21Jun

Los norteamericanos no saben cuánto suben exactamente los costes sanitarios, universitarios o de seguros. Pero todos ven el precio de la gasolina cada mañana cuando conducen al trabajo. Y además es homogéneo: un galón es un galón en cualquier parte del país.

Miguel Ángel Valero

Ningún presidente de EEUU ha logrado la reelección con la gasolina por encima de los 4$ el galón. Y Donald Trump lo sabe perfectamente. No se juega la reelección (por la limitación constitucional a dos mandatos en la Casa Blanca), pero sí las elecciones de medio mandato en noviembre de 2026, esenciales para mantener a los republicanos en el poder.

Trump puede hablar de guerras, geopolítica, China o seguridad nacional. Pero al final, hay un dato que probablemente determine más su futuro político que cualquier discurso: el precio de la gasolina. En Europa muchas veces cuesta entenderlo, pero en EEUU el precio que aparece en el cartel luminoso de una gasolinera tiene un enorme peso psicológico y político. 

"No es solo una cuestión económica. Es casi cultural. El coche representa libertad, movilidad, independencia y estilo de vida. Y cuando llenar el depósito se dispara, millones de estadounidenses sienten que esa libertad se encarece", explica en The Trader el analista Pablo Gil.

Lo curioso es que, en realidad, la gasolina pesa cada vez menos en el presupuesto familiar. Incluso con la reciente subida provocada por la guerra con Irán, el gasto en combustible representa menos del 2% del gasto de los hogares. Hoy un galón de gasolina sigue siendo más barato que un Big Mac. 

Pero políticamente sigue siendo explosivo. Es el precio más visible de toda la economía. La gente no sabe cuánto suben exactamente los costes sanitarios, universitarios o de seguros. Pero todos ven el precio de la gasolina cada mañana cuando conducen al trabajo. Y además es homogéneo: un galón es un galón en cualquier parte del país. No hay trucos, promociones ni reducciones de tamaño que disimulen la inflación.

Por eso ningún presidente estadounidense puede ignorarlo. Trump lo sabe perfectamente. De hecho, utilizó el fuerte repunte de la gasolina bajo Biden como arma política durante años. Su mensaje fue muy simple: si llenar el depósito cuesta más, tu vida va peor. Y funcionó. El famoso “Drill, baby, drill” conectó directamente con el bolsillo y con la identidad de buena parte de EEUU.

El problema es que ahora la situación se gira contra él. La guerra con Irán ha disparado el petróleo y el precio medio de la gasolina en EEUU ha subido más de un 50% en apenas diez semanas, superando los 4,5$. Y hay un dato demoledor: históricamente, ningún presidente estadounidense ha logrado ser reelegido con la gasolina claramente por encima de los 4$.

Por eso Trump necesita frenar cuanto antes esta subida del precio de la gasolina de cara a las elecciones de medio término de noviembre.

En EEUU, el precio de la gasolina funciona casi como un termómetro emocional del país. Da igual que objetivamente hoy pese menos en el presupuesto familiar que hace décadas. Lo que importa es que millones de personas ven ese número constantemente y lo asocian directamente con su calidad de vida, su libertad y la sensación de si el país va bien o mal.

Por eso la gasolina no es solo energía. Es política. Y probablemente no exista ningún otro precio en el mundo con tanta capacidad para decidir elecciones presidenciales como el que millones de estadounidenses ven cada mañana al llenar el depósito de su coche.