21 Mar
21Mar

Después del éxito de publicación de Una filosofía de la resistencia (Destino, 2024), el filósofo Carlos Javier González Serrano entrelaza sus reflexiones filosóficas con su experiencia docente en su nuevo ensayo, El aula insurgente, publicado por la misma editorial del grupo Planeta. Una lectura intensa, reivindicativa y reflexiva, donde el autor desgrana los males de los que adolece el sistema educativo y plasma, en contraste, su manera de entender la labor docente. 

Un manifiesto contra la domesticación de los alumnos, el secuestro de los tiempos educativos, la infantilización pedagógica y la lógica mercantilista, que asfixian día a día la enseñanza.

"Nadie prepara en la formación docente para que treinta adolescentes no quieran escucharte (y te lo hagan saber con todo tipo de conductas disruptivas, haber-elegido-otro-oficio, me-tienes-que-aguantar-porque-es-tu-trabajo), para recibir reproches o incluso improperios por parte de alguna familia, para no tener más recursos docentes que los que tú mismo generas en tu tiempo y con tu ilusión (en esas vacaciones que —dicen— son excesivas, es-que-cómo-vives), para escuchar la delicada confidencia de un alumno, para ir de viaje de estudios con tus estudiantes asumiendo cualquier riesgo (con cariño sincero, con confianza y valentía, porque tu tiempo y tu lugar son ellos), para aprenderte de memoria el DSMV-TR y hacer de dique de contención de todos los trastornos psicológico-psiquiátricos que un adolescente corre el riesgo de padecer, para afrontar el peligroso flirteo de una alumna con el juego o las drogas, para acompañar el dolor de unos padres al sentir que su hijo o su hija sufren por la presión que les transmite por todas partes nuestra cultura enfermizamente competitiva", explica.

Carlos Javier González Serrano defiende el aula como espacio "sagrado" —no por devoción, sino por su capacidad de custodiar lo inesperado— donde el silencio, la pausa y la atención desafían la prisa y la uniformidad. Un lugar para la insurgencia, donde se puede y se debe dudar de la lógica dominante y los imperativos sistémicos.
A diferencia de lugares como los centros comerciales, las casas de apuestas o los complejos turísticos, que anestesian y domestican al individuo quebrando su relación con el mundo, el autor habla del aula como un lugar que previene la opresión, el aislamiento y la desidia.

Según el filósofo, la escuela debe entenderse como ese "núcleo indómito donde se protege lo único que merece ser salvado: un alma despierta, en consciente atención, que se resiste a ser tasada o sometida". 

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