13 Sep
13Sep

Japón se está enfrentando a un problema económico que durante décadas prácticamente no existió: el dinero vuelve a tener un coste. Y eso llega precisamente cuando el Gobierno quiere gastar mucho más. El Ministerio de Defensa acaba de solicitar un presupuesto récord de unos 8,9 billones de yenes (56.000 millones$) para 2027. Pero probablemente sea solo el principio. Japón prepara un nuevo plan de rearme ante el aumento de la actividad militar china, la amenaza de Corea del Norte (complicada por el acercamiento de Trump a su líder supremo, Kim Jong-un, en detrimento de Corea del Sur) y la creciente cooperación entre Pyongyang y Moscú.

El objetivo actual es situar el gasto relacionado con defensa alrededor del 2% del PIB. Pero hay un pequeño problema: ese porcentaje se calculó tomando como referencia el tamaño que tenía la economía japonesa en 2022. Desde entonces, el PIB nominal —el valor de la economía medido a precios actuales, sin descontar la inflación— ha aumentado considerablemente. Aplicar hoy ese 2% supondría gastar aproximadamente 13,8 billones de yenes al año. Y EEUU está presionando a sus aliados para acercarse al 3,5% del PIB. En el caso japonés estaríamos hablando de unos 24 billones de yenes anuales.

De modo que la pregunta clave es ¿cómo se paga todo esto? Y aquí comienza el verdadero problema. Japón tiene una de las mayores deudas públicas del mundo, superior al 200% de su PIB. Durante muchos años esto parecía relativamente manejable porque el Banco de Japón mantenía los tipos de interés prácticamente en cero, e incluso en tasas negativas. Japón debía muchísimo dinero, pero pagaba muy poco por financiarlo.

Ese mundo está desapareciendo. La inflación ha obligado al Banco de Japón, gobernado por Kazuo Ueda, a abandonar progresivamente su política monetaria ultra laxa y los inversores están exigiendo una rentabilidad cada vez mayor para comprar deuda japonesa. El bono a diez años ha alcanzado niveles que no veíamos desde hace 1996.

Y esto tiene una consecuencia muy sencilla. Cuando vencen los bonos antiguos emitidos a tipos prácticamente del 0%, el Gobierno tiene que sustituirlos por nuevos bonos pagando intereses mucho mayores. No ocurre de golpe, pero cuanto más tiempo permanezcan elevados los tipos, mayor será la factura de intereses del Estado.

Y Japón tiene otra complicación: el yen. La moneda japonesa lleva años debilitándose frente al dólar. Un yen débil favorece a los grandes exportadores japoneses, pero también encarece todo aquello que Japón necesita comprar fuera, incluido el armamento.

El Ministerio de Defensa ha elaborado sus cálculos utilizando un tipo de cambio de aproximadamente 149 yenes por dólar, cuando recientemente la cotización ha llegado a acercarse a los 160. Cuanto más se deprecia el yen, más caros resultan los drones, misiles, sistemas tecnológicos y equipamiento militar adquirido en EEUU.

Y aquí aparece la auténtica trampa. Para sostener el yen y controlar la inflación, el Banco de Japón necesita mantener una política monetaria más restrictiva y unos tipos de interés más elevados. Pero unos tipos más altos aumentan el coste de financiar la gigantesca deuda pública.

Si, por el contrario, el Banco de Japón vuelve a intervenir agresivamente para mantener artificialmente bajos los tipos comprando deuda pública, corre el riesgo de provocar una nueva depreciación del yen y alimentar nuevamente la inflación.

Aquí está el dilema para el Banco de Japón: defender el yen encarece la deuda. Proteger la deuda puede debilitar el yen.

Mientras tanto, el Gobierno, presidido por Sanae Takaichi, quiere aumentar el gasto militar, reducir temporalmente algunos impuestos e impulsar nuevas políticas de crecimiento. Y hacerlo todo al mismo tiempo.

Y hay una última cuestión que muchas veces olvidamos cuando hablamos de deuda pública. Los intereses no son simplemente una cifra contable. Cada yen que el Gobierno tiene que dedicar a pagar intereses es un yen que no puede destinar a pensiones, sanidad, infraestructuras, defensa o inversión sin aumentar impuestos o emitir todavía más deuda.

A eso hay que añadir que Japón afronta además uno de los mayores envejecimientos demográficos del planeta, lo que probablemente seguirá aumentando el gasto público durante las próximas décadas.

Durante décadas Japón demostró que un país podía convivir con una deuda gigantesca siempre que financiarla fuese prácticamente gratis.

Ahora empieza el verdadero experimento. Japón necesita gastar más en defensa, afrontar el envejecimiento de su población, controlar la inflación y evitar una depreciación excesiva del yen, mientras el coste de financiar su deuda aumenta hasta niveles que no veíamos desde hace décadas.

"El problema de Japón quizá nunca haya sido cuánto debía, sino cuánto tendría que pagar el día que el dinero dejase de ser gratis, y ese día ya ha llegado", advierte Pablo Gil en The Trader.

Comentarios
* No se publicará la dirección de correo electrónico en el sitio web.