Miguel Ángel Valero. Fotografías de Marta Úbeda
Siempre, por estas fechas, más de uno me pregunta por qué sigo haciendo el Camino de Santiago: llevo ya seis, más algunas etapas sueltas. Escribiendo esto desde la terraza del espectacular Parador Costa da Morte, en Muxía, y las no menos impresionantes vistas de la playa y del entorno, la respuesta fácil es precisamente ésa. Pero no es ése el motivo de hacer el Camino de Santiago. En todo caso es el premio por hacerlo. La razón fundamental es que el Camino te cambia la vida, te obliga a contemplarla desde otra perspectiva.

Desde la paleontología, se descubre que “somos una especie hecha para recorrer largas distancias, somos una especie caminante (...) Estamos diseñados para caminar, somos una especie peregrina. Cuanta más larga sea la zancada, más eficaz”, como explican Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga en Vida contada por un sapiens a un neandental. En La respuesta, Arsuaga insiste en los humanos "somos grandes caminantes", y demuestra que la evolución y la expansión de la humanidad se hizo andando. Y para poder caminar, primero hay que aprender a estar erguidos: "la inteligencia no fue el punto de partida de la evolución humana, sino la postura erguida".
Al caminar, el ser humano se confirma como tal: "es el único animal que busca sentido a las cosas, empezando por su vida y por su muerte", resalta Arsuaga.
Y caminando se llega a Santiago, una ciudad aparentemente caótica, ante todo generosa y siempre acogedora, parece siempre la misma, inmutable, pero cambia a los que pasan por el Camino. Es el lugar idóneo para poner todo en su justa perspectiva, para examinar la escala de valores, para cuestionarse. Siempre he tenido la certeza de que he recibido muchísimo más del Camino de lo que haya podido aportar (si es que lo he hecho) Es un regalo que no es fácil descubrir, pero que permanece toda la vida.

Pero para descubrir ese regalo, hay que hacer caso a Nicolás de Tolentino (1245-1305): "Noli foras ire, in te ipsum redi"(No vayas fuera, vuelve a ti mismo). El primer agustino canonizado es el santo de cabecera del Papa León XIV, que nada más acceder a la sede de Pedro, pidió precisamente una Iglesia que "camina". Su antecesor, el Papa Francisco, desde Mongolia, proclama que "es necesario volver a los viejos caminos del peregrinaje" y que somos “peregrinos que arrastramos una sed inagotable de felicidad”, y que “todos somos peregrinos en esta tierra, con la mirada puesta en el cielo”, según cuenta Javier Cercas en El Loco de Dios en el fin del mundo.
Y eso me lleva a una canción de Vicente Emilio Mateu que se cantaba en las Misas: "somos un pueblo que camina , y juntos caminando podemos alcanzar otra ciudad que no se acaba, sin penas ni tristezas, ciudad de eternidad".
”Sea Ulises tu guía al viajar por tu vida, compañero. Tapona tus oídos contra toda sirena, átate al duro mástil de tu barca. Y, obediente a tu brújula secreta, pon rumbo a la aventura irrenunciable: el viaje hacia ti mismo", recomienda José Luis Sampedro en "Canción de aprendizaje". Konstantino Kavafis hace lo mismo en Ítaca: "pide que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias".
“No existe un camino a la felicidad, ya que la felicidad es el camino”, nos enseña Buda. "Un hombre no va menos perdido por caminar en línea recta", apunta José Saramago en El Año de la muerte de Ricardo Reis.
En La Grieta del silencio, Javier Castillo asegura que ”descendemos los primeros peldaños sin darnos cuenta, seguimos avanzando sin mirar el camino y, solo cuando tocamos fondo, comprendemos que estamos al final del abismo. Avanzamos por la vida por un camino lleno de baches y accidentes inesperados, y a lo máximo a lo que podemos aspirar es a llegar al final sin haber perdido demasiados pedazos de nosotros mismos”. Y que ”es imposible dar marcha atrás cuando estamos cerca de lo que perseguimos, aunque por el camino descubramos que el último paso nos hará daño”.
Rainer María Rilke apunta que ”siempre llega ese momento en que hay que dar un paso adelante para dejar las heridas en el olvido”
"Cuando se elige un camino, no hay que pensar en términos de si este es correcto y el otro equivocado, sino en que son simplemente diferentes. Y, a veces, el camino adecuado no se encuentra hasta que te has perdido varias veces”, reflexiona Iván Redondo en El Manual.
“Para encontrarme conmigo y examinarme sin cesar, sin más testigo que la luna y luego silbar de alegría pisando piedras y terrones, sin más tarea que existir, sin más familia que el camino”, recita Pablo Neruda en Fin del mundo, El viento.
“Hay la ruta en común, el horizonte dibujado con lápiz de esperanza”, aporta Julio Cortázar en “La camarada, Salvo el crepúsculo.
Un haiku de Matsuo Bashō (1644–1694), traducido al castellano por Octavio Paz, nos avisa que "este camino ya nadie lo recorre salvo el crepúsculo". Otro, "no sigo el camino de los antiguos: busco lo que ellos buscaron”.
"Cuando uno está decidido, encontrará el camino", asegura George S. Clason en El hombre más rico de Babilonia.
Pero Jonathan B. Peterson nos avisa en Más allá del orden: Si no sabes qué caminos has cruzado, es difícil hacerte una idea de dónde estás
“Ojalá no muera en el camino, como siempre acontece a quien, vivo, no encuentra lo que busca. A quien erradamente tomó el camino”, advierte Saramago en Manual de pintura y caligrafía.
Así que hago el Camino para sentirme más humano y, al mismo tiempo, más cerca de la verdadera meta.
¡Buen Camino!
