Miguel Ángel Valero
En su cuarto viaje a China como presidente del Gobierno, Pedro Sánchez pide, en la Universidad de Tsinghua, "un templo del saber", la mejor cantera para las élites políticas y económicas del país (allí estudió ingeniería química el presidente chino, Xi Jinping), que el gigante asiático “se abra para que Europa no tenga que cerrarse”. Y reclama medidas para corregir un déficit comercial “insostenible por los movimientos aislacionistas que alimenta y por los agravios y el dolor social que provoca”.
También ha mantenido un encuentro con el fundador de Xiaomi, Lei Jun, para explorar oportunidades de colaboración, sobre todo en el coche eléctrico.
"Hay momentos en los que el ruido lo ocupa todo. La guerra en Oriente Medio, la tensión energética, los movimientos de Estados Unidos… y, sin embargo, mientras el foco está en lo urgente, lo verdaderamente importante se mueve en silencio. Y ahí es donde aparece China. Porque mientras Occidente reacciona, China planifica", resalta el analista Pablo Gil en The Trader.
China ha aprobado su XV Plan Quinquenal. Y esto no es un simple documento económico. Es una hoja de ruta estratégica a cinco años donde se decide qué sectores dominar, qué vulnerabilidades eliminar y qué posición ocupar en el mundo dentro de una década. No están pensando en el próximo trimestre. Ni siquiera en el próximo ciclo económico. Están pensando en la próxima fase del poder global.
Ése es el primer gran contraste si lo comparamos con EEUU y Europa, que parecen vivir atrapados en el corto plazo. Sus decisiones están condicionadas por elecciones, crisis, ciclos de mercado o presiones sociales. Cada movimiento responde a lo inmediato. Cada política intenta apagar el incendio del momento. Y eso genera algo muy peligroso: inconsistencia estratégica.
China juega otro juego. No busca maximizar el crecimiento hoy, sino reducir riesgos mañana. No prioriza la rentabilidad inmediata, sino el control estructural. Por eso su plan no gira en torno a crecer más rápido, sino a ser menos vulnerable: autosuficiencia tecnológica, dominio de la inteligencia artificial, control de materiales críticos, seguridad energética y liderazgo industrial.
Y aquí entra otro punto clave que en Europa no estamos terminando de entender: la energía ya no es solo energía. Puedes producir electricidad dentro de tus fronteras, pero si dependes de otros para las baterías, los paneles solares, los electrolizadores o las redes, en realidad no eres autónomo. Solo has cambiado una dependencia por otra.
China lo ha entendido perfectamente. No solo quiere participar en la transición energética. Quiere dominarla. Quiere fabricar las baterías, procesar los materiales, producir los paneles, controlar la cadena de suministro y marcar los estándares. Es decir, quiere situarse en el centro del nuevo sistema industrial global.
Europa, en cambio, ha hecho lo contrario. Ha apostado por la descarbonización sin asegurarse el control de las tecnologías clave. Ha sustituido dependencia energética por dependencia tecnológica. Y lo más preocupante: lo ha hecho en nombre de una supuesta autonomía estratégica que, en la práctica, cada vez es menor.
Pero la diferencia no se queda ahí. China no separa economía, tecnología y defensa. Lo integra todo en una misma visión de poder. Industria, innovación y capacidad militar avanzan juntas. Mientras tanto, en Occidente seguimos tratando estos ámbitos como compartimentos estancos.
Ese enfoque integrado le permite algo fundamental: ganar tiempo. En el escenario geopolítico actual, China evita exponerse, mantiene un perfil bajo en conflictos como Ucrania o Irán, pero al mismo tiempo refuerza su posición interna y amplía su influencia. No necesita confrontar directamente. Le basta con esperar, consolidar y aprovechar los errores de otros.
Y aquí está la clave de todo. China no necesita ser más fuerte que Occidente hoy. Solo necesita que Occidente siga siendo incoherente. Porque mientras Europa discute, Estados Unidos cambia de rumbo según el ciclo político y los mercados reaccionan al titular del día, Pekín sigue avanzando paso a paso, sin ruido, pero sin pausa.
Y la historia nos enseña algo muy claro: las grandes transformaciones no las ganan los que reaccionan mejor, sino los que planifican más lejos. Por tanto, el verdadero riesgo no es que China crezca más rápido. Es que piense mejor a largo plazo. Porque cuando un país alinea estrategia, industria y tecnología durante décadas, no compite por el presente… construye el futuro. Y cuando ese futuro llega, ya es demasiado tarde para reaccionar.