28 Feb
28Feb

Miguel Ángel Valero

En la presentación de 'Lobos feroces' (Crossbooks, 342 páginas), pregunté al autor, Carlos García Miranda, por qué nos atrae el mal. "Nos gustan el cine de terror y las novelas oscuras porque lo estás viendo o leyendo con todas las cerraduras echadas. Nos da una falsa sensación de seguridad, aunque el mal nunca queda lejos. Es una contradicción del ser humano, pero el éxito del 'true crimen' habla de eso, también hay morbo, y una mirada perversa, pero hay más de sentirse reconfortado por la seguridad de la vida que tenemos", contestó entonces.

Pero el escritor (El club de los lectores criminales) y guionista (firma el de la película basada en esa novela en Netflix, Física o Química: la nueva generación, El internado, Los protegidos: un nuevo poder) podía haber apelado a su propia novela, que en la página 272 deja muy claro que "el mal existe porque alguien lo cultiva", porque "el hombre es el lobo más feroz de todos. Y porque creen que sale gratis".

Unas páginas después, afirma que "el mal no se vende. El mal no se compra. Se desea" y que "se paga con el alma, y una vez que se invoca lo acompaña a uno para siempre". También, que "hay veces en las que el bien y el mal no están separados. Es solo cuestión del lado del que se haga el juicio".

'Lobos feroces' es de esas novelas que se leen de un tirón. Tanto que hay que recurrir a una segunda lectura, más reposada, para disfrutarla. A partir de un hecho real, la desaparición en El Escorial de un niño, Pedrin Bravo y Bravo, el 25 de diciembre de 1892 (a quien encuentran semanas después muerto y con signos de violencia extrema), Carlos García Miranda construye una historia en la que hay de todo: la Escuela Nacional de Policía, la hija que quiere cerrar la investigación que le costó la vida al padre, el falso culpable, cómo se crean leyendas "tantas versiones de lo que ocurrió como vecinos había en el pueblo") para hacer más llevadero un crimen, el satanismo, el poder de los frailes, la construcción del Monasterio, Felipe II, la amistad, el compañerismo, la traición.

El mensaje de la novela es claro: "mirar de frente una verdad incómoda puede resultar más inquietante que cualquier fantasma".

Lo que hace diferente 'Lobos feroces' es la presentación del satanismo como "una doctrina realmente atractiva" que quiere crear "una versión más liberada, potente y capaz de cada uno", "convertirnos en nuestros propios dioses", "empoderarse, instruirse y liberarse al máximo de los condicionantes".

Y también la lógica policial: "la parte más importante del análisis de un perfil criminal es la que atañe a sus impulsos emocionales", "hasta el peor de los asesinos tiene un motivo para serlo", "el homicida siempre tiene motivos de base emocional, aunque sean emociones que nos resulten salvajes". Esos motivos emocionales "pueden ser la clave que los lleve hasta el nombre del culpable". "La pregunta que debe hacerse un policía que quiere atrapar al asesino es por qué". 

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