Miguel Ángel Valero
En noviembre de 2018, dos años después de la victoria que llevó a Donald Trump a la Casa Blanca por vez primera, los republicanos perdieron el control de la Cámara de Representantes en beneficio de los demócratas. Sin embargo, aquella derrota no alteró la estrategia de Trump: la confrontación con China continuó escalando, lo mismo que la política antimigratoria, y se incrementó el uso de las órdenes ejecutivas para sortear a la Cámara en manos de los demócratas.
Un análisis de CECA cree que, ocho años después, puede pasar lo mismo y duda que una derrota republicana en las elecciones de medio mandato tenga capacidad para modificar la trayectoria política, económica y estratégica de EEUU.
Parece clara la derrota de Trump, con las encuestas dando el 50% de los votos a los demócratas, frente al 43% de los republicanos; y un rechazo al polémico presidente de EEUU cercano al 60% por los aranceles, la creciente polarización institucional, y la gestión del conflicto con Irán (que solo apoya una cuarta parte de los estadounidenses).
La Brújula Geopolítica de CECA considera que una mayoría demócrata ofrece a Trump una ventaja política nada desdeñable: "la existencia de un adversario interno claramente identificable al que atribuir el bloqueo de determinadas iniciativas y presentar como responsable de la parálisis institucional", que "permitiría reforzar una narrativa según la cual las transformaciones que propone encuentran resistencia en unas élites empeñadas en preservar el statu quo". Esto "puede facilitar la construcción de un relato político de cara a las presidenciales de 2018".
Mientras, el Partido Demócrata continúa inmerso en un proceso de redefinición estratégica, buscando "cómo ampliar su atractivo entre los votantes moderados sin desmovilizar a una base electoral cada vez más ideologizada". Su estrategia combina competir por el centro político impulsando, al mismo tiempo, figuras de mayor perfil ideológico, como Alexandria Ocasio-Cortez o Zohran Mamdani (el alcalde de Nueva York) para movilizar a los sectores más progresistas del electorado.
Más capacidad de supervisión sobre la Administración
En caso de recuperar la Cámara de Representantes, los demócratas reforzarían significativamente su capacidad de supervisión sobre la Administración, impulsando investigaciones parlamentarias, aumentando el escrutinio sobre algunas actuaciones y dificultando la financiación de algunas iniciativas de la Casa Blanca. Pero durante el segundo mandato de Trump una gran parte de la acción de gobierno se ha desarrollado a través de órdenes ejecutivas, con una producción legislativa muy limitada.
Si los demócratas consiguieran también el Senado, la capacidad de supervisión sería mucho mayor: la Casa Blanca encontraría más dificultades para aprobar nombramientos, iniciativas legislativas o acuerdos presupuestarios.
Concentración económica sin precedentes
Varios elementos económicos juegan en contra de Trump. Uno, la creciente concentración del consumo: más del 60% de la demanda interna de EEUU procede del 10% de los hogares con mayores ingresos. Otro es la inflación, actualmente en el 3,4%, muy lejos del objetivo del 2% de la Fed. El tercero es el déficit fiscal, que ha pasado del 5% previsto al 7% del PIB. Otro factor es el endeudamiento público, que supera los 40 billones$ y que hacen que el pago de intereses de esa deuda supera ya al gasto en defensa.
La recaudación obtenida a través de los aranceles ha sido inferior a la inicialmente estimada; la reforma fiscal de Trump ha limitado el crecimiento de los ingresos públicos mientras el gasto se ha disparado, sobre todo por defensa (guerra de Irán), la seguridad fronteriza y la lucha contra la inmigración.
También preocupa la concentración económica provocada por la inteligencia artificial (IA) y que no tiene precedentes. Las enormes inversiones necesarias para desarrollar modelos avanzados de IA, centros de datos e infraestructuras computacionales favorecen que una parte creciente del valor generado por la economía digital quede concentrada en un reducido número de empresas, con la consiguiente dependencia de los mercados financieros y bursátiles.
Además, el despliegue masivo de centros de datos y de infraestructuras energéticas están comenzando a generar tensiones políticas y sociales en la propia base electoral que llevó a Trump de nuevo a la Casa Blanca, el movimiento MAGA (Make America Great Again, “Hagamos que EEUU vuelva a ser grande”), preocupada por el consumo de energía, el uso del suelo, o el impacto en las comunidades locales.