Miguel Ángel Valero
La salida del Reino Unido de la Unión Europea ha ralentizado el comercio británico, ha reducido el tamaño de la economía y ha añadido nuevas capas burocráticas para las empresas exportadoras. Crédito y Caución ha analizado los efectos del Brexit cuando se cumple el décimo aniversario del referéndum, evaluando los volúmenes comerciales registrados desde antes de la votación hasta la actualidad. Así, se observa una clara pérdida de dinamismo del comercio. Si en 2016 la tasa de crecimiento era del 3 %, repartida de forma equitativa entre los mercados de dentro y de fuera de la Unión Europea, ahora cae al 0,9%.
Esta ralentización es más acusada en las relaciones comerciales con la Unión Europea, que actualmente registran un crecimiento de apenas el 0,5%. Por su parte, el comercio con países no pertenecientes a la Unión Europea crece ahora en el entorno del 1,2 %.
Además, el Reino Unido no ha podido sustituir Europa por mercados globales de más rápido crecimiento ni tampoco ha reducido de manera significativa su dependencia del mercado único. La cuota de la Unión Europea en el comercio total del Reino Unido solo ha descendido 1,8 puntos porcentuales en diez años, pasando del 51,3 % antes del referéndum al 49,5 %. De hecho, las exportaciones a Europa se han mantenido en el 48%, ya que las empresas británicas han optado por conservar su base de clientes europeos.
El Reino Unido cuenta con más de 70 acuerdos comerciales en vigor, pero la gran mayoría son renovaciones de los que ya tenía como miembro de la Unión Europea.
Dana Bodnar, economista sénior de Atradius Crédito y Caución, señala que “después de la Unión Europea, los principales socios comerciales del Reino Unido son EEUU, con un 11,6%, y China, con un 8,8%. El comercio con estos mercados se ha estancado en los últimos años y hay pocos indicios de que el Reino Unido haya mejorado su influencia o sus oportunidades de crecimiento a nivel bilateral con ellos”.
Además de la pérdida de dinamismo del comercio, el Brexit ha traído consigo un entorno burocrático más complejo para las empresas, con declaraciones de aduana, requisitos de normas de origen, controles reglamentarios, complicaciones con el IVA y nuevos costes de cumplimiento normativo. En este contexto, las compañías B2B han tenido que adaptarse a una nueva realidad caracterizada por márgenes reducidos, cadenas de suministro más complejas y mayores necesidades de capital circulante, lo que hace que la gestión del riesgo de crédito y unas condiciones de pago sólidas sean más importantes que nunca desde el referéndum.
The Trader
La dimisión de Keir Starmer no es solo la caída de otro primer ministro británico. Es un síntoma de una crisis mucho más profunda. Reino Unido va camino de tener su séptimo jefe de Gobierno en apenas una década: David Cameron, Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss, Rishi Sunak, Keir Starmer y, muy probablemente, Andy Burnham, el exalcalde de Manchester que aparece como favorito para liderar el Partido Laborista.
La pregunta es evidente: ¿cómo puede una de las democracias más antiguas y estables del mundo haber entrado en esta dinámica de rotación permanente? La respuesta fácil sería culpar al Brexit. Y, en parte, es verdad. El referéndum de 2016 dividió al país, reabrió tensiones territoriales en Escocia e Irlanda del Norte y convirtió la relación con Europa en una cuestión de identidad nacional. Pero sería demasiado simple detenerse ahí.
El Brexit no creó todos los problemas de Reino Unido. Lo que hizo fue volverlos mucho más difíciles de gestionar. Puso sobre la mesa una promesa muy poderosa: recuperar el control. El problema es que, diez años después, muchos ciudadanos no sienten que tengan más control sobre aquello que afecta a su vida diaria: el coste de la vida, la sanidad, la vivienda, los salarios, la inmigración o el crecimiento económico.
Ahí está la verdadera historia. Reino Unido está atrapado entre cuatro demandas que, por separado, parecen razonables, pero que juntas son casi imposibles de satisfacer.
Quiere mejores servicios públicos, pero no quiere pagar muchos más impuestos. Quiere aumentar el gasto en defensa, pero no quiere recortar otras partidas. Quiere más crecimiento, pero arrastra baja productividad, inversión insuficiente y más fricciones comerciales desde el Brexit. Y quiere controlar la inmigración, pero necesita trabajadores para sostener la sanidad, los cuidados, la construcción, la hostelería y buena parte de su economía. Ése es el laberinto británico.
Starmer llegó al poder prometiendo estabilidad después de años de caos conservador. Representaba seriedad, orden y previsibilidad. Pero en política no basta con no ser el problema anterior. También hay que ofrecer una salida convincente. Y Starmer no lo logró.
Heredó unas cuentas públicas complicadas, una economía débil, unos servicios públicos tensionados y un electorado impaciente. Pero nunca consiguió transformar la estabilidad en esperanza ni construir un relato claro sobre hacia dónde iba el país.
El resultado fue el peor escenario posible: subidas de impuestos sin sensación de mejora, disciplina fiscal sin crecimiento suficiente, presión para aumentar el gasto en defensa y miedo creciente dentro del Partido Laborista a que Reform UK, el partido de Nigel Farage, capitalizara el malestar social.
Por eso la dimisión de Starmer no debe interpretarse solo como una crisis interna laborista. Es la expresión de un problema más amplio: Reino Unido se ha convertido en un país donde cualquier Gobierno llega prometiendo estabilidad y acaba devorado por las mismas contradicciones.
Los mercados financieros lo saben y por ello es crucial vigilar el comportamiento de tres activos:
La paradoja británica es que el país quería recuperar soberanía, pero ahora descubre que la soberanía política sirve de poco si no va acompañada de margen económico. Puedes controlar tus fronteras, pero no evitar que tu economía necesite trabajadores. Puedes prometer mejores servicios públicos, pero no financiarlos indefinidamente sin crecimiento. Puedes aspirar a más defensa, menos impuestos y más prosperidad. Pero la política no puede derogar la aritmética.
La caída de Starmer no es el final de una crisis. Es otro capítulo de la misma historia. Una historia que empezó con una promesa de control y que hoy muestra los límites de gobernar un país que quiere más de casi todo, pero no acepta plenamente el coste de conseguirlo.
"Por eso, cuando miremos el gráfico de la libra, del gilt o de la Bolsa británica, no deberíamos verlo solo como la reacción a una dimisión. Deberíamos verlo como algo más profundo: el mercado preguntándose si Reino Unido encontrará por fin un Gobierno capaz de decir la verdad incómoda: que no se puede tener simultáneamente más Estado, menos impuestos, más defensa, menos inmigración, más crecimiento y menos integración económica con tu principal mercado. Esa contradicción, mucho más que el nombre del próximo primer ministro, es el verdadero desafío británico. Y, por desgracia, Reino Unido no es una excepción. Las mismas tensiones empiezan a manifestarse en buena parte de Europa, independientemente de la ideología del Gobierno de turno", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.
UBS
Andy Burnham está a punto de convertirse en líder del Partido Laborista, actualmente en el poder, este viernes 17 de julio, y en el séptimo primer ministro del Reino Unido en la última década el próximo lunes, 20 de julio, tras conseguir un respaldo abrumador entre los diputados laboristas. Sus declaraciones anteriores sobre los mercados de bonos generaron dudas sobre la disciplina fiscal. Sin embargo, su posterior compromiso con las reglas fiscales del Reino Unido ha contribuido a tranquilizar a los inversores.
Aunque los inversores seguirán buscando más señales de tranquilidad a través de sus elecciones para el gabinete y su agenda política, "seguimos viendo oportunidades selectivas en los activos del Reino Unido", subrayan en UBS.
La contención fiscal debería limitar tanto la oferta adicional de gilts como la necesidad de endurecer la política monetaria, lo que favorece las oportunidades en bonos de calidad de duración corta a media.La libra esterlina debería mantenerse bien respaldada, especialmente frente al franco suizo, dada su atractiva rentabilidad relativa.Dado que entre el 75% y el 80% de los ingresos del FTSE 100 se generan fuera del Reino Unido, el mercado bursátil en general debería mantenerse relativamente aislado de los cambios políticos internos.
Mark Haefele, Director de Inversiones (CIO) de UBS Global Wealth Management, afirma: "Seguimos centrados en oportunidades selectivas dentro de los activos del Reino Unido, incluyendo bonos en libras esterlinas de calidad con duración corta a media y operaciones de carry favorables en libras, manteniendo al mismo tiempo una visión Neutral sobre la renta variable británica dentro de carteras globalmente diversificadas. El compromiso de Burnham con el marco fiscal existente debería limitar tanto el riesgo de un aumento desestabilizador en la emisión de gilts como la probabilidad de que la política fiscal obligue al Banco de Inglaterra a endurecer su política de forma más agresiva".