02 Feb
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El cáncer ha dejado de ser una circunstancia excepcional para convertirse en una realidad cada vez más presente en el entorno laboral. Con una población activa cada vez más envejecida y un índice de supervivencia cada vez mayor, miles de personas afrontan un diagnóstico oncológico sin tener que abandonar necesariamente su vida profesional. Sin embargo, esta nueva realidad, pone en evidencia una brecha entre las políticas de bienestar y la capacidad real para gestionar una enfermedad grave, prolongada y con impacto directo en el desempeño, la estabilidad emocional y la carrera profesional.

Cada año en España se diagnostican más de 284.000 nuevos casos de cáncer, y se estima que al alrededor del 38% corresponden a personas en edad laboral, entre los 18 y los 65 años. Esto supone que más de 107.000 personas reciben un diagnóstico oncológico mientras se encuentran activas profesionalmente, según datos del Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo (INSST) y la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC). 

Al mismo tiempo, este escenario convive con un avance decisivo, ya que el progreso médico de los últimos años ha permitido transformar de forma significativa el pronóstico de la enfermedad. Como resultado, la tasa de supervivencia a cinco años en población en edad laboral se sitúa hoy entre el 66% y el 86%, según el INSST, lo que hace posible que cada vez más personas puedan retomar su actividad profesional tras superar un proceso oncológico.

Sin embargo, la recuperación médica no siempre se traduce en recuperación laboral, ya que no siempre se produce en las mismas condiciones físicas, cognitivas o emocionales, ni encuentra estructuras laborales suficientemente preparadas para acompañar ese proceso. 

Por un lado, según la Asociación Española Contra el Cáncer, el riesgo de estar en desempleo aumenta un 34% entre los supervivientes de cáncer en comparación con la población general, y un 28,4% afirma haber perdido o dejado su trabajo tras la enfermedad. 

Por otro lado, el Observatorio del Cáncer señala, además, que cerca del 45% de los supervivientes percibe falta de apoyo o comprensión en su entorno profesional, y que la mitad de ellos ven limitadas sus oportunidades de desarrollo o progresión tras la enfermedad, una realidad que afecta de forma especialmente acusada a las mujeres. Por lo tanto, estos datos reflejan que, tras el diagnóstico, existen otros dos problemas: la gestión durante la enfermedad y el proceso de recuperación dentro de las propias organizaciones.

“Muchas veces, las políticas de bienestar contemplan la enfermedad de forma genérica, pero la experiencia de quienes atraviesan la enfermedad es mucho más compleja. Las personas necesitan acompañamiento durante meses, con fases muy distintas que afectan a su actividad y su estabilidad emocional. Por ello, es necesario adoptar una estrategia flexible, con una gran sensibilidad a la especificidad de cada caso, con escenarios de reincorporación progresiva, apoyo interno y seguimiento, que permita gestionar estas situaciones de manera humana y efectiva, pero, sobre todo, que evite que el proceso se convierta en un obstáculo para su trayectoria profesional,” explica Amira Bueno, directora de Recursos Humanos de Cigna Healthcare España.

Ante esta situación, los expertos de Cigna Healthcare destacan que reducir la brecha entre las políticas de bienestar y la experiencia real de las personas con cáncer en el entorno laboral no se consigue con medidas genéricas, sino con estrategias adaptadas a las distintas fases de la enfermedad y a sus efectos a medio y largo plazo:

  • Reincorporaciones que no asuman una vuelta a la normalidad inmediata. La vuelta a la actividad profesional suele plantearse como un regreso rápido al desempeño previo, sin considerar que los procesos oncológicos incluyen avances y retrocesos y que los efectos físicos y cognitivos pueden cambiar con el tiempo. De hecho, según datos del Observatorio del Cáncer, el 23,4% de los supervivientes ha tenido que interrumpir su actividad profesional tras la enfermedad. Por lo tanto, diseñar planes de reincorporación progresivos y revisar de forma continua las funciones, la carga de trabajo y las herramientas utilizadas permite una integración progresiva, reduce el riesgo de desvinculación y favorece la continuidad de la trayectoria profesional.
  • Apoyo psicológico integrado y mentoría interna como parte de la gestión habitual. Casi la mitad de las personas que sufren esta enfermedad percibe falta de apoyo o comprensión por parte de compañeros o responsables. Por lo tanto, contar con referentes internos formados, programas de mentoría y acceso continuado a psicología corporativa durante el tratamiento y la reincorporación contribuye a reducir la ansiedad, el aislamiento y el estrés. Además, facilita la adaptación al entorno profesional y refuerza la percepción de la organización como un espacio que escucha y acompaña de forma activa.
  • Actividad física pautada como parte de la recuperación laboral. El ejercicio adaptado mejora la fatiga, la función cognitiva y el estado emocional tras un proceso oncológico. Incorporar programas de movimiento progresivo, pausas activas personalizadas o acceso a ejercicio supervisado ayuda a recuperar capacidades funcionales, favorece la autonomía y facilita una vuelta al trabajo más estable y sostenido en el tiempo.
  • Comunicación clara y protección frente a la sobreexposición durante la reincorporación. Durante la vuelta al trabajo, muchas personas se enfrentan a preguntas constantes, expectativas implícitas o a la necesidad de explicar reiteradamente su situación. Establecer pautas claras de comunicación interna y acuerdos previos sobre qué compartir, con quién y cuándo, ayuda a proteger la intimidad, reduce la carga emocional y permite que la reincorporación se centre en el trabajo y la recuperación, y no en la justificación permanente de la enfermedad. 
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