Miguel Ángel Valero
Termina la primera etapa del IX Camino Cojebro Solidario. Nos despedimos de Muxía y del impresionante Parador, con el único ascensor conocido que ejerce de gallego, sube para abajo y baja para arriba. Ya vamos hacia Santiago, después de dejar el final de la meta.
Son dos jornadas más largas que un día sin pan, bajo un sol inclemente, que han puesto a prueba piernas y mente de los peregrinos, pero que merecen el esfuerzo por la belleza de las rutas, de las iglesias -como el Santuario de Nuestra Señora de la Barca-, y de los paisajes.
Son días en los que el nuevo equipo de Cojebro está demostrando lo que vale. Y hay que decirlo, porque es de justicia reconocerlo. Porque hubo algunas críticas por el avituallamiento líquido del primer día que no fueron muy justas. Es muy fácil criticar, pero primero hay que conocer. A mí me sorprendió dónde se colocó, hasta que me explicaron que se ubicó en otro lugar hasta que la autoridad, transformada en intolerancia, obligó a desmontarlo. Es cierto que el plátano brilló por su ausencia, pero en cambio aparecieron unas barritas energéticas muy oportunas. Vaya una cosa por la otra.
El segundo día mostró que el equipo había tomado muy buena nota de los comentarios de los peregrinos. Un avituallamiento líquido mucho más completo. Un gran acierto ha sido montar, a lo largo de la calurosa jornada, otros dos puntos de hidratación, un detalle que los peregrinos supieron agradecer. Pero también hay una parte de responsabilidad de cada peregrino: el que no llevó agua fue porque no quiso, pero desde el primer momento se avisó de la necesidad de hacerlo.
Las comidas, en su línea habitual, con la sobrasada, el queso de Cabrales, y la empanada en posiciones destacadas, pese a que el calor quita las ganas. Como siempre, las comparaciones, tan injustas como odiosas. El año pasado se comentaba que se comía peor, pero porque el anterior vino el chef de Casa Ricardo en Madrid, con el que no pueden competir dos cocineras gallegas. Y no es que se comiera mal, es que el año previo fue excepcional.
Se echan de menos las morcillas de Burgos, y la mano maestra de Diego Bacigalupe. En el Camino anterior, para no ofender a las cocineras gallegas, se dejó al margen al rey de las morcillas y a su juego de muñeca, que no tiene nada que envidiar al de Alcaraz, Rafa Nadal, Federer, y Djokovic juntos.
También se añora el pacharán casero de Barón, protagonista de una conga tan polémica como divertida en Los Abetos. El responsable del equipo de transición de la edición anterior será recordado por los siglos de los siglos al sustituir ese néctar por el horroroso brebaje de una marca de cuyo nombre no quiero acordarme.
Yo veo un equipo que, desde el aprendizaje, porque nadie nace enseñado, desde la inexperiencia, porque es su primer Camino, muestra la mirada limpia de las personas que tratan de hacer su trabajo de la mejor manera posible. Y lo mismo se puede decir de los que ya son más veteranos y que ahora asumen mayores roles.
Buen Camino.