05Jan

Las inversiones en exploración y producción necesarias para recuperar los niveles de hace 15 años en Venezuela superan los 100.000 millones$, el doble de lo que han invertido las grandes petroleras de EEUU en 2024.

Miguel Ángel Valero

Trump sacude nuevamente el tablero geopolítico global. En un acontecimiento extraordinario según casi cualquier criterio, el Gobierno norteamericano ha logrado detener al presidente de Venezuela, Nicolas Maduro, quien permanece bajo custodia a la espera de juicio.

Más allá del componente político, el impacto en los mercados globales será limitado y estará acotado principalmente al precio de la energía, uno de los pilares de la campaña de Trump. Venezuela desempeña hoy un papel marginal en la economía mundial, con apenas un 0,1% del PIB global, muy alejado del 1% registrado en los años previos a la crisis del petróleo. En cuanto a la producción, el país latinoamericano aporta cerca de 1 millón de barriles diarios (mbd) –alrededor del 1% del total global–, muy alejado de los 3 mbd alcanzados en 2006. 

No obstante, las reservas de petróleo de Venezuela rondan los 300.000 millones de barriles, equivalentes a cerca del 20% de las reservas globales, lo que podría abrir la puerta a un incremento en la producción en el mediano plazo. Sin embargo, existen múltiples obstáculos para que ello ocurra. En el plano político, la transición de poder deberá llevarse a cabo sin sobresaltos, y aún es prematuro para extraer conclusiones. 

Además, Venezuela enfrenta tres problemas económicos relevantes: una alta necesidad de fondos, una escasez de mano de obra y un mercado global de petróleo saturado. 

Con relación a la financiación, las estimaciones de gasto en capex para exploración y producción necesarias para recuperar los niveles de hace 15 años superan los 100.000 millones$ –el doble de la cantidad que invirtieron conjuntamente las grandes petroleras estadounidenses en todo el mundo en 2024–. 

Venezuela ha sufrido un éxodo migratorio sin precedentes: casi 8 millones de personas han abandonado el país en los últimos años –más de un 25% de la población actual–, lo que condiciona parcialmente la disponibilidad de mano de obra a una eventual repatriación.

Además, el mercado del petróleo global presenta un exceso de oferta, con un superávit estimado en 3,8 mbd para este año según la Agencia Internacional de Energía (IEA).

El impacto en el precio del petróleo a corto plazo será mínimo, ya que la capacidad de recuperación de la producción venezolana es muy limitada y requerirá inversiones elevadas —estimadas en 110.000 millones$—, además de la compleja reconstrucción de un sector profundamente deteriorado en cuanto a su capital humano –la actual PDVSA es dirigida principalmente por militares–.

Este nuevo movimiento geopolítico de Trump busca reforzar el control e influencia en América Latina y aumentar la oferta de petróleo, favoreciendo la reducción de los costes energéticos. Una estrategia que beneficia especialmente a los países consumidores, como la Unión Europea, China o India, otorgando un impulso adicional a la economía global en los próximos años. 

Por ello, más allá de lo agresivo de la acción, el incremento progresivo de la oferta de crudo del continente —no solo venezolano— continuará presionando los precios de la energía a la baja en el medio plazo.

En el mercado de materias primas, el crudo apenas reacciona a los acontecimientos de Venezuela, ya que se espera una lenta capacidad de reacción puesto que cualquier aumento significativo de producción requerirá años de inversión y la reparación de su maltrecha infraestructura petrolera. La referencia Brent se deja un -0,6%, en su cuarto día consecutivo de caídas en niveles de 60$/barril.

Los analistas de Banca March piensan que "la visibilidad en el corto plazo es reducida". "Sin embargo, mirando más allá del humo, cabe esperar unos precios más contenidos" para el petróleo ante un aumento en la producción global apoyada por Trump, quien ya señaló que “las grandes empresas estadounidenses gastarán miles de millones de dólares, repararán las infraestructuras gravemente dañadas y empezarán a generar ingresos para el país".

Pese a no conocerse los planes de Trump en Venezuela, las acciones de las petroleras suben con fuerza en Bolsa. Entre las europeas, Repsol se anota un 2,4%, la italiana Eni gana un 1,3%, Shell suma un 0,7% mientras TotalEnergies se desmarca con una caída de un 1%. En Wall Street, los futuros de Chevron, la única de EE UU que opera en el país latinoamericano, avanzan un 7%, los de ExxonMobil avanzan más del 4% y ConocoPhillips, un 6%. También apuntan a subidas las empresas de servicios petroleros como Halliburton (+9%) o Schlumberger (+9,3%), además de empresas de refino y transporte como Marathon Petroleum (+5,3%) o Valero Energy (+5,8%).

Transición ordenada sin necesidad de "botas sobre el terreno"

La Asamblea Nacional Venezolana nombra de manera oficial a Delcy Rodríguez como presidenta interina. Hasta el momento, la Sala Constitucional del Tribunal Superior de Justicia venezolano ha declarado a Maduro como ausente temporal, por lo que el mandato de la nueva presidente interina duraría tres meses, ampliable otros tres meses posteriormente si así lo decide el Parlamento. La otra figura, ausencia permanente, habría obligado a un mandato más corto pues exigiría unas elecciones en 30 días, algo inviable en estos momentos.  

Sin un sistema de control directo por parte de EEUU, Marco Rubio, secretario de Estado, se perfila como la figura clave para definir las líneas maestras del nuevo tutelaje estadounidense sobre Venezuela. Aunque Trump afirmó que EE UU tiene la capacidad de ejercer control con “botas sobre el terreno”, la intención es evitar esa opción y permitir que el actual Gobierno venezolano lleve a cabo las reformas necesarias para cumplir con los objetivos norteamericanos y garantizar una transición ordenada del régimen. En las próximas semanas se sentarán las bases de esta nueva dinámica entre ambas administraciones, y veremos si resulta suficiente para satisfacer las ambiciones americanas.

23Oct

El alcance real de las sanciones de EEUU y de la UE dependerá del rigor de los controles y del nivel de investigación sobre las estructuras opacas que utilizan las empresas rusas para canalizar sus ventas de crudo.

Miguel Ángel Valero

EEUU y la Unión Europea (UE) han reforzado su coordinación para aumentar la presión sobre las exportaciones de petróleo y gas de Rusia. Por un lado, Trump anunció nuevas sanciones contra las dos principales compañías petroleras rusas, Rosneft y Lukoil, incluyéndolas en la lista negra de entidades, lo que prohíbe cualquier relación comercial entre empresas estadounidenses y ambas firmas. Estos dos gigantes energéticos son responsables de la exportación de 3,1 millones de barriles diarios —aproximadamente un tercio de la producción nacional— y el sector representa aproximadamente una cuarta parte de los ingresos fiscales del país. 

No obstante, el alcance real de las sanciones dependerá del rigor de los controles y del nivel de investigación sobre las estructuras opacas que utilizan las empresas rusas para canalizar sus ventas de crudo.  

Por otro lado, la UE ha aprobado su 19º paquete de sanciones, que establece como objetivo eliminar por completo la importación de gas natural licuado ruso para enero de 2027. Además, han impuesto restricciones a bancos que facilitan la triangulación de exportaciones en países como Bielorrusia y Kazajistán y han prohibido la contratación de seguros para aviones y buques rusos de segunda mano. 

Actualmente, el 6% del gas importado por la región sigue procediendo de Rusia, sin contar el que llega de forma indirecta. 

Tras más de tres años de guerra, sorprende que sigan imponiéndose nuevas sanciones. Sin embargo, se ha impuesto la lógica quirúrgica a la hora de evitar el comercio energético con Rusia. Los Gobiernos occidentales han preferido ir desligándose del petróleo y gas ruso de manera paulatina para evitar problemas de suministro, imponiendo sanciones por capas.  Y se ha hecho la vista gorda sobre el sorprendente incremento de exportaciones alemanas a países como Kirguistán, que se han multiplicado por 7 veces desde marzo de 2022 –alcanzando los 60 millones de euros mensuales–, debido a que los proveedores rusos intentan aprovisionarse de partes y maquinaria a través de terceros países.  

Estas nuevas medidas representan un paso más hacia el aislamiento económico de Rusia por parte de Occidente, que ya es casi total. No obstante, las compras de China e India han permitido mantener a flote las finanzas del Estado ruso. Precisamente aquí es donde Trump ha identificado un nuevo frente de presión. Un posible acuerdo comercial con India, que incluya la reducción de las importaciones de petróleo ruso, podría tener un impacto más significativo en la economía rusa que las sanciones recientemente anunciadas. Trump ha afirmado que el primer ministro Modi se ha comprometido a disminuir dichas compras, aunque no se ha confirmado por fuentes oficiales. La Cumbre de la Cooperación de Asia – Pacífico de final de mes sería, al igual que con China, un teatro magnífico para un acuerdo comercial que reduzca el arancel indio actualmente en el 50%. 

La situación ha provocado fuertes avances en el crudo. La referencia Brent se eleva un +3,7% el 23 de octubre, hasta los 64,9 $/barril, acumulando una subida del 5,8% en la semana. 

Por otra parte, la Administración de Trump contempla un nuevo golpe en sus negociaciones comerciales con China: imponer restricciones a la exportación de 'software crítico' si Pekín no revierte su amenaza de limitar la venta de tierras raras. El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, afirmó que, de aplicarse estos controles sobre software crítico, probablemente se haría en coordinación con los aliados del G7. Todo forma parte de un juego de presiones: hace solo dos días, Trump mostraba un tono más conciliador y anticipó la posibilidad de alcanzar un “buen acuerdo comercial” con China. 

The Trader: Trump se atasca en Ucrania

Tras su reciente éxito al promover un alto el fuego entre Israel y Hamás, Donald Trump ha puesto ahora el foco en el otro gran conflicto global: la invasión rusa de Ucrania. A pocas semanas de un nuevo encuentro con Vladímir Putin, ambos mantuvieron una conversación telefónica de más de dos horas en la que el líder ruso volvió a demostrar su habilidad para dominar el relato y condicionar la agenda internacional. Durante esa conversación, Trump habría aceptado buena parte de las condiciones planteadas por Putin: que Kiev entregue todo el Donbás a cambio de conservar algunas zonas de Jersón y Zaporiyia. Pero Moscú no estaría cediendo nada; simplemente dejaría de reclamar lo que nunca ha controlado. Para Ucrania, aceptar un acuerdo así supondría abandonar su línea defensiva más sólida sin ninguna garantía de paz.

El desastre volvió a producirse durante la reunión en la Casa Blanca entre Trump y Volodímir Zelenski. Al parecer, el encuentro habría terminado en una fuerte discusión, con un Trump exasperado, lanzando improperios y apartando los mapas del frente que sus asesores habían preparado para explicarle la situación real sobre el terreno. Su impaciencia por proclamarse pacificador lo habría llevado a defender un plan que entregaría a Rusia cerca del 30% de la provincia de Donetsk, un territorio que Moscú intenta conquistar desde 2014. Esa cesión incluiría el llamado “cinturón fortificado” de Donetsk, formado por ciudades estratégicas como Sloviansk, Kramatorsk, Kostyantynivka y Druzhkivka. Su pérdida abriría el camino ruso hacia Dnipró y Járkov, debilitando de forma irreversible la defensa ucraniana. Sería, en la práctica, una rendición política y militar disfrazada de diplomacia.

Trump tiene en su poder palancas de presión decisivas sobre Kiev: el acceso a inteligencia estadounidense, la autorización para comprar sistemas antiaéreos Patriot y lanzacohetes Himars, y la financiación de ayuda militar. Pero, mientras exige concesiones a Zelenski, evita cualquier enfrentamiento real con Putin. La supuesta dureza del presidente estadounidense se aplica, una vez más, solo a sus aliados. 

Incluso un alto el fuego con las líneas actuales sería una trampa. Rusia podría mantener su economía de guerra en marcha, seguir produciendo misiles y drones y preparar una nueva ofensiva, especialmente si las sanciones occidentales se relajaran como parte del acuerdo.

Sin embargo, en un giro inesperado, Trump anunció que no se reunirá finalmente con Putin en Budapest, como se había previsto. El cambio de postura llega tras las críticas internacionales y la presentación de una nueva propuesta de paz europea, que busca recuperar la iniciativa diplomática perdida.

El nuevo plan, impulsado por los principales líderes europeos junto a Zelenski, plantea un acuerdo de 12 puntos que busca poner fin a la guerra sobre bases más equilibradas. Entre ellos destacan la retirada progresiva de las tropas rusas, garantías de seguridad para Ucrania supervisadas por la ONU y un compromiso de reconstrucción financiado con activos rusos congelados. Pero el punto más polémico es, precisamente, el que se presenta como principio fundamental: la imposibilidad de modificar fronteras por la fuerza. En la práctica, congelar el frente actual equivale a aceptar de facto que Rusia conserve lo que ya ha conquistado, aunque no se le reconozca oficialmente. Una paradoja que convierte el plan en una tregua ambigua: se proclama el respeto a la integridad territorial, mientras se consolida sobre el terreno una nueva frontera impuesta por la guerra.

Trump, pese a su rectificación, sigue buscando una victoria diplomática rápida que refuerce su imagen internacional. Pero su inconsistencia y su tendencia a improvisar decisiones estratégicas han generado creciente desconfianza incluso entre sus aliados europeos. Bruselas, consciente de que Estados Unidos podría volver a actuar unilateralmente, ha decidido liderar el proceso de negociación y condicionar cualquier alto el fuego a un marco multilateral que preserve la soberanía ucraniana.

Putin, fiel a su estilo, ha sabido explotar las debilidades de todos: el ego de Trump, el cansancio de Europa, y la vulnerabilidad de Ucrania. "Si logra imponer su narrativa, la guerra podría entrar en una nueva fase, no en el campo de batalla, sino en la mesa de negociación", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.