12 May
12May

“La investigación sobre la conexión entre el cerebro y la microbiota intestinal está transformando nuestra manera de entender la salud humana”, asegura María Rodríguez Aburto, profesora de Anatomía y Neurociencia e investigadora principal en APC Microbiome Ireland (University College Cork), en  una conferencia sobre el vínculo cerebro-microbioma en la Fundación Ramón Areces, organizada con la Sociedad Española de Bioquímica y Biología Molecular. 

“Cada vez existen más evidencias de que los microorganismos que habitan en nuestro tracto gastrointestinal no solo participan en procesos digestivos o metabólicos, sino que también pueden influir en funciones inmunológicas, endocrinas y neurológicas. Esta visión integrada permite abordar la salud desde una perspectiva más amplia, en la que el organismo se entiende como un sistema interconectado”, explica la neurocientífica madrileña. 

Durante su conferencia, ha destacado como “un aspecto especialmente relevante” el hecho de que “la comunicación entre microbiota y cerebro no es estática, sino que cambia a lo largo de la vida”. Según ha detallado, “existen ventanas de oportunidad particularmente sensibles -como la gestación, los primeros años de vida, la adolescencia o el envejecimiento- en las que tanto el cerebro como la microbiota experimentan profundas transformaciones”. Así, en estas etapas, las señales procedentes de la microbiota pueden coincidir con procesos clave del desarrollo y la plasticidad cerebral “influyendo en la maduración del sistema nervioso, la regulación inmunológica y la respuesta al entorno”. 

Para Rodríguez Aburto, “comprender cómo evoluciona esta comunicación en cada etapa vital es esencial para avanzar hacia una medicina más personalizada, preventiva e integral”. La identificación de señales microbianas y biomarcadores capaces de reflejar el estado funcional del eje microbiota-cerebro “podría abrir nuevas vías para el diagnóstico, el seguimiento y el diseño de intervenciones adaptadas a cada persona y a su momento biológico”. “La intersección entre cerebro y microbioma representa, por tanto, una oportunidad clave para entender cómo se construye la salud cerebral desde las primeras etapas de la vida y cómo se mantiene a lo largo del tiempo”, ha asegurado. 

Precisamente esa comunicación bidireccional entre la microbiota y el organismo en desarrollo es cada vez más reconocida como un componente clave de la salud perinatal. Rodríguez Aburto ha mostrado numerosas evidencias sobre cómo la microbiota, especialmente la microbiota intestinal materna durante el embarazo, y la que coloniza al recién nacido durante el parto y los primeros meses de vida, puede influir en procesos fundamentales del desarrollo. Si bien ha admitido que gran parte del conocimiento proviene de modelos animales, datos emergentes en humanos sugieren que las primeras interacciones con los microorganismos pueden tener efectos duraderos sobre la salud infantil, el neurodesarrollo y el riesgo de futuras enfermedades. 

Esta neurocientífica también ha aprovechado para recordar que “los microorganismos llevan miles de millones de años habitando la Tierra, mucho antes de la aparición de los seres humanos”. “Esta perspectiva nos invita a entender la salud humana no como un proceso aislado, sino como el resultado de una convivencia evolutiva continua entre nuestros genes, nuestro entorno y las comunidades microbianas que nos acompañan, la microbiota”, ha concluido. 

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