Miguel Ángel Valero
La economía mundial encara la fase final de 2026 en un contexto que continúa marcado por la coexistencia de importantes focos de incertidumbre y una capacidad de resistencia macroeconómica superior a la que, en principio, cabría esperar a la luz de esos riesgos, subraya el Panorama Económico y sectorial 2026: Actualización de previsiones hacia el cuarto trimestre, de Mapfre Economics y publicado por Fundación Mapfre.
En el epicentro permanece la geopolítica que continúa proyectando una influencia determinante sobre el entorno económico global y delimitando la frontera entre el escenario central y los riesgos de cola. Tras la vuelta del verano han reaparecido algunos interrogantes particularmente incómodos sobre la persistencia de la inflación. Estas dudas ya no se circunscriben únicamente al petróleo o a los riesgos asociados al estrecho de Ormuz, sino que se han extendido a otros segmentos relevantes de la cadena energética, cuestionando parte del optimismo existente sobre la velocidad del proceso de desinflación y devolviendo la inflación al centro del debate monetario.
Esta reconsideración de las perspectivas monetarias contribuye a explicar el reciente repunte de las rentabilidades a largo plazo y la recuperación de las primas por plazo, que vuelven a situar en el centro del debate la sostenibilidad de unas dinámicas fiscales crecientemente exigentes. Sin embargo, este mayor coste también ha permeado en otros mercados donde se comienza a exigir una validación más tangible de algunas de las expectativas que habían sustentado las narrativas asociadas a la inteligencia artificial.
No obstante, y aunque en conjunto, estos factores han contribuido a configurar un escenario más incómodo y complejo que el observado hace solo unos meses, no implican la transición hacia uno necesariamente peor. De hecho, la evidencia de desaceleración sigue siendo relativamente limitada, y la economía mundial continúa mostrando una capacidad de adaptación notable apoyada en unos mercados laborales que, en términos generales, siguen contratando, en balances privados relativamente sólidos, y en una progresiva reconfiguración de los flujos de inversión y comercio que ha mitigado parte de los efectos asociados a la fragmentación comercial y a las tensiones geopolíticas.
Por tanto, y lejos de desaparecer, muchos de estos riesgos que ya condicionaban las perspectivas hace apenas unos meses parecen hoy mejor comprendidos, mejor incorporados a las valoraciones de mercado y, en cierta medida, mejor afrontados por unos agentes económicos que han aprendido a desenvolverse en un entorno caracterizado por perturbaciones recurrentes. De hecho, una parte creciente de la estabilidad observada en 2026 puede entenderse como la consecuencia de una mejor capacidad para gestionarlas, más que como una reducción efectiva de las vulnerabilidades existentes.
Este proceso de adaptación se ha traducido en una diversificación progresiva de proveedores y fuentes energéticas, en la reorientación de flujos de comercio e inversión hacia entornos percibidos como más seguros y en el refuerzo de capacidades consideradas estratégicas por empresas y gobiernos.
Sin embargo, el mantenimiento de estos mecanismos exige recursos crecientes y se desarrolla en un contexto donde los márgenes de actuación comienzan a ser más reducidos. Tras años de expansión fiscal, unas necesidades de financiación cada vez más elevadas coinciden ahora con un entorno de tipos de interés superiores y con una creciente competencia por el acceso al capital. En consecuencia, el principal desafío para el futuro ya no consistiría únicamente en gestionar riesgos recurrentes o en preservar la capacidad de crecimiento, sino en responder a cuestiones cada vez más estructurales sobre cómo asignar unos recursos cada más escasos entre un número creciente de prioridades económicas, tecnológicas y estratégicas.
Por tanto, la cuestión central ya no es únicamente la gestión de los riesgos heredados, sino también la forma en que la economía global está reordenando sus prioridades para desenvolverse en un entorno en el que adaptación, inversión y estrategia aparecen crecientemente entrelazadas.
Revisión al alza de las previsiones
Como resultado, las previsiones de crecimiento global se revisan moderadamente al alza respecto a la actualización anterior, al igual que las previsiones de inflación, cuya corrección resulta algo más significativa. Esta combinación de crecimiento más sólido y presiones inflacionistas más persistentes está llevando a una reconsideración progresiva de las perspectivas monetarias, reabriendo el debate sobre hasta qué punto los bancos centrales deberán mantener unas condiciones financieras restrictivas durante más tiempo del previsto. En consecuencia, en el escenario base, el crecimiento global se proyecta ahora en el 3,2% para 2026 y el 3,1% para 2027 (frente al 3,1% estimado anteriormente para ambos años). Sin embargo, esta mejora de las perspectivas de actividad viene acompañada de una revisión más significativa de la inflación, que se situaría en el 4,5% y el 4% para 2026 y 2027, respectivamente, acumulando un incremento de 1,5 puntos en el conjunto del horizonte de previsión.
Por lo que respecta al escenario estresado, continúa vinculado a una intensificación de las tensiones geopolíticas y a su eventual traslado a los mercados energéticos. Un encarecimiento sostenido del petróleo por encima de los 120 USD/b de precio medio durante los próximos meses, así como de otras referencias energéticas relevantes, no solo elevarían directamente la inflación, sino que también prolongarían las restricciones de oferta que todavía persisten en determinados sectores de la economía mundial. En estas circunstancias, el principal canal de transmisión no sería únicamente el energético, sino también el financiero (con ajustes de valoraciones en aquellos activos más dependientes de las expectativas de crecimiento). A su vez, la mayor persistencia de las presiones inflacionistas exigiría, a su vez, una postura monetaria más restrictiva durante más tiempo, favoreciendo un aumento de las rentabilidades reales y nominales de largo plazo, un repunte de las primas por plazo y un endurecimiento adicional de las condiciones financieras. La combinación de mayores costes energéticos, un capital más caro y unas necesidades de financiación crecientes terminaría trasladándose a la actividad económica mediante menores tasas de inversión, un consumo más contenido y una capacidad de respuesta fiscal más limitada. El resultado sería un escenario de riesgo crecientemente estanflacionario, caracterizado por un crecimiento inferior en torno a cuatro décimas respecto al escenario central, en 2027, y una inflación aproximadamente un punto porcentual superior durante el conjunto del horizonte de previsión.
EEUU vuelve a ser la economía donde las evidencias de un crecimiento más sólido han resultado más difíciles de ignorar durante los últimos meses. La actividad económica ha seguido apoyándose en la fortaleza del consumo privado, en un mercado laboral que continúan generando empleo, en unos indicadores empresariales que siguen en expansión y en una inversión que continúa beneficiándose tanto del ciclo tecnológico como del impulso proporcionado por la política fiscal. Así, las perspectivas de crecimiento han vuelto a revisarse al alza, reforzando la percepción de que la economía estadounidense mantiene una capacidad de resistencia superior a la observada en otras economías desarrolladas. A pesar de ello, esta fortaleza sigue sin distribuirse de manera uniforme.
La Eurozona, por su parte, afronta una evolución más moderada que la observada en otras grandes economías desarrolladas, y el foco del debate económico parece desplazarse progresivamente desde la intensidad de la recuperación hacia la capacidad de la región para adaptarse a un entorno estructuralmente difícil. La necesidad de reforzar la seguridad energética, acelerar la transformación tecnológica, aumentar la inversión en defensa y recuperar parte de la competitividad industrial perdida está impulsando una reconsideración, cada vez más profunda, de las prioridades económicas europeas. Este proceso abre oportunidades para elevar el crecimiento potencial a medio plazo, pero también plantea importantes desafíos de financiación, en un contexto caracterizado por unos márgenes fiscales cada vez más reducidos, mayores necesidades de inversión y una fragmentación política que continúa dificultando la coordinación de respuestas comunes.
Interrogantes sobre la capacidad de España
En este contexto, España se mantiene como una de las principales sorpresas positivas dentro de la economía europea. La actividad económica sigue apoyándose en la fortaleza del empleo, el dinamismo del consumo, la aportación del turismo y los servicios, así como una evolución demográfica que continúa actuando como soporte de la demanda interna. A ello se ha sumado, durante los últimos años, el impulso derivado de los fondos europeos Next Generation EU, que han contribuido a sostener la inversión y a reforzar la resiliencia de la actividad económica en un entorno internacional complejo.
Como consecuencia, las previsiones de crecimiento del PIB vuelven a revisarse al alza para 2026, sugiriendo que la capacidad de expansión de la economía española está resultando superior a la incorporada inicialmente en muchos escenarios. Sin embargo, a medida que algunos de estos factores maduran y el despliegue de los programas europeos se aproxima progresivamente a su fase final, comienzan a ganar relevancia los interrogantes sobre la capacidad de la economía española para mantener hacia adelante ritmos de crecimiento significativamente superiores a los de la Eurozona. Si durante los últimos años el debate económico se centró en explicar por qué España crecía más de lo esperado, la cuestión empieza a desplazarse gradualmente hacia cuánto de ese dinamismo responde a mejoras de carácter más permanente y cuánto a la confluencia de una serie de factores coyunturales favorables.
En América Latina, la economía regional continúa beneficiándose de un entorno macroeconómico relativamente favorable dentro del universo emergente. Tras varios años marcados por el ajuste monetario y la corrección de desequilibrios acumulados, buena parte de las economías de la región afrontan esta nueva fase del ciclo con una posición comparativamente más equilibrada que en episodios anteriores. No obstante, a medida que los riesgos cíclicos pierden protagonismo, la atención vuelve a desplazarse hacia cuestiones de carácter más estructural relacionadas con la sostenibilidad fiscal, la inversión o la productividad. En paralelo, y aunque los riesgos asociados al fenómeno de El Niño han resultado hasta la fecha más contenidos de lo inicialmente temido a escala regional, sus potenciales implicaciones sobre los precios de los alimentos, la producción agrícola y determinadas infraestructuras continúan requiriendo un seguimiento estrecho para valorar los efectos.
Brasil y México, dos caras
Dentro de esta región, Brasil y México ilustran una imagen contrastada de las oportunidades y desafíos que enfrenta América Latina en la actual fase del ciclo. Brasil sigue beneficiándose de una posición relativamente favorable, apoyada en la fortaleza de sus sectores exportadores, en la demanda asociada a recursos estratégicos vinculados a la transición energética y en una actividad económica que ha mostrado una resistencia superior a la esperada. Sin embargo, esta evolución convive con unos desequilibrios fiscales crecientes en un contexto marcado por la proximidad del ciclo electoral, obligando al banco central a mantener una postura monetaria prudente para preservar la estabilidad macroeconómica.
El caso de México, por el contrario, sigue presentando dificultades para materializar plenamente algunas de las expectativas asociadas al proceso de relocalización productiva y a su integración con la economía estadounidense. La inversión y el sector exterior siguen avanzando a un ritmo inferior al anticipado, mientras que el consumo interno comienza a mostrar una mayor moderación. Como resultado, mientras Brasil afronta principalmente el reto de compatibilizar crecimiento económico y disciplina macroeconómica, México continúa enfrentándose al desafío de transformar su potencial estructural en una fuente más sólida de inversión, productividad y crecimiento sostenible.
En el caso de Asia, la región sigue concentrando una parte significativa del crecimiento mundial, aunque cada vez más influida por las transformaciones geopolíticas y económicas que están redefiniendo el entorno global. La región sigue beneficiándose del dinamismo de sus economías emergentes, del peso creciente de sus sectores tecnológicos y manufactureros y de los procesos de reasignación de inversión derivados de la reorganización de las cadenas globales de valor. Sin embargo, el retorno de las tensiones geopolíticas, el repunte de los precios energéticos y el aumento de las estrategias orientadas a reforzar la seguridad económica están configurando un entorno más complejo para una región especialmente dependiente del comercio internacional y de los flujos globales de energía.
China, en particular, se encuentra transitando una etapa de crecimiento económico más moderado, apoyada en estímulos públicos selectivos y en la fortaleza de determinados sectores industriales y tecnológicos. No obstante, la recuperación del consumo interno sigue avanzando de forma desigual, mientras que las dificultades para absorber internamente parte de la capacidad productiva generada en los últimos años han reforzado el papel de las exportaciones como mecanismo de ajuste. Esta combinación permite sostener un crecimiento todavía próximo al 4,5%, en 2026, aunque pone de manifiesto los desafíos asociados a un modelo económico que deberá apoyarse crecientemente en la demanda doméstica y menos en la expansión de la capacidad productiva para mantener ritmos de crecimiento económico elevados en el futuro.
El seguro, entre la inflación y unos tipos que impulsan los productos de ahorro
En este contexto, la actividad aseguradora global conserva un perfil resiliente apoyado, por un lado, en el impulso nominal derivado de una inflación más elevada (que se traslada progresivamente a los capitales asegurados y a las tarifas) y, por otro, en unos tipos de interés más altos que refuerzan el atractivo de los productos de ahorro y mejoran el rendimiento de las carteras de inversión. No obstante, este soporte convive con una dispersión creciente entre mercados y entre los segmentos de Vida y No Vida, así como con una mayor exposición a la volatilidad financiera y a unas condiciones de financiación más exigentes.
Se espera un crecimiento nominal de las primas globales, en 2026, del 5% en el segmento de los seguros de Vida y del 4,8% en el de No Vida, cifras algo inferiores a las de la actualización presentadas en el informe anterior de Mapfre Economics, en parte por el efecto base de un cierre de 2025 más dinámico de lo estimado inicialmente. Para 2027, se anticipa una aceleración del crecimiento de las primas hasta el 5,7% y el 5,4% para los segmentos de Vida y No Vida, respectivamente, en la medida en que se vayan consolidando los efectos de la actualización de tarifas y de unos mayores rendimientos financieros.
En EEUU las previsiones para el sector asegurador apuntan a una moderación del ritmo de crecimiento. Así, las primas del segmento de Vida crecerían en torno al 3,9% en 2026 y el 3,7% en 2027, en un entorno en el que el mayor nivel de los tipos de interés sigue favoreciendo los productos de ahorro y rentas, pero en el que la volatilidad de los mercados y la exigencia de una validación más tangible de algunas de las expectativas que han sostenido las valoraciones financieras podrían moderar la demanda. Por su parte, en el segmento de No Vida el avance se situaría alrededor del 4,4% en 2026 y 4,0% en 2027, lo que apunta a una normalización progresiva después de varios ejercicios marcados por intensos ajustes de tarifas.
Europa, por su parte, afronta una evolución más moderada que otras grandes regiones económicas desarrolladas, con un debate que se desplaza desde la intensidad de la recuperación hacia su capacidad para adaptarse a un entorno estructuralmente más rígido. En este marco, las previsiones apuntan a crecimientos contenidos de las primas en los grandes mercados: Alemania (Vida 3,0% y No Vida 5,6%, en 2026, y Vida 3,5% y No Vida 5,7%, en 2027), Francia (5,7% y 3,0%, en 2026, y 6,2% y 3,4%, en 2027) e Italia (5,5% y 4,4%, en 2026, y 6,8% y 5,0%, en 2027); dinámica en la que se observa una ligera aceleración generalizada en 2027, favorecida por el mantenimiento de unos tipos de interés más elevados y por la traslación de la inflación a las primas de No Vida.
En el caso de España, la fortaleza de las variables macroeconómicas propiciará un crecimiento destacado en el segmento de Vida, del 17,3%, en 2026, y del 13,4%, en 2027, el cual se sostendría en unos tipos de interés más elevados que refuerzan el atractivo de los productos de ahorro. Por lo que se refiere al segmento de No Vida, el crecimiento se situaría en el 5,7% y el 5,6%, en 2026 y 2027, en línea con el impulso de la demanda interna.
Portugal también mantendría un notable dinamismo (Vida 21,5% y No Vida 9,0%, en 2026, y Vida 17,7% y No Vida 8,2%, en 2027), impulsado igualmente por el negocio de ahorro, mientras que el mercado de Reino Unido mostraría avances más moderados (Vida 4,3% y No Vida 3,9%, en 2026, y Vida 4,1% y No Vida 4,1%, en 2027), reflejo de un entorno de crecimiento económico más débil y de unas condiciones financieras aún exigentes. En las economías emergentes, el panorama vuelve a ser heterogéneo.
América Latina continúa beneficiándose de un entorno macroeconómico relativamente favorable dentro del universo emergente. En México, las expectativas sobre su actividad productiva y la moderación del consumo se trasladarían a un crecimiento de las primas más contenido en 2026 (6,4% en Vida y 6,5% en No Vida), con una recuperación del segmento de No Vida en 2027 (11,1%). En Brasil, los ajustes fiscales y una política monetaria conservadora se traducen en un avance prácticamente plano de las primas del segmento de Vida (0,6%) y en un crecimiento del 4,2% en No Vida, en 2026. Colombia presentaría igualmente un perfil dual (Vida 0,8% y No Vida 8,3%), al igual que Chile y Perú, aunque con el patrón inverso: el dinamismo del segmento de Vida (13,0% y 13,3%, respectivamente), apoyado en el negocio de ahorro y rentas, contrasta con el estancamiento del de No Vida (0,4% en ambos casos). En el caso de Argentina (Vida 38,6% y No Vida 39,1%, en 2026) y Turquía (Vida 35,5% y No Vida 34,5%), las previsiones se ajustan a las expectativas de inflación, por lo que sus elevadas tasas de crecimiento nominal responden fundamentalmente a la evolución de los precios más que a una expansión real del negocio asegurador. L
Asia aporta una parte importante al crecimiento mundial, apoyada en el dinamismo de sus economías emergentes. China, con un crecimiento desigual en sus componentes macroeconómicos, permite un crecimiento relevante en su mercado asegurador, donde las primas avanzarían un 7,4% en el segmento de Vida y un 6,8% en el de No Vida, en 2026, mientras que en Japón el crecimiento se mantendría en tasas más moderadas (2,6% tanto en Vida como en No Vida), en consonancia con un mercado asegurador maduro y con un crecimiento económico más limitado.
En el segmento de los seguros de Vida, unos tipos de interés elevados durante más tiempo seguirán favoreciendo el negocio de ahorro, especialmente en los mercados con mayor tradición en este tipo de productos, al permitir ofrecer garantías más atractivas y mejorar la rentabilidad de las inversiones, si bien con una mayor sensibilidad a los episodios de volatilidad financiera, a posibles ajustes de valoración en los activos y a la evolución de la renta disponible de los hogares. En el segmento de los seguros de No Vida, por su parte, el impulso nominal de la inflación sostendrá el crecimiento de las primas, pero obligará a mantener una disciplina técnica rigurosa, una tarificación suficiente y una gestión activa de la siniestralidad ante unos costes de reparación, reposición y servicios que continúan presionados por una inflación que tensionará tanto la demanda como los márgenes técnicos. En definitiva, la resiliencia del sector se mantiene, pero todo dependerá de la capacidad de adaptación a los riesgos futuros que apuntan a una mayor dispersión de resultados entre mercados y líneas de negocio.