Miguel Ángel Valero. Fotografías de Lucía Valero Merchante
Hacía tiempo que no volvía por el restaurante Mercado de la Reina de Gran Vía, 10 (De domingo a jueves de 9:00 a 01:00; Viernes y sábados de 9:00 a 01:30). En la calle más transitada de Madrid, el grupo de restauración tiene otro establecimiento del mismo nombre en Gran Vía 12, y también es suyo Museo Chicote, justo al lado de éste). Y la experiencia, como siempre, ha sido satisfactoria. Lo único que ha cambiado es que antes los cerdos que pastan por las paredes y los techos eran rojos, y ahora son negros.
En un día lluvioso y ventoso, Mercado de la Reina estaba lleno hasta la bandera. No cabía un alfiler. Es la ventaja de haber reservado, porque muchos, sobre todo turistas, no lograron encontrar acomodo en el restaurante pese a los buenos oficios de los jefes de sala, que hicieron lo que pudieron ante tanta demanda.

Fiel a su costumbre, el aperitivo de la casa para abrir boca, con un soberbio chorizo y unas picantes aceitunas. Seguimos la recomendación de la atenta camarera y optamos por una sangría Premium Cabecita Loca, con canela en rama de Sri Lanka y vainas de vainilla de Papúa Nueva Guinea, elaborada con ingredientes naturales. Espectacular, sobre todo cuando absorbe todo el sabor de la fruta natural de la jarra. Nada que ver con ese brebaje que pulula en los chiringuitos playeros.
Para compartir, una Ensalada César original, muy bien servida, con todos sus ingredientes: lechuga romana crujiente, crutones tostados con ajo y aceite de oliva, queso parmesano, pollo pollo crujiente, queso parmesano y crujiente de jamón ibérico, más anchoas, salsa Worcestershire, mostaza Dijon, ajo, yema de huevo, aceite de oliva, limón y pimienta para la salsa casera. El chef italiano Cesare Cardini, que fue el creador de este plato en México allá por 1924, estaría orgulloso de esta versión de Mercado de la Reina 10.

Para los segundos, Alcachofas confitadas a la plancha con crema de patata y crujiente de jamón ibérico. Uno de los clásicos del Grupo Mercado de la Reina. Una apuesta siempre segura.
El Pulpo a la brasa aliñado con aceite de oliva virgen y vinagre de Módena, sabroso, algo rácano en cantidad, que no en calidad.

Y unos extraordinarios mejillones gallegos, picantillos, para mojar pan (impresionante, por cierto) y no parar, y para chuparse los dedos sin rubor. Todo un acierto.
Postres para culminar el festín: Tarta de queso al horno muy cremosa con salsa de frutas del bosque, una de las joyas de la corona en la parte dulce de la carta. Pero no que queda atrás la Tarta templada de chocolate intenso con helado de galleta sablé. Ni la Tarta caliente fina de manzana y hojaldre con helado de vainilla, otra de las grandes maravillas del restaurante.

Café con leche y un té Pue-erh, que aquí conocemos como té rojo, y que justifica por que durante cientos de años fue consumido única y exclusivamente por la nobleza. No en vano China es el mayor productor del mundo de esta variedad de té fermentado producido tradicionalmente en la provincia de Yunnan.
Al salir del restaurante, con el hambre saciada y el ánimo exultante, la cruda realidad de una tarde lluviosa, ventosa y fría. No se puede tener todo.