La iniciativa del grupo alemán contribuirá a impulsar la notoriedad de la marca Ergo en España, reforzar su posicionamiento internacional y acompañar el proceso de rebranding de la aseguradora de Salud en una etapa clave para su crecimiento en el país.
Más informaciónLa naviera china Sea Legend lanzó el primer servicio regular de contenedores programado a lo largo de la Ruta Marítima del Norte de Rusia, navegando desde Ningbo hasta Felixstowe y Rotterdam en unos veinte días, aproximadamente la mitad del tiempo de la ruta habitual a través del Canal de Suez.
Miguel Ángel Valero
China prepara nuevas medidas de apoyo fiscal para la segunda mitad del año. El viceministro de Finanzas, Liao Min, anunció una ampliación de las subvenciones a los préstamos dirigidos a empresas privadas y consumidores. El programa cubrirá un punto del tipo de interés de los créditos elegibles durante un periodo máximo de dos años.
Esta iniciativa forma parte de la estrategia de Pekín para reforzar la demanda interna y sostener el crecimiento económico. La medida llega después de que el PIB creciera un 4,3% interanual en el segundo trimestre, por debajo del objetivo anual del Gobierno, situado entre el +4,5%-5%, aunque el incremento acumulado en lo que va de año se mantiene en el +4,7%.
Por otro lado, el viceministro reiteró la intención de las autoridades de combatir la denominada “deuda oculta” de los gobiernos locales, el endeudamiento asumido fuera de los balances oficiales a través de vehículos de financiación y empresas públicas locales. Además, Pekín quiere reforzar el control sobre los incentivos concedidos por las administraciones locales. En este sentido, ya se ha elaborado una lista de subvenciones y exenciones fiscales que dejarán de estar permitidas, con el objetivo de fortalecer la disciplina fiscal.
China tiene otro problema: los préstamos de sus bancos sufren su mayor caída mensual en al menos 6 años. Cuando el motor del crédito se gripa en la segunda economía del mundo, tiembla la demanda global de todo lo que China compra. Y eso afecta, por ejemplo, a las empresas mineras y a las dedicadas al lujo de todo el mundo, entre otras.

Natixis: China ya tiene su Ruta de la Seda Ártica
Un análisis de Alicia García Herrero, de Natixis CIB, subraya que la Ruta de la Seda Ártica de China es ahora una realidad, y EEUU no puede hacer mucho al respecto. China comenzó a operar una nueva ruta comercial hacia Europa a través del Ártico. La naviera china Sea Legend lanzó el primer servicio regular de contenedores programado a lo largo de la Ruta Marítima del Norte de Rusia, navegando desde Ningbo hasta Felixstowe y Rotterdam en unos veinte días, aproximadamente la mitad del tiempo de la ruta habitual a través del Canal de Suez.
Lo novedoso no es que un buque chino haya llegado al Ártico (Cosco realizaba travesías ocasionales hace años), sino que el servicio ahora opera con un horario semanal fijo, lo que convierte un experimento en una ruta comercial. Los volúmenes siguen siendo pequeños: siete buques portacontenedores de tamaño modesto en una ruta abierta solo unos cuatro meses al año, insignificante comparado con el Canal de Suez, que todavía transporta cerca de una octava parte del comercio mundial. Pero el tonelaje no es lo importante. Un corredor que se puede programar, presupuestar y repetir se puede integrar en las cadenas de suministro, y su atractivo crece a medida que las alternativas se deterioran: el transporte marítimo a través del Mar Rojo y el Estrecho de Ormuz se ha vuelto más arriesgado y más caro.
La ruta ártica debe entenderse no como un avance comercial, sino como una estrategia de contención: modesta hoy, pero un indicador de las aspiraciones de China en el futuro. Es importante precisar qué constituye este corredor, ya que la «libertad de navegación» no se aplica a él. La Ruta Marítima del Norte no es una vía marítima internacional abierta. Rusia la controla de principio a fin, emitiendo los permisos y recaudando las tasas a través de su empresa nuclear estatal, Rosatom.
Washington ha argumentado durante décadas que la extensa reivindicación rusa sobre estas aguas es incompatible con el Derecho del Mar y que deberían ser tratadas como estrechos internacionales. China, al pagar a Rosatom y navegar bajo las condiciones rusas, hace lo contrario: acepta y, por lo tanto, legitima el control ruso. No se trata de navegación por derecho, sino con permiso ruso, que es la clave del asunto. China no es un Estado ártico; en el Consejo Ártico solo ostenta la condición de observador, sin costa ni reivindicación territorial. Su acceso depende enteramente de Rusia y se ha obtenido deliberadamente.
Al mantener a flote la economía rusa bajo las sanciones occidentales —comprando su crudo, suministrando sus importaciones y ayudando a sostener su guerra en Ucrania— Pekín ha convertido a Moscú en un socio dependiente y ha obtenido el acceso al Ártico como parte del precio. Aislada de los mercados europeos y dependiendo de China como su comprador de último recurso, Rusia ha abierto su vía marítima más estratégica a cambio de derechos de tránsito, construcción naval conjunta, formación de tripulaciones y alineación política. En la relación más amplia, China es el socio principal; en el Ártico, Rusia aún controla la geografía, pero la está vendiendo bajo presión. El acceso de China no fue concedido; fue orquestado.
EEUU lo ha previsto desde hace tiempo y ha examinado dos maneras de asegurar su propia ruta ártica. Una es el Paso del Noroeste a través del Ártico canadiense, obstaculizado por aguas poco profundas e impredecibles y por una disputa no resuelta en la que Washington trata el paso como un estrecho internacional y Ottawa lo trata como aguas internas. La otra opción, más ambiciosa, es la Ruta Marítima Transpolar, que atraviesa el Ártico central a través de alta mar más allá de la jurisdicción de cualquier país, lo que no requeriría permiso de nadie. El obstáculo, sin embargo, no es el permiso sino la capacidad. Ambas rutas requieren rompehielos pesados, y aquí EEUU está muy rezagado. Rusia opera alrededor de 45, varios de ellos de propulsión nuclear; China ha construido los suyos y está agregando un buque nuclear; EEUU, hasta el verano pasado, tenía un rompehielos pesado operativo y uno mediano. Su respuesta es reveladora: ha firmado un contrato de 6.100 millones$ para que Finlandia construya rompehielos, y varios de los once patrulleros de seguridad ártica planeados se construirán en el extranjero, porque los astilleros estadounidenses no pueden entregarlos a tiempo.
Éste es el punto más importante, y el Ártico simplemente lo ilustra. El avance de China no es principalmente militar o diplomático. Es una empresa industrial. Su liderazgo en la construcción naval —y en drones, baterías y muchos otros productos que se pueden fabricar a gran escala— es el verdadero terreno de la competencia, y en el que EEUU ha estado perdiendo terreno. La escasez de rompehielos es un síntoma; el problema subyacente es una base industrial que ya no puede construir lo que la estrategia requiere. Washington no puede fabricar ni la dependencia de Rusia respecto a China ni, por el momento, sus propios rompehielos.
The Trader: China usa robots para adelantarse a la falta de trabajadores
China tiene un problema gigantesco que probablemente marcará buena parte de su futuro económico: se está quedando sin trabajadores. Durante décadas, una de las grandes ventajas competitivas del país fue disponer de una enorme población en edad de trabajar. Esa abundancia de mano de obra permitió convertir a China en la fábrica del mundo y fue uno de los motores de su espectacular crecimiento económico.
Pero ese modelo tiene fecha de caducidad. La población china en edad de trabajar llegó a rozar los 1.000 millones de personas y, según las proyecciones de Naciones Unidas, antes de terminar este siglo podría reducirse hasta apenas 300 millones. De confirmarse esas estimaciones, supondrá la desaparición potencial de unos 700 millones de trabajadores.
Y Pekín parece haber decidido que una parte de la solución tendrá piernas, brazos y aspecto humano. China está construyendo una enorme infraestructura destinada a entrenar robots humanoides para trabajar en fábricas, almacenes, hospitales, comercios e incluso hogares. En Shijingshan, un antiguo distrito industrial de Pekín, funciona ya la que se presenta como la mayor escuela de entrenamiento de robots humanoides del mundo. Allí, cientos de máquinas repiten una y otra vez los movimientos realizados por instructores humanos equipados con sensores y gafas de realidad virtual. Aprenden a coger objetos, doblar ropa, clasificar paquetes, transportar cajas o manipular piezas industriales. Se equivocan, repiten y cada error genera nuevos datos.
Esos millones de datos alimentan posteriormente los modelos de inteligencia artificial (IA) que controlan las máquinas. Es lo que se conoce como “inteligencia encarnada”: unir el cerebro proporcionado por la IA con un cuerpo capaz de actuar físicamente sobre el mundo real. Hasta ahora hemos vivido fundamentalmente la revolución de una IA encerrada dentro de nuestros ordenadores, capaz de escribir, programar, analizar imágenes o mantener conversaciones. Pero cuando esa inteligencia adquiere brazos, piernas, cámaras y sensores, puede empezar a realizar también trabajo físico.
Y esto ya está saliendo de los laboratorios. Algunos de esos robots trabajan en las complejos del fabricante automovilístico FAW Hongqi transportando cajas, clasificando piezas y realizando tareas repetitivas. Según Leju Robotics, alcanzan aproximadamente el 70% de la productividad de un trabajador experimentado. Todavía no pueden sustituir muchos trabajos especializados, pero lo verdaderamente relevante es la velocidad a la que están aprendiendo.
China está creando centros similares en Pekín, Shanghái y Shenzhen y pretende desarrollar incluso una infraestructura común que permita que robots fabricados por distintas compañías compartan datos y aprendan unos de otros. Y aquí aparece un patrón que ya hemos visto anteriormente: la combinación de planificación industrial, financiación pública, subsidios, economías de escala y un enorme mercado doméstico que permitió a China convertirse en una potencia mundial en paneles solares, baterías y vehículos eléctricos. Ahora Pekín intenta repetir la fórmula con los robots humanoides.
Y parte con ventaja. Los fabricantes chinos representaron alrededor del 85% del mercado mundial de robots humanoides en 2025. Morgan Stanley estima que las ventas en China podrían superar las 28.000 unidades este año y que los envíos anuales de robots avanzados chinos podrían superar el millón de unidades en 2030. Además, Pekín ha anunciado un fondo de un billón de yuanes —unos 120.000 millones€— para impulsar durante las próximas dos décadas sectores estratégicos como IA, computación cuántica, biotecnología y robótica.
Pero detrás de toda esta inversión existe una razón mucho más profunda que ganar otra carrera tecnológica. China necesita los robots. La política del hijo único, la caída de la natalidad y el rápido envejecimiento están provocando una transformación demográfica difícil de revertir. Cada vez habrá menos trabajadores sosteniendo una población más envejecida, lo que implica mayor presión sobre el sistema de pensiones y sanitario y, potencialmente, un menor crecimiento económico. La robotización puede convertirse en una de las pocas herramientas capaces de compensar parcialmente ese deterioro.
Aquí aparece una paradoja especialmente interesante. En Occidente solemos analizar la IA y la robótica preguntándonos cuántos empleos destruirán, mientras China empieza a plantearse exactamente la pregunta contraria: ¿qué ocurrirá si dentro de unas décadas no tenemos suficientes trabajadores? El fundador de JD.com, Richard Qiangdong Liu (Liu Qiangdong), ya ha pronosticado que, tarde o temprano, los robots podrían sustituir a sus más de 700.000 repartidores.
Por supuesto, la transición no será sencilla. China también tiene hoy millones de personas que necesitan empleo y una automatización demasiado rápida podría generar importantes tensiones sociales. Pero el problema estructural apunta en la dirección contraria: a largo plazo, China no necesita únicamente robots porque puedan ser más baratos o productivos, sino porque cada vez tendrá menos seres humanos disponibles para trabajar.
Durante décadas, el enorme dividendo demográfico chino ayudó a convertir al país en la fábrica del mundo. Ahora ese dividendo está desapareciendo y Pekín está intentando sustituirlo por algo completamente diferente: un dividendo tecnológico. Si además consigue dominar la fabricación mundial de robots, como anteriormente hizo con los paneles solares, las baterías o los vehículos eléctricos, habrá convertido la solución a uno de sus mayores problemas estructurales en otra gran industria de exportación.
Estamos cometiendo un error al analizar la revolución de la IA y la robótica exclusivamente desde el miedo a la destrucción de empleo. Ese riesgo existe. Habrá profesiones que desaparecerán, otras que cambiarán radicalmente y millones de trabajadores tendrán que adaptarse a una realidad completamente distinta. Pero existe otra cara del problema de la que hablamos mucho menos.
China, Japón, Corea del Sur y buena parte de Europa están entrando en sociedades cada vez más envejecidas, con menor natalidad y una población activa que tenderá a reducirse. Mantener nuestro nivel de vida con menos trabajadores exigirá necesariamente producir mucho más con cada persona empleada. Ahí es donde la IA y la robótica pueden dejar de ser únicamente una amenaza para convertirse en una necesidad.
China parece haberlo entendido antes que muchos otros países. Si consigue desarrollar robots suficientemente útiles, fiables y baratos como para incorporarlos masivamente a la economía real, habrá logrado algo extraordinario: convertir su deterioro demográfico en un dividendo tecnológico y, al mismo tiempo, construir alrededor de él otra industria estratégica de alcance mundial.
"Tal vez dentro de unos años dejemos de preguntarnos cuántos puestos de trabajo van a destruir los robots y empecemos a hacernos una pregunta muy distinta: ¿cómo mantendríamos nuestro nivel de vida sin ellos?", vaticina el analista Pablo Gil en The Trader.
China quiere poner las reglas en la IA
Cuando pensamos en la carrera por la IA solemos imaginar una competición entre empresas como OpenAI, Google, Nvidia o Alibaba. Hablamos de quién desarrolla el modelo más potente, quién construye más centros de datos o quién fabrica los chips más avanzados. Sin embargo, un discurso de Xi Jinping en Shanghái apunta en una dirección mucho más profunda. China ya no parece conformarse con ser una de las grandes potencias en IA. Su objetivo es mucho más ambicioso: quiere convertirse en el país que lidere las reglas bajo las que funcionará esta tecnología durante las próximas décadas. Y esa diferencia es enorme.
Hasta ahora, EEUU ha centrado buena parte de su estrategia en mantener su ventaja tecnológica. Las restricciones a la exportación de semiconductores avanzados y los controles sobre determinadas tecnologías responden a una lógica muy clara: impedir que un rival estratégico alcance el mismo nivel de desarrollo. Xi Jinping, en cambio, proyectó una imagen completamente distinta. Defendió la cooperación internacional, el código abierto, el intercambio de conocimiento y la necesidad de que la inteligencia artificial beneficie a todos los países, especialmente a las economías emergentes. También insistió en que no debe utilizarse la seguridad nacional como excusa para restringir el acceso a esta tecnología.
Sobre el papel, el mensaje resulta difícil de rechazar. ¿Quién podría estar en contra de que la IA sea más accesible, más colaborativa y beneficie al conjunto de la humanidad? Sin embargo, detrás de ese discurso existe una estrategia geopolítica mucho más amplia. China entiende que la IA no será únicamente una revolución tecnológica. Será también una revolución institucional. Y quien consiga definir los estándares, las normas y los organismos internacionales que regulen su desarrollo tendrá una influencia enorme sobre la economía mundial.
En ese contexto debe entenderse la creación en Shanghái de la Organización Mundial para la Cooperación en Inteligencia Artificial (Waico). No se trata simplemente de una nueva institución, sino del intento de construir un espacio internacional desde el que China lidere la cooperación tecnológica con decenas de países, especialmente del denominado Sur Global. La iniciativa viene acompañada de compromisos concretos. Pekín ofrecerá miles de programas de formación en IA para países en desarrollo, impulsará centros internacionales de cooperación y compartirá aplicaciones prácticas de IA en ámbitos como la meteorología.
La estrategia recuerda a lo que China lleva años haciendo con la Nueva Ruta de la Seda. Primero fueron las infraestructuras. Después la financiación. Más tarde el comercio. Ahora le toca el turno a la IA. Ya no se trata solo de vender tecnología, sino de crear dependencia tecnológica y convertirse en el socio preferente de buena parte del mundo emergente.
Mientras tanto, EEUU sigue apostando por una estrategia más defensiva para proteger su ventaja competitiva. Y eso plantea una cuestión muy interesante. Porque quizá la carrera de la IAal ya no consista únicamente en quién desarrolla el mejor modelo, sino en quién consigue que el resto del mundo adopte su forma de entenderla. Porque están surgiendo dos modelos distintos. Uno prioriza el control de las tecnologías estratégicas por motivos de seguridad nacional. El otro busca construir una red internacional de cooperación bajo el liderazgo chino utilizando la apertura tecnológica como herramienta de influencia. Ambos persiguen el mismo objetivo: aumentar su poder. Simplemente utilizan caminos diferentes para conseguirlo.
"Muchos inversores siguen analizando la IA únicamente desde el punto de vista empresarial: quién venderá más chips o quién desarrollará el mejor modelo. Pero la historia demuestra que las grandes transformaciones tecnológicas no dependen solo de la innovación. También dependen de quién establece los estándares, las instituciones y las reglas que terminan utilizando los demás. Y esa es precisamente la batalla que Xi Jinping acaba de dejar entrever. Puede que la mayor ventaja competitiva del futuro no sea tener la mejor IA, sino conseguir que el resto del mundo juegue con tus reglas", advierte Pablo Gil.


























































