12Sep

Pekín parece haber entendido que el mundo que está emergiendo no quiere necesariamente elegir entre EEUU y China. Muchos países prefieren relacionarse con ambos y utilizar esa competencia para ganar autonomía.

Miguel Ángel Valero

Durante décadas hemos interpretado la rivalidad entre EEUU y China como una carrera por sustituir a una potencia dominante por otra. Pero quizá Pekín esté jugando una partida bastante más inteligente. China no necesita que India, Egipto, Arabia Saudí o los países de Asia Central abandonen a EEUU y se alineen con Pekín. Le basta con conseguir que tengan una alternativa.

La reciente cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái lo refleja perfectamente. China, Rusia e India comparten mesa, pero difícilmente pueden considerarse un bloque homogéneo. India mantiene disputas territoriales con China, coopera militarmente con EEUU, Japón y Australia a través del Quad y, al mismo tiempo, conserva una estrecha relación con Rusia.

Eso podría parecer una debilidad. Para China, sin embargo, puede ser precisamente la oportunidad. Pekín parece haber entendido que el mundo que está emergiendo no quiere necesariamente elegir entre EEUU y China. Muchos países prefieren relacionarse con ambos y utilizar esa competencia para ganar autonomía.

Y ahí aparece una diferencia importante entre las estrategias de Washington y Pekín. EEUU continúa apoyándose fundamentalmente en su enorme poder financiero, tecnológico y militar. China está construyendo además su influencia mediante algo mucho más tangible: infraestructuras, comercio y cadenas de suministro.

Asia Central es un magnífico ejemplo. El comercio entre China y las cinco repúblicas centroasiáticas alcanzó unos 34.500 millones€ solamente durante los primeros cinco meses de 2025. Pekín financia carreteras, energía, minería y ferrocarriles como el corredor China-Kirguistán-Uzbekistán. Puede parecer simplemente inversión en infraestructuras, pero geopolíticamente significa mucho más. Cada nueva carretera, ferrocarril, puerto o fábrica conectada con China aumenta la dependencia económica de esos países respecto al gigante asiático. Y cuanto mayor es esa dependencia, mayor es también la capacidad de influencia de Pekín.

Además, China está aprovechando otro fenómeno: el debilitamiento relativo de Rusia en Asia Central y la creciente percepción de que EEUU puede convertirse en un socio menos previsible. La política comercial estadounidense basada en aranceles y presión bilateral puede generar precisamente el efecto contrario al buscado: incentivar a otros países a diversificar sus relaciones para reducir su dependencia de Washington.

China no necesita convencerlos de que EEUU es su enemigo. Solo necesita convencerlos de que depender exclusivamente de Estados Unidos supone un riesgo. Y esta estrategia ya se extiende mucho más allá de Asia.

Egipto es otro buen ejemplo. Su posición controlando el Canal de Suez lo convierte en una pieza estratégica para el comercio mundial. Mantiene desde hace décadas una estrecha relación militar con Estados Unidos, pero simultáneamente aumenta sus vínculos económicos con China. Pekín no necesita expulsar a Washington de Egipto. Le basta con convertirse en un socio suficientemente importante como para que El Cairo pueda negociar mirando hacia ambos lados. Y probablemente ahí esté una de las claves para entender la estrategia geopolítica china.

La estrategia de Trump de utilizar los aranceles y el acceso al mercado estadounidense como instrumentos de presión está generando incertidumbre incluso entre algunos de sus socios tradicionales. Si las reglas pueden cambiar rápidamente, depender demasiado de Washington empieza a tener un coste. Y Pekín está ofreciendo justamente lo contrario: financiación, infraestructuras, comercio y acceso a su enorme mercado. No exige necesariamente que esos países rompan con Estados Unidos. Le basta con presentarse como un socio dispuesto a ocupar ese espacio. El resultado puede tardar años en hacerse visible, pero cada país que diversifica sus relaciones abre poco a poco más espacio a la influencia de Pekín en detrimento de Washington.

"La política comercial cada vez más agresiva, cambiante y difícil de anticipar de Donald Trump se está convirtiendo, paradójicamente, en una de las mejores bazas de Xi Jinping para ampliar la influencia económica y geopolítica de China en el mundo", subraya Pablo Gil en The Trader.

Cambio profundo de modelo económico

Por otra parte, China está intentando transformar profundamente su modelo económico. Durante décadas, buena parte de su crecimiento descansó sobre el sector inmobiliario, la construcción y las infraestructuras. Ahora Pekín quiere sustituir progresivamente ese modelo por otro basado en tecnología, inteligencia artificial (IA), semiconductores, automatización y robótica. El problema es que los últimos datos muestran una economía cada vez más partida en dos. En julio, la producción de equipos electrónicos creció más de un 19% interanual, la fabricación de robots industriales aumentó más de un 30% y la producción de circuitos integrados cerca de un 21%. Son cifras espectaculares y reflejan perfectamente hacia dónde quiere dirigir Pekín su economía. Pero fuera de ese núcleo tecnológico el panorama cambia radicalmente. La producción industrial creció un 4,5%, las ventas minoristas apenas un 0,6%, el desempleo urbano subió hasta el 5,2% y la inversión en activos fijos cayó un 6,7% durante los primeros siete meses del año.

Y el agujero inmobiliario continúa abierto. La inversión en vivienda se desplomó un 19,2% interanual. Durante años, la vivienda fue uno de los principales vehículos de ahorro y acumulación de riqueza de las familias chinas. Su crisis deteriora la percepción de riqueza de millones de hogares y ayuda a explicar por qué el consumo continúa siendo tan débil.

El resultado es una economía cada vez más parecida a una K: una parte asciende con enorme fuerza mientras otra continúa descendiendo. China puede convertirse en una potencia extraordinaria en inteligencia artificial, vehículos eléctricos, baterías, robots o semiconductores, pero esos sectores todavía no tienen suficiente peso para compensar la debilidad del resto de la economía.

Además, China sigue dependiendo demasiado de la demanda exterior. Mientras el consumo interno y la inversión privada permanezcan débiles, una parte importante del crecimiento dependerá de vender cada vez más productos al resto del mundo.Y eso tiene consecuencias fuera de China. Una economía con enorme capacidad industrial y demanda doméstica insuficiente tiene un incentivo evidente para exportar sus excedentes. Vehículos eléctricos, baterías, paneles solares, maquinaria, electrónica o robots chinos competirán cada vez más agresivamente en los mercados internacionales. La debilidad interna china puede terminar convirtiéndose en presión deflacionaria para el resto del mundo y en una amenaza competitiva para numerosas industrias occidentales.

"China no solo se está desacelerando, se está transformando. La gran pregunta es si la nueva economía tecnológica puede crecer suficientemente rápido como para sustituir a la vieja antes de que la crisis inmobiliaria y la debilidad del consumo arrastren demasiado al conjunto del país.Y si no lo consigue, China tendrá una salida bastante evidente: producir cada vez más y vender cada vez más al resto del mundo. Europa podría ser uno de los principales lugares donde terminemos sintiendo las consecuencias", explica Pablo Gil.

El error de Occidente, según Dan Wang

Durante décadas, Occidente creyó que podía quedarse con la parte más valiosa de la economía —diseñar, investigar, financiar— y trasladar a China la menos sofisticada: fabricar. Dan Wang plantea en A toda máquina (Principal) que quizá ese fue un enorme error que ahora estamos pagando en nuestras economías.Y es que, según el autor, cuando dejas de fabricar algo, con el tiempo también empiezas a olvidar cómo mejorarlo. 

Durante casi una década, Dan Wang ha observado el crecimiento tumultuoso de China. El Estado ha levantado puentes colosales, redes ferroviarias modernas y vastas fábricas en tiempo récord para impulsar la economía, aunque ese cambio acelerado también ha tenido un alto coste social. China ha crecido tan rápido, en parte, al imponerse a Estados Unidos en su propio terreno: el capitalismo y la movilización de una población inmensa. En 'A toda máquina', Wang combina el análisis político y económico con el reportaje y propone un marco provocador para entender China que, al mismo tiempo, arroja nueva luz sobre EEUU: un Estado de ingenieros volcado en construir frente a una sociedad dominada por abogados que bloquea el cambio.

En un contexto de relaciones tensas e inciertas entre ambas potencias, esta obra ofrece una nueva forma de pensar China y Estados Unidos, y muestra cómo cada uno señala un camino mejor para el otro.

Porque no se debe olvidar que las fábricas no son simples lugares donde se ejecutan las ideas de otros. En ellas se acumulan conocimientos, proveedores, trabajadores especializados y pequeñas innovaciones que difícilmente aparecen en un laboratorio o en un PowerPoint. 

China empezó fabricando productos diseñados en Occidente. Pero mientras los fabricaba, aprendió. Y ese aprendizaje ayuda a explicar por qué hoy compite en coches eléctricos, baterías, drones, energía solar o telecomunicaciones.

Esta es probablemente la reflexión más interesante del libro: deslocalizar una fábrica puede reducir costes hoy, pero también puede significar entregar una parte de la innovación de mañana. En plena carrera por la IA, los chips, la energía y la robótica, el libro de Dan Wang obliga a reconsiderar qué significa realmente ser una potencia tecnológica. Porque inventar el futuro es importante, pero saber fabricarlo quizá lo sea todavía más.