15May

"Si, en un escenario de conflicto prolongado, éste redujera el crecimiento de la renta bruta disponible de los países emisores en más de 2,5 puntos, el efecto neto del conflicto sobre el turismo internacional en España ya no sería positivo", avisa CaixaBank Research.

Miguel Ángel Valero

Los más de tres meses de conflicto en Oriente Medio abre un nuevo escenario para el turismo internacional, y también para España. En el pasado, los episodios de inestabilidad en esa zona favorecieron al turismo español, al actuar como refugio seguro para millones de viajeros.  Sin embargo, en esta ocasión también entran en juego la subida de los precios del petróleo y la probabilidad de que el combustible para el transporte aéreo acabe escaseando. ¿Cómo se acabará decantando la balanza?

La seguridad es una de las grandes bazas del turismo en España, subraya un análisis de CaixaBank Research. Precisamente, uno de los grandes motivos por los que España sigue siendo uno de los destinos turísticos favoritos del mundo es algo tan básico —y tan decisivo— como la sensación de seguridad que ofrece. Viajar con tranquilidad importa, y mucho. De hecho, según el índice de competitividad turística del World Economic Forum, España obtiene una de las notas más altas en seguridad y protección.

La guerra provocada por los ataques de Israel y de EEUU a Irán ha provocado alteraciones de tráfico en importantes hubs aeroportuarios de Oriente Próximo, como Dubái o Doha. Más allá de su función como puntos de conexión entre Europa, Asia y África, estos destinos han ido ganando protagonismo propio en el turismo y los viajes de negocios. 

Si el conflicto Golfo se agrava o se prolonga, parte del tráfico aéreo y de viajeros podría desviarse hacia otras zonas consideradas más estables, lo que abriría la puerta a un mayor protagonismo de España como destino turístico alternativo.

Europa compensa con creces la caída de Asia

CaixaBank Research ha analizado pormenorizadamente el gasto de los turistas internacionales en España. El estallido de la guerra en Irán ha abierto un capítulo incierto para el turismo internacional en España. Aunque, históricamente, los episodios de inestabilidad geopolítica en Oriente Próximo han impulsado el turismo hacia España, tanto la disrupción en hubs aeroportuarios en el Golfo Pérsico como la fuerte subida de los precios del petróleo y la posibilidad de que escasee combustible para el transporte aéreo han introducido dudas sobre el impacto neto del conflicto en el crecimiento del sector.

Por el momento, los datos de tarjetas internacionales utilizadas en terminales de punto de venta de CaixaBank muestran que el gasto turístico internacional pasó de crecer un 10,7% interanual en febrero de 2026 a un 11,2% en marzo. Esta aceleración se explica, sobre todo, por el mayor dinamismo del turismo procedente del Reino Unido, Francia y Alemania, los tres principales mercados emisores de turistas hacia España. En conjunto, el gasto turístico de estos tres países se aceleró un 5,5% de media y situó el crecimiento de todos ellos en tasas de doble dígito.

Este avance compensó la caída del gasto turístico procedente de Asia oriental, una región especialmente afectada por las alteraciones en el transporte aéreo. El gasto turístico de China, Japón, Corea del Sur y el resto de Asia y Oceanía pasó de crecer a un ritmo medio del 28,9% en febrero de 2026 a caer un 0,9% en marzo, lo que supone una desaceleración cercana a los 30 puntos.

Aunque esta caída, en términos absolutos, fue muy superior a la aceleración observada en el turismo europeo, su impacto agregado fue limitado por el reducido peso del turismo asiático en el conjunto del sector. En los últimos 12 meses, Asia y Oceanía representaron apenas el 3,2% del gasto turístico internacional en España, frente al 74,4% correspondiente al turismo europeo. Así, la resiliencia de flujos turísticos europeos hacia España, que en parte pudo deberse al redireccionamiento de estos flujos en favor de nuestro país, compensó con holgura la brusca desaceleración del turismo asiático.

Más llamativa fue la evolución del gasto turístico procedente de Oriente Próximo, que pasó de contraerse un 1,8% en febrero a crecer un 12,7% en marzo. Esta mejora, de 14,6 puntos, parece responder a la reubicación temporal de residentes de los países del Golfo que abandonaron las zonas afectadas por el conflicto.

En conjunto, estos datos refuerzan la previsión de CaixaBank Research de que la redirección de turistas desde el Golfo y el este del Mediterráneo contribuirá en 2026 a una ligera aceleración del sector turístico español. Pero este escenario es coherente con un conflicto de duración contenida. "Si, en un escenario de conflicto prolongado, éste redujera el crecimiento de la renta bruta disponible de los países emisores en más de 2,5 puntos, el efecto neto del conflicto sobre el turismo internacional en España ya no sería positivo", advierte en un análisis David Cesar Heymann.

22Mar

Varios “hubs” de tránsito en la zona han limitado o detenido operaciones y los vuelos directos se han reducido hasta quedar en servicios mínimos. El resultado es una caída drástica de la capacidad de carga aérea. Y cuando la oferta de transporte cae, el precio se dispara: el coste del transporte aéreo ya ha aumentado entre un 30% y un 100%.

Miguel Ángel Valero

Cada vez que estalla un conflicto en Oriente Próximo, la conversación pública suele centrarse en lo mismo: cuánto va a subir el petróleo y cuánto pagaremos por la gasolina o el gasóleo. Es lógico, porque el impacto energético es inmediato y visible. Pero reducir el análisis únicamente al precio del barril es quedarse con una parte muy pequeña de la historia.

La realidad es que un conflicto en esa región del mundo tiene implicaciones mucho más profundas para la economía global. Oriente Medio no es solo un gran productor energético; también es uno de los principales nodos logísticos del planeta. Y cuando ese nodo se tensiona, las consecuencias se multiplican en sectores que, a priori, nada tienen que ver con el petróleo. El índice de materias primas ya muestra con claridad que nos encontramos en uno de los momentos más críticos de los últimos cincuenta años.

Uno de los primeros impactos se observa en el transporte aéreo y, por extensión, en el turismo. La región funciona como punto de escala entre Europa y Asia. Muchos de los grandes aeropuertos del Golfo conectan ambos continentes y canalizan una parte enorme del tráfico aéreo mundial. Si las aerolíneas empiezan a modificar rutas, cancelar escalas o reducir operaciones por motivos de seguridad, las consecuencias se dejan sentir inmediatamente: vuelos más largos, más caros y con menor disponibilidad. 

Esto no solo afecta a los viajeros. Impacta directamente en la industria turística de decenas de países. Cuando se encarecen los vuelos intercontinentales o se reducen las conexiones, el turismo internacional se resiente. Y el turismo es una de las grandes fuentes de ingresos para muchas economías, especialmente en Europa.

Pero hay un ejemplo aún más claro de hasta qué punto un conflicto puede alterar la economía global: la cadena de suministro de medicamentos.

La industria farmacéutica europea depende enormemente de Asia para los principios activos con los que se fabrican los medicamentos, los llamados API (Active Pharmaceutical Ingredients). Más del 50% de estos ingredientes se producen fuera de Europa, principalmente en China e India. En algunos casos la dependencia es prácticamente total.

El problema no es solo geográfico, sino también de concentración. Para muchos principios activos existen entre uno y cinco fabricantes certificados en todo el mundo. Esto significa que cualquier interrupción logística puede tener consecuencias inmediatas en la disponibilidad de medicamentos.

La guerra en la región está empezando a tensionar precisamente ese sistema logístico. El transporte aéreo, clave para determinados envíos farmacéuticos, es el más afectado. Varios “hubs” de tránsito en Oriente Próximo han limitado o detenido operaciones y los vuelos directos entre India y Europa se han reducido hasta quedar en servicios mínimos. El resultado es una caída drástica de la capacidad de carga aérea. Y cuando la oferta de transporte cae, el precio se dispara: el coste del transporte aéreo ya ha aumentado entre un 30% y un 100%.

Esto tiene efectos en cadena. Los retrasos en el envío de muestras necesarias para validar lotes de producción pueden añadir días o incluso semanas a la disponibilidad final de medicamentos en Europa.

El transporte marítimo tampoco está a salvo. Algunas grandes navieras han suspendido rutas por zonas sensibles como el Estrecho de Ormuz o el Canal de Suez, obligando a rodear África por el Cabo de Buena Esperanza. Ese simple desvío añade entre 15 y 20 días a cada trayecto y eleva significativamente los costes logísticos. Además, los medicamentos no cuentan con ningún tipo de prioridad logística especial. En algunos casos, los envíos quedan retenidos durante largos periodos en aeropuertos o puertos, lo que puede provocar incluso desviaciones de temperatura que obliguen a descartar lotes completos por riesgo de pérdida de calidad.

Todo esto ocurre en un contexto de dependencia estructural. Europa produce alrededor del 70% de los medicamentos terminados que consume, pero solo fabrica aproximadamente un tercio de los principios activos necesarios para producirlos. Esa vulnerabilidad se amplifica porque muchos de esos ingredientes dependen indirectamente de China incluso cuando se importan desde India. La cadena de suministros es más frágil de lo que parece.

Por eso, cuando analizamos un conflicto como el actual, debemos mirar mucho más allá del petróleo. La energía es solo el primer eslabón visible de una cadena mucho más compleja que afecta a la logística global, al comercio, al turismo y, en última instancia, a sectores tan sensibles como el sanitario.

La globalización ha creado sistemas extremadamente eficientes, pero también extraordinariamente dependientes. Funcionan muy bien mientras todo fluye con normalidad, pero cuando uno de los grandes nodos del sistema se altera, las consecuencias se propagan rápidamente por toda la economía.

"La guerra en Oriente Próximo es un recordatorio de algo que llevamos años ignorando: la resiliencia de las cadenas de suministro se ha convertido en un asunto estratégico. Y probablemente será uno de los grandes debates económicos de la próxima década", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.