05Feb

Una estrategia diseñada para reforzar la posición norteamericana en el mundo puede estar sembrando las bases de una pérdida gradual de influencia.

Miguel Ángel Valero

La política comercial de Donald Trump ya no se define solo por los aranceles, sino por algo más corrosivo: la incertidumbre permanente. Nadie sabe cuál será el próximo anuncio, el siguiente castigo comercial o el nuevo aliado convertido en adversario. Y cuando esa imprevisibilidad se convierte en norma, los socios empiezan a protegerse.

Eso es exactamente lo que estamos viendo. Reino Unido se acerca a China no por afinidad, sino por necesidad. Europa acelera acuerdos comerciales largamente bloqueados, como los suscritos con Mercosur o India. Canadá, Corea del Sur o incluso socios asiáticos tradicionales de Washington revisan silenciosamente sus dependencias. No es una ruptura con EEUU, es una diversificación forzada.

En ese contexto, el acercamiento a China y, sobre todo, a India cobra todo el sentido. No son potencias marginales, sino las dos economías que, según el Fondo Monetario Internacional, concentrarán buena parte del crecimiento global durante la próxima década. India, en particular, emerge como la gran alternativa estratégica: crecimiento por encima del 6%, demografía favorable, ambición industrial y una posición geopolítica suficientemente autónoma como para no quedar atrapada en un solo bloque.

El acuerdo entre la Unión Europea y la India no es, por tanto, un simple tratado comercial. Es una jugada de fondo. Permite a Europa diversificar cadenas de suministro, reducir vulnerabilidades frente a China y EEUU, y ganar acceso a sectores clave como tecnologías limpias, farmacéuticas, infraestructuras digitales o materias primas críticas. También refuerza el papel de India como potencia bisagra, capaz de relacionarse con Washington, Bruselas, Moscú y Pekín sin alinearse plenamente con ninguno.

Si a este movimiento se suma una ratificación del acuerdo con Mercosur, el mapa empieza a dibujarse con claridad. Europa estaría asegurando acceso preferente a Asia y América Latina justo cuando EEUU opta por una estrategia de confrontación comercial, incluso con sus aliados históricos. No es un movimiento ideológico, es una respuesta racional a un entorno cada vez más volátil.

"La paradoja es evidente. Una política diseñada para reforzar la posición estadounidense puede estar sembrando las bases de una pérdida gradual de influencia. No por un colapso abrupto, sino por algo más silencioso: la normalización de un mundo donde EEUU deja de ser el socio imprescindible y pasa a ser uno más, poderoso, sí, pero imprevisible", señala el analista Pablo Gil en The Trader. 

"Las hegemonías rara vez se pierden por un ataque externo. Suelen erosionarse desde dentro, cuando las decisiones propias minan la confianza que sostiene el liderazgo. Tal vez estemos asistiendo al inicio de ese proceso: no el final inmediato de la hegemonía estadounidense, pero sí el comienzo de un desgaste que hace solo unos años parecía imposible", subraya.

India-UE: "la madre de todos los acuerdos"

En ese contexto, la Unión Europea y la India han cerrado un tratado de libre comercio histórico que promete transformar las relaciones económicas entre ambos bloques tras casi dos décadas de negociaciones. Este pacto, calificado por Ursula von der Leyen como “la madre de todos los acuerdos”, abre un mercado de más de 2.000 millones de consumidores eliminando las barreras arancelarias que han limitado la presencia europea en India durante años.

Para España, el impacto de este tratado va mucho más allá. La notable coincidencia entre los bienes que la India importa a nivel global y los productos que España exporta abre una amplia ventana de oportunidades para los sectores de maquinaria industrial y agrícola, combustibles minerales, productos químicos y farmacéuticos, equipos eléctricos y electrónicos, así como productos plásticos. 

Esto puede suponer, según inAtlas:

  • Ahorros significativos para exportadores europeos (hasta 4.000 millones€ anuales en aranceles eliminados o reducidos) potenciando la competitividad de productos españoles en India.
  • Duplicar el comercio bilateral con India hacia 2032 gracias a mejor acceso al mercado y reducción de barreras no arancelarias.
  • Impulso a sectores estratégicos para España: energías renovables, infraestructuras, agroalimentario (como vinos y aceite de oliva, cuyos aranceles pasan de niveles muy altos a cero en apenas años), defensa, químico y servicios especializados.
  • Además, el acuerdo facilitará la cooperación regulatoria y la integración de cadenas de valor, reduciendo los costes logísticos y de certificaciones técnicas que tradicionalmente han frenado la internacionalización de las pymes españolas.

Propuesta de acuerdo sobre minerales críticos

Al mismo tiempo que se acerca a China y llega a acuerdos con Mercosur y con India, Europa no descuida la compleja relación con EEUU. La Unión Europea ha reactivado el proceso para implementar el acuerdo comercial con EEUU. Este pacto, firmado en julio de 2025,, y destinado a reducir aranceles entre ambas partes, está pendiente de completar los trámites burocráticos necesarios para su incorporación al marco legislativo europeo. Mientras tanto, los aranceles de ambos países continúan recaudándose con la intención de reembolsar posteriormente las cantidades a las empresas una vez que el acuerdo sea ratificado.

Sin embargo, el procedimiento de ratificación quedó bloqueado en el Parlamento Europeo después de que Trump lanzara una nueva amenaza arancelaria contra los países europeos que enviaron tropas militares a Groenlandia y, ahora que la situación se ha estabilizado, el acuerdo se someterá a votación en la Eurocámara el 24 de febrero. Además, la institución incorporará una “cláusula automática” que se activará en caso de que Trump intente ejercer nuevas presiones y modificar las condiciones pactadas. 

Además, la Unión Europea quiere proponer a EEUU un acuerdo sobre minerales críticos con el objetivo de limitar la influencia de China en este mercado estratégico. Aunque los detalles aún están por definirse, pretende presentar en los próximos tres meses una “hoja de ruta de asociación estratégica” a la Administración Trump. 

Esta iniciativa busca desarrollar, de manera conjunta, alternativas a la dependencia de China para el abastecimiento de minerales críticos mediante proyectos compartidos, actividades de investigación y mecanismos de intercambio de información. El plan también contempla la posibilidad de crear reservas que permitan protegerse frente a interrupciones repentinas en el suministro.

01Feb

Japón tiene cerca de cinco billones$ invertidos en activos extranjeros. Pero el creciente atractivo de la deuda pública de ese país hará que buena parte de ese dinero vuelva a casa.

Miguel Ángel Valero

La venta masiva de bonos japoneses a muy largo plazo ha sido tan espectacular que ha reavivado una vieja pregunta: ¿podría la deuda de Japón llegar a ser insostenible? Desde que la primera ministra, Sanae Takaichi, asumió el cargo en octubre de 2025, los inversores han tenido que descontar una política fiscal más expansiva. La revalorización se aceleró cuando convocó elecciones anticipadas para el 8 de febrero de 2026, junto con las conversaciones sobre nuevas medidas de desgravación fiscal, lo que provocó la última crisis de los rendimientos.

El rendimiento de los bonos del Estado japonés (JGB) a 40 años subió por encima del 4% y el de los bonos a 30 años aumentó aproximadamente un cuarto de punto en una sola sesión, un ritmo que habría sido casi impensable durante la era del control de la curva de rendimientos. La deuda pública de Japón sigue rondando el 230% del producto interior bruto (PIB), por lo que, según los expertos de DWS, es comprensible que los mercados reaccionen con nerviosismo cuando la prima de plazo pasa a ser el centro de atención, al menos temporalmente.

El gráfico aportado por DWS ayuda a traducir ese drama del mercado en cálculos aritméticos sobre la deuda. El eje izquierdo muestra los rendimientos de los bonos del Estado japonés a 10, 30 y 40 años, reflejando cómo los plazos largos se han revalorizado considerablemente y se han vuelto más volátiles. Sin embargo, el puente crucial hacia la sostenibilidad de la deuda se muestra en el eje derecho: los pagos netos de intereses del Gobierno como porcentaje del PIB, donde el área sombreada en azul marca el período de previsión hasta finales de 2027 por parte de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). 

Incluso con unos rendimientos que han subido considerablemente, el gráfico implica que la carga de los intereses solo aumenta de forma gradual y con un desfase. El coste de financiación soberana de Japón es una cuestión de stock, no de spot: la factura media de intereses se ajusta con un gran retraso a medida que se renueva el stock de deuda existente con cupones bajos, por lo que los gastos por intereses siguen mostrando inercia.

En este punto es donde el debate sobre la sostenibilidad de la deuda debería perder su dramatismo: la deuda acumulada de un país se considera sostenible, siempre que el crecimiento nominal se mantenga por encima del tipo de interés efectivo de la deuda pendiente (suponiendo que el presupuesto primario siga equilibrado). Esa lógica también es coherente con las evaluaciones externas: la agencia de calificación Fitch señala que la reflación puede respaldar la dinámica de la deuda a corto plazo, ya que el tipo de interés efectivo solo aumenta gradualmente y se ha mantenido por debajo de la inflación, incluso cuando los rendimientos se normalizan.

“La dinámica de la deuda de Japón ha sido bastante buena en los últimos años. Debido al retorno de la inflación y, por lo tanto, al mayor crecimiento nominal, la ratio deuda/PIB ya ha entrado en una senda descendente. Dadas nuestras perspectivas positivas tanto para el crecimiento real como para la inflación, la situación fiscal de Japón también parece estable”, señala Lucas Brauner, economista especializado en Japón de DWS.

Brauner añade además que el caso de riesgo es la imagen reflejada: "Si la inflación cayera de forma decisiva mientras los tipos de interés se mantuvieran elevados, el crecimiento nominal podría dejar de superar los tipos de interés efectivos, lo que en última instancia conduciría a una ratio deuda/PIB más alta y potencialmente insostenible". La incertidumbre en torno al alcance de la expansión fiscal es otro factor de riesgo. El mercado de bonos japonés puede seguir siendo volátil durante un tiempo, pero la sostenibilidad sigue dependiendo del crecimiento y la inflación, y no solo de los rendimientos de los bonos del Estado japonés a largo y ultralargo plazo.

The Trader

Japón se ha convertido en el principal foco de tensión de los mercados financieros globales. El yen vuelve a estar bajo presión y, esta vez, el aviso desde Tokio es explícito. Cuando el Gobierno japonés habla de movimientos “anormales y especulativos” en el mercado de divisas y la Reserva Federal de Nueva York contacta directamente con las mesas de trading para interesarse por el tipo de cambio, el mensaje es claro: el problema ya no es técnico, es político y sistémico.

El yen llegó a deslizarse hacia la zona de 160 por dólar, un nivel que Japón ya ha señalado en el pasado como línea roja. El posterior rebote fue uno de los más violentos desde agosto y el mercado lo interpretó como una advertencia directa de posible intervención, incluso coordinada con Estados Unidos. Cuando Washington entra en escena, ya no hablamos solo de la moneda japonesa, sino de estabilidad financiera global.

Pero el verdadero núcleo del problema no está en el yen. Está en la deuda. Los llamados JGB no son otra cosa que los bonos del Estado japonés, es decir, la deuda pública de Japón. Durante décadas fueron el mercado más estable del mundo. Pagaban tipos cercanos a cero, apenas se movían y servían como ancla de tranquilidad en los momentos de turbulencias globales. Esa estabilidad no era casual. Se sostenía sobre un pilar clave: el propio Banco de Japón.

Durante años, el banco central fue el gran comprador de deuda japonesa. El Gobierno emitía bonos, y más del 50% de toda la emisión la compraba el propio Banco de Japón. Gracias a eso, Japón pudo acumular una deuda gigantesca sin que subieran los tipos de interés. De hecho, durante mucho tiempo los inversores privados japoneses no eran los principales financiadores del Estado. No hacía falta. El mercado estaba, en la práctica, anestesiado.

Eso explica algo que a primera vista parece contradictorio. Cuando la deuda japonesa no pagaba casi nada, los inversores japoneses financiaban al resto del mundo. Bancos, aseguradoras y fondos de pensiones preferían comprar deuda de Estados Unidos o Europa, donde sí había rentabilidad. El yen era estable, cubrir el riesgo de divisa era barato y en casa el banco central garantizaba que todo permanecía bajo control. Ese equilibrio se ha roto.

La inflación ha regresado a Japón y se ha consolidado. La inflación subyacente cerró 2025 en el 3,1%, cuarto año consecutivo por encima del objetivo del 2%. Al mismo tiempo, el Banco de Japón ha puesto fin a los tipos negativos y ha comenzado a retirarse, lentamente, del mercado de deuda. Ya no compra bonos como antes. Y justo cuando ese comprador desaparece, el nuevo Gobierno ha apostado por más gasto público y estímulos fiscales de cara a las elecciones anticipadas de febrero.

El resultado es un mercado que pasa de no moverse nunca a moverse de forma brusca. Las rentabilidades de los bonos japoneses se han disparado, especialmente en los tramos largos. El bono a 40 años ha superado el 4%, algo impensable hace apenas dos años. Movimientos que antes tardaban meses ahora se producen en una sola sesión.

¿Quién está comprando ahora esos bonos? Aquí aparece el segundo gran cambio. Los primeros en entrar han sido los inversores extranjeros. No porque posean la mayor parte de la deuda, sino porque son quienes más operan en el mercado. Hoy representan alrededor del 65% del volumen mensual negociado. Son inversores rápidos, tácticos, que entran y salen con facilidad y que amplifican los movimientos cuando hay incertidumbre.

Y aquí surge la pregunta clave: ¿por qué los inversores japoneses no están comprando en masa ahora que la deuda sí paga una rentabilidad atractiva? La respuesta es menos intuitiva de lo que parece. No es que no quieran. Es que no pueden hacerlo de golpe. Bancos, aseguradoras y fondos de pensiones japoneses son inversores estructurales. Necesitan estabilidad, no volatilidad. Durante décadas delegaron la función de estabilizar el mercado en el Banco de Japón. Ahora el banco central se retira, pero los inversores domésticos no han ocupado aún ese vacío. Esperan a que el mercado se calme y los tipos encuentren un equilibrio más claro.

Mientras tanto, los extranjeros se adelantan. Eso explica la volatilidad actual. No es falta de interés local, es un desfase temporal entre la retirada del banco central y la vuelta progresiva del comprador doméstico.

El problema es que ese proceso tiene consecuencias globales. Japón tiene cerca de cinco billones$ invertidos en activos extranjeros. Durante décadas fue uno de los grandes financiadores silenciosos del mundo. Si una parte de ese capital empieza a regresar porque la deuda japonesa vuelve a ser atractiva, no hace falta un movimiento masivo para generar tensiones. Basta con que una fracción vuelva para presionar al alza las rentabilidades en Estados Unidos y Europa.

Además, el yen ha sido durante años uno de los pilares del “carry trade” global: pedir prestado en yenes baratos para invertir en activos más rentables fuera. Y no hablamos de cantidades menores, porque la última estimación cifra ese “carry trade” en 450.000 millones$. Si los tipos japoneses siguen subiendo, ese mecanismo empieza a romperse y obliga a deshacer posiciones en todo el mundo.

Aquí está el dilema imposible para Japón. Subir tipos ayuda a estabilizar el yen, pero encarece el servicio de una deuda pública que ronda el 230% del PIB. Intervenir en el mercado de divisas, como ya ocurrió en 2024, con cerca de 100.000 millones de dólares, solo compra tiempo. No soluciona el problema estructural si el gasto público sigue creciendo y el banco central se ve obligado a apagar fuegos constantemente.

"Lo que estamos viendo en Japón no es un episodio aislado de volatilidad ni un simple ajuste en el yen. Es el inicio de un cambio profundo en uno de los grandes pilares del sistema financiero global. El mundo se acostumbró a que Japón financiara el exceso de deuda ajeno gracias a tipos cero y a un banco central omnipresente. Ese modelo se está agotando. Si Japón empieza, aunque sea de forma gradual, a priorizar su propio mercado y a repatriar capitales, el impacto se sentirá en las curvas de tipos, en el dólar y en el coste de financiación global. El riesgo no es lo que Japón haga hoy. El riesgo es que el mundo siga actuando como si Japón pudiera seguir sosteniendo indefinidamente un sistema que ya ha empezado a resquebrajarse", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.

31Jan

En un mundo donde el comercio se utiliza cada vez más como instrumento de poder, apostar por acuerdos a largo plazo con India o con Mercosur no es solo una decisión económica. Es una declaración de intenciones sobre el lugar que Europa quiere ocupar en el nuevo orden global. Lo que también beneficia a sus bonos.

Miguel Ángel Valero

El intento de anexión de Groenlandia, que pertenece a Dinamarca, ha sido el punto de no retorno para las complejas relaciones entre la Unión Europea y Donald Trump, especialmente desde el pomposo Día de la Liberación Arancelaria de principios de abril de 2025. A una inicial política de apaciguamiento y de no enfrentamiento, que llevó a un acuerdo comercial que suponía pagar muchos más aranceles que antes, le sucede ahora una estrategia de diversificación y de reducción de la dependencia respecto a EEUU y también a China, que se ha concretado en acuerdos con India y con Mercosur. También cuentan aquí los estrechamientos de relaciones con Canadá (hasta el punto de que ya no parece una utopía plantear su incorporación a la Unión Europea) y con Reino Unido, especialmente en seguridad. Y los acercamientos a China, todavía sin grandes resultados.

En un mundo cada vez más fragmentado, la Unión Europea ha cerrado uno de los acuerdos comerciales más relevantes de su historia reciente. La UE y la India han alcanzado un pacto de libre comercio de dimensiones históricas que conectará a casi 2.000 millones de personas y concentrará cerca de una cuarta parte del PIB mundial. No es un tratado más. Es una decisión estratégica marcada por la geopolítica, la urgencia y, en buena medida, por Trump.

Durante años, las negociaciones entre la UE y la India avanzaron lentamente, bloqueadas por aranceles, estándares regulatorios y, sobre todo, por la movilidad laboral. Pero la vuelta de Trump a la Casa Blanca cambió el ritmo. Sus amenazas arancelarias, el uso del comercio como arma política y la sensación de ruptura del viejo equilibrio atlántico actuaron como catalizador. Bruselas entendió que debía acelerar la diversificación de sus alianzas, y Nueva Delhi llegó a la misma conclusión tras constatar que, pese a la aparente cercanía entre Trump y Narendra Modi, EEUU no estaba dispuesto a ofrecer un acuerdo comercial estable ni respetuoso.

Ese doble desencanto explica la velocidad final del pacto. En apenas un año, y tras casi dos décadas de negociaciones intermitentes, la UE decidió cerrar lo que desde la propia Comisión se ha bautizado sin complejos como “la madre de todos los acuerdos comerciales”. El simbolismo fue claro: el viaje conjunto del presidente del Consejo Europeo, António Costa, y de la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, a Nueva Delhi, como invitados de honor al Día de la República india, escenificó que Europa ve a la India como un socio estratégico de largo plazo, no como un simple mercado de oportunidad.

Para Europa, el contexto no podría ser más delicado. La relación con EEUU atraviesa uno de sus momentos más tensos, la dependencia de China se percibe cada vez más como un riesgo estratégico, y las cadenas de suministro siguen expuestas a shocks geopolíticos. En ese escenario, la India aparece como la gran alternativa: una economía que crece por encima del 6% anual, que ya ha superado al Reino Unido como quinta potencia mundial y que todo apunta a que será la tercera antes de que termine la década.

El acuerdo permitirá reducir hasta 4.000 millones€ anuales en aranceles para los exportadores europeos, con recortes muy significativos en sectores como el vino, el aceite de oliva, la automoción, la maquinaria industrial o los productos químicos. Para una industria europea castigada por la pérdida de competitividad y por un entorno global cada vez más hostil, el acceso preferente a un mercado de 1.400 millones de personas no es menor. Al mismo tiempo, la India se consolida como alternativa real a China como plataforma manufacturera y tecnológica, atrayendo inversión extranjera y creando empleo industrial para una población joven que sigue creciendo.

Desde el punto de vista geopolítico, el pacto refuerza el papel de la India como potencia bisagra. Nueva Delhi mantiene relaciones con Rusia, China, EEUU y Europa sin alinearse plenamente con ninguno, y esa autonomía estratégica es precisamente lo que la hace atractiva para Bruselas. Para la UE, el acuerdo es una forma de ganar margen de maniobra en un mundo donde las reglas del comercio global se están reescribiendo a golpe de arancel y presión política.

El contraste con Mercosur es inevitable. Mientras el acuerdo con Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay sigue atrapado en resistencias internas, vetos cruzados y bloqueos políticos tras más de 25 años de negociaciones, el pacto con la India avanza con menos oposición interna y con una lógica más claramente geoestratégica. Mercosur se ha convertido en el símbolo de la lentitud y las contradicciones europeas; la India, en cambio, representa una apuesta pragmática por diversificar riesgos, aunque eso implique asumir concesiones incómodas, como una mayor apertura a trabajadores cualificados indios en un continente envejecido y con escasez estructural de talento.

Este acuerdo entre la Unión Europea y la India dice mucho más de Europa que de la propia India. Revela hasta qué punto Bruselas ha entendido, quizá tarde pero con claridad, que su futuro económico y político pasa por diversificar alianzas y reducir dependencias peligrosas. También refleja un cambio de mentalidad: frente a la parálisis de Mercosur y al deterioro del vínculo con EEUU, Europa ha optado por moverse. En un mundo donde el comercio se utiliza cada vez más como instrumento de poder, apostar por un acuerdo amplio, complejo y a largo plazo con la India no es solo una decisión económica. Es una declaración de intenciones sobre el lugar que Europa quiere ocupar en el nuevo orden global.

Mercosur, la historia interminable

Mientras tanto, el acuerdo de la UE y Mercosur es la historia interminable. Después de firmarse tras más de 25 años de negociaciones, el Parlamento Europeo ha solicitado al Tribunal de Justicia de la UE (TUE) opinión sobre su legalidad, un proceso que podría prolongarse hasta dos años. No se avanzará en la ratificación hasta que el TUE emita su opinión. En el peor escenario, si detectara incompatibilidades con los tratados de la UE, sería necesario renegociarlo.

Las condiciones actuales contemplan la eliminación gradual durante 10 años de los aranceles a los bienes industriales, lo que beneficiaría principalmente a los exportadores de automóviles europeos, actualmente gravados con un 35%. En cuanto a los productos agrícolas, se eliminarían los tributos al 93% de este tipo de exportaciones europeas y se liberalizaría el 82% de estas importaciones procedentes de Mercosur. El acuerdo también establece cuotas para productos sensibles como la carne vacuna, el pollo o el azúcar, además de una cláusula de salvaguardia. La Comisión monitorizaría estos productos y, en caso de alterar sus precios en un 5%, lanzaría una investigación. Si determinase que hay perjuicio a los ganaderos europeos, podría revertir la eliminación de los aranceles.

A pesar del debate político y del potencial impacto en algunos sectores específicos, la relevancia del acuerdo para la UE es relativamente limitada: el comercio con Mercosur representa únicamente el 2,2% del total extracomunitario.

En cualquier caso, la aprobación del acuerdo comercial entre la Unión Europea y Mercosur llega en un momento de toma de conciencia estratégica. Europa empieza a asumir algo que durante décadas evitó afrontar: ya no puede depender de EEUU ni para su seguridad, ni como socio comercial central, ni como garante último del orden internacional.

La guerra provocada por la invasión rusa de Ucrania dejó al descubierto la fragilidad del paraguas defensivo europeo. Y el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha terminado de romper cualquier ilusión residual. EEUU ya no actúa como aliado previsible, sino como una potencia que prioriza su interés inmediato, utiliza los aranceles como arma política y no distingue entre competidores, socios o aliados. En ese contexto, Europa entiende que diversificar riesgos no es una opción ideológica, sino una necesidad estratégica.

Durante años, la UE miró hacia otro lado cuando se trataba de América Latina. Ese vacío lo ocupó China con una estrategia paciente y coherente: inversiones masivas en infraestructuras críticas (puertos, ferrocarriles, carreteras y energía) a cambio de acceso preferente a materias primas y mercados. Una relación útil para muchos países latinoamericanos, pero profundamente asimétrica. Mucho comercio, sí, pero poca industrialización local y escasa transferencia de valor añadido.

China no solo ha hecho eso en América Latina. Ha replicado el modelo en África y en buena parte de Asia, construyendo una red de dependencias económicas que le permite reducir su exposición a Estados Unidos, asegurar suministros estratégicos y ampliar su influencia política. Mientras Washington amenaza y sanciona, Pekín ofrece financiación, obra pública y acceso a su mercado. No impone reglas democráticas, pero sí genera dependencia estructural.

Frente a ese tablero, el acuerdo entre la UE y Mercosur representa una apuesta distinta. Europa no ofrece coerción ni cheques a cambio de lealtad, sino integración bajo reglas compartidas. Un espacio de libre comercio que, si se ratifica plenamente, será el mayor del mundo y que se regirá por estándares comunes en materia laboral, medioambiental y regulatoria. Para América Latina, abre la puerta a atraer inversión productiva y avanzar en industria y empleo de mayor calidad. Para Europa, supone acceso a mercados clave, diversificación comercial y un ahorro inmediato de miles de millones en aranceles.

El coste interno es real y no menor. Sectores como la agricultura y la ganadería europeas, especialmente en países como Francia o España, perciben el acuerdo como una amenaza directa. Pero aquí aparece una diferencia clave frente a otros modelos de poder: la Unión Europea asume el conflicto dentro de su propio sistema político, lo debate y trata de compensarlo con salvaguardias y fondos comunitarios. Eso no elimina la realidad de fondo: habrá ganadores y perdedores. Muchos profesionales del sector verán cómo su modelo de negocio deja de ser viable, explotaciones familiares quedarán por el camino y proyectos de vida construidos durante décadas se verán truncados. Como en toda gran negociación, se cometerán injusticias y no todos los costes se repartirán de forma equitativa. La diferencia es que Europa, al menos, reconoce ese daño, lo discute abiertamente y trata de amortiguarlo, aunque no siempre lo consiga.

Mercosur no es un acuerdo perfecto. Tiene riesgos, genera fricciones y exige sacrificios. Pero encaja en una lectura más amplia del mundo que viene. EEUU se vuelve imprevisible y utiliza el comercio como arma. China expande su influencia comprando dependencia. Europa, con todas sus limitaciones, intenta construir alianzas estables basadas en normas, no en la fuerza.

En ese contexto, Mercosur no es solo un tratado comercial. Es la constatación de que Europa ha entendido que el mundo ha cambiado y que su supervivencia geopolítica pasa por dejar de depender de un único socio y empezar a tejer su propia red de alianzas. Más lenta, más incómoda y menos espectacular, pero probablemente más sostenible.

El acuerdo con Mercosur refleja mejor que ninguna otra iniciativa la encrucijada en la que se encuentra Europa. Puede optar por replegarse, proteger a corto plazo a sectores concretos y aceptar un papel cada vez más irrelevante en el nuevo orden global, o asumir costes internos para defender una visión de largo plazo basada en diversificación comercial, reglas compartidas y autonomía estratégica. No es un camino cómodo ni popular, pero sí el único coherente con la realidad del mundo que viene. 

"En un entorno donde unos imponen por la fuerza y otros compran lealtades con cheques, Europa empieza a asumir que integrarse, tejer alianzas y reducir dependencias no es una elección ideológica, sino una condición para seguir jugando la partida", subraya el analista Pablo Gil en The Trader. 

DWS: los bonos europeos ganan atractivo

Dentro de este contexto, un análisis de DWS muestra que, cada vez más, la reducción de los diferenciales de la Eurozona dice menos sobre las virtudes europeas y más sobre las inquietudes en muchos de los otros mercados de bonos del mundo

En los primeros días del euro, la reducción de los rendimientos de los bonos del Estado se consideraba una prueba de que la moneda única estaba surtiendo efecto. En 2007, Italia, España y Francia podían obtener préstamos a tipos de interés muy similares a los de Alemania. Luego llegó la crisis de la zona euro y, con ella, el doloroso recordatorio de que la convergencia de los tipos de interés nominales no siempre es sinónimo de estabilidad futura.

Como muestra el gráfico de DWS, los rendimientos de los bonos italianos, españoles e incluso franceses han vuelto a situarse en los niveles previos a la crisis, en términos de sus diferenciales relativos con respecto a los bonos alemanes. Esto refleja años de dolorosas reformas internas, junto con los esfuerzos europeos por mantener intacta la transmisión monetaria y evitar la fragmentación. La declaración de Mario Draghi en 2012 de “haremos todo lo que sea necesario” sigue proyectando una larga sombra. Irlanda y Grecia, que en su día fueron sinónimo de disfunción a los ojos de los inversores en bonos del Estado, tienden hoy en día a cotizar a niveles comparables a los de Austria y Bélgica.

Pero esta última oleada de convergencia se debe tanto a la turbulencia en otros lugares como a la calma política en el Banco Central Europeo (BCE). La crisis soberana más espectacular de los últimos años, tras un minipresupuesto para 2022 que fue mal acogido, se produjo en Londres, no en Lisboa. EEUU y Japón luchan ahora con sus propios demonios fiscales, lo que hace que el drama político europeo se vea bajo una luz más indulgente.

La saga presupuestaria de Francia es un buen ejemplo de ello. La parálisis política, un Gobierno que impone medidas y la perspectiva de múltiples votos de censura podrían haber provocado un aumento vertiginoso de los diferenciales. Esta vez, los mercados apenas se inmutaron, y no solo porque parece probable que el Gobierno sobreviva y evite unas elecciones anticipadas. Fundamentalmente, ¿por qué entrar en pánico por las tácticas de procedimiento en la Asamblea Nacional cuando el rendimiento a 30 años de Japón está fluctuando y Washington está jugando con la idea de comprar Groenlandia?

Las mejoras estructurales también han contribuido. Italia y España son los mayores beneficiarios de los fondos de recuperación pospandémicos de la UE, lo que ayuda a estabilizar la deuda pública en los niveles actuales. Últimamente, ambos países tienden a cotizar con diferenciales más ajustados que Francia. “Los compradores extranjeros también han vuelto”, señala Ulrike Kastens, economista senior de DWS. “Según los datos del banco central, la proporción de bonos soberanos franceses e italianos en manos de extranjeros se ha ido recuperando en los últimos años. Hoy en día, la estabilidad es un concepto relativo, y Europa se está beneficiando de los dramas de los demás”, subraya.

30Jan

El crecimiento de las exportaciones está perdiendo impulso, el consumo no avanza, tampoco la inversión privada, y la demografía no ayuda. Pero en I+D reduce distancias con EEUU, y su superávit comercial ha superado por vez primera el billón$.

Miguel Ángel Valero

Reino Unido y China han dado un paso significativo para reforzar su relación política y económica, ignorando las advertencias del presidente estadounidense Donald Trump. Pekín permitirá la entrada sin visado a los ciudadanos británicos durante 30 días y reducirá a la mitad los aranceles aplicados al whisky –del 10% al 5%– mientras que la farmacéutica británica AstraZeneca ha anunciado una inversión de 15.000 millones$ en el país asiático. 

A ello se suma el compromiso del Reino Unido de facilitar un mayor acceso a los mercados chinos para su sector de servicios. Ambas naciones han acordado una nueva “asociación de servicios” que proporcionará a los sectores británicos sanitario, financiero, jurídico, profesional y educativo reglas más claras, un mejor acceso al mercado y apoyo para impulsar sus ventas dentro de China.

En conjunto, estos movimientos evidencian cómo las políticas proteccionistas y el clima de confrontación impulsados por Trump están llevando a los países europeos a diversificar sus alianzas exteriores. Sus socios comerciales en Europa están explorando oportunidades con potencias alternativas o incluso con el propio rival estratégico de EEUU: China. 

Las recientes negociaciones entre China con Reino Unido y Canadá, así como el acuerdo comercial firmado la semana pasada entre la Unión Europea e India, son ejemplos claros de cómo el comercio global busca la readaptación.

Crédito y Caución: desaceleración de la economía china

Crédito y Caución vaticina una desaceleración de la economía china en 2026 y 2027 a medida que se desvanece el impulso de las exportaciones y persisten los retos estructurales. Así, se espera que el crecimiento de su PIB se quede en el 4,4% para este año y el próximo, por debajo de los niveles registrados en 2024 (5%) y 2025 (4,8%).  

Varios factores explican la pérdida de impulso de la economía de China. Por una parte, la inversión privada en infraestructuras de inteligencia artificial (IA) que está impulsando el crecimiento en otros importantes mercados, como EEUU, es sustancialmente menor en el caso del país asiático, dejando un impacto limitado en el PIB local.

Por otra parte, aunque el acuerdo comercial entre EEUU y China alivió un periodo de gran tensión, al revocar una serie de aranceles y controles a la exportación, todavía arroja mucha incertidumbre en el contexto internacional. La relación entre ambos países sigue marcada por la desconfianza y la rivalidad.

Además, el crecimiento de las exportaciones está empezando a perder impulso, fruto de la anticipación de compras que se produjo en el primer trimestre de 2025 para evitar los aranceles. En octubre, las exportaciones disminuyeron un 1,1 % interanual, mientras que las importaciones aumentaron un 1%, según datos de aduanas. En este escenario, se prevé que el crecimiento de las exportaciones se ralentice a lo largo de 2026. 

Por otra parte, el crecimiento del consumo sigue viéndose frenado por el elevado nivel del ahorro preventivo y la corrección del mercado inmobiliario, a pesar del aumento de los ingresos y el incremento del gasto social.

La inversión pública es mucho más sólida que la privada, ya que el Gobierno está acelerando el gasto en infraestructuras, en particular en proyectos estratégicos que refuerzan la resiliencia de China frente a los desastres naturales y los conflictos geopolíticos. Junto a ello, las presiones deflacionistas están llevando a los responsables políticos a intentar reactivar la economía mediante el gasto público y la flexibilización monetaria, previsiblemente a través de medidas como nuevas reducciones del tipo de interés oficial, una menor ratio de reservas mínimas y la concesión de tipos de interés preferenciales

Estas iniciativas, junto con la ampliación y expansión del programa de intercambio para incluir teléfonos inteligentes además de electrodomésticos, beneficiarán principalmente a los grupos de bajos ingresos, que tienen una mayor propensión al consumo.

La economía de China seguirá mostrando un mejor comportamiento que la media global, con una previsión de crecimiento del 4,4% en 2026, frente al 2,8% a nivel mundial. Sin embargo, tendrá que hacer frente a importantes retos que están ralentizando su dinamismo, como el enfriamiento de las exportaciones.

UBP: una plataforma más sólida para competir en el exterior

En un informe sobre la internacionalización del Renminbi Chino, Carlos Casanova, economista jefe de Asia para Union Bancaire Priveé (UBP), señala queEl decimoquinto plan quinquenal de China (2026–2030), que se dará a conocer en marzo por la Asamblea Popular Nacional, apunta a un cambio en la forma en que el Banco Popular de China gestiona el tipo de cambio del renminbi (RMB)". 

"A largo plazo, Pekín parece dispuesto a priorizar la liberalización de la cuenta corriente frente a una política de apreciación controlada. El objetivo es impulsar la demanda global de la moneda, contribuyendo a absorber shocks externos y, al mismo tiempo, ofrecer a los emergentes ‘campeones’ tecnológicos del país, la próxima generación de innovadores globales, una plataforma más sólida para competir en el escenario internacional", explica. 

"A medida que China transita hacia este nuevo paradigma, el reposicionamiento del RMB será clave para abordar los desequilibrios estructurales, apoyar el reequilibrio económico interno y reforzar la competitividad global de las empresas chinas”, subraya este experto.

The Trader: China crece a dos velocidades

China ha vuelto a cumplir su objetivo oficial de crecimiento, ese “alrededor del 5%” que Pekín se ha marcado durante tres años consecutivos. En 2025 el PIB creció exactamente un 5%, igual que en 2024. Sobre el papel, misión cumplida. Pero cuando se rasca un poco, el mensaje es bastante menos tranquilizador. El último trimestre del año deja una señal clara: la economía se está desacelerando. El crecimiento interanual fue del 4,5%, el ritmo más bajo desde la reapertura tras el COVID. Y lo más relevante no es tanto la cifra puntual, sino la tendencia: cada trimestre de 2025 fue más débil que el anterior. Eso apunta a un problema estructural que no se resuelve con titulares. El gran desequilibrio sigue siendo el mismo. 

China crece a dos velocidades. Por un lado, el sector industrial y las exportaciones aguantan sorprendentemente bien. La producción industrial creció un 5,2% en diciembre y las exportaciones aportaron nada menos que un tercio del crecimiento total del año, el mayor peso desde finales de los años 90. En plena guerra comercial y con más proteccionismo global, China ha logrado redirigir sus exportaciones fuera de EEUU y cerrar 2025 con un superávit comercial récord.

Pero por dentro, la economía está claramente gripada. El consumo es débil, la inversión cae y el mercado inmobiliario sigue siendo un lastre enorme. Las ventas minoristas apenas crecieron un 0,9% en diciembre, el peor dato desde 2020. La inversión total cayó un 3,8% en el conjunto del año, la primera caída anual en casi tres décadas, y la inversión inmobiliaria se desplomó más de un 17%. A eso se suma un mercado laboral que no termina de reaccionar y unos salarios que crecen cada vez más despacio. 

Pekín es consciente del problema. El propio Buró Nacional de Estadística reconoce el desequilibrio entre una oferta interna fuerte y una demanda claramente insuficiente. El plan para los próximos años pasa por impulsar el consumo, frenar la caída de la inversión y reducir la guerra de precios entre empresas, la llamada campaña “anti-involución”. Pero todo eso choca con límites muy claros: la deuda de los gobiernos locales, el colapso del sector inmobiliario y la negativa a lanzar un estímulo masivo al estilo del pasado. Además, el contexto demográfico no ayuda. La población total volvió a caer por cuarto año consecutivo y el número de nacimientos bajó a mínimos históricos. Menos población activa, más presión sobre el crecimiento potencial y más difícil alcanzar el objetivo estratégico de convertirse en una economía “moderadamente desarrollada” en 2035, algo que exigiría crecer a más del 4% anual durante la próxima década.

China ha vuelto a demostrar que sabe cumplir objetivos y sostener el crecimiento incluso en un entorno cada vez más hostil. Pero también queda claro que apoyarse casi exclusivamente en el tirón exportador no es una estrategia sostenible en el tiempo. El verdadero debate ya no es si Pekín logrará volver a maquillar el 5% en 2026, sino si será capaz de reactivar su demanda interna sin asumir riesgos financieros mayores. Porque una economía que solo crece hacia fuera acaba encontrando límites, y China empieza a estar peligrosamente cerca de ellos.

Por otro lado, si se analiza el gasto en I+D (tanto total como por sectores) la conclusión es inequívoca. China ha reducido de forma drástica la distancia con EEUU. Las empresas chinas invierten ya casi tanto como las estadounidenses, el gasto gubernamental se ha disparado y las universidades destinan recursos que hace solo una década eran impensables. El resultado es un ecosistema científico-tecnológico en rápida expansión: más laboratorios, más patentes, más centros de excelencia y más talento que decide quedarse.

Este viraje no es espontáneo. Es una estrategia de largo plazo cuyo objetivo es claro: dejar de depender de tecnología extranjera y dominar las industrias críticas del futuro. Inteligencia artificial, biotecnología, energías limpias, vehículos eléctricos, computación avanzada, materiales estratégicos… China quiere liderarlo todo. Y la inversión masiva en I+D es el puente que está construyendo hacia ese liderazgo.

Mientras tanto, EEUU conserva fortalezas evidentes: universidades punteras, ecosistemas innovadores únicos y un sector tecnológico de vanguardia. Pero la brecha se estrecha, y lo hace justo en el momento en que la relación entre ambas potencias vive uno de sus periodos más tensos. Ya no se trata solo de quién produce más, sino de quién innova más… y eso es lo que define el poder en el siglo XXI.

"La pregunta clave es cómo responderá Occidente a un competidor que ya no compite por volumen, sino por frontera tecnológica, y que avanza con una determinación difícil de igualar. Porque cuando la innovación se convierte en el terreno de juego, quien marque el ritmo no solo transformará su economía: reescribirá el equilibrio global de poder", opina el analista Pablo Gil en The Trader.

Además, China acaba de superar por primera vez un superávit comercial anual de más de un billón de dólares. Es un hito económico, pero sobre todo una señal de que el mundo entra en una fase mucho más tensa en lo comercial, lo industrial y lo geopolítico. Mientras sus exportaciones a EEUU se hunden (un 29% menos interanual en noviembre), Pekín ha desviado su producción hacia Europa, África y Asia con una rapidez que está alterando el equilibrio global.

Este impulso no se explica únicamente por competitividad: también influye un yuan que, ajustado por inflación, está en su nivel más débil en más de una década. El FMI ya ha señalado que esta depreciación real está amplificando los desequilibrios y reforzando la posición exportadora china. En otras palabras: China vende más porque vende muy barato, y porque su aparato industrial puede escalar a velocidades que Occidente ya no puede igualar.

Europa lo siente especialmente en un sector emblemático: la automoción. La avalancha de vehículos eléctricos chinos está generando un déficit estructural que amenaza a la industria europea. Es un choque frontal entre la mayor potencia manufacturera del mundo y un continente que intenta defender su base industrial con herramientas que llegan tarde.

El movimiento de fondo no se limita a Europa. Incluso aliados tradicionales de China en materia comercial empiezan a virar. México ha introducido nuevos aranceles sobre productos asiáticos para proteger su industria local y evitar convertirse en una vía indirecta de entrada al mercado estadounidense. Es un gesto que muestra cómo la presión de Washington y el rediseño de las cadenas de suministro están reconfigurando el mapa comercial norteamericano.

Pekín, lejos de moderarse, acelera. Está preparando hasta 70.000 millones$ en incentivos para reforzar su industria de chips, una apuesta estratégica en su disputa tecnológica con Estados Unidos. El mensaje es claro: China no piensa renunciar a liderar la próxima fase industrial, ni en vehículos eléctricos, ni en baterías, ni en semiconductores.

"Con un superávit récord, un yuan débil, un aparato industrial respaldado por el Estado y una capacidad extraordinaria para recolocar exportaciones, China no solo resiste la presión estadounidense: está moldeando el nuevo orden económico. La pregunta ya no es si la globalización se fragmenta, sino a qué velocidad va a ocurrir", apunta Pablo Gil.

Lo relevante no es solo que China exporte más, sino que lo haga en un mundo cada vez menos dispuesto a absorberlo sin fricciones. "Mi impresión es que entramos en una fase donde la eficiencia deja paso a la geopolítica. El comercio ya no se decide solo por precios y costes, sino por bloques, seguridad y poder. Y ese cambio tendrá consecuencias profundas para Europa y para el crecimiento global", advierte.

El escaparate de Shanghai

Shanghái no es una excepción dentro de China. Es un adelanto. Un escaparate cuidadosamente construido de lo que el país aspira a ser en el mundo y, sobre todo, de cómo quiere competir por la hegemonía global frente a EEUU. No es una ciudad especializada en un único sector, sino ante un ecosistema completo donde conviven manufactura avanzada, tecnología, comercio, finanzas y servicios a una escala que solo unas pocas metrópolis del planeta pueden igualar. 

Con casi 30 millones de habitantes, Shanghái genera un PIB superior al de muchos países desarrollados y lo hace desde una estructura económica muy reveladora: más del 60 % procede de los servicios, con más de dos billones$ anuales. Exactamente, el mismo patrón que vemos en las grandes ciudades estadounidenses más avanzadas.

El puerto con mayor tráfico de contenedores del mundo la sitúa en el centro de las cadenas globales de suministro. El comercio supera los 195.000 millones de dólares al año, con una clara orientación hacia maquinaria y electrónica. La industria no ha desaparecido, pero ha evolucionado hacia sectores de alto valor añadido: automoción, biomedicina, aeroespacial, inteligencia artificial y semiconductores.

La mega factoría de Tesla produce allí más de un millón de vehículos al año, mientras que SAIC lidera el mercado chino en un país donde se fabrica uno de cada tres coches del mundo.El verdadero salto diferencial está en la tecnología. Software, microelectrónica, circuitos integrados e IA aportan más de 120.000 millones de dólares al PIB de la ciudad. El clúster Shanghái–Suzhou figura entre los cinco mayores nodos tecnológicos del planeta. Cada mes se instalan nuevas sedes de multinacionales y centros de I+D. Cada día nacen cientos de empresas tecnológicas. Es exactamente el tipo de densidad innovadora que se asocia a Silicon Valley, Boston o Seattle. 

Pero nada de esto es improvisado. El punto de inflexión llegó en los años noventa, cuando Pudong fue declarada zona económica especial. Desde entonces, Shanghai funciona como laboratorio: muchas de las políticas que luego se extienden al resto del país se prueban primero aquí. Pero Shanghái no es solo economía. Es también símbolo. Allí nació el Partido Comunista Chino en 1921 y hoy conviven la memoria revolucionaria, el consumo de lujo, la vigilancia tecnológica y una ambición global cada vez más explícita. No es la capital política —ese papel sigue siendo de Pekín—, pero sí la vitrina más sofisticada del poder chino.

Y aquí está la clave. Cuando Xi Jinping habla de modernización, autosuficiencia tecnológica y liderazgo global, Shanghai es el modelo que tiene en mente. Una ciudad capaz de competir de tú a tú con las grandes urbes de Estados Unidos en infraestructura, innovación, servicios financieros y capacidad industrial, sin renunciar al control político ni a una estrategia de largo plazo.

La pugna por la hegemonía mundial no se está librando solo en términos militares o comerciales. Se libra en ciudades como Shanghái. Si China consigue replicar este modelo en otros grandes polos urbanos y sostenerlo en el tiempo, la comparación con Nueva York, San Francisco o Chicago dejará de ser retórica. Será estructural. Y eso demuestra que hay una auténtica batalla por cambiar el equilibrio de poder del mundo que viene.

25Jan

Nunca un presidente de EEUU había alterado tantas reglas, tantos equilibrios y tantas alianzas en tan poco tiempo. Lo que está en juego es algo más profundo: la ruptura consciente del sistema internacional basado en normas, instituciones y pactos que Washington ayudó a construir tras la Segunda Guerra Mundial.

Miguel Ángel Valero

Ya se ha cumplido un año desde que Donald Trump volvió a la Casa Blanca y el balance es difícil de exagerar. Nunca un presidente de EEUU había alterado tantas reglas, tantos equilibrios y tantas alianzas en tan poco tiempo. No se trata solo de decisiones polémicas o de un estilo disruptivo. Lo que está en juego es algo más profundo: la ruptura consciente del sistema internacional basado en normas, instituciones y pactos que Washington ayudó a construir tras la Segunda Guerra Mundial.

Durante décadas, ese orden fue extraordinariamente favorable a EEUU. Liderazgo político, supremacía militar, dominio financiero y capacidad para fijar reglas globales a su medida. Por eso ningún presidente anterior, desde Eisenhower hasta Bush hijo, tuvo como objetivo explícito destruirlo. Trump sí. Y lo está haciendo sin complejos.

El gráfico que aporta el analista Pablo Gil en The Trader lo ilustra con claridad. No solo muestra la magnitud de las decisiones adoptadas en apenas doce meses, sino el método elegido para imponerlas. Trump ha recurrido de forma sistemática a órdenes ejecutivas para esquivar el debate parlamentario y evitar cualquier control efectivo por parte de la Cámara de Representantes, incluso contando con mayoría republicana. No es una cuestión de eficiencia legislativa. Es una forma de gobernar que busca situarse por encima de los contrapesos institucionales.

Ese patrón no se limita al poder legislativo. Cuando las decisiones han encontrado freno en los tribunales, Trump ha reaccionado desacreditando al poder judicial, cuestionando su legitimidad y presionando públicamente a jueces y cortes. La separación de poderes, pilar central del sistema estadounidense, pasa de ser un límite para convertirse en un obstáculo que hay que sortear o neutralizar.

El mismo líder que prometía desentenderse de guerras lejanas y del papel de “policía del mundo” exige ahora un aumento del 50% del presupuesto del Pentágono. El que criticaba el intervencionismo presume hoy de influir directamente en Venezuela, Gaza, Irán o Groenlandia. Avisa a Panamá, incomoda a Canadá, tensiona a Europa y cuestiona abiertamente el sentido de alianzas como la OTAN. No hay contradicción. Hay una lógica distinta.

Trump no es aislacionista. Tampoco es multilateralista. Su visión del mundo es transaccional, jerárquica y basada en la fuerza. Un tablero donde las reglas importan menos que el poder, donde los acuerdos son temporales y donde cada país debe aceptar su lugar en la jerarquía global. EEUU arriba. El resto, negociando desde la debilidad.

Ese enfoque también se traslada al interior. En paralelo, Trump ha desatado una crisis interna de enorme calado con su política migratoria. Endurecimiento extremo de fronteras, expulsiones masivas, recortes de derechos y una narrativa que presenta la inmigración como una amenaza existencial. No es solo control fronterizo. Es una herramienta política para justificar medidas de excepción y reforzar la idea de un país sitiado. La inmigración se convierte así en el enemigo perfecto. Sirve para cohesionar a su base, desplazar el foco de los problemas estructurales y normalizar un ejercicio del poder cada vez más concentrado. El mensaje es claro: EEUU debe volver a ser grande, aunque el precio sea debilitar sus propias instituciones.

En el plano internacional, Trump es el primer presidente estadounidense que apuesta abiertamente por un orden no basado en la ONU, la OMC o el FMI, sino en esferas de influencia. Grandes potencias repartiéndose zonas, imponiendo condiciones y negociando desde la fuerza. Un mundo de suma cero donde la cooperación se interpreta como debilidad. El problema no es solo que Trump haya roto el viejo orden. Es que tampoco ha construido uno nuevo. Ha debilitado alianzas sin ofrecer alternativas estables, ha erosionado instituciones sin sustituirlas por reglas claras y ha trasladado esa lógica de confrontación al interior de su propio país. El resultado es un mundo más frágil. Y una democracia que empieza a mostrar grietas preocupantes.

Es paradójico que Trump crea estar fortaleciendo a EEUU cuando, en realidad, está minando los contrapesos que sostuvieron su poder durante décadas. El uso masivo de órdenes ejecutivas, el desprecio por el control parlamentario y la presión sobre el poder judicial no son detalles técnicos: son señales claras de una voluntad de gobernar sin límites. Romper reglas puede dar ventaja a corto plazo, pero cuando desaparecen los marcos comunes (dentro y fuera del país) la fuerza sustituye a la ley. "Y la historia demuestra que ese camino rara vez termina bien", avisa Pablo Gil.

La lección de Venezuela

Durante décadas, varias dictaduras latinoamericanas han sobrevivido instaladas en una cómoda inercia. Regímenes autoritarios sostenidos por la represión interna, alianzas opacas y una comunidad internacional más preocupada por la estabilidad que por el cambio. Cuba, Venezuela y Nicaragua, que juntas acumulan más de un siglo de poder casi ininterrumpido, parecían intocables. Esa sensación ha saltado por los aires.

La segunda administración de Donald Trump ha introducido un factor nuevo: presión directa, sin ambigüedades y sin el lenguaje diplomático tradicional. La captura de Nicolás Maduro no solo ha descabezado al régimen chavista, sino que ha demolido uno de los pilares psicológicos del autoritarismo regional: la idea de que el poder, una vez consolidado, es irreversible. El efecto dominó es evidente. En Nicaragua, el sandinismo ha comenzado a liberar presos políticos y a rebajar el tono de su retórica, consciente de que el margen de maniobra se estrecha. En Cuba, el corte casi total del petróleo venezolano amenaza con agravar un colapso energético y económico que ya no admite parches. Por primera vez en años, las élites autoritarias perciben que el coste de mantenerse inmóviles puede ser superior al de ceder.

Pero el terremoto no se limita a estos tres países. En Centroamérica empiezan a circular rumores persistentes sobre otros regímenes bajo vigilancia. Honduras no es formalmente una dictadura, pero atraviesa una crisis institucional profunda, con polarización extrema, violencia política y una creciente presión externa para garantizar procesos electorales creíbles. No es todavía un caso comparable a Cuba o Venezuela, pero sí un ejemplo claro de cómo la región ha entrado en una fase de máxima tensión, donde las democracias frágiles pueden deslizarse con rapidez hacia escenarios mucho más autoritarios.

Este cambio de clima tiene una lectura claramente global. El precedente importa. Si EEUU demuestra que está dispuesto a actuar con decisión en su área de influencia, el mensaje trasciende América Latina. Y aquí es donde el tablero se amplía.

Mientras Washington aprieta en su vecindario inmediato, en otros puntos del mundo se reconfiguran alianzas. Irán, China y Rusia han participado recientemente en maniobras navales conjuntas frente a la costa de Sudáfrica, en una demostración de fuerza poco habitual que va más allá de lo simbólico. Los ejercicios, realizados en un enclave estratégico para el comercio marítimo mundial, envían una señal clara: el bloque de los BRICS aspira a proyectar poder también en el plano militar. El momento elegido no es casual. Teherán vive una situación interna extremadamente delicada, con protestas persistentes, represiones por parte del régimen y una presión directa creciente por parte de Trump. La participación iraní en estas maniobras es tanto un mensaje hacia fuera como una necesidad hacia dentro: mostrar que no está aislado. Sin embargo, el bloque no es tan compacto como aparenta. India y Brasil, dos actores clave, han optado por marcar distancias. Brasil se limita a observar y Nueva Delhi evita cualquier paso que pueda deteriorar su relación con Washington o agravar su rivalidad con Pekín.

La paradoja es evidente: mientras Trump denuncia a los BRICS como un bloque abiertamente antiestadounidense, su estrategia de sanciones, aranceles y presión unilateral acaba reforzando, de forma indirecta, ciertos reflejos de cohesión interna. Sin embargo, esa cohesión es limitada, oportunista y plagada de contradicciones. Ni Rusia ni China han pasado, por ahora, del reproche retórico frente a las acciones de EEUU en América Latina. No se percibe una voluntad real de escalar el conflicto ni de articular un frente militar efectivo que desafíe directamente a Washington.

Esa inacción es tan reveladora como los propios ejercicios navales. Plantea una cuestión de fondo: ¿hasta qué punto los BRICS constituyen un bloque estratégico realmente cohesionado, o son simplemente una agregación de intereses nacionales que solo convergen de manera puntual? La misma duda se proyecta en el otro lado del tablero: el G7 tampoco exhibe hoy una cohesión sólida. EEUU actúa cada vez más al margen de sus aliados tradicionales, imponiendo su agenda sin necesidad de construir consensos duraderos. El resultado es un mundo en el que las grandes decisiones ya no requieren respaldo colectivo: basta con el poder suficiente para ejecutarlas.

Y en este contexto, el foco salta más allá de América Latina para centrarse en Groenlandia y Oriente Medio como nuevos escenarios de tensión. En Irán, cualquier escalada tendría efectos inmediatos sobre Israel, el Golfo Pérsico, el precio del petróleo y el equilibrio global con Moscú y Pekín. El orden internacional basado en normas se debilita, y gana terreno una lógica mucho más cruda: la de los hechos consumados y las esferas de influencia.

Europa, mientras tanto, queda descolocada. La Unión Europea ha apostado durante años por el apaciguamiento, el diálogo permanente y la primacía de los intereses económicos. Ese enfoque parece hoy superado por una realidad mucho más áspera, en la que otros actores están dispuestos a asumir riesgos que Bruselas ni siquiera contempla.

"Forzar la caída de una dictadura es totalmente defendible. No hablamos de sistemas imperfectos, sino de regímenes que reprimen, empobrecen y niegan libertades básicas durante décadas. El problema no está en el final de la dictadura, sino en el día después. Las transiciones suelen ser complejas, frágiles y llenas de riesgos, especialmente cuando se producen bajo presión externa. Pero aceptar la continuidad del dictador por miedo a una transición difícil equivale a normalizar la injusticia", explica Pablo Gil, que introduce "una duda incómoda, pero necesaria: ¿Cuáles son los motivos reales de quienes presionan para que esas dictaduras caigan? ¿Se trata de una convicción política y moral, de intereses económicos, estratégicos, o de una combinación de ambos?"-

La historia demuestra que la caída del tirano no garantiza automáticamente la libertad plena. Existe el riesgo de que el liberador termine convirtiéndose en el nuevo amo, no mediante la represión directa, sino a través de la dependencia económica, el control de recursos o la imposición de reglas que condicionan el futuro del país 'liberado'.
 "El verdadero desafío, por tanto, no es solo derribar la dictadura, sino evitar que el vacío de poder se llene con una nueva forma de sometimiento. Porque la libertad política sin soberanía económica puede acabar siendo, simplemente, otra ilusión", subraya.

Policrisis

Algunos analistas hablan del momento que vivimos no como la suma de crisis aisladas, sino ante una policrisis, un entramado de tensiones económicas, políticas, tecnológicas, climáticas y culturales que interactúan entre sí y se retroalimentan de forma imprevisible. Y uno de los retos más complejos en este entorno es que seguimos intentando resolver problemas complejos con respuestas simples. Pensamos que una solución rápida en un frente no tendrá consecuencias en otros. Este tipo de pensamiento fragmentado no solo es insuficiente, sino peligroso, porque genera nuevas crisis mientras aparenta resolver las anteriores.

Vivimos atrapados en la inmediatez, desconectados del pasado y sin un horizonte claro de futuro. La política ha perdido la capacidad de pensar a largo plazo y el debate público se ha vuelto emocional, binario y superficial. No estamos repitiendo los años treinta, pero sí reproduciendo dinámicas similares: cegueras colectivas, autoritarismos crecientes y una renuncia silenciosa al pensamiento crítico.

La humanidad necesita volver a la resistencia, pero no una resistencia violenta, sino intelectual, moral y espiritual. Resistir significa dudar, verificar, aceptar la incertidumbre, negarse a la simplificación y no dejarse arrastrar por el miedo ni por la intoxicación emocional de masas. En un mundo saturado de información, la crisis más profunda es la del pensamiento. Hay un evidente cansancio democrático, especialmente entre los jóvenes, que rechazan cualquier trueque entre libertad y seguridad o bienestar económico. 

Lo más difícil en este entorno es recuperar valores que hoy parecen ingenuos, pero que son profundamente subversivos: la educación, la fraternidad, la cooperación y la fuerza que une y da sentido frente a la tendencia a la fragmentación, el enfrentamiento y el insulto. No se trata de moralismo, sino de entender que las grandes decisiones del presente condicionan un futuro común que ya está en juego.

"El entorno actual empuja a la resignación, a delegar el pensamiento y a aceptar relatos prefabricados. Precisamente por eso, la resistencia intelectual es hoy una de las formas más necesarias (y más incómodas) de responsabilidad individual. Pensar bien, dudar y no rendirse a la simplificación no cambiará el mundo de un día para otro, pero es la condición mínima para no perderlo del todo", concluye Pablo Gil.

22Jan

Más que tratar de anticipar conflictos geopolíticos, el inversor debe analizar si éstos realmente afectan a la capacidad de las empresas para generar beneficios y, por tanto, al precio de los activos donde ha colocado su dinero.

Miguel Ángel Valero 

Tras las amenazas, incluso en el Foro de Davos, de Donald Trump, una fugaz negociación con la OTAN ha bastado para frenar el ímpetu del presidente estadounidense, que finalmente ha descartado las opciones más contundentes y optará por la vía diplomática para defender sus intereses sobre Groenlandia. El contenido del acuerdo aún está por concretarse, aunque probablemente incluya la reactivación de bases militares norteamericanas en la isla de Dinamarca y un programa conjunto de inversión en infraestructuras—defensa aérea, controles marítimos y otros dispositivos—para garantizar la seguridad de la región ártica.

La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, asegura que ha recibido garantías de que el principio de acuerdo sobre Groenlandia en el que EEUU trabaja con la OTAN no discute la soberanía de Dinamarca sobre ese territorio autónomo, según le informó el secretario general de la OTAN, Mark Rutte. La integridad territorial y soberanía de la isla ártica ha sido la línea roja marcada no solo por Copenhague, sino por toda la Unión Europea. 

The Trader: Europa parece dispuesta a responder

El analista Pablo Gil aporta su análisis en The TraderGroenlandia ha dejado de ser un asunto periférico para convertirse en el epicentro de un choque mucho más profundo entre EEUU y Europa. Lo que empezó como una presión política de Donald Trump para forzar la anexión de la isla se está transformando rápidamente en un conflicto comercial de gran escala que amenaza con dinamitar décadas de relación transatlántica.

La respuesta de Dinamarca fue internacionalizar el problema y llevarlo al terreno de la OTAN, solicitando una mayor implicación de la Alianza en el Ártico. A esa iniciativa se han sumado Dinamarca, Francia, Alemania, Suecia, Noruega, Reino Unido, Países Bajos y Finlandia, enviando una señal política clara: Groenlandia es un asunto europeo y de seguridad colectiva.

Trump ha interpretado ese movimiento como un desafío directo. Su respuesta ha sido inmediata y previsible: aranceles. A partir del 1 de febrero ha amenazado con imponer un gravamen del 10% a las exportaciones de esos países, que subiría al 25% en junio si no se alcanza un acuerdo para la “compra de Groenlandia”. No es una negociación comercial. Es un ultimátum político respaldado por coerción económica.

La novedad es que, esta vez, Europa parece dispuesta a responder. La Unión Europea estudia reactivar aranceles por valor de 93.000 millones€ sobre productos estadounidenses. Una medida que ya estaba aprobada, pero que nunca entró en vigor al alcanzarse el acuerdo con EEUU, pero que podrían volver a aplicarse de forma inmediata si Trump ejecuta su amenaza. 

Además, Bruselas valora contramedidas adicionales más allá de los aranceles. Francia ha planteado activar el llamado instrumento anti-coerción, la herramienta comercial más potente de la UE y que nunca se ha utilizado. Su diseño no es defensivo, sino disuasorio: permite imponer aranceles, restringir inversiones, limitar el acceso al mercado europeo o vetar a empresas extranjeras en contratos públicos cuando un país utiliza el comercio como arma política. 

Pero la escalada no se queda ahí. Porque la UE ha congelado la ratificación del acuerdo comercial alcanzado con EEUU el pasado verano, un pacto que ya en su momento fue muy criticado en Europa por ser claramente favorable a Washington. El Parlamento Europeo, con el apoyo de los principales grupos políticos, ha dejado claro que no seguirá adelante mientras continúe la amenaza arancelaria. Esta vez el mensaje es inequívoco: no habrá concesiones comerciales bajo chantaje.

Las consecuencias económicas pueden ser relevantes. Si Trump aplica el arancel del 25%, las exportaciones europeas a EEUU pueden caer hasta un 50%, con Alemania, Suecia y Dinamarca entre los países más expuestos. El riesgo llega además en un momento delicado, cuando las Bolsas europeas venían comportándose mejor que las estadounidenses gracias al aumento del gasto fiscal alemán, el impulso del rearme europeo y una política monetaria laxa que ha vuelto a situar los tipos de interés, en términos reales, en el 0%.

Todo esto revela un cambio de fondo. Ya no hablamos de fricciones comerciales clásicas ni de disputas arancelarias sectoriales. Estamos ante el uso explícito del comercio como herramienta de presión geopolítica para forzar decisiones territoriales y estratégicas. Y Europa empieza a asumir que ceder en este punto tendría un coste mucho mayor que responder al agresor.

"Cuando el más fuerte obtiene lo que quiere mediante la simple amenaza, la pregunta no es qué ha ganado hoy, sino qué exigirá mañana. Ese es el verdadero dilema al que se enfrenta Europa, que empieza a asumir que la ambición de Trump va mucho más allá de un conflicto puntual o de una negociación especialmente dura. Su forma de relacionarse con el mundo no distingue entre aliados y rivales, sino entre quienes hablan el lenguaje de la fuerza y quienes no", subraya Pablo Gil.

La paradoja es inquietante. El temor a enfrentarse de tú a tú con EEUU ha colocado a Europa en una posición de debilidad que Trump parece interpretar como una invitación a seguir apretando. Y eso explica por qué respeta a quienes se mantienen firmes (China, Rusia o incluso Corea del Norte) mientras desprecia a quienes confían únicamente en la contención y la diplomacia.

Hasta ahora, solo China se ha atrevido a plantarle cara, mientras que Putin se ha limitado a ganarse su favor con promesas que rara vez se materializan. La incógnita es si Europa será capaz de defender algunas líneas rojas, incluso asumiendo el coste que ello implique. Si lo hace, podrían darse dos efectos relevantes: que Trump empiece a respetar a la Unión Europea como un actor con peso real, y que el resto del mundo comprenda que, cuando se actúa de forma coordinada, aún existe margen para frenar al 'matón del barrio'. Porque no hacerlo suele tener una consecuencia clara: antes o después, el abuso deja de ser esporádico y pasa a ser permanente.

Investors Observer: empresas y consumidores de EEUU no quieren más aranceles

Un análisis de Investors Observer incorpora otro enfoque: Trump apaga, al menos de momento, el incendio provocado en el Foro de Davos y da marcha atrás en sus amenazas de aranceles adicionales a los países que enviaron soldados a Groenlandia ("un trozo de hielo", según el presidente de EEUU) no por la presión de los exportadores europeos, sino de las empresas y los consumidores estadounidenses, que soportarían "miles de millones$ en costos autoinfligidos".

Las empresas y los consumidores estadounidenses habrían soportado el 96 % de la carga arancelaria total: 26.780 millones$ de los 27 900 millones entre aranceles base y los aplicados por Groenlandia combinados.

33 estados de EEUU incluyen a uno o más de los ocho países europeos afectados por los aranceles entre sus cinco principales socios importadores, y habrían tenido que asumir 11.360 millones$ en costos arancelarios adicionales por Groenlandia entre febrero y diciembre de 2026. En estos 33 estados, las empresas y los consumidores estadounidenses habrían tenido que absorber 10.910 millones de dólares en costos arancelarios por Groenlandia en ese mismo período. 

Georgia, Carolina del Norte y Nueva Jersey habrían absorbido 7.000 millones$ en costos arancelarios combinados. 31 estados de EEUU incluyen a Alemania entre sus cinco principales socios importadores, con Maryland y Rhode Island como su número 1. En todo EEUU, la carga arancelaria total de Groenlandia para los estadounidenses habría sido de 31.880 millones de dólares entre febrero y diciembre de 2026.

Esto explicaría que Trump haya tenido que hacer un nuevo TACO (Trump Always Chickens Out, Trump Siempre se Acobarda), un acrónimo que cobró relevancia en mayo de 2025 tras la marcha atrás que hizo el presidente de EEUU tras proclamar en abril el Día de la Liberación Arancelaria.

Inversis: la volatilidad se puede trasladar a energía, inflación, y primas de riesgo

Inversis espera que la economía global crezca un 3,3% este año, en un contexto de estabilidad macroeconómica, pero con un incremento de los riesgos geopolíticos. El análisis de su estratega jefe macroeconómico, Ignacio Muñoz-Alonso, plantea un escenario de continuidad, aunque sin un impulso cíclico claro. 

En EEUU, el debate sobre una posible recesión continúa presente, pero sin materializarse en los datos. La economía muestra signos de desaceleración, pero no de contracción. El Fondo Monetario Internacional mejora sus previsiones de crecimiento desde un 2,1% en 2025 a un 2,4% este año, lo que apunta a un escenario de crecimiento moderado. Observa que el mercado laboral se está ajustando de forma gradual y heterogénea, sin los patrones típicos de una recesión clásica. El aumento del desempleo es contenido y se concentra en colectivos concretos, mientras que el empleo cualificado muestra mayor resiliencia. Este comportamiento es coherente con una economía que pierde impulso, pero que sigue siendo capaz de absorber el ajuste. La confianza del consumidor, tras tocar mínimos a lo largo de 2024, experimentó una mejoría a finales de 2025, lo que contribuye a estabilizar el escenario económico. Por tanto, la economía estadounidense se mueve en una fase de fragilidad contenida, lejos de una recesión profunda.

En Europa, el crecimiento sigue siendo más débil que en EEUU, aunque presenta señales de estabilización. El comportamiento entre países es muy desigual. Mientras que naciones periféricas como España mantienen ritmos de crecimiento cercanos al 2,3% y algunos países del Este como Polonia superan el 3%, las grandes economías del núcleo europeo avanzan con mayor dificultad. En el caso de Alemania, la aprobación de un paquete fiscal expansivo en marzo podría traducirse en una mejora del crecimiento a partir de 2026, en torno al 1,2%,actuando como posible catalizador para el conjunto de la región.

La geopolítica se consolida como la principal fuente de riesgo para el escenario macroeconómico. Los principales focos de fricción están puestos en Venezuela, Irán y Groenlandia, manteniendo elevado el riesgo de episodios de volatilidad que podrían trasladarse a precios de la energía, inflación y primas de riesgo financieras. En el caso venezolano, una eventual reintegración parcial en los mercados energéticos internacionales podría tener efectos limitados sobre el equilibrio de éstos por la capacidad productiva real del país. Respecto a Irán, destacan que el riesgo es de disrupción, con escenarios que podrían elevar de forma estructural las primas de riesgo.

Los bancos centrales han dejado atrás la fase más intensa de lucha contra la inflación y entran ahora en una etapa de gestión de riesgos. El fuerte aumento del gasto por intereses y las tensiones fiscales limitan el margen para mantener tipos elevados durante mucho tiempo. El escenario base de Inversis contempla hasta dos recortes de tipos por parte de la Fed a lo largo de este año; y un entorno de tipos relativamente estable hasta mediados de 2027 en el BCE.

En renta fija, Inversis sobre pondera crédito de calidad y evita los tramos más largos de la curva, donde el riesgo fiscal es mayor. El foco se sitúa en duraciones medias, donde el binomio rentabilidad-riesgo resulta más atractivo. En cuanto a renta variable, la entidad mantiene una exposición alineada con el benchmark, con una clara preferencia por sectores defensivos y estructuralmente favorecidos como salud, industria y defensa, mientras infra pondera consumo discrecional, inmobiliario y utilities. La inteligencia artificial deja de ser tratada como un bloque homogéneo y pasa a analizarse deforma más selectiva, diferenciando claramente entre ganadores y perdedores.

Lombard Odier: el miedo geopolítico es más rápido que su impacto real

El último Global CIO Viewpoint – The Intelligent Allocator, 'Geopolitical fear travels faster than capital', elaborado por Michael Strobaek (Global Chief Investment Officer) y Clément Dumur (Portfolio Manager) de Lombard Odier, se centra en cómo la creciente fragmentación geopolítica y el auge de la “geoeconomía” influyen en los mercados financieros, y por qué el miedo geopolítico suele transmitirse más rápido que su impacto económico real.

El modelo internacional basado en reglas propio de la era de la globalización ha evolucionado hacia un nuevo orden marcado por la geoeconomía y la autonomía estratégica. Pero, salvo que se produzcan disrupciones en los mercados energéticos o en las cadenas de suministro, el estrés geopolítico tiende a tener un impacto limitado y de corta duración en los precios de los activos.

Los inversores deben evaluar si los eventos geopolíticos generan restricciones económicas o de recursos relevantes y si afectan a la capacidad de las empresas para generar beneficios. En lugar de intentar anticipar shocks geopolíticos, la clave está en construir carteras resilientes, apoyadas en una asignación estratégica de activos robusta y de largo plazo.

UBP: cambios geopolíticos y carrera por dominar la IA, claves

El UBP Investment Outlook 2026 se centra en un contexto marcado por los cambios geopolíticos y la carrera estratégica por el liderazgo en inteligencia artificial (IA). Michaël Lok, Group CIO and Co-CEO de Union Bancaire Privée, señala:Para nuestra perspectiva de inversión en 2026, hemos desarrollado nuestras convicciones en torno a dos fuerzas principales que están transformando la economía global. La reestructuración en curso del orden geopolítico mundial, junto con la carrera estratégica por el dominio de la IA, constituye la piedra angular de nuestro enfoque para la construcción de carteras este año. A medida que avanza 2026, la economía global entra en una transición clave, pasando de una resiliencia fragmentada a un crecimiento sincronizado, mientras la inflación retorna a un camino más normalizado y moderado”. Entre las cuestiones clave para este año:

  • Los ganadores a largo plazo de la inteligencia artificial
  • Una nueva era para la tecnología china
  • El auge de la demanda de energía
  • El acaparamiento de metales y minerales impulsa su demanda
  • Argumentos a favor de la deuda de los mercados emergentes
  • El mercado alcista del oro continuará

Espera que la economía global crezca a un ritmo constante del 3,2% en 2026, con EEUU liderando con un crecimiento superior al 2%, respaldado por la actividad resiliente en Asia y una recuperación gradual en China. El inicio del año será más lento, con la actividad del primer trimestre todavía afectada por los efectos persistentes de los aranceles estadounidenses y los ajustes en las cadenas de suministro. No obstante, se espera que la actividad global se acelere a medida que avance el año. Alemania se encamina hacia una recuperación, mientras que se espera que Reino Unido y Japón registren un crecimiento moderado de alrededor del 1%. La zona euro, proyectada para crecer un 1,1% en 2026, se beneficiará de las medidas de estímulo económico en Alemania y del buen desempeño de sus países periféricos. "Nuestra perspectiva sobre la renta variable sigue siendo positiva, ya que se espera que las ganancias globales se aceleren y se expandan a lo largo de la cadena de valor de la IA, en particular a través del aumento de la demanda de electricidad, pero también en otros sectores tras tres años de un crecimiento deslucido fuera del sector tecnológico estadounidense. Sin embargo, en un contexto de valoraciones elevadas, se requiere una mayor diversificación y una gestión de riesgos más disciplinada, incluyendo oportunidades tácticas", subraya.

Es probable que los bancos centrales mantengan políticas monetarias acomodaticias para sostener la actividad económica. En 2026, se espera que las reducciones de tipos de interés sean más significativas en las economías desarrolladas. Los bancos centrales de EEUU y Reino Unido podrían seguir una estrategia agresiva sobre los tipos clave, justificada por la debilidad de sus respectivos mercados laborales y una fuerte caída de la inflación. La mejora general de los fundamentales también favorece a la deuda de alto rendimiento y de mercados emergentes, cuyo rendimiento superior debería mantenerse durante todo el año. "Mientras tanto, es probable que la trayectoria del oro se modere tras un repunte excepcional en 2025. No obstante, mantenemos una visión positiva de su tendencia secular al alza y su papel como componente fundamental de la diversificación de carteras”, añade.

18Jan

Con la subida de tipos del Banco de Japón, parte del ahorro japonés puede empezar a quedarse en casa si la rentabilidad local resulta atractiva, afectando a los mercados de bonos internacionales. Menos yen barato implica una liquidez global menor.

Miguel Ángel Valero

La primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, planea disolver la Cámara Baja del Parlamento el 23 de enero para convocar elecciones anticipadas en febrero. Su objetivo es reforzar el control del Partido Liberal Democrático (PLD), cuya coalición con el Partido de la Innovación presenta una mayoría muy ajustada en la Cámara Baja del Parlamento: 233 escaños de 465.

Takaichi busca aprovechar sus elevados índices de popularidad, cercanos al 70 %, para obtener un mandato más sólido que le permita impulsar su agenda económica expansiva y políticas de estímulo fiscal. Una victoria electoral facilitaría la aprobación de medidas clave, como el presupuesto récord de 783.000 millones de dólares para el ejercicio fiscal 2026, del cual casi una cuarta parte se financiará mediante emisión de deuda.

En los mercados, el anuncio provocó una subida del índice Nikkei, impulsada por la expectativa de que una mayoría más amplia permitiría mantener políticas de gasto que favorecen a las empresas exportadoras. En paralelo, también generó presión a la baja sobre los bonos y el yen, debido a la preocupación de que unas elecciones anticipadas retrasen la aprobación del presupuesto y aumenten la incertidumbre fiscal. 

The Trader: ojo a la subida de tipos

La subida de tipos del Banco de Japón (BoJ) ha pasado relativamente desapercibida para muchos inversores, pero es uno de esos movimientos que conviene no infravalorar. No tanto por el nivel del tipo (que sigue siendo bajo) sino por lo que representa: el abandono definitivo de la política monetaria ultra expansiva que ha definido a Japón durante décadas.

El BoJ ha elevado el tipo oficial hasta la zona del 0,75% y, lo más relevante, ha dejado claro que el proceso de normalización no ha terminado. Aun así, insiste en que los tipos reales siguen siendo claramente negativos. El mensaje es deliberado: subir, sí, pero sin asustar al mercado. Y, de momento, el mercado ha comprado ese discurso.

Para la economía japonesa, el impacto es ambivalente. Por un lado, sube el coste de financiación para familias y empresas, algo especialmente sensible en un país muy endeudado y con una población envejecida. Por otro, el BoJ confía en que el ciclo salarios-precios ya esté suficientemente asentado como para absorber ese endurecimiento gradual. El gran riesgo está en el frente fiscal: con una deuda pública gigantesca, cada punto adicional de tipos eleva el coste de financiación del Estado a medio y largo plazo. 

Y aquí entra la renta fija. El tramo corto queda anclado por la decisión del banco central, pero el tramo medio y largo ha reaccionado con fuerza. El bono japonés a diez años ha superado el 2%, niveles no vistos en décadas. No es solo una apuesta por más subidas de tipos, es también una prima adicional por incertidumbre: inflación, emisión futura y sostenibilidad fiscal.

Lo curioso es que, pese a la subida de tipos, el yen no se ha apreciado. Esto nos dice mucho. El mercado interpreta que el BoJ seguirá siendo extremadamente gradual y que Japón no está dispuesto a tensar demasiado las condiciones financieras. Mientras esa percepción se mantenga, el yen seguirá siendo una moneda “financiadora”.

Y ahí está la clave global: el “carry trade”. Durante años, el mundo se ha financiado en yenes baratos para invertir en activos con mayor rentabilidad. Cada subida del BoJ encarece ese modelo, reduce el diferencial y aumenta el riesgo. No porque hoy sea dramático, sino porque cambia la dirección del viento. Cuando el yen deje de ser estructuralmente débil y empiece a apreciarse de verdad, el deshacer de esas posiciones puede ser rápido y doloroso.

La reacción de la Bolsa japonesa también encaja en este contexto: no hay problema porque la subida de tipos ya estaba descontada y porque el BoJ no ha endurecido el tono en exceso. Además, un entorno de tipos algo más altos beneficia a bancos y aseguradoras, mientras que un yen todavía débil sigue apoyando a las exportadoras. El problema llegará si el tramo largo de la curva sigue tensionándose o si el yen cambia de tendencia.

Fuera de Japón, las implicaciones son claras. Menos yen barato, significa menos liquidez global. Parte del ahorro japonés puede empezar a quedarse en casa si la rentabilidad local resulta atractiva, afectando a los mercados de bonos internacionales. Y, como siempre, cuando el “carry trade” empieza a doler, el contagio suele ir más allá de Japón: sube la volatilidad, sufren los activos de riesgo y se ajustan divisas y spreads.

"La subida del Banco de Japón no es un shock, pero sí una señal. Japón deja de ser el ancla absoluta de tipos cero del sistema financiero global. El proceso será lento, probablemente más lento de lo que muchos esperan, pero el cambio estructural ya está en marcha. Y cuando el gran financiador barato del mundo empieza a retirarse, conviene estar preparado para un entorno mucho menos complaciente", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.

11Jan

El colapso del rial iraní, que ha marcado mínimos históricos frente al dólar, disparando el precio de los alimentos y agravando una inflación ya asfixiante, es el detonante de las movilizaciones ciudadanas, que evidencian un desgaste político y social.

Miguel Ángel Valero

Las protestas en Irán que están teniendo lugar desde finales de diciembre de 2025 son una nueva ola de movilización masiva contra el régimen, originada por la crisis económica y que ha derivado rápidamente en consignas directas contra el líder supremo y el sistema de la República Islámica. La respuesta de las autoridades está siendo muy dura, con decenas de muertos, miles de detenidos y un fuerte bloqueo de internet para dificultar la organización y el flujo de información.

Las manifestaciones comenzaron el 28 de diciembre en el Gran Bazar de Teherán, impulsadas por la inflación, el aumento del coste de la vida y el descontento de comerciantes y clases populares. En pocos días se extendieron a numerosas ciudades del país (Teherán, Mashhad, Qeshm, Zanyán, entre otras), convirtiéndose en la mayor ola de protestas en más de tres años.

Lo que empezó como protesta económica ha pasado a ser una contestación política abierta, con gritos de “muerte al dictador” y lemas contra el ayatolá Ali Jamenei y el aparato de la República Islámica. En varios barrios de Teherán se han escuchado consignas a favor de la antigua dinastía Pahlavi y llamamientos a poner fin al régimen actual, lo que indica un rechazo más estructural al sistema.

Organizaciones de derechos humanos como HRANA e Iran Human Rights hablan ya de "centenares" de muertos en estos días, también miembros de las fuerzas de seguridad, lo que refleja choques muy violentos. Hay miles de  detenidos, y médicos y ONG denuncian heridos por disparos y uso creciente de fuerza letal por parte de Guardia Revolucionaria y otras fuerzas vinculadas al régimen.

El Estado ha impuesto un bloqueo casi total de internet y restricciones de comunicaciones para impedir la coordinación de las protestas y la difusión de vídeos, repitiendo un patrón visto en anteriores episodios de movilización. Las autoridades judiciales y religiosas han advertido que quienes participen en las protestas pueden ser acusados de “enemigos de Dios”, un cargo que conlleva potencialmente la pena de muerte, y la televisión estatal califica cada vez más a los manifestantes de “terroristas” o “vándalos”.

Donald Trump ha expresado apoyo retórico a los manifestantes y ha advertido a Teherán de una posible respuesta si se produce una represión masiva, mientras el régimen acusa a potencias extranjeras de estar detrás del estallido.

Estas protestas se consideran las más importantes desde las movilizaciones de 2022 tras la muerte bajo custodia de Mahsa Amini y se producen en un momento de debilidad interna para Irán: sanciones reforzadas, tensiones militares con Israel y desgaste económico y social acumulado.

Irán vuelve a entrar en una fase de tensión interna que va mucho más allá de un episodio esporádico de protesta. El detonante ha sido económico: el colapso del rial iraní, que ha marcado mínimos históricos frente al dólar, disparando el precio de los alimentos y agravando una inflación ya asfixiante. Pero el trasfondo es estructural.

El líder supremo, Alí Jamenei, ha reconocido públicamente que las quejas de la población son legítimas. Un gesto poco habitual. Sin embargo, ese reconocimiento ha ido acompañado de un mensaje claro: el régimen distingue entre “protesta” y “disturbio”, y a estos últimos promete aplastarlos sin contemplaciones. Diálogo con quien protesta; represión para quien desafía el orden.

Las manifestaciones comenzaron en los centros comerciales de Teherán y se extendieron rápidamente a otras regiones del país. Comercios cerrados, concentraciones espontáneas y un creciente malestar que refleja algo más profundo que la caída de la moneda. Años de sanciones, aislamiento internacional y un pulso permanente con Occidente han deteriorado el nivel de vida y erosionado la paciencia social. La economía ha sido el desencadenante, pero el desgaste es político y social.

La respuesta internacional no ha tardado en añadir presión. Donald Trump ha amenazado con apoyar a los manifestantes, lo que ha provocado una reacción inmediata de Teherán, prometiendo una respuesta “rápida y decisiva” ante cualquier interferencia externa. El régimen iraní vuelve a recurrir a un patrón conocido: atribuir la agitación interna a enemigos extranjeros para reforzar el control interno. Mientras tanto, el balance humano empieza a crecer. Hay muertos, cientos de detenidos y un clima de confrontación que recuerda que, en Irán, las crisis económicas rara vez se resuelven solo con ajustes financieros. Siempre terminan cruzándose con la estabilidad del poder.

"Lo que está ocurriendo en Irán no es solo una revuelta por el precio de los alimentos o por una moneda que se hunde. Es el reflejo de un sistema atrapado entre una población cada vez más presionada y un régimen que solo sabe responder endureciendo el control. El riesgo no es tanto un estallido inmediato, sino una erosión constante que convierte cada crisis económica en una amenaza política. Y en ese contexto, cualquier chispa (interna o externa) puede tener consecuencias regionales mucho más amplias", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.

10Jan

El World Economic Forum, Cloudera, EcoVadis y Luis Canelo desvelan cómo evolucionará la inteligencia artificial en 2026.

Miguel Ángel Valero

China planea aprobar la importación de chips H200 de Nvidia tan pronto como este trimestre. Sin embargo, restringirá el uso del chip al ejército, agencias gubernamentales sensibles, infraestructura crítica y empresas estatales por motivos de seguridad.

Tras el bloqueo inicial del gobierno estadounidense, Nvidia obtuvo en agosto autorización para vender el chip H20 –menos avanzado que el H200– a China con un recargo del 15%, pero la operación fracasó cuando Pekín instó a sus empresas a evitar proveedores estadounidenses y optar por soluciones locales. 

A principios de diciembre de 2025, EEUU autorizó a Nvidia la venta de la gama de chips H200 en China, imponiendo un arancel del 25% por cada envío y limitando las ventas a clientes previamente aprobados.

Ahora, ambas partes han cedido y, empresas privadas como Alibaba y ByteDance ya han comunicado su interés a Nvidia de adquirir el chip. El H200 de Nvidia es más potente que cualquier chip al que China pueda acceder legalmente, situándose al menos una generación por delante de los diseños de empresas chinas como Huawei, Cambricon Technologies y Moore Threads Technology. Tanto el H20 como el H200 pertenecen a la familia de procesadores Hopper, mientras que la línea más avanzada, Blackwell, se comercializa únicamente en EEUU y pronto será reemplazada por la nueva generación Rubin.

Wold Economic Forum: la IA exige anticipación

Estos movimientos demuestran que la nueva economía no se navega reaccionando, sino anticipándose en un entorno de alta incertidumbre, geopolítica fragmentada y tecnologías que avanzan más rápido que las estructuras de decisión tradicionales. En este contexto, muchas de las premisas que guiaron la estrategia empresarial durante décadas han dejado de ser fiables.

Precisamente, un informe del World Economic Forum pone el foco en dos fuerzas que marcarán los próximos años: la comercialización de la inteligencia artificial y las tecnologías emergentes, y la fragmentación geoeconómica. Su interacción define no solo los riesgos, sino también las oportunidades. De la combinación entre geopolítica y adopción tecnológica emergen cuatro posibles futuros para la economía global en 2030:

  • 1. Orden digitalizado: Estabilidad geopolítica y rápida adopción tecnológica impulsan el crecimiento, pero aumentan las tensiones internas por disrupciones laborales y riesgos de mal uso de la tecnología.
  • 2. Estabilidad cauta: La normalización geopolítica reduce la volatilidad, pero la tecnología no logra generar el impacto esperado en productividad, salarios y empleo. El crecimiento se mantiene débil.
  • 3. Supervivencia basada en la tecnología: Alta adopción tecnológica en un mundo geopolíticamente volátil. Las empresas se apoyan en la digitalización para compensar disrupciones, generando oportunidades… y nuevos riesgos sistémicos.
  • 4. Esferas geo tecnológicas: Aumento del aislamiento, comercio restringido entre aliados y desilusión tecnológica. Los precios de los activos caen y el crecimiento se estanca, mientras resurgen estrategias de relocalización con escasez de talento.

Navegar la nueva economía exige algo más que capacidad de adaptación. Exige anticipación. La ventaja competitiva no estará en predecir un único futuro, sino en estar preparado para varios. Convertir la incertidumbre en anticipación ya no es una opción: es una capacidad estratégica clave.

El analista Pablo Gil subraya en The Trader que 2025 no ha sido un año más en el ciclo económico. Ha marcado el inicio de una ruptura profunda con el orden geopolítico y económico que ha regido el mundo desde el final de la Guerra Fría. Un punto de inflexión que muchos aún no quieren ver… pero que ya está aquí: "Estamos entrando en un nuevo orden global donde los países ya no cooperan, se protegen. Esto no va de anticipar un colapso ni de caer en el catastrofismo. Va de entender que entramos en una etapa más dura, más competitiva y mucho más incierta, donde lo que funcionaba antes ya no sirve. Ni en política, ni en economía, ni en inversión", subraya.

Cloudera: la IA entra en la Era de la Convergencia

Cloudera, la compañía que impulsa la IA a través de los datos en cualquier entorno, anuncia que la “Era de la Convergencia” será la nueva etapa de la inteligencia artificial tras un 2025 en el que los cambios en el sector tecnológico no han dejado de suceder, marcados por el desarrollo de agentes de IA cada vez más autónomos.

"En 2026, la adopción de la inteligencia artificial seguirá creciendo a un ritmo constante, a pesar de las predicciones de desaceleración del mercado", vaticina Manasi Vartak, Chief AI Officer de Cloudera. “Cuando las empresas superen la fase de experimentación y encuentren el retorno de inversión medible más adecuado para sus proyectos, seguirán demandado tanto IA generativa como IA agéntica", añade.

En este punto, el desafío más importante será conectar los agentes de IA con los datos y el contexto corporativo, un requisito indispensable para que estos sistemas sean verdaderamente útiles. Muchas organizaciones ya han demostrado sus capacidades agénticas, pero ahora deben probar que estos sistemas están listos para la producción, y que pueden superar las barreras relacionadas con el acceso a los datos, la gobernanza, la seguridad y los permisos.

Al mismo tiempo, la definición de 'IA Responsable' seguirá evolucionando. A medida que los sistemas de IA se vuelven cada vez más complejos, la IA Responsable deberá abordar no solo el sesgo y la igualdad de los modelos, sino también la rendición de cuentas de extremo a extremo, abarcando el manejo de datos y el comportamiento del sistema. Las empresas que adopten la IA agéntica deberán implementar marcos de gobernanza más estrictos con nuevas características como registros de agentes, observabilidad y control de versiones de flujos de trabajo agénticos completos.

Aunque los modelos públicos seguirán dominando en 2026, veremos cómo aumenta la adaptación específica a cada empresa.

Se espera que sea el primer año de convergencia real: el inicio de una nueva etapa en la que se difuminan las fronteras entre la nube y los centros de datos. Tras varias décadas en las que primero se priorizaba el control del on-premise y luego la flexibilidad de la nube, ahora entramos en una realidad donde ambos coexisten sin problemas gracias a las plataformas de gestión unificadas. Las cargas de trabajo se ejecutarán donde tenga más sentido, teniendo en cuenta la seguridad, el cumplimiento y la eficiencia, en lugar de priorizar la ubicación.

Para Sergio Gago, CTO global de Cloudera, “la verdadera ventaja competitiva no provendrá de quien tiene un modelo más grande, sino de quien haga un uso más inteligente y eficiente de los recursos. En la Era de la Convergencia, la IA se tiene que gestionar como una parte más de la fuerza laboral. No es necesario elegir bandos (nube versus on-premise o humano versus máquina), sino unificarlos bajo la misma arquitectura compartida, eficiente y de confianza. También se redefinirá el concepto de rendimiento: a medida que las demandas de IA y de capacidad de cómputo se disparan, las empresas posicionarán la eficiencia energética como un KPI principal y no como una consideración secundaria".

"La IA se convertirá en un factor diferencial para el sector retail en 2026. Los expertos estiman que podría generar entre 240.000 millones y 390.000 millones$ en valor para toda la industria. El 91 % afirma estar invirtiendo en IA y los primeros en adoptarla están obteniendo retornos dela inversión seis veces más rápido” afirma Neelabh Pant, directora global de AI for retail enCloudera. Los minoristas que están obteniendo el mayor retorno de su IA son aquellos que toman el control de sus datos y los conectan con todo su negocio. Esto implica vincularlo todo en tiempo real, desde los escaparates y las interacciones con los clientes, hasta los historiales de pedidos y el inventario del almacén, sin importar dónde se guarde esa información.

Cuando los sistemas de datos funcionan conjuntamente, los comercios pueden ver una imagen completa de sus operaciones y clientes. Este enfoque conectado conduce directamente a mejores experiencias para el cliente, como una mayor personalización, compras más fluidas y personalización acorde a las necesidades de los compradores.

A medida que los datos sean más fáciles de usar, Gartner predice que el 75 % de las nuevas conexiones de datos pronto serán creadas por empleados no técnicos, es decir, aquellos fuera de los departamentos de TI e ingeniería. Los minoristas que empoderen a sus equipos con plataformas sencillas y de autoservicio tomarán decisiones más rápidas y colaborarán de forma más efectiva. Aquellos que mantengan los datos encerrados en el departamento de TI corren el riesgo de perder la velocidad y la agilidad necesarias para seguir siendo competitivos.

EcoVadis: convergencia entre sostenibilidad y gestión del riesgo

“Las empresas están entrando en una fase en la que la sostenibilidad y la gestión del riesgo convergen,” señala Enrique Marroquín, VP Service Engagement de EcoVadis, empresa proveedora de calificaciones de sostenibilidad. “En 2026 veremos un uso más amplio de datos primarios, de la inteligencia artificial y de los sistemas integrados que permitirán a las organizaciones responder con mayor eficacia a un entorno regulatorio y tecnológico en rápida transformación”, subraya.

EcoVadis identifica cinco tendencias clave que influirán de forma significativa en las estrategias de sostenibilidad empresarial durante 2026:

  • 1. La IA transforma la gestión ASG. La inteligencia artificial pasará a desempeñar un papel más activo en la supervisión de datos ASG, en los cambios regulatorios y en las señales de riesgo. Las empresas podrán automatizar parte de los informes exigidos por normativas como la CSRD o la CSDDD y gestionar información compleja con mayor rapidez. Para aprovechar este avance será clave contar con marcos de gobernanza que garanticen la calidad, la trazabilidad y la fiabilidad de los sistemas de IA. 
  • 2. Datos reales para medir y reducir emisiones. Cada vez más empresas necesitarán datos precisos y verificados sobre las emisiones de sus productos y proveedores, en lugar de estimaciones generales. Esta información, obtenida directamente de la cadena de valor, empezará a ser un requisito habitual para cumplir con la regulación y tomar decisiones estratégicas. Contar con datos reales permitirá diseñar planes de descarbonización más creíbles y comparar mejor el impacto climático de distintas opciones de compra. 
  • 3. Cumplimiento normativo y nuevas formas de gestionar el riesgo. El aumento de leyes de diligencia debida globales hará que el cumplimiento deje de ser una tarea anual y pase a ser una actividad continua. La resiliencia empresarial se entenderá como la capacidad de anticiparse a riesgos como tensiones geopolíticas, ciberataques o impactos físicos del clima. Para lograrlo, más empresas adoptarán tecnologías como el mapeo avanzado con IA, los gemelos digitales o sistemas de trazabilidad basados en blockchain, que permiten seguir con más detalle lo que ocurre en la cadena de valor y detectar posibles vulnerabilidades con mayor antelación.
  • 4. Más colaboración con la cadena de suministro para impulsar la sostenibilidad. La función de compras se orientará cada vez más a la creación de valor a largo plazo y no solo al ahorro. Más empresas tendrán en cuenta el coste total de propiedad, que incluye riesgos operativos y posibles futuros costes asociados al carbono, lo que hará que las opciones sostenibles resulten más competitivas. Al mismo tiempo, crecerán las iniciativas conjuntas con proveedores en ámbitos como la economía circular, la recuperación de materiales o el desarrollo de productos más sostenibles. Este tipo de colaboración reforzará la innovación y contribuirá a mejorar la competitividad y la resiliencia de las compañías.
  • 5. Un solo sistema para toda la información empresarial. Crecerá la necesidad de reunir en un mismo lugar la información financiera, legal, operativa y ASG que las empresas manejan sobre su cadena de valor. Este modelo evitará inconsistencias entre departamentos y permitirá crear informes más sólidos y trazables. Contar con una única plataforma de datos facilitará el cumplimiento de las nuevas normativas y hará más eficientes los procesos internos. 

“Estas tendencias reflejan la convergencia entre sostenibilidad, gestión del riesgo e innovación tecnológica. Las organizaciones que refuercen su arquitectura de datos, integren métricas verificadas y adopten herramientas de monitorización continua podrán adaptarse con mayor agilidad al nuevo entorno regulatorio y mejorar la resiliencia de su cadena de valor”, insiste Marroquín.

La IA práctica, llega el 'vibe coding'

Hasta ahora, la programación y la automatización de procesos eran terreno exclusivo de informáticos. Sin embargo, 2026 marca un punto de inflexión con la llegada del 'Vibe Coding' (programación por intuición), una tendencia que permite a cualquier persona sin conocimientos técnicos crear sus propias aplicaciones y automatizaciones usando IA y lenguaje natural.  En un contexto donde más del 20% de las empresas españolas ya integran IA, el verdadero reto no es la tecnología, sino la mentalidad. 

"Existe un error de concepto: la gente cree que la IA viene a quitarnos el trabajo. La realidad es que la IA viene a quitarnos la parte robótica del trabajo. Nadie estudió una carrera para pasar 4 horas al día copiando datos de un Excel a un email", explica Luis Canelo, empresario tecnológico y fundador del 'Programa de 0 a la Élite: Automatización con IA'. 

La propuesta de Canelo rompe con la formación tradicional académica. A través de su metodología, enseña tanto a directivos como a empleados a utilizar herramientas visuales como Make y Agentes de IA para delegar tareas repetitivas.  "Cuando entiendes que puedes conectar tu correo, tu calendario y tu CRM sin escribir código, todo cambia. Tareas en las que antes perdías 4 horas diarias ahora se hacen solas sin que tú intervengas", señala Canelo. "Es la era en la que la IA por fin hace el trabajo que deberían hacer los ordenadores (administrativo, repetitivo), liberando a las personas para que hagan el trabajo importante: pensar, crear y vender". 

La diferencia competitiva en 2026 no la marcará solo el título universitario, sino la capacidad de apalancarse en la IA para ser más productivo.  "Hay mucho 'turista de cursos' que se queda en la teoría y cree que por saber usar ChatGPT ya sabe de IA. Nosotros vamos a la práctica radical: enseñamos a construir sistemas que funcionan mientras tú vives", concluye Luis Canelo.

08Jan

Banca March, The Trader, Norz Patrimonia, Pictet, Mintos, UBS y UBP ofrecen sus recomendaciones sobre dónde y cómo realizar las inversiones en 2026.

Miguel Ángel Valero

¿Qué depararán los mercados en 2026? Es la pregunta que todos se hacen. Tras un 2025 lleno de sobresaltos, desde avances tecnológicos disruptivos hasta tensiones comerciales y una macroeconomía sorprendentemente resistente, el inicio de 2026 también llega marcado por la incertidumbre, con el asalto de Trump a Venezuela o la obsesión del presidente de EEUU por Groenlandia, entre otros 'cisnes negros'. El principal mensaje de las firmas de análisis y de asesoramiento financiero es que invertir es la mejor recomendación, y dejar de hacerlo por miedo o por no arriesgar el dinero, la peor decisión.

Banca March: de Trump 1.0 a 2.0

"Dejamos atrás un 2025 marcado por la importancia de mantenerse invertidos bajo el esquema mental del 'Trump 1.0' como referencia", señalan los expertos de Banca March. Un mandato presidencial estadounidense que comenzó con la imposición de aranceles en niveles no vistos en los últimos cien años. La primera mitad del año, especialmente tras el Liberation Day, estuvo caracterizada por las idas y venidas en materia arancelaria, principal fuente de volatilidad durante ese periodo. Sin embargo, la búsqueda de diálogo y la marcha atrás en los planes más agresivos dieron paso a una segunda mitad muy positiva para las Bolsas globales, que impulsadas por la tecnología y la inteligencia artificial (IA) cerraron el ejercicio con un retorno cercano al +20%.

En renta fija, el activo continuó siendo refugio y fuente de rentabilidad gracias a la compresión de diferenciales y al cupón, especialmente en el crédito europeo de alta calidad, que terminó con una rentabilidad del 3%, superando tanto la liquidez como la inflación europea, ambas en torno al 2%. Esta comparación es clave, ya que optar por mayor exposición a renta fija en lugar de liquidez fue la única manera de obtener rentabilidades reales positivas sin asumir riesgos excesivos.

"Mirando a 2026, las lecciones aprendidas en 2025 seguirán siendo útiles en un ejercicio que estará marcado por las elecciones legislativas en Estados Unidos. No obstante, lo importante estará, como siempre, en la evolución del ciclo económico", insisten en la entidad. En este sentido, el crecimiento en EEUU gana tracción. Antes de las vacaciones navideñas, la Fed elevaba sus previsiones de crecimiento para 2026 en 5 décimas hasta el +2,3%. 

Además, la nueva inversión en inteligencia artificial en EEUU y en defensa en Europa serán motores de crecimiento, junto con los estímulos fiscales en EEUU y en Alemania, que comenzarán a llegar a la economía. Todo ello se complementa con un consumidor americano resiliente, que no muestra signos de fatiga pese a unas cifras de empleo menos boyantes.

"En este contexto, recomendamos mantener una visión constructiva sobre los activos de riesgo y no bajarse del tren en este inicio de 2026. A nivel sectorial, seguimos favoreciendo tecnología, salud y defensa, a las que recientemente hemos añadido infraestructuras, con especial atención a las relacionadas con generación y transmisión eléctrica ante las enormes necesidades derivadas del despliegue de centros de datos. Como novedad, cerramos el año con un cambio de sesgo en nuestra visión sobre la renta fija. Tras dos ejercicios de buen comportamiento, acumulando retornos del +3,8% anualizado en crédito europeo de calidad —nuestra principal apuesta—, consideramos que la normalización de tipos y unos diferenciales más ajustados limitan su potencial en los próximos años. Por ello, optamos por neutralizar la sobre ponderación y, en un entorno de tipos más bajos, vuelven a ganar atractivo los activos alternativos líquidos", subrayan en Banca March

The Trader: la diversificación nunca es sencilla

En The Trader, el analista Pablo Gil subraya que Wall Street comienza 2026 como terminó 2025: con subidas y confianza. Pero el punto de partida no es el habitual. Venimos del mejor comportamiento conjunto de los mercados desde 2009, con bolsas, bonos, crédito y materias primas avanzando al mismo tiempo. Un 'everything rally' poco frecuente que ha reforzado la sensación de que asumir riesgo ha sido, casi sin matices, la decisión correcta. Lo verdaderamente llamativo no ha sido solo la magnitud de las subidas, sino su amplitud. Las acciones estadounidenses encadenan tres años consecutivos de rentabilidades de doble dígito. Los bonos gubernamentales han vuelto a ofrecer retornos positivos gracias a los recortes de tipos de la Reserva Federal. Los diferenciales de crédito se han estrechado hasta niveles históricamente bajos y las materias primas han acompañado, con el oro y la plata marcando máximos impulsados por la demanda de los bancos centrales y un dólar más débil.

"Este alineamiento ha transmitido una idea peligrosa: que la diversificación vuelve a ser sencilla. Cuando activos que deberían comportarse de forma distinta suben al mismo tiempo, las carteras parecen más robustas de lo que realmente son. El retorno se acumula, pero la protección implícita disminuye. Es la clásica ilusión de diversificación que suele aparecer en las fases finales de los ciclos más complacientes", advierte.

El motor de este movimiento es conocido. Políticas fiscales expansivas, inflación moderándose, bancos centrales más flexibles y una enorme confianza en que la inteligencia artificial acabará justificando las valoraciones actuales. El problema es que gran parte de ese escenario ideal ya está descontado en precios. Las previsiones para 2026 descansan sobre los mismos pilares que impulsaron 2025: crecimiento resiliente, beneficios sólidos y una IA que transforme productividad y márgenes. Eso deja muy poco margen para errores. Un repunte en la energía, una decisión política mal-calibrada o una lectura demasiado optimista del ciclo pueden cambiar rápidamente el equilibrio actual. En un entorno de valoraciones exigentes y volatilidad contenida, las sorpresas suelen amplificarse.

Europa y, en particular, la Bolsa española se beneficia de este clima global. 2025 ha sido un año histórico para el Ibex 35, con subidas cercanas al 50% y tres ejercicios consecutivos de rentabilidades de doble dígito cuando casi nadie apostaba por él. Las principales casas de análisis sitúan a España entre sus mercados favoritos para 2026, apoyadas en un contexto de inflación más controlada, tipos cercanos a la neutralidad y políticas fiscales que empiezan a acompañar al ciclo, con Alemania como principal catalizador.

El crecimiento de beneficios sigue siendo el verdadero soporte del mercado. Las estimaciones apuntan a avances cercanos al 10% en 2026 y, en el caso español, el peso del sector financiero continúa siendo clave, con bancos bien posicionados en un entorno de tipos todavía relativamente elevados. A esto se suma un factor estructural común a todos los mercados desarrollados: una enorme masa de liquidez acumulada durante años que sigue buscando rentabilidad y termina filtrándose hacia la renta variable. La gestión pasiva, cada vez más dominante, amplifica estos movimientos y concentra flujos en los grandes ganadores del ciclo.

"2026 arranca con mucha confianza y expectativas muy elevadas. Tras un periodo en el que casi todo ha salido bien, el mercado necesita que las cosas sigan saliendo muy bien para justificar las valoraciones actuales. Cuando el listón está tan alto, el riesgo no está en una mala noticia, sino en que la realidad sea simplemente normal. Y ahí es donde el inversor debe volver a separar con claridad rentabilidad pasada y riesgo futuro", advierte este experto

Norz: el reto es la capacidad de ejecutar inversiones estratégicas

Los expertos de Norz Patrimonia dibujan un escenario constructivo para los mercados, con oportunidades claras en Europa y en sectores vinculados a la innovación tecnológica, gracias a la recuperación del crecimiento europeo, la estabilización del dólar y la traducción de la inversión masiva en inteligencia artificial en productividad real, pero también alertan sobre riesgos que podrían condicionar la dinámica económica global, como la inflación, la evolución del mercado laboral y la ejecución de planes de inversión estratégicos.

“El ciclo económico continúa siendo sorprendentemente resistente. No vemos una recesión en el horizonte, pero sí el fin del periodo de desinflación que ha acompañado a Europa y que está en fase terminal en Estados Unidos. El reto no será el crecimiento, sino la inflación y la capacidad de ejecutar inversiones estratégicas”, señala Jordi Martret, director de inversiones de Norz Patrimonia.

El informe desarrolla cinco bloques de análisis:

  • Europa, ante su último tren: Norz Patrimonia sitúa a Europa como potencial protagonista del año. El giro histórico de Alemania, que ha flexibilizado su estricto techo de deuda para desplegar un ambicioso plan de inversión en transición energética y nuevas infraestructuras, marca un antes y un después. “Europa puede convertirse en uno de los motores de rentabilidad del 2026, pero también en la mayor decepción si Alemania o la Unión Europea fallan en la ejecución. No basta con ajustar valoraciones; hacen falta beneficios empresariales reales”, afirma Martret. Este impulso público debe traducirse en crecimiento medible para que Europa deje atrás más de una década de divergencia frente a EE. UU. Sectores ligados a activos reales (infraestructuras, materiales básicos, inmobiliario) aparecen claramente infravalorados.
  • EEUU, liderazgo intacto pero pendiente del CAPEX en IA: Norz Patrimonia rechaza que estemos ante una burbuja tecnológica similar al año 2000. Las grandes compañías mantienen balances sólidos y sus beneficios siguen superando al resto de regiones desarrolladas. El riesgo, señala la firma, no está tanto en una corrección inminente como en la necesidad de que las enormes inversiones en inteligencia artificial, concentradas en las llamadas 7 Magníficas, empiecen a materializarse en productividad transversal. “El gran interrogante para 2026 es si el CAPEX destinado a IA será realmente monetizado. La sostenibilidad del mercado dependerá de que las mejoras lleguen al resto de compañías y no solo a siete nombres”, explica Martret.
  • Dólar, estabilización tras un año de ajuste: Después de doce meses de fuerte retroceso, impulsado por dudas sobre la deuda estadounidense y el papel del dólar como divisa de reserva, se anticipa un comportamiento lateral para 2026. El rango estimado a corto plazo se sitúa entre 1,20 y 1,22 frente al euro. La aprobación en EEUU del GENIUS Act, que exige que las stablecoins estén respaldadas por bonos del Tesoro, introduce un factor adicional de demanda estructural. “El mercado puede haber sobrerreaccionado sobre la debilidad del dólar. Las alternativas no son más sólidas. Una vez finalice el ciclo de bajadas de tipos en EE. UU., esperamos estabilidad e incluso una sorpresa alcista”, apunta Martret.
  • Tipos de interés: margen limitado para los bancos centrales. La firma advierte que la capacidad de la Reserva Federal para recortar tipos está cerca de agotarse, especialmente si el fenómeno de 'no laying, not firing' (empresas que ni contratan ni despiden) presiona al mercado laboral. En Europa, el BCE podría incluso enfrentarse al dilema opuesto: subir tipos si las grandes inversiones alemanas generan presiones inflacionistas. En renta fija, Norz Patrimonia no ve valor en los tramos largos de la curva, ni en Europa ni en EEUU, y favorece crédito corporativo de duración media, deuda subordinada e híbridos de emisores de calidad. La deuda emergente en moneda local se perfila como otra oportunidad ante la debilidad relativa del dólar.
  • Asia y emergentes: innovación al alza, China en incógnita. India seguirá siendo la región con mayor crecimiento económico del mundo y Asia, en general, continúa liderando la innovación tecnológica junto a EEUU. China mantiene un ritmo económico débil por su demanda interna, pero posee amplio margen para aplicar nuevas políticas fiscales y monetarias.

Además, el informe elaborado por los expertos de Norz Patrimonia señala tres grandes focos de riesgo que podrían marcar el rumbo económico de 2026 y condicionar la evolución de los mercados:

  • El primero es un posible repunte de las expectativas de inflación, consecuencia de políticas fiscales más expansivas tanto en Europa como en EEUU. Este escenario presionaría a los bancos centrales a mantener tipos altos durante más tiempo, retrasando la recuperación económica y elevando el coste de financiación para familias y empresas.
  • El segundo riesgo está ligado al deterioro del mercado laboral, especialmente en las economías más industrializadas de la Eurozona. Un aumento del desempleo o una ralentización en la creación de empleo tendría un impacto directo en el consumo, debilitando la demanda interna y poniendo freno a la actividad económica en un momento clave.
  • El tercer foco de vulnerabilidad es la ejecución del plan de inversiones europeo, con especial atención al papel de Alemania. El éxito, o el fracaso, de esta agenda inversora es decisivo para impulsar la modernización industrial, acelerar la transición energética y sostener la competitividad europea frente a EEUU y China. Una ejecución incompleta dejaría a Europa estructuralmente rezagada en innovación, productividad y atracción de capital. “En definitiva, Europa se juega mucho en 2026. La capacidad de Alemania para ejecutar su bazuca inversor puede determinar no solo la competitividad del continente, sino su papel económico en las próximas décadas”, concluye Martret.

Pictet: "seguimos sobre ponderando renta variable"

Luca Paolini, estratega jefe de Pictet AM, considera que el entorno global favorece las estrategias pro-riesgo. En 2025 las acciones globales han subido un 23% en dólares, a doble dígito por tercer año Las europeas, 25% arriba en moneda local, han superado a las estadounidenses. América Latina se ha comportado especialmente bien y las acciones coreanas, con fuerte ponderación tecnológica y mejoras de gobernanza, han subido cerca del 100 %.  Servicios de comunicación y tecnologías de la información han estado entre los líderes, a pesar de titubeos de finales de año. También ha habido avance en materiales e industriales. Pero los sectores de consumo han quedado rezagados. Los metales industriales, con fuerte inversión relacionada con IA, han llegado a máximos y el oro subido un 65% en medio de la incertidumbre geopolítica y macroeconómica, su mayor ganancia anual desde 1979. 

El petróleo ha tenido el peor año desde 2020. Las mayores ganancias en deuda se han dado en emergentes. En la Eurozona ha habido un fuerte estrechamiento de diferencial de rentabilidad de países periféricos respecto a Alemania. El dólar se ha desacoplado de los bonos del Tesoro de EEUU con caída del 9% frente a la cesta de divisas.

Los inversores comienzan 2026 con una economía global respaldada por el estímulo monetario generalizado -dos tercios de los principales bancos centrales recortando tipos de interés- y crecimiento robusto en mercados emergentes. Persisten focos de estanflación y preocupaciones geopolíticas, pero el entorno favorece las estrategias pro-riesgo, incluso tras el derrocamiento de EEUU. del presidente venezolano Maduro. Aunque la intervención probablemente tenga implicaciones geopolíticas a medio plazo, a corto plazo no mueve la aguja de los mercados, salvo impulso al oro. Por ello, mantenemos sobre ponderación en renta variable e infra ponderación en bonos.

Estimamos que EEUU crecerá el 1,5% en 2026 -más si el gasto de capital impulsado por IA sigue fuerte-, por debajo de la estimación del consenso del 2%, por una desaceleración de gasto de los hogares. En los últimos dos años los consumidores han incrementado su gasto a tasa anual del 2,9 % pero sus ingresos disponibles al 1,8%, retirando ahorros. Pero en los próximos meses es probable que se reduzca el gasto por el impacto de los aranceles y recortes de programas de bienestar, a pesar de posibles rebajas fiscales, estimadas por la administración Trump en 200.000 millones$. También esperamos desaceleración de la inversión en infraestructuras de inteligencia artificial. Esperamos que la inflación en EEUU se mantenga por encima del objetivo, de media alrededor del 3% este año.

Sin embargo, es probable que la economía de la Eurozona se recupere, dado el exceso de ahorro. Su manufactura se recupera, aunque con retraso tras los recortes de tipos de interés. La Eurozona se ha beneficiado de ocho recortes de tipos desde mediados de 2024, creando condiciones favorables. Sin embargo, el impacto de la flexibilización fiscal, especialmente en Alemania, tardará en materializarse.

Por su parte la economía japonesa puede crecer moderadamente, a ritmo más lento. El sentimiento de sus consumidores y empresas ha mejorado y un paquete fiscal -el mayor desde COVID, equivalente a 3 % del PIB- debe apoyar a hogares y sectores estratégicos, como semiconductores e IA.

China también está ayudando a los hogares con medidas que representan 0,5 % del PIB. Esperamos que crezca alrededor de su potencial, 4,6 %. Otras economías emergentes muestran crecimiento con baja inflación, flexibilización monetaria y aumento de las exportaciones globales. Deben beneficiarse de los mayores precios de las materias primas.

La Reserva Federal ha completado en gran medida su ciclo monetario tras recortes acumulados de tipos de interés de 1,75 %. Puede bajarlos más si los problemas en el mercado de crédito privado limitan la concesión de préstamos o la presión política. Hay cierto riesgo de que la independencia de la Reserva Federal se erosione tras los cambios en su composición, pero no vemos una probabilidad significativa. Pero los mercados están sobreestimando dos o tres recortes adicionales de 0,25%. Por nuestra parte esperamos que se limite a compras de bonos del Tesoro.

Esperamos que el BCE reduzca tipos una vez más y ralentice el ritmo de ventas de bonos en su balance para evitar que los prestatarios privados se vean desplazados por el aumento del endeudamiento soberano. Además, las condiciones de liquidez de China son positivas, contrarrestando la débil demanda interna con políticas monetarias moderadamente laxas, así como fiscales. Sin embargo, es probable que el Banco de Japón suba sus tipos de interés dos veces en 2026 y amplíe su endurecimiento cuantitativo.

Para 2026 prevemos rentabilidades en renta variable de un solo dígito medio, gracias a un sólido crecimiento de los beneficios, aunque modesta contracción de los múltiplos de valoración. Las acciones estadounidenses parecen al límite, con el índice S&P 500 en 22 veces beneficios, frente a una media histórica cercana a 16 y ratios precio-ventas que han superado el máximo de la burbuja punto.com. Su prima de riesgo frente a los bonos se mantiene en el 2%, históricamente baja, aunque no tanto para infra ponderar. En conjunto estamos neutrales en acciones estadounidenses por valoración y perspectivas económicas. 

En Japón las valoraciones parecen ajustadas tras un repunte de doble dígito del índice Nikkei en 2025. Estamos neutrales en acciones de Europa, con preferencia por sectores que pueden beneficiarse de una recuperación cíclica y gasto fiscal en defensa e infraestructuras, como industriales, finanzas y empresas de mediana capitalización -que han superado al mercado estadounidense los últimos años-. Además, sobre ponderamos acciones suizas, de valoraciones muy atractivas por características defensivas, fundamentales empresariales y su gran sector farmacéutico.

Las acciones relacionadas con IA han impulsado a los mercados en todo el mundo. Siguen con valoraciones muy ajustadas incluso tras haber corregido algo los últimos meses, con cierta racionalidad en medio de preocupaciones sobre calidad de beneficios y creciente dependencia de la deuda para financiar inversiones. Los inversores están siendo más exigentes y hay considerable dispersión de valoraciones, así como caída de múltiplos precio-beneficios esperados. Por ahora, sobre ponderamos acciones de tecnología y servicios de comunicación por la fortaleza de los beneficios, pero la especialización se ha vuelto importante al invertir en IA.

La reducción de incertidumbre política respecto al sector y una sólida recuperación de las fusiones y adquisiciones abren la puerta a un valor considerable, con protección frente a corrección en acciones de IA. Además, sobre ponderamos finanzas, que probablemente se beneficie de la desregulación de la administración Trump. Los riesgos de inflación deben ayudar a mantener la curva de rentabilidades a vencimiento de la deuda relativamente empinada, con aumento de los márgenes de los préstamos bancarios.

Cualquier sorpresa al alza del crecimiento o estancamiento de la desinflación puede hacer aumentar la rentabilidad a vencimiento de los bonos del Tesoro estadounidenses, que infra ponderamos. La relación inflación/crecimiento parece más favorable en Europa y justifica nuestra preferencia por deuda europea de alta rentabilidad frente a la estadounidense, que está cara.

Por otra parte, los indicadores técnicos y de sentimiento apuntan a un fuerte apetito por activos de mercados emergentes. Estas economías muestran abundante liquidez y flexibilización monetaria. Se benefician de un dólar más débil, unas exportaciones globales que superan las tendencias previas a la pandemia y perspectiva de aumento de precios de las materias primas. De manera que sobre ponderamos acciones de China y de mercados emergentes. También sobre ponderamos bonos soberanos en moneda local y deuda empresarial de mercados emergentes, que se benefician de tipos de interés reales relativamente altos y flujos de inversión. La inflación está contenida y muchos bancos centrales de mercados emergentes están relajando su política monetaria. Esperamos que su brecha de crecimiento respecto a las economías desarrolladas se amplíe a 2,7 % en 2026, lo que históricamente genera apreciación de sus monedas.

A pesar de sus máximos históricos, sus valoraciones no son extremas. Las tendencias macroeconómicas son favorables a su demanda, incluyendo menor rentabilidad real de la deuda, dólar más débil y altos riesgos geopolíticos. Hay demanda de bancos centrales de mercados emergentes y fuertes entradas en fondos ETF de oro, con posible aumento en las carteras de inversión estadounidenses.

Mintos: más protagonismo para los activos ligados a la economía real

Tras años de tipos de interés cercanos a cero, 2026 marcará un punto de inflexión para los inversores particulares en Europa. Estrategias de inversión que históricamente solo estaban al alcance de inversores institucionales como la gestión activa en renta fija, una diversificación geográfica sofisticada o la exposición a activos vinculados a la economía real; no solo se están volviendo accesibles, sino también esenciales, en un contexto en el que cada mercado y región sigue su propio ciclo económico. Mintos, plataforma europea de inversión, identifica cuatro grandes tendencias que marcarán las carteras de los inversores particulares este año

  • La era de la renta fija “activa” para el inversor particular: Según un análisis de BNP Paribas, 2026 marca el regreso de la renta fija como una oportunidad de inversión relevante para los inversores minoristas, aunque bajo un paradigma completamente distinto al del pasado. Tras años de rentabilidades mínimas, las previsiones de bajadas de tipos en EEUU y Europa están revitalizando los mercados de crédito, según los especialistas del banco. Los expertos de Mintos coinciden con esta visión y advierten de que la clave no es volver a las estrategias pasivas tradicionales. “La renta fija en 2026 no es la misma que hace una década. Los inversores particulares ya no pueden limitarse a comprar un único bono y olvidarse de él. Necesitan una exposición diversificada a distintos tipos de crédito, un enfoque en la calidad y en la generación de ingresos recurrentes, en lugar de perseguir la rentabilidad nominal más alta”, explica Martins Sulte, CEO y cofundador de Mintos. 
  • La diversificación se vuelve esencial en un mercado global fragmentado. Mintos identifica la diversificación geográfica como una necesidad estratégica, y no como una estrategia opcional avanzada. Las previsiones del FMI y la OCDE para 2025–2026 dibujan una economía global “resiliente pero divergente”, en la que las distintas regiones siguen políticas y ciclos económicos propios, en lugar de evolucionar de forma sincronizada. Para el inversor particular, la implicación es clara: concentrar toda la cartera en una sola región conlleva más riesgo de lo habitual, mientras que las carteras diversificadas por geografías y sectores están mejor posicionadas. “La fragmentación geográfica ya no es un concepto abstracto de los informes macroeconómicos; es algo que los inversores particulares deben integrar en sus carteras”, añade Sulte. 
  • Los activos ligados a la economía real ganan protagonismo. Se espera un cambio significativo en las preferencias de los inversores particulares hacia activos que generan rentabilidad directamente vinculada a la actividad económica real: préstamos, crédito respaldado por activos inmobiliarios, infraestructuras, entre otros, tal y como señalan varios gestores de activos, incluido BlackRock. El reto está en acceder a estos activos en un entorno regulado, transparente y con suficiente diversificación para gestionar el riesgo.
  • Preferencia por plataformas digitales y automatización. Para los expertos de Mintos, y en línea con otros gestores como Amundi, la cuarta gran tendencia de 2026 no se centra en una clase de activo concreta, sino en la forma de gestionar las carteras. A medida que las estrategias de inversión se vuelven más sofisticadas (gestión activa, diversificación geográfica, exposición multiactivo), la necesidad de herramientas digitales que ayuden a los inversores a manejar esa complejidad se vuelve crítica. “La verdadera democratización de las estrategias de nivel institucional no consiste solo en dar acceso a productos complejos, sino en proporcionar las herramientas necesarias para gestionarlos de forma eficaz sin requerir conocimientos expertos”, concluye Sulte.

UBS: la Eurozona seguirá resiliente

El Chief Investment Office (GWM CIO) de UBS Global Wealth Management ha publicado un informe sobre sus perspectivas para la economía de la Eurozona en 2026. Dean Turner, Chief Eurozone and UK Economist en el Chief Investment Office de UBS Global Wealth Management, lo resume: “Esperamos que la economía de la Eurozona se mantenga resiliente en 2026, con un crecimiento que se acelerará a lo largo del año, desde el 1% en 2025 hasta el 1,5% en 2026 en términos intertrimestrales (4º trimestre sobre 4º trimestre), apoyado en la solidez de los balances de los hogares, un mercado laboral robusto y el gasto fiscal, principalmente procedente de Alemania. Además, prevemos que los vientos en contra del comercio global se reduzcan, lo que debería aliviar en parte la presión sobre el castigado sector exportador europeo”.

“Esperamos que el BCE mantenga los tipos de interés oficiales sin cambios durante 2026. A corto plazo, los riesgos apuntan a nuevos recortes, aunque el equilibrio podría cambiar a medida que los impulsos desinflacionistas se vayan diluyendo a partir de mediados de año”, añade.

UBP: panorama constructivo

La última Perspectiva Semanal de UBP: Entrando al 2026 señala que a pesar de la turbulencia geopolítica, los mercados de renta variable cerraron 2025 con el tercer año consecutivo de rentabilidades de doble dígito. Las rotaciones tácticas recientes a corto plazo refuerzan la conveniencia de ampliar la exposición hacia temáticas de crecimiento estructural. El sector energético global tuvo un rendimiento superior (+2,8%), impulsado por el aumento de las tensiones geopolíticas, mientras que las empresas de servicios públicos también se beneficiaron del cambio de posicionamiento (+1,2%).

El oro y la renta fija también registraron sólidos retornos anuales, con el rendimiento de los bonos del Tesoro estadounidense a 10 años subiendo 6 puntos básicos hasta el 4,19 %. Tras los acontecimientos en Venezuela, el oro se disparó a niveles superiores a los 4.400$ por onza.

Sobre 2026, el consenso apunta a un panorama constructivo.

08Jan

El mensaje global que se lanza es inquietante: si eres lo suficientemente fuerte, puedes imponer tu ley. Lo más peligroso no es que esto ocurra. Es que empiece a parecernos normal.

Miguel Ángel Valero

Lo de Venezuela no es un cambio de gobierno. Es la confirmación de un cambio de época. La caída de Nicolás Maduro y su sustitución por Delcy Rodríguez (presentada como presidenta “interina”, pero en la práctica como una pieza funcional dentro de una transición teledirigida desde Washington) es el tipo de acontecimiento que obliga a releer el mapa entero. "Porque aquí no estamos ante una presión internacional clásica, ni ante una transición pactada, ni ante un proceso avalado por consensos multilaterales. Estamos ante algo mucho más incómodo: una demostración de fuerza convertida en método", señala el analista Pablo Gil en The Trader.

El relato oficial se apoya en la justicia penal estadounidense y en la figura del narcotraficante perseguido. Pero cuesta creer que ése sea el verdadero motor. No porque el narcotráfico no exista, sino porque el premio es demasiado grande como para reducirlo a una cuestión moral o judicial. Venezuela es el país con más reservas de petróleo del mundo. Y ese dato, por sí solo, explica muchas cosas. Aunque lo realmente revelador es la paradoja: tener petróleo no te convierte en potencia energética si no puedes extraerlo.

La industria petrolera venezolana lleva años destruida desde dentro. Falta de inversión, infraestructuras obsoletas, oleoductos y gasoductos deteriorados, ausencia de seguridad jurídica, fuga de talento y un crudo especialmente complejo: pesado, con alto contenido en azufre y muy caro de refinar. Extraer un barril en Venezuela puede costar hasta diez veces más que en Arabia Saudí. En un entorno de precios relativamente bajos, eso lo cambia todo. Porque la cuestión deja de ser cuántas reservas tienes y pasa a ser cuánto te cuesta convertirlas en dinero. Esto explica también por qué las grandes petroleras internacionales han mostrado históricamente tan poco entusiasmo. Venezuela no es un yacimiento: es un proyecto de reconstrucción industrial, financiera y política. Decenas de miles de millones serían necesarios solo para levantar mínimamente el sector. Y, aun así, Trump no ha optado por influir. Ha optado por mandar. Lo que deja claro que el petróleo no es solo un negocio, sino un instrumento geopolítico.

Para Trump, Venezuela no es solo la caída de una dictadura. Es una pieza del hemisferio occidental, y eso implica una regla no escrita, pero muy clara: esa región es territorio estratégico estadounidense. El mensaje va dirigido directamente a China y a Rusia. La vieja idea de “América para los americanos” regresa sin complejos, sin diplomacia y sin disfraces. Washington no está dispuesto a tolerar potencias rivales, ganando influencia, recursos o posiciones estratégicas en lo que considera su zona de control natural. Por eso no sorprende que, tras la operación, el discurso se haya centrado en el “acceso total” al país y en el control de la transición. No es diplomacia. Es tutela. Un sheriff a distancia con palancas claras: embargo petrolero, sanciones, reconocimiento internacional y la amenaza explícita de derrocar también a la marioneta si no obedece.

Lo verdaderamente importante es lo que este episodio revela sobre el orden mundial. Durante décadas hemos vivido en un sistema imperfecto, a menudo hipócrita, pero con una liturgia clara: resoluciones, marcos legales, negociaciones, organismos multilaterales. Se respetaban las formas, aunque luego se forzaran los contenidos. Ahora ya no.

La operación en Venezuela no se articula bajo el paraguas de Naciones Unidas ni busca un consenso internacional real. Hay hechos consumados. Y eso marca un cambio profundo: el derecho internacional deja de ser un árbitro y pasa a ser un recurso retórico. Se invoca cuando conviene y se ignora cuando estorba.

Y aquí aparece la paradoja más inquietante. Trump no está tan lejos del resto de grandes actores como muchos quieren creer. Vladímir Putin lleva años demostrando en Ucrania que las fronteras se miden en capacidad militar, no en tratados, con los países bálticos siempre en el horizonte. Xi Jinping considera Taiwán una cuestión de tiempo, no de principios. Israel actúa en Gaza bajo su propia lógica de seguridad, asumiendo que la legitimidad se discute después, cuando los hechos ya están sobre la mesa. Conflictos distintos, narrativas diferentes, pero una misma conclusión de fondo: el poder legitima los hechos. El más fuerte decide. Y las normas solo pesan mientras no interfieran con los intereses estratégicos.

Esto nos lleva a un escenario cada vez más evidente: un reparto tácito del mundo. No firmado, no anunciado, pero real. Zonas de influencia, líneas rojas implícitas y una aceptación silenciosa de que cada potencia actúe en su esfera mientras no provoque una escalada incontrolable. No hay un gran acuerdo. Hay miedo a cruzar ciertos límites.

En este contexto, Venezuela es un precedente muy potente. Demuestra que se puede decapitar un liderazgo de forma rápida, venderlo como operación legal interna y asumir que la condena internacional no alterará el resultado. Y cuando algo funciona, se convierte en modelo. Por eso aparecen en el radar otros objetivos como Groenlandia. No es solo la isla. Es la señal. Si el método funciona en Caracas, ¿hasta dónde puede llegar en otros escenarios? Quizá no con tanques, pero sí con presión política, económica y estratégica. El mensaje está lanzado.

Europa, mientras tanto, queda en una posición especialmente delicada. No solo por su falta de cohesión o por una política exterior débil. Hay un problema aún más profundo: no existe una figura que represente a Europa con fuerza y respeto internacional. No hay un liderazgo claro capaz de sentarse de tú a tú con Washington, Moscú o Pekín. En un mundo que vuelve a girar en torno a personalidades fuertes, Europa aparece diluida, fragmentada y reactiva. Y eso tiene un coste. Porque en un orden basado en la fuerza, no basta con tener razón. Hay que tener poder, determinación y liderazgo para defenderla.

"Venezuela no es el origen de este nuevo orden mundial, pero sí una prueba evidente de que ya hemos cruzado el umbral. El sistema basado en reglas compartidas, arbitraje internacional y equilibrios multilaterales se está descomponiendo. En su lugar emerge otro mucho más preocupante, donde la fuerza vuelve a ser el argumento definitivo", subraya este experto.

"Entiendo la emoción de muchos venezolanos al ver caer a quien consideran un tirano. Es imposible no empatizar con un pueblo agotado por décadas de miseria, miedo y exilio. Pero el método importa. Y el mensaje global que se lanza es inquietante: si eres lo suficientemente fuerte, puedes imponer tu ley. Lo más peligroso no es que esto ocurra. Es que empiece a parecernos normal. Que asumamos que la soberanía es flexible, que las fronteras son negociables y que el derecho internacional es solo un decorado útil cuando conviene. Mi sensación es que entramos en una era donde los fuertes marcan el ritmo, los débiles se adaptan y los que dudan quedan fuera de la partida. Y Europa, si no reacciona, corre el riesgo de vivir bajo las reglas que otros están escribiendo. Porque en la geopolítica del siglo XXI, quien no tiene poder para defender su visión del mundo, termina aceptando la visión del mundo de otro", avisa.

Groenlandia tiene una posición estratégica

La insistencia de Donald Trump en hacerse con Groenlandia ya no suena a ocurrencia provocadora ni a titular diseñado para agitar titulares. En su segundo mandato ha pasado de la insinuación a la presión explícita. Y el contexto importa. La reciente intervención de EEUU en Venezuela ha encendido todas las alarmas en Europa, especialmente en Dinamarca, de la que depende este territorio autónomo que insiste en que no está en venta.

Durante años, Copenhague trató el asunto como una excentricidad más de Trump. Hoy ya no. La presión diplomática se ha intensificado, el embajador estadounidense ha sido llamado a consultas en varias ocasiones y, por primera vez, los servicios de inteligencia daneses han llegado a señalar a EEUU como un posible riesgo para su seguridad. Algo impensable hace solo unos años entre aliados históricos.

¿Por qué Groenlandia? La respuesta es menos extravagante de lo que parece. Su posición geográfica es estratégica: controla accesos clave al Atlántico Norte y al Ártico, una región cada vez más relevante por el deshielo, las nuevas rutas comerciales y la competencia directa con China y Rusia. Además, la isla alberga ya la base aérea más septentrional de Estados Unidos y sistemas de radar críticos para la defensa antimisiles y la vigilancia espacial. Desde la óptica de Washington, ampliar el control sobre Groenlandia reforzaría de forma decisiva su presencia militar en una zona que será central en la geopolítica de las próximas décadas.

Trump, como es habitual, mezcla argumentos estratégicos con un discurso simplista. Asegura que Dinamarca no invierte lo suficiente en la protección de la isla y presenta su interés como una cuestión de seguridad nacional. Ya lo intentó en 2019, cuando habló abiertamente de “comprar” Groenlandia como si se tratara de una operación inmobiliaria. Hoy el tono es distinto. Más duro. Más directo. Y acompañado por hechos que demuestran que está dispuesto a ir mucho más lejos de lo que muchos creían.

Pero hay un elemento clave que eleva este conflicto a otra dimensión y que no conviene minimizar. Dinamarca y el resto de la Unión Europea que la respalda son aliados de Estados Unidos dentro de la OTAN. Groenlandia está cubierta por el artículo 5 de defensa colectiva. Cualquier intento de presión extrema (y más aún una acción unilateral) no sería un conflicto externo, sino una fricción directa entre socios militares.

El simple hecho de abrir ese escenario ya es profundamente desestabilizador. Obliga a Europa a plantearse hasta dónde llega la fiabilidad del paraguas estadounidense y rompe uno de los pilares básicos de la Alianza: que las tensiones entre aliados se resuelven internamente y nunca mediante amenazas. En el peor de los casos, una escalada podría provocar una crisis existencial en la OTAN, forzando a los países europeos a posicionarse entre Washington y uno de los suyos.

Y aquí aparece el gran beneficiado colateral: Vladímir Putin. Un bloque occidental dividido, con desconfianza interna y debates sobre garantías de seguridad, es exactamente el escenario que el Kremlin lleva años intentando provocar. No necesita mover ficha. Le basta con observar cómo la cohesión atlántica se erosiona desde dentro. Cada duda europea sobre el compromiso real de EEUU es un punto a favor de Rusia en Ucrania, en el Ártico y en el equilibrio geopolítico global.

Conviene además no analizar este episodio de forma aislada. Groenlandia encaja en una secuencia más amplia. Trump ya tensó la relación con Canadá al insinuar, en tono nada casual, que su integración como el estado 51 de EEUUs sería una salida lógica dada su dependencia económica y de seguridad de Washington. No fue una broma ni una frase suelta, sino un aviso envuelto en ironía. Tras la caída de Maduro, esa misma lógica se ha trasladado a Colombia, Cuba e incluso México, con mensajes directos y sin demasiados matices. No es improvisación. Es una forma muy concreta de ejercer el poder basada en la presión constante, el hecho consumado y la redefinición unilateral de las reglas.

Durante años, muchos interpretaron “America First” como una retirada de EEUU del mundo. Una vuelta al aislacionismo para centrarse en lo doméstico y cumplir con el lema de “Make America Great Again”. Lo que casi nadie anticipó es que, en la visión de Trump, ese repliegue no implicaba menos poder hacia fuera, sino todo lo contrario.

"Groenlandia encaja en una lógica mucho más imperial que aislacionista. No se trata de liderar alianzas ni de sostener el orden internacional, sino de apropiarse (por la vía militar, económica o política) de aquello que se considera estratégico para los intereses de EEUU. Aunque eso implique presionar a aliados, tensar tratados o vaciar de contenido las reglas que han sostenido el equilibrio global durante décadas. Ése es el verdadero cambio de fondo. Y también el riesgo. Porque cuando la primera potencia del mundo deja de actuar como garante del sistema para comportarse como un actor más, pero con una fuerza descomunal, el problema ya no es solo Groenlandia. Es el precedente que se crea para todo lo que venga después", avisa Pablo Gil.

Columbia  Threadneedle: muchas razones para ser optimistas

Anthony Willis, Senior Economist de Columbia Threadneedle Investments, destaca que las acciones de EEUU para destituir al presidente venezolano Maduro fueron algo sorpresivas, a pesar de haber presenciado un aumento de la presencia militar en los últimos meses y ver cómo atacaba presuntos cargamentos de droga. Pocos esperaban la velocidad y el alcance de la medida, pero obviamente las acciones se planificaron con mucho tiempo de antelación. "Lo que vendrá después está por verse", apunta.

Desde el punto de vista de los mercados financieros, todo parece ir bien, con ligeros movimientos marginales en cuanto a la búsqueda de refugios seguros: el dólar, el franco suizo y el oro. El precio del petróleo ha bajado, una tendencia significativa. Venezuela posee el 18 % de las reservas mundiales de petróleo, pero solo representa alrededor del 0,8% del suministro mundial (la mayor parte de sus exportaciones se destina a China), por lo que no se esperan interrupciones significativas. Sin embargo, si se desbloquean las exportaciones y el petróleo venezolano fluye hacia los mercados globales, podría convertirse en una tendencia significativa, aunque llevará tiempo. Es evidente que el presidente Trump desea que las empresas estadounidenses faciliten esta tendencia, pero esto llevará varios años.

Cuando se producen shocks geopolíticos, los mercados tienden a sufrir una caída inicial antes de que los fundamentales se reafirmen rápidamente. "Creo que esta medida, desde la perspectiva de la Administración estadounidense, podría ser beneficiosa: se avecinan elecciones de mitad de mandato, y la bajada de los precios del petróleo y de los tipos de interés será beneficiosa desde el punto de vista electoral", señala.

"Desde una perspectiva geopolítica, los acontecimientos ponen de relieve la creciente polarización entre las superpotencias políticas, cada una de ellas cada vez más dispuesta a tomar medidas que muestran poco respeto por el Derecho internacional o las normas de los últimos 70 años. Se está eludiendo por completo la autoridad de organismos internacionales como Naciones Unidas, y resulta interesante que el gobierno estadounidense haya optado por ignorar también a su propio Congreso. Por ahora, los poderes del Congreso estadounidense siguen limitados, aunque esto bien podría cambiar tras las elecciones de mitad de mandato", advierte.

Los cambios geopolíticos sirven de recordatorio a los líderes europeos de la necesidad de unidad y de aumentar su propio gasto en defensa en un momento en que el antiguo orden mundial de la «Pax Americana» posterior a la Segunda Guerra Mundial está llegando a su fin.

"Creo que debemos ser positivos desde el punto de vista de los mercados y, a pesar de la incertidumbre geopolítica actual, las perspectivas siguen siendo optimistas: el crecimiento global es resiliente y el estímulo fiscal para extender el ciclo en EEUU, Europa y Japón está en marcha o en proceso de implementación. La política monetaria sigue siendo favorable, dado que esperamos más recortes de tipos en EEUU y el Reino Unido en los próximos meses. En Japón, la narrativa se basa en nuevas subidas que se implementarán de forma lenta y constante. En el contexto de un sólido crecimiento de las ganancias, aún vemos muchas preguntas en torno a los aranceles, la inteligencia artificial y las elevadas valoraciones, pero debemos recordar que los fundamentales siguen siendo favorables y que las perspectivas económicas globales para 2026 son relativamente optimistas. En resumen, hay muchas razones para ser optimistas en este momento", concluye este experto.

Trump quiere un 50% más de gasto en Defensa

Por otra parte, Trump ha propuesto un incremento significativo en el gasto de defensa de cara a los presupuestos de 2027. Su planteamiento contempla un aumento del 50% en la partida destinada a defensa, elevándola hasta los 1,5 billones$, lo que supondría el mayor incremento del gasto militar en la historia del país. Con esta subida, el presupuesto militar estadounidense igualaría el gasto total actual de la OTAN, donde EEUU representa aproximadamente dos tercios del desembolso.

No obstante, Trump lanzó críticas hacia los grandes contratistas de defensa americanos, advirtiendo que, para acceder a nuevos contratos, deberán cesar la recompra de acciones, reducir el reparto de dividendos, limitar la remuneración de los altos ejecutivos y redirigir estos recursos hacia el fortalecimiento de capacidades: más fábricas y mayor inversión en investigación y desarrollo. 

Estas exigencias, que han provocado caídas significativas en el sector de defensa de EEUU, con retrocesos en compañías como Lockheed Martin (-4,8%), Northrop (-5,5%) o el grupo RTX (-2,2%), responden al persistente retraso en las entregas que arrastra el sector, así como a la creciente preocupación por no quedar rezagados frente a las nuevas tecnologías bélicas que se están desplegando en conflictos como el de Ucrania, entre ellas vehículos autónomos, drones y sistemas avanzados de defensa.

Más allá de esto, para que la propuesta se materialice, deberá obtener la aprobación del Congreso, donde los demócratas se muestran escépticos, especialmente tras las tensiones generadas por el recorte del gasto en sanidad, uno de los factores que provocó el reciente cierre del Gobierno. Por ello, es posible que el ambicioso plan resulte excesivo y que finalmente se opte por cifras más moderadas como objetivo definitivo.

La reacción del sector ha sido negativa debido a las nuevas restricciones, aunque un nuevo incremento global en el gasto militar podría favorecer a empresas de otras regiones (Indra ha llegado a subir en Bolsa). Pese al buen comportamiento del sector el año pasado (+51%), los analistas siguen considerando que la tendencia alcista en el gasto en defensa se mantendrá en los próximos trimestres, con EEUU también decidido a reforzar sus capacidades militares.

Ebury:“La reacción de los mercados de divisas seguirá siendo moderada”

El año nuevo ha arrancado con gran revuelo tras la impactante captura del presidente venezolano, Nicolás Maduro, por parte de las fuerzas estadounidenses. Sin embargo, la reacción inicial de los mercados de divisas ha sido moderada. Las principales divisas están cotizando prácticamente sin cambios con respecto al cierre del viernes, salvo por un modesto repunte del dólar y el franco suizo, que suelen actuar como activos refugios en períodos en los que aumenta la aversión al riesgo. Los precios del petróleo han caído ligeramente ante la expectativa de que el suministro venezolano aumente la oferta global. Si bien la volatilidad de las divisas latinoamericanas podría aumentar estos días, el aislamiento de Venezuela bajo el régimen chavista ha limitado, de forma general, las repercusiones de estos acontecimientos. Por ahora, las divisas y los mercados financieros siguen teniendo como foco principal la política monetaria, la inflación y los datos de crecimiento. "Aunque aún hay mucha incertidumbre sobre lo que le deparará a Venezuela, creemos que la reacción de los mercados seguirá siendo moderada estos días", señalan en Ebury.

  • USD Los datos económicos durante las vacaciones no cambiaron significativamente el panorama de un mercado laboral con bajos niveles de contratación y despidos, y un crecimiento económico estable. Esta semana se publicarán datos de empleo y culminará con el informe de nóminas no agrícolas de diciembre, el viernes. Las predicciones de los economistas sobre esta cifra crítica están inusualmente dispersas, pero la mediana se sitúa en torno a los 60.000 puestos de trabajo netos creados. Se trata de un nivel bastante mediocre pero, de confirmarse, debería ser suficiente para que la Fed se abstenga de recortar los tipos en su reunión de este mes. La incertidumbre en torno a la composición del Comité Federal de Mercado Abierto será clave para los mercados. Trump ya ha declarado que tiene la intención de anunciar un nuevo presidente a finales de este mes, y la pugna parece estar muy reñida entre los dos Kevins: Hassett y Warsh. En cualquier caso, quienquiera que sea el designado, sin duda compartirá el entusiasmo de Trump por bajar los tipos de interés. 
  • EUR El calendario económico e institucional durante las vacaciones fue aún más tranquilo en la zona euro, y la moneda también se movió muy poco. Los mayores cambios se observaron durante la jornada bursátil asiática del lunes, cuando los inversores reaccionaron a las noticias del fin de semana pujando al alza por el dólar, considerado un valor refugio, frente a la mayoría de las divisas. Aunque cabría esperar que el EUR/USD siga bajando si la inquietud geopolítica se intensifica en los próximos días, parece que la volatilidad está bastante controlada por ahora. La inflación general y subyacente se han moderado en diciembre, como hemos podido observar este martes. Por otro lado, las expectativas de crecimiento para 2026 se han revisado al alza en general. El ciclo de recortes de tipos ha terminado, y el BCE podría empezar a plantearse subirlos antes de que termine 2026, lo que debería provocar una apreciación gradual de la moneda única. 
  • GBP La libra esterlina apenas se movió frente a sus homólogas durante las vacaciones de Navidad, ya que se publicaron pocos datos destacables y no se produjeron decisiones ni discursos importantes en materia de política monetaria. Los mercados están descontando poco más de un recorte adicional por parte del Banco de Inglaterra en 2026. Esto implica que la libra podría verse sustancialmente respaldada gracias al amplio diferencial de tipos con respecto al Banco Central Europeo, al menos hasta que este último empiece a plantearse subidas. Cabe reconocer que esto puede suceder antes de que lo haga el Comité de Política Monetaria británico. Sin embargo, seguimos mostrándonos cautelosos con respecto a la libra este año, dado el conjunto de riesgos bajistas que acechan a la economía británica, y prevemos que continúe el crecimiento que hemos observado en 2025. Esto debería ser suficiente para que la libra esterlina le siga el ritmo al euro, a medida que las divisas europeas se fortalecen frente al dólar estadounidense.

Transporte y logística: gran impacto de los aranceles

Por otra parte, el impacto de los aranceles en la actividad comercial está siendo especialmente significativo en el sector del transporte y la logística. Crédito y Caución ha revisado a la baja la previsión de crecimiento de la producción con respecto a las estimaciones realizadas hace un año, que lo situaban en el 3,7%. Sin embargo,  se prevé ahora que el sector finalice 2026 con un repunte del 2,4%. 

Las nuevas tarifas arancelarias están provocando una reacción en cadena en todas las etapas de la economía de bienes, repercutiendo en una menor producción y transporte de materias primas. Las importaciones estadounidenses procedentes de China han disminuido y la demanda mundial de contenedores en 2026 se enfrenta a un futuro incierto. Esto está generando una reducción de los costes de transporte. 

En este contexto, la zona euro es uno de los mercados que cuenta con peores perspectivas de crecimiento ya que se espera que en 2026 este sector experimente un ligero repunte del 0,9%. La desaceleración se debe principalmente a la lentitud que se está produciendo en la recuperación industrial. Aunque el sector demostró cierta resistencia en el primer semestre de 2025 por la anticipación de pedidos ante la amenaza de los aranceles, la llegada de las nuevas tarifas y la creciente competencia china han comenzado a lastrar la producción industrial, el comercio y la inversión. 

Reino Unido es el mercado que presenta mejores previsiones de crecimiento. Sin embargo, la actual escasez de personal obstaculiza la actividad y el crecimiento del sector. Además, en el transporte por carretera, el aumento de los salarios, los gastos de sustitución de vehículos y los precios del combustible están reduciendo los márgenes comerciales, lo que afecta a la salud financiera de las empresas. Además del déficit de mano de obra, el sector se enfrenta a otros retos como la volatilidad del precio del petróleo o los riegos geopolíticos, ya que el subsector marítimo depende en gran medida de la libertad de navegación. Las tensiones crecientes o los conflictos armados podrían provocar también perturbaciones.

Los nuevos estándares de sostenibilidad requieren una inversión significativa, tanto a medio como a largo plazo. Esto creará oportunidades, pero también supone un riesgo para las empresas que no puedan o no quieran.

01Jan

Cuando un sistema deja de ofrecer expectativas creíbles a la mayoría, pierde legitimidad política antes que eficiencia económica. La próxima gran decisión no será ideológica, sino práctica: o se reparte mejor la renta que generen el capital y la IA, o el propio sistema acabará empujando hacia soluciones cada vez menos democráticas.

Miguel Ángel Valero

El analista Pablo Gil hace en The Trader interesantes reflexiones sobre el capitalismo, que pueden servir para hacer pensar en este comienzo de 2026. Defiende que el capitalismo sigue siendo “el sistema económico menos malo de todos”, pero desde hace tiempo ha comenzado a generar desigualdad, fragilidad financiera y la sensación de que el juego está trucado. El motivo que subyace en esa metamorfosis es la mezcla de cinco fuerzas que poco a poco han distorsionado el modelo hasta volverlo inoperante.

La primera es la demografía. El capitalismo de posguerra funcionó gracias a muchos trabajadores, pocos jubilados y un crecimiento suficiente para sostener pensiones, sanidad y movilidad social. Hoy el mundo envejece, la población activa se estanca y las promesas hechas a los 'baby boomers' son casi imposibles de cumplir. Esto alimenta un conflicto generacional: jóvenes que financian un sistema del que difícilmente se beneficiarán y que llegan tarde a vivienda y patrimonio.

La segunda fuerza es la globalización. Generó prosperidad y sacó a millones de la pobreza, pero debilitó a la clase media industrial, creando un 'precariado' con empleos inestables, salarios estancados y una sensación crónica de fragilidad. El mercado no compensó estas pérdidas: lo hicieron más las cuentas de las grandes multinacionales que la vida del 20%-25% que siente que siempre le toca perder.

La tercera es la financiarización. Tras romperse el vínculo del dólar con el oro, el sistema pasó a depender de la confianza en los bancos centrales. Eso abrió décadas de dinero barato, ingeniería financiera y rescates constantes. Cada crisis se resolvía con liquidez adicional en lugar de dejar que el mercado limpiara excesos. El crédito barato se convirtió en norma, alimentando burbujas, apalancamiento y sucesivos 'momentos Minsky'.

El Momento Minsky se refiere al punto en que los inversores sobreendeudados se ven obligados a vender incluso sus inversiones más sólidas para poder pagar sus préstamos. Esto provocaría grandes pérdidas en los mercados, así como una gran demanda de liquidez, lo que obligaría a los bancos centrales a hacer importantes préstamos de dinero. Se trata de una teoría elaborada por Hyman Minsky, un economista y profesor de la Universidad de Berkeley, basada en su hipótesis de la inestabilidad financiera.

La cuarta fuerza es el riesgo moral. Si los grandes actores creen que el Estado no les dejará caer, asumen riesgos excesivos. La crisis de 2008 lo escenificó: se dejó caer a Lehman, pero hubo que rescatar al resto. El mensaje fue que siempre habrá red de seguridad. Desde entonces, las pérdidas extremas se socializan y los beneficios extremos se privatizan.

La quinta fuerza es la concentración de poder. Años de tipos bajos y regulación capturada han favorecido a gigantes que dominan sectores enteros, acumulan datos, beneficios y capacidad de influencia. Empresas zombis sobreviven gracias al crédito barato. La competencia real se reduce, las barreras de entrada aumentan y los beneficios corporativos están cerca de máximos históricos. Algunos actores privados ya rivalizan en poder con los propios Estados.

"Todo esto genera un riesgo claro: que el capitalismo deje de percibirse como un sistema imperfecto, pero justo, y pase a verse como un juego amañado. Y cuando esa percepción se extiende, la democracia se erosiona: populismo, rechazo a la inmigración y polarización son síntomas de esa fractura entre mercado, Estado y ciudadanía", advierte este experto.

La historia muestra momentos en los que el capitalismo se “reseteó”, como tras la Gran Depresión o la crisis de los 70. Hoy podría tocar un nuevo reseteo, coincidiendo con la revolución de la inteligencia artificial. Si la IA cumple sus promesas de productividad, muchos trabajos desaparecerán o cambiarán radicalmente, no solo fabriles, también administrativos, profesionales y de servicios. Y para hacer frente a esa potencial situación surge la propuesta más polémica: una Renta Básica Universal. ¿Puede sostenerse un sistema capitalista y democrático si el 50%-70% no tiene empleo estable? Para unos, la renta básica es una compensación necesaria. Para otros, un mecanismo que rompe el vínculo entre trabajo, utilidad y autoestima.

"El problema no es que el capitalismo esté muriendo, sino que lleva demasiado tiempo sin actualizarse. Cuando un sistema deja de ofrecer expectativas creíbles a la mayoría, pierde legitimidad política antes que eficiencia económica. La próxima gran decisión no será ideológica, sino práctica: o se reparte mejor la renta que generen el capital y la IA, o el propio sistema acabará empujando hacia soluciones cada vez menos democráticas. La buena noticia es que el capitalismo ya se ha adaptado antes. La mala es que los grandes cambios suelen llegar tras crisis profundas. 

Cuentas para niños en EEUU

Esta reflexión sobre el capitalismo y la necesidad de ponerse al día se refuerza con otro análisis sobre la decisión de Michael Dell, fundador y CEO de Dell Inc., uno de los principales vendedores de computadoras en el mundo. y su esposa Susan Dell han anunciado una donación récord de 6.250 millones$ para financiar las llamadas Trump Accounts, un nuevo instrumento de inversión para niños en EEUU

Los Dells aportarán 250$ a las cuentas de inversión de unos 25 millones de niños de hasta 10 años que no habrían sido elegibles para ayudas del gobierno (1.000$ para recién nacidos entre 2025 y 2028). La aportación del magnate informático debe invertirse en fondos indexados que replican el mercado bursátil, y las cuentas solo serán accesibles cuando los niños beneficiarios cumplan 18 años. Entonces podrán usar los fondos para educación, vivienda, emprendimiento… o lo que definan como “futuro”.

Entre la parte interesante y discutible del plan está que este gesto filantrópico se vende como un “salto generacional”: una inyección de capital en jóvenes sin recursos, una forma de democratizar el ahorro/inversión desde la infancia. Sin embargo, conviene mirar con lupa varios aspectos:

  • 250$ no es una suma elevada: aunque supone un empujón inicial, el éxito real dependerá de cuánto aporten las familias después (y muchas vivirán al límite, sin capacidad adicional de ahorro).
  • El programa (y la donación) no resuelven problemas estructurales de pobreza infantil, desigualdad o acceso real a oportunidades educativas y profesionales. En ese sentido, puede ser más un parche simbólico que una solución definitiva.
  • Que las aportaciones vengan de individuos con enorme patrimonio (como los Dell) refuerza la idea de que la creación de riqueza en gran parte depende de voluntarismo y no de políticas estructurales sostenibles.

Pero esta decisión pone sobre la mesa algo crucial, ya que evidencia algo que muchos olvidan: invertir temprano sigue siendo una de las grandes herramientas de futuro. La llamada “magia del interés compuesto” lo demuestra: pequeñas cantidades, si se invierten con constancia y tiempo, pueden crecer de forma exponencial. A largo plazo, un capital inicial modesto puede multiplicarse. Cuanto antes se empiece, más tiempo tiene el dinero para crecer. Esa acumulación, además de ofrecer seguridad financiera, puede permitir educación, salud, vivienda, emprendimiento o simplemente mayor libertad de decisiones vitales.

"Me pregunto por qué en países con alta desigualdad (o con un Estado del bienestar limitado) no hay iniciativas sistemáticas que fomenten el ahorro/inversión desde la infancia… ¿No sería más eficaz combinar intervenciones sociales estructurales con herramientas de inversión temprana y educación financiera desde jóvenes?", subraya Pablo Gil.

"Para quienes hablamos de independencia financiera, inversión a largo plazo y educación financiera, esta noticia es un recordatorio: el verdadero capital no está solo en el dinero, sino en el tiempo y en la constancia. Un capital que, bien gestionado, permite abrir puertas de oportunidad, movilidad social y libertad personal", concluye.