21 Mar
21Mar

Miguel Ángel Valero

Anthony Willis, Senior Economist de Columbia Threadneedle Investments, resalta la primera ronda de grandes reuniones de bancos centrales desde el estallido del conflicto en Oriente Medio. Como era previsible ,en un contexto de mayores riesgos inflacionistas, el tono se ha vuelto más restrictivo, con implicaciones relevantes para la senda relativamente positiva que hasta ahora se anticipaba para los tipos de interés en 2026.

La Fed ha mantenido los tipos en el rango 3,5%-3,75% y advertido de que los acontecimientos en Oriente Medio tienen “implicaciones inciertas” para la economía estadounidense. Su presidente, Jerome Powell, ha señalado que, a corto plazo, “el encarecimiento de la energía impulsará la inflación general, aunque aún es pronto para calibrar el alcance y la duración de sus efectos sobre la economía”. Las nuevas previsiones reflejan que los responsables de la Fed sitúan la inflación PCE en el 2,7% a cierre de año, frente al 2,4% estimado en diciembre.

El Banco de Inglaterra (BoE) también ha dejado los tipos sin cambios en el 3,75%, por unanimidad, y alertado de que un shock energético prolongado procedente del Golfo elevaría la inflación y podría abrir la puerta a subidas de tipos. El gobernador, Andrew Bailey, ha considerado “apropiado” mantener los tipos en este momento, aunque ha advertido de que “no conviene extraer conclusiones firmes sobre futuras subidas”. Además, ha subrayado que “el mensaje ha cambiado” a raíz del encarecimiento de la energía y que los recortes “han dejado de estar en el horizonte”. El BoE, que antes proyectaba una moderación del IPC al 2,1% en el segundo trimestre de 2026, ahora prevé un 3%, con un repunte hasta el 3,5% en el tercer trimestre.

El Banco Central Europeo (BCE) ha mantenido los tipos en el 2%. Su presidenta, Christine Lagarde, ha afirmado que la institución está “bien posicionada y equipada” para hacer frente a “un shock de gran magnitud en desarrollo”. El BCE ha revisado al alza su previsión de inflación para este año hasta el 2,6% (desde el 1,9% anterior). Por ahora, estima una moderación al 2%en 2027 y al 2,1% en 2028. Lagarde ha advertido de que la guerra en Oriente Medio ha incrementado “de forma significativa la incertidumbre”, generando riesgos al alza para la inflación y a la baja para el crecimiento.

Durante meses, Christine Lagarde había insistido en que la política monetaria se encontraba en “un buen punto”. El consenso era que el BCE no movería tipos este año, mientras que en EEUU y Reino Unido se anticipaban recortes. Ese escenario ha quedado atrás tras el shock energético del último mes, que ha alterado sustancialmente las expectativas sobre inflación y tipos.

En EEUU, los futuros sobre los Fed Funds ya no anticipan un recorte de tipos hasta julio de 2027, un giro notable frente al escenario previo al conflicto, cuando el mercado descontaba dos bajadas en 2026. Hace apenas unas semanas, el mercado daba por hecho un recorte del BoE en la reunión actual. Hoy, no solo se descartan bajadas de tipos adicionales, sino que las subidas ganan probabilidad. En la Eurozona, se descuentan ya dos incrementos de tipos a lo largo del año.

El entorno sigue siendo altamente incierto. Como resumió Powell, “nadie lo sabe”: los efectos económicos podrían ser mayores o menores, incluso significativamente distintos a lo esperado. La experiencia reciente pesa: en 2022, el shock energético derivado de la invasión rusa de Ucrania intensificó una inflación ya elevada, y los bancos centrales reaccionaron tarde al subestimar su magnitud. Si el shock energético se prolonga, lo más probable es que los tipos suban en el corto plazo, seguidos posteriormente de recortes a medida que el encarecimiento de las materias primas frene el crecimiento. La historia sugiere que los altos precios del petróleo acaban traduciéndose en destrucción de demanda y desaceleración económica. Por ahora, con las previsiones de inflación al alza, los bancos centrales tendrán poco margen más allá de endurecer la política si la crisis se prolonga.

"Nos encontramos en un momento crítico del conflicto, en el que los elevados precios de la energía reflejan un nivel de incertidumbre excepcional", advierte este experto. El riesgo de escalada - con ataques a infraestructuras energéticas por ambas partes -introduce presiones adicionales al alza sobre el petróleo y el gas. La variable clave para los mercados y la economía global es el flujo de materias primas a través del estrecho de Ormuz. La comunidad internacional no muestra, por ahora, disposición a desplegar recursos militares en la zona, y el tránsito se limita a un número reducido de buques autorizados por Irán. En este contexto, predomina una estrategia de “esperar y ver”, a la espera de desenlaces binarios: una desescalada que permita reanudar el tráfico marítimo - posiblemente bajo protección internacional - o una prolongación del conflicto, con riesgo de mayor intensificación si la infraestructura energética pasa a ser objetivo directo.

El entorno ha pasado, en pocas semanas, de ser relativamente benigno a uno de elevada incertidumbre. Los mercados de renta fija acusan la perspectiva de mayores tipos e inflación, la renta variable ha corregido, aunque muestra cierta resiliencia apoyada en unas previsiones de beneficios que, por ahora, se mantienen. Sin embargo, el consenso que anticipaba una resolución rápida delconflicto y la continuidad de un escenario favorable para 2026 - aunque con recortes de tipos más tardíos - empieza a resquebrajarse. Si el conflicto se prolonga sin señales de compromiso entre las partes, el deterioro de las perspectivas de crecimiento, inflación y tipos acabará pesando de forma más intensa sobre el apetito por el riesgo.

The Trader: ejercicio de equilibrio casi imposible

"Hay momentos en los que la política monetaria deja de ser una cuestión técnica para convertirse en un ejercicio de equilibrio casi imposible", subraya el analista Pablo Gil en The Trader. Y el entorno actual es, probablemente, uno de los más complejos que hemos visto en décadas.

Si uno mira lo que está descontando el mercado, la foto ya refleja esa falta de claridad. En Europa, las expectativas apuntan a un endurecimiento adicional de unos 40 puntos básicos (pb). En Reino Unido, el escenario es mucho más contenido, con apenas unos 10-15 pb de subida implícitos. Mientras tanto, en EEUU, el debate sigue abierto en dirección opuesta: todavía hay quien espera dos recortes de 25 pb a lo largo del año. Y en Japón, la gran incógnita sigue siendo si el Banco de Japón se atreverá a seguir normalizando su política monetaria o si, ante el deterioro global, optará por frenar y mantener tipos estables.

Este mosaico de expectativas no es casual. Es el reflejo de un entorno en el que los bancos centrales ya no tienen una narrativa clara que seguir. Por un lado, el conflicto en Irán introduce un riesgo evidente de repunte inflacionista. El canal más directo es el energético: cualquier tensión sostenida en el suministro de petróleo vuelve a poner presión sobre los precios. Y eso, en teoría, exigiría mantener una política monetaria restrictiva o incluso endurecerla.

Pero, al mismo tiempo, los datos de crecimiento empiezan a deteriorarse de forma preocupante. China ya ha rebajado su objetivo de crecimiento hacia el entorno del 4,5%-5%. En EEUU, la revisión del PIB del cuarto trimestre ha sido significativa, pasando del 1,4% al 0,7%, lo que apunta a una pérdida clara de inercia. Europa y Reino Unido, por su parte, siguen atrapados en crecimientos débiles y poco consistentes.

El problema es evidente: los bancos centrales se enfrentan a un shock de oferta (energético y geopolítico) en un momento en el que la demanda ya muestra signos de fatiga. Y aquí es donde aparece el verdadero dilema. Si priorizan la inflación, corren el riesgo de agravar la desaceleración económica. Si priorizan el crecimiento, pueden reavivar unas tensiones inflacionistas que todavía no están completamente controladas y donde aún no se ha visto el impacto de la crisis energética actual.

Durante años, el manual era claro: ante debilidad económica, se estimula la demanda. Pero ese enfoque dejó de funcionar cuando el problema no está en la demanda, sino en las restricciones de oferta. Lo vimos claramente en 2021 y 2022, cuando las políticas expansivas en pleno shock de oferta terminaron alimentando una inflación que luego fue extremadamente costosa de corregir.

Y ésa es, probablemente, la gran lección que hoy pesa sobre los bancos centrales. Saben que no pueden repetir el mismo error. Pero también saben que su margen de maniobra es mucho más limitado de lo habitual. Todo esto ocurre, además, en un contexto de mercados financieros que venían descontando un escenario prácticamente perfecto: bolsas en máximos históricos, primas de riesgo en niveles muy comprimidos y una sensación generalizada de estabilidad.

Ese equilibrio, en realidad, era más frágil de lo que parecía. Porque cuando desaparecen las respuestas fáciles, lo que queda no es solo incertidumbre. Es un entorno en el que cualquier decisión tiene un coste, y en el que, por primera vez en mucho tiempo, los bancos centrales parecen más reactivos que dominantes.

Estamos entrando en una fase en la que la política monetaria va a perder protagonismo como herramienta capaz de estabilizar el ciclo. No porque los bancos centrales hayan dejado de ser importantes, sino porque el tipo de problemas que tenemos delante (geopolíticos, energéticos y estructurales) no se pueden resolver moviendo tipos de interés arriba o abajo. Y eso obliga a los inversores a cambiar el enfoque. Venimos de años en los que bastaba con seguir a los bancos centrales. A partir de ahora, probablemente, habrá que entender mejor el contexto global, asumir más volatilidad y aceptar que el margen de error es mucho mayor. Porque cuando quienes marcaban el camino empiezan a dudar, el mercado deja de ser predecible y pasa a ser, simplemente, incierto.

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