“Las tasas de mortalidad en las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI), según el tipo de unidad y de paciente, en general no superan el 12-15%; el 85% o casi 90% de nuestros pacientes son dados de alta con vida y la gran mayoría se reintegra en la sociedad”, asegura José Garnacho, presidente de la Sociedad Española de Medicina Intensiva, Cuidados Críticos y Unidades Coronarias (Semicyuc), durante una jornada organizada conjuntamente con la Fundación Ramón Areces para analizar la situación actual, los logros y los retos de la Medicina Intensiva en España.
Se trata de una especialidad con aproximadamente seis décadas de evolución, que ha transformado el pronóstico de patologías críticas y que consolidó su influencia durante la pandemia. Este experto del Hospital Universitario Virgen del Rocío de Sevilla ha pedido que “sean más conocidas las unidades de cuidados intensivos, más allá de aquella crisis”. Sobre todo, ha rechazado la visión fatalista asociada a estas unidades: “Hay que cambiar esta visión de que ingresar en la UCI es el final, ni mucho menos es así”.
Emilio Bouza, presidente del Consejo Científico de la Fundación Ramón Areces, destaca que esta especialidad tiene una visión global del enfermo, una vigilancia continua y una capacidad de intervención rápida y compleja. Las Unidades de Cuidados Intensivos son hoy lugares donde confluyen múltiples disciplinas, entre otras, medicina interna, anestesia, cirugía, neumología, cardiología, enfermedades infecciosas, microbiología, enfermería especializada y fisioterapia. En ellas se ha dado respuesta adecuada a problemas como el gran traumatismo, el shock, el trasplante de órganos, las enfermedades coronarias y la infección más grave.
Tres especialistas en cuidados intensivos han destruido algunos mitos sobre las UCI, han hablado de los programas de humanización de estas unidades y han aclarado que la edad avanzada nunca es, en sí misma, un criterio para no beneficiarse de estos servicios sanitarios.
Mario Chico Fernández, del Hospital 12 de Octubre de Madrid, resalta el papel clave de la comunicación: “La transferencia de información en una UCI es fundamental. Es el acto por el cual se traspasa de un equipo a otro la responsabilidad de los enfermos”. “Los mitos son más peligrosos que las mentiras. La UCI ofrece una vigilancia durante 24 horas los 365 días del año, y la tecnología es una herramienta, pero el trabajo humano es básico”, advierte. Ha mencionado testimonios de pacientes y familias para mostrar el contraste entre expectativas y experiencia real, describiendo la UCI como un espacio “mucho más humano de lo esperado”, de seguridad y confianza, con protocolos para acompañar el alta y mitigar la ansiedad.
Beatriz Lobo Valbuena, intensivista y máster en bioética del Hospital Universitario del Henares, insiste en la humanización de las UCI, un proceso que debe abarcar tres ámbitos: el espacio físico, la atención al paciente y el acompañamiento a la familia. “Una UCI del siglo XXI tiene que combinar un cuidado puntero intentando mejorar la atención del paciente y también un cuidado de la persona en sí”, resalta, apoyándose en una cita de Edmund Pellegrino: “La medicina es la más humana de las ciencias, pero también la más científica de las humanidades”. Ha presentado diseños de estos espacios en los hospitales que incorporan luz natural, iluminación circadiana y acceso visual a patios o jardines. También ha recomendado, siempre que su situación así lo permita, sacar al paciente al exterior. Sobre los tratamientos, ha destacado el necesario ajuste equilibrado de analgesia y sedación, la movilización precoz, la participación de la familia y otras medidas de confort centradas en la autonomía y el bienestar. En ese contexto, la comunicación se ha planteado como un eje transversal: “Es clave una comunicación empática, sosegada, un “aquí estoy para escucharte” y una validación de emociones”. También ha apuntado a la apertura progresiva de horarios de visita de los familiares de los pacientes como reto y posibilidad de mejora.
Ángel Estella García, del Hospital Universitario de Jerez de la Frontera, ha analizado la situación de los pacientes mayores en la UCI y ha cuestionado algunos estereotipos: “Existe la creencia de que el paciente anciano tiene las puertas cerradas de la UCI. Ni mucho menos es así. La decisión no depende de la edad, sino de la reserva biológica y fisiológica previa”. Defiende una medicina personalizada que combine evidencia científica, tecnología y valores, y la bioética clínica centrada en introducir valores en la toma de decisiones, alertando contra el “imperativo tecnológico” y abogando por la proporcionalidad terapéutica. Recuerda lo sucedido en la pandemia: “En esa situación de excepcionalidad, hubo que tomar decisiones muy duras y muy complejas. Se adoptó una actitud paternalista quizá equivocada, pues se debía haber tenido más en cuenta la opinión de los pacientes. Se llegó a interpretar que las unidades de cuidados intensivos españolas no iban a ingresar a pacientes mayores de determinada edad, algo totalmente erróneo".
Este especialista ha destacado el impulso a la humanización que se brindó en aquella crisis sanitaria, el compromiso de estudiantes que hicieron turnos de 24 horas para ventilar manualmente a los pacientes… Frente al edadismo, ha apelado a criterios de proporcionalidad sustentados en justificaciones clínicas, epidemiológicas, organizativas o de seguridad: “Segregar a los pacientes por razón de edad resultaría discriminatorio”. Y ha reclamado una evaluación integral que incorpore fragilidad, comorbilidad, reversibilidad del proceso agudo y objetivos del tratamiento, así como la planificación anticipada de cuidados y el apoyo geriátrico, rehabilitador y psicológico.