Miguel Ángel Valero
Durante años, China fue presentada como el gran milagro económico del siglo XXI, una civilización milenaria que, tras décadas de aislamiento, se abría al mundo con una fuerza imparable. Para muchos era el futuro. Para otros, una oportunidad. Para Luis Castro Kerdel, fue ambas cosas. En 2012, este economista se instaló en Shanghái. Lo que comenzó como una aventura personal -aprender el idioma, emprender, integrarse en una cultura fascinante- se convirtió en casi una década de observación directa desde dentro de una sociedad radicalmente distinta a la occidental.
A través de experiencias cotidianas y relaciones personales, Castro desvela cómo funcionan los conceptos que vertebran la cultura china -el 'guanxi', la reputación, la contradicción asumida, el pragmatismo sin límites- y cómo éstos definen una visión del mundo que no compite con la occidental, sino que le es profundamente ajena.
Un sistema eficaz y opaco, jerárquico, donde la libertad individual y el Estado de derecho ocupan un lugar muy distinto al que les asignamos nosotros. La pandemia fue el momento en que las piezas terminaron de encajar. Lo que durante años podía leerse como diferencia cultural mostró otra cara: silencio impuesto desde el poder, control social sistemático, marginación de los disconformes. Luis Castro salió de China con miedo. China desconocida. Lo que Occidente no ha descubierto sobre el gigante asiático (Sekotia, 272 páginas) pretende que el lector entienda por qué.
Nada más empezar el libro, en la página 17, el autor habla de "la mentalidad de asedio Han: una cultura donde el fin justifica cualquier medio y donde la apariencia de éxito es infinitamente más sagrada que la honestidad del proceso. Un rasgo que, más tarde, vería replicado en muchas instancias de la sociedad china".
'Mianzi' es un concepto clave, que va más allá de la reputación. "Si en Occidente el prestigio es importante, en China es sagrado. Tu valor social se mide por un conjunto de factores: fortuna, amistades, logros, lugar de nacimiento y estudios. Cuál es la fórmula exacta para ponderar estos elementos siempre fue un enigma para mí", explica el autor, que descubre que la reputación es transmisible a través de la deferencia pública, el respeto o el halago. "Pero, así como se construye, también se pierde. El 'diulian' o perder cara es sumamente grave; no es solo pasar una vergüenza, es sufrir una suerte de muerte social que te invalida frente a los demás. Verse disminuido socialmente es el mayor temor de un chino. Este concepto funciona como el motor principal de sus vidas: se debe hacer todo por obtener cara y evitar, a toda costa, perderla".
Otro rasgo es el 'maodun', la contradicción: "Según los chinos, ellos son una cultura capaz de vivir y aceptar la contradicción en la vida, mejor que los occidentales u otras culturas".
"Basta conversar un rato con un chino para darse cuenta de lo pragmáticos que son. En general, al plantearle cualquier tipo de problema, van a venir con la solución más práctica. No se pierden en ideologías, religiones, creencias, cuestiones éticas; van
directo a una solución, sin excesos, ni pérdidas", añade.
Un ejemplo aparece en la página 40: cómo se simplifica el mandarín tradicional o se usa el pinyin (un método que codifica los caracteres chinos según sonidos, utilizando el alfabeto latino ) para combatir el analfabetismo y, de paso, unificar un país con más de 56 etnias, 10 idiomas y de 300 dialectos.
Otro, la importancia que se le da al inglés. La educación china está basada en tres pilares: en primer lugar, las matemáticas; en segundo, la cultura china (mandarín, historia, literatura, poesía); en tercera posición, el inglés. "Más fácil es que tu población aprenda inglés a que el resto del mundo aprenda mandarín", explica el autor.
Gaokao es el examen anual en China para entrar en la Universidad. Es mucho más que la selectividad (ahora, EBAU) en España. Porque el sistema educativo chino está enfocado a esa prueba, que cambia la vida, para bien o para mal, de la persona. Es una educación para la selección.
Por cierto, mientras que en 1998 China graduaba apenas a un millón de universitarios, en 2025 esa cifra supera los 12 millones anuales. En disciplinas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), donde se juega el futuro, China graduó en 2025 a 5,1 millones de personas, mientras que Estados Unidos a 850.000 (incluyendo los estudiantes extranjeros".
Esta densidad de cerebros ha permitido pasar de la copia a lo que se denomina "innovación de costos", mejorar productos existentes. Las empresas no solo compiten en precio, sino en la optimización inteligente de la producción. La inversión en Investigación y Desarrollo (I+D) de China se acerca a pasos agigantados a la de EEUU. En China hay que competir para ser digno de confianza.
China es el primer país en superar el millón de patentes internacionales anuales, concentrando casi la mitad de las solicitudes de todo el mundo. Aunque no siempre cantidad implique calidad, es cuestión de tiempo. Según el autor, el robo de propiedad intelectual por parte de China la cuesta a EEUU 600.000 millones$ al año
Si algo caracteriza a China es su afirmación de que es la civilización más antigua de la humanidad. Sus 5.000 años de existencia pesan mucho más que los 2.800 de Europa y los 250 de EEEUU. Eso tiene muchas implicaciones: "El devenir histórico de China es uno de conflicto permanente entre caos y armonía. Solamente en los momentos de armonía China pudo florecer. Por eso, el orden impuesto por el Partido Comunista Chino es tan férreo. A toda costa debe evitar el caos", resalta Luis Castro.
Pero queda claro que la historia de China es también la del mundo. China se suele presentar como el centro del mundo. Como explica Luis Castro en 'China desconocida', eso condiciona toda la actividad, desde la economía hasta la geopolítica, pasando por la educación y la cultura.