tesis del 'petrodólar' se sustenta en que el comercio del petróleo está denominado en dólares (USD), y que el desplazamiento de las exportaciones de crudo de Oriente Medio hacia Asia y la localización del gasto en defensa del Golfo señalan el inicio del fin de la hegemonía del dólar. 

"Esta visión es notablemente simplista y, además, invierte parcialmente la relación de causalidad. Los países exportadores de petróleo tienen un fuerte interés propio en recibir pagos en USD por lo que los dólares representan: acceso a los mercados de capital más profundos y líquidos del mundo, respaldados por un marco institucional y legal que protege los derechos de propiedad y hace cumplir los contratos, y apoyados por una economía fuerte, dinámica e innovadora", argumenta.

Tres pilares sostienen este sistema: la escala y dinamismo de la economía estadounidense, la credibilidad institucional y una profundidad de mercado inigualable. Tampoco existe una alternativa creíble; el euro carece de un activo seguro unificado a gran escala; el renminbi opera bajo controles de capital; y las monedas digitales pueden liquidar transacciones, pero no ofrecen la función de reserva de valor que exige el estatus de moneda de reserva. Los datos refuerzan esta idea en ámbitos como las reservas, los pagos, el volumen de operaciones de divisas y la profundidad del mercado de bonos del Tesoro, métricas que no son propias de una moneda en declive. 

"La debilidad del dólar es cíclica, no estructural, aunque su verdadera vulnerabilidad reside en la política fiscal de EEUU. Para los inversores, mantengo una visión constructiva sobre el estatus del dólar como moneda de reserva en el horizonte previsible y recomendaría mantenerse ágiles en los márgenes y centrarse en los fundamentales. Creo que los inversores deberían fijarse en los movimientos de los tipos de cambio bilaterales, en lugar de apostar por el fin del régimen de dominancia del dólar", concluye este experto.

19Apr

La década y media de Viktor Orbán en el poder es, en cierta medida, el reflejo de una Europa que no termina de decidir hasta qué punto quiere avanzar como bloque o preservar la soberanía nacional.

Miguel Ángel Valero

Hungría ha votado cambio. Y no un cambio cualquiera, sino uno que pone fin a más de una década y media de poder prácticamente ininterrumpido de Viktor Orbán. La victoria de Péter Magyar no solo supone un relevo político interno, sino algo más relevante: altera el equilibrio dentro de la Unión Europea en un momento especialmente delicado.

Durante años, Orbán ha sido una figura incómoda en Bruselas. No por estar fuera del sistema, sino por saber jugar desde dentro. Ha sido capaz de mantener a Hungría en la Unión Europea, beneficiarse de sus fondos y participar en sus decisiones, mientras tensaba constantemente la cuerda. Bloqueaba ayudas a Ucrania, ralentizaba sanciones a Rusia y utilizaba su poder de veto como herramienta de negociación. Su “no” nunca era definitivo. Era una palanca.

Ese juego a varias bandas le dio una influencia muy superior al peso real de Hungría en la Unión. Su cercanía con Vladimir Putin y su afinidad con Donald Trump le permitían moverse en un equilibrio incómodo, pero eficaz.

La victoria de Magyar cambia ese escenario. Bruselas respira aliviada porque desaparece uno de los principales focos de bloqueo interno y se abre la puerta a avanzar con mayor fluidez en cuestiones clave.

Pero reducir lo ocurrido a una simple “normalización” sería quedarse corto. Lo que hemos visto es también el desgaste de un modelo político basado en tensar sin romper y en no alinearse del todo con ningún bloque. Un modelo que empieza a mostrar límites en un mundo más polarizado.

La guerra provocada por la invasión rusa de Ucrania, las tensiones geopolíticas y la creciente fragmentación global han reducido el espacio para ese tipo de equilibrios. Cada vez es más difícil estar en todos los sitios a la vez sin pagar un precio político. Y eso es, en el fondo, lo que ha votado Hungría: posicionamiento.

Ahora bien, eso no significa que el problema desaparezca. Orbán pierde el Gobierno, pero no desaparece. Su base electoral y su forma de entender el poder siguen presentes. Hungría continúa siendo un país dividido, y eso introduce un matiz clave: cambia el liderazgo, pero no necesariamente el fondo.

Europa gana estabilidad a corto plazo, sí. Pero las tensiones que representaba Orbán no eran solo personales. Eran estructurales. Durante años se le ha visto como una anomalía, pero quizá era más bien un síntoma: el reflejo de una Europa que no termina de decidir hasta qué punto quiere avanzar como bloque o preservar la soberanía nacional. La derrota de Orbán no cierra ese debate. En un mundo más fragmentado, esas tensiones no desaparecen… cambian de forma.

"Europa respira hoy más tranquila, pero haría mal en pensar que ha resuelto el problema. Orbán no era solo un líder incómodo. Era la manifestación de algo mucho más profundo. Y ahora la responsabilidad cambia de lado. Ya no hay excusas. Europa tiene que decidir qué quiere ser. Si quiere recuperar peso global, tendrá que avanzar en autonomía estratégica, reducir su dependencia en seguridad de Estados Unidos y construir nuevas alianzas. El cambio en Hungría no cierra una etapa. La abre. Y obliga a Europa a definir, de una vez por todas, su proyecto para los próximos años", subraya el analista Pablo Gil en The Trader.

Robeco: el BCE tiene un problema complejo de política monetaria

Por otra parte, un análisis de Robeco determina que el Banco Central Europeo (BCE) afronta el actual shock energético (provocado por los ataques de Israel y de EEUU a Irán y la extensión del conflicto a Oriente Medio) desde una posición de relativa fortaleza. La inflación está cerca del objetivo, los tipos oficiales se sitúan en torno al nivel neutral y el mercado laboral está más frío que durante el episodio de 2022. Esto se ha reflejado en una moderación gradual de las demandas salariales antes del repunte de los precios de la energía. 

Por ahora, las expectativas de inflación se mantienen relativamente bien ancladas. Las medidas basadas en mercado han reaccionado solo de forma moderada, mientras que las expectativas de precios de venta en la industria manufacturera —aunque al alza— siguen muy por debajo de los niveles de 2022. "Creemos que esto sugiere que, desde la óptica de la inflación, la zona euro está mejor preparada para absorber un shock energético que en el ciclo anterior", explican los expertos de Robeco.

Desde la perspectiva del crecimiento, el shock actual llega en una fase más delicada del ciclo. El impulso de la demanda de los consumidores tras la pandemia se ha desvanecido, y los primeros datos apuntaban a un dinamismo económico modesto antes de que comenzara la guerra en Oriente Medio. Unos precios de la energía más altos pueden recortar de forma significativa la renta disponible, especialmente en los hogares de renta baja y media. Por ahora, las expectativas de inflación se mantienen relativamente bien ancladas.

Un análisis de shocks previos de precios energéticos, publicado por economistas del BCE, sugiere que un incremento del 10% en éstos puede reducir el gasto en bienes esenciales de estos hogares en aproximadamente 0,4 puntos. La confianza empresarial probablemente tampoco es inmune a los shocks energéticos. La experiencia pasada sugiere un impacto negativo sobre la inversión fija empresarial de alrededor de 1,5 puntos, repartido a lo largo de un periodo de dos años.

El impulso al crecimiento derivado de un mayor gasto fiscal adicional para apoyar la defensa europea y la infraestructura alemana parece, por tanto, llegar en un buen momento. Debería, al menos, ayudar a evitar un escenario en el que el crecimiento caiga por debajo del 0,5%, mientras que la expectativa de crecimiento del consenso para 2026 era del 1,2% a comienzos de año.

Los precios de la energía siguen siendo la principal fuente de incertidumbre, con el Brent para diciembre actualmente rondando los 85 dólares por barril. Un periodo prolongado en estos niveles corre el riesgo de trasladarse a las expectativas de inflación y al comportamiento de fijación de precios de las empresas, especialmente en un contexto en el que el BCE continúa vigilando la dinámica salarial y las presiones del lado de la oferta.

"Aunque el impulso inflacionista es menos agudo que en 2022, la combinación de precios de la energía elevados y un crecimiento más débil crea un dilema de política monetaria más complejo", avisa el análisis de Robeco.

17Apr

Jonathan Brill, coautor de 'La IA y la organización pulpo' (Editorial Almuzara), defiende en Abante Asesores que para convertir la IA en una verdadera ventaja competitiva hay que mirar más allá de la tecnología y aplicar un enfoque del trabajo y de la gestión que permita a los equipos pensar y, al mismo tiempo, actuar de forma veloz.

Miguel Ángel Valero

La inteligencia artificial (IA) ya no es una promesa. Es una realidad que se está extendiendo con rapidez en el tejido empresarial. En España, el porcentaje de empresas que la utilizan se ha duplicado en apenas tres años, pasando del 13% al 21%, especialmente en sectores como el tecnológico y los servicios.

"Si uno se queda en la superficie, la lectura parece tranquilizadora. Los sectores más expuestos a la IA no han destruido empleo; de hecho, han sido los que más han crecido desde 2019. Durante ese periodo, a mayor exposición, mayor creación de empleo. Pero esa relación se ha ido debilitando con la irrupción de la IA generativa hasta prácticamente desaparecer. La IA ya no impulsa el empleo como antes… pero tampoco lo destruye de forma evidente. Y ahí está el error de interpretación", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.

El verdadero cambio no está en el volumen total, sino en su distribución. Cuando se analizan los datos por edades, el patrón es claro: los jóvenes, especialmente los menores de 25 años empiezan a quedarse fuera de las ocupaciones más expuestas a la IA. No porque pierdan empleo, sino porque cada vez acceden menos a él. Las empresas no despiden perfiles juniores. Dejan de contratarlos.

Los trabajadores con experiencia se benefician: son más productivos y aportan más valor en un entorno donde la tecnología amplifica sus capacidades. Pero los jóvenes dependen de ese primer empleo para empezar. Si esas posiciones desaparecen o se reducen, el impacto no es inmediato en los datos, pero sí profundo a nivel estructural. Sin entrada, no hay aprendizaje. Y sin aprendizaje, no hay progresión.

Lo que empieza a confirmarse es que el impacto de la IA no es lineal. Surge del equilibrio entre automatización, reasignación de tareas y crecimiento de las empresas que adoptan la tecnología. El resultado puede parecer neutro, pero esconde cambios importantes. Y uno de los más relevantes es la pérdida de oportunidades en los primeros escalones del mercado laboral.

La inteligencia artificial no está destruyendo empleo de forma masiva, pero está alterando las reglas del juego de forma silenciosa y profunda. El problema ya no es cuántos empleos se crean o se destruyen, sino quién tiene acceso a ellos. Y si no se corrige, el riesgo no es solo económico. Es generacional. Porque un mercado laboral que deja fuera a los más jóvenes no solo reduce su presente… compromete su futuro.

Mythos: la IA que mete miedo

Durante años, los riesgos del sistema financiero eran los de siempre: crédito, liquidez, tipos de interés o crisis de confianza. Pero está emergiendo una amenaza distinta, que no encaja en ninguno de esos bloques tradicionales… y que además está escalando con rapidez.

Los grandes bancos de Wall Street (como JPMorgan, Goldman Sachs, Citigroup o Bank of America) han empezado a probar un modelo de IA desarrollado por Anthropic: Mythos. Lo relevante no es que mejore procesos o automatice tareas. Es que puede detectar vulnerabilidades… y también tiene la capacidad potencial de explotarlas. Entramos en una fase en la que la misma herramienta sirve tanto para defenderse como para atacar. Y eso cambia las reglas del juego.

La Administración de Donald Trump ya ha elevado el nivel de alerta. El Tesoro ha reunido a los grandes bancos para analizar su impacto, en un contexto en el que la carrera tecnológica ha dejado de ser solo una cuestión de eficiencia para convertirse en un problema de seguridad sistémica. Porque el riesgo no es solo lo que hagan los bancos con estas herramientas… sino quién más pueda utilizarlas. Aquí es donde se entiende la magnitud del cambio. Hasta ahora, los ciberataques requerían equipos humanos, tiempo y tenían limitaciones. Con modelos como Mythos, esa barrera desaparece. Se multiplica la velocidad, la escala y la capacidad de encontrar fallos, incluso vulnerabilidades desconocidas (los llamados “zero-days”) que pueden explotarse automáticamente.

El nivel de sofisticación del riesgo está dando un salto. Y no llega en un momento cualquiera. Coincide con un sistema financiero que ya arrastra otras tensiones menos visibles, como el crecimiento del crédito privado o la acumulación de deuda en sectores tecnológicos. No sustituye riesgos, los suma.

Esto explica también el cambio de enfoque de los reguladores. Ya se obligaba a los bancos a cubrir riesgos operativos, incluidos los ciberataques, pero este tipo de amenaza es distinta: es difusa, incierta y ahora, además, automatizada. La seguridad deja de ser estática. Pasa a ser una carrera permanente.

"Estamos ante un cambio de naturaleza similar al que vemos en otros frentes de la economía global. Igual que el control de rutas estratégicas ha puesto en duda principios que dábamos por garantizados, en el ámbito financiero empieza a cuestionarse otro pilar básico: la capacidad de proteger los sistemas", insiste Pablo Gil.

"La IA no solo transforma la productividad o el empleo. Está redefiniendo el concepto de riesgo… y lo hace a una velocidad muy superior a la capacidad de adaptación de las instituciones. Por eso, el problema no es si habrá un ataque. Es que el equilibrio entre defensa y vulnerabilidad ha cambiado de forma estructural. Y cuando eso ocurre, ya no hablamos de un riesgo puntual… sino de un nuevo entorno permanente".

La organización pulpo

En este contexto, Editorial Almuzara, en colaboración de Fundación Abante y Executive Excellence, organizaron un debate entre Santiago Satrústegui, presidente y CEO de Abante Asesores y de EFPA España, y Jonathan Brill, experto en transformación digital y coautor (junto a Stephen Wunker) de La IA y la organización pulpo. En la presentación de la obra editada por Almuzara, dos claros mensajes: el verdadero reto es cómo gestionar el cambio; la IA no está para sustituir al humano sino para mejorar las organizaciones, facilitar la toma de decisiones y, sobre todo, su aplicación efectiva. 

Para Jonathan Brill, "la diferencia entre las empresas que tendrán éxito en el ámbito de la IA y las que no, realmente no tiene nada que ver con la tecnología, sino con cómo trabajamos juntos como equipos, cómo colaboramos como personas, para ser más creativos, más innovadores, para apoyarnos mutuamente y para trabajar con la inteligencia artificial con el fin de que nos ayude a coordinarnos, a crear, a inventar y a conquistar el futuro".

El tradicional modelo de las organizaciones se basa en la idea de una mente central que decide todo. Pero así no es cómo funcionan realmente. Un pulpo tiene una mente descentralizada, tiene un cerebro principal, pero la mayoría de su inteligencia está distribuida en los tentáculos. Cada tentáculo puede actuar de forma independiente. Ésta es la clave: la inteligencia, la creatividad y la toma de decisiones están distribuidas. Diferentes partes exploran cosas distintas, comparten información y toman decisiones de abajo hacia arriba. La innovación ocurre en la base, no en la cima, eso requiere coordinación entre equipos. "Las empresas que triunfen no serán las que mejor usen la tecnología, sino las que mejor gestionen a las personas", insiste este experto.

Para capturar la enorme oportunidad de la IA, el equipo de una organización debe pensar y actuar como un pulpo, ser veloz, flexible e inteligente. Para ello, hay que organizarlo para lograr el máximo impacto de la IA, pero también gestionar la dimensión emocional del cambio impulsado por la IA, que pone patas arriba conceptos tan tradicionales como crecimiento, coordinación y cultura.

Porque la IA redefine lo que las empresas son capaces de hacer, cómo crean valor y cómo compiten. No es una herramienta, sino un multiplicador de capacidades que impregna cada función de la organización. Las empresas que logren integrar la IA de manera efectiva no solo automatizarán tareas; reinventarán sus modelos de negocio, su manera de innovar y la forma en que sus personas toman decisiones. 

La IA es una fuente de conocimientos para acelerar el camino hacia la creación de valor. Las herramientas ya existen, lo que falta es imaginación organizativa: rediseñar roles, incentivos y salvaguardas para que personas y máquinas puedan pensar juntas a gran escala mientras se preservan la autonomía y la creatividad. Cuando se logre, la IA se convertirá en un catalizador que permitirá a las personas (y a las organizaciones) lograr juntos lo que nadie ni siquiera podría intentar por su cuenta. 

Si las organizaciones quieren sobrevivir, deben volverse fluidas como un pulpo, utilizando la IA para distribuir y acelerar la toma de decisiones rutinarias; descompartimentar las funciones y gestión; desarrollar y agudizar los sentidos respecto a los del entorno competitivo y el de las propias empresas. 

Esto se concreta en:

  1. 1.-Comenzar con los "puntos de dolor", no con la tecnología: Muchas empresas lanzan decenas de pilotos de IA que nunca se traducen en resultados de negocio. A menudo, el problema es que el piloto no se diseñó para resolver un desafío estratégico, sino para probar un problema técnico concreto. Una empresa obtendrá mucho más valor de sus primeros experimentos con IA si se los plantea como oportunidades para resolver un problema real del negocio.
  2. 2.-Hacer menos y esperar más. Las empresas líderes en IA se concentran en menos iniciativas, pero anticipan aproximadamente el doble de retorno sobre la inversión que las que las siguen. Incluir métricas cuantificables en los primeros pilotos puede ayudar a centrarse en aquellos que parezcan más prometedores y generen apoyo ejecutivo.
  3. 3.-Fortalecer los fundamento de datos. Los datos que alimentan las aplicaciones de IA deben estar integrados, limpios, y ser accesibles. Si los datos de la empresa están fragmentados en distintos sistemas de mala calidad o difíciles de acceder, escalar la IA en el ámbito empresarial estará siempre fuera del  alcance.
  4. 4.-Implementar «Machine Learning Ops» para la gestión del ciclo de vida: Las soluciones de IA puntuales pueden elaborarse artesanalmente; pero docenas, no. Aquí es donde entra en juego MLOps, un conjunto de prácticas y herramientas para gestionar el ciclo de vida del machine learning.
  5. 5.-Mantener la seguridad y la fiabilidad. A gran escala, la IA pasa a formar parte de procesos críticos para el negocio, por lo que la infraestructura de ciberseguridad de la empresa debe ser sólida y segura. También hay que incorpora los sistemas de IA a los modelos de amenaza cibernética, ya que la IA introduce nuevos riesgos como el envenenamiento de datos (si alguien introduce de forma maliciosa datos erróneos para reentrenar un modelo) o los inputs de adversario (entradas especialmente diseñadas para engañar a un modelo). Y garantizar controles de acceso adecuados sobre los datos y los modelos: quién puede desplegar cambios, quién puede ver los datos sensibles de entrenamiento, etc.
13Apr

Las grandes transformaciones no las ganan los que reaccionan mejor, sino los que planifican más lejos. El verdadero riesgo no es que China crezca más rápido. Es que piense mejor a largo plazo. Porque cuando un país alinea estrategia, industria y tecnología durante décadas, no compite por el presente… construye el futuro.

Miguel Ángel Valero 

En su cuarto viaje a China como presidente del Gobierno, Pedro Sánchez pide, en la Universidad de Tsinghua, "un templo del saber", la mejor cantera para las élites políticas y económicas del país (allí estudió ingeniería química el presidente chino, Xi Jinping), que el gigante asiático “se abra para que Europa no tenga que cerrarse”. Y reclama medidas para corregir un déficit comercial “insostenible por los movimientos aislacionistas que alimenta y por los agravios y el dolor social que provoca”.

También ha mantenido un encuentro con el fundador de Xiaomi, Lei Jun, para explorar oportunidades de colaboración, sobre todo en el coche eléctrico.

"Hay momentos en los que el ruido lo ocupa todo. La guerra en Oriente Medio, la tensión energética, los movimientos de Estados Unidos… y, sin embargo, mientras el foco está en lo urgente, lo verdaderamente importante se mueve en silencio. Y ahí es donde aparece China. Porque mientras Occidente reacciona, China planifica", resalta el analista Pablo Gil en The Trader.

China ha aprobado su XV Plan Quinquenal. Y esto no es un simple documento económico. Es una hoja de ruta estratégica a cinco años donde se decide qué sectores dominar, qué vulnerabilidades eliminar y qué posición ocupar en el mundo dentro de una década. No están pensando en el próximo trimestre. Ni siquiera en el próximo ciclo económico. Están pensando en la próxima fase del poder global.

Ése es el primer gran contraste si lo comparamos con EEUU y Europa, que parecen vivir atrapados en el corto plazo. Sus decisiones están condicionadas por elecciones, crisis, ciclos de mercado o presiones sociales. Cada movimiento responde a lo inmediato. Cada política intenta apagar el incendio del momento. Y eso genera algo muy peligroso: inconsistencia estratégica.

China juega otro juego. No busca maximizar el crecimiento hoy, sino reducir riesgos mañana. No prioriza la rentabilidad inmediata, sino el control estructural. Por eso su plan no gira en torno a crecer más rápido, sino a ser menos vulnerable: autosuficiencia tecnológica, dominio de la inteligencia artificial, control de materiales críticos, seguridad energética y liderazgo industrial. 

Y aquí entra otro punto clave que en Europa no estamos terminando de entender: la energía ya no es solo energía. Puedes producir electricidad dentro de tus fronteras, pero si dependes de otros para las baterías, los paneles solares, los electrolizadores o las redes, en realidad no eres autónomo. Solo has cambiado una dependencia por otra.

China lo ha entendido perfectamente. No solo quiere participar en la transición energética. Quiere dominarla. Quiere fabricar las baterías, procesar los materiales, producir los paneles, controlar la cadena de suministro y marcar los estándares. Es decir, quiere situarse en el centro del nuevo sistema industrial global.

Europa, en cambio, ha hecho lo contrario. Ha apostado por la descarbonización sin asegurarse el control de las tecnologías clave. Ha sustituido dependencia energética por dependencia tecnológica. Y lo más preocupante: lo ha hecho en nombre de una supuesta autonomía estratégica que, en la práctica, cada vez es menor. 

Pero la diferencia no se queda ahí. China no separa economía, tecnología y defensa. Lo integra todo en una misma visión de poder. Industria, innovación y capacidad militar avanzan juntas. Mientras tanto, en Occidente seguimos tratando estos ámbitos como compartimentos estancos.

Ese enfoque integrado le permite algo fundamental: ganar tiempo. En el escenario geopolítico actual, China evita exponerse, mantiene un perfil bajo en conflictos como Ucrania o Irán, pero al mismo tiempo refuerza su posición interna y amplía su influencia. No necesita confrontar directamente. Le basta con esperar, consolidar y aprovechar los errores de otros.

Y aquí está la clave de todo. China no necesita ser más fuerte que Occidente hoy. Solo necesita que Occidente siga siendo incoherente. Porque mientras Europa discute, Estados Unidos cambia de rumbo según el ciclo político y los mercados reaccionan al titular del día, Pekín sigue avanzando paso a paso, sin ruido, pero sin pausa.

Y la historia nos enseña algo muy claro: las grandes transformaciones no las ganan los que reaccionan mejor, sino los que planifican más lejos. Por tanto, el verdadero riesgo no es que China crezca más rápido. Es que piense mejor a largo plazo. Porque cuando un país alinea estrategia, industria y tecnología durante décadas, no compite por el presente… construye el futuro. Y cuando ese futuro llega, ya es demasiado tarde para reaccionar.

12Apr

La OTAN ya no inspira confianza mientras Europa llega tarde al rearme provocado por el nuevo escenario geopolítico, en el que Ucrania puede dejar de estar en la agenda. Mientras, hay oportunidades de inversión en el sector de la defensa.

Miguel Ángel Valero

Durante décadas, el mundo vivió con una idea clara: las armas nucleares eran el último recurso. Un equilibrio basado en el miedo que funcionaba porque todos compartían una premisa común: cuanto menos se extendieran, mayor sería la estabilidad. "Ahora ese consenso empieza a romperse. No de forma abrupta, sino a través de un cambio más profundo: la percepción de seguridad. Y cuando cambia la percepción, cambian las decisiones. Durante años, la prioridad fue evitar la proliferación mediante tratados y acuerdos. Pero la experiencia reciente está enviando un mensaje distinto", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.

Ucrania renunció al tercer mayor arsenal nuclear del mundo a cambio de garantías de seguridad y acabó siendo invadida por Rusia. Libia abandonó su programa nuclear y el régimen de Muammar al‑Gaddafi terminó derrocado. El Irak de Sadam Hussein, acusado de desarrollar armas de destrucción masiva, también fue invadido. Son ejemplos que pesan más que cualquier tratado.

En paralelo, ocurre lo contrario con quienes sí tienen armas nucleares. Corea del Norte, pese a su debilidad, no enfrenta una intervención directa. Pakistán mantiene un equilibrio disuasorio con India. China y Rusia elevan cualquier conflicto potencial a un nivel de riesgo que bloquea la acción directa.

El mensaje que muchos gobiernos están interiorizando es claro: no tener armas nucleares puede dejarte expuesto, mientras que tenerlas cambia el cálculo del adversario. Ese cambio de mentalidad es el verdadero punto de inflexión. El problema es que estas decisiones no se toman en aislamiento. Si un país se plantea desarrollar armas nucleares, sus vecinos hacen lo mismo. Lo que empieza como una medida defensiva acaba generando un efecto en cadena que erosiona la seguridad colectiva.

Este fenómeno es visible en Oriente Medio y Asia, pero ya no se limita a esas regiones. Europa, tradicionalmente protegida por el paraguas nuclear estadounidense, empieza a cuestionarse si ese modelo sigue siendo suficiente.

Aquí surge una paradoja clave. Hoy hay menos armas nucleares que en la Guerra Fría, pero el riesgo percibido es mayor. La razón es sencilla: hay más actores potenciales y menos coordinación. Ya no son dos bloques, sino múltiples países tomando decisiones de forma independiente. A esta nueva realidad hay que añadir que el sistema de control se debilita, los tratados pierden peso y el margen de error se reduce. En este entorno, la estabilidad depende tanto del equilibrio de fuerzas como de la capacidad de interpretar correctamente las intenciones del resto.

Y ahí es donde el riesgo se multiplica. Porque el cambio no es técnico, sino psicológico. Antes la pregunta era cómo evitar la proliferación. Ahora es si un país puede permitirse no tener armas nucleares. Ese giro altera por completo la dinámica global.

El mundo no avanza hacia una nueva Guerra Fría, sino hacia un escenario más fragmentado, con más actores, menos reglas y mayor incertidumbre. En ese contexto, la bomba deja de ser una excepción y pasa a convertirse en una tentación. Cuando demasiados países llegan a la misma conclusión al mismo tiempo, el problema deja de ser individual y pasa a ser sistémico. Y entonces el riesgo ya no crece de forma gradual, sino exponencial. En un entorno donde el margen de error es mínimo, ése es el verdadero peligro.

La OTAN ya no inspira seguridad

Durante décadas, la OTAN ha sido uno de los pilares del orden internacional. Su fuerza no estaba solo en su capacidad militar, sino en una idea muy simple: si atacas a uno, responden todos. Esa promesa ha sido el verdadero elemento disuasorio desde la Segunda Guerra Mundial. Hoy, esa promesa está en duda. La guerra en Irán ha acelerado una crisis que llevaba tiempo gestándose. Ya no hablamos de discrepancias puntuales entre aliados, sino de una ruptura de confianza mucho más profunda. EEUU, bajo el liderazgo de Donald Trump, ha dejado claro que su compromiso con la Alianza ya no es el mismo. No solo cuestiona su utilidad, sino que ha llegado a plantear abiertamente si merece la pena seguir dentro, sugiriendo incluso que podría abandonar la OTAN si no hay cambios en la implicación del resto de socios.

Y esta vez Europa tampoco responde como antes. España, Francia e Italia han limitado el uso de sus bases para operaciones en Irán. Reino Unido ha restringido el intercambio de inteligencia. Polonia se niega a mover sus sistemas Patriot. Incluso los aliados más cercanos empiezan a marcar distancias.

La OTAN ha superado otras crisis en el pasado, pero siempre bajo una premisa: no había alternativa real. Ahora el problema es distinto. Antes las tensiones eran entre socios; hoy la fractura es entre el socio que más aporta, EEUU, y todos los demás. Europa empieza a asumir que no puede depender indefinidamente de Washington para su seguridad. Y EEUU, por su parte, ya no ve a Europa como una prioridad estratégica frente a China o el Indo-Pacífico.

El resultado es una OTAN que sigue existiendo, pero cuya esencia (la confianza) se está erosionando. Y cuando eso ocurre en una alianza militar, todo lo demás pierde valor. Además, la división también es interna. Países como Hungría se alinean con Rusia, mientras otros refuerzan su defensa ante el miedo a quedarse solos. La cohesión se rompe en ambas direcciones. Y en este contexto surge una pregunta incómoda: ¿qué pasaría si un país miembro es atacado mañana?

Porque la credibilidad de la respuesta ya no está garantizada. Y cuando la disuasión desaparece, el riesgo de conflicto aumenta. Europa empieza a reaccionar con más gasto en defensa y tímidos pasos hacia una mayor autonomía, pero construir una alternativa real llevará años. Por eso, el escenario más probable no es una ruptura inmediata, sino una OTAN más débil, menos cohesionada y mucho más impredecible. Y en un mundo cada vez más inestable, eso es lo más peligroso. La Alianza no desaparecerá de un día para otro, pero puede dejar de ser lo que era. Y cuando una estructura que ha sostenido el equilibrio global pierde credibilidad, las consecuencias suelen ser abruptas.

Lo importante no es si la OTAN desaparece, sino que estamos entrando en una fase en la que las reglas dejan de estar claras. Europa ha vivido durante décadas bajo un paraguas de seguridad que daba por hecho. Hoy ese paraguas empieza a cerrarse. Y cuando eso ocurre, no basta con preocuparse… hay que reaccionar. Porque en geopolítica, como en los mercados, los cambios estructurales no avisan dos veces.

Europa llega tarde

Durante años, Europa vivió instalada en una comodidad estratégica que hoy ha desaparecido. Delegó su seguridad en EEUU, redujo su gasto militar y priorizó el bienestar interno frente a cualquier otra consideración. Ese equilibrio funcionó mientras el mundo era relativamente estable. El problema es que ese mundo ya no existe.

Los datos empiezan a reflejar un cambio de rumbo claro. En 2025, los países europeos de la OTAN junto con Canadá aumentaron su gasto en defensa cerca de un 20% por segundo año consecutivo. Unos 574.000 millones$ adicionales respecto al año anterior. No es un ajuste marginal, es un giro estructural.Y, sin embargo, este movimiento no nace tanto de una convicción propia como de una presión externa. 

Donald Trump ha sido insistente, casi obsesivo, con una idea: Europa debe pagar más por su propia seguridad. Lo que durante años fue una recomendación diplomática se ha convertido ahora en una exigencia directa, con objetivos mucho más ambiciosos. Ya no se trata solo del famoso 2% del PIB, sino de alcanzar el 5%, combinando gasto militar y seguridad ampliada. Algunos países han reaccionado con rapidez. Polonia, los países bálticos o las economías nórdicas ya están por delante incluso de EEUU en términos de esfuerzo relativo sobre el PIB. Son los que más perciben la amenaza directa de Rusia y, por tanto, los que menos margen tienen para el debate.

Pero el cambio no es solo cuantitativo. Es profundamente cualitativo. Europa empieza a despertar de una realidad incómoda: su industria de defensa llevaba décadas prácticamente dormida. El rearme no es simplemente gastar más, es reconstruir capacidades industriales, tecnológicas y logísticas que se habían ido perdiendo desde el final de la Guerra Fría. Y eso lleva tiempo.

Aquí es donde aparece la verdadera fractura. Porque mientras Europa avanza hacia un mayor gasto en defensa con una lógica defensiva (protegerse de Rusia, estabilizar su entorno, evitar conflictos), los EEUU de Trump operan con una lógica completamente distinta. Más transaccional, más unilateral, más orientada al interés inmediato. El caso de Irán lo deja claro. Mientras Washington actúa militarmente y eleva la presión, Europa muestra incomodidad, duda y, sobre todo, reticencia a verse arrastrada a un conflicto que no considera prioritario. Incluso ha rechazado implicarse en operaciones clave como la reapertura del tráfico en el estrecho de Ormuz en pleno conflicto, algo impensable hace solo unos años.

Esto evidencia una divergencia de fondo. Para EEUU, el mundo se interpreta cada vez más en clave de poder y negociación directa. Para Europa, sigue siendo —al menos en parte— un espacio donde la diplomacia, la estabilidad y la gestión del riesgo tienen un peso mayor. El problema es que ambas visiones conviven dentro de la misma alianza. Y eso genera tensiones evidentes. Hasta el punto de que el propio Trump ha llegado a afirmar que EEUU no necesita a la OTAN, un mensaje que habría sido impensable hace apenas una década. Mientras tanto, desde dentro de la Alianza, también crecen las incomodidades con la estrategia de acercamiento y concesiones hacia Washington. Europa se rearma, sí. Pero lo hace en un contexto en el que la relación con su principal aliado está cambiando. Ya no es una relación basada en la confianza implícita, sino en un equilibrio mucho más frágil, donde cada parte empieza a mirar por sus propios intereses.

Y aquí está la clave de todo. Europa ha entendido que necesita invertir más en defensa. Pero lo que todavía no tiene claro es si ese esfuerzo servirá para reforzar la alianza atlántica… o para prepararse ante un escenario en el que esa alianza deje de ser tan sólida como siempre se había dado por hecho .Porque el verdadero cambio no es cuánto gasta Europa. Es que, por primera vez en décadas, empieza a plantearse que quizá no puede depender de nadie más para garantizar su seguridad.

Europa no solo llega tarde al rearme. Llega tarde a entender cómo funciona el mundo en el que estamos entrando. Mientras EEUU se mueve rápido, toma decisiones incómodas y redefine sus prioridades sin mirar atrás, Europa sigue intentando adaptarse sin romper del todo con su pasado. El riesgo no es gastar poco. El riesgo es no tener una estrategia clara. Porque aumentar el presupuesto en defensa sin una visión común, sin autonomía real y sin liderazgo político, puede quedarse en un simple parche. Y en un entorno como el actual, los parches duran muy poco. La pregunta no es si Europa va a gastar más, que ya sabemos que sí. La verdadera pregunta es si va a ser capaz de convertirse en un actor estratégico… o si seguirá siendo un espectador bien armado en un mundo cada vez más duro.

La lección de Ucrania

Durante más de cuatro años, Ucrania ha conseguido sostener su esfuerzo de guerra gracias a un pilar fundamental: el apoyo financiero y militar de sus aliados occidentales. Sin ese respaldo, el conflicto habría tenido un desenlace muy distinto. El problema es que ese pilar empieza a mostrar grietas, y lo hace en el peor momento posible. Hoy, la realidad es incómoda: Ucrania podría quedarse sin fondos para sostener su defensa en apenas dos meses. Las estimaciones apuntan a que el dinero disponible apenas alcanza hasta junio. A partir de ahí, todo depende de que lleguen nuevas ayudas. Y lo preocupante no es solo la falta de liquidez inmediata, sino la acumulación de obstáculos que están bloqueando esa financiación.

Europa, que ha asumido gran parte del esfuerzo tras el repliegue de EEUU, está lejos de mostrar una posición cohesionada. El veto de Hungría a un paquete de ayuda de 90.000 millones€ ha dejado en suspenso una parte clave del apoyo financiero. Y lo más relevante no es solo el veto en sí, sino lo que representa: una creciente fragmentación política dentro de la Unión Europea en un momento crítico.

A esto se suma el desgaste en otras vías de financiación. El programa del Fondo Monetario Internacional avanza con dificultades por tensiones internas en Ucrania, donde las reformas exigidas no terminan de aprobarse. Y en el ámbito militar, el apoyo de la OTAN también muestra señales de fatiga, con cada vez menos países dispuestos a asumir el coste de suministrar armamento de forma recurrente.

Pero si hay un factor que agrava aún más la situación, es el contexto global. La guerra en Oriente Próximo ha cambiado completamente las prioridades. EEUU, que durante años fue el principal sostén de Ucrania, ha desviado su atención, sus recursos y su capacidad militar hacia una región mucho más crítica desde el punto de vista energético y estratégico.

 La consecuencia es clara: Ucrania ha dejado de ser el centro del tablero. Este cambio de foco tiene un doble impacto. Por un lado, reduce el flujo de ayuda directa. Por otro, beneficia indirectamente a Rusia. El repunte de los precios del petróleo, impulsado por el conflicto en Irán, está engrosando los ingresos del Kremlin, dándole más margen para sostener el esfuerzo bélico. Mientras Ucrania se queda sin recursos, Rusia encuentra nuevas fuentes de financiación.

El desequilibrio es evidente. Y ante esa situación, Ucrania se enfrenta a decisiones extremadamente complejas. Si no llega financiación externa, el banco central podría verse obligado a monetizar el déficit, es decir, imprimir dinero para pagar salarios, pensiones y gastos militares. Una medida que, aunque necesaria en el corto plazo, puede generar tensiones inflacionistas y desestabilizar aún más la economía. En paralelo, el país necesita cifras cada vez más elevadas para sostener la guerra. Solo en 2026, las necesidades de financiación externa ascienden a unos 52.000 millones$. Y de ellos, una parte importante depende de decisiones políticas que hoy están bloqueadas o condicionadas por intereses ajenos al propio conflicto.

Aquí es donde se entiende que esta guerra ya no se libra solo en el frente militar. Se libra también en los despachos, en las negociaciones políticas, en los presupuestos nacionales y, sobre todo, en las prioridades geopolíticas de las grandes potencias. Ucrania no solo lucha contra Rusia. Lucha contra el paso del tiempo, contra la fatiga de sus aliados y contra un mundo que empieza a mirar hacia otro lado.Y este es, probablemente, el mayor riesgo de todos. Porque en un entorno donde las crisis se solapan, la atención es un recurso limitado. Y cuando aparece un conflicto más urgente, más visible o más relevante desde el punto de vista económico, el anterior deja de ser prioritario. No desaparece, pero pierde peso.

Ucrania no solo necesita ganar la guerra… necesita seguir siendo importante. Porque en el nuevo orden que se está configurando, no siempre gana el que tiene la razón, ni siquiera el que tiene más capacidad de resistencia. Muchas veces gana el que consigue mantenerse en el centro de la agenda global. Y hoy Ucrania corre el riesgo de dejar de estarlo.

Nordea: oportunidades de inversión en la defensa de Europa

En este contexto, Rene M. Petersen, gestor jefe de la cartera de la estrategia Empower Europe de Nordea AM, resalta que el escenario de seguridad en Europa está cambiando de forma significativa. Lo que antes eran amenazas esporádicas —ya fueran territoriales o digitales— se han transformado en retos estructurales que afectan a la toma de decisiones políticas, la asignación de capital y la estrategia a largo plazo. En un contexto de inestabilidad en Oriente Medio y de renovadas tensiones geopolíticas, la seguridad ya no es una medida puntual ni reactiva; hoy es una realidad permanente del panorama político y económico europeo.

Como respuesta, los gobiernos y las instituciones europeas han comenzado a movilizar inversiones a una escala sin precedentes. Esto incluye los sistemas militares, el sector aeroespacial, las infraestructuras críticas, la protección de datos y las comunicaciones seguras. Las políticas públicas se han convertido en un potente catalizador que acelera la inversión a una escala que no se veía en décadas. El Plan ReArm Europe/Readiness 2030 de la UE está diseñado para movilizar hasta 800.000 millones€ en inversión en defensa, incluyendo alrededor de 650.000 millones de margen fiscal adicional y hasta 150.000 millones de euros a través del instrumento de préstamo SAFE, junto con el apoyo de las instituciones financieras europeas y el capital privado.

Paralelamente, una mayor cooperación entre los Estados miembros de la UE está impulsando el desarrollo de proveedores locales, la ampliación de tecnologías críticas y la creación de ecosistemas europeos más sólidos. El objetivo es claro: reforzar el control de Europa sobre las capacidades críticas en materia de defensa y ciberseguridad, reduciendo la dependencia de socios externos. No se trata de un cambio cíclico, sino de una demanda duradera y recurrente que seguirá marcando el rumbo de la industria europea en los próximos años.

Las prioridades políticas de Europa se traducen cada vez más en proyectos económicos concretos en los ámbitos de la defensa, la ciberseguridad, la capacidad industrial y las infraestructuras. A medida que los gobiernos y las instituciones aumentan la inversión para reforzar la seguridad y la capacidad estratégica, el capital fluye no solo hacia los grandes grupos de defensa, sino también hacia el ecosistema más amplio de empresas que proporcionan tecnologías habilitadoras, componentes especializados, sistemas seguros y servicios esenciales. Todo ello está ampliando el abanico de oportunidades en el mercado europeo.

Esto incluye empresas de pequeña y mediana capitalización, proveedores de tecnología especializada y operadores de infraestructuras que desempeñan un papel importante a la hora de convertir las ambiciones políticas en resultados concretos. Su implicación en las cadenas de suministro locales, sus capacidades especializadas y los programas de inversión nacionales las sitúan en el centro de la agenda de seguridad europea, en constante evolución. Debido a que muchas de estas empresas siguen teniendo una menor presencia en los índices generales del mercado, la oportunidad va más allá de los nombres más conocidos del sector de la defensa.

Al mismo tiempo, el panorama geopolítico sigue siendo impredecible y la política comercial, las relaciones internacionales y las interdependencias transfronterizas continúan determinando el riesgo económico. En este contexto, ofrecen una clara ventaja estratégica aquellas empresas con operaciones en Europa, presencia productiva local y fuentes de ingresos vinculadas a los ciclos de inversión nacionales. Para los inversores, la oportunidad reside en identificar aquellas empresas que están en condiciones de beneficiarse del compromiso de Europa con la seguridad, la resiliencia y la autosuficiencia industrial.

El impulso de Europa hacia la autonomía estratégica está creando un contexto de inversión muy atractivo a largo plazo para las empresas del sector de la defensa, la ciberseguridad y las infraestructuras críticas. A medida que los responsables políticos dan prioridad a la resiliencia, la capacidad industrial y la reducción de la dependencia de proveedores externos, se está acelerando la demanda de capacidades diseñadas, producidas y mantenidas dentro de Europa.

Se trata de una oportunidad estructural, más que de una meramente cíclica. Aunque su aplicación variará según los países y los sectores, la tendencia es clara y se sustenta en con el respaldo de las prioridades políticas, las necesidades de seguridad en constante evolución y la creciente importancia de cadenas de suministro nacionales resilientes. Para los inversores, por lo tanto, no se trata de aprovechar el impulso del mercado a corto plazo, sino de posicionarse en áreas de gasto que cobran cada vez más importancia en la agenda estratégica a largo plazo de Europa.

09Apr

Preocupa la alta exposición de las empresas españolas al riesgo cambiario, ya que el 57,9% de las importaciones son fuera de la zona euro, el 22,3% a Asia, el 11,3% a China, y el 7,5% a América del Norte.

Miguel Ángel Valero

El “Insolvency Outlook” de Crédito y Caución avisa que las tensiones geopolíticas siguen lastrando el crecimiento de las empresas y afectando a sus márgenes operativos en múltiples sectores, y vaticina que los impagos aumenten un 3% en 2026. “Nuestra previsión de insolvencias se ha deteriorado debido a la persistencia de condiciones económicas adversas, entre las que se incluyen las deudas fiscales relacionadas con la COVID-19, el aumento de los costes de los insumos y las tensiones comerciales en curso. La crisis en Oriente Medio, junto con el consiguiente aumento de los precios de la energía, se suma a las presiones existentes. El impacto en las empresas dependerá en gran medida de la duración del conflicto”, argumenta Theo Smid, economista sénior de Atradius. 

El escenario base de Crédito y Caución parte de la hipótesis de que el actual cierre del estrecho de Ormuz comenzará a normalizarse a partir de mayo, con daños limitados a la infraestructura del Golfo. Si la interrupción se prolonga, habría que revisar las previsiones de evolución de las insolvencias.

Las perspectivas mejoran en 2027 con un descenso del 6% a medida que la inflación remita, los mercados energéticos se normalicen y los bancos centrales recuperen margen para reducir los tipos de interés.

En el caso de Europa, Crédito y Caución espera que el mayor aumento de las insolvencias se registre en Suiza, Italia y Portugal, mientras que Irlanda, Dinamarca, Noruega y los Países Bajos experimentarán descensos. En toda la zona euro, las empresas seguirán operando bajo una presión considerable en 2026. El aumento de los precios de la energía, impulsado por las perturbaciones en los mercados del gas vinculadas al conflicto en Oriente Medio, se está traduciendo en una inflación generalizada y está lastrando los márgenes comerciales.

Ebury: elevada exposición de las empresas a las divisas asiáticas

Por su parte, Ebury, la fintech global especializada en pagos internacionales e intercambio de divisas, destaca la exposición estructural significativa al riesgo cambiario de las empresas españolas. El 57,9% de las importaciones españolas se realizaron fuera de la zona euro, frente al 46,8% de las exportaciones, lo que confirma una asimetría estructural entre ingresos y costes en divisa. “Esta diferencia implica que el tejido empresarial español en su conjunto está estructuralmente más expuesto al riesgo cambiario por el lado de los costes que por el de los ingresos”, explica Luis Merino, director general de Ebury España.

El comercio exterior español alcanzó en 2025 exportaciones por 387.092 millones€ (+0,7%) e importaciones por 444.146 millones (+4,6%), situando el déficit comercial en 57.055 millones. Asia concentró el 22,3% de las importaciones españolas; solo China supuso el 11,3%; América del Norte representó el 7,5%. Esto pone de manifiesto la elevada exposición que tienen las empresas importadoras españolas no solo al EUR/USD, sino también a determinadas divisas asiáticas.

Para Ebury también resulta significativo el dato del déficit comercial registrado en 2025 y la presión estructural que supone en divisa: “Un déficit elevado implica una necesidad estructural de compra de divisa extranjera, y cuanto mayor es el desequilibrio comercial, mayores la sensibilidad agregada del sistema empresarial a movimientos del tipo de cambio”, explica Merino.

El análisis de Ebury también incide en la fuerte atomización en el número de operadores. De las 127.084 empresas exportadoras registradas en 2025, el 65,7% exporta menos de 50.000€ al año; el 94% exporta menos de 5 millones anuales y solo el 0,9%supera los 50 millones en ventas exteriores. Al mismo tiempo, las 1.000 principales empresas concentran el 65,2% del valor exportado. Para Ebury, “esta dualidad muestra que, aunque el volumen de comercio esté concentrado en grandes compañías, el riesgo cambiario en términos de número de empresas recae mayoritariamente sobre pymes, que suelen contar con menor estructura financiera especializada en cobertura sistemática”.

En este contexto, Ebury recuerda que “la gestión activa del riesgo cambiario  deja de ser una práctica reservada a grandes corporaciones y se convierte en una variable estratégica para miles de pequeñas y medianas empresas que operan en mercados internacionales”.

The Trader: el inversor dejar de mirar el relato y centrarse en la realidad

"Hay momentos en los que no cambia tanto la realidad como la forma en la que se cuenta. Y eso es precisamente lo que estamos viendo ahora con la guerra en Irán. Tan pronto se habla del final del conflicto como de un escenario de escalada, con ataques cruzados, nuevos frentes abiertos y un riesgo creciente sobre el estrecho de Ormuz que podría trasladarse directamente a la economía global. Y el mercado, como siempre, reacciona con brusquedad a cada nueva interpretación", opina el analista Pablo Gil en The Trader.

En ese contexto, las declaraciones de Donald Trump se han convertido en un factor en sí mismo. En cuestión de días pasa de proclamarse vencedor y hablar de un cambio de régimen en Teherán, a pedir una coalición internacional para reabrir Ormuz; después sugiere una retirada de EEUU y, poco después, vuelve a la amenaza de destrucción total… para terminar postergando el ataque cuando el plazo está a punto de expirar. No es solo ruido político, sino una forma de actuar que, de momento, le funciona, aunque empieza a generar dudas sobre cuánto tiempo podrá sostenerse sin encontrar límites.

Su método ha sido siempre el mismo: llevar la situación al extremo, observar la reacción del rival y, si el coste aumenta, rectificar sin reconocerlo abiertamente. Es lo que muchos han definido como la doctrina TACO: tensar, presionar… y acabar reculando. Lo vimos en la guerra arancelaria con China, donde elevó el pulso convencido de que Pekín cedería, pero terminó aceptando un acuerdo parcial tras comprobar que el impacto también golpeaba a la economía estadounidense. Lo vimos con Groenlandia, cuando la presión se desinfló en cuanto Europa marcó límites. Y lo vimos incluso en su promesa de acabar con la guerra entre Rusia y Ucrania en 48 horas, que pasó de ser una afirmación rotunda a un progresivo distanciamiento hasta terminar diciendo que no era su guerra.

Hasta ahora, ese enfoque funcionaba porque se movía en terrenos donde había margen para corregir. Pero una guerra no es una negociación comercial. Tiene inercia propia, genera dinámicas difíciles de controlar y no permite rectificaciones sin coste. Aquí no basta con cambiar el discurso. Cada paso condiciona el siguiente. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo con Irán.

Sobre el terreno, la realidad apenas ha cambiado. Israel sigue atacando, Irán responde de forma directa e indirecta y los puntos clave del sistema energético global continúan expuestos. No hay cambio de régimen, no hay rendición y, sobre todo, no hay una salida clara diseñada desde el principio. El riesgo no desaparece, simplemente se transforma.

Además, hay un factor que muchas veces se subestima: la resiliencia del régimen iraní. Décadas de sanciones no lo han debilitado como muchos esperaban, sino que lo han adaptado. Irán ha desarrollado una economía de supervivencia que le permite operar incluso en condiciones extremas. Y, en paralelo, la presión externa refuerza el control interno, desplaza las prioridades hacia la supervivencia y reduce la contestación. En ese entorno, el régimen no solo resiste, sino que se consolida.
Ahí es donde aparece el verdadero problema. Trump necesita una salida, pero no cualquier salida: necesita una que le permita mantener su narrativa de control y éxito. Y cuando esa narrativa empieza a chocar con los hechos, surgen las contradicciones. De ahí los bandazos constantes, entre el triunfo anticipado y la amenaza, entre la retirada y la escalada.El mercado, sin embargo, sigue reaccionando a cada mensaje como si fuera una señal definitiva. Basta una insinuación de calma para ver subidas en las bolsas y caídas en el petróleo. Pero esa reacción puede estar adelantándose a una realidad mucho más frágil. Porque si el conflicto se mantiene, aunque sea en segundo plano, o si persisten las tensiones en puntos clave como Ormuz, el impacto económico seguirá ahí, aunque desaparezca de los titulares.

La clave no está en si EEUU se retira en dos o tres semanas, o si se suspenden las hostilidades durante un tiempo, sino en entender que el mensaje forma parte de la estrategia. Elevar la tensión, sugerir soluciones rápidas y después introducir calma permite influir en mercados, aliados y adversarios. El problema es que, cuando esta dinámica se repite, acaba generando una ilusión de control en un entorno donde el riesgo real sigue creciendo.

Y ahí es donde el inversor debe hacer el ejercicio más importante: dejar de mirar el relato y centrarse en la realidad. Porque, más allá del ruido, lo que terminará marcando la evolución del mercado será si esta guerra afecta de verdad al equilibrio entre oferta y demanda energética… y durante cuánto tiempo.

Hoy da la sensación de que lo único capaz de provocar un cambio real en el sentimiento del inversor no es la amenaza de una guerra abierta, sino su impacto directo en la economía, tanto en términos de inflación como de crecimiento. Y mientras ese impacto no se materialice de forma clara, el mercado seguirá interpretando cada caída como una oportunidad de compra.

Lombard Odier: relajación gradual de las tensiones

El CIO Office Viewpoint, elaborado por Luca Bindelli, Head of Investment Strategy de Lombard Odier, resalta que el alto el fuego de dos semanas entre EEUU e Irán está en línea con "nuestro escenario base de una relajación gradual de las tensiones en Oriente Medio, con efectos limitados sobre el crecimiento y la inflación". "Nuestras carteras mantienen una posición neutral en renta variable y renta fija. Dentro de la renta variable, mantenemos una sobre ponderación en Japón. En renta fija, seguimos infra ponderados en bonos gubernamentales y sobre ponderados en bonos de mercados emergentes denominados en moneda fuerte. Seguimos manteniendo una sobre ponderación en oro", explica.

"Consideramos dos escenarios de riesgo. En el primero, mayores expectativas de tipos de interés máximos pesarían sobre los activos de riesgo. En el segundo, una recesión y menores expectativas de tipos favorecerían a los bonos gubernamentales y al oro. La historia subraya la importancia de mantener carteras resilientes y diversificadas. Favorecemos activos de calidad y el oro", apunta.

Vuelta a la normalidad con elevada volatilidad

El petróleo celebraba la desaparición del escenario más adverso en la guerra de Oriente Medio con el octavo mayor retroceso diario en el precio del Brent desde 1991. Sin embargo, tras el primer impulso positivo, emerge una realidad más fría: pese al acuerdo alcanzado, la vuelta a la normalidad no será lineal y estará marcada por episodios de volatilidad.

En este contexto, ya comienzan a aflorar señales de fricción. Algunos miembros del Parlamento iraní han afirmado que EEUU habría incumplido el alto el fuego; se ha registrado la incursión de un dron iraní cerca del oleoducto que atraviesa Arabia Saudí hasta Yanbu; y, además, Israel no ha detenido su ofensiva en el Líbano, viviendo una de las jornadas más intensas desde el inicio de la invasión.

A ello se suman las incertidumbres en torno a cómo se desarrollará esta “nueva normalidad” en el tránsito marítimo por el estrecho. Algunos buques chinos ya se dirigen a la zona con el objetivo de poner a prueba el paso, mientras que desde Lloyd’s, el mayor mercado asegurador del mundo, se sigue considerando el área como de alto riesgo. Los aseguradores, por tanto, demandan mayores garantías antes de reanudar plenamente las coberturas.

El estrecho de Ormuz, cuestionablemente abierto: peajes que deberán ser pagados en criptomonedas y, de lo contrario, amenazas de ataques. Poco a poco se van revelando más detalles sobre el procedimiento para cruzar el Estrecho en un contexto tan cambiante. Los buques, tras informar previamente de su cargamento, deberán pagar 1$ por barril de petróleo en criptomonedas, de manera que los petroleros vacíos podrán pasar sin costes. En el caso de los petroleros de crudo de gran tamaño (VLCC) se ha estado cobrando 2 millones$ por buque. Sin embargo, en las retransmisiones por radio persisten las amenazas advirtiendo de que aquellos que intenten transitar sin autorización serán destruidos. 

Una vez superado el momento de máxima tensión, se inicia un proceso de normalización que previsiblemente será irregular y con altibajos. No obstante, el reconocimiento de que existe una contraparte dispuesta a negociar constituye un elemento clave para que la recuperación se sostenga en el tiempo. Además, los datos macroeconómicos continúan acompañando en EEUU.

Mientras tanto, las actas de la Reserva Federal continúan situando las bajadas de tipos como el escenario central, aunque adoptaron dos visiones distintas según se desarrolle el conflicto: por un lado, un número creciente de miembros considera que podrían ser necesarias subidas de tipos si la inflación se mantiene persistentemente por encima del objetivo. Por otro, la mayoría coincide en que un conflicto prolongado –con un impacto significativo sobre el crecimiento económico–, justificaría recortes adicionales. El documento, correspondiente a la decisión adoptada el 18 de marzo, permite conocer la evolución del debate interno del Comité dieciocho días después del estallido de la guerra. En este sentido resulta clave la jerga comunicativa utilizada por la Fed: cuando se indica que “algunos” miembros están abiertos a una política monetaria más restrictiva, se está aludiendo a un grupo más amplio que cuando en enero se empleó el término “varios”.

06Apr

Cuando las dudas empiezan a aparecer al mismo tiempo en el frente fiscal, económico y geopolítico en una economía sólida pero que depende enormemente de la confianza de los inversores y de la credibilidad de su política económica, los mercados suelen tardar muy poco en reaccionar.

Miguel Ángel Valero

Un año después del Día de la Liberación Arancelaria proclamado unilateralmente por Donald Trump, las empresas siguen enfrentándose a un entorno comercial inestable. Según un análisis realizado por Crédito y Caución, EEUU ha entrado en una fase estructuralmente proteccionista que supone una ruptura con décadas de apertura comercial y que persigue objetivos geopolíticos más que eficiencia económica.

Su política ha remodelado los patrones comerciales, pero no ha logrado una mejora duradera en la balanza comercial. El aumento de los aranceles ha alterado las decisiones de abastecimiento, ha acelerado la desvinculación de China y ha reforzado la desviación del comercio hacia otros socios comerciales, especialmente en maquinaria y equipos eléctricos, la categoría de importación más grande y resistente.

Además, los permanentes cambios legales que se han producido en EEUU en materia arancelaria han introducido mayores dosis de inestabilidad en el comercio internacional. Una sentencia del Tribunal Supremo ha invalidado los aranceles impuestos tras el Día de la Liberación en virtud de poderes de emergencia. Sin embargo, la reacción de la administración norteamericana no se hizo esperar. El Gobierno respondió introduciendo un arancel universal del 10% sobre todas las importaciones en virtud de la Sección 122 de la Ley de Comercio de 1974. Se trata de una medida temporal que solo estará en vigor durante 150 días.

Para Dana Bodnar, economista sénior de Atradius, el reajuste del marco arancelario no debe confundirse con un retorno a unas barreras más bajas: "Bajo el nuevo sistema, el tipo arancelario legal se sitúa en el 13,9 %, seis veces más alto que antes de que comenzara la escalada. El carácter temporal del marco legal actual genera un nivel de imprevisibilidad que supone un reto para las empresas globales".

Aunque el nuevo arancel universal es más sencillo al no ser específico para cada región, tendrá un efecto limitado, ya que muchos países habían negociado acuerdos comerciales que situaban sus aranceles cerca de la base de referencia actual. Por otra parte, los importadores estadounidenses siguen absorbiendo la mayor parte de los costes relacionados con los aranceles. En lugar de fomentar la relocalización, estas políticas están acelerando la fragmentación de la cadena de suministro y aumentando las presiones operativas y financieras sobre las empresas.

En este contexto, el análisis de Crédito y Caución adelanta que las empresas deben prepararse para un entorno a largo plazo caracterizado por un aumento de las fricciones comerciales, la imprevisibilidad política y el incremento de los costes. La aseguradora de crédito aconseja a los exportadores y a los líderes de la cadena de suministro que refuercen sus planes de resiliencia, diversifiquen el abastecimiento cuando sea posible y se preparen para una mayor volatilidad política durante 2026. 

The Trader: el problema no son los aranceles, sino las cuentas públicas

Durante buena parte de los últimos dos años se instaló en el mercado la idea de que la economía estadounidense había logrado algo que parecía casi imposible: frenar la inflación sin caer en recesión. El famoso 'soft landing'. Sin embargo, los datos macroeconómicos, las tensiones geopolíticas y el propio frente político interno comienzan a enviar señales de deterioro que conviene observar con atención.

Uno de los elementos más interesantes de esta historia tiene que ver con la política comercial impulsada por Donald Trump. La guerra arancelaria se presentó como una herramienta para reforzar la posición económica de EEUU, reducir el déficit comercial y, al mismo tiempo, aumentar los ingresos fiscales del gobierno federal.

Durante el último año, esos aranceles han generado una cantidad significativa de ingresos para el Tesoro estadounidense. Pero la decisión reciente del Tribunal Supremo de declarar ilegales partes de las tarifas impuestas bajo poderes de emergencia ha abierto un escenario judicial extremadamente complejo. Es muy probable que la batalla legal se prolongue durante mucho tiempo mientras el gobierno intenta mantener, por otras vías, los ingresos derivados de la política comercial.

Pero el verdadero problema no está en los aranceles, sino en las cuentas públicas, subraya el analista Pablo Gil en The Trader.. El déficit federal estadounidense ya alcanza aproximadamente un billón$. A ese ritmo, si no se produce un cambio significativo en la dinámica de gasto o ingresos, el déficit anual podría situarse fácilmente entre 2,2 billones y 2,5 billones al cierre de 2026. Esto ocurre además en un momento en el que el coste de financiar la deuda se ha disparado. Solo en los primeros cinco meses del año fiscal, el pago de intereses de la deuda pública ya supera los 520.000 millones$, una cifra que empieza a competir con algunas de las principales partidas de gasto del presupuesto federal.

La consecuencia es evidente. La deuda pública estadounidense continúa creciendo a gran velocidad. En términos absolutos ya supera los 38 billones$, y en términos relativos se mueve entre el 120% y 125% del PIB, un nivel que ya supera el alcanzado durante la Segunda Guerra Mundial.

Lo llamativo es que este deterioro fiscal se está produciendo en un contexto que, en teoría, no es de crisis económica. Al contrario, Estados Unidos ha mantenido durante los últimos años una política fiscal extraordinariamente expansiva, similar a la que en otras épocas solo se aplicaba en momentos de recesión profunda o en situaciones de emergencia económica. Y, aun así, la economía empieza a mostrar síntomas claros de debilidad.

La revisión del PIB del cuarto trimestre de 2025 ha sido especialmente significativa. El crecimiento ha pasado del 1,4% inicial al 0,7%, muy por debajo de lo que esperaba el consenso del mercado. Además, el consumo (que representa cerca del 70% de la economía estadounidense) también ha sido revisado a la baja, con un crecimiento que pasa del 2,5% al 2%.

La inflación tampoco ayuda. El índice PCE subyacente se mantiene alrededor del 3%, muy por encima del objetivo del 2% de la Reserva Federal. Esto coloca a la Fed en una posición incómoda: el crecimiento se desacelera, pero la inflación sigue siendo demasiado alta como para justificar una relajación rápida de la política monetaria. Y ahora aparece un nuevo factor de riesgo que podría complicar aún más la situación: el petróleo.

La guerra con Irán ha provocado un fuerte repunte en los precios de la energía y ha vuelto a poner en el radar el riesgo de un nuevo shock inflacionario global. Los bancos centrales de las principales economías (la Reserva Federal, el Banco Central Europeo o el Banco de Inglaterra) están empezando a reconocer que el conflicto en Oriente Próximo podría obligarles a retrasar las bajadas de tipos de interés previstas para este año o incluso a replantearse su estrategia monetaria si el impacto sobre los precios termina siendo significativo.

El problema es que la política monetaria tiene una capacidad muy limitada para actuar frente a un shock energético. Los bancos centrales pueden subir o bajar los tipos de interés, pero no pueden reabrir el Estrecho de Ormuz ni controlar el precio del petróleo. Y si el conflicto se prolonga, el encarecimiento de la energía podría trasladarse rápidamente al conjunto de la economía a través de la inflación.

Los mercados ya empiezan a contemplar ese escenario. Un bloqueo prolongado del estrecho (por donde transita una parte crucial del comercio energético mundial) podría disparar el precio del crudo muy por encima de los niveles actuales. Si eso ocurriera justo cuando el crecimiento económico empieza a desacelerarse, el resultado sería una combinación especialmente incómoda para los bancos centrales: inflación persistente con una economía perdiendo dinamismo. El riesgo de volver a un escenario de estanflación (crecimiento débil acompañado de presiones inflacionistas) vuelve a aparecer en el horizonte.

Otro foco de preocupación llega desde el mercado laboral. Cuando el empleo empieza a deteriorarse, el impacto sobre el consumo suele aparecer con cierto retraso, pero termina llegando. Y si el consumo se debilita en una economía donde representa la mayor parte de la actividad, el efecto sobre el crecimiento puede ser considerable.

La combinación de todos estos factores (incertidumbre legal sobre los aranceles, deterioro de los datos macroeconómicos, inflación persistente, tensiones geopolíticas y señales de debilidad en el empleo) empieza a dibujar un escenario mucho más frágil para la primera economía del mundo.

El deterioro empieza a aparecer a pesar de que EEUU mantiene una política fiscal extraordinariamente expansiva. Incluso con déficits gigantescos y con niveles de gasto público propios de una economía en crisis (lo cual debería mantener a la economía 'dopada'), lo cierto es que la actividad empieza a perder fuerza.

Al mismo tiempo, el contexto internacional añade nuevas presiones que pueden complicar aún más el panorama. Si el conflicto en Oriente Próximo termina provocando un nuevo repunte duradero del precio del petróleo, los bancos centrales se enfrentarán a un dilema especialmente incómodo: combatir la inflación con tipos de interés altos o apoyar a una economía que ya empieza a desacelerarse.

EEUU sigue siendo la economía más sólida del mundo, pero también es una economía que depende enormemente de la confianza de los inversores y de la credibilidad de su política económica. 

"Y cuando las dudas empiezan a aparecer al mismo tiempo en el frente fiscal, económico y geopolítico, los mercados suelen tardar muy poco en reaccionar", advierte Pablo Gil.

05Apr

La mayoría de las familias construyen su patrimonio a través de la vivienda. Los ultrarricos, en cambio, lo hacen a través de acciones, fondos y empresas.

Miguel Ángel Valero

En 2016 se produjo la publicación de los Papeles de Panamá, un conjunto de documentos que demostraban cómo políticos, empresarios, famosos y criminales se apoyaban en sociedades de territorios con ventajas y opacidad fiscales ('offshore', en la jerga financiera) para ocultar su patrimonio, evadir impuestos o 'lavar' dinero. Esta revelación desató la indignación de los ciudadanos y provocó un endurecimiento de las normas de intercambio de información bancaria entre países, lo que ha reducido, al menos oficialmente, el volumen de dinero 'negro' en sociedades offshore.

Diez años después, todavía quedan unos 3,55 billones$ (cerca de 3,1 billones€) en territorios offshore. Dos veces el PIB de España. Y el 80% de ese dinero está en manos del 0,1% más rico del planeta, 2,84 billones$, según estima la ONG Oxfam Internacional. Y el 0,01% acapara la mitad de toda esa fortuna oculta, lo que supone 1,77 billones en cuentas y activos sin tributar.

Gabriel Zucman, director del Observatorio Internacional de la Fiscalidad, propuso en la reunión del G-20 en Brasil tasar con un 2% los patrimonios superiores a los 100 millones. Una medida que aplicada en España supondría unos 5.000 millones adicionales de recaudación fiscal. Pero la idea del economista francés no se ha implantado todavía.

Auge de los ultrarricos

En The Trader, el analista Pablo Gil considera que "la economía ya no la mueve la clase media". Durante décadas, la idea dominante era clara: la economía crecía impulsada por la clase media. Su consumo, su capacidad de ahorro, su estabilidad. Pero los datos empiezan a contar otra historia. En EEUU está emergiendo (y consolidándose) un grupo cada vez más numeroso de ultrarricos que no son multimillonarios, pero que tienen patrimonios de decenas o cientos de millones de dólares. Ya hay más de 430.000 hogares con más de 30 millones$, y dentro de ellos, unos 74.000 superan los 100 millones. No es solo una cifra elevada: es un grupo que crece más rápido que la población.

Lo relevante no es solo cuántos son, sino cómo han construido su riqueza. En los últimos 50 años, el 0,1% más rico ha multiplicado su patrimonio por más de 13 veces. Mientras tanto, el 50% inferior ha tenido enormes dificultades para generar riqueza y solo recientemente ha logrado volver a terreno positivo tras décadas marcadas por crisis y estancamiento.

La diferencia está en los activos. La mayoría de las familias construyen su patrimonio a través de la vivienda. Los ultrarricos, en cambio, lo hacen a través de acciones, fondos y empresas. De hecho, cerca del 72% de su riqueza está en este tipo de activos. Y eso cambia completamente el resultado, porque en la última década el S&P 500 se ha triplicado y muchas empresas privadas también han disparado su valoración. No es solo una cuestión de ingresos. Es una cuestión de posicionamiento.

Esto tiene una consecuencia directa: la economía empieza a polarizarse. El consumo vinculado al lujo está creciendo con fuerza (desde viviendas de más de 10 millones hasta viajes y marcas premium) mientras que el consumo de la clase media-alta empieza a mostrar signos de debilidad.

"Cada vez importa menos el consumidor medio… y más quién concentra el capital. Y aquí está la idea clave para el inversor: si quieres entender hacia dónde va el mercado, no basta con mirar el crecimiento económico general. Hay que entender quién tiene el dinero y en qué activos está invertido. Porque hoy, más que nunca, la economía no se mueve desde el centro. Se mueve desde arriba", advierte este experto.

02Apr

Seis usuarios del mercado de predicciones Polymarket, con cuentas creadas 24 horas antes, lograron 1,2 millones$ por predecir los ataques contra Irán el 28 de febrero. Otro ganó 400.000$ al apostar por la captura de Nicolás Maduro en enero.

Miguel Ángel Valero

Hay movimientos que invitan a la sospecha. Minutos antes de que el 23 de marzo de 2026 Donald Trump hablara de "conversaciones productivas" con Irán -desmentidas por el régimen de los ayatolás- se movieron 560 millones€ (ocho veces más de lo habitual) en derivados que apostaban por una caída del precio del crudo. Ésta efectivamente se produjo: 10%, hasta 100$ el barril de Brent., 90$ el de West Texas.

Ese día, a las 6:49 de la mañana en Nueva York (11:49 en la España peninsular), ebn dos minutos se firmaron contratos de futuros sobre crudo por seis millones de barriles, frente al promedio de 700.000 para un intervalo similar. A las 7:05 (12:05 en España), Trump  hizo el anuncio a través de un mensaje en Truth Social.

También se registró un inusual incremento de los derivados sobre el principal índice de la Bolsa estadounidense, el S&P 500, con apuestas a una subida que, tras el anuncio de Trump, se concretó en un alza del 1%. 

Frente a los habituales desmentidos de la Casa Blanca sobre el uso de información privilegiada, movimientos inusuales en los mercados de futuros y en las Bolsas parecen anticiparse a decisiones sobre ataques militares de EEUU en el extranjero. Así, seis usuarios del principal mercado de predicciones del mundo, Polymarket, con cuentas creadas 24 horas antes, lograron 1,2 millones$ por predecir los ataques de Israel y de EEUU contra Irán el 28 de febrero. Uno de ellos había apostado más de 60.000 dólares, lo que resultó en casi medio millón de ganancias. Desde que cobraron sus beneficios, las cuentas han desaparecido de la plataforma. Con 2026 dando sus primeros pasos, un usuario de Polymarket ganó 400.000$ tras apostar que el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, sería capturado por tropas de EEUU. Su predicción se cumplió pocas horas después.

The Trader: esas plataformas han venido para quedarse

El analista Pablo Gil subraya en The Trader que "durante años hablamos de la 'sabiduría de las masas' como un concepto teórico. Hoy se ha convertido en un mercado. Literalmente". Plataformas como Kalshi y Polymarket permiten apostar a casi cualquier cosa: si la Reserva Federal bajará tipos, si habrá un cierre del Gobierno, si una palabra concreta saldrá de la boca de Jerome Powell en una rueda de prensa, si el petróleo alcanzará sus máximos históricos o si determinada celebridad asistirá a un evento deportivo. No es una metáfora. Compras un contrato que paga un dólar si el evento ocurre y cero si no ocurre. Si cotiza a 0,20, el mercado está diciendo que la probabilidad es del 20%. Precio igual a probabilidad. "La propuesta es potente. Convertir opinión en precio. Y el precio, en estimación colectiva de la verdad", recalca.

Sus defensores sostienen que estos mercados generan información más fiable que encuestas o tertulias. Si tienes dinero en juego, pensarás mejor. Apostar sería, según sus fundadores, una forma de disciplinar el discurso. Si realmente crees algo, demuéstralo arriesgando capital. El argumento no es absurdo. En los mercados financieros llevamos décadas aceptando que los precios agregan información dispersa. Cada inversor tiene un trozo del puzle. Al comprar o vender, todo se sintetiza en una cifra. ¿Por qué no iba a funcionar igual con eventos políticos, económicos o sociales?

El problema es que la frontera entre información y entretenimiento se vuelve cada vez más difusa. Gran parte del volumen ya está vinculado a deporte y cultura. Y proliferan mercados anecdóticos: palabras concretas en discursos, duración de ruedas de prensa, viralidad en redes sociales. La realidad empieza a fragmentarse en microeventos cuantificables. No analizas la intervención de Powell por su contenido, sino por si dirá “recesión” o “inflación”.

La atención se desplaza del significado al marcador. Además, surgen riesgos evidentes. Manipulación, información privilegiada, reglas ambiguas o incentivos perversos. Cuando alguien puede ganar dinero con que algo ocurra, aparece la tentación de influir en que ocurra. Y eso cambia la naturaleza del propio evento.

Más allá del debate regulatorio (si esto es un derivado financiero o un simple juego), hay una cuestión más profunda. Estamos asistiendo a la financialización de la realidad. Cada diferencia de opinión puede convertirse en un activo negociable. Cada duda, en un contrato. Cada incertidumbre, en una oportunidad de trading.

Eso tiene un lado positivo. Mucha gente reconoce que ahora sigue la política y la macroeconomía con más atención porque tiene dinero en juego. El incentivo es poderoso. Obliga a informarse.

Pero también tiene un coste. Cuando todo se mide en probabilidades y retornos, la experiencia se transforma. Ya no escuchas un discurso, lo monitorizas. Ya no ves un partido, lo fragmentas en apuestas. Ya no consumes información, la arbitras.

"Estos mercados han llegado para quedarse. La tecnología, la regulación más flexible y el cambio cultural juegan a su favor. Pero la pregunta relevante no es si sobrevivirán, sino qué impacto tendrán en nuestra forma de entender el mundo.  Porque si convertimos cada hecho en una posición financiera, podemos ganar eficiencia informativa. Pero también corremos el riesgo de perder profundidad, contexto y criterio. Y eso, aunque no cotice en ninguna plataforma, también tiene un valor enorme", advierte este experto.