14Jun

Irán y Ucrania lo están demostrando: un país con menor capacidad militar convencional puede frenar durante años a una potencia muy superior apoyándose en tecnología, adaptación y costes extremadamente bajos.

Miguel Ángel Valero

Durante años, los mercados financieros estuvieron dominados por grandes instituciones con acceso exclusivo a herramientas, información y productos que el inversor medio ni siquiera podía utilizar. Pero la tecnología cambió eso. Hoy, cualquier inversor minorista puede acceder desde su móvil a prácticamente los mismos mercados, plataformas y datos que antes estaban reservados a grandes patrimonios o banca privada. Y algo parecido empieza a ocurrir en el terreno militar. 

Durante décadas, el poder de un país se medía casi exclusivamente por su tamaño militar: más soldados, más tanques, más aviones, más portaaviones y más presupuesto. Las grandes potencias tenían una ventaja aplastante porque desarrollar capacidad militar avanzada requería enormes recursos industriales, tecnológicos y financieros.

Pero esa lógica está empezando a cambiar mucho más rápido de lo que imaginamos. La guerra provocada por la invasión rusa de Ucrania ha demostrado algo que hace apenas unos años parecía impensable: un país con menor capacidad militar convencional puede frenar durante años a una potencia muy superior apoyándose en tecnología, adaptación y costes extremadamente bajos.

La guerra se está abaratando. Hoy, un dron relativamente barato puede destruir vehículos blindados valorados en millones de dólares. Un grupo insurgente puede adaptar tecnología comercial y convertirla en una amenaza real para ejércitos mucho más sofisticados. Y sistemas militares diseñados durante décadas para enfrentarse a guerras tradicionales empiezan a mostrar enormes vulnerabilidades frente a soluciones mucho más simples y baratas.Eso cambia completamente la relación entre coste y poder. El caso de Ucrania es probablemente el ejemplo más visible. El uso masivo de drones FPV, inteligencia en tiempo real y capacidad de adaptación constante sobre el terreno ha permitido compensar parte de la enorme diferencia de recursos frente a Rusia. 

El impacto psicológico de drones bombardeando Moscú

Durante más de cuatro años, la guerra entre Rusia y Ucrania tuvo una característica muy clara: mientras las ciudades ucranianas sufrían bombardeos constantes, Moscú vivía el conflicto como algo lejano. La guerra ocurría “allí”, lejos del corazón político y económico del régimen de Vladimir Putin. Pero eso ha cambiado. Ucrania ha comenzado a bombardear Moscú utilizando oleadas masivas de drones capaces de atravesar algunas de las defensas antiaéreas más sofisticadas del planeta. Y lo realmente importante no es solo el daño material. Es el impacto psicológico.

Durante años, Putin consiguió mantener una sensación de normalidad dentro de Rusia. Mientras Kiev sufría ataques casi diarios, millones de rusos seguían haciendo vida prácticamente normal. Moscú se había convertido en una especie de santuario protegido, símbolo de que la guerra estaba bajo control.

Ahora esa sensación empieza a romperse. Las imágenes de drones sobrevolando la capital, explosiones cerca de Moscú y ciudadanos entrando en pánico tienen un enorme valor simbólico. Hasta el punto de que el Kremlin está evitando activar las sirenas antiaéreas para no aumentar el miedo entre la población.

Y aquí aparece uno de los grandes cambios de esta guerra: la saturación de defensas. Ucrania ha entendido que no necesita destruir todo el escudo antiaéreo ruso. Basta con lanzar suficientes drones simultáneamente para que algunos consigan atravesarlo. Esa lógica está cambiando completamente la naturaleza de los conflictos modernos.

Además, la guerra está acelerando brutalmente la innovación militar ucraniana. Uno de los grandes objetivos iniciales de Putin era “desmilitarizar” Ucrania. Sin embargo, cuatro años después, Ucrania se ha convertido en uno de los laboratorios militares más avanzados del mundo en tecnología de drones y guerra asimétrica.Y probablemente eso sea una de las grandes lecciones de esta guerra: sistemas relativamente baratos pueden poner en jaque infraestructuras estratégicas situadas a miles de kilómetros.

Pero quizá el elemento más delicado para el Kremlin siga siendo el psicológico. Por primera vez desde el inicio de la invasión, parte de la población rusa empieza a sentir que la guerra también puede alcanzarles a ellos.

La gran novedad de esta fase de la guerra no es únicamente que Ucrania esté atacando Moscú. La verdadera novedad es que la guerra ha dejado de sentirse lejana para muchos rusos. "Y cuando la sensación de vulnerabilidad llega al corazón mismo del poder, el coste político y psicológico de una guerra puede empezar a cambiar mucho más rápido de lo que parece", subraya el analista Pablo Gil en The Trader.

La innovación hace el tamaño del ejército menos relevante

La innovación está empezando a ser tan importante como el tamaño del ejército. Pero este fenómeno ya no se limita a Europa del Este. En África Occidental estamos viendo cómo grupos insurgentes incorporan drones cada vez más sofisticados utilizando tecnologías relativamente accesibles. Y empresas como Terrahaptix, una startup africana que ha abierto una fábrica en Ghana para producir drones y sistemas antidrones a gran escala, reflejan perfectamente hacia dónde se dirige esta transformación.

La lógica tradicional era que solo las grandes potencias podían desarrollar capacidad militar avanzada. Hoy, actores mucho más pequeños empiezan a tener acceso a herramientas que antes eran prácticamente inaccesibles. El ejemplo de Irán también es enormemente revelador. Sin disponer de la capacidad militar convencional de EEUU o Israel, ha conseguido equilibrar parcialmente esa desventaja mediante el desarrollo de misiles y drones relativamente baratos pero muy efectivos. La tecnología le ha permitido aumentar enormemente su capacidad de disuasión sin necesidad de competir directamente en presupuesto militar. Y esto tiene implicaciones enormes.

Porque el equilibrio global de poder siempre había dependido en gran medida de quién tenía más dinero, más industria y más capacidad de producción militar. Pero cuando tecnologías baratas pueden neutralizar sistemas multimillonarios, la ventaja tradicional de las grandes potencias empieza a reducirse.Además, la producción también se descentraliza. Ya no es necesario depender exclusivamente de gigantescos complejos industriales militares. La fabricación puede acercarse al propio terreno de conflicto, adaptarse rápidamente y evolucionar casi en tiempo real. 

En el fondo, estamos viendo el mismo fenómeno que ha transformado otros sectores de la economía: la tecnología reduce barreras de entrada y redistribuye el poder. Y eso obliga a replantearlo todo. Las estrategias militares, los presupuestos de defensa, la industria armamentística y hasta la propia idea de superioridad militar podrían cambiar profundamente durante la próxima década. Porque quizá la gran ventaja del siglo XXI ya no pertenezca necesariamente a quien tenga más recursos… sino a quien sea capaz de adaptarse más rápido. Y eso hace que el mundo que viene pueda ser mucho más inestable, impredecible y difícil de controlar de lo que hemos conocido hasta ahora.

Al final, la gran paradoja de esta nueva era es que la tecnología que ha democratizado el acceso a la información, a la inversión o a los negocios también está democratizando la capacidad de hacer la guerra. Y eso cambia por completo las reglas del equilibrio global. Durante décadas, las grandes potencias podían mantener una enorme ventaja gracias a su superioridad industrial y presupuestaria. Pero cuando destruir empieza a ser muchísimo más barato que defenderse, el mundo entra en una fase completamente distinta. Una fase donde la adaptación, la innovación y la velocidad pueden ser más importantes que el tamaño o la riqueza. "Y probablemente todavía no somos plenamente conscientes de hasta qué punto eso puede transformar la geopolítica de las próximas décadas", concluye Pablo Gil.