Miguel Ángel Valero
Llevaba tiempo rumiando si la persona que iba cada año a la Cripta de la Catedral de la Almudena en Madrid para celebrar la Misa en honor de la Patrona del Seguro, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, era o no un compañero de fatigas en aquellos tiempos universitarios, cuando pensábamos, bastantes años después de aquel mayo de 1968 en París, que íbamos a cambiar el mundo, repetíamos que "seamos realistas, pidamos lo imposible", gritábamos aquello de "prohibido prohibir" y que "debajo de los adoquines estaba la playa". ¡Qué ingenuos fuimos!
Aquella persona, de nombre inconfundible e inolvidable, llevaba entonces una barba valleinclanesca, ejercía de intelectual del grupo en aquel Moratalaz de 1982, cuando los socialistas llegaron al poder y a España no la iba a reconocer ni la madre que la parió (una de las pocas promesas que cumplieron).
Ahora, 44 años después, nos reencontramos (en realidad, me reconoció él a mí) en la inauguración oficial de las oficinas de Cojebro en Madrid, el día antes de la Misa de la Patrona. Era la alegría del reencuentro, apenas empañada por el recuerdo de los que se fueron antes de tiempo, de los que ya no están, y de los que se perdieron por el camino (no el de Santiago, aunque todo es posible).
Además de constatar cómo se envejece, porque los años no pasan en balde (él me conoció con una buena mata de pelo y delgado como un palillo, todo lo contrario de mi situación actual), fue un placer volver a los debates intelectuales, lo que nos llevó a evocar una larga conversación sobre Umberto Eco, El nombre de la rosa, y la prácticamente nula aplicación de la semiótica al estudio de la Biblia por parte de los católicos (no así en otras confesiones del cristianismo).
Debates que, en mi caso y desde luego desde el mayor de los respetos por las decisiones personales de cada uno, me llevan a reafirmarme que la evolución siempre es hacia delante. Si es hacia atrás, ya no es evolución, sino involución. Le pese a quien le pese.
En aquellos años de transición de un arzobispo claramente progresista a otro netamente conservador, que le dejó las cosas prácticamente hechas a su sucesor para que rematara la faena involucionista, proliferaron los camaleones, los que se adaptaron, los devotos de "donde dije digo, digo Diego", los que juraron y perjuraron que nunca se pondrían ni un clerigman porque había que incardinarse en la sociedad, ahora llevaban sotana. Los que vendieron valores y principios inquebrantables por un plato de lentejas. También hubo quien se marchó, harto de tanta marcha atrás, fiel a sus ideas.
Recuerdo a un profesor, entonces muy avanzado, que luego optó por renunciar a su opción fundamental para hacer carrera como obispo (primero como auxiliar, luego ya como titular).
Cierto es que no juzgues y no serás juzgado. Yo me limito a levantar acta de los hechos, respetando, por supuesto, las decisiones personales.
Otra reflexión, al hilo del reencuentro, es cómo en la Iglesia católica, apostólica y romana, la multinacional que más tiempo lleva funcionando sobre la Tierra, también funciona aquello de 'quítate tú, que me pongo yo'. Y que pesa más la pertenencia a un determinado grupo que el talento o las capacidades de cada persona. Así nos va a todos.
Pero todo esto no borra la alegría del reencuentro, el placer de la discusión intelectual, constatar que algunas cosas no cambiaron a pesar del paso y del peso de los años, que cada uno desde su posición puede entender al otro. Al menos, intentarlo. Luego, la vida nos llevará hacia donde merezcamos estar.