Miguel Ángel Valero
Hay una fractura generacional que explica muchas discusiones sobre economía: los 'boomers' (o 'baby boomers' son la generación nacida aproximadamente entre 1946 y 1964, coincidiendo con el gran aumento de la natalidad tras la Segunda Guerra Mundial en muchos países occidentales, aunque en España se suele ampliar desde finales de los 50 a mediados de los 70 para ajustarlo al patrón propio de crecimiento demográfico) crecieron en un mundo donde los artículos de lujo eran realmente caros y las necesidades básicas eran asequibles.
Ese mundo ya no existe. Los datos del Bureau of Labor Statistics de EEUU lo muestran de forma brutal: desde el año 2000, lo que más se ha encarecido no son los caprichos, sino los pilares de la vida cotidiana. Mientras los servicios hospitalarios, la educación universitaria, las guarderías o la vivienda se han disparado entre un 70% y más de un 200%, categorías que antes se consideraban 'lujosas' (televisores, software, juguetes, servicios de telefonía) se han abaratado entre un 50% y un 90%. El televisor que en los 80 era símbolo de estatus hoy vale menos que una cita rutinaria en un hospital. La educación, que antes era un ascensor social accesible, se ha convertido en una montaña imposible para millones de jóvenes. Y criar a un hijo cuesta más que nunca en términos reales.
El resultado es chocante para quien mira el mundo con el prisma del pasado. Un 'boomer' ve a un joven con un móvil de última generación y piensa que está tirando el dinero. Pero ese mismo móvil es hoy muchísimo más barato, en términos relativos, que la vivienda, la sanidad o los estudios. No es un lujo: es una herramienta de supervivencia en un mercado laboral digitalizado.
En cambio, las auténticas necesidades (un techo, salud, formación) se han convertido en bienes de lujo. Esto cambia por completo la conversación sobre esfuerzo, ahorro y meritocracia. No es que las nuevas generaciones gasten mal; es que el tablero está inclinado contra ellas. Los consumibles tecnológicos son accesibles porque la competencia global y la innovación los abarata. Pero los servicios esenciales, protegidos por barreras estructurales, oligopolios y rigideces institucionales, se encarecen año tras año.
"Si uno mira los datos con honestidad, la conclusión es evidente: los jóvenes no quieren más lujos; quieren poder pagar lo básico. Lo que está roto no es su escala de prioridades, sino el sistema que convierte la vivienda, la salud y la educación en bienes de lujo. La brecha generacional no es moral, es económica. Y mientras no entendamos ese cambio, seguiremos discutiendo sobre gadgets tecnológicos mientras el coste de la vida se nos come por dentro", subraya el analista Pablo Gil en The Trader.
