09Jun

"¿Quiere China acercarse a Occidente o sustituirlo?", se pregunta el economista Luis Castro Kerdel en 'China desconocida', editado por Sekotia, tras una década de estancia en el país.

Miguel Ángel Valero

"Uno de los grandes errores de Occidente al analizar China es pensar que funciona como una economía desarrollada tradicional. Y quizá precisamente por eso llevamos años subestimando su capacidad para resistir guerras comerciales, sanciones, aranceles o intentos de desacoplamiento económico. Porque China no compite como Alemania, Japón o Corea del Sur. China compite simultáneamente como todos ellos… y también con México, Vietnam o Tailandia al mismo tiempo", subraya el analista Pablo Gil en The Trader.

China funciona como una economía multicapa. Dentro de un mismo mercado conviven regiones con niveles de renta y productividad comparables a las economías más avanzadas del mundo junto a otras zonas que todavía mantienen costes propios de países emergentes. Mientras Shenzhen, Pekín o Shanghái producen chips, inteligencia artificial, vehículos eléctricos o robótica avanzada, otras provincias siguen fabricando textiles y manufacturas intensivas en mano de obra mucho más barata.

En una economía normal, cuando un país se desarrolla y los salarios suben, la producción barata acaba trasladándose al extranjero. Le ocurrió a Europa, EEUU o Japón. Pero en China gran parte de esa deslocalización sucede dentro de la propia China. Las regiones más pobres absorben buena parte de la producción de bajo coste mientras las zonas más desarrolladas avanzan hacia industrias de mayor valor añadido. Eso le permite seguir siendo competitiva prácticamente en toda la cadena de valor al mismo tiempo.

China ya no solo fabrica camisetas baratas. También lidera coches eléctricos, baterías, energías renovables, inteligencia artificial, semiconductores, drones o automatización industrial. Y lo hace sin abandonar completamente las industrias tradicionales. Por eso los aranceles de Trump o los intentos occidentales de reducir dependencia están teniendo un impacto mucho más limitado de lo esperado.

Mientras Occidente fragmentaba la producción mundial, China logró integrar dentro de sus propias fronteras gran parte de esa fragmentación productiva. Y eso ayuda a explicar por qué su cuota de manufactura global ha pasado de alrededor del 8% en 2004 a superar hoy el 30% mundial.

Pero el modelo también tiene debilidades. Funciona extraordinariamente bien hacia fuera… pero mucho peor hacia dentro. Mientras las exportaciones siguen creciendo impulsadas por la inteligencia artificial (IA), los centros de datos y la transición energética, el consumo interno continúa muy débil. Las ventas minoristas apenas avanzan, el mercado inmobiliario sigue dañado y las familias mantienen una enorme prudencia a la hora de gastar.

China se está convirtiendo en una superpotencia productiva… pero no necesariamente en una gran economía de consumo. Y cuanto más dependa de exportar al resto del mundo, mayores tensiones comerciales aparecerán con EE. UU. y Europa. Reactivar el consumo exigiría subir salarios, reforzar la protección social y transformar un modelo económico construido durante décadas alrededor de la industria y las exportaciones. Pero hacerlo demasiado rápido podría poner en riesgo precisamente la base de su fortaleza global.

Occidente sigue intentando frenar a China pensando que compite como una economía convencional. Pero China funciona más bien como un ecosistema industrial completo capaz de competir simultáneamente en casi todos los niveles de desarrollo económico. Y probablemente ahí reside la verdadera dificultad de contener su ascenso.

Adaptación a cualquier barrera comercial

Durante años, el debate sobre China se ha centrado en su capacidad para fabricar más barato que Occidente. Sin embargo, el verdadero desafío para Europa ya no es únicamente su potencia industrial, sino la habilidad de Pekín para adaptarse a cualquier barrera comercial que se le imponga.

La Unión Europea ha endurecido su postura frente a China con aranceles sobre los vehículos eléctricos y otras medidas destinadas a proteger una industria cada vez más preocupada por la pérdida de competitividad. Pero China parece haber entendido que el mundo está entrando en una nueva era de bloques económicos y, en lugar de enfrentarse directamente a esas barreras, está empezando a rodearlas.

El mejor ejemplo lo encontramos en Marruecos. En los alrededores de Tánger está surgiendo un importante polo industrial impulsado por empresas chinas que fabrican componentes para automóviles, baterías, neumáticos y otros suministros destinados al mercado europeo. Marruecos ofrece mano de obra competitiva, incentivos fiscales, energía renovable y una posición estratégica a las puertas de Europa.

Y ahí es donde aparecen las preocupaciones de Bruselas. Muchos responsables europeos temen que parte de estas inversiones no sean simplemente una apuesta por Marruecos, sino una forma de utilizar el país como plataforma para acceder al mercado europeo evitando algunas de las restricciones comerciales impuestas a China.

Lo interesante es que esta estrategia no es nueva. Durante años, numerosas empresas chinas intentaron utilizar México para mantener un acceso privilegiado al mercado estadounidense. Ahora parece que la misma lógica empieza a extenderse a Marruecos, Turquía y otros países situados en la periferia de los grandes bloques económicos.

En realidad, estamos asistiendo a una transformación profunda de la globalización. Durante décadas el modelo era fabricar en China y exportar al resto del mundo. Hoy las tensiones geopolíticas y los aranceles están impulsando algo distinto: la internacionalización de la producción china. Ya no se trata solo de exportar productos, sino de exportar fábricas, capital y tecnología.

La gran cuestión para Europa quizá no sea cómo imponer más aranceles, sino cómo recuperar competitividad. Porque mientras Bruselas debate nuevas barreras comerciales, China parece estar construyendo una red industrial global capaz de seguir abasteciendo a los consumidores occidentales desde múltiples puntos del planeta. 
Las barreras pueden cambiar las rutas comerciales, pero rara vez detienen a quien dispone del capital, la tecnología y la capacidad industrial suficiente para encontrar caminos alternativos. Y eso es precisamente lo que China está haciendo.

Entre Trump y Putin
La visita de Donald Trump a China ha sido mucho más que una simple cumbre bilateral. Ha sido una demostración cuidadosamente diseñada de cómo Xi Jinping quiere que el mundo vea hoy a China: como una superpotencia capaz de sentar en su mesa, con apenas unos días de diferencia, al presidente de EEUU y al de Rusia.

Primero Trump. Después Putin. La secuencia no es casual. Mientras el presidente estadounidense abandonaba Pekín tras dos días de reuniones, el Kremlin confirmaba la llegada de Vladimir Putin a China para los días 19 y 20 de mayo. Xi quiere transmitir una idea muy concreta: Pekín se ha convertido en uno de los grandes centros de gravedad del nuevo tablero geopolítico mundial.

Pero detrás de las ceremonias, los largos apretones de manos y las sonrisas cuidadosamente medidas existe una enorme diferencia en la forma en que ambas potencias entienden el mundo y el papel que quieren desempeñar en él. Trump parece abordar la relación con China desde una lógica principalmente pragmática y transaccional. Su prioridad es estabilizar relaciones, reducir tensiones comerciales, contener el impacto económico de los conflictos globales y evitar un deterioro que termine perjudicando a Estados Unidos y a sus grandes empresas.

Xi Jinping piensa a otra escala. China no busca únicamente crecer económicamente. Busca rediseñar el equilibrio de poder global. Cuando Xi habla de evitar la “trampa de Tucídides”, en realidad está dejando claro que Pekín se considera una potencia destinada a ocupar un papel central en el mundo y que el verdadero riesgo aparecería si EEUU se negara a aceptar ese nuevo equilibrio.

Ahí aparece probablemente la mayor divergencia estratégica entre ambas superpotencias. EEUU sigue funcionando muchas veces con horizontes políticos de corto plazo, mientras China trabaja con planes de décadas. Trump busca acuerdos visibles y rápidos. Xi intenta alterar lentamente las estructuras del poder mundial.

Y probablemente por eso toda la visita estuvo llena de símbolos cuidadosamente calculados. Xi recibió a Trump con una puesta en escena imperial, paseos por lugares históricos, referencias constantes a la historia milenaria china y una diplomacia extremadamente controlada. En la corte de Xi nada es improvisado. Mientras Trump hablaba de negocios, Xi hablaba de civilización, historia y poder.

Incluso los gestos aparentemente menores reflejaban esa batalla psicológica. Desde el saludo inicial hasta los recorridos por Pekín, China quiso dejar claro que ya no se siente una potencia emergente subordinada a EEUU sino un actor que se considera igual o incluso destinado a superar a Washington en influencia global. Y en medio de toda esta rivalidad existe una realidad incómoda para EEUU: las grandes multinacionales norteamericanas siguen profundamente conectadas a China. Muchos de los empresarios y directivos que acompañaron a Trump reflejan precisamente esa contradicción.

Washington intenta reducir su dependencia estratégica de Pekín mientras buena parte de su tejido empresarial continúa necesitando el mercado chino, su capacidad industrial y sus cadenas de suministro. Xi lo sabe perfectamente y juega constantemente a dos bandas. Por un lado, intenta estabilizar relaciones con Washington porque necesita mantener acceso a los mercados occidentales. Por otro, mantiene intacta su asociación estratégica con Rusia porque considera a Moscú un socio clave para debilitar la hegemonía estadounidense.

La llamada “asociación sin límites” entre Xi y Putin sigue viva. China nunca condenó la invasión de Ucrania y ha actuado durante estos años como uno de los grandes salvavidas económicos del Kremlin, aumentando las compras de energía rusa, ampliando el comercio bilateral y ofreciendo vías de escape financieras y tecnológicas frente a las sanciones occidentales.

Sin embargo, detrás de esa imagen de alianza entre iguales empieza a aparecer una realidad cada vez más evidente: Rusia necesita mucho más a China de lo que China necesita a Rusia. Y Xi Jinping lo sabe perfectamente. La propia reunión con Putin ha vuelto a reflejarlo. Moscú necesita desesperadamente mantener sus exportaciones energéticas tras perder buena parte del mercado europeo, mientras Pekín negocia desde una posición de enorme ventaja. El proyecto del gasoducto “Power of Siberia 2” es probablemente el mejor ejemplo. Para Rusia resulta casi vital para reemplazar ingresos perdidos desde la guerra de Ucrania. Para China, en cambio, es simplemente una opción estratégica más dentro de su proceso de diversificación energética.

De hecho, cuanto más tiempo pasa y más dependiente se vuelve Rusia de los mercados chinos, mayor capacidad de presión acumula Pekín sobre el Kremlin. China se ha convertido no solo en el principal comprador de energía rusa, sino también en uno de sus grandes salvavidas financieros y tecnológicos tras las sanciones occidentales. Incluso gran parte del comercio bilateral ya se liquida en yuanes y rublos, reflejando hasta qué punto Moscú ha terminado orbitando alrededor de la estructura económica china.
Y probablemente ahí aparece una de las mayores fortalezas estratégicas de Xi Jinping actualmente: su capacidad para hablar de tú a tú con Washington mientras mantiene a Moscú cada vez más dentro de la órbita económica y geopolítica china.

La sensación que deja toda esta secuencia diplomática es que Trump sigue pensando en términos de negociación, mientras Xi Jinping piensa en términos de civilización, poder e historia. Estados Unidos todavía actúa muchas veces como la potencia dominante del presente, mientras China se comporta ya como la potencia que cree representar el futuro.

Y quizá el verdadero mensaje que Xi quiso enviar al recibir primero a Trump y después a Putin era precisamente ese: China ya no se considera una potencia emergente que busca su lugar en el sistema internacional. Cree haberse convertido ya en uno de los pilares centrales del nuevo orden global que está naciendo.

Mientras, el sector exterior de China continúa avanzando a un ritmo sólido y propulsado por un nuevo motor de crecimiento: la IA, que empuja el comercio internacional. En mayo el superávit comercial supera los 105.000 millones $ frente a los 84.820 millones del mes previo. Un saldo positivo que se alcanza con un elevado dinamismo tanto de las exportaciones (+19,4% interanual) como de las importaciones (+27,4%). Por segmentos, destacó sobre todos los demás el altísimo dinamismo de la tecnología que sigue disfrutando de esta ola de mayor inversión: las exportaciones de semiconductores, ordenadores y sus componentes crecieron un 89% interanual en mayo (frente al +73% en abril), impulsadas principalmente por el aumento de precios unitarios. Con todo ello, en términos nominales, las exportaciones de alta tecnología crecieron un 51%, el mayor aumento desde 2021, y ahora representan casi el 30% de los envíos totales al exterior. Además, también las exportaciones de automóviles se mantuvieron elevadas con un avance del +39% interanual (vs. +44% en abril), aunque con una ligera desaceleración debido a una base comparativa más alta. Por el lado de las importaciones, también fue la tecnología el líder con un avance del +71% de las compras de semiconductores, ordenadores y componentes. Finalmente, también destacaron los datos relativos al comercio de bienes energéticos, con las importaciones de crudo registrnado una reducción del -6,7% mensual, mientras que China incrementó sus importaciones de carbón (+9,5% mensual) una medida destinada a mitigar el impacto del encarecimiento del petróleo.

Sekotia publica 'China desconocida', de Luis Castro Kerdel

¿Por qué un país que lleva cinco mil años de civilización acepta ser gobernado sin elecciones, sin prensa libre y sin jueces independientes? ¿Por qué sus ciudadanos no se rebelan? ¿Juegan China y Occidente la misma partida? ¿Con las mismas reglas? ¿Con los mismos objetivos? ¿O llevamos décadas respondiendo a una estrategia que ni siquiera hemos sido capaces de identificar? A todas estas preguntas y muchas otras responde el economista Luis Castro Kerdel en China desconocida, editado por Sekotia.

Durante años, China fue presentada como el gran milagro económico del siglo XXI, una civilización milenaria que, tras décadas de aislamiento, se abría al mundo con una fuerza imparable. Para muchos era el futuro. Para otros, una oportunidad. Para Luis Castro Kerdel, fue ambas cosas. En 2012, este economista se instaló en Shanghái. Lo que comenzó como una aventura personal -aprender el idioma, emprender, integrarse en una cultura fascinante- se convirtió en casi una década de observación directa desde dentro de una sociedad radicalmente distinta a la occidental. A través de experiencias cotidianas y relaciones personales, Castro desvela cómo funcionan los conceptos que vertebran la cultura china -el guanxi, la reputación, la contradicción asumida, el pragmatismo sin límites- y cómo estos definen una visión del mundo que no compite con la occidental, sino que le es profundamente ajena.

Un sistema eficaz y opaco, jerárquico, donde la libertad individual y el Estado de derecho ocupan un lugar muy distinto al que les asignamos nosotros. La pandemia fue el momento en que las piezas terminaron de encajar. Lo que durante años podía leerse como diferencia cultural mostró otra cara: silencio impuesto desde el poder, control social sistemático, marginación de los disconformes. 

Luis Castro Kerdel salió de China con miedo. Este libro pretende que el lector, al leerlo, entienda por qué. El autor es economista con una sólida trayectoria en el sector privado internacional. Motivado por el ascenso vertiginoso de Asia, se trasladó a Shanghái en 2012, donde residió durante casi una década. Durante su estancia, colaboró como asesor y mentor de altos ejecutivos chinos y japoneses en empresas multinacionales, lo que le otorgó un acceso privilegiado para observar desde dentro la metamorfosis del sistema social y político del país. Tras su regreso a Occidente en 2021,decidió plasmar sus vivencias y análisis en esta obra, buscando alertar sobre las realidades invisibles detrás del ascenso económico chino.