Alrededor del 50% de las personas con depresión en España no están diagnosticadas ni reciben tratamiento. Entre el 10% y 30% de quienes sí han recibido un dictamen médico, no responden a tratamientos habituales, mientras que otro 15% nunca inicia ese tratamiento, según la jornada Uso y abuso de antidepresivos, organizada por la Fundación Ramón Areces.
Los expertos que han intervenido en el encuentro han destacado que la mayoría de las prescripciones se realizan en atención primaria, lo que facilita el acceso a esos fármacos, pero generando dudas sobre su posible abuso y adecuación. Ese aumento de prescripción ha llevado a la medicalización de problemas psicosociales y a un posible abuso en ausencia de un diagnóstico claro. En ese contexto, han recordado que a diario se registra una media de 11 suicidios en España.
Maria Vallet, del Consejo Científico de la Fundación Ramón Areces, ha definido la depresión como una enfermedad mental multifactorial -genética, biológica, ambiental, social y psicológica-, “caracterizada por tristeza persistente, pérdida de interés y dificultad para realizar actividades cotidianas, con gravedad variable y duración que puede extenderse desde semanas hasta años”. La encuesta de salud publicada en 2025 revela que el 14,6% de la población de 15 años o más presentaba un cuadro depresivo, con un 8% en forma severa y un riesgo de sufrirla de dos a tres veces mayor en mujeres que en hombres. Respecto a 2020, la depresión grave ha aumentado un 5,5% y los cuadros depresivos en general un 3,7%, lo que ha llevado a la profesora Vallet a concluir que “la depresión representa un problema de salud muy preocupante en España”.
También ha destacado María Vallet que los nuevos antidepresivos son “más seguros y más eficaces” que los antiguos y ha citado un informe de Cofares de octubre de 2025 que reporta “un 24%” de aumento en la demanda de antidepresivos en las farmacias españolas durante el pasado año.
A partir de estos datos, los expertos se han planteado si ese mayor consumo se debe a un incremento real de la depresión o, en parte, a un mejor diagnóstico; y si el uso de antidepresivos se está extendiendo a indicaciones no depresivas como ansiedad, insomnio, trastorno obsesivo compulsivo, trastornos alimentarios, dolor crónico, crisis de pánico, fobias, estrés postraumático y apoyo en tratamientos de adicciones.
Juan Tamargo, Catedrático Emérito de Farmacología de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, insiste en la necesidad de “verificar una prescripción racional -indicaciones correctas, selección del fármaco, dosis, ajustes y duración del tratamiento- y de vigilar riesgos asociados al uso crónico, incluyendo reacciones adversas, síndrome de discontinuación, episodios de manía y pensamientos suicidas”. Ha recordado que “entre el 10% y el 30% de los pacientes con depresión no responde a los tratamientos habituales”. Este experto ha destacado la importancia de la adherencia terapéutica, señalando que existe un porcentaje significativo de pacientes que interrumpe la medicación al cabo de un mes y que “incluso hay un 15% de pacientes que nunca la toman”, sintetizando con contundencia que “los fármacos no funcionan si el paciente no los toma”.
Por su parte, José Luis Ayuso Mateos, Catedrático de Psiquiatría en la Universidad Autónoma de Madrid y Jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario de la Princesa, ha revisado las controversias actuales sobre los antidepresivos y ha aportado perspectiva histórica desde las recomendaciones hipocráticas hasta la “década prodigiosa” de la psicofarmacología en los años 50, recordando hallazgos como la hiproniazida y la imipramina. También ha subrayado que la irrupción de la fluoxetina en 1987 y la consolidación de los Inhibidores Selectivos de la Recaptación de Serotonina (ISRS) cambiaron el panorama asistencial y social, al facilitar las prescripciones en atención primaria y transformar la percepción pública: “Son fármacos mucho más fáciles de manejar por parte del médico de atención primaria. Entonces es cuando hay realmente un aumento en esa prescripción y se empieza a poner de moda”.
Es tajante respecto posible adicción asociada a su consumo: “El síndrome de retirada de antidepresivos no significa adicción. En 40 años, no se ha visto a nadie enganchado a ellos”. Sobre el riesgo de suicidio relacionado con el consumo de estos fármacos, ha recordado la alarma que se produjo en los años 90 y los avisos realizados en 2004 en EEUU, indicando que esa caída en prescripciones en adolescentes “se asoció a un incremento de suicidios ya consumados”, consecuencia de una “lectura inadecuada de los datos”, y que “siempre lo peor es no tratar las enfermedades graves”. En pacientes adultos no se ha confirmado ese riesgo en estudios rigurosos, si bien ha subrayado la importancia del seguimiento clínico.
El Jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario de la Princesa ha hablado también del efecto placebo: “No es que los antidepresivos a lo largo del tiempo hayan dejado de ser eficaces, sino que el placebo da la impresión de que es más eficaz”. Ha añadido al respecto que los ensayos más recientes incluyen más casos leves. Y ha recalcado que “los fármacos siguen siendo eficaces, pero en las indicaciones y con el nivel de severidad necesario”. “Las estrategias más recomendadas son estrategias combinadas de antidepresivos y psicoterapias”, ha aclarado. Y ha intentado explicar la paradoja de que a mayor prescripción de antidepresivos no se produzca un descenso en prevalencia ni en el número de suicidios: “Probablemente, la mitad de las personas con depresión que hay en nuestro país no están recibiendo tratamiento” y “el hecho de que se prescriban más fármacos no quiere decir que estén recibiendo fármacos todos los que los necesitan”.
Análisis sin estigmas
Eduard Vieta, Jefe del Servicio de Psiquiatría y Psicología en el Hospital Clínic de Barcelona, ha reflexionado sobre los prejuicios hacia la salud mental y ha defendido un análisis sin estigmas. Ha abogado por distinguir entre malestar y trastorno mental y por avanzar hacia la psiquiatría de precisión, admitiendo que “todavía no tenemos biomarcadores plenamente validados, si bien la investigación en ómicas y neuroimagen avanza”. En cuanto al impacto, ha recordado que “en España hay aproximadamente 11 suicidios cada día” y que los costes indirectos “son infinitamente superiores a los costes del tratamiento”, por lo que debe considerarse “el precio de no tratarlo”, además de señalar que “más del 15%” de los pacientes presenta formas resistentes. Vieta ha confirmado el aumento sostenido de la incidencia de trastornos mentales y ha subrayado que España es el país de Europa que más consume benzodiacepinas, con un uso extendido en mayores para conciliar el sueño: “Somos el país que peor duerme de Europa. Tenemos unos horarios completamente desalineados”.
Respecto a los antidepresivos, ha recordado su ampliación de indicaciones para al tratamiento de la ansiedad, el estrés, la somatización, la bulimia, el dolor crónico y otros usos fuera de ficha técnica. Sobre ese posible abuso de los antidepresivos, ha afirmado que “se produce una cierta inadecuación y dos fenómenos simultáneos: infratratamiento de casos graves y medicalización de problemas leves”. En comparación internacional, ha destacado que España ofrece “acceso a cuidados de salud mental e incluso a especialista mejor que en muchos países europeos” y que “los medicamentos para trastornos mentales tienen un precio que está subvencionado en un 80% por la Seguridad Social”. “En ese contexto, personas con depresión, incluso con depresión grave, no siempre reciben un antidepresivo” y “casi la mitad de los suicidios consumados son personas que no estaban en tratamiento”, ha añadido.
Los expertos han concluido este debate en la Fundación Ramón Areces subrayando la necesidad de informar a la sociedad sobre el uso responsable de antidepresivos, de reforzar la coordinación entre atención primaria y especializada, de promover la psicoterapia y de mejorar la adherencia y la personalización del tratamiento. Con evidencias recientes, experiencia clínica y perspectiva histórica, los expertos han coincidido en que el desafío actual pasa por diagnosticar mejor, prescribir con criterio y acompañar a los pacientes para alcanzar remisiones sostenidas y reducir el impacto de la depresión en España. “Sin salud mental no hay felicidad”, ha resumido Vieta, instando a convertir la preocupación en acciones concretas y a “promover políticas de salud pública en salud mental”, ampliar la red de psicoterapia y aumentar las plantillas, en un contexto de alta demanda y ratios de especialistas por debajo de Europa.