16 Jan
16Jan

Miguel Ángel Valero

El debate sobre el despliegue tecnológico de la inteligencia artificial (IA) sigue presente en los mercados y se perfila como uno de los factores clave en la evolución de las Bolsas durante este año. El desánimo que se percibía en torno al sector tecnológico se vio compensado gracias a los extraordinarios resultados de TSMC (Taiwan Semiconductor Manufacturing Company), que aportan un respaldo real a las expectativas de crecimiento en la demanda de chips y confirman que la expansión de la IA avanza con firmeza.

Este optimismo se trasladó inicialmente a las Bolsas occidentales, impulsando a compañías europeas como ASML —fabricante de equipos de litografía para semiconductores y principal proveedor de TSMC—, que registró un avance del 6%. El sector de semiconductores en el S&P 500 se consolidó como el principal motor del mercado, con una subida del 1,8%. El efecto positivo se ha extendido a la sesión asiática, donde el MSCI Asia Pacífico ha marcado nuevos máximos históricos.

La tecnología seguirá siendo uno de los pilares de crecimiento este año. Y otros segmentos, como las infraestructuras vinculadas a la energía, se beneficiarán de la inversión en centros de datos. Del mismo modo, el sector salud se verá favorecido por las mejoras en productividad que aportará la aplicación de la IA en la investigación y desarrollo de nuevos medicamentos.

Además, EEUU y Taiwán han alcanzado un acuerdo comercial para rebajar los aranceles sobre los productos taiwaneses al 15% desde el 20% anterior, a cambio de que los fabricantes de la isla destinen 250.000 millones$ en inversiones directas en la industria estadounidense de semiconductores e inteligencia artificial. Este compromiso incluye los 100.000 millones ya anunciados por TSMC en 2025, y se complementa con garantías crediticias adicionales por valor de 250.000 millones para facilitar nuevas inversiones. Además, las empresas que amplíen su capacidad productiva en EEUU podrán importar componentes con aranceles reducidos o incluso exentos. 

The Trader: el poder simplemente cambia de forma

Pero no todo es tan positivo. El analista Pablo Gil invita en The Trader a reflexionar sobre el poder de las tecnológicas: "Imagina vivir en un mundo en el que no eres dueño de la tierra que trabajas, no decides el precio de lo que produces y tu supervivencia depende de un pequeño grupo que controla los recursos clave de la economía. Durante siglos, eso fue la normalidad en Europa. El feudalismo no era solo un sistema político, era una estructura económica basada en la dependencia".

En la cúspide estaba el Rey, el Estado de la época. Por debajo, los nobles, que controlaban la tierra, el activo más valioso del momento. Y en la base, la mayoría de la población, que apenas tenía margen de maniobra y vivía de trabajar para otros. El poder no estaba repartido: estaba concentrado.

Con la Revolución Industrial, esa estructura no desapareció. Se transformó. La tierra dejó de ser el activo central y fue sustituida por las fábricas, el acero, el petróleo y los ferrocarriles. Surgieron entonces los llamados 'robber barons', literalmente “barones ladrones”: grandes magnates que, sin ser políticos, concentraron un poder económico inmenso. Rockefeller en el petróleo, Carnegie en el acero, Vanderbilt en los ferrocarriles, o John Pierpont Morgan en las finanzas moldearon sectores enteros y condicionaron el desarrollo económico de su tiempo.

Formalmente, vivían en democracias, pero en la práctica el poder económico estaba en muy pocas manos. El Estado existía, pero iba por detrás. Exactamente igual que había ocurrido siglos antes con los nobles y los reyes.

Hoy el activo clave ha vuelto a cambiar. Ya no es la tierra ni la fábrica. Son los datos, las plataformas, los algoritmos y la infraestructura digital. Un reducido grupo de empresas controla los canales por los que pasa el comercio, la información y, en muchos casos, el trabajo. No poseen territorios físicos, pero sí ecosistemas de los que dependen millones de personas y negocios.

Nadie nos obliga a usar estas plataformas. Pero cada vez más nuestra vida económica depende de ellas. Trabajamos en ellas, vendemos a través de ellas o necesitamos su visibilidad para existir. No es feudalismo clásico, pero tampoco es independencia plena. Es una dependencia moderna, más sofisticada y menos evidente. El Estado sigue ahí, como antes estaba el Rey. El problema es que la economía avanza hoy mucho más rápido que la política. Las leyes tardan años en llegar y, cuando lo hacen, las estructuras de poder ya están consolidadas. No es una cuestión de mala intención, sino de velocidad.

La historia no va de buenos y malos. Va de incentivos y de estructuras. Cada época crea su propia élite económica y cada élite tiende a concentrar poder alrededor del activo clave de su tiempo. El feudalismo no desapareció, evolucionó. Los 'barones ladrones' no se extinguieron, cambiaron de forma.

La gran pregunta no es si la tecnología es buena o mala. La pregunta es si seremos capaces de equilibrar innovación, poder y bienestar colectivo antes de que la historia vuelva a rimar, una vez más, con demasiada fuerza.

"Este paralelismo histórico me sirve, sobre todo, para recordar algo importante: el poder rara vez desaparece, lo que hace es cambiar de forma. Pensar que vivimos una época completamente distinta a todas las anteriores suele llevarnos a bajar la guardia. La historia no nos avisa cuando empieza a repetirse; solo nos da pistas si estamos dispuestos a mirar atrás. Entender cómo funcionaron otras épocas no es nostalgia ni academicismo, es una forma muy práctica de comprender mejor el mundo en el que vivimos y tomar decisiones con más criterio, tanto como ciudadanos como inversores", subraya este empleo.

En qué parte de la cadena de valor de la IA estará el trabajador

Durante años, el gran miedo alrededor de la inteligencia artificial ha sido claro, la destrucción o, al menos, la sustitución de puestos de trabajo. "Lo interesante es que ese futuro ya ha empezado… pero no exactamente como lo imaginábamos", señala.

La startup Mercor emplea a decenas de miles de trabajadores para entrenar a la propia IA, para usar su experiencia real para refinar y corregir los modelos de lenguaje que hoy alimentan chatbots y herramientas de IA. Porque la inteligencia artificial no aprende sola, aprende de quienes ya hicieron ese trabajo durante años. 

Esto cambia por completo el relato simplista de “la IA destruye empleo”, ya que lo que estamos viendo es un trasvase de valor:

  • El trabajo repetitivo se automatiza.
  • El conocimiento experto se convierte en input crítico para entrenar sistemas.
  • La experiencia humana se monetiza… aunque sea de forma temporal.

Pero aquí viene la parte incómoda: muchos de estos profesionales ya no son necesarios de forma permanente. Son útiles mientras la máquina aprende. Después, dejan de ser imprescindibles.

"El verdadero debate no es si la IA crea o destruye empleo, sino en qué parte de la cadena de valor vas a estar cuando la IA ya no necesite aprender de ti, porque si hay algo que queda claro en esta transición es que el conocimiento operativo pierde valor rápidamente, la capacidad de adaptación, criterio y toma de decisiones gana peso y el capital (financiero e intelectual) se concentra en quien controla la tecnología", advierte Pablo Gil.

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