Miguel Ángel Valero
"Dios necesita una Iglesia que pueda hablar a todo el mundo". Es lo que asegura el filósofo social católico Michael Novak (ya fallecido) a Charles Murray, autor de la muy interesante Tomarse la religión en serio. Un viaje intelectual hacia la fe en tiempos de escepticismo (Deusto, 174 páginas, traducción de Aurora Pimentel). Muy interesante porque Murray, que confiesa que durante buen parte de su vida consideró la religión una cuestión ajena a su mundo, no se ha ido al otro extremo del péndulo. No intenta convertir a nadie, ni ofrece respuestas definitivas, sino que muestra las reflexiones, la evolución, y el recorrido intelectual y personal de un agnóstico que ha decidido examinar la idea de Dios (y por extensión el cristianismo) con el mismo rigor rigor con el que ha analizado la realidad y los grandes debates sociales desde los datos y desde la razón.
Murray muestra su "catecismo laico", que proclama que "el concepto de un Dios personal contradice todo lo que la ciencia nos ha enseñado a lo largo de los últimos cinco años", que "nuestros pensamientos y emociones son producto del cerebro. Cuando el cerebro se detiene, la conciencia también se detiene", y que "las grandes tradiciones religiosas son invenciones humanas, fruto natural del miedo a la muerte". "Las enseñanzas morales atribuidas a Jesús son admirables, pero muchas de ellas se asemejan a otras doctrinas de gran calado extraídas de tradiciones occidentales yu orientales", añade.
Pero entonces escucha la pregunta clave en una sesión del Club de Ajedrez de los Parias, formulada por el columnista y comentarista Charles Krauthammer: "¿Por qué hay algo en lugar de nada?". En realidad, esta cuestión fue planteada por el pensador Martin Heidegger en una conferencia en la Universidad de Friburgo, Alemania, el 24 de julio de 1929.
El siguiente paso en el proceso es descubrir que "utilizar la palabra Dios implica llamar a las cosas por su nombre. algo que no ocurre con Misterio", un "término ambiguo" que "significa realmente que el universo fue creado por una fuerza creativa incognoscible que a su vez no tiene un origen explicable", haciendo referencia al motor inmóvil de Aristóteles.
Posteriormente, el Big Bang (concepto formulado en 1927 por el físico y astrónomo belga Georges Lemaître, que era sacerdote católico) le lleva a confesar que le llamó la atención "lo extraordinario que resultaba que la ciencia del siglo XX hubiera elaborado un relato de la creación tan cercano a la poética descripción del Génesis".
También descubre una idea de Stephen Meyer: "dado que la materia y la energía no pueden existir hasta que el espacio y probablemente el tiempo comiencen a existir, una explicación materialista que implique partículas materiales o campos de energía -antes de que existieran el espacio y el tiempo- carece de sentido". En otras palabras, que la creación del universo es un Misterio con mayúscula.
El paso siguiente es casi obligado: "Casi todos los átomos de su cuerpo se forjaron en su día en el horno nuclear de una antigua supernova; usted está hecho, literalmente, de polvo de estrellas", afirma Francis Collins en ¿Cómo habla Dios?
Para Murray, "la conclusión inevitable es que fue Dios quien creó un universo que permitiera la existencia de la vida". Y "dar ese paso me abrió todo un abanico de posibilidades".
Murray recurre a las experiencias cercanas a la muerte (las ECM y la denominada "lucidez terminal") para "reconocer la posibilidad de que tengo un alma". Reconoce la influencia de Mero cristianismo, de C. S. Lewis, el autor de El señor de los anillos y de El hobbit, y el argumento de la Ley Moralk. También apela a la historicidad de los Evangelios, que nombran 26 localidades (algunas, aldeas tan poco conocidas que ni aparecían en los mapas de la época) y 7 accidentes geográficos en Judea y Galilea, y se utilizan nombres judíos palestinos que solo podían conocer aquellos que eran de la zona.
La necesidad de un revulsivo
Pero su gran argumento es cómo un pequeño grupo de judíos palestinos seguidores de Jesús de Nazaret (crucificado en Jerusalén en el año 30 ó 33) pasó en pocos años a impulsar una religión que se extendió por Oriente Medio y llegó tanto a Grecia como a Roma. Para ello, esos discípulos, desmoralizados y asustados tras la ejecución de su líder, tuvieron que vivir algo tan demoledor como para convertirse "en los más eficaces evangelizadores del mundo, creando a una velocidad asombrosa una pujante religión". Ese "fuerte revulsivo" tuvo que ser el encuentro con un Jesús vivo, triunfante sobre la muerte, la Resurrección.
Un hecho del que no existe precedente en las religiones anteriores, que no pudo inspirarse en la tradición judía ni mucho menos en la pagana. "Los apóstoles de Jesús fueron los únicos en afirmar que una persona concreta, en un momento histórico concreto y ante testigos, había vuelto a la vida corporalmente y que su resurrección marcaba el comienzo de la nueva creación de Dios", explica Murray.
Éste remite a la Sábana Santa, el Sudario de Turín. Son páginas interesantes (146 a 154), pero lo son más las reflexiones finales: "mi postura es aceptar la respuesta religiosa. Adoptarla no implica creer en un Dios personal. Quizá la existencia de la vida sea un subproducto de la intención de Dios y no tengamos ni idea de cuál pueda ser esa intención. Pero aceptar que vivimos en un universo intencional equivale a reconocer la existencia de un Dios al que sea aplicable ese concepto. Eso supone un gran alejamiento tanto del ateísmo como del agnosticismo".
"Mi desordenada peregrinación me ha llevado a creer que vivo en un universo al que el amor y la gracia dotan de sentido. Y eso ya es mucho", concluye.