21May

Grupo Adecco, Aon, The Trader, Unicaja, Visium, Nvidia, AMD, UBS, investing.com, Robeco, aportan su visión sobre la evolución de la inteligencia artificial y su implantación en las empresas españolas.

Miguel Ángel Valero

La inteligencia artificial (IA) avanza más rápido que la capacidad de muchas empresas para preparar a sus equipos. Aunque la mayoría de las compañías ya explora cómo incorporar la IA a su actividad diaria, todavía persisten importantes carencias en formación, comunicación y desarrollo del talento. En este contexto, la confianza de los empleados se está convirtiendo en uno de los factores clave para que la transformación tecnológica tenga impacto real.

El informe The human premium: leadership beyond the algorithm, del Grupo Adecco, subraya que está acelerando muchos procesos, pero no puede transformar una empresa por sí sola. Para que funcione, los equipos necesitan saber hacia dónde va la compañía, qué papel tienen en ese cambio y qué capacidades deben desarrollar. Según el estudio, uno de los grandes frenos actuales es que los directivos no siempre comunican con claridad y no aprovechan suficientemente los datos para orientar la estrategia de talento, por lo que les cuesta generar confianza entre sus empleados.

En España, solo el 18% cree estar desarrollando una plantilla realmente preparada para adaptarse a la IA, cuatro puntos por debajo de la media global. Se sitúa solo por delante de Suiza e Italia, ambas con un 12%, y lejos de las primeras posiciones, encabezadas por Bélgica, con un 28%, Australia y Japón, ambas con un 26%.

También se refleja un bajo aprovechamiento de la información que tienen sobre las habilidades y trayectoria de sus equipos. Únicamente el 20% de las empresas utiliza eficazmente los datos de talento (la información que la empresa ya tiene o puede medir sobre sus propios equipos para saber qué capacidades existen, qué perfiles pueden crecer dentro de la organización, qué necesidades de formación hay y qué oportunidades internas se pueden abrir) para impulsar la movilidad interna y la progresión profesional. En ese caso, España queda de nuevo en penúltima posición, solo por delante de Italia, con un 19%. Los países que lideran este indicador prácticamente duplican el dato español: Suiza alcanza el 42%, Canadá el 41% y Bélgica el 40%.

Por otra parte, falta claridad sobre el papel que tiene cada empleado dentro de la empresa. Solo el 26% de las empresas españoles afirma que sus empleados entienden cómo contribuye su trabajo al objetivo y al éxito de la organización, 18 puntos menos que el promedio mundial. Es el dato más bajo entre los países analizados y queda muy lejos de Canadá, que alcanza el 64%, y de Australia y Estados Unidos, ambos con un 54%.

Estos resultados muestran que las empresas españolas necesitan reforzar la comunicación interna, usar mejor sus datos de talento y ayudar a sus equipos a entender cómo pueden crecer dentro de la organización. Sin esa base, la tecnología avanza, pero la plantilla no siempre cuenta con las capacidades necesarias para adaptarse al mismo ritmo.

A pesar de que IA avanza rápido, muchas empresas todavía no están preparando a sus equipos al mismo ritmo. El reto, por tanto, no está solo en incorporar nuevas herramientas, sino en explicar cómo van a cambiar la forma de trabajar y qué beneficios concretos pueden aportar a las personas.

Esta distancia se observa en la llegada de herramientas de IA capaces de realizar tareas de forma autónoma dentro del trabajo diario. El 26% de los directivos empresariales españoles (19 puntos por debajo del dato global) espera que estas soluciones se incorporen a la forma habitual de trabajar de sus equipos durante los próximos 12 meses, mientras que el 30% de los empleados sin puestos de responsabilidad opina lo mismo. Se trata de uno de los datos más bajos entre los países analizados, solo por delante de Italia, con un 25%, y lejos del top-3: Reino Unido, con un 59%; Canadá, con un 58%; y Estados Unidos, con un 56%.

Aun así, los líderes empresariales españoles ven estas herramientas sobre todo como una ayuda para que los empleados puedan avanzar en su carrera y acceder a nueva formación. Esta visión también es compartida por otros mercados como Reino Unido, Bélgica o Japón. En cambio, países como EEUU, Alemania o Australia priorizan más la automatización de tareas y la mejora de la eficiencia.

El problema es que esa oportunidad todavía no se explica con suficiente claridad a las plantillas. En España, solo el 24% de las empresas explica claramente a sus trabajadores cómo la IA generará oportunidades laborales, 12 puntos menos que la media global. El país se sitúa solo por encima de Holanda, con un 23%, y empata con Suecia e Italia. Queda lejos de Australia, que lidera este indicador con un 52%, seguida de Suiza, con un 46%; Estados Unidos, con un 43%; y Bélgica, con un 42%.
 
A este respecto, los líderes españoles ven oportunidades, pero todavía falta explicar mejor cómo esta tecnología puede ayudar a los trabajadores a crecer, aprender y aportar más valor. Sin esa comunicación, la IA no puede percibirse como una herramienta útil para el desarrollo profesional.

La confianza empieza a ser un indicador que permite saber si los equipos se sienten preparados para adaptarse y si cuentan con el apoyo necesario para trabajar con IA. El informe de Adecco llama “organizaciones preparadas para el futuro” a aquellas empresas que ya están sacando valor real de la IA, pero sin perder el foco en las personas. España aporta el 6% de las organizaciones preparadas para el futuro identificadas en el informe, con siete compañías. El dato queda lejos de los mercados con mayor presencia de este tipo de organizaciones: EE. UU. reúne 30 compañías, el 25% del total; Reino Unido, 18 compañías, el 15%; y Australia y Canadá, 14 compañías cada uno, el 12% en ambos casos.

Esta diferencia se refleja en la capacidad de adaptación de las plantillas. El 76% de las organizaciones preparadas para el futuro considera que su plantilla es muy adaptable, frente al 42% del resto de organizaciones. No obstante, hay una diferencia clara en la forma de medir la confianza. El 49% de las organizaciones cuenta con mecanismos estables para medir la confianza de sus equipos, frente al 18% del resto de organizaciones. Además, estas organizaciones prestan más atención a habilidades humanas clave. El 60% afirma que la capacidad para resolver problemas es un indicador clave de rendimiento dentro de su estrategia de personas y talento.

Las empresas mejor posicionadas ante la IA, además de incorporar tecnología, miden la confianza, desarrollan habilidades humanas y preparan a sus equipos para evolucionar. Esa combinación explica por qué logran plantillas más flexibles, productivas y preparadas para afrontar el cambio.

“La IA avanza muy rápido, pero las personas necesitan tiempo, información y confianza para adaptarse. Las empresas que no tengan en cuenta esa diferencia tendrán más dificultades para convertir sus pruebas con IA en resultados reales. Por ello, las que mejor aprovecharán esta tecnología serán aquellas las que expliquen con transparencia cómo se va a utilizar y qué impacto tendrá en los equipos. En este punto, los líderes empresariales tienen una responsabilidad clave: lograr que personas y tecnología trabajen juntas tanto de forma eficiente como segura”, subraya Denis Machuel, CEO de The Adecco Group.

Aon: solo el 18% de las empresas mejora competencias IA de sus empleados

En la misma línea, el “Human Capital Trends Study” de Aon revela una brecha crítica en el núcleo de las estrategias de IA de las empresas: las organizaciones reconocen que sus personas impulsarán el éxito de la IA, pero no están invirtiendo en sus estrategias de personas. El 88% de los empleadores coincide en que la IA exigirá que su plantilla desarrolle nuevas habilidades, y sitúa capacidades humanas como la adaptabilidad, el liderazgo y la gestión del cambio como los impulsores más críticos del éxito en los próximos tres años, incluso por delante de las habilidades técnicas. Sin embargo, este reconocimiento no se está traduciendo en acciones. 

 Aunque el 73% de las organizaciones ya ha desplegado programas de IA, solo el 18% afirma que la mayor parte de su plantilla ha participado en programas de reciclaje o mejora de competencias en IA durante el último año. La limitación de recursos o presupuestos de formación se cita como el principal obstáculo para desarrollar habilidades internamente, pero solo el 28% ha contratado a empleados con experiencia en IA, confirmando que se sigue confiando en el desarrollo del talento interno.

El resultado es una desconexión entre lo que las organizaciones saben que impulsará el éxito y cómo están priorizando los recursos, una brecha que está emergiendo como un riesgo material para el valor de la empresa. “Los ganadores en la aplicación de la IA liderarán con estrategias de personas de primer nivel”, afirma Greg Case, presidente y CEO de Aon. “La IA representa una oportunidad histórica de crecimiento, especialmente paralas organizaciones que abordan la transformación con una perspectiva tanto humana como tecnológica. Al cerrarla brecha entre la ambición y la preparación, los líderes pueden actuar con confianza, reforzar la resiliencia alargo plazo y ganar hoy y en el futuro”, subraya.

A medida que las organizaciones invierten con fuerza en IA, muchas están desplegando la tecnología más rápido de lo que desarrollan las habilidades, las estructuras y el apoyo humano necesarios para que sea efectiva. Muchas siguen priorizando las ganancias de eficiencia a corto plazo por encima del desarrollo de capacidades a largo plazo. El 80% de las organizaciones cita la automatización de tareas rutinarias como un objetivo principal de la IA; solo el 35 % prioriza la mejora y el reciclaje de competencias de la plantilla.

Las organizaciones priorizan la automatización mientras, a la vez, reconocen que las capacidades humanas determinarán si la IA ofrece resultados. La preparación de la plantilla influye en la eficacia con la que las organizaciones convierten el cambio tecnológico en resultados para la empresa, lo que la convierte en un factor diferencial en un entorno que avanza rápidamente. Cuando los líderes no tienen expectativas claras y límites sobre cómo se utiliza la IA, o cuando los esfuerzos de preparación van por detrás del despliegue, las organizaciones se enfrentan a una adopción más lenta, una ejecución fragmentada y una mayor exposición operativa y reputacional.

El éxito de la IA depende de las personas, pero la mayoría de las organizaciones sigue centrando la inversión en la tecnología. Es en este punto donde se genera una pérdida de valor. Para cerrar la brecha de preparación, es necesario un enfoque coordinado de habilidades, confianza, gobernanza y liderazgo para garantizar que la inversión se traduzca en rendimiento sostenible y resiliencia.

El estudio de Aon recomienda a las empresas:

  • alinear la estrategia de IA con la planificación de la fuerza laboral; 
  • evaluar las capacidades en IA y las necesidades de habilidades futuras e invertir en programas estructurados de recapacitación y mejora de habilidades a nivel organizacional; 
  • fortalecer las capacidades de liderazgo para guiar el cambio con una gobernanza clara y marcos de control; 
  • y usar datos y analítica de personas más maduros y conectados para tomar decisiones más inteligentes sobre dónde invertir. 

Las organizaciones que actúan con determinación pueden construir fuerzas laborales más resilientes, seguras y productivas, y hacer realidad todo el potencial de la IA. A medida que se acelera la adopción de la IA, las organizaciones se enfrentan a una elección clara: seguir priorizando únicamente la tecnología o invertir en igual medida en la fuerza laboral necesaria para que ésta sea efectiva. Aquellas que cierren la brecha entre la intención y la acción mediante el desarrollo de habilidades, el fortalecimiento de la cultura y el empoderamiento del liderazgo estarán mejor posicionadas para convertir la IA en una ventaja competitiva duradera.

The Trader: rechazo social a la IA en EEUU

La IA promete ser la próxima gran revolución tecnológica. Y probablemente lo será. Pero mientras Silicon Valley habla de productividad, eficiencia y progreso, una parte creciente de la sociedad empieza a reaccionar justo en dirección contraria. El rechazo social a la IA en EEUU está creciendo a una velocidad inesperada. Ya no se trata solo de debates académicos o advertencias éticas. Hay protestas ciudadanas contra centros de datos, políticos perdiendo elecciones locales tras aprobar proyectos vinculados a IA, ataques vandálicos e incluso una caída muy significativa en las encuestas de popularidad de esta tecnología. 

"Y, sinceramente, no debería sorprendernos. La IA está empezando a tocar tres pilares extremadamente sensibles para cualquier sociedad: el empleo, el coste de la energía y la educación de los hijos", resalta el analista Pablo Gil en The Trader.

Muchos trabajadores ven cómo las empresas anuncian despidos justificándolos directamente por automatización. Familias enteras observan cómo el crecimiento de los centros de datos dispara la presión sobre las redes eléctricas, los precios energéticos y las repercusiones del uso y escasez de agua en el medio ambiente. Y padres y profesores empiezan a preguntarse si estamos delegando demasiado rápido procesos educativos y cognitivos esenciales.

El problema de fondo es que la revolución de la IA no se parece a otras revoluciones tecnológicas anteriores. No sustituye únicamente trabajo físico o repetitivo. Empieza a competir con tareas intelectuales, creativas y analíticas que hasta hace muy poco parecían exclusivamente humanas.

Por eso el miedo social está creciendo más rápido que la propia adopción tecnológica. La paradoja es evidente: mientras las grandes tecnológicas invierten cientos de miles de millones en infraestructura y prometen un futuro de abundancia, una parte creciente de la población percibe que quizá ese futuro no les incluye.

Y aquí aparece una de las claves más importantes de esta década: la educación financiera y tecnológica ya no es opcional. Cada revolución económica destruye profesiones, transforma industrias y redistribuye riqueza. Siempre ha ocurrido. Pero quienes entienden antes el cambio suelen adaptarse mejor que quienes simplemente lo padecen.

La IA probablemente aumentará enormemente la productividad global. Pero también puede acelerar desigualdades, tensiones sociales y concentración de poder económico si no se gestiona correctamente.

Unicaja: IA generativa siempre con supervisión humana

Unicaja avanza en la evolución de su modelo de ingeniería de software con la industrialización de la producción de código mediante capacidades aumentadas por inteligencia artificial generativa (IAG). Este enfoque busca escalar el desarrollo de sistemas en un contexto de creciente complejidad tecnológica y exigencia regulatoria, preservando el control interno sobre la arquitectura, la seguridad y el gobierno de la tecnología. El modelo se apoya en la estandarización y factorización de los procesos de desarrollo, en el uso de IAG como herramienta de soporte, siempre con supervisión humana, y en la colaboración con un ecosistema estable de partners tecnológicos organizados por dominios, formado por IBM, NTT Data, Babel, GFT y Scalian, que complementan las capacidades internas del banco y operan conforme a los criterios y marcos definidos por Unicaja.

Esta evolución forma parte del trabajo que la entidad viene desarrollando desde el inicio del Plan Estratégico 2025-2027, orientado a dotar a la ingeniería de software de mayor capacidad para acelerar la ejecución de proyectos, mejorar la eficiencia y facilitar la evolución de las plataformas, fundamentalmente las más tradicionales, conservando el control sobre la arquitectura tecnológica y el gobierno del uso de la IAG dentro del banco. 

La incorporación de la IAG en los entornos de trabajo del equipo de Tecnología se está realizando de forma progresiva. En una primera fase, se ha desplegado Copilot como herramienta de apoyo a determinadas etapas de la ejecución de proyectos, como la toma de requisitos de negocio, la gestión de proyectos y la mejora de la calidad y consistencia de los entregables. Este despliegue ha ido acompañado de un proceso estructurado de gestión del cambio, orientado a facilitar la adopción de estas nuevas formas de trabajo y a generar buenas prácticas con impacto en plazos y productividad. El eje central del modelo es la gestión centralizada del conocimiento, articulada a través de una plataforma propia desarrollada con el apoyo de modelos IAG seleccionados y validados por el equipo de IA del banco. Estos modelos han demostrado una alta eficiencia en el entendimiento y procesamiento de lenguajes de programación tanto actuales como heredados. 

La plataforma interna, denominada Rosetta, actúa como base común para proyectos nuevos y aplicaciones en uso, proporcionando criterios homogéneos de trabajo y un acceso ordenado y gobernado a la información funcional y técnica para los equipos internos y para los centros de ingeniería de los colaboradores seleccionados. De esta forma, contribuye a mitigar el riesgo operacional y de obsolescencia. Desde esta base, la incorporación de herramientas de programación se plantea como un paso inmediato, siempre con supervisión humana integrada en el proceso. Durante 2026, se incorporarán aproximadamente 600 aplicaciones de negocio actualmente en producción en Unicaja.

“Este enfoque nos permite avanzar con mayor agilidad en el desarrollo de nuestros sistemas sin renunciar a principios esenciales como la calidad, el control y la seguridad, en línea con el marco de adopción responsable de la IA que viene desplegando Unicaja, con supervisión humana, gobernanza integrada y cumplimiento normativo”, explica Estrella Botas, directora general de Tecnología y Operaciones. “La industrialización apoyada en inteligencia artificial generativa y en un ecosistema de partners alineado, refuerza nuestra capacidad interna y nos prepara para evolucionar y modernizar nuestros sistemas con mayor eficiencia y solidez”, insiste.

Visium: el capital riesgo español impulsa la IA generativa

Visium culmina su primera ronda de financiación institucional, codirigida por la firma española de capital riesgo Columbus Venture Partners y Concentric, fondo británico de venture activism cofundado por Kjartan Rist y Denis Shafranik que invierte en empresas impulsadas por software que transforman sectores tradicionales. “Nuestra inversión en Visium se basa en la clara tesis de que la IA generativa está redefiniendo los procesos operativos en las industrias farmacéutica y biotecnológica. Su capacidad para diseñar, automatizar y optimizar flujos de trabajo complejos de forma ágil permite reducir significativamente los plazos y la carga operativa asociada al desarrollo de fármacos. Estas soluciones no solo mejoran la eficiencia, sino que también tienen un impacto directo en el time-to-market y la rentabilidad global del sector, alineándose plenamente con nuestra estrategia de invertir en tecnologías que catalizan la innovación aportando valor tangible”, explica Damià Tormo, General Partner de Columbus Venture Partners.

Fundada en 2018, Visium ha pasado de ser una startup autofinanciada a contar con un equipo de más de 100 especialistas en IA en toda Europa, entregando más de 250 proyectos de IA y datos para compañías globales como Roche, Novartis y varias de las 20 principales farmacéuticas del mundo, así como líderes en química especializada como dsm-firmenich.

“Financiamos Visium con recursos propios durante ocho años sabiendo desde el principio que crear valor transformador y sostenible con IA sería mucho más difícil de lo que la mayoría esperaba, especialmente en industrias reguladas”, reconoce Alen Arslanagic, CEO y fundador. Actualmente, la compañía desarrolla soluciones nativas de inteligencia artificial para entornos empresariales complejos, combinando no sólo el asesoramiento estratégico, sino también la ingeniería avanzada de IA y un profundo conocimiento sectorial para ayudar a las organizaciones a desplegar a gran escala. Con esta financiación, Visium acelera su expansión en Europa y EEUU, ampliando su equipo y sus capacidades de producto para llevar su enfoque a un conjunto más amplio de empresas globales.

“Lo que está haciendo Visium —integrar ingenieros de primer nivel dentro de empresas complejas para ofrecer IA que realmente funciona— es un modelo de cómo se transformarán las industrias tradicionales. Esa misión está en el corazón del enfoque activista de Concentric, y estamos orgullosos de respaldarlos en esta nueva etapa” indica Denis Shafranik, cofundador y socio.

Entre los business angel  que participan en la financiación de Visium se encuentran Sam Bourton — Cofundador y CTO de QuantumBlack (adquirida por McKinsey), exsocio de McKinsey y líder global de QuantumBlack Innovation Labs;  Peter Lindholm — Cofundador y ex Co-CEO de Frontier Car Group (adquirida por Prosus), presidente y cofundador de UNARIC; Thomas Wolf — Cofundador y Chief Science Officer de Hugging Face, o Peter Sarlin, Fundador de Silo AI (adquirida por AMD); actualmente fundador y presidente de PostScriptum, QuTwo y NestAI.ente fundador y presidente de PostScriptum, QuTwo y NestAI

Nvidia acumula récords y SpaceX y OpenAI ultiman las salidas a Bolsa

Los resultados de Nvidia no han sorprendido a un mercado que ya ha normalizado unas cifras que siguen siendo extraordinarias. El gigante de los semiconductores se ha convertido en la empresa con mayores beneficios trimestrales del S&P 500 en algo más de cuatro años —58.300 millones$—, una cifra que equivale a un 20% más que el beneficio agregado obtenido en el mismo periodo por todo el sector inmobiliario cotizado del S&P 500. Además, y aunque pueda parecer contraintuitivo tras tres años de crecimientos a doble dígito, el ritmo de expansión de los ingresos no solo se mantiene, sino que vuelve a acelerarse, con un avance del 85%.

En paralelo, dentro del grupo de las principales salidas a Bolsa previstas para el año, SpaceX avanza en la oficialización de sus cifras de cara a su OPV, aprovechando el favorable contexto bursátil. Ttras la resolución del enfrentamiento judicial entre Altman y Musk, OpenAI estaría preparando también el siguiente paso hacia su salida a Bolsa. Si se suman las valoraciones potenciales de SpaceX, OpenAI y Anthropic, el volumen de OPV podría situarse fácilmente entre 3 billones y 4 billones$ en los próximos doce meses, lo que representaría aproximadamente un 7% de la capitalización total del S&P 500.

El apetito por la innovación y la inteligencia artificial sigue más vivo que nunca, hasta el punto de eclipsar el cierre del estrecho de Ormuz, que en las últimas semanas ha pasado a un segundo plano. 

Investing.com: la demanda no se está desacelerando

Thomas Monteiro, analista senior en Investing.com, destaca que es uno de los resultados más contundentes que Nvidia ha entregado en los últimos trimestres — no solo porque las cifras superaron un listón ya de por sí elevado, sino porque el trimestre respondió a las grandes preguntas que pesaban sobre la apuesta por la IA. No hay señales visibles de que la demanda esté desacelerando. Es más, el próximo ciclo de gasto en infraestructura de IA parece destinado a seguir fluyendo hacia los mismos ganadores estructurales que lideraron la primera fase, a medida que el gasto migra del cómputo bruto hacia la infraestructura más amplia necesaria para sostener sistemas de IA más grandes y complejos. 

Ése es, sin duda, el mensaje más importante de los resultados de Nvidia. El crecimiento depende cada vez menos de un mayor aumento en la demanda de GPU. El Centro de Datos sigue siendo el motor, pero la división de redes fue la gran protagonista, casi triplicándose en términos interanuales. Nvidia está capturando una porción cada vez mayor del despliegue de IA, ya que los clientes no solo invierten en chips, sino en los sistemas que los interconectan y escalan. En ese mercado de infraestructura de IA más compleja, Nvidia sigue siendo la empresa alrededor de la cual todos los demás tienen que construir. Eso también ayuda a explicar la nueva estructura de reporte. Al separar la demanda de los grandes proveedores de nube de la de nubes de IA, clientes industriales y empresas, Nvidia está argumentando que su crecimiento se está diversificando más allá de las mayores plataformas cloud.

El aumento del dividendo y la ampliación del programa de recompra de acciones añaden otra señal de que la dirección considera ahora sus flujos de caja lo suficientemente estables como para sostener un programa de retorno de capital más ambicioso — lo que implica que la compañía depende menos de la I+D. Eso hace que la empresa parezca menos una historia de hipercrecimiento puro y más un negocio de plataforma con una propuesta de valor a largo plazo.

UBS: capturar el valor a largo plazo de la IA con enfoque activo y diversificado

"Seguimos manteniendo una visión positiva sobre la tendencia estructural de la inteligencia artificial y creemos que la exposición a esta innovación transformadora seguirá siendo un factor diferencial clave para el rendimiento de los mercados de renta variable a largo plazo. Sin embargo, los diversos riesgos que se perfilan en el horizonte implican también que los inversores deberían acercarse a esta temática mediante una estrategia activa y diversificada. Las valoraciones del sector de semiconductores se están acercando a máximos históricos. Los elevados rendimientos podrían representar un obstáculo a corto plazo. La sólida demanda y monetización de la IA deberían impulsar el rendimiento a largo plazo", apuntan  en UBS.

Mark Haefele, Director de Inversiones (CIO) de UBS Global Wealth Management, afirma: “Recomendamos a los inversores mantenerse posicionados para capturar las ganancias a largo plazo de la inteligencia artificial mediante un enfoque activo y diversificado. Seguimos favoreciendo a las plataformas y compañías beneficiarias de aplicaciones de IA que están bien posicionadas para distintos casos de uso, así como a empresas de infraestructura con un fuerte poder de fijación de precios y una sólida posición competitiva dentro de sus respectivas cadenas de suministro”.

“La combinación de factores macroeconómicos y vientos de cola estructurales favorece las perspectivas de beneficios, y prevemos un crecimiento del BPA del 20% para el índice MSCI AC World este año. Aunque es probable que los sectores tecnológicos sigan liderando el mercado, esperamos que el crecimiento de beneficios y el rendimiento se amplíen a más sectores y regiones durante 2026”, señalan Fabian Deriaz, estratega, y Ulrike Hoffmann-Burchardi, directora de inversiones para las Américas y responsable global de renta variable.

“Teniendo en cuenta cuánto valor bursátil han generado las grandes compañías beneficiarias de la inteligencia artificial en las últimas seis semanas —por no mencionar los más de tres últimos años—, creemos que tiene sentido reducir sobre ponderaciones significativas y asegurarse de que las carteras no asuman un riesgo excesivo en posiciones demasiado concentradas”, matiza David Lefkowitz, responsable de renta variable estadounidense.

AMD anuncia una inversión de 10.000 millones$

Por su parte, AMD impulsa las tecnologías que alimentan la infraestructura de IA de nueva generación. Anuncia una inversión de más de 10.000 millones$ en su ecosistema de fabricación para ampliar alianzas estratégicas y escalar las capacidades de advanced packaging de próxima generación. La compañía también ha comunicado que su procesador AMD EPYC de próxima generación, con nombre en clave “Venice”, es el primer producto HPC del sector que alcanza la fase de producción en el proceso avanzado de 2 nm de TSMC, inicialmente en Taiwán y con planes de ampliarlo en TSMC Arizona.

El advanced packaging es cada vez más crítico a medida que los sistemas de IA requieren mayor rendimiento, más eficiencia y una integración más estrecha entre computación, memoria y diseño a nivel de sistema. La producción de “Venice” en 2 nm de TSMC marca un hito clave en la hoja de ruta de CPU para centros de datos de AMD y en su apuesta por dar soporte a futuras cargas de trabajo en la nube, la empresa y la IA.

Robeco pone el foco en la cadena de valor de la IA en Taiwán 

Un informe de Robeco subraya que TSMC puede dominar la exposición tecnológica en mercados emergentes, pero la cadena de valor de la IA en Taiwán se extiende mucho más allá de una sola empresa. Taiwan Semiconductor Manufacturing Company, o TSMC, se ha vuelto imposible de ignorar. Como fabricante de semiconductores líder a nivel mundial y un proveedor crítico para compañías como Nvidia, Apple y AMD, se sitúa en el centro de la cadena global de valor de la IA. Su capitalización de mercado ha aumentado hasta 1,66 billones$, otorgándole un peso del 14,2% en el índice MSCI Emerging Markets.

"Esto crea un reto interesante. Para muchas estrategias activas, la exposición a acciones individuales está limitada por reglas de diversificación, lo que significa que los inversores a menudo necesitan mirar más allá de TSMC para obtener una mayor exposición al tema de la IA. Pero, si bien TSMC es una empresa única sin un sustituto uno a uno obvio, el ecosistema tecnológico más amplio de Taiwán ofrece una notable variedad de compañías vinculadas a las mismas tendencias estructurales", destcan los expertos de Robeco.

El sector tecnológico de Taiwán incluye una amplia gama de empresas altamente especializadas que operan a lo largo de la cadena de suministro de la IA. Algunas están directamente involucradas en semiconductores y diseño avanzado de chips. Otras proporcionan servidores, sistemas de alimentación, infraestructura de refrigeración, sustratos, placas de circuito impreso, ensamblaje, pruebas y equipos de redes necesarios para escalar el despliegue de la IA.

Delta Electronics suministra sistemas críticos de potencia y refrigeración para centros de datos. Quanta, Hon Hai Precision, Wiwynn y Wistron son importantes fabricantes de servidores de IA. Accton desempeña un papel crucial en la conexión de GPU a través de clústeres y centros de datos de IA. Nanya Tech produce chips de memoria, mientras que Aspeed es el jugador principal en chips de gestión para servidores. ASE, Powertech y King Yuan son actores clave en ensamblaje y pruebas. Empresas como Unimicron, Elite Material y Zhen Ding producen elementos de sustratos y placas de circuito impreso, mientras que Alchip, Global Unichip y, cada vez más, MediaTek están activos en el diseño de chips personalizados.

17May

Un sistema tan endeudado tiene enormes dificultades para convivir durante años con tipos reales elevados. Pero bajar tipos demasiado pronto podría alimentar una segunda ola inflacionaria justo cuando las materias primas, los costes empresariales y las expectativas empiezan a girar nuevamente al alza.

Miguel Ángel Valero

El aumento de los precios energéticos ha empezado a materializarse en la inflación a ambos lados del Atlántico. Las tasas generales reflejan ya esta primera ronda de transmisión tanto en EEUU (+3,3% interanual en marzo frente al +2,4% anterior) como en la Eurozona (+3% el dato ya de abril frente al +1,9% previo al conflicto). En el caso estadounidense, el repunte del IPC estuvo impulsado por el componente energético, que escaló un 12,5%, y el encarecimiento de los billetes de avión (+14,9%). Por el momento, no se observa una propagación significativa al resto de categorías: en el desglose por componentes, la contribución al aumento de la inflación provino prácticamente en su totalidad por la energía, que aportó +0,8 puntos, mientras que el IPC subyacente – excluye precios de la energía y alimentos – se mantuvo en niveles similares al mes previo. La Eurozona presentó el mismo patrón, con el componente de la energía aportando +1 punto como responsable íntegro del aumento en la tasa general, sin que se aprecien efectos de arrastre sobre el resto de los componentes. El caso de Europa en 2022 resulta ilustrativo para comprender el ritmo de transmisión de los shocks energéticos sobre la inflación. Cuando el precio del gas alcanzó máximos, el IPC general lo hizo de manera más inmediata, 2 meses después. En cambio, la tasa subyacente, al recoger los efectos indirectos, lo hizo con un decalaje de 7 meses. 

El episodio actual responde a una particularidad clave en esta fase inicial del shock: dentro del componente energético, el encarecimiento durante el primer mes se ha concentrado en los combustibles, sin haberse trasladado todavía ni a la electricidad ni a los alimentos. Este comportamiento contrasta con lo ocurrido durante el inicio de la guerra provocada por la invasión rusa de Ucrania, cuando la transmisión hacia los precios de la electricidad se produjo a mayor velocidad. 

De hecho, si se considera el promedio de los componentes del IPC en China, la Eurozona y EEUU, los precios de los combustibles han aumentado en un solo mes más que en los tres primeros meses posteriores al inicio de la guerra de Ucrania. En cambio, la electricidad apenas ha registrado un incremento medio del 0,9% en este primer mes, frente al +4,2% observado en el episodio pasado. 

En cuanto a los alimentos, que por ahora no muestran señales de contagio, además del impacto derivado del encarecimiento energético, podrían verse afectados por posibles disrupciones en el mercado de fertilizantes, dado que una parte significativa de componentes clave procede de países del Golfo, como la urea (35%) y el azufre (48%).

Por tanto, de cara a los próximos meses es previsible que empiecen a observarse repuntes tanto en la electricidad como en los alimentos, derivados de los efectos de segunda ronda, así como cierto incremento sobre la tasa subyacente, si bien estas presiones inflacionistas podrían mantenerse moderadas siempre que el conflicto no se prolongue en el tiempo. 

El conflicto en Oriente Medio, junto con el consiguiente desvío de buques y el fuerte aumento de los costes de los fletes –han crecido un 708 % interanual en la ruta del Golfo Pérsico al Reino Unido–, ha empezado a evidenciar disrupciones en las cadenas de suministro globales. Estas tensiones se reflejan en el aumento de los retrasos en los plazos de entrega reportados por las encuestas PMI. En términos generales, las presiones siguen siendo contenidas y están lejos de episodios de disrupción severa como los observados durante la pandemia o tras el estallido de la guerra en Ucrania, no obstante, el impacto es desigual entre regiones. Las grandes economías, como EEUU y la zona euro, han experimentado hasta ahora efectos moderados, mientras que el impacto ha sido más intenso en economías pequeñas y abiertas, como Reino Unido y Japón.

The Trader

Durante los últimos meses el mercado ha ido comprando una narrativa muy concreta: la inflación está controlada, la Reserva Federal terminará bajando tipos y el gran riesgo económico volverá a ser el crecimiento. Pero quizá el problema es que muchas señales empiezan a apuntar en dirección contraria. El gráfico superior izquierdo que aporta The Trader es especialmente interesante. La línea amarilla representa la evolución del índice de materias primas “S&P GSCI Equal Weight Commodity Sector”, mientras que la línea azul muestra el “Trimmed Mean CPI”, una de las medidas de inflación subyacente más vigiladas por la Reserva Federal porque elimina los componentes más volátiles y permite observar mejor la tendencia estructural de los precios.

Lo importante aquí no es solo que las materias primas estén disparándose. Lo verdaderamente relevante es la enorme divergencia que empieza a abrirse entre ambas curvas. Históricamente, cuando las 'commodities' han registrado movimientos tan violentos, tarde o temprano han terminado trasladándose a la inflación subyacente. Energía, transporte, metales, alimentos o componentes industriales acaban filtrándose al coste de producción y finalmente al consumidor. 

Y eso encaja perfectamente con lo que muestra el gráfico superior derecha: el “ISM Manufacturing Prices Index” mide la evolución de los precios que pagan las empresas manufactureras estadounidenses por sus insumos. Es, en cierto modo, un termómetro adelantado de presiones inflacionarias dentro de la economía real. Cuando este indicador se dispara, normalmente significa que las compañías están sufriendo un incremento importante de costes y que, tarde o temprano, intentarán trasladarlo a los precios finales.

El movimiento reciente es difícil de ignorar. Tras varios trimestres relativamente estables, el índice ha vuelto a dispararse hacia niveles históricamente asociados a fuertes tensiones inflacionarias. Y el contexto actual añade un elemento adicional de preocupación: tensiones geopolíticas, fragmentación comercial, relocalización industrial, incremento del gasto fiscal y nuevas barreras arancelarias en distintas partes del mundo.

Pero quizá el gráfico más importante sea el inferior, que refleja las expectativas de inflación a largo plazo en EEUU a través del “10-Year Breakeven Inflation Rate”. Muestra qué inflación espera el mercado para los próximos diez años. Y esto es clave porque las expectativas son uno de los elementos más vigilados por la Reserva Federal.

Mientras la inflación baja, la Fed puede mantener cierta tranquilidad. Pero cuando empiezan a subir las expectativas de inflación futura, el problema cambia completamente de dimensión. "Porque la inflación no es solo monetaria. También es psicológica. En el momento en que consumidores, empresas e inversores empiezan a asumir que los precios seguirán subiendo, el proceso se retroalimenta. Y aquí aparece el riesgo técnico que empieza a preocupar", subraya el analista Pablo Gil.

Como puede verse en el gráfico inferior, el indicador está acercándose a niveles extremadamente importantes que han actuado como techo desde principios de 2023. Si esas resistencias terminasen rompiéndose de forma clara, el movimiento podría proyectarse hacia cotas bastante más elevadas, devolviendo al mercado a un escenario muy parecido al que vivimos tras el inicio de la guerra por la invasión rusa de Ucrania, cuando el miedo a una inflación persistente se convirtió en el principal problema macroeconómico global.

Aquí es donde aparece el verdadero dilema para la Reserva Federal. Si las materias primas siguen subiendo, los costes manufactureros continúan acelerándose y las expectativas de inflación terminan desanclándose, la Fed solo tendría dos caminos posibles. Mantener tipos elevados durante mucho más tiempo para intentar frenar las presiones inflacionarias, aunque eso genere daños importantes sobre crecimiento, empleo y estabilidad financiera. O terminar tolerando una inflación más alta de lo deseado para evitar que el enorme nivel de deuda global termine provocando tensiones aún mayores dentro del sistema.

La elección de cómo enfrentar la inflación dejará de ser un debate ideológico y pasará a ser matemática pura. Porque un sistema tan endeudado como el actual tiene enormes dificultades para convivir durante años con tipos reales elevados. Pero al mismo tiempo, bajar tipos demasiado pronto podría alimentar una segunda ola inflacionaria justo cuando las materias primas, los costes empresariales y las expectativas empiezan a girar nuevamente al alza.

Quizá el mercado todavía siga esperando volver al viejo mundo del 2% de inflación estable y tipos bajos permanentes. El problema es que cada vez hay más señales apuntando hacia un mundo muy distinto.

14May

Conviene no perder de vista que el bloqueo en Ormuz persiste desde hace más de dos meses y que el tiempo se acaba tanto para Irán como para EEUU.

Miguel Ángel Valero

Las bombas han dejado de caer en Irán, pero el estrecho de Ormuz sigue cerrado desde hace más de dos meses. El conflicto ha dado paso al bloqueo naval. EEUU ha cambiado las reglas: ahora Irán también tiene prisa. Todo dependerá de quien parpadee primero. De momento, ninguno de los dos parece querer dar su brazo a torcer, "aunque suponemos que lo que se filtra dista mucho de lo que realmente se está negociando", señala el equipo de Ibercaja Gestión. Los escenarios para acabar con el conflicto se centran cada vez más en una solución parcial del mismo, en el que la prima de riesgo implícita en el precio del petróleo se mantenga elevada. "Nuestro escenario base es el de un acuerdo de mínimos, de difícil cumplimiento y que no satisfaga a ninguna de las partes. Hemos subido también nuestra previsión de precios del crudo para lo que queda de año en todos los casos por la oferta que se ha perdido ya y que no se va a poder recuperar". añade.

Este shock del precio del petróleo ya pasa factura a las principales economías mundiales. Los datos del PIB del primer trimestre son robustos en EEUU y China, y más flojos en la Zona Euro. "A perro flaco, todo son pulgas", apunta. Las encuestas de confianza empresarial muestran que esta debilidad de la economía europea puede continuar. Los índices de manufacturas mejoran, pero no es suficiente para compensar la pérdida de visibilidad en el sector servicios tras el alza del coste energético.

La encuesta de confianza del consumidor del BCE muestra un importante repunte de las previsiones de inflación a medio y largo plazo. "Gasolina para los halcones del BCE", subraya.

La temporada de presentación de resultados del primer trimestre está siendo espectacular, sobre todo en EEUU. Con la mitad de las cuentas publicada, las compañías americanas sorprenden con un 18% al alza en beneficios y un 2% en ventas. Cifras que no veíamos hace mucho tiempo y que se están viendo reflejadas en las previsiones de crecimiento de beneficios para el conjunto de 2026, que ya se sitúan en el 20%, 4 puntos por encima de como empezaron el año. Toda esta mejora viene explicada por la revisión al alza en el sector de tecnología, con energía como único otro sector con aportación significativa aunque a bastante distancia. En Europa, los resultados tan solo cumplen con las expectativas, por ahora; pero las previsiones para el conjunto del año mejoran en casi 4 puntos, tanto como en EE.UU. En este caso, no obstante, es el sector de energía es el que más aporta a estas revisiones.

Hemos tenido el rebote de alivio sin reapertura del estrecho, con lo que debería haber algo de consolidación. No obstante, este rebote ha estado muy concentrado en tecnología y en servicios de comunicación, con otros sectores “descansando”. Si se llega finalmente a un acuerdo de paz, éstos pueden tomar el relevo. Por áreas geográficas, pasa parecido con EEUU como la zona más estresada técnicamente. Europa y China podrían recuperar algo de terreno.

A corto plazo, la niebla de la guerra sigue pero, de fondo, a largo plazo, lo que importa son los beneficios y las tendencias son robustas. "Todavía no podemos dar por concluida esta crisis y, posiblemente, no podamos hacerlo de una manera definitiva a corto plazo. Sin embargo, de nuevo se ha demostrado que mantener la calma en los momentos de nerviosismo es fundamental para obtener mejores resultados en el largo plazo. Las crisis generan oportunidades y hay que estar preparados para aprovecharlas", resaltan en la gestora de Ibercaja.

Tras las ampliaciones vividas en marzo junto a la mejora de sentimiento de abril, la TIR de los fondos de Ibercaja Gestión sigue en niveles atractivos y eso "nos lleva a estimar que la recuperación de los liquidativos de los fondos de renta fija llegará en los próximos dos meses para los fondos de corto plazo y 6 para los de mayor duración". Importante revalorización en abril, acompañada por una relajación de la volatilidad, favoreciendo especialmente a los mercados emergentes y también a los norteamericanos.

No obstante, "consideramos establecer ciertas coberturas parciales en nuestras carteras, pero sin que nos afectara a posibles movimientos alcistas en caso de que la solución del conflicto se produjera de forma rápida". Con las subidas de mercado el sentimiento se ha tornado bastante más optimista, mientras las noticias sobre la guerra cada vez dejan detener menos efecto. Las ratios de flujos se están estabilizando después de las fuertes salidas vistas en abril. El posicionamiento de los fondos de control de riesgo se ha incrementado conforme la volatilidad se iba relajando. Se está corrigiendo parcialmente el fuerte posicionamiento en commodities y están volviendo parcialmente los flujos a Treasury americano. Los niveles de valoración están lejos de extremos.

DWS: la inversión en IA impulsa las Bolsas de EEUU

El aumento de dos dígitos registrado en lo que va de año en el índice tecnológico estadounidense Nasdaq, frente al estancamiento del índice de referencia alemán Dax, ofrece una imagen clara de las diferencias en la forma en que las distintas regiones se están viendo afectadas por las repercusiones del conflicto en Oriente Medio. La aparente resistencia de los mercados bursátiles estadounidenses no es una coincidencia.

“El crecimiento de los beneficios de las empresas estadounidenses en el primer trimestre fue sorprendentemente sólido”, afirma el director de inversiones de DWS, Vincenzo Vedda. Los mercados dan por hecho actualmente que esta tendencia podría continuar. Los principales motores del rendimiento de la renta variable estadounidense son los de siempre. “El auge aparentemente imparable de la inversión en inteligencia artificial es actualmente la fuerza clave detrás de las fuertes subidas de precios en el mercado estadounidense”, señala Vedda. 

Europa, por el contrario, está mucho más expuesta a las consecuencias de la guerra con Irán, sobre todo en lo que respecta al suministro. “Por lo tanto, hemos rebajado la calificación de Europa a neutral y hemos elevado la de EEUU a neutral”, explica Vedda. Además de unas perspectivas de beneficios más favorables, la renta variable estadounidense también se ve respaldada por la posibilidad de recortes de tipos de interés por parte de la Reserva Federal, aunque estas medidas quizá no se materialicen hasta 2027. En la zona del euro, por el contrario, ahora parece más probable que se produzcan subidas de tipos de interés.

Pero el optimismo no está del todo libre de nubarrones. Esto se hace evidente en los mercados de bonos, que han sufrido mucho más por el conflicto de Oriente Medio que las acciones. Los rendimientos han subido bruscamente, mientras que los precios han caído en consecuencia. Si los rendimientos se mantuvieran en estos niveles elevados, podrían ejercer presión sobre las altas valoraciones observadas en los mercados de renta variable. Los precios de la energía representan otro factor de riesgo. “Es probable que se mantengan altos, ya que más del 10% de la producción mundial de petróleo sigue sin estar disponible para el mercado”, afirma Vedda. Además, la capacidad de refino mundial ha disminuido.

Temas que impulsan los mercados:

  • Economía: es probable que el crecimiento se ralentice en los mercados desarrollados, pero no en China. Se espera que el crecimiento económico en EEUU se modere ligeramente este año, debido en gran medida al aumento de los precios de la energía. Sin embargo, la actividad inversora y el gasto de los consumidores deberían seguir proporcionando apoyo. En Europa, los elevados precios de la energía están lastrando más la demanda. A diferencia de la mayoría de las economías desarrolladas, es probable que el crecimiento en China repunte ligeramente.
  • Inflación: los precios han subido considerablemente, sin que se vislumbre un final
    El aumento de los precios de la energía también ha contribuido a una mayor inflación en EEUU, donde la tasa se situó recientemente en el 3,5%. En 2026, se espera que la inflación se mantenga elevada, en torno al 3,2%. En Alemania, el coste de la vida subió un 2,9 % en abril, frente al 2,7 % de marzo. Los precios de la energía fueron el principal factor impulsor, con un aumento del 10,1 %. La evolución de la inflación a partir de ahora dependerá fundamentalmente de si se reabre el estrecho de Ormuz y de cuándo se haga.
  • Bancos centrales: es probable que EEUU y Europa sigan trayectorias divergentes en materia de tipos de interés. "Esperamos una subida de tipos en la zona del euro en los próximos meses", señala.
  • Riesgos: Nuevas subidas de los precios del petróleo, la inflación y los rendimientos de los bonos. Si los precios del petróleo se mantuvieran por encima de los 110$ por barril durante un periodo prolongado, esto podría obligar a los bancos centrales a adoptar una política monetaria más restrictiva, incluso en un contexto de desaceleración del crecimiento económico. Nuevas subidas de los rendimientos de los bonos podrían ejercer presión sobre las elevadas valoraciones observadas en los mercados de renta variable. 

Durante un breve periodo de tiempo, los mercados de renta variable parecieron adoptar una visión más crítica de la inteligencia artificial (IA). Pero ese escepticismo no duró más de unas pocas semanas. Las acciones de IA están impulsando de nuevo los mercados estadounidenses hacia máximos históricos cada vez más altos. ¿Siguen estando justificadas estas valoraciones? ¿Y existen paralelismos con la burbuja puntocom, el auge especulativo de las acciones de Internet y tecnología a finales de la década de 1990, que terminó de estallar en marzo de 2000? 

El estratega de inversiones Dirk Schlüter recurre al denominado enfoque CROCI, una metodología diseñada para hacer más comparable la creación de valor de diferentes empresas. CROCI son las siglas de Cash Return on Capital Invested (rendimiento en efectivo del capital invertido). Según Schlüter, la cuestión de si se está formando una burbuja no tiene una respuesta clara:“Una diferencia clave entre la situación actual y la era de las puntocom es el nivel significativamente más alto de rentabilidad empresarial. Las grandes empresas estadounidenses son hoy mucho más rentables de lo que lo eran hace 25 años”. Sin embargo, el lado negativo es el crecimiento de los ingresos entre las empresas que invierten fuertemente en IA. Tanto entonces como ahora, el gasto en inversión ha aumentado una media de alrededor del 20 %. En aquel entonces, los ingresos siguieron el mismo ritmo. Hoy, por el contrario, solo han aumentado una media de alrededor del 10 %. 

“Lo que estamos viendo en este momento es una apuesta por el futuro”, afirma Schlüter. Existe el riesgo de que la rentabilidad del capital invertido pueda disminuir en las empresas con una fuerte exposición a la inversión en IA. Como era de esperar, esto se aplica casi exclusivamente a EEUU, donde los volúmenes de inversión son muchas veces superiores a los de Europa. Otro factor de riesgo es la menor vida económica de las inversiones en la actualidad. La vida útil de los servidores, por ejemplo, oscila actualmente entre tres y seis años.

En el pasado, las inversiones a gran escala, como las centrales eléctricas, solían tener una vida útil de entre 20 y 30 años. Por lo tanto, las empresas disponían de mucho más tiempo para obtener rentabilidad de su capital. En el lado positivo, hasta ahora las empresas han financiado la mayor parte de sus inversiones con su propio flujo de caja. Quedan muchas preguntas sin respuesta, entre ellas si los gigantes actuales de la IA seguirán liderando el sector a medio plazo o si los verdaderos ganadores serán los futuros usuarios de la tecnología.

The Trader: Trump y Xi Jinping miden la voluntad de un equilibrio

El analista Pablo Gil asegura en The Trader que la reunión entre Trump y Xi Jinping en Pekín probablemente será una de las más importantes de los últimos años. No porque vaya a resolver los enormes problemas existentes entre ambas potencias, sino porque servirá para medir hasta qué punto todavía existe voluntad de mantener cierto equilibrio global o si, por el contrario, el mundo sigue avanzando hacia una etapa de bloques cada vez más enfrentados. Porque esto hace tiempo que dejó de ser una simple guerra comercial.

Durante décadas, la globalización se apoyó sobre una idea muy concreta: cuanto más comercio y más interdependencia económica existiera entre países, menor sería el riesgo de conflicto. Pero esa lógica empieza a romperse. Tanto EEUU como China han comenzado a asumir que la dependencia mutua ya no es una garantía de estabilidad, sino una vulnerabilidad estratégica.

Washington intenta mantener su liderazgo tecnológico, financiero y militar global. Pekín, por su parte, acelera su independencia estratégica para reducir su exposición al enorme poder económico y financiero estadounidense. Y esa rivalidad ya no afecta únicamente a los aranceles. Se extiende a la inteligencia artificial, los semiconductores, la energía, las materias primas críticas, las cadenas de suministro e incluso el sistema financiero internacional.

EEUU ha endurecido las restricciones sobre tecnología avanzada y chips para frenar el avance chino. Pero al mismo tiempo empieza a preocuparse seriamente por otra dependencia mucho más incómoda: las tierras raras y minerales estratégicos que China domina a nivel mundial. Son recursos esenciales para fabricar baterías, vehículos eléctricos, satélites, equipamiento militar o centros de datos ligados a la inteligencia artificial. Precisamente por eso Washington ha impulsado el “Project Vault”, un ambicioso programa destinado a reforzar sus reservas estratégicas de minerales críticos. EEUU ha comprendido que depender de Pekín para recursos esenciales puede convertirse en un enorme problema si la tensión geopolítica continúa aumentando.

La IA añade además una dimensión todavía más importante a esta disputa. Ya no hablamos únicamente de productividad o crecimiento económico. Hablamos de soberanía tecnológica, ciberseguridad y control del poder económico global durante las próximas décadas. Tanto Washington como Pekín consideran que quien domine la IA tendrá una ventaja estratégica decisiva en el siglo XXI.

Y en medio de todo esto aparece Oriente Medio. El rechazo por parte de Donald Trump al plan de paz planteado desde Teherán deja claro que Washington no busca únicamente una desescalada militar en la región. El mensaje también va dirigido a China. Pekín continúa comprando petróleo iraní pese a las sanciones occidentales y eso proporciona al régimen iraní una fuente de financiación esencial. Para EEUU, parte de la capacidad de resistencia económica y militar de Irán depende precisamente de esa relación energética con China, en una dinámica muy similar a la que ha permitido a Rusia amortiguar buena parte del impacto de las sanciones occidentales durante los últimos años.

Además, tanto Trump como Xi llegan a esta reunión con importantes problemas internos. En EEUU crecen las dudas sobre la sostenibilidad fiscal, el aumento de la deuda y el desgaste político derivado de la guerra en Oriente Medio. China, por su parte, sigue lidiando con un consumo interno débil, la crisis inmobiliaria y una enorme dependencia energética de Oriente Próximo.

Y mientras tanto, Taiwán continúa siendo probablemente el punto más peligroso de toda esta rivalidad. Pekín considera la isla una línea roja absoluta, mientras Washington mantiene su apoyo militar y estratégico. El temor es que cualquier error de cálculo pueda desencadenar una crisis mucho más seria de lo que actualmente descuentan los mercados.

Todo esto empieza a recordar cada vez más a otros momentos históricos de transición hegemónica. Cuando una potencia dominante percibe el ascenso acelerado de otra, la rivalidad deja de ser únicamente económica. Se vuelve tecnológica, política, militar e incluso ideológica.

"Estamos entrando en un mundo muy distinto al que hemos conocido durante las últimas décadas. Un mundo donde la estabilidad ya no dependerá tanto de la cooperación económica como de la capacidad de cada bloque para asegurar recursos, tecnología, energía y poder estratégico. Y eso probablemente implica más volatilidad, más fragmentación y también más incertidumbre para la economía global y los mercados", subraya Pablo Gil.

Por eso esta reunión entre Trump y Xi es mucho más importante de lo que parece. Porque detrás de las fotografías, los discursos diplomáticos y los posibles acuerdos comerciales, lo que realmente estamos viendo es a las dos mayores potencias del planeta preparándose para competir por el liderazgo del siglo XXI en un entorno de creciente desconfianza geopolítica.

Trump en China, entre malos datos macro, Taiwán e Irán

Por otra parte, el recibimiento de Xi Jinping a Donald Trump en el Gran Salón del Pueblo de Pekín muestra un despliegue colorido y cargado de simbolismo. Hay reuniones conjuntas de la delegación estadounidense, que incluye a varios de los principales empresarios del país con intereses comerciales en China. Entre ellos destacan figuras del sector financiero como David Solomon (Goldman Sachs) o Larry Fink (BlackRock), así como Elon Musk –que se vuelve a acercar a Trump tras su efímero paso por la Casa Blanca– y representantes industriales y tecnológicos de primer nivel, como Kelly Ortberg (Boeing), Jensen Huang (Nvidia) o Tim Cook (Apple). Cualquier anuncio de nuevos vínculos comerciales sería recibido con entusiasmo por los mercados, especialmente si se produjera algún avance en el acceso a chips de última generación, lo que abriría de nuevo la puerta de China a Nvidia. No obstante, más allá de declaraciones conciliadoras y de potenciales acuerdos favorables para las grandes cotizadas, no se esperan resultados extraordinarios de las reuniones que se celebrarán durante estos dos días.

Persisten, además, dos puntos especialmente incómodos. Por un lado, Taiwán, respecto al cual Xi Jinping dejó entrever la conveniencia de no tensar la cuerda. Por otro, el secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio, señaló que uno de los objetivos de las conversaciones será solicitar a China una mayor implicación en el conflicto con Irán y una presión diplomática más intensa para facilitar la apertura del estrecho de Ormuz.

Mientras tanto, el régimen de los ayatolás parece estar aprovechando el alto el fuego para reconstruir sus capacidades militares. 

En este escenario, las Bolsas lograron sobreponerse a un dato de inflación superior a lo esperado y a un entorno de tipos más elevados, alcanzando nuevos máximos en el S&P 500. La fiesta en China está otorgando cierto margen a la renta variable, que continúa dando validez a que "la gasolina está en los beneficios" y que los mercados encuentran petróleo en los resultados de las empresas.

Pero  conviene no perder de vista que el bloqueo en Ormuz persiste y el tiempo se acaba tanto para Irán como para EEUU.

Porque los costes de producción (la inflación mayorista) en EEUUse aceleró en abril por encima de lo previsto, marcando su ritmo de avance más rápido desde 2022. El Índice de Precios de Producción (IPP) registró una variación mensual del +1,4%, elevando su tasa de crecimiento hasta el +6% interanual. Ambas cifras se sitúan sustancialmente por encima del +0,5% y del +4,8% esperados, respectivamente. Este tensionamiento no se limitó a los componentes más volátiles, ya que la tasa subyacente —que excluye alimentos y energía— también mostró una notable aceleración hasta el +5,2% interanual, su mayor avance en más de tres años.

El principal catalizador de esta escalada ha sido el encarecimiento de la energía, con un alza del +7,8% en abril. Este impacto se ha trasladado de forma directa a los costes de transporte y logística, como evidencia el avance del 5% en los precios de esos servicios. Es particularmente significativo el incremento del 8,1% en los costes del transporte de mercancías por carretera, el mayor desde 2009. Esta dinámica confirma la propagación de las presiones energéticas al resto de la estructura de precios. En consecuencia, estos datos añaden presión sobre la Reserva Federal y alejan la posibilidad de recortes de tipos en el corto plazo.

La Fed inicia nueva etapa

Precisamente, Kevin Warsh ha sido confirmado como nuevo presidente de la Reserva Federal con el margen más estrecho registrado hasta la fecha en una votación de este tipo. Tradicionalmente, los nombramientos al frente de la Fed han contado con un amplio respaldo bipartidista –como ocurrió en el año 2000, cuando Alan Greenspan fue ratificado por unanimidad–. Sin embargo, en esta ocasión la votación se ha saldado con 54 votos a favor y 45 en contra, reflejando una fuerte división política. El resultado pone de manifiesto la preocupación entre los demócratas, que temen que Warsh pueda ceder a las presiones de Trump. De hecho, solo un senador demócrata respaldó su candidatura.

Tras la ratificación del presidente de EEUU, se espera que Warsh asuma el cargo la próxima semana. El nuevo presidente de la Fed iniciará su mandato en un contexto económico complejo, marcado por un repunte significativo de la inflación e incertidumbres geopolíticas. Durante su audiencia de confirmación, subrayó que la política monetaria se mantendría “estrictamente independiente”, tratando de disipar dudas sobre posibles “interferencias” políticas en las decisiones de la Reserva Federal. También ha planteado la necesidad de reducir de forma progresiva el balance de la Fed, que actualmente se sitúa en 6,7 billones$.

Desaceleración de la actividad en Europa

Mientras, en la zona euro la primera revisión del PIB del primer trimestre confirmó la desaceleración de la actividad, manteniendo el crecimiento en el +0,1% trimestral (frente al +0,2% previo), el menor avance desde el segundo trimestre de 2024. Con ello, la tasa interanual se modera hasta un débil +0,8%, sin que se aprecien señales de reactivación. 

Por su parte, la producción industrial de marzo reflejó el impacto de los mayores costes energéticos, con un crecimiento mensual de solo el +0,2%. Este dato débil no impidió que la contracción interanual se intensificara hasta el -2,1% (frente al -0,8% del mes previo), confirmando la atonía del sector industrial en la región.

Ebury mejora sus previsiones sobre el yuan

Ebury, la fintech global especializada en pagos internacionales e intercambio de divisas, señala en su informe de previsión sobre monedas asiáticas correspondiente a mayo que el yuan chino ha sido la divisa de la región que mejor ha resistido el impacto derivado de la guerra en Irán y del repunte de los precios del petróleo. Según explican los analistas de la compañía, “el yuan ha actuado como un pilar de estabilidad durante la crisis gracias a unos fundamentales sólidos, la gestión activa del Banco Popular de China (PBOC) mediante ajustes diarios y las importantes reservas estratégicas de crudo del país”. 

Ebury asegura además que está revisando al alza sus previsiones para la moneda china debido “al amplio superávit por cuenta corriente de China, su menor exposición directa al conflicto iraní y la aparente comodidad de las autoridades con una apreciación gradual del yuan como señal de confianza económica y mensaje político hacia sus socios comerciales”. 

La fintech considera que el auge de la inteligencia artificial constituye “un factor estructuralmente positivo tanto para el yuan como para el won surcoreano”, debido al fuerte posicionamiento de ambas economías en sectores vinculados a los semiconductores y al hardware asociado a la IA. 

En contraste, la exposición estructural de Asia como región importadora neta de energía ha penalizado a buena parte de las divisas asiáticas desde el inicio del conflicto. “Desde nuestra última actualización, tanto la rupia india como la rupia indonesia han caído hasta mínimos históricos. El won surcoreano también se ha debilitado hasta niveles próximos a mínimos de dos décadas por su elevada sensibilidad al apetito global por el riesgo y su dependencia energética del Estrecho de Ormuz”, explican los analistas. Ebury advierte de que un conflicto prolongado podría deteriorar las balanzas por cuenta corriente de varias economías asiáticas, aumentar las presiones inflacionistas y obligar a los bancos centrales de la región a mantener políticas monetarias más restrictivas.


09May

Al margen de los hiperescaladores, empiezan a cobrar protagonismo compañías que participan en la cadena de valor de la IA y que capturan de forma indirecta el impulso del ciclo de inversión.

Miguel Ángel Valero

La revolución de la inteligencia artificial (IA) no solo sigue intacta, sino que está ampliando progresivamente su base de beneficiarios, dando lugar a un mercado más repartido, con un mayor número de compañías participando en las subidas y un liderazgo menos concentrado. Por eso, muchas firmas de inversión siguen defendiendo la necesidad de ampliar el espectro de inversión dentro de la tecnología. 

Al margen de los hiperescaladores, empiezan a cobrar protagonismo compañías que participan en la cadena de valor de la IA y que capturan de forma indirecta el impulso del ciclo de inversión. La fortaleza del ciclo de inversión actual queda reflejada en la demanda de centros de datos, que continúa en niveles excepcionalmente elevados. El 84% de la capacidad de los principales proyectos actualmente en construcción ya está prealquilada antes de su entrada en operación, una dinámica estrechamente ligada a la fuerte expansión de los hiperescaladores. En este contexto, los pedidos acumulados (backlogs) de cuatro de los principales hiperescaladores –Microsoft, Amazon, Alphabet y Oracle– se han triplicado en 2026, hasta alcanzar los 2 billones$, una magnitud que, puesta en perspectiva, supera entre un 1% y un 2% el PIB de la economía española en 2025.

Sin embargo, este fuerte crecimiento de los backlogs no se ha traducido en un liderazgo bursátil equivalente. Mientras que los hiperescaladores avanzan en promedio un 5% en el año, otros segmentos más vinculados a la inversión real están mostrando un comportamiento significativamente mejor. El índice global de infraestructuras y el sector industrial acumulan subidas del 11%, reflejando una rotación hacia activos que capturan de forma indirecta la expansión de capacidad asociada a la IA. 

Este patrón es aún más evidente en las compañías que forman parte de la cadena de valor de la IA, que han registrado avances muy superiores en el año. Empresas clave en el proceso de fabricación de semiconductores y componentes críticos —como la holandesa ASML, la estadounidense Micron Technology y las asiáticas Taiwan Semiconductors, Samsung y SK Hynix— acumulan una revalorización media del +97% en el año. Como consecuencia, el MSCI Emerging Markets avanza un 23%, con las tres compañías asiáticas explicando más del 60% de la rentabilidad total del índice pese a concentrar únicamente el 21% de su capitalización bursátil.

China provoca una guerra de precios en la IA

Por otra parte, la última ofensiva de DeepSeek no va de lanzar el modelo más potente del mercado. Va de algo mucho más disruptivo: hacer que la IA sea mucho más barata. "Y eso, aunque a primera vista parezca un simple ajuste comercial, puede cambiar por completo las reglas del juego", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.

La compañía ha recortado hasta un 75% el coste de acceso a su nuevo modelo V4-Pro y ha reducido de forma drástica el precio de uso recurrente. Al mismo tiempo, mantiene capacidades avanzadas como una enorme ventana de contexto, lo que permite trabajar con volúmenes de información mucho mayores. En la práctica, esto significa que desarrollar y utilizar IA se vuelve accesible para muchos más actores.

Este movimiento llega en paralelo a la estrategia de gigantes como OpenAI, Google o Anthropic, que siguen centrados en mejorar la potencia y sofisticación de sus modelos, pero con costes todavía elevados. DeepSeek cambia el enfoque: no compite en la cima tecnológica, sino en la base del mercado. Y aquí está la clave, porque China tiene una desventaja evidente en el acceso a chips avanzados, dominados por compañías como Nvidia. Eso limita su capacidad para liderar en el desarrollo de los modelos más punteros. Pero en lugar de intentar cerrar esa brecha de inmediato, está utilizando el precio como arma para acelerar la adopción y ganar escala.

Este patrón no es nuevo. Ya lo hemos visto en otras industrias. En los vehículos eléctricos, por ejemplo, los fabricantes chinos comenzaron compitiendo en precio, con productos menos sofisticados. Sin embargo, con el tiempo, empresas como BYD han conseguido cerrar la brecha tecnológica hasta competir directamente con referentes globales como Tesla, manteniendo además su ventaja en costes. 

La cuestión es si ese mismo proceso puede repetirse ahora en la IA. Si China logra atraer volumen suficiente, puede acelerar su aprendizaje, mejorar sus modelos y reducir progresivamente la distancia tecnológica. Y, con el tiempo, intentar cerrar también la brecha en hardware.

Hasta ahora, el relato dominante era claro: la IA iba a generar crecimiento explosivo con márgenes muy elevados para las grandes tecnológicas estadounidenses. Sin embargo, la irrupción de estrategias agresivas en precio introduce una nueva variable: la compresión de márgenes.

Si el coste de la IA cae más rápido de lo previsto, los ingresos potenciales pueden no materializarse como se esperaba, especialmente teniendo en cuenta la inversión masiva que están realizando estas compañías en infraestructuras, chips y desarrollo. El mercado está descontando un escenario muy optimista, y este tipo de movimientos podría empezar a ponerlo en tela de juicio.

En el fondo, China no necesita ganar la carrera tecnológica en el corto plazo. Le basta con cambiar las reglas del juego. Si consigue imponer un entorno donde el precio y la accesibilidad sean determinantes, estará condicionando la evolución de toda la industria.

"Estamos entrando en una nueva fase. No es el final del liderazgo estadounidense, pero sí el inicio de una competencia más incómoda. Una en la que el valor no solo se va a medir por la capacidad tecnológica, sino por la capacidad de escalar y monetizar en un entorno cada vez más presionado por los precios. Y eso, para el inversor, cambia mucho las cosas: porque quizá el gran riesgo no sea que la IA no crezca… sino que crezca mucho, pero dejando bastante menos dinero del que hoy descuenta el mercado", subraya este experto.

La IA está eliminando la escalera de entrada al mercado laboral

Durante años nos dijeron que la inteligencia artificial destruiría empleos. Pero casi todos imaginábamos el mismo escenario: que los primeros trabajos en desaparecer serían los más repetitivos, menos cualificados y más manuales. Sin embargo, la realidad está empezando a ir en una dirección muy distinta. Los primeros afectados no están siendo los trabajadores menos formados, sino muchos perfiles junior relacionados con tareas cognitivas: programadores, analistas, desarrolladores, administrativos, perfiles de soporte o empleados que realizaban funciones básicas dentro de profesiones altamente cualificadas. Y eso introduce una paradoja enorme. Por primera vez, una tecnología no solo automatiza tareas manuales, sino también parte del propio proceso de aprendizaje profesional. "Ése quizá sea el verdadero cambio de fondo que todavía no estamos entendiendo del todo", apunta Pablo Gil.

Durante décadas, el mercado laboral funcionó de una manera relativamente estable. Un joven entraba en una empresa realizando tareas simples, repetitivas y poco productivas. La empresa asumía esa ineficiencia inicial porque sabía que, con el tiempo, esa persona adquiriría experiencia, desarrollaría capacidades y acabaría generando mucho más valor. Era, en el fondo, una inversión a largo plazo. Así se construía la experiencia. Así se formaban los futuros profesionales senior.

El problema es que la inteligencia artificial empieza precisamente por ahí. Herramientas como Copilot, ChatGPT, Claude, Gemini o los nuevos asistentes empresariales ya son capaces de realizar muchas de las tareas que tradicionalmente servían como puerta de entrada al mercado laboral. Redactar documentación, resumir información, programar código sencillo, analizar datos, elaborar informes preliminares o responder consultas rutinarias. Todo eso puede hacerse ahora de forma mucho más rápida y barata. Y eso cambia completamente la estructura tradicional de formación dentro de las empresas.

Porque la IA no sustituye necesariamente al experto. Lo que hace muchas veces es potenciar enormemente al profesional senior y reducir la necesidad de perfiles junior. Un programador experimentado apoyado en IA puede realizar el trabajo que antes requería varios perfiles de entrada. Un consultor puede automatizar gran parte del análisis preliminar. Un abogado puede resumir cientos de páginas en minutos. Un analista financiero puede generar informes mucho más rápido que hace apenas unos años. Nadie cuestiona que la productividad aumenta de forma exponencial. Pero el problema aparece inmediatamente después.

Si las empresas necesitan cada vez menos perfiles junior, ¿cómo se forma entonces la siguiente generación de profesionales? Ahí es donde empieza a surgir uno de los mayores riesgos estructurales de esta revolución tecnológica. Porque el mercado laboral no funciona únicamente como un sistema de producción. También funciona como un sistema de aprendizaje. Y si desaparecen las tareas básicas que permitían adquirir experiencia, millones de jóvenes podrían quedarse bloqueados antes siquiera de entrar realmente en el sistema.

De hecho, algunos datos empiezan a reflejar ya esta tendencia. En EEUU, muchos recién graduados tardan más en encontrar trabajo que personas con menor formación. En Europa, varias empresas tecnológicas han reducido contratación junior mientras aumentan sus inversiones en IA. Y en determinados sectores empieza a detectarse un fenómeno especialmente preocupante: trabajadores jóvenes que nunca llegan a desarrollar suficiente experiencia como para progresar profesionalmente. Y eso significa que el impacto de la IA no será únicamente económico o laboral. También puede alterar profundamente determinados equilibrios sociales.

Al mismo tiempo, se está generando otra paradoja muy difícil de gestionar políticamente. Las empresas ganan productividad mientras reducen plantilla. La IA mejora márgenes, aumenta eficiencia y permite hacer más con menos personas. Pero eso también alimenta el miedo de muchos trabajadores jóvenes, que empiezan a percibir la IA no como una herramienta de apoyo, sino como un competidor directo. Y quizá por eso empieza a crecer el rechazo. Porque el problema no es solo perder un empleo. El verdadero miedo es no llegar nunca a tener una oportunidad.

Ahora bien, todas las grandes revoluciones tecnológicas destruyeron trabajos y crearon otros nuevos. La mecanización transformó el campo. Internet cambió el comercio. La automatización modificó las fábricas. Y probablemente la IA también terminará generando nuevas profesiones que hoy ni siquiera imaginamos. El problema nunca ha sido el destino final. El problema siempre ha sido la velocidad del cambio. Y esta vez la velocidad es vertiginosa.

Nunca habíamos visto una tecnología avanzar tan rápido, integrarse tan deprisa en las empresas y afectar simultáneamente a tantos sectores relacionados con tareas cognitivas. Además, hay otra diferencia importante: por primera vez, son los propios creadores de esta tecnología quienes hablan abiertamente de destrucción masiva de empleo y de cambios radicales en el mercado laboral. Y eso multiplica todavía más la sensación de incertidumbre.

En este contexto, entender bien lo que está ocurriendo es fundamental. La IA no elimina profesiones completas de un día para otro. Lo que hace es volver irrelevantes determinadas tareas dentro de esas profesiones. Y quien dependa exclusivamente de esas tareas tendrá cada vez más difícil mantener su valor en el mercado.

Por eso, el futuro del trabajo dependerá menos de lo que sabes hacer hoy y mucho más de tu capacidad para adaptarte continuamente. Habrá profesiones difíciles de automatizar por su componente físico o humano. Habrá perfiles capaces de multiplicar su productividad utilizando IA como herramienta. Y habrá habilidades —como la creatividad, la comunicación, el pensamiento crítico o la capacidad de tomar decisiones complejas— que seguirán teniendo un enorme valor. Pero muchas funciones intermedias podrían desaparecer o reducirse drásticamente. Y ese ajuste probablemente será mucho más duro de lo que hoy imaginamos.

"El verdadero debate ya no es si la inteligencia artificial destruirá empleo o no. El verdadero debate es qué ocurre cuando una sociedad empieza a eliminar precisamente los trabajos que servían para formar a la siguiente generación de profesionales. Porque si desaparece esa escalera de entrada, el problema deja de ser únicamente tecnológico y pasa a convertirse en un desafío económico, educativo y social de enorme magnitud. Y probablemente todavía estamos infravalorando hasta qué punto eso puede transformar el mercado laboral durante la próxima década", recalca Pablo Gil.


03May

La prosperidad mundial depende de que "exista un acceso fiable a materias primas críticas para el crecimiento económico, la innovación y la seguridad energética”, advierte la OCDE.

Miguel Ángel Valero

Las materias primas críticas encaran un aumento de las restricciones a la exportación que intensifica los riesgos para las cadenas mundiales de suministro, avisa la OCDE. La actualización anual del informe Inventory of Export Restrictions on Critical Raw Materials  de la OCDE concluye que diversos minerales fundamentales, que son insumos esenciales de las tecnologías utilizadas en el ámbito digital y de las energías renovables, corren un elevado riesgo de soportar restricciones a la exportación, y el número de medidas restrictivas sigue en aumento.

El informe analiza las restricciones a la exportación de materias primas críticas aplicadas hasta el final de 2024, y muestra que este tipo de medidas no ha dejado de incrementarse en los últimos 15 años, hasta alcanzar un máximo histórico. Pese a que la tasa de crecimiento de las nuevas restricciones a la exportación se ralentizó, al pasar del 3,4% en 2023 al 0,6% en 2024, un buen número de países, en particular de África y Asia, introdujo nuevas restricciones.

Algunos minerales esenciales para los sistemas energéticos, como el cobalto, el manganeso, el grafito y elementos de las tierras raras, corren un riesgo especialmente alto de soportar restricciones a la exportación. Cerca del 70% de las exportaciones mundiales de cobalto y manganeso experimentaron, como mínimo, una restricción a la exportación entre 2022 y 2024. El 16% del comercio de las materias primas críticas a las que da seguimiento la OCDE enfrentó al menos una restricción a la exportación durante ese mismo periodo.

Según declaró el Secretario General de la OCDE, Mathias Cormann, en el Foro de los Minerales Críticos de Estambul, “países de todo el mundo dependen de que exista un acceso fiable a materias primas críticas para el crecimiento económico, la innovación y la seguridad energética”.  “Las restricciones a la exportación pueden incrementar las vulnerabilidades de aquellas cadenas de suministro que presentan una gran concentración, al limitar los volúmenes de exportación e impulsar los precios al alza. Mejorar la transparencia de estas medidas resulta fundamental para promover mercados más abiertos y diversificados para los minerales críticos, incentivando una inversión sumamente necesaria para intensificar la producción y promover colaboraciones con los países productores que generen beneficios mutuos", argumenta.

Pese al rápido aumento de la demanda de materias primas críticas, el suministro sigue estando muy concentrado y los ajustes en el mismo se realizan con lentitud. Aunque existen diferencias entre los mayores productores según el material, los tres principales países productores de cobalto, litio y níquel respectivamente representan más de dos tercios de la producción mundial, una proporción que se eleva a cerca del 90% en el caso de los elementos de las tierras raras. También existe concentración en las medidas adoptadas en materia de políticas, pues más de la mitad del total de nuevas medidas aplicadas entre 2009 y 2024 corresponden a la India (9%), China (17%), Argentina (6%), Vietnam (5%) y Burundi (4%). 

Los materiales de desecho y los residuos siguieron constituyendo en 2024 la categoría de materias primas críticas a la que se imponen restricciones con mayor frecuencia, un reflejo de las preocupaciones de carácter medioambiental y del creciente interés por la economía circular como fuente de metales y minerales. Por otra parte, las restricciones a la exportación impuestas a las cadenas de suministro upstream, entre ellas las de menas y otros minerales, aumentaron de forma notable entre 2009 y 2024, al multiplicarse por diez durante dicho período.

Las medidas enormemente restrictivas, entre otras la prohibición de las exportaciones y los contingentes, son cada vez más predominantes, ya que representan más de un tercio de las nuevas medidas introducidas en 2024. La generación de ingresos ha sido el argumento declarado para justificar las restricciones a la exportación que más rápido ha aumentado desde el inicio de la década de 2010 y se ha convertido en la motivación más nombrada en 2024, en relación prácticamente con la mitad de las medidas. 

The Trader: la oferta no está preparada para tanta demanda

"Hay momentos en los mercados que solo se entienden con perspectiva histórica. Y el gráfico que tienes delante es uno de ellos. Muestra más de dos siglos de comportamiento de las materias primas, señalando los grandes picos inflacionarios y los grandes suelos. No es ruido. Es un patrón", explica el analista Pablo Gil en The Trader.

Cada gran ciclo alcista en commodities ha coincidido con momentos de ruptura estructural: guerras, reconstrucciones, cambios de modelo económico o transformaciones tecnológicas profundas. No han sido movimientos aislados. Han sido consecuencia directa de una necesidad masiva de recursos en un contexto donde la oferta no podía responder con la misma rapidez.

El mundo está intentando hacer demasiadas cosas al mismo tiempo. Rearmarse tras años de infra-inversión en defensa. Construir la infraestructura necesaria para sostener la inteligencia artificial, que implica centros de datos con un consumo energético brutal. Electrificar la economía, desde los coches hasta la industria. Acelerar la transición energética. Reconfigurar cadenas de suministro en clave geopolítica.

Todo eso tiene algo en común: depende de materias primas. No de forma marginal, sino crítica. El cobre, litio, níquel, plata, tierras raras… no son activos financieros. No se pueden imprimir. No aparecen de la nada porque suba la demanda. Requieren años de inversión, exploración, desarrollo y capacidad productiva. Y ahí es donde está el problema: La oferta no está preparada.

Durante más de una década, el sector ha sufrido una clara falta de inversión motivada por bajos precios, presión regulatoria, incertidumbre política y un exceso de complacencia que ha frenado el desarrollo de nuevos proyectos. El resultado es que, justo cuando la demanda empieza a dispararse, la capacidad de respuesta es limitada.

A este desequilibrio entre oferta y demanda hay que sumarle otro factor clave: el entorno monetario. Estamos en una de las mayores etapas de expansión fiscal y monetaria de la historia reciente. Déficits estructurales, deuda creciente y monedas Fiat (dinero físico) que, poco a poco, pierden poder adquisitivo.

Cuando combinas escasez física con abundancia monetaria, el resultado suele ser el mismo: subidas sostenidas de precios. Y eso es, en esencia, lo que define un superciclo. 

El gráfico simplemente refuerza esta idea: Tras largos periodos de debilidad (como el que culminó durante la pandemia, con una fase de depresión relativa en commodities) suelen iniciarse movimientos prolongados al alza, que no son puntuales, sino tendencias de años o incluso décadas. Y lo más interesante es que estos ciclos no suelen ser evidentes al principio. Empiezan con escepticismo, con el mercado mirando hacia otro lado, centrado en otras narrativas. Exactamente como ahora.

Hoy la atención está en la tecnología, en la inteligencia artificial, en los mercados financieros. Pero pocos están poniendo el foco en lo que hace posible todo eso: los recursos físicos.

La paradoja es evidente. Queremos un mundo más digital, más eléctrico, más automatizado… pero sin materias primas eso simplemente no es posible. La historia nos dice que cuando esta desconexión se corrige, lo hace con fuerza. Y por eso, más allá del ruido de corto plazo, lo relevante es entender el contexto. No estamos ante un simple rebote cíclico. Estamos ante un posible cambio estructural en el mercado de materias primas.

"Mi sensación es que tal vez estamos en la fase intermedia de algo mucho más grande de lo que la mayoría imagina. Y como suele ocurrir en estos casos, cuando el consenso lo vea, probablemente ya será tarde para posicionarse con comodidad", advierte Pablo Gil.

30Apr

El poder ya no se mide solo en tamaño, sino en capacidad de adaptación. Y eso cambia la forma en la que debemos analizar el riesgo. Porque el problema ya no es quién gana una guerra, sino cuánto cuesta mantenerla abierta.El poder ya no se mide solo en tamaño, sino en capacidad de adaptación. Y eso cambia la forma en la que debemos analizar el riesgo. Porque el problema ya no es quién gana una guerra, sino cuánto cuesta mantenerla abierta.

Miguel Ángel Valero

Vuelven los temores en torno al conflicto con Irán, ante nuevas presiones por parte de EEUU. Washington ha rechazado la propuesta iraní, mantiene el bloqueo y valora reanudar la presión también por vía militar, para forzar al país persa a retomar las negociaciones. En este sentido, el mando central estadounidense ha solicitado el envío de misiles hipersónicos al teatro de operaciones, un tipo de armamento que Estados Unidos nunca ha utilizado en un conflicto real y que permitiría atacar lanzaderas iraníes fuera del alcance de sus actuales misiles de precisión.Mantenemos la visión que el estrecho se abrirá pronto y estas nuevas presiones son parte de la negociación. No obstante, la resiliencia iraní continúa sorprendiendo: la aparente indiferencia se mantiene, con una imagen de unidad en la élite política iraní en torno a la negativa a negociar mientras persista el bloqueo, y sin señales públicas relevantes de descontento social pese al notable deterioro de la situación económica del país. 

Se agranda la dicotomía existente entre los mercados de materias primas y los financieros. Mientras el crudo vuelve a situarse en máximos desde el inicio del conflicto, las Bolsas se mantienen próximas a sus niveles más elevados, apenas alteradas por las últimas novedades. Por su parte, la renta fija, aunque muestra cierta tensión adicional, tampoco ofrece señales de un deterioro significativo. Este comportamiento sugiere que los mercados financieros continúan descontando una resolución relativamente rápida del conflicto y mantienen el foco en la solidez de los beneficios empresariales. Al mismo tiempo, las expectativas de inflación a medio plazo permanecen ancladas, lo que mantiene al 'monstruo' de la inflación contenido y permite a los bancos centrales adoptar una actitud paciente.

The Trader: el poder militar no se traduce en control estratégico

"Hay una idea que se repite constantemente en los mercados y en la política internacional: si tienes suficiente poder, puedes imponer tu voluntad. Pero la realidad, una vez más, se encarga de desmontarla. Lo que estamos viendo en el conflicto entre EEUU, Israel e Irán es precisamente eso. Una demostración clara de que el poder militar no siempre se traduce en control estratégico. Y, sobre todo, de que negociar no es lo mismo que presionar", argumenta el analista Pablo Gil en The Trader.

Wendy Sherman, subsecretaria de Estado de EEUU y una de las arquitectas del acuerdo nuclear de 2015, lo explica con una claridad incómoda: Irán no va a capitular. Nunca lo ha hecho y no lo va a hacer ahora. No porque sea fuerte en términos absolutos, sino porque su identidad está construida sobre la resistencia. Es un país marcado por su historia, por la intervención occidental en 1953 y por una revolución que redefinió su relación con el mundo.

Ése es el primer error de enfoque. Pensar que el adversario reacciona con tu misma lógica. Cuando Trump intenta forzar concesiones rápidas, parte de una premisa equivocada: que el coste de resistir será mayor que el de ceder. Pero en el caso de Irán ocurre justo lo contrario. Ceder supone perder legitimidad interna. Resistir, en cambio, refuerza al régimen. Y eso cambia completamente las reglas del juego. Porque entonces ya no estás negociando con incentivos económicos o militares, sino con identidad, orgullo y supervivencia política. Y ahí las herramientas tradicionales pierden eficacia.

El segundo gran error es confundir táctica con estrategia. Sherman lo deja entrever sin rodeos: hay movimientos, hay presión, hay demostraciones de fuerza… pero no hay un plan coherente a largo plazo. Y eso tiene consecuencias. No solo en el frente militar, sino en algo mucho más importante: la credibilidad internacional. Cuando tus aliados empiezan a dudar de ti, el problema deja de ser local y pasa a ser sistémico. Canadá, Reino Unido, Europa… empiezan a mirar a China como alternativa. No porque compartan valores, sino porque buscan estabilidad. Y en geopolítica, la estabilidad vale más que la afinidad.

Ahí es donde el conflicto da un giro que muchos inversores todavía no están valorando. China no necesita intervenir directamente para ganar influencia. Le basta con observar cómo EEUU se desgasta. Cómo consume recursos, cómo pierde cohesión con sus aliados y cómo abre la puerta a cambios estructurales mucho más profundos. Uno de ellos es especialmente relevante: el sistema monetario.

Irán ya ha planteado aceptar pagos en yuanes en lugar de dólares para el petróleo que atraviesa el estrecho de Ormuz. Puede parecer anecdótico, pero no lo es. El petróleo ha sido históricamente el pilar del dominio global del dólar. Si esa dinámica empieza a cambiar, aunque sea de forma gradual, el impacto a largo plazo puede ser enorme. No es un cambio inmediato, pero si una primera grieta que puede agrandarse con el tiempo. Y los mercados, cuando detectan grietas estructurales, acaban reaccionando.

A todo esto, se suma un factor que complica aún más la situación: Irán no necesita enfrentarse directamente a EEUU para generar problemas. Sabe que en una guerra convencional está en desventaja, así que juega a otra cosa. Utiliza herramientas más simples pero muy efectivas: drones, lanchas rápidas, su capacidad para bloquear o amenazar el paso en el estrecho de Ormuz y el apoyo a grupos aliados en la región como Hezbolá o los hutíes, que actúan en su nombre. Con todo eso, consigue mantener bajo presión constante a una potencia mucho más fuerte, sin necesidad de enfrentarse cara a cara.

Es exactamente el mismo patrón que estamos viendo en otros conflictos recientes. El poder ya no se mide solo en tamaño, sino en capacidad de adaptación. Y eso cambia la forma en la que debemos analizar el riesgo.  Porque el problema ya no es quién gana una guerra, sino cuánto cuesta mantenerla abierta.

Mientras tanto, el escenario de negociación sigue siendo extremadamente complejo. Lo más probable no es un acuerdo definitivo, sino un proceso largo, lleno de pausas, avances parciales y retrocesos. Un equilibrio inestable que puede durar meses o incluso años. Y en ese contexto, la economía global se resiente poco a poco. No por un shock puntual, sino por una erosión constante. Y eso representa el verdadero riesgo. 

"Pensar que esto se va a resolver rápido es, probablemente, otro error de cálculo. Estamos entrando en una fase donde el poder ya no garantiza resultados, donde la geopolítica pesa más que la economía y donde los equilibrios globales se están redefiniendo sin hacer demasiado ruido. Y como inversores, ignorar estos cambios suele salir caro. Porque cuando el tablero cambia… las reglas también lo hacen", advierte este experto.

45 millones de personas en riesgo de hambruna

Se habla del estrecho de Ormuz como un cuello de botella energético, del petróleo, del gas, de las tensiones geopolíticas. Y todo eso es cierto. Pero hay un efecto mucho más silencioso (y potencialmente más peligroso) del conflicto en Oriente Medio que está empezando a emerger: el impacto sobre los fertilizantes y, con ello, sobre la producción de alimentos. Porque Ormuz no es solo una arteria por la que fluye energía. También lo es para algo igual de crítico: las materias primas agrícolas que sostienen la producción global de alimentos.

Lo que está ocurriendo en el delta del Mekong, en Vietnam, lo ilustra con una claridad brutal. Allí, en uno de los mayores graneros del mundo, los agricultores están empezando a tomar una decisión que lo cambia todo: no sembrar. No porque no quieran. Sino porque no pueden.

El motivo es simple. Sin fertilizantes (especialmente urea, el más utilizado a nivel global) la productividad se desploma. Y esos fertilizantes dependen, en gran medida, de suministros que atraviesan Oriente Medio. Si esa ruta se bloquea, el sistema se rompe. 

A eso se suma el segundo golpe: la energía. El diésel que alimenta bombas de riego, maquinaria y transporte se ha disparado. El coste de cultivar se ha vuelto impredecible. Y cuando un agricultor no puede estimar su rentabilidad, lo que hace es reducir riesgo. Producir menos… o directamente no producir.

Y aquí es donde empieza el verdadero problema. Porque el Mekong no es una región más. Es uno de los pilares de la seguridad alimentaria global. Vietnam es el segundo mayor exportador de arroz del mundo. Si allí cae la producción, no es un problema local, sino un shock global, porque se produce un efecto en cadena: 

  • Menos fertilizante → menor rendimiento
  • Menor rendimiento → menos cosechas
  • Menos cosechas → menos exportaciones
  • Menos exportaciones → subida de precios

Pero hay un segundo nivel aún más preocupante. Cuando los países perciben riesgo de escasez, reaccionan. Lo vimos en 2008 y en 2022: restringen exportaciones para proteger su mercado interno. Y eso convierte un problema regional en una crisis global.

La FAO ya advierte de ello. Si los fertilizantes siguen encareciéndose o escaseando, millones de agricultores reducirán su uso. Es una decisión racional a corto plazo… pero devastadora a medio plazo. Porque menos fertilización no solo reduce la producción actual. También degrada la calidad del suelo, afecta a la siguiente cosecha y genera un efecto acumulativo. Es decir, no es un shock puntual. Es el inicio de un ciclo.

El mercado sigue centrado en el petróleo por su impacto directo en la inflación. Pero ahí está el error: no entender que los alimentos tienen un efecto mucho más profundo, porque impactan directamente en la estabilidad social. Ya sabemos lo que ocurre cuando sube la energía: más inflación y menor crecimiento. Pero cuando lo que sube es el precio de los alimentos, el escenario cambia por completo. Aparecen tensiones sociales, inestabilidad política y, en los casos más extremos, crisis humanitarias.

El Programa Mundial de Alimentos ya lo está advirtiendo: hasta 45 millones de personas podrían verse empujadas hacia la hambruna si esta situación se prolonga. Y tiene todo el sentido. En un mundo globalizado e interconectado como el actual, una disrupción energética no se queda ahí. Se traslada a la agricultura. Y cuando falla la agricultura, el problema deja de ser económico para convertirse en algo mucho más global.

UBS: oportunidades atractivas de diversificación

“Los precios más altos de la energía son un riesgo, pero en ausencia de un shock prolongado, creemos que el entorno para la economía y los beneficios empresariales sigue siendo sólido, lo que respalda a la renta variable”, aporta Mark Haefele, director de inversiones de UBS Global Wealth Management.

“En un entorno geopolítico incierto, existen razones de peso para diversificar más ampliamente la exposición a renta variable y reducir el riesgo de concentración. Actualmente, vemos las oportunidades de diversificación más atractivas en mercados emergentes, en el segmento ‘Luxury and Lifestyle’ y en determinadas acciones suizas”, añade Daniel Kalt, Chief Economist Switzerland.

“La tecnología y la IA son ya motores clave del crecimiento de beneficios en mercados emergentes, mientras que las materias primas siguen siendo un factor macro relevante. El impacto de los precios de las materias primas es desigual, lo que refuerza la necesidad de una exposición selectiva”, apunta Alejo Czerwonko, Chief Investment Officer Emerging Markets Americas.

“Para quienes apuestan por el oro, sugerimos asignar una pequeña parte —en el rango de un dígito medio— del total de los activos para ayudar a diversificar carteras y ofrecer cierta protección frente a shocks macroeconómicos”, subrayan Wayne Gordon, Strategist, y Dominic Schnider, Head Global FX & Commodity. “El precio de la plata se ha movido lateralmente en las últimas semanas, con poca evidencia de una renovada demanda inversora vía ETF o futuros. Hemos reducido nuestras previsiones de déficit tras revisar oferta y demanda, reflejando menores flujos de inversión, una demanda industrial más débil y una mayor producción minera”, añaden.

"Mantenemos una visión positiva a medio plazo y prevemos que el precio del cobre alcance los 15.000$/tonelada a finales de marzo de 2027. Esto respalda una preferencia por posiciones largas o por estrategias de venta de downside para mejorar el carry”, remarcan.

“Creemos que el AUD puede superar a muchas de sus divisas pares del G10 hasta principios de 2027. No obstante, el riesgo de interrupciones prolongadas en el suministro de petróleo, junto con un menor crecimiento global, podría pesar sobre el AUD dada su sensibilidad cíclica”, resaltan Wayne Gordon y Teck Leng Tan, Strategists.

30Apr

En los mercados va ganando adeptos la tesis de que la Reserva Federal no va a hacer ningún movimiento hasta comprobar que el shock energético no se traduce en una espiral inflacionista, por mucho que presione Trump para que se reduzcan los tipos.

Miguel Ángel Valero

"Hay semanas en las que los bancos centrales tienen margen para decidir… y hay semanas, como ésta, en las que simplemente reaccionan a un entorno que se les escapa de las manos", reflexiona en The Trader el analista Pablo Gil. La extensión del conflicto en Oriente Próximo ha vuelto a tensionar una variable que ya estaba bajo vigilancia: la inflación. No tanto por lo que ya ha pasado, sino por lo que puede pasar si la situación se alarga. Energía más cara, costes de producción al alza y, en consecuencia, una presión inflacionista que vuelve a aparecer cuando todavía no estaba completamente controlada.

"Ése es el verdadero problema. Porque los bancos centrales venían preparando el terreno para empezar a relajar su política monetaria… y ahora se encuentran con que el contexto les obliga, como mínimo, a esperar", subraya.

En el caso de EEUU, la fotografía es especialmente incómoda. Los últimos datos de empleo no muestran un colapso del mercado laboral, ni mucho menos. Pero sí dejan entrever algo que empieza a preocupar: menor dinamismo, menos creación de empleo y cierta pérdida de inercia. No es una economía que se esté frenando en seco, pero tampoco está acelerando. Y, sin embargo, el consumo sigue aguantando. La actividad económica continúa mostrando una resistencia notable. Esa combinación (enfriamiento moderado del empleo, pero crecimiento aún sólido) es precisamente la que deja a la Fed en una posición muy incómoda. Porque con ese escenario, justificar una bajada de tipos se vuelve extremadamente complicado.

Si recortan demasiado pronto, corren el riesgo de reavivar la inflación justo cuando el conflicto geopolítico puede amplificarla. Si esperan demasiado, podrían terminar frenando una economía que ya empieza a mostrar signos de fatiga. Es el típico equilibrio imposible en el que cualquier decisión tiene costes. De ahí que el escenario más probable ahora mismo sea el de inacción. No solo por parte de la Fed, sino también del resto de grandes bancos centrales. Esperar, observar y ganar tiempo.

Pero hay un elemento adicional que introduce todavía más incertidumbre en el análisis. Y no tiene que ver ni con la inflación ni con el crecimiento, sino con algo mucho más técnico… pero igual de importante: la liquidez del sistema. 

En las últimas semanas, la Fed ha vuelto a expandir ligeramente su balance. No lo hace como en los programas de estímulo masivo del pasado, sino bajo un argumento mucho más técnico: asegurar que el sistema financiero dispone de suficientes reservas y evitar tensiones en el mercado monetario. Sobre el papel, esto no es política expansiva. No es un intento de estimular la economía. Es, simplemente, una medida preventiva. Pero en la práctica, el efecto es muy parecido. Porque mientras la Fed mantiene los tipos en niveles elevados para contener la inflación, al mismo tiempo está inyectando liquidez para evitar que el sistema se tensione. Endurece por un lado… y suaviza por otro. Y eso no solo introduce una contradicción técnica, sino también un problema de comunicación: ¿está realmente restringiendo las condiciones financieras… o simplemente intentando ganar tiempo?

Porque al final, los mercados no reaccionan solo a los tipos de interés… reaccionan a la liquidez. Y la liquidez sigue siendo el combustible de los activos.

Con la Bolsa en máximos históricos, los spreads de crédito en niveles muy bajos y unas condiciones financieras que siguen siendo favorables, este tipo de movimientos pueden ser interpretados por el mercado como una señal implícita de apoyo. Como si, en el fondo, la Fed siguiera actuando como red de seguridad.

Y en un contexto donde la política monetaria empieza a mostrar esas contradicciones internas, hay otro factor que puede cambiar las reglas del juego en los próximos meses. El mandato de Jerome Powell está llegando a su fin, y todo apunta a que será sustituido por Kevin Warsh, un perfil mucho menos continuista y más crítico con la política monetaria reciente.

Y aquí es donde el análisis se vuelve especialmente interesante. Porque el problema ya no es lo que está pasando hoy, sino lo que puede pasar mañana. La economía aguanta… pero si empieza a deteriorarse, la presión para bajar tipos llegará en el peor momento posible: con una inflación todavía incierta y condicionada por factores externos como la energía. Y, además, con una nueva dirección al frente de la Fed que podría tener una visión distinta… y con una presión política que no va a desaparecer, especialmente desde figuras como Donald Trump.

La independencia de los bancos centrales siempre ha sido un pilar fundamental del sistema. Pero en un entorno como el actual (con tensiones geopolíticas, inflación incierta, liquidez en juego y presión política) esa independencia empieza a ponerse a prueba de verdad.

Lo importante no es si bajan o no los tipos ahora a corto plazo, sino entender que el margen de maniobra se está estrechando. Cuando Powell sea sustituido por Warsh ya no solo estaremos analizando datos económicos. Estaremos analizando credibilidad en la toma de decisiones, porque en un entorno donde la inflación puede volver a sorprender al alza, donde la geopolítica introduce shocks imprevisibles, donde la liquidez empieza a jugar un papel silencioso pero decisivo y donde la presión política es cada vez más visible, la credibilidad lo es todo.

"Si el mercado percibe que los bancos centrales actúan tarde, reaccionan mal o ceden a presiones externas, el problema ya no será solo la inflación… será la pérdida de confianza. Y cuando un banco central pierde credibilidad, deja de marcar el rumbo… y pasa a ir detrás de los acontecimientos", advierte Pablo Gil.

Banca March: Warsh se encuentra un Comité reacio a bajar tipos

La Reserva Federal mantuvo los tipos de interés sin cambios en el rango del 3,5%–3,75%, aunque la decisión puso de manifiesto un inusual grado de discrepancia interna. La votación se saldó con un 8–4, lo que supone la primera vez en más de tres décadas que cuatro miembros del Comité discrepan. Ocho gobernadores respaldaron no solo el mantenimiento de los tipos, sino también un comunicado con un sesgo abierto a recortes como posible próximo movimiento. Por su parte, tres miembros también votaron a favor de mantener los tipos, pero mostraron su desacuerdo con el lenguaje, al preferir un tono más restrictivo que no apuntara explícitamente a futuras bajadas. El cuarto voto disidente fue el de Stephen Miran, que se pronunció directamente a favor de un recorte de tipos. Este caso debe interpretarse por separado, ya que Miran –designado por Trump– ha apoyado al menos un recorte en todas las reuniones desde su incorporación en septiembre. 

En este contexto, la división interna resulta menos alarmante de lo que sugiere el resultado numérico, dado que la discrepancia no se centró tanto en la decisión sobre los tipos en sí, sino en el lenguaje del comunicado, aunque sí pone de relieve una Fed cada vez más divididaSí se produjo un cambio en la redacción: donde antes se señalaba que la inflación estaba “algo elevada”, ahora se afirma directamente que está “elevada”, eliminando el matiz y enviando un mensaje más contundente. Por lo demás, apenas hubo modificaciones: el desempleo volvió a describirse como “prácticamente sin cambios” y la actividad económica continúa expandiéndose a un ritmo “sólido”.

Retomando las discrepancias, este entorno complica el escenario para Kevin Warsh, el candidato de Trump a presidir la Fed, quien podría ser potencialmente más favorable a recortar los tipos, pero se encontraría con un comité menos dispuesto a respaldar una relajación inmediata de la política monetaria. En este sentido, el Comité Bancario del Senado votó a favor de elevar su nominación al pleno del Senado. Por su parte, Jerome Powell, actual presidente de la Reserva Federal, permanecerá en el cargo hasta el 15 de mayo y anunció su intención de seguir como miembro de la Junta de Gobernadores una vez que la investigación en su contra quede, según sus palabras, “verdaderamente cerrada con transparencia”.

Diaphanum: el margen de error es mínimo

Carlos de Campo, analista de Inversiones de Diaphanum, resalta que la reunión de la Fed evidenció una división interna creciente sobre cómo actuar en un entorno de mayor inflación de oferta como el actual. Aunque hubo consenso sobre mantener los tipos estables, tres miembros se mostraron contrarios a plantear recortes de tipos, lo que el mercado interpretó como un mensaje más hawkish. De hecho, la curva de tipos se aplanó y se evaporó la ya baja probabilidad que venía descontando el consenso sobre un posible movimiento a finales de 2026.  Tras varios años sin lograr anclar la inflación a su objetivo del 2%, el margen de error de la Fed es mínimo. 

No obstante, es previsible que el Comité actúe con prudencia ya que el actual choque energético, derivado del conflicto en Oriente Medio, debería ser transitorio y el elevado precio del crudo ya ejerce un efecto contractivo sobre la demanda. Por tanto, la estrategia actual es clara: ganar tiempo para evaluar si estas presiones se filtran a la inflación subyacente. Ante el inminente relevo en la presidencia de la Fed, la institución afronta el desafío crítico de salvaguardar su credibilidad y proteger el valor del dinero frente a las tentaciones políticas de corto plazo. La evidencia histórica y académica demuestra que existe una correlación negativa entre inflación e independencia a largo plazo, por lo que los próximos meses estarán marcados por un intenso debate sobre la autonomía del Comité frente a posibles interferencias del poder político.

DWS: no se reduce la incertidumbre del mercado

La reunión del FOMC de abril fue bastante histórica para Christian Scherrmann, Economista para EEUU de DWS. No solo fue la última reunión con Jerome Powell como presidente de la Fed, sino que también fue la primera vez desde octubre de 1992 en la que cuatro miembros con derecho a voto disentían. Stephen Miran votó en contra de mantener los tipos sin cambios, favoreciendo en su lugar un recorte de 25 pb. Beth Hammack, Neel Kashkari y Lorie Logan votaron por mantener los tipos en el rango del 3,5 %-3,75 %; sin embargo, se opusieron al lenguaje del comunicado. No respaldaron mantener un sesgo acomodaticio y, por lo tanto, preferían una postura más equilibrada sobre las perspectivas de la política monetaria.

Teniendo en cuenta los recientes comentarios del próximo presidente de la Fed, Kevin Warsh, quien dijo que prefiere “una buena pelea familiar” en lugar de un consenso previo del comité, este movimiento puede simbolizar una bienvenida tibia. Sugiere que alcanzar consensos es un arte que merece ser dominado, más que una señal de complacencia. Como mínimo, indica que existen diferentes opiniones, incluso matices, entre los participantes actuales del FOMC que pueden expresarse. 

En cuanto al doble mandato, el comunicado reconoció los riesgos al alza para la inflación y el bajo crecimiento del empleo. Aunque Warsh parece probable que coincida con la primera observación sobre la inflación, se mantuvo en silencio respecto a la importancia del máximo empleo. En conjunto, esto debería limitar su sesgo acomodaticio si se toma al pie de la letra.

Se hizo más historia durante la rueda de prensa. Al anunciar el fin de su presidencia, Powell dijo que permanecería en la Junta de Gobernadores. Aunque llevaba tiempo planeando retirarse, las garantías respecto a la suspensión de acciones legales contra él aparentemente no cumplieron sus estándares. Como gobernador regular, planea mantener un perfil bajo y espera que, según la tradición, Kevin Warsh sea elegido como el próximo presidente del FOMC. 

En cuanto a la inflación, Powell afirmó que los principales efectos de los precios del petróleo probablemente se verán en tres o cuatro meses, mientras que todavía esperan que los efectos de los aranceles se desvanezcan en uno o dos trimestres. Añadió que, dado que el principal riesgo al alza proviene de los precios de la energía, resulta razonable debatir un cambio hacia una postura más neutral. Este fue un claro sesgo acomodaticio, que aparentemente no fue compartido por todos los participantes. También insinuó que los miembros sin derecho a voto expresaron su deseo de eliminar el sesgo acomodaticio. Sin embargo, como presidente saliente, sus opiniones ahora tienen menos peso. Por lo tanto, un FOMC globalmente menos acomodaticio otorga a la reunión de abril un sesgo claramente neutral, si no ligeramente restrictivo.

Por ahora, sin embargo, todos los miembros con derecho a voto, excepto Miran, apoyan mantener los tipos sin cambios, y nadie ha expresado el deseo de subirlos. No obstante, esto no reduce la incertidumbre a la que se enfrentan los mercados. Pueden ocurrir muchas cosas en los dos meses previos a la próxima rueda de prensa, y es probable que para entonces la inflación sea más alta. Kevin Warsh ya apuntaba a medidas de inflación que excluyen movimientos volátiles. Esto debería situarlo en el campo neutral, de “esperar y ver”, cuando se trate de inflación impulsada por los precios de la energía. Dada su preferencia por una menor orientación futura y comunicación por parte de la Fed, confirmar dicha evaluación probablemente será más difícil.

UBS: riesgo de una pausa más prolongada

“Seguimos esperando que el ciclo de bajadas se retome a medida que tanto la inflación subyacente como la general se moderen más adelante en 2026, aunque con riesgo de una pausa más prolongada”, señala Andrew Dubinsky, Economist de UBS Global Wealth Management.

Fidelity: riesgo de no hacer nada

Max Stainton, estratega senior de macroeconomía global en Fidelity International, insiste en que la Fed mantuvo los tipos de interés sin cambios, tal y como se esperaba. En el comunicado mantuvo, sin sorpresas, la opinión de que los riesgos geopolíticos añaden una mayor capa de incertidumbre a ambos lados de su mandato. También elevó su valoración de la inflación, si bien matizó que ello se debía principalmente al aumento de los precios de la energía. Este movimiento, combinado con el hecho de que tres miembros del comité votaran en contra del comunicado por mantener una orientación futura con sesgo hacia la relajación, otorgó al tono del mensaje un cariz claramente hawkish y, en cierta medida, sin precedentes. 

En la última rueda de prensa de Powell como presidente de la Fed, quedó claro que adoptó un enfoque de orientación futura más basado en el Comité. Reiteró que la “mayoría” del comité no veía probable una subida de tipos y que el comité seguía estando, en gran medida, en modo de espera para evaluar cómo se desarrollan las perturbaciones en curso. 

De hecho, el principal elemento destacado de la rueda de prensa no provino del debate sobre las perspectivas de los tipos, que en general siguieron empañadas por la incertidumbre, sino de la revelación de Powell de que permanecerá como gobernador de la Fed una vez finalice su mandato como presidente, argumentando que las actuales acciones legales contra la Fed no tienen precedentes y, por tanto, requieren una acción igualmente sin precedentes por su parte. Aunque esto no fue una gran sorpresa, dadas las anteriores declaraciones de Powell en las que señalaba que podría seguir como gobernador para proteger la integridad institucional de la Reserva Federal, este movimiento añadirá una mayor incertidumbre a las perspectivas de los tipos de interés en el futuro. 

De cara al futuro, la trayectoria de los tipos durante el resto del año estará cada vez más condicionada por la duración del conflicto en Oriente Medio. "Nuestro escenario central sigue siendo más dovish que el implícito en los precios de mercado, ya que esperamos que el próximo presidente, Warsh, y el conjunto del comité quieran contrarrestar el impacto negativo sobre el crecimiento derivado del shock energético con al menos un recorte antes de final de año. No obstante, a medida que aumentan los riesgos de que el estrecho de Ormuz permanezca cerrado durante más tiempo, existen riesgos claros de que el shock de los precios de la energía se extienda y se convierta en un shock inflacionista de mayor alcance para el conjunto de la economía. Seguimos esperando un recorte este año, pero los riesgos están claramente sesgados hacia la opción de ‘no hacer nada’ durante el resto del ejercicio", explica.

Goldman Sachs: la Fed puede mantener una política monetaria restrictiva

Kay Haigh, co-director global de Soluciones de Renta Fija y Liquidez en Goldman Sachs Asset Management, señala que "la última orientación de la Fed indica que se encuentra en una posición estable en cuanto a la dirección de su política monetaria, aunque algunos miembros abogaron por un lenguaje más equilibrado que contemplara riesgos en ambas direcciones. Si bien los riesgos al alza para la inflación han aumentado, la Fed mantiene la vista puesta en la posible debilidad del crecimiento y del mercado laboral. Este equilibrio podría llevar a que los tipos se redujeran hasta niveles neutrales más adelante en el año; no obstante, el FOMC será sensible a una nueva escalada en Irán y a la subida de los precios de la energía, y podría mantener una política restrictiva en ese escenario."

25Apr

Cuando el país que sostiene el orden global deja de actuar como su garante, el resto del mundo no se queda esperando. Se protege, se reorganiza

Miguel Ángel Valero

Durante décadas, el mundo ha funcionado sobre una idea muy simple: EEUU no solo era la mayor potencia, sino también el eje de confianza sobre el que giraba todo lo demás. El dólar, los mercados, las alianzas militares, el comercio global… todo descansaba sobre una premisa básica: Washington era predecible. Ahora ese pilar se está resquebrajando.

La vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca no ha sido simplemente un cambio político. Ha sido un cambio de comportamiento. Y lo más preocupante no es lo que hace hacia fuera, sino lo que está provocando hacia dentro: un deterioro progresivo de la confianza en el propio sistema interno. 

Cuando el Tribunal Supremo tiene que frenar decisiones económicas clave del presidente, cuando la política comercial cambia en función del momento o del interés táctico, o cuando la estrategia internacional responde más a impulsos que a una hoja de ruta, la economía deja de ser una brújula para convertirse en un reflejo de la incertidumbre política. Y eso tiene consecuencias.

El ejemplo más reciente es especialmente revelador. Tras el fracaso de las negociaciones con Irán, Trump ha decidido imponer un bloqueo naval sobre el tráfico marítimo que entre o salga de puertos iraníes. Teherán ya ha advertido que, si sus puertos son amenazados, ningún punto del Golfo será seguro. Este conflicto comienza a extenderse más allá del petróleo, y empiezan a aparecer efectos en cadena: suben los costes del transporte marítimo, aumentan las primas de seguros, se tensionan las materias primas y varios países asiáticos estudian medidas de racionamiento energético. 

"Los mercados pueden adaptarse a casi todo… menos a la falta de reglas. La base del poder estadounidense ha sido siempre su red de alianzas. Un entramado global donde Washington ofrecía seguridad a cambio de influencia. Pero ese equilibrio se rompe en el momento en que sus aliados empiezan a dudar de si esa protección sigue existiendo. La pregunta que antes era impensable ahora se formula abiertamente: ¿realmente Estados Unidos va a defender a sus socios si llega el momento?", subraya el analista Pablo Gil en The Trader.

En Europa, esa duda ya no es teórica. Es evidente que el modelo anterior ha dejado de funcionar, de modo que ahora el debate ya no gira en torno a cómo coordinarse con EEUU, sino en cómo reducir la dependencia de él, porque la relación ha dejado de ser entre aliados para convertirse en una relación de conveniencia… cuando no de desconfianza. No se trata solo de declaraciones o de tensiones puntuales, sino de algo mucho más profundo.

EEUU ha empezado a cuestionar los pilares de su propia red: presiona a sus socios, amenaza con retirarse de compromisos históricos, interfiere en la política interna de países aliados y redefine las reglas en función de sus intereses a corto plazo. Todo ello erosiona la cohesión de un sistema que tardó décadas en construirse. Y mientras tanto, el mundo se adapta. El concepto de globalización eficiente está dando paso a un modelo mucho más fragmentado, donde cada país busca asegurarse sus propios recursos, su propia energía y seguridad. Es un sistema más caro, menos eficiente y con mayor riesgo de conflicto. Pero es el sistema que emerge cuando desaparece la confianza.

Europa tiene ahora una oportunidad… pero también un problema. Por un lado, la debilidad relativa del liderazgo estadounidense abre la puerta a reforzar su papel global. Atraer capital, avanzar en la integración financiera, fortalecer el euro como alternativa y construir una mayor autonomía estratégica. Por otro, exige tomar decisiones que durante años se han evitado: invertir en defensa, coordinar políticas fiscales, integrar mercados de capitales y, sobre todo, actuar con unidad.

Porque el verdadero riesgo no es Trump. El verdadero riesgo es que Europa siga paralizada esperando a que todo vuelva a ser como antes. Porque eso no va a pasar. La historia demuestra que los imperios rara vez caen solo por factores externos. Suelen deteriorarse desde dentro, y no desaparecen de golpe, sino que se debilitan poco a poco, erosionando sus propios fundamentos.

EEUU está cambiando. Y ese cambio tiene una consecuencia directa: el mundo deja de girar en torno a certezas y empieza a hacerlo en torno a intereses. Y Europa tiene ahora que decidir qué papel quiere jugar en ese nuevo escenario: seguir siendo un actor secundario dependiente… o empezar a comportarse como una potencia con voz propia. Porque en este nuevo orden, ya no basta con confiar. Hay que posicionarse.

Al final, todo esto va mucho más allá de Trump. Él es el catalizador, pero no el origen del problema. Lo que estamos viendo es cómo EEUU empieza a dejar de creer en el sistema que él mismo creó… y eso es lo realmente peligroso. Porque cuando el país que sostiene el orden global deja de actuar como su garante, el resto del mundo no se queda esperando. Se protege, se reorganiza… y empieza a prepararse para un entorno donde decisiones como un bloqueo naval en Ormuz pueden convertirse en una herramienta más de presión política. Y en ese mundo, la confianza (que es el verdadero pegamento de la economía y la geopolítica) deja paso a la incertidumbre estructural.

Tierras raras, el talón de Aquiles de EEUU

El dominio de China en el mercado de las tierras raras es uno de los grandes desequilibrios estratégicos del mundo actual. No solo porque estos materiales son imprescindibles para la transición energética, la defensa, la inteligencia artificial o los semiconductores, sino porque otorgan a China una palanca de poder enorme en cualquier negociación comercial. China no domina las tierras raras porque tenga muchas más que el resto del mundo. Las tiene, sí, pero la clave está en otra parte. Durante décadas ha construido un ecosistema industrial completo: minería, refinado, procesado, imanes, componentes intermedios y producto final. Todo integrado, todo coordinado, todo bajo una estrategia de Estado.

EEUU, en cambio, llega tarde. Tiene recursos, tiene tecnología y tiene capital, pero le falta justo lo más difícil de replicar: la cadena industrial completa. El ejemplo más claro es la mina de Mountain Pass, en California. Allí se extrae mineral, pero durante años el refinado y el procesado se han hecho… en China. El eslabón crítico sigue fuera.

El debate ya no es si EEUU puede competir, sino cómo hacerlo sin engañarse. Y aquí es donde entra una visión más realista, como la que plantea Heidi Crebo-Rediker desde el Council on Foreign Relations. La clave no está en copiar el modelo chino, sino en diseñar uno propio, apoyado en tres pilares: asegurar el procesado en suelo estadounidense o aliado, invertir en nuevas tecnologías de separación menos contaminantes y utilizar la política industrial sin complejos, incluyendo subsidios, contratos públicos y alianzas estratégicas con países afines.

Éste no es un problema de mercado, sino geopolítico. Si EEUU deja esto solo en manos del sector privado, no llegará a tiempo. China aceptó durante años costes medioambientales y márgenes bajos para dominar el mercado. Occidente no ha querido pagar ese precio… y ahora descubre la factura estratégica. El horizonte temporal es clave. Incluso en el mejor de los escenarios, EEUU necesitaría entre 8 y 12 años para construir una cadena de valor mínimamente comparable: nuevas plantas de procesado, permisos medioambientales, formación de personal especializado y escalado industrial. No es algo que se solucione con una ley o con un par de incentivos fiscales. Es una carrera de fondo.

Las tierras raras son un recordatorio incómodo de algo que solemos olvidar: la globalización no eliminó la geopolítica, solo la escondió. EEUU puede reducir su dependencia de China, pero no rápido ni gratis. El mundo que viene será menos eficiente, más caro y mucho más estratégico. Y en ese mundo, quien controle los cuellos de botella industriales no tendrá solo ventaja económica, tendrá poder.

Franklin Templeton: larga vida al dólar

Por otra parte, Sonal Desai, CIO de Renta Fija de Franklin Templeton, recuerda que la 'necrológica' del dólar estadounidense se ha escrito muchas veces, con una frecuencia cada vez mayor durante el último año, pero la mayoría de los análisis catastrofistas sobre la divisa se centran en un solo lado de la ecuación y pasan por alto el panorama completo. La tesis del 'petrodólar' se sustenta en que el comercio del petróleo está denominado en dólares (USD), y que el desplazamiento de las exportaciones de crudo de Oriente Medio hacia Asia y la localización del gasto en defensa del Golfo señalan el inicio del fin de la hegemonía del dólar. 

"Esta visión es notablemente simplista y, además, invierte parcialmente la relación de causalidad. Los países exportadores de petróleo tienen un fuerte interés propio en recibir pagos en USD por lo que los dólares representan: acceso a los mercados de capital más profundos y líquidos del mundo, respaldados por un marco institucional y legal que protege los derechos de propiedad y hace cumplir los contratos, y apoyados por una economía fuerte, dinámica e innovadora", argumenta.

Tres pilares sostienen este sistema: la escala y dinamismo de la economía estadounidense, la credibilidad institucional y una profundidad de mercado inigualable. Tampoco existe una alternativa creíble; el euro carece de un activo seguro unificado a gran escala; el renminbi opera bajo controles de capital; y las monedas digitales pueden liquidar transacciones, pero no ofrecen la función de reserva de valor que exige el estatus de moneda de reserva. Los datos refuerzan esta idea en ámbitos como las reservas, los pagos, el volumen de operaciones de divisas y la profundidad del mercado de bonos del Tesoro, métricas que no son propias de una moneda en declive. 

"La debilidad del dólar es cíclica, no estructural, aunque su verdadera vulnerabilidad reside en la política fiscal de EEUU. Para los inversores, mantengo una visión constructiva sobre el estatus del dólar como moneda de reserva en el horizonte previsible y recomendaría mantenerse ágiles en los márgenes y centrarse en los fundamentales. Creo que los inversores deberían fijarse en los movimientos de los tipos de cambio bilaterales, en lugar de apostar por el fin del régimen de dominancia del dólar", concluye este experto.

19Apr

La década y media de Viktor Orbán en el poder es, en cierta medida, el reflejo de una Europa que no termina de decidir hasta qué punto quiere avanzar como bloque o preservar la soberanía nacional.

Miguel Ángel Valero

Hungría ha votado cambio. Y no un cambio cualquiera, sino uno que pone fin a más de una década y media de poder prácticamente ininterrumpido de Viktor Orbán. La victoria de Péter Magyar no solo supone un relevo político interno, sino algo más relevante: altera el equilibrio dentro de la Unión Europea en un momento especialmente delicado.

Durante años, Orbán ha sido una figura incómoda en Bruselas. No por estar fuera del sistema, sino por saber jugar desde dentro. Ha sido capaz de mantener a Hungría en la Unión Europea, beneficiarse de sus fondos y participar en sus decisiones, mientras tensaba constantemente la cuerda. Bloqueaba ayudas a Ucrania, ralentizaba sanciones a Rusia y utilizaba su poder de veto como herramienta de negociación. Su “no” nunca era definitivo. Era una palanca.

Ese juego a varias bandas le dio una influencia muy superior al peso real de Hungría en la Unión. Su cercanía con Vladimir Putin y su afinidad con Donald Trump le permitían moverse en un equilibrio incómodo, pero eficaz.

La victoria de Magyar cambia ese escenario. Bruselas respira aliviada porque desaparece uno de los principales focos de bloqueo interno y se abre la puerta a avanzar con mayor fluidez en cuestiones clave.

Pero reducir lo ocurrido a una simple “normalización” sería quedarse corto. Lo que hemos visto es también el desgaste de un modelo político basado en tensar sin romper y en no alinearse del todo con ningún bloque. Un modelo que empieza a mostrar límites en un mundo más polarizado.

La guerra provocada por la invasión rusa de Ucrania, las tensiones geopolíticas y la creciente fragmentación global han reducido el espacio para ese tipo de equilibrios. Cada vez es más difícil estar en todos los sitios a la vez sin pagar un precio político. Y eso es, en el fondo, lo que ha votado Hungría: posicionamiento.

Ahora bien, eso no significa que el problema desaparezca. Orbán pierde el Gobierno, pero no desaparece. Su base electoral y su forma de entender el poder siguen presentes. Hungría continúa siendo un país dividido, y eso introduce un matiz clave: cambia el liderazgo, pero no necesariamente el fondo.

Europa gana estabilidad a corto plazo, sí. Pero las tensiones que representaba Orbán no eran solo personales. Eran estructurales. Durante años se le ha visto como una anomalía, pero quizá era más bien un síntoma: el reflejo de una Europa que no termina de decidir hasta qué punto quiere avanzar como bloque o preservar la soberanía nacional. La derrota de Orbán no cierra ese debate. En un mundo más fragmentado, esas tensiones no desaparecen… cambian de forma.

"Europa respira hoy más tranquila, pero haría mal en pensar que ha resuelto el problema. Orbán no era solo un líder incómodo. Era la manifestación de algo mucho más profundo. Y ahora la responsabilidad cambia de lado. Ya no hay excusas. Europa tiene que decidir qué quiere ser. Si quiere recuperar peso global, tendrá que avanzar en autonomía estratégica, reducir su dependencia en seguridad de Estados Unidos y construir nuevas alianzas. El cambio en Hungría no cierra una etapa. La abre. Y obliga a Europa a definir, de una vez por todas, su proyecto para los próximos años", subraya el analista Pablo Gil en The Trader.

Robeco: el BCE tiene un problema complejo de política monetaria

Por otra parte, un análisis de Robeco determina que el Banco Central Europeo (BCE) afronta el actual shock energético (provocado por los ataques de Israel y de EEUU a Irán y la extensión del conflicto a Oriente Medio) desde una posición de relativa fortaleza. La inflación está cerca del objetivo, los tipos oficiales se sitúan en torno al nivel neutral y el mercado laboral está más frío que durante el episodio de 2022. Esto se ha reflejado en una moderación gradual de las demandas salariales antes del repunte de los precios de la energía. 

Por ahora, las expectativas de inflación se mantienen relativamente bien ancladas. Las medidas basadas en mercado han reaccionado solo de forma moderada, mientras que las expectativas de precios de venta en la industria manufacturera —aunque al alza— siguen muy por debajo de los niveles de 2022. "Creemos que esto sugiere que, desde la óptica de la inflación, la zona euro está mejor preparada para absorber un shock energético que en el ciclo anterior", explican los expertos de Robeco.

Desde la perspectiva del crecimiento, el shock actual llega en una fase más delicada del ciclo. El impulso de la demanda de los consumidores tras la pandemia se ha desvanecido, y los primeros datos apuntaban a un dinamismo económico modesto antes de que comenzara la guerra en Oriente Medio. Unos precios de la energía más altos pueden recortar de forma significativa la renta disponible, especialmente en los hogares de renta baja y media. Por ahora, las expectativas de inflación se mantienen relativamente bien ancladas.

Un análisis de shocks previos de precios energéticos, publicado por economistas del BCE, sugiere que un incremento del 10% en éstos puede reducir el gasto en bienes esenciales de estos hogares en aproximadamente 0,4 puntos. La confianza empresarial probablemente tampoco es inmune a los shocks energéticos. La experiencia pasada sugiere un impacto negativo sobre la inversión fija empresarial de alrededor de 1,5 puntos, repartido a lo largo de un periodo de dos años.

El impulso al crecimiento derivado de un mayor gasto fiscal adicional para apoyar la defensa europea y la infraestructura alemana parece, por tanto, llegar en un buen momento. Debería, al menos, ayudar a evitar un escenario en el que el crecimiento caiga por debajo del 0,5%, mientras que la expectativa de crecimiento del consenso para 2026 era del 1,2% a comienzos de año.

Los precios de la energía siguen siendo la principal fuente de incertidumbre, con el Brent para diciembre actualmente rondando los 85 dólares por barril. Un periodo prolongado en estos niveles corre el riesgo de trasladarse a las expectativas de inflación y al comportamiento de fijación de precios de las empresas, especialmente en un contexto en el que el BCE continúa vigilando la dinámica salarial y las presiones del lado de la oferta.

"Aunque el impulso inflacionista es menos agudo que en 2022, la combinación de precios de la energía elevados y un crecimiento más débil crea un dilema de política monetaria más complejo", avisa el análisis de Robeco.

17Apr

Jonathan Brill, coautor de 'La IA y la organización pulpo' (Editorial Almuzara), defiende en Abante Asesores que para convertir la IA en una verdadera ventaja competitiva hay que mirar más allá de la tecnología y aplicar un enfoque del trabajo y de la gestión que permita a los equipos pensar y, al mismo tiempo, actuar de forma veloz.

Miguel Ángel Valero

La inteligencia artificial (IA) ya no es una promesa. Es una realidad que se está extendiendo con rapidez en el tejido empresarial. En España, el porcentaje de empresas que la utilizan se ha duplicado en apenas tres años, pasando del 13% al 21%, especialmente en sectores como el tecnológico y los servicios.

"Si uno se queda en la superficie, la lectura parece tranquilizadora. Los sectores más expuestos a la IA no han destruido empleo; de hecho, han sido los que más han crecido desde 2019. Durante ese periodo, a mayor exposición, mayor creación de empleo. Pero esa relación se ha ido debilitando con la irrupción de la IA generativa hasta prácticamente desaparecer. La IA ya no impulsa el empleo como antes… pero tampoco lo destruye de forma evidente. Y ahí está el error de interpretación", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.

El verdadero cambio no está en el volumen total, sino en su distribución. Cuando se analizan los datos por edades, el patrón es claro: los jóvenes, especialmente los menores de 25 años empiezan a quedarse fuera de las ocupaciones más expuestas a la IA. No porque pierdan empleo, sino porque cada vez acceden menos a él. Las empresas no despiden perfiles juniores. Dejan de contratarlos.

Los trabajadores con experiencia se benefician: son más productivos y aportan más valor en un entorno donde la tecnología amplifica sus capacidades. Pero los jóvenes dependen de ese primer empleo para empezar. Si esas posiciones desaparecen o se reducen, el impacto no es inmediato en los datos, pero sí profundo a nivel estructural. Sin entrada, no hay aprendizaje. Y sin aprendizaje, no hay progresión.

Lo que empieza a confirmarse es que el impacto de la IA no es lineal. Surge del equilibrio entre automatización, reasignación de tareas y crecimiento de las empresas que adoptan la tecnología. El resultado puede parecer neutro, pero esconde cambios importantes. Y uno de los más relevantes es la pérdida de oportunidades en los primeros escalones del mercado laboral.

La inteligencia artificial no está destruyendo empleo de forma masiva, pero está alterando las reglas del juego de forma silenciosa y profunda. El problema ya no es cuántos empleos se crean o se destruyen, sino quién tiene acceso a ellos. Y si no se corrige, el riesgo no es solo económico. Es generacional. Porque un mercado laboral que deja fuera a los más jóvenes no solo reduce su presente… compromete su futuro.

Mythos: la IA que mete miedo

Durante años, los riesgos del sistema financiero eran los de siempre: crédito, liquidez, tipos de interés o crisis de confianza. Pero está emergiendo una amenaza distinta, que no encaja en ninguno de esos bloques tradicionales… y que además está escalando con rapidez.

Los grandes bancos de Wall Street (como JPMorgan, Goldman Sachs, Citigroup o Bank of America) han empezado a probar un modelo de IA desarrollado por Anthropic: Mythos. Lo relevante no es que mejore procesos o automatice tareas. Es que puede detectar vulnerabilidades… y también tiene la capacidad potencial de explotarlas. Entramos en una fase en la que la misma herramienta sirve tanto para defenderse como para atacar. Y eso cambia las reglas del juego.

La Administración de Donald Trump ya ha elevado el nivel de alerta. El Tesoro ha reunido a los grandes bancos para analizar su impacto, en un contexto en el que la carrera tecnológica ha dejado de ser solo una cuestión de eficiencia para convertirse en un problema de seguridad sistémica. Porque el riesgo no es solo lo que hagan los bancos con estas herramientas… sino quién más pueda utilizarlas. Aquí es donde se entiende la magnitud del cambio. Hasta ahora, los ciberataques requerían equipos humanos, tiempo y tenían limitaciones. Con modelos como Mythos, esa barrera desaparece. Se multiplica la velocidad, la escala y la capacidad de encontrar fallos, incluso vulnerabilidades desconocidas (los llamados “zero-days”) que pueden explotarse automáticamente.

El nivel de sofisticación del riesgo está dando un salto. Y no llega en un momento cualquiera. Coincide con un sistema financiero que ya arrastra otras tensiones menos visibles, como el crecimiento del crédito privado o la acumulación de deuda en sectores tecnológicos. No sustituye riesgos, los suma.

Esto explica también el cambio de enfoque de los reguladores. Ya se obligaba a los bancos a cubrir riesgos operativos, incluidos los ciberataques, pero este tipo de amenaza es distinta: es difusa, incierta y ahora, además, automatizada. La seguridad deja de ser estática. Pasa a ser una carrera permanente.

"Estamos ante un cambio de naturaleza similar al que vemos en otros frentes de la economía global. Igual que el control de rutas estratégicas ha puesto en duda principios que dábamos por garantizados, en el ámbito financiero empieza a cuestionarse otro pilar básico: la capacidad de proteger los sistemas", insiste Pablo Gil.

"La IA no solo transforma la productividad o el empleo. Está redefiniendo el concepto de riesgo… y lo hace a una velocidad muy superior a la capacidad de adaptación de las instituciones. Por eso, el problema no es si habrá un ataque. Es que el equilibrio entre defensa y vulnerabilidad ha cambiado de forma estructural. Y cuando eso ocurre, ya no hablamos de un riesgo puntual… sino de un nuevo entorno permanente".

La organización pulpo

En este contexto, Editorial Almuzara, en colaboración de Fundación Abante y Executive Excellence, organizaron un debate entre Santiago Satrústegui, presidente y CEO de Abante Asesores y de EFPA España, y Jonathan Brill, experto en transformación digital y coautor (junto a Stephen Wunker) de La IA y la organización pulpo. En la presentación de la obra editada por Almuzara, dos claros mensajes: el verdadero reto es cómo gestionar el cambio; la IA no está para sustituir al humano sino para mejorar las organizaciones, facilitar la toma de decisiones y, sobre todo, su aplicación efectiva. 

Para Jonathan Brill, "la diferencia entre las empresas que tendrán éxito en el ámbito de la IA y las que no, realmente no tiene nada que ver con la tecnología, sino con cómo trabajamos juntos como equipos, cómo colaboramos como personas, para ser más creativos, más innovadores, para apoyarnos mutuamente y para trabajar con la inteligencia artificial con el fin de que nos ayude a coordinarnos, a crear, a inventar y a conquistar el futuro".

El tradicional modelo de las organizaciones se basa en la idea de una mente central que decide todo. Pero así no es cómo funcionan realmente. Un pulpo tiene una mente descentralizada, tiene un cerebro principal, pero la mayoría de su inteligencia está distribuida en los tentáculos. Cada tentáculo puede actuar de forma independiente. Ésta es la clave: la inteligencia, la creatividad y la toma de decisiones están distribuidas. Diferentes partes exploran cosas distintas, comparten información y toman decisiones de abajo hacia arriba. La innovación ocurre en la base, no en la cima, eso requiere coordinación entre equipos. "Las empresas que triunfen no serán las que mejor usen la tecnología, sino las que mejor gestionen a las personas", insiste este experto.

Para capturar la enorme oportunidad de la IA, el equipo de una organización debe pensar y actuar como un pulpo, ser veloz, flexible e inteligente. Para ello, hay que organizarlo para lograr el máximo impacto de la IA, pero también gestionar la dimensión emocional del cambio impulsado por la IA, que pone patas arriba conceptos tan tradicionales como crecimiento, coordinación y cultura.

Porque la IA redefine lo que las empresas son capaces de hacer, cómo crean valor y cómo compiten. No es una herramienta, sino un multiplicador de capacidades que impregna cada función de la organización. Las empresas que logren integrar la IA de manera efectiva no solo automatizarán tareas; reinventarán sus modelos de negocio, su manera de innovar y la forma en que sus personas toman decisiones. 

La IA es una fuente de conocimientos para acelerar el camino hacia la creación de valor. Las herramientas ya existen, lo que falta es imaginación organizativa: rediseñar roles, incentivos y salvaguardas para que personas y máquinas puedan pensar juntas a gran escala mientras se preservan la autonomía y la creatividad. Cuando se logre, la IA se convertirá en un catalizador que permitirá a las personas (y a las organizaciones) lograr juntos lo que nadie ni siquiera podría intentar por su cuenta. 

Si las organizaciones quieren sobrevivir, deben volverse fluidas como un pulpo, utilizando la IA para distribuir y acelerar la toma de decisiones rutinarias; descompartimentar las funciones y gestión; desarrollar y agudizar los sentidos respecto a los del entorno competitivo y el de las propias empresas. 

Esto se concreta en:

  1. 1.-Comenzar con los "puntos de dolor", no con la tecnología: Muchas empresas lanzan decenas de pilotos de IA que nunca se traducen en resultados de negocio. A menudo, el problema es que el piloto no se diseñó para resolver un desafío estratégico, sino para probar un problema técnico concreto. Una empresa obtendrá mucho más valor de sus primeros experimentos con IA si se los plantea como oportunidades para resolver un problema real del negocio.
  2. 2.-Hacer menos y esperar más. Las empresas líderes en IA se concentran en menos iniciativas, pero anticipan aproximadamente el doble de retorno sobre la inversión que las que las siguen. Incluir métricas cuantificables en los primeros pilotos puede ayudar a centrarse en aquellos que parezcan más prometedores y generen apoyo ejecutivo.
  3. 3.-Fortalecer los fundamento de datos. Los datos que alimentan las aplicaciones de IA deben estar integrados, limpios, y ser accesibles. Si los datos de la empresa están fragmentados en distintos sistemas de mala calidad o difíciles de acceder, escalar la IA en el ámbito empresarial estará siempre fuera del  alcance.
  4. 4.-Implementar «Machine Learning Ops» para la gestión del ciclo de vida: Las soluciones de IA puntuales pueden elaborarse artesanalmente; pero docenas, no. Aquí es donde entra en juego MLOps, un conjunto de prácticas y herramientas para gestionar el ciclo de vida del machine learning.
  5. 5.-Mantener la seguridad y la fiabilidad. A gran escala, la IA pasa a formar parte de procesos críticos para el negocio, por lo que la infraestructura de ciberseguridad de la empresa debe ser sólida y segura. También hay que incorpora los sistemas de IA a los modelos de amenaza cibernética, ya que la IA introduce nuevos riesgos como el envenenamiento de datos (si alguien introduce de forma maliciosa datos erróneos para reentrenar un modelo) o los inputs de adversario (entradas especialmente diseñadas para engañar a un modelo). Y garantizar controles de acceso adecuados sobre los datos y los modelos: quién puede desplegar cambios, quién puede ver los datos sensibles de entrenamiento, etc.
13Apr

Las grandes transformaciones no las ganan los que reaccionan mejor, sino los que planifican más lejos. El verdadero riesgo no es que China crezca más rápido. Es que piense mejor a largo plazo. Porque cuando un país alinea estrategia, industria y tecnología durante décadas, no compite por el presente… construye el futuro.

Miguel Ángel Valero 

En su cuarto viaje a China como presidente del Gobierno, Pedro Sánchez pide, en la Universidad de Tsinghua, "un templo del saber", la mejor cantera para las élites políticas y económicas del país (allí estudió ingeniería química el presidente chino, Xi Jinping), que el gigante asiático “se abra para que Europa no tenga que cerrarse”. Y reclama medidas para corregir un déficit comercial “insostenible por los movimientos aislacionistas que alimenta y por los agravios y el dolor social que provoca”.

También ha mantenido un encuentro con el fundador de Xiaomi, Lei Jun, para explorar oportunidades de colaboración, sobre todo en el coche eléctrico.

"Hay momentos en los que el ruido lo ocupa todo. La guerra en Oriente Medio, la tensión energética, los movimientos de Estados Unidos… y, sin embargo, mientras el foco está en lo urgente, lo verdaderamente importante se mueve en silencio. Y ahí es donde aparece China. Porque mientras Occidente reacciona, China planifica", resalta el analista Pablo Gil en The Trader.

China ha aprobado su XV Plan Quinquenal. Y esto no es un simple documento económico. Es una hoja de ruta estratégica a cinco años donde se decide qué sectores dominar, qué vulnerabilidades eliminar y qué posición ocupar en el mundo dentro de una década. No están pensando en el próximo trimestre. Ni siquiera en el próximo ciclo económico. Están pensando en la próxima fase del poder global.

Ése es el primer gran contraste si lo comparamos con EEUU y Europa, que parecen vivir atrapados en el corto plazo. Sus decisiones están condicionadas por elecciones, crisis, ciclos de mercado o presiones sociales. Cada movimiento responde a lo inmediato. Cada política intenta apagar el incendio del momento. Y eso genera algo muy peligroso: inconsistencia estratégica.

China juega otro juego. No busca maximizar el crecimiento hoy, sino reducir riesgos mañana. No prioriza la rentabilidad inmediata, sino el control estructural. Por eso su plan no gira en torno a crecer más rápido, sino a ser menos vulnerable: autosuficiencia tecnológica, dominio de la inteligencia artificial, control de materiales críticos, seguridad energética y liderazgo industrial. 

Y aquí entra otro punto clave que en Europa no estamos terminando de entender: la energía ya no es solo energía. Puedes producir electricidad dentro de tus fronteras, pero si dependes de otros para las baterías, los paneles solares, los electrolizadores o las redes, en realidad no eres autónomo. Solo has cambiado una dependencia por otra.

China lo ha entendido perfectamente. No solo quiere participar en la transición energética. Quiere dominarla. Quiere fabricar las baterías, procesar los materiales, producir los paneles, controlar la cadena de suministro y marcar los estándares. Es decir, quiere situarse en el centro del nuevo sistema industrial global.

Europa, en cambio, ha hecho lo contrario. Ha apostado por la descarbonización sin asegurarse el control de las tecnologías clave. Ha sustituido dependencia energética por dependencia tecnológica. Y lo más preocupante: lo ha hecho en nombre de una supuesta autonomía estratégica que, en la práctica, cada vez es menor. 

Pero la diferencia no se queda ahí. China no separa economía, tecnología y defensa. Lo integra todo en una misma visión de poder. Industria, innovación y capacidad militar avanzan juntas. Mientras tanto, en Occidente seguimos tratando estos ámbitos como compartimentos estancos.

Ese enfoque integrado le permite algo fundamental: ganar tiempo. En el escenario geopolítico actual, China evita exponerse, mantiene un perfil bajo en conflictos como Ucrania o Irán, pero al mismo tiempo refuerza su posición interna y amplía su influencia. No necesita confrontar directamente. Le basta con esperar, consolidar y aprovechar los errores de otros.

Y aquí está la clave de todo. China no necesita ser más fuerte que Occidente hoy. Solo necesita que Occidente siga siendo incoherente. Porque mientras Europa discute, Estados Unidos cambia de rumbo según el ciclo político y los mercados reaccionan al titular del día, Pekín sigue avanzando paso a paso, sin ruido, pero sin pausa.

Y la historia nos enseña algo muy claro: las grandes transformaciones no las ganan los que reaccionan mejor, sino los que planifican más lejos. Por tanto, el verdadero riesgo no es que China crezca más rápido. Es que piense mejor a largo plazo. Porque cuando un país alinea estrategia, industria y tecnología durante décadas, no compite por el presente… construye el futuro. Y cuando ese futuro llega, ya es demasiado tarde para reaccionar.

12Apr

La OTAN ya no inspira confianza mientras Europa llega tarde al rearme provocado por el nuevo escenario geopolítico, en el que Ucrania puede dejar de estar en la agenda. Mientras, hay oportunidades de inversión en el sector de la defensa.

Miguel Ángel Valero

Durante décadas, el mundo vivió con una idea clara: las armas nucleares eran el último recurso. Un equilibrio basado en el miedo que funcionaba porque todos compartían una premisa común: cuanto menos se extendieran, mayor sería la estabilidad. "Ahora ese consenso empieza a romperse. No de forma abrupta, sino a través de un cambio más profundo: la percepción de seguridad. Y cuando cambia la percepción, cambian las decisiones. Durante años, la prioridad fue evitar la proliferación mediante tratados y acuerdos. Pero la experiencia reciente está enviando un mensaje distinto", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.

Ucrania renunció al tercer mayor arsenal nuclear del mundo a cambio de garantías de seguridad y acabó siendo invadida por Rusia. Libia abandonó su programa nuclear y el régimen de Muammar al‑Gaddafi terminó derrocado. El Irak de Sadam Hussein, acusado de desarrollar armas de destrucción masiva, también fue invadido. Son ejemplos que pesan más que cualquier tratado.

En paralelo, ocurre lo contrario con quienes sí tienen armas nucleares. Corea del Norte, pese a su debilidad, no enfrenta una intervención directa. Pakistán mantiene un equilibrio disuasorio con India. China y Rusia elevan cualquier conflicto potencial a un nivel de riesgo que bloquea la acción directa.

El mensaje que muchos gobiernos están interiorizando es claro: no tener armas nucleares puede dejarte expuesto, mientras que tenerlas cambia el cálculo del adversario. Ese cambio de mentalidad es el verdadero punto de inflexión. El problema es que estas decisiones no se toman en aislamiento. Si un país se plantea desarrollar armas nucleares, sus vecinos hacen lo mismo. Lo que empieza como una medida defensiva acaba generando un efecto en cadena que erosiona la seguridad colectiva.

Este fenómeno es visible en Oriente Medio y Asia, pero ya no se limita a esas regiones. Europa, tradicionalmente protegida por el paraguas nuclear estadounidense, empieza a cuestionarse si ese modelo sigue siendo suficiente.

Aquí surge una paradoja clave. Hoy hay menos armas nucleares que en la Guerra Fría, pero el riesgo percibido es mayor. La razón es sencilla: hay más actores potenciales y menos coordinación. Ya no son dos bloques, sino múltiples países tomando decisiones de forma independiente. A esta nueva realidad hay que añadir que el sistema de control se debilita, los tratados pierden peso y el margen de error se reduce. En este entorno, la estabilidad depende tanto del equilibrio de fuerzas como de la capacidad de interpretar correctamente las intenciones del resto.

Y ahí es donde el riesgo se multiplica. Porque el cambio no es técnico, sino psicológico. Antes la pregunta era cómo evitar la proliferación. Ahora es si un país puede permitirse no tener armas nucleares. Ese giro altera por completo la dinámica global.

El mundo no avanza hacia una nueva Guerra Fría, sino hacia un escenario más fragmentado, con más actores, menos reglas y mayor incertidumbre. En ese contexto, la bomba deja de ser una excepción y pasa a convertirse en una tentación. Cuando demasiados países llegan a la misma conclusión al mismo tiempo, el problema deja de ser individual y pasa a ser sistémico. Y entonces el riesgo ya no crece de forma gradual, sino exponencial. En un entorno donde el margen de error es mínimo, ése es el verdadero peligro.

La OTAN ya no inspira seguridad

Durante décadas, la OTAN ha sido uno de los pilares del orden internacional. Su fuerza no estaba solo en su capacidad militar, sino en una idea muy simple: si atacas a uno, responden todos. Esa promesa ha sido el verdadero elemento disuasorio desde la Segunda Guerra Mundial. Hoy, esa promesa está en duda. La guerra en Irán ha acelerado una crisis que llevaba tiempo gestándose. Ya no hablamos de discrepancias puntuales entre aliados, sino de una ruptura de confianza mucho más profunda. EEUU, bajo el liderazgo de Donald Trump, ha dejado claro que su compromiso con la Alianza ya no es el mismo. No solo cuestiona su utilidad, sino que ha llegado a plantear abiertamente si merece la pena seguir dentro, sugiriendo incluso que podría abandonar la OTAN si no hay cambios en la implicación del resto de socios.

Y esta vez Europa tampoco responde como antes. España, Francia e Italia han limitado el uso de sus bases para operaciones en Irán. Reino Unido ha restringido el intercambio de inteligencia. Polonia se niega a mover sus sistemas Patriot. Incluso los aliados más cercanos empiezan a marcar distancias.

La OTAN ha superado otras crisis en el pasado, pero siempre bajo una premisa: no había alternativa real. Ahora el problema es distinto. Antes las tensiones eran entre socios; hoy la fractura es entre el socio que más aporta, EEUU, y todos los demás. Europa empieza a asumir que no puede depender indefinidamente de Washington para su seguridad. Y EEUU, por su parte, ya no ve a Europa como una prioridad estratégica frente a China o el Indo-Pacífico.

El resultado es una OTAN que sigue existiendo, pero cuya esencia (la confianza) se está erosionando. Y cuando eso ocurre en una alianza militar, todo lo demás pierde valor. Además, la división también es interna. Países como Hungría se alinean con Rusia, mientras otros refuerzan su defensa ante el miedo a quedarse solos. La cohesión se rompe en ambas direcciones. Y en este contexto surge una pregunta incómoda: ¿qué pasaría si un país miembro es atacado mañana?

Porque la credibilidad de la respuesta ya no está garantizada. Y cuando la disuasión desaparece, el riesgo de conflicto aumenta. Europa empieza a reaccionar con más gasto en defensa y tímidos pasos hacia una mayor autonomía, pero construir una alternativa real llevará años. Por eso, el escenario más probable no es una ruptura inmediata, sino una OTAN más débil, menos cohesionada y mucho más impredecible. Y en un mundo cada vez más inestable, eso es lo más peligroso. La Alianza no desaparecerá de un día para otro, pero puede dejar de ser lo que era. Y cuando una estructura que ha sostenido el equilibrio global pierde credibilidad, las consecuencias suelen ser abruptas.

Lo importante no es si la OTAN desaparece, sino que estamos entrando en una fase en la que las reglas dejan de estar claras. Europa ha vivido durante décadas bajo un paraguas de seguridad que daba por hecho. Hoy ese paraguas empieza a cerrarse. Y cuando eso ocurre, no basta con preocuparse… hay que reaccionar. Porque en geopolítica, como en los mercados, los cambios estructurales no avisan dos veces.

Europa llega tarde

Durante años, Europa vivió instalada en una comodidad estratégica que hoy ha desaparecido. Delegó su seguridad en EEUU, redujo su gasto militar y priorizó el bienestar interno frente a cualquier otra consideración. Ese equilibrio funcionó mientras el mundo era relativamente estable. El problema es que ese mundo ya no existe.

Los datos empiezan a reflejar un cambio de rumbo claro. En 2025, los países europeos de la OTAN junto con Canadá aumentaron su gasto en defensa cerca de un 20% por segundo año consecutivo. Unos 574.000 millones$ adicionales respecto al año anterior. No es un ajuste marginal, es un giro estructural.Y, sin embargo, este movimiento no nace tanto de una convicción propia como de una presión externa. 

Donald Trump ha sido insistente, casi obsesivo, con una idea: Europa debe pagar más por su propia seguridad. Lo que durante años fue una recomendación diplomática se ha convertido ahora en una exigencia directa, con objetivos mucho más ambiciosos. Ya no se trata solo del famoso 2% del PIB, sino de alcanzar el 5%, combinando gasto militar y seguridad ampliada. Algunos países han reaccionado con rapidez. Polonia, los países bálticos o las economías nórdicas ya están por delante incluso de EEUU en términos de esfuerzo relativo sobre el PIB. Son los que más perciben la amenaza directa de Rusia y, por tanto, los que menos margen tienen para el debate.

Pero el cambio no es solo cuantitativo. Es profundamente cualitativo. Europa empieza a despertar de una realidad incómoda: su industria de defensa llevaba décadas prácticamente dormida. El rearme no es simplemente gastar más, es reconstruir capacidades industriales, tecnológicas y logísticas que se habían ido perdiendo desde el final de la Guerra Fría. Y eso lleva tiempo.

Aquí es donde aparece la verdadera fractura. Porque mientras Europa avanza hacia un mayor gasto en defensa con una lógica defensiva (protegerse de Rusia, estabilizar su entorno, evitar conflictos), los EEUU de Trump operan con una lógica completamente distinta. Más transaccional, más unilateral, más orientada al interés inmediato. El caso de Irán lo deja claro. Mientras Washington actúa militarmente y eleva la presión, Europa muestra incomodidad, duda y, sobre todo, reticencia a verse arrastrada a un conflicto que no considera prioritario. Incluso ha rechazado implicarse en operaciones clave como la reapertura del tráfico en el estrecho de Ormuz en pleno conflicto, algo impensable hace solo unos años.

Esto evidencia una divergencia de fondo. Para EEUU, el mundo se interpreta cada vez más en clave de poder y negociación directa. Para Europa, sigue siendo —al menos en parte— un espacio donde la diplomacia, la estabilidad y la gestión del riesgo tienen un peso mayor. El problema es que ambas visiones conviven dentro de la misma alianza. Y eso genera tensiones evidentes. Hasta el punto de que el propio Trump ha llegado a afirmar que EEUU no necesita a la OTAN, un mensaje que habría sido impensable hace apenas una década. Mientras tanto, desde dentro de la Alianza, también crecen las incomodidades con la estrategia de acercamiento y concesiones hacia Washington. Europa se rearma, sí. Pero lo hace en un contexto en el que la relación con su principal aliado está cambiando. Ya no es una relación basada en la confianza implícita, sino en un equilibrio mucho más frágil, donde cada parte empieza a mirar por sus propios intereses.

Y aquí está la clave de todo. Europa ha entendido que necesita invertir más en defensa. Pero lo que todavía no tiene claro es si ese esfuerzo servirá para reforzar la alianza atlántica… o para prepararse ante un escenario en el que esa alianza deje de ser tan sólida como siempre se había dado por hecho .Porque el verdadero cambio no es cuánto gasta Europa. Es que, por primera vez en décadas, empieza a plantearse que quizá no puede depender de nadie más para garantizar su seguridad.

Europa no solo llega tarde al rearme. Llega tarde a entender cómo funciona el mundo en el que estamos entrando. Mientras EEUU se mueve rápido, toma decisiones incómodas y redefine sus prioridades sin mirar atrás, Europa sigue intentando adaptarse sin romper del todo con su pasado. El riesgo no es gastar poco. El riesgo es no tener una estrategia clara. Porque aumentar el presupuesto en defensa sin una visión común, sin autonomía real y sin liderazgo político, puede quedarse en un simple parche. Y en un entorno como el actual, los parches duran muy poco. La pregunta no es si Europa va a gastar más, que ya sabemos que sí. La verdadera pregunta es si va a ser capaz de convertirse en un actor estratégico… o si seguirá siendo un espectador bien armado en un mundo cada vez más duro.

La lección de Ucrania

Durante más de cuatro años, Ucrania ha conseguido sostener su esfuerzo de guerra gracias a un pilar fundamental: el apoyo financiero y militar de sus aliados occidentales. Sin ese respaldo, el conflicto habría tenido un desenlace muy distinto. El problema es que ese pilar empieza a mostrar grietas, y lo hace en el peor momento posible. Hoy, la realidad es incómoda: Ucrania podría quedarse sin fondos para sostener su defensa en apenas dos meses. Las estimaciones apuntan a que el dinero disponible apenas alcanza hasta junio. A partir de ahí, todo depende de que lleguen nuevas ayudas. Y lo preocupante no es solo la falta de liquidez inmediata, sino la acumulación de obstáculos que están bloqueando esa financiación.

Europa, que ha asumido gran parte del esfuerzo tras el repliegue de EEUU, está lejos de mostrar una posición cohesionada. El veto de Hungría a un paquete de ayuda de 90.000 millones€ ha dejado en suspenso una parte clave del apoyo financiero. Y lo más relevante no es solo el veto en sí, sino lo que representa: una creciente fragmentación política dentro de la Unión Europea en un momento crítico.

A esto se suma el desgaste en otras vías de financiación. El programa del Fondo Monetario Internacional avanza con dificultades por tensiones internas en Ucrania, donde las reformas exigidas no terminan de aprobarse. Y en el ámbito militar, el apoyo de la OTAN también muestra señales de fatiga, con cada vez menos países dispuestos a asumir el coste de suministrar armamento de forma recurrente.

Pero si hay un factor que agrava aún más la situación, es el contexto global. La guerra en Oriente Próximo ha cambiado completamente las prioridades. EEUU, que durante años fue el principal sostén de Ucrania, ha desviado su atención, sus recursos y su capacidad militar hacia una región mucho más crítica desde el punto de vista energético y estratégico.

 La consecuencia es clara: Ucrania ha dejado de ser el centro del tablero. Este cambio de foco tiene un doble impacto. Por un lado, reduce el flujo de ayuda directa. Por otro, beneficia indirectamente a Rusia. El repunte de los precios del petróleo, impulsado por el conflicto en Irán, está engrosando los ingresos del Kremlin, dándole más margen para sostener el esfuerzo bélico. Mientras Ucrania se queda sin recursos, Rusia encuentra nuevas fuentes de financiación.

El desequilibrio es evidente. Y ante esa situación, Ucrania se enfrenta a decisiones extremadamente complejas. Si no llega financiación externa, el banco central podría verse obligado a monetizar el déficit, es decir, imprimir dinero para pagar salarios, pensiones y gastos militares. Una medida que, aunque necesaria en el corto plazo, puede generar tensiones inflacionistas y desestabilizar aún más la economía. En paralelo, el país necesita cifras cada vez más elevadas para sostener la guerra. Solo en 2026, las necesidades de financiación externa ascienden a unos 52.000 millones$. Y de ellos, una parte importante depende de decisiones políticas que hoy están bloqueadas o condicionadas por intereses ajenos al propio conflicto.

Aquí es donde se entiende que esta guerra ya no se libra solo en el frente militar. Se libra también en los despachos, en las negociaciones políticas, en los presupuestos nacionales y, sobre todo, en las prioridades geopolíticas de las grandes potencias. Ucrania no solo lucha contra Rusia. Lucha contra el paso del tiempo, contra la fatiga de sus aliados y contra un mundo que empieza a mirar hacia otro lado.Y este es, probablemente, el mayor riesgo de todos. Porque en un entorno donde las crisis se solapan, la atención es un recurso limitado. Y cuando aparece un conflicto más urgente, más visible o más relevante desde el punto de vista económico, el anterior deja de ser prioritario. No desaparece, pero pierde peso.

Ucrania no solo necesita ganar la guerra… necesita seguir siendo importante. Porque en el nuevo orden que se está configurando, no siempre gana el que tiene la razón, ni siquiera el que tiene más capacidad de resistencia. Muchas veces gana el que consigue mantenerse en el centro de la agenda global. Y hoy Ucrania corre el riesgo de dejar de estarlo.

Nordea: oportunidades de inversión en la defensa de Europa

En este contexto, Rene M. Petersen, gestor jefe de la cartera de la estrategia Empower Europe de Nordea AM, resalta que el escenario de seguridad en Europa está cambiando de forma significativa. Lo que antes eran amenazas esporádicas —ya fueran territoriales o digitales— se han transformado en retos estructurales que afectan a la toma de decisiones políticas, la asignación de capital y la estrategia a largo plazo. En un contexto de inestabilidad en Oriente Medio y de renovadas tensiones geopolíticas, la seguridad ya no es una medida puntual ni reactiva; hoy es una realidad permanente del panorama político y económico europeo.

Como respuesta, los gobiernos y las instituciones europeas han comenzado a movilizar inversiones a una escala sin precedentes. Esto incluye los sistemas militares, el sector aeroespacial, las infraestructuras críticas, la protección de datos y las comunicaciones seguras. Las políticas públicas se han convertido en un potente catalizador que acelera la inversión a una escala que no se veía en décadas. El Plan ReArm Europe/Readiness 2030 de la UE está diseñado para movilizar hasta 800.000 millones€ en inversión en defensa, incluyendo alrededor de 650.000 millones de margen fiscal adicional y hasta 150.000 millones de euros a través del instrumento de préstamo SAFE, junto con el apoyo de las instituciones financieras europeas y el capital privado.

Paralelamente, una mayor cooperación entre los Estados miembros de la UE está impulsando el desarrollo de proveedores locales, la ampliación de tecnologías críticas y la creación de ecosistemas europeos más sólidos. El objetivo es claro: reforzar el control de Europa sobre las capacidades críticas en materia de defensa y ciberseguridad, reduciendo la dependencia de socios externos. No se trata de un cambio cíclico, sino de una demanda duradera y recurrente que seguirá marcando el rumbo de la industria europea en los próximos años.

Las prioridades políticas de Europa se traducen cada vez más en proyectos económicos concretos en los ámbitos de la defensa, la ciberseguridad, la capacidad industrial y las infraestructuras. A medida que los gobiernos y las instituciones aumentan la inversión para reforzar la seguridad y la capacidad estratégica, el capital fluye no solo hacia los grandes grupos de defensa, sino también hacia el ecosistema más amplio de empresas que proporcionan tecnologías habilitadoras, componentes especializados, sistemas seguros y servicios esenciales. Todo ello está ampliando el abanico de oportunidades en el mercado europeo.

Esto incluye empresas de pequeña y mediana capitalización, proveedores de tecnología especializada y operadores de infraestructuras que desempeñan un papel importante a la hora de convertir las ambiciones políticas en resultados concretos. Su implicación en las cadenas de suministro locales, sus capacidades especializadas y los programas de inversión nacionales las sitúan en el centro de la agenda de seguridad europea, en constante evolución. Debido a que muchas de estas empresas siguen teniendo una menor presencia en los índices generales del mercado, la oportunidad va más allá de los nombres más conocidos del sector de la defensa.

Al mismo tiempo, el panorama geopolítico sigue siendo impredecible y la política comercial, las relaciones internacionales y las interdependencias transfronterizas continúan determinando el riesgo económico. En este contexto, ofrecen una clara ventaja estratégica aquellas empresas con operaciones en Europa, presencia productiva local y fuentes de ingresos vinculadas a los ciclos de inversión nacionales. Para los inversores, la oportunidad reside en identificar aquellas empresas que están en condiciones de beneficiarse del compromiso de Europa con la seguridad, la resiliencia y la autosuficiencia industrial.

El impulso de Europa hacia la autonomía estratégica está creando un contexto de inversión muy atractivo a largo plazo para las empresas del sector de la defensa, la ciberseguridad y las infraestructuras críticas. A medida que los responsables políticos dan prioridad a la resiliencia, la capacidad industrial y la reducción de la dependencia de proveedores externos, se está acelerando la demanda de capacidades diseñadas, producidas y mantenidas dentro de Europa.

Se trata de una oportunidad estructural, más que de una meramente cíclica. Aunque su aplicación variará según los países y los sectores, la tendencia es clara y se sustenta en con el respaldo de las prioridades políticas, las necesidades de seguridad en constante evolución y la creciente importancia de cadenas de suministro nacionales resilientes. Para los inversores, por lo tanto, no se trata de aprovechar el impulso del mercado a corto plazo, sino de posicionarse en áreas de gasto que cobran cada vez más importancia en la agenda estratégica a largo plazo de Europa.