La historia demuestra que los grandes avances tecnológicos terminan transformando también la manera de hacer la guerra. Ocurrió con la pólvora, la aviación y la energía nuclear. Pero esta vez existe una diferencia fundamental: no solo estamos creando armas más potentes, sino armas capaces de tomar decisiones por sí mismas.
Miguel Ángel Valero
La expansión del gasto en defensa sigue en marcha, y las compañías del sector seguirán capturando este crecimiento, como refleja una cartera de pedidos en máximos históricos. Los analistas de Banca March mantienen una visión positiva sobre el sector de defensa, en un contexto en el que la seguridad se ha consolidado como una prioridad estratégica y el gasto militar gana peso dentro de los presupuestos públicos. "La reciente corrección no altera nuestra tesis estructural de fondo, sino que eleva el listón", subrayan en el último House View.
En esta nueva fase, ya no basta con anunciar mayores partidas de gasto: la capacidad de convertir esos compromisos presupuestarios en producción, entregas y generación de caja será el principal factor diferenciador. A corto plazo, la incertidumbre política ha pesado sobre el sector a ambos lados del Atlántico. En Europa, Alemania decidió cancelar las opciones de compra adicionales contempladas dentro del programa de fragatas F-126, mientras que el proyecto conjunto entre Alemania y Francia para desarrollar un avión de combate de nueva generación ha quedado prácticamente enterrado tras las discrepancias surgidas entre las partes.
En EEUU, por su parte, el sector se había visto penalizado antes de las elecciones de medio mandato ante la posibilidad de que los demócratas recuperen el control de ambas cámaras, un escenario que el mercado ha comenzado a interpretar como potencialmente adverso para los futuros planes de gasto en defensa. El tsunami demócrata ya es una realidad.
Todo ello pone de manifiesto que el rearme no depende únicamente de la capacidad presupuestaria, sino también de la voluntad política para ejecutar los programas comprometidos.
A pesar de estas incertidumbres, la tendencia de largo plazo permanece intacta. Cada vez son más los países que incrementan el peso de la defensa dentro de sus presupuestos, prueba de que la seguridad ha dejado de ser una partida discrecional para convertirse en una prioridad estratégica. Si en los años posteriores a la crisis financiera apenas el 29% de los países destinaba un 2% o más de su PIB a defensa, actualmente esa proporción alcanza el 38%. Mirando hacia adelante, y tomando como referencia el objetivo de la OTAN de elevar el gasto militar hasta el 5% del PIB en 2030, EEUU debería incrementar su presupuesto de defensa en 2,5 veces respecto a los niveles actuales, mientras que Europa y China tendrían que hacerlo en 5,2 y 5,6 veces, respectivamente.
La respuesta de la industria refleja esta realidad. Las compañías aeroespaciales y de defensa de EEUU y de Europa aspiran a multiplicar hasta por seis su ritmo de producción actual, lo que supondría la expansión más rápida del sector en décadas. Sin embargo, el principal desafío ya no es la demanda, sino la capacidad de ejecución. Se estima que cerca del 90% de los programas siguen afectados por restricciones en la cadena de suministro, desde la dependencia de proveedores únicos hasta los prolongados procesos de homologación o la escasez de determinados materiales estratégicos.
"Esta brecha entre demanda y capacidad productiva no constituye una disrupción temporal, sino un cambio estructural que determinará los ganadores de la próxima década. Las compañías capaces de desarrollar cadenas de suministro más profundas y resilientes estarán mejor posicionadas para capturar el crecimiento previsto del sector. En este contexto, seguimos mostrando preferencia por EEUU y determinados mercados emergentes, donde la ejecución depende en menor medida de complejos acuerdos multilaterales y de consensos políticos entre distintos países, como sucede actualmente en la Unión Europea", subrayan los expertos de Banca March.

The Trader: de las películas de ciencia ficción a la realidac
Hace apenas unos años, una escena como esta habría pertenecido a una película de ciencia ficción…Un pequeño vehículo avanza lentamente por una carretera del Donbás. No lleva conductor ni soldados. Transporta baterías para drones, munición, comida y agua hacia las posiciones ucranianas del frente. A varios kilómetros de distancia, bajo tierra, una mujer llamada Marina lo conduce mirando una pantalla. A su alrededor, otros operadores hacen lo mismo con otros robots mientras otro monitor les advierte de las amenazas que se aproximan. De repente aparecen dos drones enemigos cerca de la ruta y alguien ordena detenerse. Marina para el robot y espera. La estrategia consiste en quedarse completamente inmóvil, como quien se hace el muerto delante de un depredador esperando que no lo descubra. Bienvenidos a la guerra de 2026.
En las zonas más peligrosas que rodean Kramatorsk, enviar camiones cargados de soldados y suministros se ha vuelto casi suicida. Ahora buena parte de ese trabajo lo realizan pequeños vehículos terrestres no tripulados. Hasta la colocación de la carga se ha convertido en parte de la estrategia: las botellas de agua se ponen delante porque es una de las zonas donde suelen impactar los drones y pueden ayudar a contener el fuego.Los robots tampoco duran demasiado. Muchos no sobreviven más de seis misiones o una semana, pero perder una máquina es preferible a perder un soldado.
La transformación también se percibe mirando al cielo. Los bomberos que acuden a apagar un edificio bombardeado trabajan con casco y chaleco antibalas mientras alguien vigila con un detector de drones y varios policías permanecen preparados para disparar. Cuando se escucha el grito de «¡FPV, FPV!», todos corren en direcciones diferentes porque el piloto que dirige el dron sólo puede perseguir a uno. Después llegan los disparos, con suerte el dron es alcanzado y explota en el aire y los bomberos regresan al incendio hasta que aparece el siguiente.
La guerra ha convertido actividades tan cotidianas como reparar una tubería, conducir un automóvil o apagar un incendio en algo potencialmente mortal. Pero lo verdaderamente impresionante es hasta qué punto las máquinas están empezando a sustituir al ser humano. Los robots ya no sólo transportan comida o munición. Algunos incorporan ametralladoras y otros se cargan de explosivos para convertirse en bombas móviles. Los drones observan, localizan objetivos, atacan vehículos y persiguen personas.
Según el jefe de la 93.ª Brigada Mecanizada ucraniana, alrededor del 80% de sus misiones logísticas ya las realizan robots y también efectúan ataques utilizando máquinas en lugar de soldados. Esto está cambiando la propia lógica de la guerra.
Durante décadas imaginamos los conflictos modernos alrededor de tanques, artillería, aviones y grandes unidades avanzando sobre el terreno. Pero cuando miles de pequeños ojos electrónicos vigilan permanentemente el campo de batalla, concentrar hombres y vehículos se vuelve extremadamente peligroso. Un operador puede conducir un vehículo desde kilómetros de distancia, otro pilotar un dron sin ver físicamente a la persona que intenta alcanzar y una máquina puede llevar munición hasta un lugar al que enviar soldados sería prácticamente una sentencia de muerte.
La robótica está empezando a cambiar una de las actividades más antiguas del ser humano: la guerra. Hasta ahora utilizábamos máquinas para aumentar nuestra capacidad de combatir: un tanque protegía al soldado, un avión lo transportaba y un misil permitía atacar desde más lejos. Pero el ser humano seguía estando en el centro del proceso. Lo que estamos empezando a ver ahora es diferente: las máquinas comienzan directamente a sustituirlo.
Y todavía falta incorporar plenamente una tecnología que puede acelerar esta transformación de manera extraordinaria: la inteligencia artificial (IA). Hoy seguimos viendo operadores manejando drones y robots desde una pantalla, pero el siguiente paso son máquinas capaces de orientarse, reconocer el terreno, coordinarse entre ellas, identificar amenazas, modificar sus rutas y reaccionar en milisegundos con una intervención humana cada vez menor.
Durante décadas, el cine nos mostró ejércitos de máquinas autónomas combatiendo entre ellas y pensamos que aquello pertenecía a un futuro lejano. "Lo inquietante de lo que está ocurriendo en Ucrania es que obliga a hacerse una pregunta mucho más incómoda: ¿y si ese futuro no está llegando, sino que ya ha empezado?", se pregunta el analista Pablo Gil en The Trader.
¿Recuerdas aquellas películas de ciencia ficción en las que las máquinas combatían entre sí, los robots tomaban decisiones por su cuenta y la IA decidía qué objetivos atacar? Durante décadas pensamos que aquello pertenecía a un futuro lejano. Esas películas mostraban un mundo en el que los seres humanos terminaban perdiendo el control sobre las máquinas. Pues bien, ese futuro está empezando a hacerse realidad. Y no dentro de cincuenta años, sino ahora mismo, en los campos de batalla de Ucrania.
Ferrata, una de las unidades más secretas de la inteligencia militar ucraniana, lleva cinco años desarrollando una tecnología que puede transformar para siempre nuestra manera de entender las guerras. Lo que comenzó siendo un pequeño equipo se ha convertido en una organización de unas 500 personas dedicada a desarrollar sistemas marítimos no tripulados. Sus embarcaciones pueden recorrer hasta 1.500 kilómetros y transportar una veintena de drones aéreos. Pero lo verdaderamente revolucionario es IA que los controla. Sus sistemas analizan el campo de batalla, identifican defensas enemigas, localizan objetivos y proponen rutas de ataque. Los algoritmos se entrenan con miles de vídeos de operaciones militares y combinan la información de múltiples cámaras para reconstruir lo que sucede prácticamente en tiempo real.
Y hay un detalle todavía más inquietante: según sus responsables, incluso cuando pierden la conexión a internet, algunas de estas embarcaciones pueden continuar operando y seleccionar objetivos de manera autónoma.
Estamos entrando en una nueva era en la que la superioridad militar ya no dependerá únicamente de quién tenga más soldados, tanques o aviones, sino también de quién disponga de mejores algoritmos, sensores y sistemas autónomos.
Imagina cientos de drones coordinados entre sí, atacando simultáneamente desde el aire, el mar y tierra. Máquinas relativamente baratas capaces de destruir equipamientos militares que cuestan cientos de millones de euros. Y decisiones que antes exigían minutos de análisis humano tomadas ahora en cuestión de segundos. Esto no significa que los soldados vayan a desaparecer ni que todas las decisiones estén ya en manos de las máquinas. Pero la tendencia parece evidente: cada vez habrá más máquinas combatiendo y más seres humanos supervisando desde la distancia.
Y aquí aparece una cuestión que me preocupa especialmente. ¿Qué sucede cuando un algoritmo identifica equivocadamente un objetivo? ¿Quién responde si una máquina confunde un vehículo civil con uno militar? ¿Qué ocurre cuando dos sistemas autónomos reaccionan entre sí a una velocidad que ningún ser humano puede controlar? El problema no es únicamente tecnológico. Es también ético y estratégico.
Además, estamos asistiendo a una nueva carrera armamentística. EEUU, China, Rusia y otras potencias están invirtiendo en IA aplicada a la defensa. Y existe un incentivo peligroso: nadie quiere quedarse atrás mientras sus adversarios avanzan. Es el mismo dilema que observamos en el desarrollo de la IA comercial, pero trasladado a un terreno donde las consecuencias de un error pueden ser mucho más graves. Si una potencia decide frenar para establecer límites de seguridad, corre el riesgo de que otra aproveche ese tiempo para conseguir una ventaja militar.
La historia demuestra que los grandes avances tecnológicos terminan transformando también la manera de hacer la guerra. Ocurrió con la pólvora, la aviación y la energía nuclear. Pero esta vez existe una diferencia fundamental: no solo estamos creando armas más potentes, sino armas capaces de tomar decisiones por sí mismas.
"Estamos subestimando la velocidad de esta transformación. Y hay algo que el ser humano hace extraordinariamente bien: acostumbrarse a los cambios tecnológicos hasta el punto de olvidar lo revolucionarios que fueron en su momento", alerta Pablo Gil.
Basta con retroceder 25 años. Internet apenas empezaba a formar parte de nuestra vida cotidiana. No existían los teléfonos inteligentes, ni las plataformas de streaming, ni las videollamadas desde cualquier lugar, ni los asistentes digitales que responden a nuestras preguntas. Comprar por internet generaba desconfianza y pensar que podríamos llevar en el bolsillo un dispositivo con acceso inmediato a prácticamente todo el conocimiento humano parecía ciencia ficción. Y, sin embargo, hemos incorporado todas esas revoluciones a nuestra vida con una naturalidad sorprendente. Lo que ayer parecía imposible hoy nos resulta tan cotidiano que apenas le damos importancia.
Pero hay una diferencia fundamental: con la IA, la velocidad de transformación puede ser muchísimo mayor. Lo que antes tardaba décadas en desarrollarse y extenderse podría hacerlo ahora en apenas unos años. Y probablemente terminaremos aceptando como normales situaciones que hoy nos resultarían impensables.
Por eso, cuando vemos máquinas capaces de combatir, identificar objetivos y tomar decisiones autónomas, conviene recordar que la ciencia ficción de ayer puede convertirse en la rutina de mañana. Y quizá el mayor riesgo no sea la velocidad a la que avanza la tecnología, sino la facilidad con la que nos acostumbramos a ella sin detenernos a pensar en sus consecuencias.
El mundo se acostumbra a las guerras
Mientras buena parte de la atención internacional sigue concentrada en la guerra provocada por la invasión rusa de Ucrania y en las tensiones entre EEUU e Irán, otros conflictos están adquiriendo una dimensión cada vez más preocupante. Lo que antes parecían guerras regionales relativamente aisladas empieza a convertirse en una red de enfrentamientos que amenaza rutas comerciales, infraestructuras energéticas y la estabilidad de países enteros. Oriente Próximo es probablemente el mejor ejemplo.
Arabia Saudí, una de las grandes potencias económicas y militares de la región, está sufriendo una escalada de ataques por parte de los rebeldes hutíes de Yemen. El aeropuerto internacional de Riad ha sido alcanzado repetidamente por misiles, con al menos 15 fallecidos en los últimos días y decenas de heridos.
El problema para Mohamed bin Salman, príncipe heredero y gobernante de facto del reino, es que no se enfrenta a un ejército convencional. Los hutíes llevan más de una década demostrando que una fuerza relativamente pequeña, apoyada en drones, misiles y tácticas de guerra asimétrica, puede poner en dificultades a una potencia que destina alrededor de 62.000 millones de euros anuales a defensa.
Y hay algo especialmente preocupante: Arabia Saudí está viendo amenazadas simultáneamente sus dos grandes vías de exportación energética. El estrecho de Ormuz continúa oficialmente cerrado por las tensiones con Irán, aunque parte del tráfico petrolero ha comenzado a recuperarse. Mientras tanto, los hutíes han reforzado sus posiciones en la costa yemení del mar Rojo, amenazando el estrecho de Bab el Mandeb, uno de los corredores comerciales más importantes entre Asia y Europa. Cuando el petróleo encuentra dificultades para salir por una ruta, la alternativa también está bajo amenaza.
La situación se complica porque Arabia Saudí tampoco consigue movilizar plenamente a sus aliados. Turquía y Pakistán muestran reticencias a involucrarse en una guerra abierta, mientras EEUU evita, por ahora, comprometerse militarmente contra los hutíes. Todo ello en un contexto de extrema fragilidad del alto el fuego entre Washington y Teherán.
Pero el deterioro no se limita al Golfo Pérsico. Sudán continúa sumido en una devastadora guerra civil, mientras las tensiones entre Etiopía y Eritrea amenazan con desestabilizar todavía más el Cuerno de África. Conflictos que apenas ocupan espacio en los informativos occidentales, pero que afectan a millones de personas y pueden terminar involucrando a nuevas potencias regionales.
En Europa, mientras tanto, la guerra entre Rusia y Ucrania sigue sin encontrar una salida diplomática creíble. Donald Trump llegó a la Casa Blanca prometiendo que sería capaz de poner fin al conflicto rápidamente. Sin embargo, las posiciones de Moscú y Kiev siguen profundamente enfrentadas y las iniciativas estadounidenses no han conseguido desbloquear las negociaciones.
Rusia continúa presionando militarmente a Ucrania mediante ataques contra infraestructuras estratégicas y energéticas. Y, paralelamente, Europa afronta una amenaza creciente: la guerra híbrida, que combina ciberataques, sabotajes, desinformación y operaciones destinadas a generar inseguridad sin necesidad de declarar una guerra convencional. Una estrategia especialmente difícil de combatir porque no siempre resulta sencillo identificar a los responsables ni determinar cuándo una agresión exige una respuesta militar.
El resultado es un escenario internacional con cada vez más focos de tensión y menos mecanismos eficaces para resolverlos. Y las consecuencias económicas son mucho más profundas de lo que parece. La inseguridad en rutas estratégicas como Ormuz o el mar Rojo amenaza el suministro energético, encarece el transporte marítimo y aumenta los costes del comercio internacional. Todo ello genera nuevas presiones inflacionistas que complican la labor de los bancos centrales.
Pero hay un problema todavía mayor. La fragmentación geopolítica está acelerando un proceso de desglobalización económica en el que la seguridad empieza a pesar tanto como la eficiencia. Las empresas buscan proveedores más cercanos o políticamente fiables, reorganizan sus cadenas de suministro y trasladan parte de su producción a países más seguros, aunque resulte más caro. Eso significa perder parte de las ventajas que durante décadas proporcionó la globalización: menores costes, mayor competencia y acceso a mercados internacionales.
A ello se suma el aumento del gasto militar, que consume recursos públicos cuando muchos países ya arrastran niveles de deuda muy elevados, mientras la incertidumbre geopolítica dificulta las decisiones de inversión a largo plazo.
El riesgo es acabar atrapados en un mundo con menos comercio, mayores costes de producción, más inflación estructural, menor crecimiento y unas finanzas públicas cada vez más tensionadas. Una combinación especialmente peligrosa porque reduce el margen de actuación de gobiernos y bancos centrales ante futuras crisis.
"Lo que más me preocupa no es únicamente que existan tantos conflictos abiertos. Es que estamos empezando a asumir su permanencia como algo normal", insiste Pablo Gil.
Durante décadas, buena parte del crecimiento económico mundial se apoyó en la expansión del comercio internacional, la integración de los mercados y la estabilidad de las grandes rutas energéticas. Hoy esos pilares están sometidos a una presión creciente. Y a todo esto hay que añadir una realidad incómoda: disponer del ejército más poderoso del mundo o gastar decenas de miles de millones en armamento ya no garantiza poder imponer una solución política ni conseguir una victoria militar definitiva. Lo estamos viendo en Yemen, en Ucrania y en otros muchos lugares.
"Mi temor es que estemos entrando en una etapa en la que resulte mucho más fácil iniciar o extender una guerra que encontrar la manera de terminarla. Y cuando eso ocurre, las consecuencias dejan de limitarse a los países que combaten: terminan llegando a nuestras economías, a los precios que pagamos y, en definitiva, a nuestro bienestar", advierte este experto.
