Miguel Ángel Valero
Durante siglos, el mundo ha tenido un eje claro. Cambiaban los protagonistas, pero no el fondo. Italia, España, Francia, Reino Unido y finalmente EEUU han ido turnándose en el liderazgo global durante los últimos siglos, pero todos compartían algo esencial: una misma raíz cultural, económica y política. Un mismo marco mental sobre cómo debía organizarse el progreso.
"Eso es precisamente lo que ahora está empezando a romperse. Por primera vez en la historia moderna, la potencia que aspira a liderar el mundo no es occidental. China no es simplemente un nuevo actor dominante. Es algo mucho más profundo: representa una forma distinta de entender el poder, la economía, la sociedad y, en definitiva, el propio concepto de progreso. Y aquí es donde está el verdadero cambio", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.
Durante años, en Occidente se asumió que la globalización acabaría provocando una convergencia natural. Que el crecimiento económico de China la llevaría, de forma casi inevitable, a adoptar valores occidentales: más libertad individual, más apertura política, más democracia. Pero no eso lo que ha ocurrido, y cada vez parece más evidente que no va a ocurrir. China no quiere parecerse a Occidente. Quiere que sea el mundo el que se adapte a su modelo.
Este giro encaja perfectamente con una de las ideas más relevantes en geopolítica: la Trampa de Tucídides. Cuando una potencia emergente desafía a una potencia dominante, el conflicto no es una posibilidad… es una probabilidad elevada. No necesariamente un conflicto militar directo, pero sí económico, tecnológico, financiero y geopolítico. Y eso es exactamente lo que estamos viendo. La tensión entre Estados Unidos y China no es coyuntural. No depende de un presidente concreto ni de una decisión puntual. Es estructural. Es el reflejo de un cambio de poder que lleva años gestándose y que ahora empieza a hacerse visible.
En este contexto, decisiones que antes parecían aisladas (aranceles, restricciones tecnológicas, guerras comerciales, disputas por materias primas o rutas comerciales) dejan de ser eventos independientes y pasan a formar parte de un mismo proceso: la lucha por definir quién marca las reglas del mundo en las próximas décadas.
Pero hay algo incluso aún más relevante que la disputa por el liderazgo, el modelo. Occidente ha construido su influencia global no solo desde la economía o la fuerza militar, sino desde un conjunto de valores: instituciones relativamente abiertas, seguridad jurídica, libertades individuales, mercados financieros profundos… con todas sus imperfecciones, pero con una coherencia interna reconocible.
China plantea algo distinto. Un sistema donde el crecimiento económico convive con un fuerte control estatal, donde la tecnología no solo impulsa la productividad sino también la supervisión social, y donde la estabilidad se prioriza sobre la libertad. No es mejor ni peor en términos absolutos. Pero sí es diferente. Y esa diferencia importa. Porque si China consolida su influencia global, no solo cambiarán los equilibrios de poder. Cambiarán también las reglas del juego.
Y aquí entra en escena el papel de Occidente, especialmente de Europa. Durante demasiado tiempo, ha vivido cómoda bajo el paraguas estadounidense, sin necesidad de definir una estrategia propia clara. Pero ese escenario está desapareciendo. El mundo que viene no va a ser unipolar. Ni siquiera claramente bipolar. Va a ser mucho más fragmentado, más competitivo e incierto. Y en ese entorno, quedarse sin posicionamiento es, en sí mismo, una decisión… y probablemente la peor de todas.
"La gran cuestión no es si China va a ganar o si EEUU va a resistir. La gran cuestión es qué tipo de mundo va a emerger de esta transición. Porque este cambio no va solo de poder. Va de modelo, de valores y de dirección", avisa Pablo Gil.
Durante décadas, Occidente ha vivido con la sensación de que el mundo avanzaba en su dirección. Que el progreso tenía un único camino y que todos acabarían recorriéndolo. Pero esa idea se está desmoronando delante de nosotros.
China no solo está creciendo. Está proponiendo una alternativa. Y cuando aparece una alternativa creíble, el mundo deja de girar en torno a un único eje.
Por eso, más que preguntarnos si China será la próxima potencia dominante, la pregunta clave es otra: ¿estamos preparados para un mundo donde nuestras reglas ya no sean las reglas globales?Porque ese escenario ya no es una hipótesis absurda, sino tal vez el punto de partida de una nueva era.
Robeco: la tecnología suscita interés inversor en mercados emergentes
En este contexto, Jaap van der Hart, co-director de renta variable de mercados emergentes y gestor de cartera de la estrategia de renta variable de alta convicción de Robeco, destaca que los mercados emergentes están de nuevo en el radar de los inversores globales en 2026. Las empresas de estos mercados han tomado la iniciativa en sectores globales clave, desde el hardware de IA hasta la automoción.
La tecnología es una parte importante. Actualmente supone más del 30% del universo de los mercados emergentes y también muchas sub-industrias diferentes. Básicamente, empezaron desde una fabricación de bajo coste y, con el tiempo, han ido mejorando poco a poco el negocio, invirtiendo mucho también en términos de tecnología. Por lo que, hoy en día, los semiconductores más avanzados los fabrican empresas de mercados emergentes. Por lo tanto, toda la revolución de la IA que estamos viendo ahora no sería posible sin todo el hardware tecnológico fabricado en los mercados emergentes.
Otro sector destacado es el de las energías renovables. Si nos fijamos en las baterías o en los paneles solares, la mayoría de la producción viene de países emergentes. A su vez, la mitigación del cambio climático no sería posible sin todas las inversiones que han hecho los mercados emergentes.
¿Qué es lo que ha permitido que este tipo de innovación destaque a este nivel? En este sentido, la mentalidad de crecimiento, de inversión y mejoras de tecnología, ha funcionado bien.
Estas empresas empezaron normalmente desde una base de bajo coste, capaces de entrar en el negocio, crear escala, seguir mejorando su tecnología, introducir o integrar más componentes es su oferta de productos. Y también, muchas inversiones para crear escala, así como contar con un mercado de apoyo.
Por ejemplo, las políticas gubernamentales. En particular Corea, China y Taiwan son los países más fuertes en este aspecto. También en educación, no se trata solo de una gran reserva de mano de obra, sino también de mejoras en la educación. Así que hay una gran reserva de ingenieros altamente cualificados que ayudan a mantener el avance tecnológico.
Se menciona a China, Corea y Taiwán porque esos tres países son realmente importantes. De hecho, juntos constituyen el 65% del universo de los mercados emergentes. No obstante, en otros países también se ve la aplicación de tecnología o la actualización de su propia base de fabricación. Por ejemplo, la tecnología financiera en Brasil es un sector importante. Hay muchos países que tienen sus propios campeones locales de internet que compiten con los actores globales. También es interesante destacar la India, por supuesto, una gran economía, pero rezagada en términos de capacidad de fabricación. El gobierno de Modi en realidad se propuso cambiar eso, así que su eslogan fue “fabricado en India”, ofreciendo más incentivos para que las empresas invirtieran.
Vietnam sigue siendo un mercado pequeño para los inversores de capital, así que es uno de los denominados 'frontera'. Pero se está viendo que gran parte de la fabricación de tecnología se ha trasladado de China a Vietnam, donde se ve una mejora en su conocimiento tecnológico. Ese mercado también crecerá, por eso "consideramos que en algún momento debería actualizarse a mercados emergentes, así como más empresas que coticen en Bolsa. Esa es también una tendencia en la que vemos buenas perspectivas", concluye el experto de Robeco.