19Apr

La década y media de Viktor Orbán en el poder es, en cierta medida, el reflejo de una Europa que no termina de decidir hasta qué punto quiere avanzar como bloque o preservar la soberanía nacional.

Miguel Ángel Valero

Hungría ha votado cambio. Y no un cambio cualquiera, sino uno que pone fin a más de una década y media de poder prácticamente ininterrumpido de Viktor Orbán. La victoria de Péter Magyar no solo supone un relevo político interno, sino algo más relevante: altera el equilibrio dentro de la Unión Europea en un momento especialmente delicado.

Durante años, Orbán ha sido una figura incómoda en Bruselas. No por estar fuera del sistema, sino por saber jugar desde dentro. Ha sido capaz de mantener a Hungría en la Unión Europea, beneficiarse de sus fondos y participar en sus decisiones, mientras tensaba constantemente la cuerda. Bloqueaba ayudas a Ucrania, ralentizaba sanciones a Rusia y utilizaba su poder de veto como herramienta de negociación. Su “no” nunca era definitivo. Era una palanca.

Ese juego a varias bandas le dio una influencia muy superior al peso real de Hungría en la Unión. Su cercanía con Vladimir Putin y su afinidad con Donald Trump le permitían moverse en un equilibrio incómodo, pero eficaz.

La victoria de Magyar cambia ese escenario. Bruselas respira aliviada porque desaparece uno de los principales focos de bloqueo interno y se abre la puerta a avanzar con mayor fluidez en cuestiones clave.

Pero reducir lo ocurrido a una simple “normalización” sería quedarse corto. Lo que hemos visto es también el desgaste de un modelo político basado en tensar sin romper y en no alinearse del todo con ningún bloque. Un modelo que empieza a mostrar límites en un mundo más polarizado.

La guerra provocada por la invasión rusa de Ucrania, las tensiones geopolíticas y la creciente fragmentación global han reducido el espacio para ese tipo de equilibrios. Cada vez es más difícil estar en todos los sitios a la vez sin pagar un precio político. Y eso es, en el fondo, lo que ha votado Hungría: posicionamiento.

Ahora bien, eso no significa que el problema desaparezca. Orbán pierde el Gobierno, pero no desaparece. Su base electoral y su forma de entender el poder siguen presentes. Hungría continúa siendo un país dividido, y eso introduce un matiz clave: cambia el liderazgo, pero no necesariamente el fondo.

Europa gana estabilidad a corto plazo, sí. Pero las tensiones que representaba Orbán no eran solo personales. Eran estructurales. Durante años se le ha visto como una anomalía, pero quizá era más bien un síntoma: el reflejo de una Europa que no termina de decidir hasta qué punto quiere avanzar como bloque o preservar la soberanía nacional. La derrota de Orbán no cierra ese debate. En un mundo más fragmentado, esas tensiones no desaparecen… cambian de forma.

"Europa respira hoy más tranquila, pero haría mal en pensar que ha resuelto el problema. Orbán no era solo un líder incómodo. Era la manifestación de algo mucho más profundo. Y ahora la responsabilidad cambia de lado. Ya no hay excusas. Europa tiene que decidir qué quiere ser. Si quiere recuperar peso global, tendrá que avanzar en autonomía estratégica, reducir su dependencia en seguridad de Estados Unidos y construir nuevas alianzas. El cambio en Hungría no cierra una etapa. La abre. Y obliga a Europa a definir, de una vez por todas, su proyecto para los próximos años", subraya el analista Pablo Gil en The Trader.

Robeco: el BCE tiene un problema complejo de política monetaria

Por otra parte, un análisis de Robeco determina que el Banco Central Europeo (BCE) afronta el actual shock energético (provocado por los ataques de Israel y de EEUU a Irán y la extensión del conflicto a Oriente Medio) desde una posición de relativa fortaleza. La inflación está cerca del objetivo, los tipos oficiales se sitúan en torno al nivel neutral y el mercado laboral está más frío que durante el episodio de 2022. Esto se ha reflejado en una moderación gradual de las demandas salariales antes del repunte de los precios de la energía. 

Por ahora, las expectativas de inflación se mantienen relativamente bien ancladas. Las medidas basadas en mercado han reaccionado solo de forma moderada, mientras que las expectativas de precios de venta en la industria manufacturera —aunque al alza— siguen muy por debajo de los niveles de 2022. "Creemos que esto sugiere que, desde la óptica de la inflación, la zona euro está mejor preparada para absorber un shock energético que en el ciclo anterior", explican los expertos de Robeco.

Desde la perspectiva del crecimiento, el shock actual llega en una fase más delicada del ciclo. El impulso de la demanda de los consumidores tras la pandemia se ha desvanecido, y los primeros datos apuntaban a un dinamismo económico modesto antes de que comenzara la guerra en Oriente Medio. Unos precios de la energía más altos pueden recortar de forma significativa la renta disponible, especialmente en los hogares de renta baja y media. Por ahora, las expectativas de inflación se mantienen relativamente bien ancladas.

Un análisis de shocks previos de precios energéticos, publicado por economistas del BCE, sugiere que un incremento del 10% en éstos puede reducir el gasto en bienes esenciales de estos hogares en aproximadamente 0,4 puntos. La confianza empresarial probablemente tampoco es inmune a los shocks energéticos. La experiencia pasada sugiere un impacto negativo sobre la inversión fija empresarial de alrededor de 1,5 puntos, repartido a lo largo de un periodo de dos años.

El impulso al crecimiento derivado de un mayor gasto fiscal adicional para apoyar la defensa europea y la infraestructura alemana parece, por tanto, llegar en un buen momento. Debería, al menos, ayudar a evitar un escenario en el que el crecimiento caiga por debajo del 0,5%, mientras que la expectativa de crecimiento del consenso para 2026 era del 1,2% a comienzos de año.

Los precios de la energía siguen siendo la principal fuente de incertidumbre, con el Brent para diciembre actualmente rondando los 85 dólares por barril. Un periodo prolongado en estos niveles corre el riesgo de trasladarse a las expectativas de inflación y al comportamiento de fijación de precios de las empresas, especialmente en un contexto en el que el BCE continúa vigilando la dinámica salarial y las presiones del lado de la oferta.

"Aunque el impulso inflacionista es menos agudo que en 2022, la combinación de precios de la energía elevados y un crecimiento más débil crea un dilema de política monetaria más complejo", avisa el análisis de Robeco.

17Apr

Jonathan Brill, coautor de 'La IA y la organización pulpo' (Editorial Almuzara), defiende en Abante Asesores que para convertir la IA en una verdadera ventaja competitiva hay que mirar más allá de la tecnología y aplicar un enfoque del trabajo y de la gestión que permita a los equipos pensar y, al mismo tiempo, actuar de forma veloz.

Miguel Ángel Valero

La inteligencia artificial (IA) ya no es una promesa. Es una realidad que se está extendiendo con rapidez en el tejido empresarial. En España, el porcentaje de empresas que la utilizan se ha duplicado en apenas tres años, pasando del 13% al 21%, especialmente en sectores como el tecnológico y los servicios.

"Si uno se queda en la superficie, la lectura parece tranquilizadora. Los sectores más expuestos a la IA no han destruido empleo; de hecho, han sido los que más han crecido desde 2019. Durante ese periodo, a mayor exposición, mayor creación de empleo. Pero esa relación se ha ido debilitando con la irrupción de la IA generativa hasta prácticamente desaparecer. La IA ya no impulsa el empleo como antes… pero tampoco lo destruye de forma evidente. Y ahí está el error de interpretación", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.

El verdadero cambio no está en el volumen total, sino en su distribución. Cuando se analizan los datos por edades, el patrón es claro: los jóvenes, especialmente los menores de 25 años empiezan a quedarse fuera de las ocupaciones más expuestas a la IA. No porque pierdan empleo, sino porque cada vez acceden menos a él. Las empresas no despiden perfiles juniores. Dejan de contratarlos.

Los trabajadores con experiencia se benefician: son más productivos y aportan más valor en un entorno donde la tecnología amplifica sus capacidades. Pero los jóvenes dependen de ese primer empleo para empezar. Si esas posiciones desaparecen o se reducen, el impacto no es inmediato en los datos, pero sí profundo a nivel estructural. Sin entrada, no hay aprendizaje. Y sin aprendizaje, no hay progresión.

Lo que empieza a confirmarse es que el impacto de la IA no es lineal. Surge del equilibrio entre automatización, reasignación de tareas y crecimiento de las empresas que adoptan la tecnología. El resultado puede parecer neutro, pero esconde cambios importantes. Y uno de los más relevantes es la pérdida de oportunidades en los primeros escalones del mercado laboral.

La inteligencia artificial no está destruyendo empleo de forma masiva, pero está alterando las reglas del juego de forma silenciosa y profunda. El problema ya no es cuántos empleos se crean o se destruyen, sino quién tiene acceso a ellos. Y si no se corrige, el riesgo no es solo económico. Es generacional. Porque un mercado laboral que deja fuera a los más jóvenes no solo reduce su presente… compromete su futuro.

Mythos: la IA que mete miedo

Durante años, los riesgos del sistema financiero eran los de siempre: crédito, liquidez, tipos de interés o crisis de confianza. Pero está emergiendo una amenaza distinta, que no encaja en ninguno de esos bloques tradicionales… y que además está escalando con rapidez.

Los grandes bancos de Wall Street (como JPMorgan, Goldman Sachs, Citigroup o Bank of America) han empezado a probar un modelo de IA desarrollado por Anthropic: Mythos. Lo relevante no es que mejore procesos o automatice tareas. Es que puede detectar vulnerabilidades… y también tiene la capacidad potencial de explotarlas. Entramos en una fase en la que la misma herramienta sirve tanto para defenderse como para atacar. Y eso cambia las reglas del juego.

La Administración de Donald Trump ya ha elevado el nivel de alerta. El Tesoro ha reunido a los grandes bancos para analizar su impacto, en un contexto en el que la carrera tecnológica ha dejado de ser solo una cuestión de eficiencia para convertirse en un problema de seguridad sistémica. Porque el riesgo no es solo lo que hagan los bancos con estas herramientas… sino quién más pueda utilizarlas. Aquí es donde se entiende la magnitud del cambio. Hasta ahora, los ciberataques requerían equipos humanos, tiempo y tenían limitaciones. Con modelos como Mythos, esa barrera desaparece. Se multiplica la velocidad, la escala y la capacidad de encontrar fallos, incluso vulnerabilidades desconocidas (los llamados “zero-days”) que pueden explotarse automáticamente.

El nivel de sofisticación del riesgo está dando un salto. Y no llega en un momento cualquiera. Coincide con un sistema financiero que ya arrastra otras tensiones menos visibles, como el crecimiento del crédito privado o la acumulación de deuda en sectores tecnológicos. No sustituye riesgos, los suma.

Esto explica también el cambio de enfoque de los reguladores. Ya se obligaba a los bancos a cubrir riesgos operativos, incluidos los ciberataques, pero este tipo de amenaza es distinta: es difusa, incierta y ahora, además, automatizada. La seguridad deja de ser estática. Pasa a ser una carrera permanente.

"Estamos ante un cambio de naturaleza similar al que vemos en otros frentes de la economía global. Igual que el control de rutas estratégicas ha puesto en duda principios que dábamos por garantizados, en el ámbito financiero empieza a cuestionarse otro pilar básico: la capacidad de proteger los sistemas", insiste Pablo Gil.

"La IA no solo transforma la productividad o el empleo. Está redefiniendo el concepto de riesgo… y lo hace a una velocidad muy superior a la capacidad de adaptación de las instituciones. Por eso, el problema no es si habrá un ataque. Es que el equilibrio entre defensa y vulnerabilidad ha cambiado de forma estructural. Y cuando eso ocurre, ya no hablamos de un riesgo puntual… sino de un nuevo entorno permanente".

La organización pulpo

En este contexto, Editorial Almuzara, en colaboración de Fundación Abante y Executive Excellence, organizaron un debate entre Santiago Satrústegui, presidente y CEO de Abante Asesores y de EFPA España, y Jonathan Brill, experto en transformación digital y coautor (junto a Stephen Wunker) de La IA y la organización pulpo. En la presentación de la obra editada por Almuzara, dos claros mensajes: el verdadero reto es cómo gestionar el cambio; la IA no está para sustituir al humano sino para mejorar las organizaciones, facilitar la toma de decisiones y, sobre todo, su aplicación efectiva. 

Para Jonathan Brill, "la diferencia entre las empresas que tendrán éxito en el ámbito de la IA y las que no, realmente no tiene nada que ver con la tecnología, sino con cómo trabajamos juntos como equipos, cómo colaboramos como personas, para ser más creativos, más innovadores, para apoyarnos mutuamente y para trabajar con la inteligencia artificial con el fin de que nos ayude a coordinarnos, a crear, a inventar y a conquistar el futuro".

El tradicional modelo de las organizaciones se basa en la idea de una mente central que decide todo. Pero así no es cómo funcionan realmente. Un pulpo tiene una mente descentralizada, tiene un cerebro principal, pero la mayoría de su inteligencia está distribuida en los tentáculos. Cada tentáculo puede actuar de forma independiente. Ésta es la clave: la inteligencia, la creatividad y la toma de decisiones están distribuidas. Diferentes partes exploran cosas distintas, comparten información y toman decisiones de abajo hacia arriba. La innovación ocurre en la base, no en la cima, eso requiere coordinación entre equipos. "Las empresas que triunfen no serán las que mejor usen la tecnología, sino las que mejor gestionen a las personas", insiste este experto.

Para capturar la enorme oportunidad de la IA, el equipo de una organización debe pensar y actuar como un pulpo, ser veloz, flexible e inteligente. Para ello, hay que organizarlo para lograr el máximo impacto de la IA, pero también gestionar la dimensión emocional del cambio impulsado por la IA, que pone patas arriba conceptos tan tradicionales como crecimiento, coordinación y cultura.

Porque la IA redefine lo que las empresas son capaces de hacer, cómo crean valor y cómo compiten. No es una herramienta, sino un multiplicador de capacidades que impregna cada función de la organización. Las empresas que logren integrar la IA de manera efectiva no solo automatizarán tareas; reinventarán sus modelos de negocio, su manera de innovar y la forma en que sus personas toman decisiones. 

La IA es una fuente de conocimientos para acelerar el camino hacia la creación de valor. Las herramientas ya existen, lo que falta es imaginación organizativa: rediseñar roles, incentivos y salvaguardas para que personas y máquinas puedan pensar juntas a gran escala mientras se preservan la autonomía y la creatividad. Cuando se logre, la IA se convertirá en un catalizador que permitirá a las personas (y a las organizaciones) lograr juntos lo que nadie ni siquiera podría intentar por su cuenta. 

Si las organizaciones quieren sobrevivir, deben volverse fluidas como un pulpo, utilizando la IA para distribuir y acelerar la toma de decisiones rutinarias; descompartimentar las funciones y gestión; desarrollar y agudizar los sentidos respecto a los del entorno competitivo y el de las propias empresas. 

Esto se concreta en:

  1. 1.-Comenzar con los "puntos de dolor", no con la tecnología: Muchas empresas lanzan decenas de pilotos de IA que nunca se traducen en resultados de negocio. A menudo, el problema es que el piloto no se diseñó para resolver un desafío estratégico, sino para probar un problema técnico concreto. Una empresa obtendrá mucho más valor de sus primeros experimentos con IA si se los plantea como oportunidades para resolver un problema real del negocio.
  2. 2.-Hacer menos y esperar más. Las empresas líderes en IA se concentran en menos iniciativas, pero anticipan aproximadamente el doble de retorno sobre la inversión que las que las siguen. Incluir métricas cuantificables en los primeros pilotos puede ayudar a centrarse en aquellos que parezcan más prometedores y generen apoyo ejecutivo.
  3. 3.-Fortalecer los fundamento de datos. Los datos que alimentan las aplicaciones de IA deben estar integrados, limpios, y ser accesibles. Si los datos de la empresa están fragmentados en distintos sistemas de mala calidad o difíciles de acceder, escalar la IA en el ámbito empresarial estará siempre fuera del  alcance.
  4. 4.-Implementar «Machine Learning Ops» para la gestión del ciclo de vida: Las soluciones de IA puntuales pueden elaborarse artesanalmente; pero docenas, no. Aquí es donde entra en juego MLOps, un conjunto de prácticas y herramientas para gestionar el ciclo de vida del machine learning.
  5. 5.-Mantener la seguridad y la fiabilidad. A gran escala, la IA pasa a formar parte de procesos críticos para el negocio, por lo que la infraestructura de ciberseguridad de la empresa debe ser sólida y segura. También hay que incorpora los sistemas de IA a los modelos de amenaza cibernética, ya que la IA introduce nuevos riesgos como el envenenamiento de datos (si alguien introduce de forma maliciosa datos erróneos para reentrenar un modelo) o los inputs de adversario (entradas especialmente diseñadas para engañar a un modelo). Y garantizar controles de acceso adecuados sobre los datos y los modelos: quién puede desplegar cambios, quién puede ver los datos sensibles de entrenamiento, etc.
13Apr

Las grandes transformaciones no las ganan los que reaccionan mejor, sino los que planifican más lejos. El verdadero riesgo no es que China crezca más rápido. Es que piense mejor a largo plazo. Porque cuando un país alinea estrategia, industria y tecnología durante décadas, no compite por el presente… construye el futuro.

Miguel Ángel Valero 

En su cuarto viaje a China como presidente del Gobierno, Pedro Sánchez pide, en la Universidad de Tsinghua, "un templo del saber", la mejor cantera para las élites políticas y económicas del país (allí estudió ingeniería química el presidente chino, Xi Jinping), que el gigante asiático “se abra para que Europa no tenga que cerrarse”. Y reclama medidas para corregir un déficit comercial “insostenible por los movimientos aislacionistas que alimenta y por los agravios y el dolor social que provoca”.

También ha mantenido un encuentro con el fundador de Xiaomi, Lei Jun, para explorar oportunidades de colaboración, sobre todo en el coche eléctrico.

"Hay momentos en los que el ruido lo ocupa todo. La guerra en Oriente Medio, la tensión energética, los movimientos de Estados Unidos… y, sin embargo, mientras el foco está en lo urgente, lo verdaderamente importante se mueve en silencio. Y ahí es donde aparece China. Porque mientras Occidente reacciona, China planifica", resalta el analista Pablo Gil en The Trader.

China ha aprobado su XV Plan Quinquenal. Y esto no es un simple documento económico. Es una hoja de ruta estratégica a cinco años donde se decide qué sectores dominar, qué vulnerabilidades eliminar y qué posición ocupar en el mundo dentro de una década. No están pensando en el próximo trimestre. Ni siquiera en el próximo ciclo económico. Están pensando en la próxima fase del poder global.

Ése es el primer gran contraste si lo comparamos con EEUU y Europa, que parecen vivir atrapados en el corto plazo. Sus decisiones están condicionadas por elecciones, crisis, ciclos de mercado o presiones sociales. Cada movimiento responde a lo inmediato. Cada política intenta apagar el incendio del momento. Y eso genera algo muy peligroso: inconsistencia estratégica.

China juega otro juego. No busca maximizar el crecimiento hoy, sino reducir riesgos mañana. No prioriza la rentabilidad inmediata, sino el control estructural. Por eso su plan no gira en torno a crecer más rápido, sino a ser menos vulnerable: autosuficiencia tecnológica, dominio de la inteligencia artificial, control de materiales críticos, seguridad energética y liderazgo industrial. 

Y aquí entra otro punto clave que en Europa no estamos terminando de entender: la energía ya no es solo energía. Puedes producir electricidad dentro de tus fronteras, pero si dependes de otros para las baterías, los paneles solares, los electrolizadores o las redes, en realidad no eres autónomo. Solo has cambiado una dependencia por otra.

China lo ha entendido perfectamente. No solo quiere participar en la transición energética. Quiere dominarla. Quiere fabricar las baterías, procesar los materiales, producir los paneles, controlar la cadena de suministro y marcar los estándares. Es decir, quiere situarse en el centro del nuevo sistema industrial global.

Europa, en cambio, ha hecho lo contrario. Ha apostado por la descarbonización sin asegurarse el control de las tecnologías clave. Ha sustituido dependencia energética por dependencia tecnológica. Y lo más preocupante: lo ha hecho en nombre de una supuesta autonomía estratégica que, en la práctica, cada vez es menor. 

Pero la diferencia no se queda ahí. China no separa economía, tecnología y defensa. Lo integra todo en una misma visión de poder. Industria, innovación y capacidad militar avanzan juntas. Mientras tanto, en Occidente seguimos tratando estos ámbitos como compartimentos estancos.

Ese enfoque integrado le permite algo fundamental: ganar tiempo. En el escenario geopolítico actual, China evita exponerse, mantiene un perfil bajo en conflictos como Ucrania o Irán, pero al mismo tiempo refuerza su posición interna y amplía su influencia. No necesita confrontar directamente. Le basta con esperar, consolidar y aprovechar los errores de otros.

Y aquí está la clave de todo. China no necesita ser más fuerte que Occidente hoy. Solo necesita que Occidente siga siendo incoherente. Porque mientras Europa discute, Estados Unidos cambia de rumbo según el ciclo político y los mercados reaccionan al titular del día, Pekín sigue avanzando paso a paso, sin ruido, pero sin pausa.

Y la historia nos enseña algo muy claro: las grandes transformaciones no las ganan los que reaccionan mejor, sino los que planifican más lejos. Por tanto, el verdadero riesgo no es que China crezca más rápido. Es que piense mejor a largo plazo. Porque cuando un país alinea estrategia, industria y tecnología durante décadas, no compite por el presente… construye el futuro. Y cuando ese futuro llega, ya es demasiado tarde para reaccionar.

12Apr

La OTAN ya no inspira confianza mientras Europa llega tarde al rearme provocado por el nuevo escenario geopolítico, en el que Ucrania puede dejar de estar en la agenda. Mientras, hay oportunidades de inversión en el sector de la defensa.

Miguel Ángel Valero

Durante décadas, el mundo vivió con una idea clara: las armas nucleares eran el último recurso. Un equilibrio basado en el miedo que funcionaba porque todos compartían una premisa común: cuanto menos se extendieran, mayor sería la estabilidad. "Ahora ese consenso empieza a romperse. No de forma abrupta, sino a través de un cambio más profundo: la percepción de seguridad. Y cuando cambia la percepción, cambian las decisiones. Durante años, la prioridad fue evitar la proliferación mediante tratados y acuerdos. Pero la experiencia reciente está enviando un mensaje distinto", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.

Ucrania renunció al tercer mayor arsenal nuclear del mundo a cambio de garantías de seguridad y acabó siendo invadida por Rusia. Libia abandonó su programa nuclear y el régimen de Muammar al‑Gaddafi terminó derrocado. El Irak de Sadam Hussein, acusado de desarrollar armas de destrucción masiva, también fue invadido. Son ejemplos que pesan más que cualquier tratado.

En paralelo, ocurre lo contrario con quienes sí tienen armas nucleares. Corea del Norte, pese a su debilidad, no enfrenta una intervención directa. Pakistán mantiene un equilibrio disuasorio con India. China y Rusia elevan cualquier conflicto potencial a un nivel de riesgo que bloquea la acción directa.

El mensaje que muchos gobiernos están interiorizando es claro: no tener armas nucleares puede dejarte expuesto, mientras que tenerlas cambia el cálculo del adversario. Ese cambio de mentalidad es el verdadero punto de inflexión. El problema es que estas decisiones no se toman en aislamiento. Si un país se plantea desarrollar armas nucleares, sus vecinos hacen lo mismo. Lo que empieza como una medida defensiva acaba generando un efecto en cadena que erosiona la seguridad colectiva.

Este fenómeno es visible en Oriente Medio y Asia, pero ya no se limita a esas regiones. Europa, tradicionalmente protegida por el paraguas nuclear estadounidense, empieza a cuestionarse si ese modelo sigue siendo suficiente.

Aquí surge una paradoja clave. Hoy hay menos armas nucleares que en la Guerra Fría, pero el riesgo percibido es mayor. La razón es sencilla: hay más actores potenciales y menos coordinación. Ya no son dos bloques, sino múltiples países tomando decisiones de forma independiente. A esta nueva realidad hay que añadir que el sistema de control se debilita, los tratados pierden peso y el margen de error se reduce. En este entorno, la estabilidad depende tanto del equilibrio de fuerzas como de la capacidad de interpretar correctamente las intenciones del resto.

Y ahí es donde el riesgo se multiplica. Porque el cambio no es técnico, sino psicológico. Antes la pregunta era cómo evitar la proliferación. Ahora es si un país puede permitirse no tener armas nucleares. Ese giro altera por completo la dinámica global.

El mundo no avanza hacia una nueva Guerra Fría, sino hacia un escenario más fragmentado, con más actores, menos reglas y mayor incertidumbre. En ese contexto, la bomba deja de ser una excepción y pasa a convertirse en una tentación. Cuando demasiados países llegan a la misma conclusión al mismo tiempo, el problema deja de ser individual y pasa a ser sistémico. Y entonces el riesgo ya no crece de forma gradual, sino exponencial. En un entorno donde el margen de error es mínimo, ése es el verdadero peligro.

La OTAN ya no inspira seguridad

Durante décadas, la OTAN ha sido uno de los pilares del orden internacional. Su fuerza no estaba solo en su capacidad militar, sino en una idea muy simple: si atacas a uno, responden todos. Esa promesa ha sido el verdadero elemento disuasorio desde la Segunda Guerra Mundial. Hoy, esa promesa está en duda. La guerra en Irán ha acelerado una crisis que llevaba tiempo gestándose. Ya no hablamos de discrepancias puntuales entre aliados, sino de una ruptura de confianza mucho más profunda. EEUU, bajo el liderazgo de Donald Trump, ha dejado claro que su compromiso con la Alianza ya no es el mismo. No solo cuestiona su utilidad, sino que ha llegado a plantear abiertamente si merece la pena seguir dentro, sugiriendo incluso que podría abandonar la OTAN si no hay cambios en la implicación del resto de socios.

Y esta vez Europa tampoco responde como antes. España, Francia e Italia han limitado el uso de sus bases para operaciones en Irán. Reino Unido ha restringido el intercambio de inteligencia. Polonia se niega a mover sus sistemas Patriot. Incluso los aliados más cercanos empiezan a marcar distancias.

La OTAN ha superado otras crisis en el pasado, pero siempre bajo una premisa: no había alternativa real. Ahora el problema es distinto. Antes las tensiones eran entre socios; hoy la fractura es entre el socio que más aporta, EEUU, y todos los demás. Europa empieza a asumir que no puede depender indefinidamente de Washington para su seguridad. Y EEUU, por su parte, ya no ve a Europa como una prioridad estratégica frente a China o el Indo-Pacífico.

El resultado es una OTAN que sigue existiendo, pero cuya esencia (la confianza) se está erosionando. Y cuando eso ocurre en una alianza militar, todo lo demás pierde valor. Además, la división también es interna. Países como Hungría se alinean con Rusia, mientras otros refuerzan su defensa ante el miedo a quedarse solos. La cohesión se rompe en ambas direcciones. Y en este contexto surge una pregunta incómoda: ¿qué pasaría si un país miembro es atacado mañana?

Porque la credibilidad de la respuesta ya no está garantizada. Y cuando la disuasión desaparece, el riesgo de conflicto aumenta. Europa empieza a reaccionar con más gasto en defensa y tímidos pasos hacia una mayor autonomía, pero construir una alternativa real llevará años. Por eso, el escenario más probable no es una ruptura inmediata, sino una OTAN más débil, menos cohesionada y mucho más impredecible. Y en un mundo cada vez más inestable, eso es lo más peligroso. La Alianza no desaparecerá de un día para otro, pero puede dejar de ser lo que era. Y cuando una estructura que ha sostenido el equilibrio global pierde credibilidad, las consecuencias suelen ser abruptas.

Lo importante no es si la OTAN desaparece, sino que estamos entrando en una fase en la que las reglas dejan de estar claras. Europa ha vivido durante décadas bajo un paraguas de seguridad que daba por hecho. Hoy ese paraguas empieza a cerrarse. Y cuando eso ocurre, no basta con preocuparse… hay que reaccionar. Porque en geopolítica, como en los mercados, los cambios estructurales no avisan dos veces.

Europa llega tarde

Durante años, Europa vivió instalada en una comodidad estratégica que hoy ha desaparecido. Delegó su seguridad en EEUU, redujo su gasto militar y priorizó el bienestar interno frente a cualquier otra consideración. Ese equilibrio funcionó mientras el mundo era relativamente estable. El problema es que ese mundo ya no existe.

Los datos empiezan a reflejar un cambio de rumbo claro. En 2025, los países europeos de la OTAN junto con Canadá aumentaron su gasto en defensa cerca de un 20% por segundo año consecutivo. Unos 574.000 millones$ adicionales respecto al año anterior. No es un ajuste marginal, es un giro estructural.Y, sin embargo, este movimiento no nace tanto de una convicción propia como de una presión externa. 

Donald Trump ha sido insistente, casi obsesivo, con una idea: Europa debe pagar más por su propia seguridad. Lo que durante años fue una recomendación diplomática se ha convertido ahora en una exigencia directa, con objetivos mucho más ambiciosos. Ya no se trata solo del famoso 2% del PIB, sino de alcanzar el 5%, combinando gasto militar y seguridad ampliada. Algunos países han reaccionado con rapidez. Polonia, los países bálticos o las economías nórdicas ya están por delante incluso de EEUU en términos de esfuerzo relativo sobre el PIB. Son los que más perciben la amenaza directa de Rusia y, por tanto, los que menos margen tienen para el debate.

Pero el cambio no es solo cuantitativo. Es profundamente cualitativo. Europa empieza a despertar de una realidad incómoda: su industria de defensa llevaba décadas prácticamente dormida. El rearme no es simplemente gastar más, es reconstruir capacidades industriales, tecnológicas y logísticas que se habían ido perdiendo desde el final de la Guerra Fría. Y eso lleva tiempo.

Aquí es donde aparece la verdadera fractura. Porque mientras Europa avanza hacia un mayor gasto en defensa con una lógica defensiva (protegerse de Rusia, estabilizar su entorno, evitar conflictos), los EEUU de Trump operan con una lógica completamente distinta. Más transaccional, más unilateral, más orientada al interés inmediato. El caso de Irán lo deja claro. Mientras Washington actúa militarmente y eleva la presión, Europa muestra incomodidad, duda y, sobre todo, reticencia a verse arrastrada a un conflicto que no considera prioritario. Incluso ha rechazado implicarse en operaciones clave como la reapertura del tráfico en el estrecho de Ormuz en pleno conflicto, algo impensable hace solo unos años.

Esto evidencia una divergencia de fondo. Para EEUU, el mundo se interpreta cada vez más en clave de poder y negociación directa. Para Europa, sigue siendo —al menos en parte— un espacio donde la diplomacia, la estabilidad y la gestión del riesgo tienen un peso mayor. El problema es que ambas visiones conviven dentro de la misma alianza. Y eso genera tensiones evidentes. Hasta el punto de que el propio Trump ha llegado a afirmar que EEUU no necesita a la OTAN, un mensaje que habría sido impensable hace apenas una década. Mientras tanto, desde dentro de la Alianza, también crecen las incomodidades con la estrategia de acercamiento y concesiones hacia Washington. Europa se rearma, sí. Pero lo hace en un contexto en el que la relación con su principal aliado está cambiando. Ya no es una relación basada en la confianza implícita, sino en un equilibrio mucho más frágil, donde cada parte empieza a mirar por sus propios intereses.

Y aquí está la clave de todo. Europa ha entendido que necesita invertir más en defensa. Pero lo que todavía no tiene claro es si ese esfuerzo servirá para reforzar la alianza atlántica… o para prepararse ante un escenario en el que esa alianza deje de ser tan sólida como siempre se había dado por hecho .Porque el verdadero cambio no es cuánto gasta Europa. Es que, por primera vez en décadas, empieza a plantearse que quizá no puede depender de nadie más para garantizar su seguridad.

Europa no solo llega tarde al rearme. Llega tarde a entender cómo funciona el mundo en el que estamos entrando. Mientras EEUU se mueve rápido, toma decisiones incómodas y redefine sus prioridades sin mirar atrás, Europa sigue intentando adaptarse sin romper del todo con su pasado. El riesgo no es gastar poco. El riesgo es no tener una estrategia clara. Porque aumentar el presupuesto en defensa sin una visión común, sin autonomía real y sin liderazgo político, puede quedarse en un simple parche. Y en un entorno como el actual, los parches duran muy poco. La pregunta no es si Europa va a gastar más, que ya sabemos que sí. La verdadera pregunta es si va a ser capaz de convertirse en un actor estratégico… o si seguirá siendo un espectador bien armado en un mundo cada vez más duro.

La lección de Ucrania

Durante más de cuatro años, Ucrania ha conseguido sostener su esfuerzo de guerra gracias a un pilar fundamental: el apoyo financiero y militar de sus aliados occidentales. Sin ese respaldo, el conflicto habría tenido un desenlace muy distinto. El problema es que ese pilar empieza a mostrar grietas, y lo hace en el peor momento posible. Hoy, la realidad es incómoda: Ucrania podría quedarse sin fondos para sostener su defensa en apenas dos meses. Las estimaciones apuntan a que el dinero disponible apenas alcanza hasta junio. A partir de ahí, todo depende de que lleguen nuevas ayudas. Y lo preocupante no es solo la falta de liquidez inmediata, sino la acumulación de obstáculos que están bloqueando esa financiación.

Europa, que ha asumido gran parte del esfuerzo tras el repliegue de EEUU, está lejos de mostrar una posición cohesionada. El veto de Hungría a un paquete de ayuda de 90.000 millones€ ha dejado en suspenso una parte clave del apoyo financiero. Y lo más relevante no es solo el veto en sí, sino lo que representa: una creciente fragmentación política dentro de la Unión Europea en un momento crítico.

A esto se suma el desgaste en otras vías de financiación. El programa del Fondo Monetario Internacional avanza con dificultades por tensiones internas en Ucrania, donde las reformas exigidas no terminan de aprobarse. Y en el ámbito militar, el apoyo de la OTAN también muestra señales de fatiga, con cada vez menos países dispuestos a asumir el coste de suministrar armamento de forma recurrente.

Pero si hay un factor que agrava aún más la situación, es el contexto global. La guerra en Oriente Próximo ha cambiado completamente las prioridades. EEUU, que durante años fue el principal sostén de Ucrania, ha desviado su atención, sus recursos y su capacidad militar hacia una región mucho más crítica desde el punto de vista energético y estratégico.

 La consecuencia es clara: Ucrania ha dejado de ser el centro del tablero. Este cambio de foco tiene un doble impacto. Por un lado, reduce el flujo de ayuda directa. Por otro, beneficia indirectamente a Rusia. El repunte de los precios del petróleo, impulsado por el conflicto en Irán, está engrosando los ingresos del Kremlin, dándole más margen para sostener el esfuerzo bélico. Mientras Ucrania se queda sin recursos, Rusia encuentra nuevas fuentes de financiación.

El desequilibrio es evidente. Y ante esa situación, Ucrania se enfrenta a decisiones extremadamente complejas. Si no llega financiación externa, el banco central podría verse obligado a monetizar el déficit, es decir, imprimir dinero para pagar salarios, pensiones y gastos militares. Una medida que, aunque necesaria en el corto plazo, puede generar tensiones inflacionistas y desestabilizar aún más la economía. En paralelo, el país necesita cifras cada vez más elevadas para sostener la guerra. Solo en 2026, las necesidades de financiación externa ascienden a unos 52.000 millones$. Y de ellos, una parte importante depende de decisiones políticas que hoy están bloqueadas o condicionadas por intereses ajenos al propio conflicto.

Aquí es donde se entiende que esta guerra ya no se libra solo en el frente militar. Se libra también en los despachos, en las negociaciones políticas, en los presupuestos nacionales y, sobre todo, en las prioridades geopolíticas de las grandes potencias. Ucrania no solo lucha contra Rusia. Lucha contra el paso del tiempo, contra la fatiga de sus aliados y contra un mundo que empieza a mirar hacia otro lado.Y este es, probablemente, el mayor riesgo de todos. Porque en un entorno donde las crisis se solapan, la atención es un recurso limitado. Y cuando aparece un conflicto más urgente, más visible o más relevante desde el punto de vista económico, el anterior deja de ser prioritario. No desaparece, pero pierde peso.

Ucrania no solo necesita ganar la guerra… necesita seguir siendo importante. Porque en el nuevo orden que se está configurando, no siempre gana el que tiene la razón, ni siquiera el que tiene más capacidad de resistencia. Muchas veces gana el que consigue mantenerse en el centro de la agenda global. Y hoy Ucrania corre el riesgo de dejar de estarlo.

Nordea: oportunidades de inversión en la defensa de Europa

En este contexto, Rene M. Petersen, gestor jefe de la cartera de la estrategia Empower Europe de Nordea AM, resalta que el escenario de seguridad en Europa está cambiando de forma significativa. Lo que antes eran amenazas esporádicas —ya fueran territoriales o digitales— se han transformado en retos estructurales que afectan a la toma de decisiones políticas, la asignación de capital y la estrategia a largo plazo. En un contexto de inestabilidad en Oriente Medio y de renovadas tensiones geopolíticas, la seguridad ya no es una medida puntual ni reactiva; hoy es una realidad permanente del panorama político y económico europeo.

Como respuesta, los gobiernos y las instituciones europeas han comenzado a movilizar inversiones a una escala sin precedentes. Esto incluye los sistemas militares, el sector aeroespacial, las infraestructuras críticas, la protección de datos y las comunicaciones seguras. Las políticas públicas se han convertido en un potente catalizador que acelera la inversión a una escala que no se veía en décadas. El Plan ReArm Europe/Readiness 2030 de la UE está diseñado para movilizar hasta 800.000 millones€ en inversión en defensa, incluyendo alrededor de 650.000 millones de margen fiscal adicional y hasta 150.000 millones de euros a través del instrumento de préstamo SAFE, junto con el apoyo de las instituciones financieras europeas y el capital privado.

Paralelamente, una mayor cooperación entre los Estados miembros de la UE está impulsando el desarrollo de proveedores locales, la ampliación de tecnologías críticas y la creación de ecosistemas europeos más sólidos. El objetivo es claro: reforzar el control de Europa sobre las capacidades críticas en materia de defensa y ciberseguridad, reduciendo la dependencia de socios externos. No se trata de un cambio cíclico, sino de una demanda duradera y recurrente que seguirá marcando el rumbo de la industria europea en los próximos años.

Las prioridades políticas de Europa se traducen cada vez más en proyectos económicos concretos en los ámbitos de la defensa, la ciberseguridad, la capacidad industrial y las infraestructuras. A medida que los gobiernos y las instituciones aumentan la inversión para reforzar la seguridad y la capacidad estratégica, el capital fluye no solo hacia los grandes grupos de defensa, sino también hacia el ecosistema más amplio de empresas que proporcionan tecnologías habilitadoras, componentes especializados, sistemas seguros y servicios esenciales. Todo ello está ampliando el abanico de oportunidades en el mercado europeo.

Esto incluye empresas de pequeña y mediana capitalización, proveedores de tecnología especializada y operadores de infraestructuras que desempeñan un papel importante a la hora de convertir las ambiciones políticas en resultados concretos. Su implicación en las cadenas de suministro locales, sus capacidades especializadas y los programas de inversión nacionales las sitúan en el centro de la agenda de seguridad europea, en constante evolución. Debido a que muchas de estas empresas siguen teniendo una menor presencia en los índices generales del mercado, la oportunidad va más allá de los nombres más conocidos del sector de la defensa.

Al mismo tiempo, el panorama geopolítico sigue siendo impredecible y la política comercial, las relaciones internacionales y las interdependencias transfronterizas continúan determinando el riesgo económico. En este contexto, ofrecen una clara ventaja estratégica aquellas empresas con operaciones en Europa, presencia productiva local y fuentes de ingresos vinculadas a los ciclos de inversión nacionales. Para los inversores, la oportunidad reside en identificar aquellas empresas que están en condiciones de beneficiarse del compromiso de Europa con la seguridad, la resiliencia y la autosuficiencia industrial.

El impulso de Europa hacia la autonomía estratégica está creando un contexto de inversión muy atractivo a largo plazo para las empresas del sector de la defensa, la ciberseguridad y las infraestructuras críticas. A medida que los responsables políticos dan prioridad a la resiliencia, la capacidad industrial y la reducción de la dependencia de proveedores externos, se está acelerando la demanda de capacidades diseñadas, producidas y mantenidas dentro de Europa.

Se trata de una oportunidad estructural, más que de una meramente cíclica. Aunque su aplicación variará según los países y los sectores, la tendencia es clara y se sustenta en con el respaldo de las prioridades políticas, las necesidades de seguridad en constante evolución y la creciente importancia de cadenas de suministro nacionales resilientes. Para los inversores, por lo tanto, no se trata de aprovechar el impulso del mercado a corto plazo, sino de posicionarse en áreas de gasto que cobran cada vez más importancia en la agenda estratégica a largo plazo de Europa.

09Apr

Preocupa la alta exposición de las empresas españolas al riesgo cambiario, ya que el 57,9% de las importaciones son fuera de la zona euro, el 22,3% a Asia, el 11,3% a China, y el 7,5% a América del Norte.

Miguel Ángel Valero

El “Insolvency Outlook” de Crédito y Caución avisa que las tensiones geopolíticas siguen lastrando el crecimiento de las empresas y afectando a sus márgenes operativos en múltiples sectores, y vaticina que los impagos aumenten un 3% en 2026. “Nuestra previsión de insolvencias se ha deteriorado debido a la persistencia de condiciones económicas adversas, entre las que se incluyen las deudas fiscales relacionadas con la COVID-19, el aumento de los costes de los insumos y las tensiones comerciales en curso. La crisis en Oriente Medio, junto con el consiguiente aumento de los precios de la energía, se suma a las presiones existentes. El impacto en las empresas dependerá en gran medida de la duración del conflicto”, argumenta Theo Smid, economista sénior de Atradius. 

El escenario base de Crédito y Caución parte de la hipótesis de que el actual cierre del estrecho de Ormuz comenzará a normalizarse a partir de mayo, con daños limitados a la infraestructura del Golfo. Si la interrupción se prolonga, habría que revisar las previsiones de evolución de las insolvencias.

Las perspectivas mejoran en 2027 con un descenso del 6% a medida que la inflación remita, los mercados energéticos se normalicen y los bancos centrales recuperen margen para reducir los tipos de interés.

En el caso de Europa, Crédito y Caución espera que el mayor aumento de las insolvencias se registre en Suiza, Italia y Portugal, mientras que Irlanda, Dinamarca, Noruega y los Países Bajos experimentarán descensos. En toda la zona euro, las empresas seguirán operando bajo una presión considerable en 2026. El aumento de los precios de la energía, impulsado por las perturbaciones en los mercados del gas vinculadas al conflicto en Oriente Medio, se está traduciendo en una inflación generalizada y está lastrando los márgenes comerciales.

Ebury: elevada exposición de las empresas a las divisas asiáticas

Por su parte, Ebury, la fintech global especializada en pagos internacionales e intercambio de divisas, destaca la exposición estructural significativa al riesgo cambiario de las empresas españolas. El 57,9% de las importaciones españolas se realizaron fuera de la zona euro, frente al 46,8% de las exportaciones, lo que confirma una asimetría estructural entre ingresos y costes en divisa. “Esta diferencia implica que el tejido empresarial español en su conjunto está estructuralmente más expuesto al riesgo cambiario por el lado de los costes que por el de los ingresos”, explica Luis Merino, director general de Ebury España.

El comercio exterior español alcanzó en 2025 exportaciones por 387.092 millones€ (+0,7%) e importaciones por 444.146 millones (+4,6%), situando el déficit comercial en 57.055 millones. Asia concentró el 22,3% de las importaciones españolas; solo China supuso el 11,3%; América del Norte representó el 7,5%. Esto pone de manifiesto la elevada exposición que tienen las empresas importadoras españolas no solo al EUR/USD, sino también a determinadas divisas asiáticas.

Para Ebury también resulta significativo el dato del déficit comercial registrado en 2025 y la presión estructural que supone en divisa: “Un déficit elevado implica una necesidad estructural de compra de divisa extranjera, y cuanto mayor es el desequilibrio comercial, mayores la sensibilidad agregada del sistema empresarial a movimientos del tipo de cambio”, explica Merino.

El análisis de Ebury también incide en la fuerte atomización en el número de operadores. De las 127.084 empresas exportadoras registradas en 2025, el 65,7% exporta menos de 50.000€ al año; el 94% exporta menos de 5 millones anuales y solo el 0,9%supera los 50 millones en ventas exteriores. Al mismo tiempo, las 1.000 principales empresas concentran el 65,2% del valor exportado. Para Ebury, “esta dualidad muestra que, aunque el volumen de comercio esté concentrado en grandes compañías, el riesgo cambiario en términos de número de empresas recae mayoritariamente sobre pymes, que suelen contar con menor estructura financiera especializada en cobertura sistemática”.

En este contexto, Ebury recuerda que “la gestión activa del riesgo cambiario  deja de ser una práctica reservada a grandes corporaciones y se convierte en una variable estratégica para miles de pequeñas y medianas empresas que operan en mercados internacionales”.

The Trader: el inversor dejar de mirar el relato y centrarse en la realidad

"Hay momentos en los que no cambia tanto la realidad como la forma en la que se cuenta. Y eso es precisamente lo que estamos viendo ahora con la guerra en Irán. Tan pronto se habla del final del conflicto como de un escenario de escalada, con ataques cruzados, nuevos frentes abiertos y un riesgo creciente sobre el estrecho de Ormuz que podría trasladarse directamente a la economía global. Y el mercado, como siempre, reacciona con brusquedad a cada nueva interpretación", opina el analista Pablo Gil en The Trader.

En ese contexto, las declaraciones de Donald Trump se han convertido en un factor en sí mismo. En cuestión de días pasa de proclamarse vencedor y hablar de un cambio de régimen en Teherán, a pedir una coalición internacional para reabrir Ormuz; después sugiere una retirada de EEUU y, poco después, vuelve a la amenaza de destrucción total… para terminar postergando el ataque cuando el plazo está a punto de expirar. No es solo ruido político, sino una forma de actuar que, de momento, le funciona, aunque empieza a generar dudas sobre cuánto tiempo podrá sostenerse sin encontrar límites.

Su método ha sido siempre el mismo: llevar la situación al extremo, observar la reacción del rival y, si el coste aumenta, rectificar sin reconocerlo abiertamente. Es lo que muchos han definido como la doctrina TACO: tensar, presionar… y acabar reculando. Lo vimos en la guerra arancelaria con China, donde elevó el pulso convencido de que Pekín cedería, pero terminó aceptando un acuerdo parcial tras comprobar que el impacto también golpeaba a la economía estadounidense. Lo vimos con Groenlandia, cuando la presión se desinfló en cuanto Europa marcó límites. Y lo vimos incluso en su promesa de acabar con la guerra entre Rusia y Ucrania en 48 horas, que pasó de ser una afirmación rotunda a un progresivo distanciamiento hasta terminar diciendo que no era su guerra.

Hasta ahora, ese enfoque funcionaba porque se movía en terrenos donde había margen para corregir. Pero una guerra no es una negociación comercial. Tiene inercia propia, genera dinámicas difíciles de controlar y no permite rectificaciones sin coste. Aquí no basta con cambiar el discurso. Cada paso condiciona el siguiente. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo con Irán.

Sobre el terreno, la realidad apenas ha cambiado. Israel sigue atacando, Irán responde de forma directa e indirecta y los puntos clave del sistema energético global continúan expuestos. No hay cambio de régimen, no hay rendición y, sobre todo, no hay una salida clara diseñada desde el principio. El riesgo no desaparece, simplemente se transforma.

Además, hay un factor que muchas veces se subestima: la resiliencia del régimen iraní. Décadas de sanciones no lo han debilitado como muchos esperaban, sino que lo han adaptado. Irán ha desarrollado una economía de supervivencia que le permite operar incluso en condiciones extremas. Y, en paralelo, la presión externa refuerza el control interno, desplaza las prioridades hacia la supervivencia y reduce la contestación. En ese entorno, el régimen no solo resiste, sino que se consolida.
Ahí es donde aparece el verdadero problema. Trump necesita una salida, pero no cualquier salida: necesita una que le permita mantener su narrativa de control y éxito. Y cuando esa narrativa empieza a chocar con los hechos, surgen las contradicciones. De ahí los bandazos constantes, entre el triunfo anticipado y la amenaza, entre la retirada y la escalada.El mercado, sin embargo, sigue reaccionando a cada mensaje como si fuera una señal definitiva. Basta una insinuación de calma para ver subidas en las bolsas y caídas en el petróleo. Pero esa reacción puede estar adelantándose a una realidad mucho más frágil. Porque si el conflicto se mantiene, aunque sea en segundo plano, o si persisten las tensiones en puntos clave como Ormuz, el impacto económico seguirá ahí, aunque desaparezca de los titulares.

La clave no está en si EEUU se retira en dos o tres semanas, o si se suspenden las hostilidades durante un tiempo, sino en entender que el mensaje forma parte de la estrategia. Elevar la tensión, sugerir soluciones rápidas y después introducir calma permite influir en mercados, aliados y adversarios. El problema es que, cuando esta dinámica se repite, acaba generando una ilusión de control en un entorno donde el riesgo real sigue creciendo.

Y ahí es donde el inversor debe hacer el ejercicio más importante: dejar de mirar el relato y centrarse en la realidad. Porque, más allá del ruido, lo que terminará marcando la evolución del mercado será si esta guerra afecta de verdad al equilibrio entre oferta y demanda energética… y durante cuánto tiempo.

Hoy da la sensación de que lo único capaz de provocar un cambio real en el sentimiento del inversor no es la amenaza de una guerra abierta, sino su impacto directo en la economía, tanto en términos de inflación como de crecimiento. Y mientras ese impacto no se materialice de forma clara, el mercado seguirá interpretando cada caída como una oportunidad de compra.

Lombard Odier: relajación gradual de las tensiones

El CIO Office Viewpoint, elaborado por Luca Bindelli, Head of Investment Strategy de Lombard Odier, resalta que el alto el fuego de dos semanas entre EEUU e Irán está en línea con "nuestro escenario base de una relajación gradual de las tensiones en Oriente Medio, con efectos limitados sobre el crecimiento y la inflación". "Nuestras carteras mantienen una posición neutral en renta variable y renta fija. Dentro de la renta variable, mantenemos una sobre ponderación en Japón. En renta fija, seguimos infra ponderados en bonos gubernamentales y sobre ponderados en bonos de mercados emergentes denominados en moneda fuerte. Seguimos manteniendo una sobre ponderación en oro", explica.

"Consideramos dos escenarios de riesgo. En el primero, mayores expectativas de tipos de interés máximos pesarían sobre los activos de riesgo. En el segundo, una recesión y menores expectativas de tipos favorecerían a los bonos gubernamentales y al oro. La historia subraya la importancia de mantener carteras resilientes y diversificadas. Favorecemos activos de calidad y el oro", apunta.

Vuelta a la normalidad con elevada volatilidad

El petróleo celebraba la desaparición del escenario más adverso en la guerra de Oriente Medio con el octavo mayor retroceso diario en el precio del Brent desde 1991. Sin embargo, tras el primer impulso positivo, emerge una realidad más fría: pese al acuerdo alcanzado, la vuelta a la normalidad no será lineal y estará marcada por episodios de volatilidad.

En este contexto, ya comienzan a aflorar señales de fricción. Algunos miembros del Parlamento iraní han afirmado que EEUU habría incumplido el alto el fuego; se ha registrado la incursión de un dron iraní cerca del oleoducto que atraviesa Arabia Saudí hasta Yanbu; y, además, Israel no ha detenido su ofensiva en el Líbano, viviendo una de las jornadas más intensas desde el inicio de la invasión.

A ello se suman las incertidumbres en torno a cómo se desarrollará esta “nueva normalidad” en el tránsito marítimo por el estrecho. Algunos buques chinos ya se dirigen a la zona con el objetivo de poner a prueba el paso, mientras que desde Lloyd’s, el mayor mercado asegurador del mundo, se sigue considerando el área como de alto riesgo. Los aseguradores, por tanto, demandan mayores garantías antes de reanudar plenamente las coberturas.

El estrecho de Ormuz, cuestionablemente abierto: peajes que deberán ser pagados en criptomonedas y, de lo contrario, amenazas de ataques. Poco a poco se van revelando más detalles sobre el procedimiento para cruzar el Estrecho en un contexto tan cambiante. Los buques, tras informar previamente de su cargamento, deberán pagar 1$ por barril de petróleo en criptomonedas, de manera que los petroleros vacíos podrán pasar sin costes. En el caso de los petroleros de crudo de gran tamaño (VLCC) se ha estado cobrando 2 millones$ por buque. Sin embargo, en las retransmisiones por radio persisten las amenazas advirtiendo de que aquellos que intenten transitar sin autorización serán destruidos. 

Una vez superado el momento de máxima tensión, se inicia un proceso de normalización que previsiblemente será irregular y con altibajos. No obstante, el reconocimiento de que existe una contraparte dispuesta a negociar constituye un elemento clave para que la recuperación se sostenga en el tiempo. Además, los datos macroeconómicos continúan acompañando en EEUU.

Mientras tanto, las actas de la Reserva Federal continúan situando las bajadas de tipos como el escenario central, aunque adoptaron dos visiones distintas según se desarrolle el conflicto: por un lado, un número creciente de miembros considera que podrían ser necesarias subidas de tipos si la inflación se mantiene persistentemente por encima del objetivo. Por otro, la mayoría coincide en que un conflicto prolongado –con un impacto significativo sobre el crecimiento económico–, justificaría recortes adicionales. El documento, correspondiente a la decisión adoptada el 18 de marzo, permite conocer la evolución del debate interno del Comité dieciocho días después del estallido de la guerra. En este sentido resulta clave la jerga comunicativa utilizada por la Fed: cuando se indica que “algunos” miembros están abiertos a una política monetaria más restrictiva, se está aludiendo a un grupo más amplio que cuando en enero se empleó el término “varios”.

06Apr

Cuando las dudas empiezan a aparecer al mismo tiempo en el frente fiscal, económico y geopolítico en una economía sólida pero que depende enormemente de la confianza de los inversores y de la credibilidad de su política económica, los mercados suelen tardar muy poco en reaccionar.

Miguel Ángel Valero

Un año después del Día de la Liberación Arancelaria proclamado unilateralmente por Donald Trump, las empresas siguen enfrentándose a un entorno comercial inestable. Según un análisis realizado por Crédito y Caución, EEUU ha entrado en una fase estructuralmente proteccionista que supone una ruptura con décadas de apertura comercial y que persigue objetivos geopolíticos más que eficiencia económica.

Su política ha remodelado los patrones comerciales, pero no ha logrado una mejora duradera en la balanza comercial. El aumento de los aranceles ha alterado las decisiones de abastecimiento, ha acelerado la desvinculación de China y ha reforzado la desviación del comercio hacia otros socios comerciales, especialmente en maquinaria y equipos eléctricos, la categoría de importación más grande y resistente.

Además, los permanentes cambios legales que se han producido en EEUU en materia arancelaria han introducido mayores dosis de inestabilidad en el comercio internacional. Una sentencia del Tribunal Supremo ha invalidado los aranceles impuestos tras el Día de la Liberación en virtud de poderes de emergencia. Sin embargo, la reacción de la administración norteamericana no se hizo esperar. El Gobierno respondió introduciendo un arancel universal del 10% sobre todas las importaciones en virtud de la Sección 122 de la Ley de Comercio de 1974. Se trata de una medida temporal que solo estará en vigor durante 150 días.

Para Dana Bodnar, economista sénior de Atradius, el reajuste del marco arancelario no debe confundirse con un retorno a unas barreras más bajas: "Bajo el nuevo sistema, el tipo arancelario legal se sitúa en el 13,9 %, seis veces más alto que antes de que comenzara la escalada. El carácter temporal del marco legal actual genera un nivel de imprevisibilidad que supone un reto para las empresas globales".

Aunque el nuevo arancel universal es más sencillo al no ser específico para cada región, tendrá un efecto limitado, ya que muchos países habían negociado acuerdos comerciales que situaban sus aranceles cerca de la base de referencia actual. Por otra parte, los importadores estadounidenses siguen absorbiendo la mayor parte de los costes relacionados con los aranceles. En lugar de fomentar la relocalización, estas políticas están acelerando la fragmentación de la cadena de suministro y aumentando las presiones operativas y financieras sobre las empresas.

En este contexto, el análisis de Crédito y Caución adelanta que las empresas deben prepararse para un entorno a largo plazo caracterizado por un aumento de las fricciones comerciales, la imprevisibilidad política y el incremento de los costes. La aseguradora de crédito aconseja a los exportadores y a los líderes de la cadena de suministro que refuercen sus planes de resiliencia, diversifiquen el abastecimiento cuando sea posible y se preparen para una mayor volatilidad política durante 2026. 

The Trader: el problema no son los aranceles, sino las cuentas públicas

Durante buena parte de los últimos dos años se instaló en el mercado la idea de que la economía estadounidense había logrado algo que parecía casi imposible: frenar la inflación sin caer en recesión. El famoso 'soft landing'. Sin embargo, los datos macroeconómicos, las tensiones geopolíticas y el propio frente político interno comienzan a enviar señales de deterioro que conviene observar con atención.

Uno de los elementos más interesantes de esta historia tiene que ver con la política comercial impulsada por Donald Trump. La guerra arancelaria se presentó como una herramienta para reforzar la posición económica de EEUU, reducir el déficit comercial y, al mismo tiempo, aumentar los ingresos fiscales del gobierno federal.

Durante el último año, esos aranceles han generado una cantidad significativa de ingresos para el Tesoro estadounidense. Pero la decisión reciente del Tribunal Supremo de declarar ilegales partes de las tarifas impuestas bajo poderes de emergencia ha abierto un escenario judicial extremadamente complejo. Es muy probable que la batalla legal se prolongue durante mucho tiempo mientras el gobierno intenta mantener, por otras vías, los ingresos derivados de la política comercial.

Pero el verdadero problema no está en los aranceles, sino en las cuentas públicas, subraya el analista Pablo Gil en The Trader.. El déficit federal estadounidense ya alcanza aproximadamente un billón$. A ese ritmo, si no se produce un cambio significativo en la dinámica de gasto o ingresos, el déficit anual podría situarse fácilmente entre 2,2 billones y 2,5 billones al cierre de 2026. Esto ocurre además en un momento en el que el coste de financiar la deuda se ha disparado. Solo en los primeros cinco meses del año fiscal, el pago de intereses de la deuda pública ya supera los 520.000 millones$, una cifra que empieza a competir con algunas de las principales partidas de gasto del presupuesto federal.

La consecuencia es evidente. La deuda pública estadounidense continúa creciendo a gran velocidad. En términos absolutos ya supera los 38 billones$, y en términos relativos se mueve entre el 120% y 125% del PIB, un nivel que ya supera el alcanzado durante la Segunda Guerra Mundial.

Lo llamativo es que este deterioro fiscal se está produciendo en un contexto que, en teoría, no es de crisis económica. Al contrario, Estados Unidos ha mantenido durante los últimos años una política fiscal extraordinariamente expansiva, similar a la que en otras épocas solo se aplicaba en momentos de recesión profunda o en situaciones de emergencia económica. Y, aun así, la economía empieza a mostrar síntomas claros de debilidad.

La revisión del PIB del cuarto trimestre de 2025 ha sido especialmente significativa. El crecimiento ha pasado del 1,4% inicial al 0,7%, muy por debajo de lo que esperaba el consenso del mercado. Además, el consumo (que representa cerca del 70% de la economía estadounidense) también ha sido revisado a la baja, con un crecimiento que pasa del 2,5% al 2%.

La inflación tampoco ayuda. El índice PCE subyacente se mantiene alrededor del 3%, muy por encima del objetivo del 2% de la Reserva Federal. Esto coloca a la Fed en una posición incómoda: el crecimiento se desacelera, pero la inflación sigue siendo demasiado alta como para justificar una relajación rápida de la política monetaria. Y ahora aparece un nuevo factor de riesgo que podría complicar aún más la situación: el petróleo.

La guerra con Irán ha provocado un fuerte repunte en los precios de la energía y ha vuelto a poner en el radar el riesgo de un nuevo shock inflacionario global. Los bancos centrales de las principales economías (la Reserva Federal, el Banco Central Europeo o el Banco de Inglaterra) están empezando a reconocer que el conflicto en Oriente Próximo podría obligarles a retrasar las bajadas de tipos de interés previstas para este año o incluso a replantearse su estrategia monetaria si el impacto sobre los precios termina siendo significativo.

El problema es que la política monetaria tiene una capacidad muy limitada para actuar frente a un shock energético. Los bancos centrales pueden subir o bajar los tipos de interés, pero no pueden reabrir el Estrecho de Ormuz ni controlar el precio del petróleo. Y si el conflicto se prolonga, el encarecimiento de la energía podría trasladarse rápidamente al conjunto de la economía a través de la inflación.

Los mercados ya empiezan a contemplar ese escenario. Un bloqueo prolongado del estrecho (por donde transita una parte crucial del comercio energético mundial) podría disparar el precio del crudo muy por encima de los niveles actuales. Si eso ocurriera justo cuando el crecimiento económico empieza a desacelerarse, el resultado sería una combinación especialmente incómoda para los bancos centrales: inflación persistente con una economía perdiendo dinamismo. El riesgo de volver a un escenario de estanflación (crecimiento débil acompañado de presiones inflacionistas) vuelve a aparecer en el horizonte.

Otro foco de preocupación llega desde el mercado laboral. Cuando el empleo empieza a deteriorarse, el impacto sobre el consumo suele aparecer con cierto retraso, pero termina llegando. Y si el consumo se debilita en una economía donde representa la mayor parte de la actividad, el efecto sobre el crecimiento puede ser considerable.

La combinación de todos estos factores (incertidumbre legal sobre los aranceles, deterioro de los datos macroeconómicos, inflación persistente, tensiones geopolíticas y señales de debilidad en el empleo) empieza a dibujar un escenario mucho más frágil para la primera economía del mundo.

El deterioro empieza a aparecer a pesar de que EEUU mantiene una política fiscal extraordinariamente expansiva. Incluso con déficits gigantescos y con niveles de gasto público propios de una economía en crisis (lo cual debería mantener a la economía 'dopada'), lo cierto es que la actividad empieza a perder fuerza.

Al mismo tiempo, el contexto internacional añade nuevas presiones que pueden complicar aún más el panorama. Si el conflicto en Oriente Próximo termina provocando un nuevo repunte duradero del precio del petróleo, los bancos centrales se enfrentarán a un dilema especialmente incómodo: combatir la inflación con tipos de interés altos o apoyar a una economía que ya empieza a desacelerarse.

EEUU sigue siendo la economía más sólida del mundo, pero también es una economía que depende enormemente de la confianza de los inversores y de la credibilidad de su política económica. 

"Y cuando las dudas empiezan a aparecer al mismo tiempo en el frente fiscal, económico y geopolítico, los mercados suelen tardar muy poco en reaccionar", advierte Pablo Gil.

05Apr

La mayoría de las familias construyen su patrimonio a través de la vivienda. Los ultrarricos, en cambio, lo hacen a través de acciones, fondos y empresas.

Miguel Ángel Valero

En 2016 se produjo la publicación de los Papeles de Panamá, un conjunto de documentos que demostraban cómo políticos, empresarios, famosos y criminales se apoyaban en sociedades de territorios con ventajas y opacidad fiscales ('offshore', en la jerga financiera) para ocultar su patrimonio, evadir impuestos o 'lavar' dinero. Esta revelación desató la indignación de los ciudadanos y provocó un endurecimiento de las normas de intercambio de información bancaria entre países, lo que ha reducido, al menos oficialmente, el volumen de dinero 'negro' en sociedades offshore.

Diez años después, todavía quedan unos 3,55 billones$ (cerca de 3,1 billones€) en territorios offshore. Dos veces el PIB de España. Y el 80% de ese dinero está en manos del 0,1% más rico del planeta, 2,84 billones$, según estima la ONG Oxfam Internacional. Y el 0,01% acapara la mitad de toda esa fortuna oculta, lo que supone 1,77 billones en cuentas y activos sin tributar.

Gabriel Zucman, director del Observatorio Internacional de la Fiscalidad, propuso en la reunión del G-20 en Brasil tasar con un 2% los patrimonios superiores a los 100 millones. Una medida que aplicada en España supondría unos 5.000 millones adicionales de recaudación fiscal. Pero la idea del economista francés no se ha implantado todavía.

Auge de los ultrarricos

En The Trader, el analista Pablo Gil considera que "la economía ya no la mueve la clase media". Durante décadas, la idea dominante era clara: la economía crecía impulsada por la clase media. Su consumo, su capacidad de ahorro, su estabilidad. Pero los datos empiezan a contar otra historia. En EEUU está emergiendo (y consolidándose) un grupo cada vez más numeroso de ultrarricos que no son multimillonarios, pero que tienen patrimonios de decenas o cientos de millones de dólares. Ya hay más de 430.000 hogares con más de 30 millones$, y dentro de ellos, unos 74.000 superan los 100 millones. No es solo una cifra elevada: es un grupo que crece más rápido que la población.

Lo relevante no es solo cuántos son, sino cómo han construido su riqueza. En los últimos 50 años, el 0,1% más rico ha multiplicado su patrimonio por más de 13 veces. Mientras tanto, el 50% inferior ha tenido enormes dificultades para generar riqueza y solo recientemente ha logrado volver a terreno positivo tras décadas marcadas por crisis y estancamiento.

La diferencia está en los activos. La mayoría de las familias construyen su patrimonio a través de la vivienda. Los ultrarricos, en cambio, lo hacen a través de acciones, fondos y empresas. De hecho, cerca del 72% de su riqueza está en este tipo de activos. Y eso cambia completamente el resultado, porque en la última década el S&P 500 se ha triplicado y muchas empresas privadas también han disparado su valoración. No es solo una cuestión de ingresos. Es una cuestión de posicionamiento.

Esto tiene una consecuencia directa: la economía empieza a polarizarse. El consumo vinculado al lujo está creciendo con fuerza (desde viviendas de más de 10 millones hasta viajes y marcas premium) mientras que el consumo de la clase media-alta empieza a mostrar signos de debilidad.

"Cada vez importa menos el consumidor medio… y más quién concentra el capital. Y aquí está la idea clave para el inversor: si quieres entender hacia dónde va el mercado, no basta con mirar el crecimiento económico general. Hay que entender quién tiene el dinero y en qué activos está invertido. Porque hoy, más que nunca, la economía no se mueve desde el centro. Se mueve desde arriba", advierte este experto.

02Apr

Seis usuarios del mercado de predicciones Polymarket, con cuentas creadas 24 horas antes, lograron 1,2 millones$ por predecir los ataques contra Irán el 28 de febrero. Otro ganó 400.000$ al apostar por la captura de Nicolás Maduro en enero.

Miguel Ángel Valero

Hay movimientos que invitan a la sospecha. Minutos antes de que el 23 de marzo de 2026 Donald Trump hablara de "conversaciones productivas" con Irán -desmentidas por el régimen de los ayatolás- se movieron 560 millones€ (ocho veces más de lo habitual) en derivados que apostaban por una caída del precio del crudo. Ésta efectivamente se produjo: 10%, hasta 100$ el barril de Brent., 90$ el de West Texas.

Ese día, a las 6:49 de la mañana en Nueva York (11:49 en la España peninsular), ebn dos minutos se firmaron contratos de futuros sobre crudo por seis millones de barriles, frente al promedio de 700.000 para un intervalo similar. A las 7:05 (12:05 en España), Trump  hizo el anuncio a través de un mensaje en Truth Social.

También se registró un inusual incremento de los derivados sobre el principal índice de la Bolsa estadounidense, el S&P 500, con apuestas a una subida que, tras el anuncio de Trump, se concretó en un alza del 1%. 

Frente a los habituales desmentidos de la Casa Blanca sobre el uso de información privilegiada, movimientos inusuales en los mercados de futuros y en las Bolsas parecen anticiparse a decisiones sobre ataques militares de EEUU en el extranjero. Así, seis usuarios del principal mercado de predicciones del mundo, Polymarket, con cuentas creadas 24 horas antes, lograron 1,2 millones$ por predecir los ataques de Israel y de EEUU contra Irán el 28 de febrero. Uno de ellos había apostado más de 60.000 dólares, lo que resultó en casi medio millón de ganancias. Desde que cobraron sus beneficios, las cuentas han desaparecido de la plataforma. Con 2026 dando sus primeros pasos, un usuario de Polymarket ganó 400.000$ tras apostar que el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, sería capturado por tropas de EEUU. Su predicción se cumplió pocas horas después.

The Trader: esas plataformas han venido para quedarse

El analista Pablo Gil subraya en The Trader que "durante años hablamos de la 'sabiduría de las masas' como un concepto teórico. Hoy se ha convertido en un mercado. Literalmente". Plataformas como Kalshi y Polymarket permiten apostar a casi cualquier cosa: si la Reserva Federal bajará tipos, si habrá un cierre del Gobierno, si una palabra concreta saldrá de la boca de Jerome Powell en una rueda de prensa, si el petróleo alcanzará sus máximos históricos o si determinada celebridad asistirá a un evento deportivo. No es una metáfora. Compras un contrato que paga un dólar si el evento ocurre y cero si no ocurre. Si cotiza a 0,20, el mercado está diciendo que la probabilidad es del 20%. Precio igual a probabilidad. "La propuesta es potente. Convertir opinión en precio. Y el precio, en estimación colectiva de la verdad", recalca.

Sus defensores sostienen que estos mercados generan información más fiable que encuestas o tertulias. Si tienes dinero en juego, pensarás mejor. Apostar sería, según sus fundadores, una forma de disciplinar el discurso. Si realmente crees algo, demuéstralo arriesgando capital. El argumento no es absurdo. En los mercados financieros llevamos décadas aceptando que los precios agregan información dispersa. Cada inversor tiene un trozo del puzle. Al comprar o vender, todo se sintetiza en una cifra. ¿Por qué no iba a funcionar igual con eventos políticos, económicos o sociales?

El problema es que la frontera entre información y entretenimiento se vuelve cada vez más difusa. Gran parte del volumen ya está vinculado a deporte y cultura. Y proliferan mercados anecdóticos: palabras concretas en discursos, duración de ruedas de prensa, viralidad en redes sociales. La realidad empieza a fragmentarse en microeventos cuantificables. No analizas la intervención de Powell por su contenido, sino por si dirá “recesión” o “inflación”.

La atención se desplaza del significado al marcador. Además, surgen riesgos evidentes. Manipulación, información privilegiada, reglas ambiguas o incentivos perversos. Cuando alguien puede ganar dinero con que algo ocurra, aparece la tentación de influir en que ocurra. Y eso cambia la naturaleza del propio evento.

Más allá del debate regulatorio (si esto es un derivado financiero o un simple juego), hay una cuestión más profunda. Estamos asistiendo a la financialización de la realidad. Cada diferencia de opinión puede convertirse en un activo negociable. Cada duda, en un contrato. Cada incertidumbre, en una oportunidad de trading.

Eso tiene un lado positivo. Mucha gente reconoce que ahora sigue la política y la macroeconomía con más atención porque tiene dinero en juego. El incentivo es poderoso. Obliga a informarse.

Pero también tiene un coste. Cuando todo se mide en probabilidades y retornos, la experiencia se transforma. Ya no escuchas un discurso, lo monitorizas. Ya no ves un partido, lo fragmentas en apuestas. Ya no consumes información, la arbitras.

"Estos mercados han llegado para quedarse. La tecnología, la regulación más flexible y el cambio cultural juegan a su favor. Pero la pregunta relevante no es si sobrevivirán, sino qué impacto tendrán en nuestra forma de entender el mundo.  Porque si convertimos cada hecho en una posición financiera, podemos ganar eficiencia informativa. Pero también corremos el riesgo de perder profundidad, contexto y criterio. Y eso, aunque no cotice en ninguna plataforma, también tiene un valor enorme", advierte este experto.

26Mar

Un conflicto largo no se mide solo en términos militares, sino en desgaste social y financiero. Subidas del precio de la energía, impacto en la economía, incertidumbre en los mercados, fatiga del electorado, presión política interna… todo eso acaba pesando más que cualquier victoria táctica sobre el terreno. Por eso, el verdadero campo de batalla no está solo en el Estrecho de Ormuz. Está en la paciencia de las sociedades… y ahora también en la estabilidad de los mercados.

Miguel Ángel Valero

Doce meses después del Día de la Liberación, el panorama financiero global ha completado un ciclo de contrastes extremos, subraya un análisis de Ibercaja Gestión. Lo que comenzó como un escenario de pánico ante el anuncio de aranceles globales por parte de la administración Trump, ha derivado en una compleja rotación de activos marcada por la resiliencia económica, la inteligencia artificial y, más recientemente, la inestabilidad geopolítica.

Pese a los vaticinios de las casas de análisis de Wall Street, que gritaban “recesión e inflación” la aplicación final a través de las "pausas arancelarias" permitió al mercado digerir la incertidumbre y a las empresas hacer sus deberes, reorganizar sus cadenas de suministro y llenar los almacenes. El resultado fue un PIB estadounidense que, en el segundo trimestre de 2025, sacó músculo con un 3,8%. En cuanto a los niveles de precios, tanto la inflación subyacente como la general no han registrado fuertes repuntes; de hecho, hoy lucen niveles más bajos que hace un año, cuando los aranceles eran todavía una amenaza lejana. Curiosamente, la inflación no fue acusada; las empresas, sabiendo que el tiempo es oro —y que los plazos de negociación tenían fecha de caducidad—, aplicaron un "goteo de precios" tan sutil que los consumidores apenas sintieron el pinchazo.

Sin embargo, el comportamiento del mercado de divisas ha roto los manuales de teoría económica. Rompiendo con la ortodoxia de 2018, el dólar se depreció fuertemente, impidiendo que la moneda amortiguase el coste de los aranceles y lastrando la rentabilidad de nuestras inversiones. 

El optimismo estival regado con el maná de pactos arancelarios favorables y la solidez de los resultados tecnológicos llevó a los índices a vivir un idilio de máximos históricos semana tras semana. Sin embargo, este impulso dio paso a una rotación sectorial a finales de 2025. El agotamiento de las grandes tecnológicas, lastradas por las dudas sobre la rentabilidad inmediata de la IA y el futuro del software tradicional, provocó un trasvase de capital hacia activos de valor y geografías anteriormente relegadas. En este nuevo baile de sillas, mientras Europa y Japón intentaban sacar pecho, el bloque emergente se consolidaba como el verdadero dueño de la pista.

Pero la paz de los mercados suele ser efímera, y todavía más desde que está Trump en la Casa Blanca. La relativa calma que teníamos se ha visto truncada por el estallido del conflicto en Oriente Medio, un incendio geopolítico que ha devorado las ganancias acumuladas en los dos primeros meses en un abrir y cerrar de ojos. Europa y Asia, con su crónica dependencia energética, han sido las que se han llevado la peor parte del golpe. 

La onda expansiva ha llegado, como no podía ser de otra forma, a la renta fija. La revalorización del crudo ha despertado al fantasma de la inflación, forzando al mercado a descontar hasta tres subidas de tipos por parte del BCE para 2026. Así, aquel benigno escenario de pausas con el que arrancó el año ahora ha pasado a mejor vida, dejando a los inversores en un entorno de cautela donde la solvencia y la gestión activa vuelven a ser las únicas brújulas fiables.

Y con esto llegamos al panorama actual, que está bajo el asedio de dos tipos de riesgos que, pese a que bailan por separado, podrían converger creando tensiones generalizadas. El principal riesgo se encuentra en la tensión geopolítica en general y en la guerra de Irán en particular. La escalada en Oriente Medio reintroduce el temor a la estanflación y se suma al uso de aranceles que, ya de por sí, son dañinos para el crecimiento de las economías. Por otro lado, el segundo foco de incertidumbre se encuentra en un posible frenazo en el CAPEX de los hiperescaladores. Estas compañías han sido el pulmón del PIB estadounidense, y si deciden cerrar el grifo de la inversión, el crecimiento tendrá que buscarse la vida por otros derroteros. Con un consumo que ya ha dado lo mejor de sí y un déficit fiscal desmedido, no hay muchos voluntarios para coger el relevo. 

Pese a la independencia de estos dos riesgos, no es descartable un escenario donde el aumento de la tensión geopolítica paralice o retrase momentáneamente las inversiones, afectando, en consecuencia, al CAPEX de los hiperescaladores. Un escenario así sería criptonita para la renta variable y podría desembocar en un empobrecimiento del ciudadano estadounidense -fuertemente invertido en Bolsa-, afectando al consumo y creando un bucle que se retroalimenta.

Sin embargo, "mantenemos una visión positiva de cara a 2026, ya que Trump tiene el mercado “entre ceja y ceja” y sabe que su examen en las elecciones de medio mandato, en parte, se corrige en Wall Street. Mientras las señales no lleguen, permaneceremos invertidos, ya que como dijo Peter Lynch: 'Se ha perdido mucho más dinero intentando predecir las correcciones que en las propias correcciones'”.

"En estos doce meses el mundo ha dado un vuelco de 360 grados para quedarse en una situación notan distinta a la que vivimos ese dos de abril. Durante este tiempo hemos visto aranceles venir e irse, capturas de presidentes, amenazas de invasión de territorios de aliados, una guerra en Oriente Medio y, pese a todo, nuestras rentabilidades han sido positivas. Y, es que, como se suele decir: 'hay décadas en las que no pasa nada y años en los que pasan décadas”, concluyen en Ibercaja Gestión.

Escenificación para un acuerdo a corto plazo

Irán rechaza las propuestas de Trump con un tono considerablemente agresivo, mientras los ataques continuaban, principalmente desde Israel. Con la posibilidad de que Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos se sumen al conflicto, el optimismo inicial respecto a una resolución rápida volvía a desvanecerse. A punto de cumplirse el mes de enfrentamientos, la presión de EEUU y de la diplomacia de los principales socios comerciales de Irán —Pakistán, India y China— alcanzaba su punto más alto. Esto ha llevado al Gobierno persa a plantear una estrategia más moderada en relación con el tránsito marítimo por el estrecho, aplicando restricciones únicamente a países “no hostiles” y, potencialmente, cobrando por la seguridad en la navegación mediante un peaje.

Turquía intenta contener el impulso de los estados árabes que buscan implicarse en el conflicto. En paralelo, Karoline Leavitt, secretaria de Prensa del Gobierno americano, se sumó al intercambio de mensajes, afirmando que Teherán está negociando tras la fachada de firmeza debido a su debilidad interna. Por otro lado, el envío de tropas estadounidenses a la región –aproximadamente 4.000 nuevas fuerzas de ataque anfibio y 3.000 de la fuerza aerotransportada, que se unirían a los 50.000 ya desplegados en la región– constituye probablemente la amenaza más seria que puede ejercer Washington y supone un arma de doble filo, ya que implicaría un gasto logístico y temporal mucho más elevado que el actual. 

Por su parte, Israel ha logrado sus primeros avances en el sur del Líbano, tras recientemente abrir un nuevo frente en el conflicto.

Los mercados interpretan el rechazo iraní como un paso más dentro de la escenificación que podría desembocar en un acuerdo en el corto plazo. Por ello, las caídas en los activos de riesgo han sido limitadas –el S&P 500 solo retrocede alrededor de un -5,5% desde máximos–. Las informaciones sobre una posible reapertura parcial del estrecho también han sido bien recibidas, especialmente en un contexto en el que la maniobra mafiosa de Irán podría ser asumida por las refinerías asiáticas, deseosas de crudo, con las referencias de precios árabes de crudo cayendo entre un -20% y un -30% desde máximos.

En este entorno, los hechos pesan más que las declaraciones. Aunque hay señales de acercamiento, la posibilidad de una invasión terrestre estadounidense aumenta ante un Irán que continúa resistiéndose. Los mercados centran su optimismo en la potencial reapertura del estrecho –a pesar de los potenciales costes– y en la ausencia de nuevos ataques relevantes contra infraestructuras energéticas en los últimos días. El marco negociador sigue siendo complejo, pero cada vez abundan los indicios de que el tiempo se agota para ambas partes. 

El Parlamento de Irán está elaborando un proyecto de ley destinado a imponer un peaje obligatorio a los buques que soliciten un paso seguro a través del estrecho de Ormuz. Según la agencia Fars, vinculada a la Guardia Revolucionaria, la propuesta se ultimará la próxima semana y otorgará reconocimiento legal a la supervisión que Irán ejerce sobre esta estratégica vía marítima. Aunque la legislación aún no se ha aprobado, diversos operadores marítimos han informado de que ya se está aplicando un peaje informal que puede alcanzar los dos millones$ por buque. Para procesar la solicitud de tránsito, las autoridades iraníes exigen a los armadores información detallada sobre la tripulación, la carga y el itinerario.

A primera vista, el pago de un peaje podría recordar al aplicado en infraestructuras como el Canal de Suez o el Canal de Panamá, donde las tarifas responden a la necesidad de cubrir los enormes costes de construcción, operación y mantenimiento de canales que requieren un trabajo diario de ingeniería, dragado, sistemas de esclusas, personal técnico y servicios de pilotaje. En el caso de Irán, sin embargo, los legisladores justifican el cobro del peaje no por el mantenimiento de una infraestructura –el estrecho es una vía natural–, sino por la mera prestación de seguridad. 

Además, Irán distribuyó una carta en la que afirma permitir el tránsito seguro de aquellos buques considerados “no hostiles”. El Ministerio de Asuntos Exteriores definió esta categoría como naves que “ni participan ni apoyan actos de agresión contra Irán” y que no pertenezcan a Estados Unidos o Israel. 

The Trader: cuidado con la percepción de que todo está bajo control

"La estabilidad es inestable", recuerda Nicolai Tangen, el gestor del mayor fondo soberano del planeta, el de Noruega. Y no es una reflexión teórica. Es una advertencia directa. Hablamos de un fondo de más de 2 billones$, que posee alrededor del 1,5% de todas las acciones cotizadas del mundo. "No es un actor más del mercado. Es el mercado. Y precisamente por eso, cuando este tipo de inversor empieza a plantear escenarios extremos, conviene prestar atención", subraya el analista Pablo Gil en The Trader.

Lo más interesante no es tanto lo que está pasando hoy, sino lo que temen que pueda pasar. Tras su reciente visita a Oriente Medio (justo antes de que estallara el conflicto con Irán), el equipo del fondo ha empezado a trabajar con dos grandes riesgos que, combinados, son potencialmente explosivos:

  • El primero es el regreso de la inflación: No una inflación moderada, sino una derivada de un shock energético. Si el Estrecho de Ormuz se ve afectado y el petróleo se mantiene estructuralmente por encima de los 100 dólares, el impacto sería inmediato: encarecimiento de costes, tensiones en cadenas de suministro y presión directa sobre los bancos centrales.
  • El segundo es aún más estructural: la fragmentación geopolítica. Un mundo que se divide en bloques, donde el comercio se reduce, la eficiencia cae y el crecimiento se resiente. Y aquí entra un factor clave: las políticas de EEUU, que están tensando las relaciones con sus propios aliados en un contexto ya de por sí delicado.

Lo relevante no es solo el diagnóstico, sino la magnitud de lo que manejan en sus escenarios. Según sus propios stress test, un entorno de ruptura comercial y menor crecimiento podría provocar una caída cercana al 50% en su cartera de renta variable y más de un 35% en el valor total del fondo. El inversor más grande del mundo está contemplando escenarios donde prácticamente se destruye la mitad del valor de las Bolsas.

Pero no solo están preocupados por la geopolítica. También lo están por el mercado tecnológico. Tangen reconoce ser un firme creyente en la inteligencia artificial, pero al mismo tiempo advierte de algo que muchos prefieren ignorar: las valoraciones pueden haber ido demasiado lejos. Y en un escenario de corrección, el impacto sería brutal. Sus propios cálculos apuntan a que una caída del sector tecnológico podría borrar más de la mitad del valor de su cartera de acciones.

Aquí es donde encajan dos ideas que el mercado tiende a separar… pero que en realidad están profundamente conectadas: Complacencia geopolítica + complacencia tecnológica. Si ambas fallan al mismo tiempo, el ajuste podría ser mucho más violento de lo que la mayoría anticipa. Y mientras tanto, los mercados siguen relativamente tranquilos. Lo que encaja perfectamente con una de las reflexiones más conocidas de Hyman Minsky, “largos periodos de estabilidad generan una falsa sensación de seguridad… que acaba desembocando en crisis”. "Es exactamente el punto en el que podríamos estar ahora", avisa Pablo Gil.

Lo más peligroso de este entorno no es el riesgo en sí, sino la percepción de que todo está bajo control. Cuando el mayor fondo del mundo empieza a preparar escenarios de caída del 40% o 50%, no significa que vayan a ocurrir mañana. Pero sí indica que el sistema es mucho más frágil de lo que parece. Y, sobre todo lanza un mensaje muy claro: el mercado sigue confiando en un escenario de normalidad… en un mundo que cada vez se parece menos a uno normal. Y como nos recuerda Tangen, “la estabilidad no desaparece de golpe. Primero se cuestiona. Luego se erosiona. Y cuando queremos reaccionar… ya es demasiado tarde”.

Capacidad productiva dañada

Durante semanas, el mercado ha estado centrado en un riesgo muy concreto: el posible bloqueo del Estrecho de Ormuz. Un cuello de botella por el que transita cerca de una cuarta parte del petróleo mundial y una parte muy relevante del gas natural licuado. Ese era el gran temor inicial. Un shock logístico. En ese primer escenario, el problema no era que faltara petróleo, sino que no pudiera llegar a su destino, una disrupción temporal del flujo. El mercado reacciona con subidas de precio, sí, pero impulsadas principalmente por la prima de riesgo geopolítico. En el fondo, los barriles siguen existiendo. La oferta global no desaparece, simplemente se retrasa o se encarece su transporte.

Pero lo que estamos viendo ahora es cualitativamente distinto.Los ataques sobre infraestructuras energéticas en Qatar, Arabia Saudí, Emiratos Árabes y Kuwait cambian completamente el tablero. Ya no hablamos de rutas bloqueadas, sino de capacidad productiva dañada. Y eso es otra historia. El ataque al complejo de Ras Laffan en Qatar (el mayor centro mundial de gas natural licuado) es especialmente relevante. Parte de sus instalaciones, responsables de un porcentaje significativo de las exportaciones globales de LNG, han quedado fuera de juego y podrían tardar entre dos y tres años en recuperarse completamente. No estamos ante una interrupción puntual, sino ante una pérdida estructural de oferta. A esto se suman incendios en refinerías, paradas en instalaciones clave y amenazas sobre puertos estratégicos como Yanbu en Arabia Saudí, que se ha convertido en una vía crítica de exportación ante las tensiones en Ormuz. 

El riesgo ya no es solo que el petróleo no circule… es que directamente haya menos petróleo y menos gas disponible. Y aquí es donde el mercado entra en una segunda fase mucho más peligrosa. A comienzos de año, muchos análisis apuntaban a un escenario de sobreoferta de alrededor de 3 millones de barriles diarios. Un contexto cómodo, con capacidad suficiente para absorber shocks y mantener los precios relativamente contenidos. Hoy, ese escenario ha saltado por los aires.

Si la destrucción de infraestructuras continúa, podríamos pasar rápidamente a un déficit estructural. No un desequilibrio puntual, sino una situación en la que la oferta global no es capaz de cubrir una demanda que sigue siendo sólida. En ese contexto, el precio deja de subir por miedo… y empieza a subir por necesidad.Y eso lo cambia todo. Porque una cosa es un petróleo caro por tensión geopolítica (que puede revertirse rápidamente si baja la escalada bélica) y otra muy distinta es un petróleo caro porque, simplemente, no hay suficiente. En este segundo caso, los precios no corrigen fácilmente. Se quedan altos durante más tiempo y generan efectos de segunda ronda en toda la economía: inflación persistente, presión sobre márgenes empresariales y un nuevo problema para los bancos centrales.

El mercado energético podría estar dejando de ser un mercado de flujos para convertirse en un mercado de escasez. Y eso es exactamente lo que convierte esta fase del conflicto en algo mucho más serio. Este tipo de cambios no son lineales ni inmediatos en su impacto, pero sí profundamente persistentes. El mercado siempre tiende a infravalorar los shocks de oferta estructurales, porque está acostumbrado a pensar en términos de ciclos, no de rupturas. Y lo que estamos empezando a ver se parece más a una ruptura que a un simple episodio de volatilidad.

Si esta dinámica se consolida, el problema ya no será solo energético. Será macroeconómico. Un petróleo estructuralmente caro actúa como un impuesto global: reduce el crecimiento, presiona la inflación y deja a los bancos centrales atrapados en un entorno donde cada decisión tiene un coste elevado. Bajar tipos puede alimentar aún más la inflación; mantenerlos altos puede agravar la desaceleración.

Además, está la complacencia con la que muchos mercados han venido descontando un escenario de normalización económica en 2026. Esa narrativa (basada en la idea de inflación controlada y crecimiento moderado) encaja mal con un shock de oferta energética de esta magnitud.

"Estamos entrando en una fase donde la energía vuelve a ocupar un papel central en la economía global. Y cuando eso ocurre, la volatilidad deja de ser un episodio puntual para convertirse en el nuevo entorno base. De modo que la pregunta ya no es si el petróleo y el gas pueden subir más… sino cuánto tiempo pueden mantenerse en niveles elevados. Y esa es una pregunta que debería estar planteándose el inversor en este momento", avisa Pablo Gil.

Los escenarios del BCE

Por su parte, el escenario base del BCE parte de una hipótesis relativamente benigna dentro de lo malo. Asume que el petróleo rondará un pico cercano a 90$ por barril y el gas unos 50€ por MWh en el segundo trimestre de 2026, para después ir moderándose. Incluso bajo esa visión relativamente contenida, la inflación de la Eurozona subiría al 2,6% en 2026, el crecimiento del PIB se frenaría al 0,9%, y la tasa de paro se movería alrededor del 6,3%. Además, el propio BCE ha revisado al alza el coste de financiación esperado: el euríbor a tres meses pasa a una media del 2,3% en 2026 y del 2,6% en 2027 y 2028, mientras la rentabilidad del bono público a diez años en la eurozona se sitúa en el 3,3% en 2026, 3,5% en 2027 y 3,7% en 2028. Es decir, incluso en el caso “central” o “Línea de base”, la energía aprieta, el crecimiento afloja y la financiación se encarece levemente. 

Pero lo realmente importante del informe no está en el escenario base, sino en los escenarios alternativos. En el adverso, el BCE contempla una interrupción del 40% de los flujos de petróleo y GNL que atraviesan Ormuz durante el segundo trimestre de 2026. Ahí el barril subiría hasta 119€ y el gas europeo hasta 87€ por MWh. El resultado sería una inflación del 3,5% en 2026, un crecimiento del PIB de solo el 0,6% y una economía claramente más debilitada, aunque con cierta normalización posterior. En el escenario grave, el shock sería mucho más persistente: petróleo en 145$, gas en 106€ por MWh, crecimiento del 0,4% en 2026 y del 0,9% en 2027, e inflación disparada al 4,4% en 2026 y al 4,8% en 2027. Ahí ya no hablamos solo de un susto inflacionista, sino de una forma de estanflación en toda regla.El problema para el BCE es que sus herramientas monetarias sirven de poco cuando la inflación viene de un shock de oferta. 

Subir tipos puede frenar los efectos de segunda ronda, contener salarios y evitar que la inflación energética se contagie al resto de precios, pero también corre el riesgo de agravar la desaceleración económica. Bajar tipos para apoyar la actividad económica sería todavía más delicado si el petróleo y el gas siguen marcando el ritmo de los precios, ya que aceleraría el problema de la inflación.

Por eso el mensaje del BCE fue tan prudente: no se compromete con ninguna senda de tipos y se reserva la posibilidad de usar todos sus instrumentos si fuera necesario. Incluso recordó que el TPI (Instrumento de Protección de la Transmisión) sigue disponible para evitar tensiones desordenadas en los mercados de deuda soberana y proteger la transmisión de la política monetaria.

Aun así, el informe deja una matización muy relevante: en sus escenarios adverso y grave no incorpora ninguna reacción adicional de política monetaria o fiscal respecto al escenario base. Eso significa que las cifras más duras son, en cierto modo, una fotografía del daño si los gobiernos y el BCE no compensan el golpe. 

Y ahí entra la segunda pata del problema: la política fiscal. El BCE reconoce que los gobiernos podrían responder con ayudas temporales, rebajas fiscales en la electricidad o medidas para amortiguar el precio energético, como ya ocurrió en 2022 y como hemos comenzado a ver ya. Pero también advierte de que el margen no es amplio. El déficit público de la Eurozona subiría al 3,4% del PIB en 2026 y al 3,6% en 2027 y 2028, mientras la deuda pública agregada seguiría aumentando hasta el 89,5% del PIB en 2028. Eso obliga a que cualquier apoyo sea muy quirúrgico: temporal, selectivo y bien enfocado.

Además, aunque el BCE no publica una trayectoria distinta de tipos oficiales para cada escenario, sí deja claro que el coste de financiación de mercado empeoraría. En el escenario grave, los diferenciales de crédito subirían en el pico unos 70 puntos básicos (pb) para los bancos y 35 para las empresas, mientras las cotizaciones bursátiles caerían en torno a un 10% para la banca y un 7% para las compañías no financieras. Es decir, incluso aunque el BCE no mueva los tipos de referencia de forma inmediata, el endurecimiento financiero llegaría igualmente por la vía de diferenciales más altos, menor apetito por el riesgo y peores condiciones de crédito.

En medio de todo esto, Europa vuelve a descubrir que su gran fragilidad estratégica no es solo militar ni industrial, sino energética. Y cuando la energía se encarece de forma persistente, todo se complica a la vez: sube la inflación, cae el crecimiento, empeoran las cuentas públicas y el banco central se queda atrapado entre dos fuegos. La política monetaria puede ganar tiempo y la política fiscal puede amortiguar el golpe, pero ninguna de las dos arregla el problema de fondo. Si Europa no reduce de verdad su exposición a shocks externos en gas, petróleo y cadenas de suministro, seguirá siendo una economía demasiado vulnerable, obligada a reaccionar siempre a la defensiva cada vez que el mundo se incendia.

Una guerra de resistencia

Hay guerras que se libran con misiles, portaaviones y tecnología de última generación. Y hay otras que se libran en un terreno mucho más incómodo: el de la resistencia, el desgaste y la psicología colectiva. El conflicto actual en torno al Estrecho de Ormuz pertenece claramente a esta segunda categoría.

A simple vista, EEUU dispone de una superioridad militar abrumadora. Irán, en comparación, es una potencia regional con muchas más limitaciones. Pero no es una guerra convencional. Es una guerra de objetivos distintos. Para EEUU, ganar significa algo muy concreto: garantizar la libre circulación por el Estrecho de Ormuz. Es un objetivo binario. O se consigue, o no se consigue. Y si no se consigue, la percepción global será clara: ha perdido.

Para Irán, en cambio, el objetivo es completamente diferente. No necesita ganar en términos clásicos. Le basta con algo mucho más modesto —y al mismo tiempo mucho más difícil de combatir—: demostrar que no puede ser derrotado. Que tiene la capacidad de generar suficiente daño, suficiente inestabilidad y suficiente coste como para que el adversario se plantee si merece la pena seguir.

Ahí es donde cambia completamente el marco del conflicto. Irán no compite en fuerza. Compite en resistencia. Su estrategia pasa por alargar el conflicto, elevar progresivamente el coste y llevar la situación a un punto en el que la ecuación deje de ser militar y pase a ser política. Porque en una democracia, el límite no lo marca el ejército… lo marca la sociedad.

Y en ese terreno, en el político y psicológico, ha aparecido un nuevo factor que añade aún más incertidumbre: la forma de negociar de Donald Trump. En cuestión de horas hemos pasado de un ultimátum explícito (“tenéis 48 horas o destruiremos vuestras infraestructuras clave”) a un giro completo en el mensaje, hablando de negociaciones abiertas y ampliando los plazos a cinco días. Todo ello mientras desde Irán se niega que exista cualquier tipo de diálogo real.

Este tipo de movimientos no son anecdóticos. Forman parte de una estrategia de presión extrema, basada en la imprevisibilidad. El problema es que esa misma imprevisibilidad, que busca descolocar al adversario, también descoloca a los mercados. Y la reacción ha sido inmediata: volatilidad, caídas, rebotes, cambios bruscos en expectativas. Porque cuando el principal actor del conflicto cambia el mensaje en cuestión de horas, el mercado deja de intentar anticipar… y pasa a reaccionar.

Aquí es donde la guerra vuelve a cruzarse con la economía. Un conflicto largo no se mide solo en términos militares, sino en desgaste social y financiero. Subidas del precio de la energía, impacto en la economía, incertidumbre en los mercados, fatiga del electorado, presión política interna… todo eso acaba pesando más que cualquier victoria táctica sobre el terreno. Por eso, el verdadero campo de batalla no está solo en el Estrecho de Ormuz. Está en la paciencia de las sociedades… y ahora también en la estabilidad de los mercados.

Si el conflicto se alarga lo suficiente y el coste sigue aumentando, EEUU puede verse obligado a reducir su implicación o a buscar una salida que no necesariamente implique una victoria clara. Y en ese momento, el mensaje para el resto del mundo sería demoledor: incluso la mayor potencia del planeta tiene límites. Y eso tiene consecuencias que van mucho más allá de Oriente Próximo. Porque en geopolítica, la percepción lo es todo. Los aliados observan. Los rivales también. Y los flujos de capital, las decisiones estratégicas y los equilibrios de poder empiezan a ajustarse en función de quién demuestra fortaleza… y quién muestra debilidad. En este contexto, el control del Estrecho de Ormuz no es solo una cuestión energética. Es una prueba de credibilidad global.

"La historia está llena de episodios en los que una potencia dominante pierde influencia no por una derrota total, sino por no ser capaz de imponer su voluntad en un punto crítico. No hace falta perder una guerra completa. A veces basta con no poder ganarla de forma clara", advierte Pablo Gil. Parafraseando a Ray Dalio, “cuando una potencia dominante muestra que no puede controlar un punto clave del sistema (ya sea una ruta comercial, una región estratégica o un conflicto relevante), lo que está en juego no es solo ese episodio concreto. Es la confianza en todo el orden que ha construido”. Y hoy, además, hay un matiz adicional que no conviene ignorar: cuando la estrategia se basa en la presión y la imprevisibilidad, no solo se tensiona al adversario… también se tensiona al propio sistema. Porque el poder no se mide solo por la capacidad de actuar, sino por la credibilidad de que puedes hacerlo de forma coherente y sostenida en el tiempo. Y cuando esa credibilidad se vuelve errática, el mundo no solo duda… empieza a protegerse. Y ahí es donde, casi sin darnos cuenta, se siembran las primeras grietas de cualquier hegemonía.

UBS: visión positiva sobre la renta variable de emergentes

El UBS CIO Daily insiste en evitar la tentación de intentar anticipar el mercado: "puede resultar atractivo en periodos de alta volatilidad. Sin embargo, creemos que este enfoque puede perjudicar el crecimiento del patrimonio a largo plazo. Consideramos que mantenerse invertido con una cartera bien diversificada puede ayudar a los inversores a gestionar la incertidumbre. El market timing requiere mucho tiempo y recursos. Los mejores días suelen venir después de los peores, y perdérselos pone en riesgo la rentabilidad. La toma de decisiones emocionales también puede afectar negativamente al rendimiento".

Mark Haefele, Chief Investment Officer de UBS Global Wealth Management, afirma: "Si bien los conflictos geopolíticos y la volatilidad del mercado pueden tentar a los inversores a intentar anticipar sus entradas y salidas del mercado, la historia y las estadísticas demuestran que este enfoque está lleno de riesgos. Seguimos creyendo que mantenerse invertido con una cartera bien diversificada es la mejor manera de captar el crecimiento del mercado a largo plazo, y los inversores pueden considerar el oro, los bonos de calidad, las estrategias de preservación de capital y los hedge funds como coberturas y elementos diversificadores de la cartera”. 

Renta variable de mercados emergentes: "Mantenemos una calificación de Atractiva para la renta variable de mercados emergentes dentro de nuestras preferencias globales. A pesar de la reciente volatilidad derivada de las tensiones geopolíticas y el aumento de los precios del petróleo, mantenemos una visión constructiva sobre la renta variable de mercados emergentes, respaldada por unos fundamentales resilientes y por su exposición a tendencias estructurales de crecimiento como la IA y la demanda de memoria”, señalan Laura Smith, analista, y Alejo Czerwonko, director de inversiones de Mercados Emergentes Américas.

EEUU: La incertidumbre por los conflictos prolongará la pausa de la Fed hasta el tercer trimestre
“Ahora esperamos que el próximo recorte de tipos de la Fed se produzca en septiembre, seguido de un segundo recorte en diciembre, lo que situaría el tipo de interés en torno al 3,00%-3,25% a finales de año, cerca de niveles neutrales”, opina Andrew Dubinsky, economista.

“Nuestra estrategia preferida para la plata se mantiene sin cambios: favorecemos vender riesgos a la baja del precio para obtener rendimiento adicional durante los próximos tres meses”, aportan Wayne Gordon, estratega, y Dominic Schnider, responsable global de divisas y materias primas. Sobre el cobre, "mantenemos una visión positiva a largo plazo, pero esperamos mayor claridad sobre la evolución en Oriente Medio; a corto plazo, preferimos monetizar el riesgo a la baja en torno a 11.250$ por tonelada métrica para mejorar el rendimiento durante los próximos seis meses”.

Swisscanto: el único sector con ganancias en Bolsa es el energético

René Nicolodi, responsable de Renta Variable de Zürcher Kantonalbank, gestora de los fondos Swisscanto, resalta que la renta variable afronta el arranque del segundo trimestre de 2026 condicionada por la incertidumbre geopolítica, el shock energético derivado del cierre del Estrecho de Ormuz, y una redefinición de las dinámicas de mercado.

La situación continúa siendo altamente volátil y se prevé que las rápidas fluctuaciones del mercado persistan hasta que se alcance un acuerdo formal y estable entre las partes implicadas.
En este contexto, la prima de riesgo de la renta variable estadounidense ha aumentado hasta el 3,6%, en paralelo con niveles muy elevados del Índice de Incertidumbre de Política Económica de EEUU. Se espera que el 'riesgo de titulares' impulse movimientos en las valoraciones, dado que el sentimiento del mercado está siendo más influenciado por el flujo de noticias que por acontecimientos concretos.

Swisscanto maneja un escenario base que contempla una resolución relativamente rápida del conflicto en Oriente Medio. Esta perspectiva está respaldada por el interés de EEUU en limitar sus consecuencias económicas y políticas antes de las elecciones de mitad de mandato. No obstante, su resolución no depende exclusivamente de este país. no puede descartarse en este momento la posibilidad de una escalada repentina, como el despliegue de fuerzas militares estadounidenses sobre el terreno, lo que podría provocar represalias militares por parte de Irán.

Desde el punto de vista del comportamiento inversor, por el momento, se sigue observando una relativa calma. La corrección en los mercados de renta variable ha sido bastante moderada en comparación con la magnitud del shock sobre el suministro energético global. El índice VIX ha repuntado, pero aún no ha alcanzado niveles por encima de 30 que hemos visto durante periodos recientes de estrés en los mercados. No obstante, un conflicto más prolongado, la ausencia de negociaciones o el bloqueo continuado del Estrecho de Ormuz podría agotar la paciencia de los inversores y desencadenar una reducción de riesgo más pronunciada.

Cuanto más tiempo permanezca cerrado el Estrecho de Ormuz, mayor será la disrupción en el suministro energético global. El precio del crudo Brent ha aumentado cerca de un 60% respecto a niveles previos al conflicto, superando los 100$ por barril. Un periodo prolongado de precios energéticos significativamente elevados podría tener efectos de gran alcance, como el aumento de las expectativas de inflación y el deterioro de las previsiones de crecimiento global. Estas eran relativamente optimistas al inicio del año a pesar de la incertidumbre derivada de las disrupciones en torno a la IA, el anuncio de nuevos aranceles comerciales y el aumento de las tasas de impago en el crédito privado. Si empezaran a materializarse unas menores expectativas de beneficios, la situación podría traducirse en ajustes adicionales en las valoraciones de renta variable.

El mercado ya ha reaccionado velozmente, con un ajuste del PER del S&P 500 desde 26,8 hasta 20,4 en apenas tres semanas, aunque la valoración media a 20 años se sitúa en 17,7 y está por encima del nivel actual.

Adicionalmente, se observa un mayor escrutinio en torno al mercado de crédito privado y sus actores. Este segmento ha experimentado un crecimiento extraordinario en los últimos años al expandirse en áreas no institucionales con soluciones semilíquidas, que empiezan a mostrar ahora signos de fragilidad, especialmente en aquellas vinculadas al software. Dada su opacidad y su interconexión con la economía real, las tensiones sobre el mercado del crédito privado podrían actuar como catalizadoras de una inestabilidad financiera generalizada.

A nivel regional, el mercado ha penalizado especialmente a aquellas áreas con mayor exposición energética a Oriente Medio. EEUU ha mostrado mayor resiliencia, beneficiándose además de su condición de exportador neto de petróleo y del flujo hacia activos refugio. Por el contrario, Europa y los mercados emergentes han sufrido un impacto más significativo.

A corto plazo, la renta variable de mercados emergentes se ha visto más afectada por el conflicto en Oriente Medio debido a su mayor exposición a los mercados energéticos y a las posibles repercusiones económicas, incluyendo una postura monetaria más restrictiva, un dólar estadounidense más fuerte y el riesgo de un debilitamiento de las perspectivas de crecimiento global. Tras el inicio del conflicto, la región ha caído un 11%, [1]frente al -4% del S&P 500 y el -9% del Stoxx 600. Sin embargo, a pesar de la elevada volatilidad y la limitada visibilidad en torno a evolución de los conflictos geopolíticos, los expertos de Swisscanto mantienen una visión positiva sobre la renta variable de esta clase de activo.

En Europa, sectores defensivos han superado a los cíclicos en aproximadamente un 3% desde el inicio del conflicto. En EEUU, los sectores cíclicos han mantenido una mayor resiliencia en el S&P 500, aunque esta podría deteriorarse en favor de los defensivos si el conflicto se prolonga.

El conflicto en Oriente Medio ha revertido algunas de las rotaciones que estaban impulsando las rentabilidades desde el inicio del año. En primer lugar, el mejor comportamiento de las acciones value se detuvo en marzo. En segundo lugar, la tendencia se ha invertido para las small caps, que quedan rezagadas frente a las large caps en un 3% [2] en marzo, tras dos meses de fuerte rentabilidad. En tercer lugar, la reversión ha impulsado a las acciones de alta calidad, que a largo plazo muestran un rendimiento superior.

En este escenario, el único sector con rentabilidades positivas generalizadas ha sido el energético, mientras que el de materiales ha registrado caídas pronunciadas en todas las regiones.

Si bien deben considerarse reversiones repentinas debido al flujo de noticias geopolíticas en un entorno volátil, se considera adecuado un posicionamiento más defensivo, con exposición a consumo básico, utilities y salud. Una mayor asignación a compañías de calidad puede contribuir a reforzar la resiliencia de las carteras. Paralelamente, se mantiene intacto el papel de la inteligencia artificial como catalizador estructural de crecimiento. Los principales beneficiarios de este ciclo de inversión siguen siendo los semiconductores, las redes y los proveedores de infraestructuras de centros de datos, impulsados por el elevado nivel de gasto en capital de los grandes hiperescaladores.

Columbia Threadneedle: el conflicto refuerza la inversión en transición energética

Natalia Luna, Senior Investment Analyst, Sustainability Research en Columbia Threadneedle Investments destaca que el conflicto en Oriente Medio está causando una disrupción significativa en los mercados energéticos globales. El encarecimiento del petróleo y el gas vuelve a situar en primer plano la seguridad y la independencia energética, y está acelerando el respaldo político y la inversión en energías renovables y nuclear. Además, el impacto en los precios - especialmente en las economías de la UE y Asia, altamente dependientes de las importaciones de combustibles fósiles, a diferencia de Estados Unidos - refuerza la necesidad de reducir la exposición a estos combustibles y de impulsar la inversión en fuentes de energía limpia más competitivas en costes.

El conflicto refuerza la tesis de inversión en la transición energética, que abarca la generación doméstica no fósil, como las energías renovables y la nuclear, junto con iniciativas de eficiencia energética y electrificación que reducen estructuralmente la demanda total de energía. El aumento de los precios de la energía también plantea preocupaciones en torno a la asequibilidad, lo que podría dar lugar a compromisos políticos a corto plazo y ajustes en la regulación climática y los marcos normativos. En particular, la UE está considerando reformas en su mercado de carbono, incluidas propuestas para prolongar la asignación gratuita de derechos más allá de 2035 y para crear un fondo de descarbonización industrial de 30.000 millones€, orientado a reducir los costes energéticos y a respaldar a las industrias intensivas en energía.

El conflicto también podría llevar a los responsables políticos a poner mayor énfasis en acelerar la inversión en infraestructuras de red, que representan un cuello de botella clave en la transición energética, y en facilitar un despliegue más rápido de la energía nuclear. "Seguimos esperando un aumento de la inversión en la transición energética con el impulso existente reforzado por las preocupaciones sobre la seguridad y la independencia energética derivadas del conflicto", recalca.

22Mar

Varios “hubs” de tránsito en la zona han limitado o detenido operaciones y los vuelos directos se han reducido hasta quedar en servicios mínimos. El resultado es una caída drástica de la capacidad de carga aérea. Y cuando la oferta de transporte cae, el precio se dispara: el coste del transporte aéreo ya ha aumentado entre un 30% y un 100%.

Miguel Ángel Valero

Cada vez que estalla un conflicto en Oriente Próximo, la conversación pública suele centrarse en lo mismo: cuánto va a subir el petróleo y cuánto pagaremos por la gasolina o el gasóleo. Es lógico, porque el impacto energético es inmediato y visible. Pero reducir el análisis únicamente al precio del barril es quedarse con una parte muy pequeña de la historia.

La realidad es que un conflicto en esa región del mundo tiene implicaciones mucho más profundas para la economía global. Oriente Medio no es solo un gran productor energético; también es uno de los principales nodos logísticos del planeta. Y cuando ese nodo se tensiona, las consecuencias se multiplican en sectores que, a priori, nada tienen que ver con el petróleo. El índice de materias primas ya muestra con claridad que nos encontramos en uno de los momentos más críticos de los últimos cincuenta años.

Uno de los primeros impactos se observa en el transporte aéreo y, por extensión, en el turismo. La región funciona como punto de escala entre Europa y Asia. Muchos de los grandes aeropuertos del Golfo conectan ambos continentes y canalizan una parte enorme del tráfico aéreo mundial. Si las aerolíneas empiezan a modificar rutas, cancelar escalas o reducir operaciones por motivos de seguridad, las consecuencias se dejan sentir inmediatamente: vuelos más largos, más caros y con menor disponibilidad. 

Esto no solo afecta a los viajeros. Impacta directamente en la industria turística de decenas de países. Cuando se encarecen los vuelos intercontinentales o se reducen las conexiones, el turismo internacional se resiente. Y el turismo es una de las grandes fuentes de ingresos para muchas economías, especialmente en Europa.

Pero hay un ejemplo aún más claro de hasta qué punto un conflicto puede alterar la economía global: la cadena de suministro de medicamentos.

La industria farmacéutica europea depende enormemente de Asia para los principios activos con los que se fabrican los medicamentos, los llamados API (Active Pharmaceutical Ingredients). Más del 50% de estos ingredientes se producen fuera de Europa, principalmente en China e India. En algunos casos la dependencia es prácticamente total.

El problema no es solo geográfico, sino también de concentración. Para muchos principios activos existen entre uno y cinco fabricantes certificados en todo el mundo. Esto significa que cualquier interrupción logística puede tener consecuencias inmediatas en la disponibilidad de medicamentos.

La guerra en la región está empezando a tensionar precisamente ese sistema logístico. El transporte aéreo, clave para determinados envíos farmacéuticos, es el más afectado. Varios “hubs” de tránsito en Oriente Próximo han limitado o detenido operaciones y los vuelos directos entre India y Europa se han reducido hasta quedar en servicios mínimos. El resultado es una caída drástica de la capacidad de carga aérea. Y cuando la oferta de transporte cae, el precio se dispara: el coste del transporte aéreo ya ha aumentado entre un 30% y un 100%.

Esto tiene efectos en cadena. Los retrasos en el envío de muestras necesarias para validar lotes de producción pueden añadir días o incluso semanas a la disponibilidad final de medicamentos en Europa.

El transporte marítimo tampoco está a salvo. Algunas grandes navieras han suspendido rutas por zonas sensibles como el Estrecho de Ormuz o el Canal de Suez, obligando a rodear África por el Cabo de Buena Esperanza. Ese simple desvío añade entre 15 y 20 días a cada trayecto y eleva significativamente los costes logísticos. Además, los medicamentos no cuentan con ningún tipo de prioridad logística especial. En algunos casos, los envíos quedan retenidos durante largos periodos en aeropuertos o puertos, lo que puede provocar incluso desviaciones de temperatura que obliguen a descartar lotes completos por riesgo de pérdida de calidad.

Todo esto ocurre en un contexto de dependencia estructural. Europa produce alrededor del 70% de los medicamentos terminados que consume, pero solo fabrica aproximadamente un tercio de los principios activos necesarios para producirlos. Esa vulnerabilidad se amplifica porque muchos de esos ingredientes dependen indirectamente de China incluso cuando se importan desde India. La cadena de suministros es más frágil de lo que parece.

Por eso, cuando analizamos un conflicto como el actual, debemos mirar mucho más allá del petróleo. La energía es solo el primer eslabón visible de una cadena mucho más compleja que afecta a la logística global, al comercio, al turismo y, en última instancia, a sectores tan sensibles como el sanitario.

La globalización ha creado sistemas extremadamente eficientes, pero también extraordinariamente dependientes. Funcionan muy bien mientras todo fluye con normalidad, pero cuando uno de los grandes nodos del sistema se altera, las consecuencias se propagan rápidamente por toda la economía.

"La guerra en Oriente Próximo es un recordatorio de algo que llevamos años ignorando: la resiliencia de las cadenas de suministro se ha convertido en un asunto estratégico. Y probablemente será uno de los grandes debates económicos de la próxima década", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.

19Mar

Algunas de las decisiones adoptadas por Donald Trump con la intención de proteger los intereses de EEUU están teniendo un efecto colateral difícil de ignorar: terminan fortaleciendo a los adversarios de sus propios aliados… y también a sus grandes competidores estratégicos.

Miguel Ángel Valero

Los ataques a infraestructuras energéticas marcan una nueva fase del conflicto en Oriente Medio. Por primera vez, Israel inició la escalada con un ataque unilateral sobre refinerías iraníes en Pars Sur, un yacimiento de 9.700 km2 cuya explotación se reparte entre Irán (40%) y Catar (60%), y que suministra un 70% del gas doméstico iraní. En represalia, Irán dirigió su respuesta a la zona industrial de Ras Laffan, centro industrial catarí que, antes de paralizar su actividad a principios de mes, representaba un 19% de las exportaciones globales de gas natural licuado (GNL). Como resultado de este cruce, el Brent se dispara por encima de los 110 $/barril  el gas europeo avanza un 23%.

Aunque todavía se desconoce el alcance del daño en Ras Laffan, destacan dos elementos. El primero es el carácter unilateral del ataque israelí, sin el apoyo de EEUU (al menos oficialmente) ni de Catar. Trump asegura que Israel actuó por libre y se compromete a que no se repetirán los ataques sobre Pars Sur, revelando las primeras fisuras en la alianza. 

El segundo es que el golpe a infraestructuras energéticas eleva significativamente el riesgo de un conflicto más extenso y profundo, un escenario no deseado por Trump, quien ya sufre la presión de una gasolina a 3,9 $/galón (+30% desde el inicio de los ataques) a menos de ocho meses para las elecciones.

La prioridad sigue siendo la reapertura del estrecho de Ormuz y la normalización del flujo energético. 

Universidad Carlemany: puede haber una crisis de suministro global

Joan Escuer, profesor de geología en la Universidad Carlemany, explica que el yacimiento de South Pars (la parte iraní) y el de North Dome (la parte catarí, también conocido como Ras Laffan) no son dos yacimientos distintos y distantes. Son, en realidad, el mismo campo de gas, una única estructura geológica submarina compartida por Irán y Catar en medio del Golfo Pérsico. La distancia entre ambos no es un factor relevante ya que la estructura geológica es la misma y continua. La frontera entre ambos países divide lo que la naturaleza creó como un todo. 

Por eso, un ataque a la infraestructura de una de las partes (como el reciente bombardeo israelí a South Pars o el iraní a Ras Laffan) se considera un golpe directo a la integridad y seguridad de la principal fuente de riqueza energética de ambos países. Comprender esta unidad geológica explica por qué las recientes amenazas del presidente Trump de "destruir masivamente todo el yacimiento de South Pars" son tan alarmantes. No es solo una amenaza solo contra Irán. Un daño severo a la integridad del yacimiento del lado iraní podría, en teoría, afectar a la presión y la productividad del lado catarí dado que comparten el mismo sistema. La destrucción de la planta de Ras Laffan en Catar no solo paraliza la producción catarí, sino que también impide el procesamiento del gas de una parte fundamental de este yacimiento compartido, desencadenando una crisis de suministro global.

¿Afectará este ataque a España? "La respuesta corta es que sí", contesta este experto. El suministro de gas proveniente del yacimiento puede ser sustituido parcialmente, pero no completamente a corto plazo. La crisis en Catar ha dejado al descubierto una vulnerabilidad estructural del mercado global de GNL: no hay capacidad de reemplazo inmediato para el 20% de la oferta mundial. 

Para España la situación es compleja pero no catastrófica gracias a su infraestructura diversificada, trabajo realizado durante años y que ahora es una ventaja clave. Según datos de Cores (Corporación de Reservas Estratégicas de Productos Petrolíferos), la cesta de suministro español incluye el gasoducto de Medgaz (Argelia), que a pesar de las tensiones diplomáticas ha ampliado su capacidad recientemente; EEUU, que se ha convertido en uno de nuestros principales proveedores de GNL en los últimos años; Nigeria, nuestro proveedor tradicional de GNL; Rusia, que aunque con tendencia a la baja por razones políticas, aún nos envía algunos cargamentos.

Pero aún hay más. Un efecto colateral menos conocido pero crítico de estos ataques es el impacto en el mercado del helio. Ras Laffan también es una fuente clave de este gas. De hecho, Catar produce alrededor de un tercio del helio mundial y su producción, ligada al procesamiento de gas, también está paralizada. El principal uso del helio es, sin duda, su aplicación crítica en la industria de alta tecnología, específicamente en la fabricación de semiconductores y chips electrónicos. Por eso esta crisis se puede convertir en una de las gordas.

The Trader: Trump está favoreciendo a sus competidores estratégicos

"La política internacional está llena de paradojas, pero pocas tan evidentes como la que estamos viendo en estos momentos. Algunas de las decisiones adoptadas por Donald Trump con la intención de proteger los intereses de EEUU están teniendo un efecto colateral difícil de ignorar: terminan fortaleciendo a los adversarios de sus propios aliados… y también a sus grandes competidores estratégicos", explica el analista Pablo Gil en The Trader.

La última muestra de esta dinámica se está produciendo en el mercado energético. En medio de la guerra con Irán y de las tensiones que amenazan con bloquear el Estrecho de Ormuz (por donde circula aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial y una parte significativa del gas natural licuado) la Casa Blanca ha decidido flexibilizar temporalmente algunas restricciones sobre el petróleo ruso que ya se encontraba en tránsito por el mercado internacional. El objetivo es evidente: evitar que una interrupción brusca del suministro dispare aún más los precios de la energía y termine trasladando ese impacto a la inflación y al crecimiento económico dentro de Estados Unidos.

Desde un punto de vista táctico, la decisión tiene lógica. Si el suministro global se reduce de forma abrupta en un momento de tensión geopolítica extrema, el precio del petróleo puede dispararse. Permitir que ese petróleo ruso llegue al mercado ayuda a compensar parte de esa pérdida de oferta. Pero la otra cara de la moneda es mucho más incómoda. El propio Kremlin reconoce que esta flexibilización podría permitir a Moscú ingresar hasta 10.000 millones$ adicionales si el precio del crudo se mantiene cerca de los 100$ por barril. En un momento en el que Occidente llevaba años intentando limitar la capacidad financiera de Rusia para sostener su guerra en Ucrania, una decisión adoptada en Washington puede terminar proporcionando a Moscú un inesperado balón de oxígeno. Y Rusia no es el único beneficiado.

El conflicto con Irán está obligando a EEUU a concentrar enormes recursos militares en Oriente Medio. Solo en los primeros días de la campaña se han empleado centenares de misiles de largo alcance y el coste de las operaciones ya supera los 10.000 millones$, lo que sugiere un ritmo de gasto cercano a los 1.000 millones diarios. Pero más allá del coste económico, hay un elemento aún más relevante: parte de esas municiones y capacidades proceden del mismo arsenal estratégico que abastece a otros frentes. Eso implica que, para sostener esta guerra, EEUU no solo está gastando, sino también redistribuyendo recursos militares, debilitando su capacidad operativa en otras regiones clave.

Eso significa que, mientras Washington centra su atención y sus recursos en el Golfo, el frente europeo pierde prioridad… pero también el Indo-Pacífico. Y ahí es donde entra China. Desde Pekín, este conflicto se está observando con enorme atención. No solo porque EEUU está desviando activos militares desde Asia hacia Oriente Próximo (incluyendo unidades, sistemas de defensa y capacidad logística) sino porque la guerra está ofreciendo algo aún más valioso: información.

China está analizando en tiempo real cómo opera el ejército estadounidense, cómo responde ante ataques con drones de bajo coste, cómo consume sus reservas de munición y hasta qué punto su capacidad militar puede verse tensionada en un conflicto prolongado. Cada día de guerra es, en la práctica, un laboratorio estratégico. Además, el simple hecho de que EEUU tenga que repartir sus recursos entre varios frentes altera el equilibrio global. Cuanta más atención y capacidad se destine a Oriente Próximo, menor será la presión efectiva sobre China en su entorno natural.

Rusia gana por los precios del petróleo. China gana por el desgaste estratégico. Y EEUU empieza a enfrentarse a un problema clásico en geopolítica: el riesgo de sobreextensión.

Mientras tanto, la guerra tampoco se está quedando confinada al enfrentamiento directo entre EEUU, Israel e Irán. Como suele ocurrir en Oriente Medio el conflicto está empezando a extenderse a través de una red de actores indirectos. Milicias iraquíes vinculadas a Teherán han intensificado sus ataques contra bases donde permanecen desplegadas fuerzas occidentales en el norte de Irak. La escalada ya está teniendo consecuencias visibles. Algunos países europeos han comenzado a retirar parte de sus tropas ante el deterioro de la seguridad. Italia ha iniciado la salida de parte de su contingente, mientras que Alemania, Noruega o Suecia también han puesto en marcha repliegues temporales. Irak se está convirtiendo, poco a poco, en otro escenario de la guerra indirecta entre EEUU, Israel e Irán.

Este tipo de dinámicas sigue un patrón bastante conocido en geopolítica: el de las guerras por delegación. Las grandes potencias rara vez se enfrentan de manera directa. En su lugar utilizan aliados regionales, milicias o grupos armados para desgastar al adversario y ampliar la presión estratégica sin desencadenar una guerra abierta entre Estados. El problema es que este tipo de conflictos tienen una característica muy peligrosa: una vez que empiezan a multiplicarse los frentes, resulta extremadamente difícil controlar su evolución. Cada ataque genera represalias. Cada represalia abre un nuevo frente. Y cada nuevo frente aumenta el riesgo de errores de cálculo o incidentes que nadie había planeado.

En paralelo, la guerra está empezando a provocar un segundo problema para Washington: el aislamiento diplomático. La Casa Blanca está intentando ahora formar una coalición internacional para garantizar el tráfico marítimo a través del Estrecho de Ormuz y escoltar petroleros en la zona. El propio Trump ha pedido públicamente ayuda a varios países (incluidos aliados europeos, Japón, Corea del Sur o incluso China) argumentando que todos ellos dependen de esa ruta energética. Pero la respuesta está siendo, por ahora, fría.

Japón ha dejado claro que no tiene planes de enviar buques de guerra. Australia ha descartado participar con barcos militares. En Europa, países como Reino Unido se muestran reticentes a implicarse directamente en operaciones navales en la zona. Incluso algunos gobiernos del Golfo han expresado en privado su frustración por el hecho de que la guerra se iniciara sin una consulta previa real con los aliados.

Éste es quizá uno de los aspectos más llamativos de la situación actual. La decisión de lanzar la ofensiva militar contra Irán se tomó en Washington sin una coordinación significativa con muchos de los países que ahora se consideran socios estratégicos de EEUU. Sin embargo, cuando el conflicto empieza a generar consecuencias económicas globales (especialmente en el mercado energético) la Casa Blanca pide ahora a esos mismos aliados que se impliquen para estabilizar la situación.

Intentar evitar una crisis energética hoy (una crisis que, en buena medida, ha sido provocada precisamente por la decisión de EEUU de sumarse a Israel en su ofensiva para neutralizar la amenaza militar que representa el régimen de los ayatolas) puede terminar financiando indirectamente la guerra de Rusia mañana… y facilitando el reposicionamiento estratégico de China en el largo plazo.

Abrir un nuevo conflicto en Oriente Próximo no solo desvía recursos. También ofrece información, tiempo y oportunidades a sus principales rivales. Rusia obtiene ingresos. China obtiene aprendizaje y margen de maniobra.

Trump ha demostrado que no necesita consultar a nadie cuando decide iniciar una guerra. Sin embargo, cuando esa guerra empieza a enquistarse, cuando los precios del petróleo se disparan y cuando el impacto económico amenaza con trasladarse a la inflación y al crecimiento global, entonces sí reclama que el resto del mundo se involucre para ayudar a estabilizar la situación.

"En geopolítica, como en los mercados, las decisiones rara vez producen un solo efecto. Cada movimiento en el tablero genera consecuencias que van mucho más allá de la intención inicial. Y en este caso, la paradoja es difícil de ignorar: una guerra diseñada para reforzar la posición de Estados Unidos está terminando por abrir nuevos frentes, tensionar sus alianzas… y fortalecer, al mismo tiempo, a Rusia y China", recalca Pablo Gil.

Columbia Threadneedle: el precio del petrólo es un impuesto efectivo

William Davies, Global Chief Investment Officer de Columbia Threadneedle Investments, avisa que la escalada del conflicto en Oriente Medio ha intensificado la tensión geopolítica y ha provocado fuertes oscilaciones en los mercados energéticos. Dado que el mpacto económico depende del flujo de petróleo, los inversores deben mantenerse disciplinados y centrarse en los fundamentales a largo plazo por encima de titulares cambiantes.

Desde una perspectiva de inversión, la cuestión central es si el conflicto en Oriente Medio permanece contenido o evoluciona hacia una disrupción más prolongada, con implicaciones más amplias para los mercados globales. 

Los precios del petróleo han mostrado una considerable volatilidad a medida que el conflicto ha evolucionado, llegando casi a duplicarse en su punto extremo. Aunque estos movimientos generan titulares llamativos, no siempre reflejan la realidad económica subyacente. Si asumimos que los precios del petróleo más elevados persisten, el efecto inmediato es un aumento de los costes asociados. Esto suele interpretarse como inflacionario, lo que suscita preocupaciones sobre la posibilidad de que los bancos centrales deban endurecer la política monetaria. 

"Sin embargo, creemos que esta interpretación puede resultar engañosa. Consideramos los altos precios del petróleo menos como una fuente de inflación  sostenida y más como un impuesto efectivo sobre la economía global. La demanda de energía tiende a ser bastante inelástica. Hogares y empresas no pueden prescindir fácilmente del combustible y la electricidad. Por ello, cuando los precios de la energía aumentan, una mayor proporción de los ingresos se destina a cubrir estos costes. El resultado es una reducción de la renta disponible", explica.

Desde un punto de vista macroeconómico, esta dinámica reduce la demanda en lugar de generar inflación. Es cierto que los precios más altos del petróleo elevan los niveles generales de precios a corto plazo, pero simultáneamente frenan la actividad económica. Por esta razón, tratar los aumentos del precio dela energía únicamente como inflacionarios supone diagnosticar erróneamente el problema.

Aunque la duración del conflicto importa - especialmente desde una perspectiva humanitaria -, el impacto económico final depende del flujo físico de energía. Oriente Medio es un nodo crítico del sistema energético global, con el Estrecho de Ormuz actuando como un cuello de botella para las exportaciones de la región. Aproximadamente el 20% del crudo mundial, los productos refinados y el gas natural licuado transitan por este estrecho. La economía global puede tolerar un elevado grado de tensión geopolítica siempre que este petróleo continúe llegando a los mercados internacionales. Si así ocurre, podríamos experimentar precios más altos y cierta volatilidad, pero el impacto general podría seguir siendo manejable. Rutas alternativas de exportación, como a través del Mar Rojo, también pueden contribuir a aliviar la presión.

Sin embargo, si los flujos de petróleo se contienen o restringen, la situación sería muy distinta. En ese escenario, el impacto económico sería mucho más acusado. En términos macroeconómicos, el entorno resultante probablemente se asemejaría a la estanflación: niveles de precios más altos impulsados por los costes energéticos, combinados con una actividad económica más débil. Tal combinación complica la labor de los bancos centrales y podría presionar los precios. En última instancia, podría llevar a las autoridades monetarias a adoptar un enfoque más cauteloso, esperando evaluar si los aumentos de los precios dela energía son temporales o persistentes antes de realizar ajustes significativos de política.

Pese a los temores iniciales de que el crecimiento chino se vería gravemente afectado por los aranceles, hasta ahora no se ha observado el impacto negativo previsto. Además, la disposición del presidente Xi Jinping a interactuar con el sector privado, reconociendo su papel esencial en el crecimiento económico de China, ha favorecido una recuperación en los mercados del país. Este desarrollo subraya la importancia de mantenerse atento a las dinámicas geopolíticas y a sus implicaciones económicas.

Los mercados financieros han respondido hasta ahora con cierto grado de resiliencia. A nivel agregado, las principales clases de activos - con la excepción de las materias primas y la energía - no han experimentado desajustes significativos. Sin embargo, bajo la superficie han surgido divergencias. Dentro de los mercados de renta variable, por ejemplo, distintos sectores han estado influidos por fuerzas diferenciadas. Las empresas energéticas se han beneficiado del aumento de los precios del petróleo, mientras que sectores como el software se han visto condicionados por tendencias estructurales como el auge de la inteligencia artificial.

De forma similar, los mercados de renta fija se han mantenido relativamente estables en su conjunto, aunque han aparecido focos de volatilidad. Los diferenciales de crédito se han ampliado de forma moderada, y ciertos segmentos del crédito muestran una mayor sensibilidad que antes. En partes del crédito privado y otros mercados menos líquidos comienzan a observarse señales de tensión.

Ninguno de estos desarrollos es atribuible exclusivamente a la geopolítica, pero ilustran que los mercados podrían estar entrando en una fase más compleja y frágil, en la que la diferenciación adquiere mayor relevancia.

Los periodos de tensión geopolítica suelen fomentar la toma de decisiones reactivas. Los titulares cambian rápidamente, el sentimiento del mercado oscila y los inversores pueden reposicionar sus carteras en respuesta a desarrollos a corto plazo, solo para revertir esas decisiones cuando la situación vuelve a cambiar. "Nuestra experiencia sugiere que estas reacciones a corto plazo rara vez producen buenos resultados. En su lugar, nos centramos en el horizonte de medio a largo plazo y en las áreas donde contamos con mayor convicción. Nuestro posicionamiento ya reflejaba cierto grado de cautela incluso antes del conflicto actua", señala. 

Por ejemplo, las valoraciones en determinadas áreas de los mercados de crédito parecían tensionadas desde hace tiempo, y los riesgos más amplios - incluido el apalancamiento en los balances gubernamentales, la evolución de las dinámicas del crédito y los cambios tecnológicos estructurales - ya eran evidentes. "Por ello, hemos preferido créditos de mayor calidad frente a emisores más débiles y hemos mantenido una postura relativamente conservadora en las carteras. No obstante, cuando existe una convicción clara, estamos dispuestos a reflejarla en las carteras. Y cuando predomina la incertidumbre, tratamos de protegerlas frente a riesgos no intencionados", añade.

Una realidad que los inversores deben afrontar es que el riesgo geopolítico se está convirtiendo en un rasgo cada vez más persistente del entorno global de inversión. En los últimos años, los mercados se han enfrentado repetidamente a eventos geopolíticos - desde tensiones comerciales hasta conflictos-. En muchos casos, los peores temores de los inversores no se han materializado y los mercados han acabado recuperándose. Esta experiencia sirve como un recordatorio importante: rara vez es prudente extrapolar el peor resultado posible de acontecimientos que aún están en desarrollo. Al mismo tiempo, sería complaciente asumir que los shocks geopolíticos siempre serán temporales. En algún momento, un evento puede tener un impacto económico más duradero. El reto para los inversores es que rara vez resulta evidente cuál será el acontecimiento decisivo. Esta realidad refuerza la importancia de la disciplina, la diversificación y la convicción.

En última instancia, los mercados seguirán reaccionando a los acontecimientos en Oriente Medio, especialmente a través del prisma del suministro energético. La duración del conflicto sigue siendo incierta y la situación continuará evolucionando. Sin embargo, la variable económica más relevante sigue siendo clara: si el petróleo puede continuar fluyendo desde el Golfo. Si así ocurre, la economía global puede enfrentarse a precios más altos y a una mayor incertidumbre, pero probablemente absorberá el shock. Si no es así, las implicaciones serán significativamente más graves. "Para los inversores, la respuesta adecuada no es seguir cada titular y cada movimiento del mercado, sino mantenerse centrados en los fundamentales, preservar la disciplina en la construcción de carteras y actuar con decisión allí donde la convicción sea mayor", insiste.

Swisscanto: el oro no se mantiene como activo refugio

Roger Rüegg, responsable de Multi-Asset Solutions en Zürcher Kantonalbank, gestora delegada de los fondos Swisscanto, resalta que, desde el estallido del conflicto en Irán, el precio del oro no ha logrado mantener su condición de “activo refugio” ni sostenerse en sus máximos. Por el contrario, ha perdido alrededor de un 10 % de su valor desde comienzos de marzo. Las principales razones de esta caída se explican por tres factores clave:

  • Fortaleza del dólar estadounidense: La continua apreciación del dólar está ejerciendo una presión significativa sobre el precio del oro. Al cotizar en dólares, el oro se encarece para los inversores fuera de Estados Unidos, lo que reduce la demanda.
  • Inflación y evolución de los tipos de interés: El aumento de los precios del petróleo ha intensificado las preocupaciones inflacionistas. Como consecuencia, el mercado ha descartado las bajadas de tipos previamente previstas por los bancos centrales y han aumentado las rentabilidades en los tramos largos de la curva. Dado que el oro no genera intereses, pierde atractivo frente a activos que sí ofrecen rentabilidad.
  • Toma de beneficios: Tras dos años excepcionalmente positivos para el oro, la recogida de beneficios también está influyendo de forma relevante en la evolución reciente del precio y no debe subestimarse. A corto plazo, la toma de beneficios podría seguir presionando al precio del oro hasta que encuentre un suelo sólido. 

"No obstante, mantenemos una visión positiva a medio y largo plazo. En particular, la tendencia hacia la desdolarización, el aumento de los niveles de deuda pública y las continuas compras de oro por parte de los bancos centrales apuntan a un contexto favorable en el futuro", precisa.

15Mar

La IA puede generar un mundo en el que, en promedio, todos sean más ricos, pero donde las diferencias entre quienes se benefician de la tecnología y quienes quedan desplazados se amplíen considerablemente. Algo que ya ocurrió en otras grandes transformaciones económicas, desde la revolución industrial hasta la globalización.

Miguel Ángel Valero

El Banco de Inglaterra estudia realizar simulaciones de crisis o pruebas de resistencia, los llamados stress tests en la jerga financiera, para analizar qué ocurriría en la economía británica si la inteligencia artificial (IA) provocara un shock en el empleo y en el tejido empresarial. El banco central anticipar qué pasaría si la adopción masiva de esta tecnología destruye millones de puestos de trabajo, reduce la capacidad de pago de familias y empresas y termina trasladando ese impacto al sistema financiero.

No se trata de ciencia ficción ni de un ejercicio teórico. Es planificación económica. El Banco de Inglaterra quiere entender cómo reaccionaría el conjunto de la economía si se produjera una transformación tecnológica de gran escala. Y el simple hecho de que un banco central esté planteándose estos escenarios dice mucho sobre la magnitud del cambio que algunos economistas creen que se avecina.

El debate se ha intensificado después de que el CEO de Anthropic, Dario Amodei, advirtiera que la inteligencia artificial podría sustituir hasta el 50% de los empleos administrativos de nivel inicial en los próximos cinco años. Puede parecer una previsión extrema, pero empiezan a aparecer señales que alimentan esa preocupación. La empresa tecnológica Block anunció un recorte cercano al 50% de su plantilla citando explícitamente la adopción de inteligencia artificial como uno de los factores clave. Y su fundador, Jack Dorsey, advertía que muchas otras compañías terminarán siguiendo ese mismo camino.

En Reino Unido, la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria ha calculado que el desplazamiento tecnológico provocado por la IA podría añadir medio millón de desempleados adicionales sin generar necesariamente más crecimiento económico. Ese escenario implicaría más gasto público, más endeudamiento y tensiones sociales importantes. Por eso el Banco de Inglaterra quiere analizar con calma posibles escenarios extremos: qué pasaría con los préstamos de familias y empresas, cómo se comportarían los mercados financieros o qué impacto macroeconómico tendría una adopción masiva de esta tecnología.

La coyuntura y la situación geopolítica convulsa (como las guerras comerciales por los aranceles, y los conflictos armados por el petróleo, como los ataques de EEUU e Israel a Irán o el asalto de Trump a Venezuela) pueden estar distrayendo la atención de lo que realmente será el gran cambio estructural de las próximas décadas: la inteligencia artificial. El verdadero desafío económico no estará en las tensiones comerciales entre países, sino en la destrucción de empleo y en las transformaciones profundas que esta tecnología puede provocar en el mercado laboral.

El economista jefe del Banco de Inglaterra, Huw Pill, cree que  el escenario más probable no es necesariamente una economía peor. De hecho, es posible que la riqueza agregada aumente gracias a los avances tecnológicos y a la mejora de la productividad. El problema es cómo se distribuirá esa riqueza. La IA podría generar un mundo en el que, en promedio, todos sean más ricos, pero donde las diferencias entre quienes se benefician de la tecnología y quienes quedan desplazados se amplíen considerablemente. Algo que ya ocurrió en otras grandes transformaciones económicas, desde la revolución industrial hasta la globalización.

Por eso algunos gobiernos empiezan a discutir ideas que hasta hace poco parecían casi utópicas: desde programas masivos de reconversión laboral hasta nuevas formas de redistribución fiscal o incluso la posibilidad de implantar una renta básica universal en los sectores más afectados por la automatización. No significa que esas políticas se vayan a aplicar mañana, pero el simple hecho de que estén sobre la mesa demuestra que algunos países están empezando a pensar seriamente en cómo gestionar una transición tecnológica que podría ser muy abrupta.

También las empresas se están moviendo en esa dirección. En la  junta de accionistas de Mapfre se dedicó un apartado destacado a la IA, mencionando expresamente los procesos de reciclaje profesional y apoyo para nuevas tareas (más de 4.500 empleados han recibido formación en IA). "La mejor IA es la que multiplica el valor de las personas, a la vez que hace a la compañía más productiva, eficiente y cercana", aseguraba su presidente, Antonio Huertas. En apenas un año de existencia, el Centro de IA del grupo ha desarrollado más de 150 casos de uso. "Nos hemos comprometido públicamente a que no usaremos la IA para acometer reducciones de plantilla, sino para mejorar las capacidades de nuestros empleados y colaboradores", señala José Manuel Inchausti, vicepresidente 1º del grupo asegurador.

Y aquí aparece una reflexión incómoda. Mientras en algunos países bancos centrales, universidades y gobiernos analizan escenarios de disrupción tecnológica, en España el debate público, salvo algunas excepciones, sigue centrado casi exclusivamente en el corto plazo. La política gira alrededor de conflictos partidistas, cálculos electorales y estrategias para conservar o alcanzar el poder. Sin embargo, apenas se discute sobre los cambios estructurales que podrían afectar de forma profunda al mercado laboral en los próximos años.

Y eso debería preocuparnos. Porque si algo nos enseña la historia económica es que "las revoluciones tecnológicas no esperan a que los países estén preparados. Simplemente ocurren. La revolución industrial hizo desaparecer profesiones enteras y creó otras nuevas. Internet transformó sectores completos y cambió la forma en la que trabajamos, consumimos y nos comunicamos. Y todo apunta a que la inteligencia artificial puede provocar un cambio aún más profundo", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.

El verdadero problema, por tanto, no es que la IA vaya a transformar la economía. Eso parece inevitable. El verdadero riesgo es no prepararse para ello. Los países que anticipen el cambio podrán adaptar su sistema educativo, su mercado laboral y sus políticas económicas. Los que no lo hagan simplemente reaccionarán cuando el impacto ya sea inevitable. Y entonces gestionar las consecuencias será mucho más difícil.

"Quizá dentro de unos años miremos atrás y entendamos que el gran debate económico de esta década no eran los aranceles, ni las guerras comerciales, ni las tensiones políticas del momento. Quizá el verdadero cambio que estaba empezando a gestarse era otro mucho más profundo: una transformación radical del trabajo, de la productividad y del propio funcionamiento del sistema económico. La pregunta que deberíamos hacernos no es si ese cambio llegará. La pregunta es si estaremos preparados cuando lo haga", insiste este experto.

Las lecciones del caso Anthropic

La decisión de Donald Trump de ordenar a todas las agencias federales que dejen de utilizar la tecnología de Anthropic no es solo un episodio más en la batalla cultural estadounidense. Es una señal de advertencia para el mercado. El detonante ha sido la negativa de Anthropic a permitir determinados usos de su IA por parte del Pentágono, especialmente en ámbitos como la vigilancia masiva de ciudadanos estadounidenses y el desarrollo de drones autónomos armados. La compañía defendió que esos usos cruzaban una línea ética y tecnológica que no estaba dispuesta a traspasar. La respuesta presidencial fue fulminante: ruptura de contratos, orden de desconexión progresiva y amenaza de designarla como riesgo para la seguridad nacional. Lo verdaderamente relevante no es el choque ideológico. Es el precedente que se crea.

Aquí es donde entra en juego el movimiento de Sam Altman OpenAI, y es precisamente ahí donde surge la mayor sorpresa del mercado. OpenAI anunció rápidamente un acuerdo para desplegar sus modelos en la red clasificada del Departamento de Defensa, ocupando el espacio que dejaba Anthropic. Hasta ahí, podría parecer simplemente una jugada competitiva. Pero el matiz es clave: Altman afirmó públicamente que OpenAI mantiene exactamente las mismas líneas rojas que defendía Anthropic: no permitir el uso de su tecnología para vigilancia masiva nacional ni para sistemas de armas letales autónomas sin supervisión humana. Entonces, ¿qué cambia?

Si ambas compañías comparten los mismos límites éticos, el desenlace resulta desconcertante. O bien el Gobierno ha aceptado con OpenAI lo que negó a Anthropic (lo que plantearía dudas sobre la coherencia del conflicto) o bien las condiciones reales del acuerdo no son exactamente las mismas. En ambos casos, la sensación que se transmite al mercado es de opacidad y discrecionalidad. Y eso es lo que introduce un nuevo riesgo.

Hasta ahora, el gran debate en torno a la inteligencia artificial era si las inversiones multimillonarias en centros de datos, chips y energía generarían retornos suficientes. Ahora se suma una variable adicional: el alineamiento político como factor determinante para acceder a contratos estratégicos. No hablamos de una regulación clara y previsible. Hablamos de decisiones ejecutivas que pueden alterar de forma drástica el posicionamiento competitivo de una empresa de un día para otro. Si el mensaje implícito al sector es que la relación con el poder puede pesar tanto como la superioridad tecnológica, la prima de riesgo cambia. Porque entonces el valor ya no depende solo de innovación, cuota de mercado o ventajas competitivas, sino también de la estabilidad institucional y de la cercanía al Ejecutivo.

El episodio de Anthropic/OpenAI marca un antes y un después. Durante años hemos analizado a las grandes tecnológicas como si operaran en un entorno casi autónomo, donde el riesgo principal era el ciclo económico o la competencia. Pero cuanto más estratégicas se vuelven (especialmente en defensa y seguridad nacional) más expuestas están al poder político. Y lo más inquietante no es que el Gobierno castigue a una empresa. Lo más inquietante es que otra ocupe su lugar defendiendo públicamente los mismos principios y, aun así, el acuerdo salga adelante. Eso deja una pregunta flotando en el aire: ¿cuál fue realmente la línea roja? ¿La ética declarada… o la relación con el poder?

"Creo que el mercado todavía no ha interiorizado del todo lo que implica este episodio. No estamos hablando de una simple disputa contractual. Estamos hablando de la señal que se envía a todo un sector que concentra una parte enorme del crecimiento esperado para la próxima década. Si las compañías tecnológicas entienden que su acceso a contratos estratégicos puede depender de decisiones políticas cambiantes, ajustarán su comportamiento. Y si los inversores perciben que la seguridad jurídica es menos sólida de lo que pensaban, ajustarán sus valoraciones", explica Pablo Gil.

La inteligencia artificial seguirá avanzando. Las inversiones seguirán llegando. Pero el entorno ya no es el mismo. Cuando el poder ejecutivo demuestra que puede alterar el tablero competitivo en cuestión de horas, la ecuación riesgo-rentabilidad cambia. Y en un momento en el que ya empiezan a surgir dudas sobre el retorno real de las gigantescas inversiones en IA, añadir incertidumbre política a la ecuación puede ser el factor que transforme la euforia en prudencia. Porque al final, lo que más penaliza el mercado no es el riesgo conocido. Es la sensación de que las reglas pueden cambiar en cualquier momento.

La oportunidad de la Artificial General Intelligence

Por otra parte, en el mundo de la inteligencia artificial hay una palabra que se repite constantemente: AGI, o Artificial General Intelligence. En teoría, se refiere a una inteligencia artificial capaz de hacer todo lo que puede hacer un ser humano, en cualquier campo: pensar, razonar, aprender, crear, decidir. Muchos líderes del sector creen que ese momento está cerca. Sam Altman, CEO de OpenAI, ha llegado a sugerir que podríamos verla antes de 2030.Pero no todo el mundo está de acuerdo.

Uno de los grandes referentes históricos del sector, Yann LeCun (considerado uno de los 'padrinos' de la IA), plantea una reflexión muy interesante: quizá estamos persiguiendo el objetivo equivocado. Según LeCun, la idea de una IA artificial completamente generalista puede no ser ni necesaria ni realista. Y propone una alternativa que cambia el enfoque: lo importante no es que una máquina sepa hacerlo todo, sino lo rápido que puede aprender cosas nuevas. A esto lo llama Superhuman Adaptable Intelligence (Inteligencia Adaptable Superhumana). 

La idea es bastante sencilla si la comparamos con cómo funcionan los humanos. Tenemos la capacidad de aprender prácticamente cualquier cosa: tocar un instrumento, programar, cocinar o pilotar un avión. Pero nadie sabe hacerlo todo. Cada persona se especializa en ciertas áreas y aprende nuevas habilidades cuando las necesita. Con la inteligencia artificial podría ocurrir algo parecido.

En lugar de intentar construir un único sistema que lo sepa todo desde el principio, el objetivo sería crear modelos capaces de adaptarse muy rápido a nuevas tareas, aprender con pocos ejemplos y aplicar lo que ya saben a problemas distintos. En otras palabras: no una IA que lo sepa todo, sino una IA que pueda aprender casi cualquier cosa rápidamente.

Mientras tanto, el debate en el sector sigue abierto. Algunos investigadores incluso empiezan a plantear otra pregunta inquietante: si estas máquinas podrían llegar a desarrollar algún tipo de conciencia. Pero quizá la cuestión más importante no es cuándo llegará la AGI, sino algo más práctico. Porque, mientras discutimos sobre el futuro, ya tenemos delante sistemas de inteligencia artificial mucho más potentes de lo que la mayoría de empresas y profesionales saben utilizar. Y ahí es donde probablemente está la verdadera oportunidad de los próximos años.