01 Jan
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Miguel Ángel Valero

El analista Pablo Gil sorprende en The Trader con unas reflexiones sobre lo que ha sucedido en 2025 que ponen el foco en sus implicaciones para el año que está dando sus primeros pasos:

  • Cambio de reglas: Durante años hemos analizado la economía y los mercados partiendo de una premisa casi inconsciente: el marco general era estable. Podía haber crisis, tensiones o sobresaltos, pero las reglas de fondo seguían siendo reconocibles. Sabíamos dónde estaban los límites, qué instituciones marcaban el ritmo y cuáles eran los consensos básicos. 2025 ha puesto en duda precisamente eso. No ha sido un año de un gran acontecimiento que lo cambie todo de golpe, sino de acumulación. De decisiones políticas, cambios geopolíticos, avances tecnológicos y tensiones sociales que, al mirarlos en conjunto, transmiten una sensación clara: el marco que dábamos por válido ya no explica bien lo que está ocurriendo. El mundo que se organizó tras el final de la Guerra Fría, basado en acuerdos, equilibrios y una cierta idea de progreso compartido, muestra signos evidentes de agotamiento. Cuando ese marco deja de funcionar, las decisiones se vuelven más difíciles, porque ya no hay referencias claras ni soluciones automáticas. 2025 ha sido, sobre todo, el año en el que muchos actores (países, empresas e inversores) han empezado a intuir que el terreno bajo sus pies ya no es el mismo, aunque todavía no sepan muy bien hacia dónde se dirige.
    • Conclusión: Más que buscar respuestas rápidas, creo que el gran reto ahora es aceptar que estamos jugando con reglas nuevas. Y que insistir en analizar el presente con marcos del pasado suele ser la mejor forma de equivocarse.
  • Lo propio frente a lo común: Si algo ha definido el comportamiento de los países en 2025 ha sido el repliegue. No un aislamiento total, pero sí una clara prioridad por lo propio frente a lo común. Energía, industria, seguridad y autonomía estratégica han pasado a ocupar el centro del debate político y económico. Los conflictos abiertos siguen ahí, pero lo verdaderamente relevante es el efecto que han tenido sobre la mentalidad colectiva. Se ha normalizado la idea de que el mundo es un lugar más competitivo, donde no todos ganan y donde avanzar implica, muchas veces, desplazar a otros. La globalización que conocíamos, diseñada para reducir costes y maximizar eficiencia, está siendo sustituida por otra más defensiva, más cara y fragmentada. Esto se traduce en cadenas de suministro menos eficientes, mayor presión sobre los precios y decisiones económicas cada vez más condicionadas por criterios políticos. No es una fase transitoria ni un bache coyuntural. Es un reajuste de fondo que cambia la forma en la que se comercia, se invierte y se crece.
    • Conclusión: Durante mucho tiempo confundimos interdependencia con estabilidad. 2025 nos ha recordado que, cuando la confianza se rompe, la economía deja de ser un juego cooperativo y pasa a ser una cuestión de posicionamiento.
  • El poder del discurso: La política internacional ha cambiado de tono. Ya no se articula únicamente en torno a normas, tratados o instituciones, sino cada vez más alrededor de relatos identitarios. Cada gran potencia construye su propio discurso sobre quién es, qué representa y qué lugar cree que le corresponde en el mundo. EEUU, con el regreso de Donald Trumpal centro del debate, ha reforzado una visión claramente transaccional. Las relaciones se miden en términos de utilidad inmediata, no de afinidad histórica. Europa deja de ser un socio natural para convertirse en un competidor incómodo en varios frentes. Este enfoque no es exclusivo de EEUU. Rusia, China, India o Turquía apelan cada vez más a su historia y a su identidad para justificar decisiones políticas y económicas. Incluso dentro de Europa este lenguaje empieza a ganar peso, como forma de reforzar cohesión interna en tiempos de incertidumbre. El resultado es un mundo menos previsible, donde las reglas importan menos que la correlación de fuerzas y donde los compromisos son más frágiles y la lógica de suma cero gana terreno. Es decir, que alguien tiene que perder para que gane yo.
    • Conclusión: Cuando la política se apoya más en el relato que en las reglas, la incertidumbre deja de ser una excepción y se convierte en la norma. Y en ese entorno, gestionar el riesgo pasa a ser tan importante como buscar oportunidades.
  • Sociedad dividida y tensionada: El cambio de contexto global también se refleja dentro de los países. 2025 ha sido un año marcado por una fuerte polarización social y política. No solo por los resultados electorales, sino por el clima que rodea a las elecciones y al debate público. Una parte creciente de la población percibe que su situación económica es más frágil, que el empleo es menos estable y que el futuro ofrece menos certezas que antes. Cuando esa percepción se extiende, el debate se simplifica y los mensajes extremos ganan terreno porque ofrecen explicaciones fáciles a problemas complejos. Esta tensión social tiene un impacto económico directo. Aumenta la volatilidad política, dificulta la toma de decisiones a largo plazo y empuja a los gobiernos a priorizar soluciones inmediatas frente a reformas estructurales, aunque estas últimas sean las más necesarias. La polarización no es solo un síntoma social. Es un factor económico de primer orden.
    • Conclusión: Una sociedad dividida no solo discute más, también decide peor. Y cuando las decisiones económicas se toman desde la tensión social, los costes suelen aparecer más adelante.
  • Estados endeudados: La política económica se ha movido en 2025 en un equilibrio cada vez más delicado. Los bancos centrales han pasado de fijarse casi exclusivamente en la inflación a prestar más atención al empleo y a la estabilidad social. En EEUU, los tipos se mantuvieron altos durante buena parte del año, pero terminaron bajando cuando el mercado laboral empezó a mostrar señales de desgaste. En Europa, la situación ha sido distinta, con una inflación bajo control y un mercado laboral en situación idílica, pero con una economía que muestra un crecimiento muy débil y fragmentado. Japón ha iniciado un giro histórico tras décadas de políticas ultra expansivas y suscita dudas sobre el impacto que ello pueda tener en el país más endeudado del mundo. Y China ha seguido apostando por estímulos selectivos que todavía no han conseguido revertir la pérdida de confianza del consumidor tras el estallido de la burbuja inmobiliaria hace ya más de cinco años. A todo esto, se suma una realidad incómoda: los gobiernos continúan gastando más de lo que ingresan. Durante años, con tipos muy bajos, esto parecía sostenible. Hoy, con niveles de deuda elevados y financiación más cara, el problema empieza a hacerse visible, aunque todavía no se haya traducido en una crisis abierta.
    • Conclusión: La deuda no desaparece por ignorarla. Los políticos parecen centrados tan solo en ganar tiempo. Y 2025 ha sido eso en la mayoría de los casos, un año de posponer el gran problema del endeudamiento en lugar de resolverlo.
  • Inquietante calma: Quizá lo más llamativo de 2025 haya sido la actitud de los mercados financieros. En lugar de reflejar tensión permanente, han mostrado una sorprendente capacidad para absorber malas noticias y seguir avanzando, apoyados en una liquidez abundante. Las Bolsas cotizan en máximos históricos pese a valoraciones exigentes y a un entorno lleno de incertidumbre. Al mismo tiempo, activos tradicionalmente defensivos como el oro también marcan precios récord. Una combinación poco habitual que mezcla confianza financiera con desconfianza de fondo. Las criptomonedas han pasado de la euforia al ajuste en pocos meses. El dólar se ha debilitado pese a mantener un nivel de tipos más elevado que en otras economías desarrolladas, y el yen ha sido la divisa más débil, pese a que Japón es de los pocos países que está subiendo el coste del dinero. El petróleo ha caído con fuerza en un año marcado por conflictos geopolíticos. Vemos señales que no encajan del todo entre sí, pero que apuntan a un mismo fenómeno: una confianza basada más en la inercia que en la convicción.
    • Conclusión: Los mercados pueden convivir durante mucho tiempo con contradicciones. Pero cuando la realidad termina imponiéndose, suele hacerlo rápido. Por eso, más que dejarnos llevar por la calma aparente, conviene entender qué la sostiene… y qué podría romperla.
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