21Jul

Andy Burnham ha tomado posesión como primer ministro, el séptimo en los últimos diez años, prometiendo aliviar la presión del coste de la vida. A partir del 1 de octubre desaparecerás el 5% de IVA a las facturas energéticas.

Miguel Ángel Valero

Andy Burnham ha tomado posesión como primer ministro de Reino Unido.  El séptimo en los últimos diez años. El nuevo líder afronta el reto de devolver la estabilidad y la unidad a un Partido Laborista profundamente debilitado, después de que Keir Starmer sufriera una dura derrota en las elecciones locales de mayo, un resultado que acabó precipitando su dimisión.

Hasta ahora alcalde de Manchester, Burnham fue elegido líder laborista tras convertirse en el único aspirante al cargo. 

El nuevo primer ministro ha situado entre sus prioridades una mayor capacidad de decisión de las regiones frente al peso político y económico de Londres. También ha prometido aliviar la presión del coste de la vida. Como primera medida, ha anunciado la eliminación, a partir del 1 de octubre, del IVA del 5% sobre las facturas energéticas. Según el Gobierno británico, esta rebaja permitirá a los hogares ahorrar una media de 45 libras al año. La iniciativa se financiará mediante la cancelación del proyecto de identificación digital –para acreditar la identidad de los ciudadanos sin necesidad de documentos físicos– impulsado por el Ejecutivo de Starmer.

Además, Burnham ha empezado a configurar su gabinete: nombró a John Healey, actual secretario de Defensa, como ministro de Economía y Hacienda, lo que ha alimentado las especulaciones sobre un posible aumento de gasto militar. Healey abandonó el Gobierno de Starmer el mes pasado al considerar insuficientes los fondos destinados a defensa.

Por otro lado, el nuevo líder ha anunciado que hará uso de la flexibilidad contemplada en las reglas fiscales, aunque sin apartarse del marco de disciplina presupuestaria heredado. Estas normas permiten una excepción para financiar mediante deuda inversiones productivas en ámbitos como las infraestructuras, la vivienda o la energía, siempre que contribuyan al crecimiento económico y generen retornos a largo plazo.

En un contexto de incertidumbre marcado por la reanudación de la guerra en Oriente Medio, el nuevo primer ministro británico afirma que buscará “toda la flexibilidad posible” dentro del marco de las reglas fiscales de endeudamiento y gasto del Gobierno. 

Como resultado, la rentabilidad exigida a los Gilts repuntó 8 puntos básicos (pb) y superó el umbral del 5% por primera vez desde mayo de 2026. No ha sucedido solo en el Reino Unido, ya que la TIR (la tasa interna de rentabilidad, lo que tienen que pagar para captar inversores) de los bonos soberanos a 10 años de EEUU aumentó 4 pb, hasta el 4,59%,  y la de los de Alemania, 2 pb, hasta el 3,15%.

UBS: la mejora de la confianza del mercado ayudará a la libra

"Mientras se mantenga la disciplina fiscal, una oferta adicional limitada de gilts debería respaldar el endeudamiento del gobierno a corto y medio plazo, mientras que la mejora de la confianza del mercado debería mantener a la libra esterlina en una posición sólida", opina Maelle Quillevere, economista de UBS Global Wealth Management.

15Jul

Después de la Unión Europea (49,5%), los principales socios comerciales del Reino Unido son EEUU, con un 11,6%, y China, con un 8,8%. El comercio con estos mercados se ha estancado en los últimos años y hay pocos indicios de que haya mejorado su influencia o sus oportunidades de crecimiento.

Miguel Ángel Valero

La salida del Reino Unido de la Unión Europea ha ralentizado el comercio británico, ha reducido el tamaño de la economía y ha añadido nuevas capas burocráticas para las empresas exportadoras. Crédito y Caución ha analizado los efectos del Brexit cuando se cumple el décimo aniversario del referéndum, evaluando los volúmenes comerciales registrados desde antes de la votación hasta la actualidad. Así, se observa una clara pérdida de dinamismo del comercio. Si en 2016 la tasa de crecimiento era del 3 %, repartida de forma equitativa entre los mercados de dentro y de fuera de la Unión Europea, ahora cae al 0,9%.

Esta ralentización es más acusada en las relaciones comerciales con la Unión Europea, que actualmente registran un crecimiento de apenas el 0,5%. Por su parte, el comercio con países no pertenecientes a la Unión Europea crece ahora en el entorno del 1,2 %.

Además, el Reino Unido no ha podido sustituir Europa por mercados globales de más rápido crecimiento ni tampoco ha reducido de manera significativa su dependencia del mercado único. La cuota de la Unión Europea en el comercio total del Reino Unido solo ha descendido 1,8 puntos porcentuales en diez años, pasando del 51,3 % antes del referéndum al 49,5 %. De hecho, las exportaciones a Europa se han mantenido en el 48%, ya que las empresas británicas han optado por conservar su base de clientes europeos.

El Reino Unido cuenta con más de 70 acuerdos comerciales en vigor, pero la gran mayoría son renovaciones de los que ya tenía como miembro de la Unión Europea. 

Dana Bodnar, economista sénior de Atradius Crédito y Caución, señala que “después de la Unión Europea, los principales socios comerciales del Reino Unido son EEUU, con un 11,6%, y China, con un 8,8%. El comercio con estos mercados se ha estancado en los últimos años y hay pocos indicios de que el Reino Unido haya mejorado su influencia o sus oportunidades de crecimiento a nivel bilateral con ellos”.

Además de la pérdida de dinamismo del comercio, el Brexit ha traído consigo un entorno burocrático más complejo para las empresas, con declaraciones de aduana, requisitos de normas de origen, controles reglamentarios, complicaciones con el IVA y nuevos costes de cumplimiento normativo. En este contexto, las compañías B2B han tenido que adaptarse a una nueva realidad caracterizada por márgenes reducidos, cadenas de suministro más complejas y mayores necesidades de capital circulante, lo que hace que la gestión del riesgo de crédito y unas condiciones de pago sólidas sean más importantes que nunca desde el referéndum.

The Trader

La dimisión de Keir Starmer no es solo la caída de otro primer ministro británico. Es un síntoma de una crisis mucho más profunda. Reino Unido va camino de tener su séptimo jefe de Gobierno en apenas una década: David Cameron, Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss, Rishi Sunak, Keir Starmer y, muy probablemente, Andy Burnham, el exalcalde de Manchester que aparece como favorito para liderar el Partido Laborista.

La pregunta es evidente: ¿cómo puede una de las democracias más antiguas y estables del mundo haber entrado en esta dinámica de rotación permanente? La respuesta fácil sería culpar al Brexit. Y, en parte, es verdad. El referéndum de 2016 dividió al país, reabrió tensiones territoriales en Escocia e Irlanda del Norte y convirtió la relación con Europa en una cuestión de identidad nacional. Pero sería demasiado simple detenerse ahí.

El Brexit no creó todos los problemas de Reino Unido. Lo que hizo fue volverlos mucho más difíciles de gestionar. Puso sobre la mesa una promesa muy poderosa: recuperar el control. El problema es que, diez años después, muchos ciudadanos no sienten que tengan más control sobre aquello que afecta a su vida diaria: el coste de la vida, la sanidad, la vivienda, los salarios, la inmigración o el crecimiento económico.

Ahí está la verdadera historia. Reino Unido está atrapado entre cuatro demandas que, por separado, parecen razonables, pero que juntas son casi imposibles de satisfacer.
Quiere mejores servicios públicos, pero no quiere pagar muchos más impuestos. Quiere aumentar el gasto en defensa, pero no quiere recortar otras partidas. Quiere más crecimiento, pero arrastra baja productividad, inversión insuficiente y más fricciones comerciales desde el Brexit. Y quiere controlar la inmigración, pero necesita trabajadores para sostener la sanidad, los cuidados, la construcción, la hostelería y buena parte de su economía. Ése es el laberinto británico.

Starmer llegó al poder prometiendo estabilidad después de años de caos conservador. Representaba seriedad, orden y previsibilidad. Pero en política no basta con no ser el problema anterior. También hay que ofrecer una salida convincente. Y Starmer no lo logró.

Heredó unas cuentas públicas complicadas, una economía débil, unos servicios públicos tensionados y un electorado impaciente. Pero nunca consiguió transformar la estabilidad en esperanza ni construir un relato claro sobre hacia dónde iba el país.

El resultado fue el peor escenario posible: subidas de impuestos sin sensación de mejora, disciplina fiscal sin crecimiento suficiente, presión para aumentar el gasto en defensa y miedo creciente dentro del Partido Laborista a que Reform UK, el partido de Nigel Farage, capitalizara el malestar social.

Por eso la dimisión de Starmer no debe interpretarse solo como una crisis interna laborista. Es la expresión de un problema más amplio: Reino Unido se ha convertido en un país donde cualquier Gobierno llega prometiendo estabilidad y acaba devorado por las mismas contradicciones.

Los mercados financieros lo saben y por ello es crucial vigilar el comportamiento de tres activos:

  • La libra esterlina es el primer termómetro. Cuando aumenta la incertidumbre política, refleja las dudas sobre el crecimiento futuro, la credibilidad fiscal y la dirección económica del país.
  • El segundo termómetro es el mercado de gilts, la deuda pública británica. Tras el episodio de Liz Truss, los inversores aprendieron que Reino Unido no tiene margen ilimitado para experimentar con las cuentas públicas. Si el próximo Gobierno promete más gasto sin explicar cómo lo financiará, la presión aparecerá rápidamente en la rentabilidad de los bonos, encareciendo las hipotecas, el crédito empresarial y el coste de financiación del Estado.
  • El tercer termómetro es la Bolsa. Pero conviene distinguir entre un FTSE 100 dominado por multinacionales con ingresos globales y un FTSE 250 mucho más expuesto a la economía doméstica. Si el mercado empieza a preocuparse de verdad por el crecimiento británico, probablemente el daño se verá antes en las compañías medianas del FTSE 250 que en las grandes multinacionales.La reacción inicial del mercado no parece de pánico. Los inversores no están tratando la dimisión de Starmer como una crisis tipo Liz Truss. Al menos, no por ahora. Pero sí están enviando una advertencia: el problema no es quién se va, sino qué hará quien llegue.

La paradoja británica es que el país quería recuperar soberanía, pero ahora descubre que la soberanía política sirve de poco si no va acompañada de margen económico. Puedes controlar tus fronteras, pero no evitar que tu economía necesite trabajadores. Puedes prometer mejores servicios públicos, pero no financiarlos indefinidamente sin crecimiento. Puedes aspirar a más defensa, menos impuestos y más prosperidad. Pero la política no puede derogar la aritmética.

La caída de Starmer no es el final de una crisis. Es otro capítulo de la misma historia. Una historia que empezó con una promesa de control y que hoy muestra los límites de gobernar un país que quiere más de casi todo, pero no acepta plenamente el coste de conseguirlo.

"Por eso, cuando miremos el gráfico de la libra, del gilt o de la Bolsa británica, no deberíamos verlo solo como la reacción a una dimisión. Deberíamos verlo como algo más profundo: el mercado preguntándose si Reino Unido encontrará por fin un Gobierno capaz de decir la verdad incómoda: que no se puede tener simultáneamente más Estado, menos impuestos, más defensa, menos inmigración, más crecimiento y menos integración económica con tu principal mercado. Esa contradicción, mucho más que el nombre del próximo primer ministro, es el verdadero desafío británico. Y, por desgracia, Reino Unido no es una excepción. Las mismas tensiones empiezan a manifestarse en buena parte de Europa, independientemente de la ideología del Gobierno de turno", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.

UBS: "seguimos viendo oportunidades selectivas"

Andy Burnham está a punto de convertirse en líder del Partido Laborista, actualmente en el poder, este viernes 17 de julio, y en el séptimo primer ministro del Reino Unido en la última década el próximo lunes, 20 de julio, tras conseguir un respaldo abrumador entre los diputados laboristas. Sus declaraciones anteriores sobre los mercados de bonos generaron dudas sobre la disciplina fiscal. Sin embargo, su posterior compromiso con las reglas fiscales del Reino Unido ha contribuido a tranquilizar a los inversores.

Aunque los inversores seguirán buscando más señales de tranquilidad a través de sus elecciones para el gabinete y su agenda política, "seguimos viendo oportunidades selectivas en los activos del Reino Unido", subrayan en UBS.

La contención fiscal debería limitar tanto la oferta adicional de gilts como la necesidad de endurecer la política monetaria, lo que favorece las oportunidades en bonos de calidad de duración corta a media.La libra esterlina debería mantenerse bien respaldada, especialmente frente al franco suizo, dada su atractiva rentabilidad relativa.Dado que entre el 75% y el 80% de los ingresos del FTSE 100 se generan fuera del Reino Unido, el mercado bursátil en general debería mantenerse relativamente aislado de los cambios políticos internos.

Mark Haefele, Director de Inversiones (CIO) de UBS Global Wealth Management, afirma: "Seguimos centrados en oportunidades selectivas dentro de los activos del Reino Unido, incluyendo bonos en libras esterlinas de calidad con duración corta a media y operaciones de carry favorables en libras, manteniendo al mismo tiempo una visión Neutral sobre la renta variable británica dentro de carteras globalmente diversificadas. El compromiso de Burnham con el marco fiscal existente debería limitar tanto el riesgo de un aumento desestabilizador en la emisión de gilts como la probabilidad de que la política fiscal obligue al Banco de Inglaterra a endurecer su política de forma más agresiva".

23Jun

UBS cree que los bonos de calidad a corto y medio plazo en libras presentan un atractivo interesante, y que la divisa británica se mantenga respaldada por un carry de rentabilidad atractivo, especialmente frente a divisas de menor rendimiento como el euro y el franco suizo.

Miguel Ángel Valero

Precisamente cuando se cumple una década desde el Brexit, el primer ministro británico, Keir Starmer, presentó su dimisión debido a las fuertes presiones políticas surgidas tras la contundente derrota electoral del partido laborista en mayo y la falta de consenso sobre la dirección económica de su Gobierno. Y es que, a pesar de haber asumido el cargo con una mayoría sólida, el debilitamiento de su liderazgo interno por la caída en la popularidad y las disputas fiscales con su propio gabinete han terminado por forzar su salida.

La noticia fue recibida sin grandes sobresaltos por la Bolsa y divisa británicas, en paralelo al anuncio del calendario oficial de sucesión que fijará el relevo definitivo este verano. Así, el 9 de julio se abrirán las nominaciones –en donde cada candidato requerirá el aval del 20% de los diputados–, proceso que durará hasta el 16 del mismo mes y en donde se podría activar una sustitución inmediata si se confirma a Andrew Burnham, actual alcalde de Gran Manchester como candidato único o, por el contrario, el proceso podría extenderse hacia una votación final de las bases el 1 de septiembre. Contando al sustituto de Starmer, Reino Unido habrá conocido siete primeros ministros en la última década, coincidiendo con la votación del Brexit.      

Para UBS, el sucesor más probable de Starmer es Andy Burnham, cuya reciente y contundente victoria frente al candidato del partido Reform UK en unas elecciones parciales ha reforzado su posición dentro del gobernante Partido Laborista.

En las próximas semanas, los inversores estarán atentos a cualquier señal sobre la agenda política de Burnham. El cambio político llega después de que los últimos datos mostraran que el endeudamiento del Gobierno británico en mayo aumentó un 30% respecto al mismo mes del año anterior, superando las previsiones.

Mientras los mercados esperan una mayor orientación por parte del nuevo Gobierno, "seguimos identificando oportunidades selectivas en activos británicos". Cualquier nuevo liderazgo tendrá que mantenerse alerta ante los riesgos del endeudamiento sin respaldo financiero y, dado que los mercados están descontando un endurecimiento excesivo por parte del Banco de Inglaterra, los bonos de calidad a corto y medio plazo presentan un atractivo interesante. Es probable que la libra esterlina se mantenga bien respaldada, especialmente frente al franco suizo, dada su rentabilidad relativa favorable. Dado que aproximadamente entre el 75% y el 80% de los ingresos del FTSE 100 se generan fuera del Reino Unido, el mercado no es especialmente sensible a los cambios políticos internos.

Mark Haefele, Director de Inversiones (CIO) de UBS Global Wealth Management, afirma: "Seguimos centrados en oportunidades selectivas en activos británicos, incluyendo bonos en libras esterlinas de calidad y operaciones de carry en divisas favorables, manteniendo al mismo tiempo una posición neutral en renta variable británica dentro de carteras globales diversificadas. Los últimos acontecimientos políticos no requieren, por el momento, ajustes en carteras globales bien diversificadas; sin embargo, la incertidumbre política es un recordatorio de la importancia de la diversificación mientras el panorama se va aclarando".

"En este entorno, los inversores harían bien en ir más allá del ruido político y centrarse en las oportunidades que ofrecen los mercados. Seguiríamos aprovechando el contexto actual para asegurar rentabilidades, con preferencia por los bonos de calidad denominados en libras esterlinas. En cuanto a la divisa, esperamos que la libra se mantenga respaldada por un carry de rentabilidad atractivo, especialmente frente a divisas de menor rendimiento como el euro y el franco suizo", explica Dean Turner, Economista.

30Jan

El crecimiento de las exportaciones está perdiendo impulso, el consumo no avanza, tampoco la inversión privada, y la demografía no ayuda. Pero en I+D reduce distancias con EEUU, y su superávit comercial ha superado por vez primera el billón$.

Miguel Ángel Valero

Reino Unido y China han dado un paso significativo para reforzar su relación política y económica, ignorando las advertencias del presidente estadounidense Donald Trump. Pekín permitirá la entrada sin visado a los ciudadanos británicos durante 30 días y reducirá a la mitad los aranceles aplicados al whisky –del 10% al 5%– mientras que la farmacéutica británica AstraZeneca ha anunciado una inversión de 15.000 millones$ en el país asiático. 

A ello se suma el compromiso del Reino Unido de facilitar un mayor acceso a los mercados chinos para su sector de servicios. Ambas naciones han acordado una nueva “asociación de servicios” que proporcionará a los sectores británicos sanitario, financiero, jurídico, profesional y educativo reglas más claras, un mejor acceso al mercado y apoyo para impulsar sus ventas dentro de China.

En conjunto, estos movimientos evidencian cómo las políticas proteccionistas y el clima de confrontación impulsados por Trump están llevando a los países europeos a diversificar sus alianzas exteriores. Sus socios comerciales en Europa están explorando oportunidades con potencias alternativas o incluso con el propio rival estratégico de EEUU: China. 

Las recientes negociaciones entre China con Reino Unido y Canadá, así como el acuerdo comercial firmado la semana pasada entre la Unión Europea e India, son ejemplos claros de cómo el comercio global busca la readaptación.

Crédito y Caución: desaceleración de la economía china

Crédito y Caución vaticina una desaceleración de la economía china en 2026 y 2027 a medida que se desvanece el impulso de las exportaciones y persisten los retos estructurales. Así, se espera que el crecimiento de su PIB se quede en el 4,4% para este año y el próximo, por debajo de los niveles registrados en 2024 (5%) y 2025 (4,8%).  

Varios factores explican la pérdida de impulso de la economía de China. Por una parte, la inversión privada en infraestructuras de inteligencia artificial (IA) que está impulsando el crecimiento en otros importantes mercados, como EEUU, es sustancialmente menor en el caso del país asiático, dejando un impacto limitado en el PIB local.

Por otra parte, aunque el acuerdo comercial entre EEUU y China alivió un periodo de gran tensión, al revocar una serie de aranceles y controles a la exportación, todavía arroja mucha incertidumbre en el contexto internacional. La relación entre ambos países sigue marcada por la desconfianza y la rivalidad.

Además, el crecimiento de las exportaciones está empezando a perder impulso, fruto de la anticipación de compras que se produjo en el primer trimestre de 2025 para evitar los aranceles. En octubre, las exportaciones disminuyeron un 1,1 % interanual, mientras que las importaciones aumentaron un 1%, según datos de aduanas. En este escenario, se prevé que el crecimiento de las exportaciones se ralentice a lo largo de 2026. 

Por otra parte, el crecimiento del consumo sigue viéndose frenado por el elevado nivel del ahorro preventivo y la corrección del mercado inmobiliario, a pesar del aumento de los ingresos y el incremento del gasto social.

La inversión pública es mucho más sólida que la privada, ya que el Gobierno está acelerando el gasto en infraestructuras, en particular en proyectos estratégicos que refuerzan la resiliencia de China frente a los desastres naturales y los conflictos geopolíticos. Junto a ello, las presiones deflacionistas están llevando a los responsables políticos a intentar reactivar la economía mediante el gasto público y la flexibilización monetaria, previsiblemente a través de medidas como nuevas reducciones del tipo de interés oficial, una menor ratio de reservas mínimas y la concesión de tipos de interés preferenciales

Estas iniciativas, junto con la ampliación y expansión del programa de intercambio para incluir teléfonos inteligentes además de electrodomésticos, beneficiarán principalmente a los grupos de bajos ingresos, que tienen una mayor propensión al consumo.

La economía de China seguirá mostrando un mejor comportamiento que la media global, con una previsión de crecimiento del 4,4% en 2026, frente al 2,8% a nivel mundial. Sin embargo, tendrá que hacer frente a importantes retos que están ralentizando su dinamismo, como el enfriamiento de las exportaciones.

UBP: una plataforma más sólida para competir en el exterior

En un informe sobre la internacionalización del Renminbi Chino, Carlos Casanova, economista jefe de Asia para Union Bancaire Priveé (UBP), señala queEl decimoquinto plan quinquenal de China (2026–2030), que se dará a conocer en marzo por la Asamblea Popular Nacional, apunta a un cambio en la forma en que el Banco Popular de China gestiona el tipo de cambio del renminbi (RMB)". 

"A largo plazo, Pekín parece dispuesto a priorizar la liberalización de la cuenta corriente frente a una política de apreciación controlada. El objetivo es impulsar la demanda global de la moneda, contribuyendo a absorber shocks externos y, al mismo tiempo, ofrecer a los emergentes ‘campeones’ tecnológicos del país, la próxima generación de innovadores globales, una plataforma más sólida para competir en el escenario internacional", explica. 

"A medida que China transita hacia este nuevo paradigma, el reposicionamiento del RMB será clave para abordar los desequilibrios estructurales, apoyar el reequilibrio económico interno y reforzar la competitividad global de las empresas chinas”, subraya este experto.

The Trader: China crece a dos velocidades

China ha vuelto a cumplir su objetivo oficial de crecimiento, ese “alrededor del 5%” que Pekín se ha marcado durante tres años consecutivos. En 2025 el PIB creció exactamente un 5%, igual que en 2024. Sobre el papel, misión cumplida. Pero cuando se rasca un poco, el mensaje es bastante menos tranquilizador. El último trimestre del año deja una señal clara: la economía se está desacelerando. El crecimiento interanual fue del 4,5%, el ritmo más bajo desde la reapertura tras el COVID. Y lo más relevante no es tanto la cifra puntual, sino la tendencia: cada trimestre de 2025 fue más débil que el anterior. Eso apunta a un problema estructural que no se resuelve con titulares. El gran desequilibrio sigue siendo el mismo. 

China crece a dos velocidades. Por un lado, el sector industrial y las exportaciones aguantan sorprendentemente bien. La producción industrial creció un 5,2% en diciembre y las exportaciones aportaron nada menos que un tercio del crecimiento total del año, el mayor peso desde finales de los años 90. En plena guerra comercial y con más proteccionismo global, China ha logrado redirigir sus exportaciones fuera de EEUU y cerrar 2025 con un superávit comercial récord.

Pero por dentro, la economía está claramente gripada. El consumo es débil, la inversión cae y el mercado inmobiliario sigue siendo un lastre enorme. Las ventas minoristas apenas crecieron un 0,9% en diciembre, el peor dato desde 2020. La inversión total cayó un 3,8% en el conjunto del año, la primera caída anual en casi tres décadas, y la inversión inmobiliaria se desplomó más de un 17%. A eso se suma un mercado laboral que no termina de reaccionar y unos salarios que crecen cada vez más despacio. 

Pekín es consciente del problema. El propio Buró Nacional de Estadística reconoce el desequilibrio entre una oferta interna fuerte y una demanda claramente insuficiente. El plan para los próximos años pasa por impulsar el consumo, frenar la caída de la inversión y reducir la guerra de precios entre empresas, la llamada campaña “anti-involución”. Pero todo eso choca con límites muy claros: la deuda de los gobiernos locales, el colapso del sector inmobiliario y la negativa a lanzar un estímulo masivo al estilo del pasado. Además, el contexto demográfico no ayuda. La población total volvió a caer por cuarto año consecutivo y el número de nacimientos bajó a mínimos históricos. Menos población activa, más presión sobre el crecimiento potencial y más difícil alcanzar el objetivo estratégico de convertirse en una economía “moderadamente desarrollada” en 2035, algo que exigiría crecer a más del 4% anual durante la próxima década.

China ha vuelto a demostrar que sabe cumplir objetivos y sostener el crecimiento incluso en un entorno cada vez más hostil. Pero también queda claro que apoyarse casi exclusivamente en el tirón exportador no es una estrategia sostenible en el tiempo. El verdadero debate ya no es si Pekín logrará volver a maquillar el 5% en 2026, sino si será capaz de reactivar su demanda interna sin asumir riesgos financieros mayores. Porque una economía que solo crece hacia fuera acaba encontrando límites, y China empieza a estar peligrosamente cerca de ellos.

Por otro lado, si se analiza el gasto en I+D (tanto total como por sectores) la conclusión es inequívoca. China ha reducido de forma drástica la distancia con EEUU. Las empresas chinas invierten ya casi tanto como las estadounidenses, el gasto gubernamental se ha disparado y las universidades destinan recursos que hace solo una década eran impensables. El resultado es un ecosistema científico-tecnológico en rápida expansión: más laboratorios, más patentes, más centros de excelencia y más talento que decide quedarse.

Este viraje no es espontáneo. Es una estrategia de largo plazo cuyo objetivo es claro: dejar de depender de tecnología extranjera y dominar las industrias críticas del futuro. Inteligencia artificial, biotecnología, energías limpias, vehículos eléctricos, computación avanzada, materiales estratégicos… China quiere liderarlo todo. Y la inversión masiva en I+D es el puente que está construyendo hacia ese liderazgo.

Mientras tanto, EEUU conserva fortalezas evidentes: universidades punteras, ecosistemas innovadores únicos y un sector tecnológico de vanguardia. Pero la brecha se estrecha, y lo hace justo en el momento en que la relación entre ambas potencias vive uno de sus periodos más tensos. Ya no se trata solo de quién produce más, sino de quién innova más… y eso es lo que define el poder en el siglo XXI.

"La pregunta clave es cómo responderá Occidente a un competidor que ya no compite por volumen, sino por frontera tecnológica, y que avanza con una determinación difícil de igualar. Porque cuando la innovación se convierte en el terreno de juego, quien marque el ritmo no solo transformará su economía: reescribirá el equilibrio global de poder", opina el analista Pablo Gil en The Trader.

Además, China acaba de superar por primera vez un superávit comercial anual de más de un billón de dólares. Es un hito económico, pero sobre todo una señal de que el mundo entra en una fase mucho más tensa en lo comercial, lo industrial y lo geopolítico. Mientras sus exportaciones a EEUU se hunden (un 29% menos interanual en noviembre), Pekín ha desviado su producción hacia Europa, África y Asia con una rapidez que está alterando el equilibrio global.

Este impulso no se explica únicamente por competitividad: también influye un yuan que, ajustado por inflación, está en su nivel más débil en más de una década. El FMI ya ha señalado que esta depreciación real está amplificando los desequilibrios y reforzando la posición exportadora china. En otras palabras: China vende más porque vende muy barato, y porque su aparato industrial puede escalar a velocidades que Occidente ya no puede igualar.

Europa lo siente especialmente en un sector emblemático: la automoción. La avalancha de vehículos eléctricos chinos está generando un déficit estructural que amenaza a la industria europea. Es un choque frontal entre la mayor potencia manufacturera del mundo y un continente que intenta defender su base industrial con herramientas que llegan tarde.

El movimiento de fondo no se limita a Europa. Incluso aliados tradicionales de China en materia comercial empiezan a virar. México ha introducido nuevos aranceles sobre productos asiáticos para proteger su industria local y evitar convertirse en una vía indirecta de entrada al mercado estadounidense. Es un gesto que muestra cómo la presión de Washington y el rediseño de las cadenas de suministro están reconfigurando el mapa comercial norteamericano.

Pekín, lejos de moderarse, acelera. Está preparando hasta 70.000 millones$ en incentivos para reforzar su industria de chips, una apuesta estratégica en su disputa tecnológica con Estados Unidos. El mensaje es claro: China no piensa renunciar a liderar la próxima fase industrial, ni en vehículos eléctricos, ni en baterías, ni en semiconductores.

"Con un superávit récord, un yuan débil, un aparato industrial respaldado por el Estado y una capacidad extraordinaria para recolocar exportaciones, China no solo resiste la presión estadounidense: está moldeando el nuevo orden económico. La pregunta ya no es si la globalización se fragmenta, sino a qué velocidad va a ocurrir", apunta Pablo Gil.

Lo relevante no es solo que China exporte más, sino que lo haga en un mundo cada vez menos dispuesto a absorberlo sin fricciones. "Mi impresión es que entramos en una fase donde la eficiencia deja paso a la geopolítica. El comercio ya no se decide solo por precios y costes, sino por bloques, seguridad y poder. Y ese cambio tendrá consecuencias profundas para Europa y para el crecimiento global", advierte.

El escaparate de Shanghai

Shanghái no es una excepción dentro de China. Es un adelanto. Un escaparate cuidadosamente construido de lo que el país aspira a ser en el mundo y, sobre todo, de cómo quiere competir por la hegemonía global frente a EEUU. No es una ciudad especializada en un único sector, sino ante un ecosistema completo donde conviven manufactura avanzada, tecnología, comercio, finanzas y servicios a una escala que solo unas pocas metrópolis del planeta pueden igualar. 

Con casi 30 millones de habitantes, Shanghái genera un PIB superior al de muchos países desarrollados y lo hace desde una estructura económica muy reveladora: más del 60 % procede de los servicios, con más de dos billones$ anuales. Exactamente, el mismo patrón que vemos en las grandes ciudades estadounidenses más avanzadas.

El puerto con mayor tráfico de contenedores del mundo la sitúa en el centro de las cadenas globales de suministro. El comercio supera los 195.000 millones de dólares al año, con una clara orientación hacia maquinaria y electrónica. La industria no ha desaparecido, pero ha evolucionado hacia sectores de alto valor añadido: automoción, biomedicina, aeroespacial, inteligencia artificial y semiconductores.

La mega factoría de Tesla produce allí más de un millón de vehículos al año, mientras que SAIC lidera el mercado chino en un país donde se fabrica uno de cada tres coches del mundo.El verdadero salto diferencial está en la tecnología. Software, microelectrónica, circuitos integrados e IA aportan más de 120.000 millones de dólares al PIB de la ciudad. El clúster Shanghái–Suzhou figura entre los cinco mayores nodos tecnológicos del planeta. Cada mes se instalan nuevas sedes de multinacionales y centros de I+D. Cada día nacen cientos de empresas tecnológicas. Es exactamente el tipo de densidad innovadora que se asocia a Silicon Valley, Boston o Seattle. 

Pero nada de esto es improvisado. El punto de inflexión llegó en los años noventa, cuando Pudong fue declarada zona económica especial. Desde entonces, Shanghai funciona como laboratorio: muchas de las políticas que luego se extienden al resto del país se prueban primero aquí. Pero Shanghái no es solo economía. Es también símbolo. Allí nació el Partido Comunista Chino en 1921 y hoy conviven la memoria revolucionaria, el consumo de lujo, la vigilancia tecnológica y una ambición global cada vez más explícita. No es la capital política —ese papel sigue siendo de Pekín—, pero sí la vitrina más sofisticada del poder chino.

Y aquí está la clave. Cuando Xi Jinping habla de modernización, autosuficiencia tecnológica y liderazgo global, Shanghai es el modelo que tiene en mente. Una ciudad capaz de competir de tú a tú con las grandes urbes de Estados Unidos en infraestructura, innovación, servicios financieros y capacidad industrial, sin renunciar al control político ni a una estrategia de largo plazo.

La pugna por la hegemonía mundial no se está librando solo en términos militares o comerciales. Se libra en ciudades como Shanghái. Si China consigue replicar este modelo en otros grandes polos urbanos y sostenerlo en el tiempo, la comparación con Nueva York, San Francisco o Chicago dejará de ser retórica. Será estructural. Y eso demuestra que hay una auténtica batalla por cambiar el equilibrio de poder del mundo que viene.

12Nov

La industria química, con una alta dependencia de los precios de la energía, así como de los cambios en las políticas comerciales, apenas crecerá el 0,2% este año y el 0,4% en 2026.

Miguel Ángel Valero

La industria química es un sector con una alta dependencia de los precios de la energía, así como de los cambios en las políticas comerciales. Estos factores van a suponer un lastre para su crecimiento en 2025 y 2026, que apenas alcanzará un 2,1% a nivel global. En el caso de Europa, se prevé una estabilización de la producción con un crecimiento residual del 0,2% este año y del 0,4% en 2026.

Un estudio de Crédito y Caución analiza las causas de esta ralentización en el mercado europeo. Por una parte, el aumento estructural de los costes energéticos sigue siendo un reto clave para los productores, ya que se espera que los precios del gas se mantengan por encima de los niveles anteriores a la crisis de forma indefinida. El aumento de los precios debilitará la competitividad a largo plazo frente a EEUU y China, sus principales rivales.

Por otra parte, los nuevos aranceles estadounidenses podrían desviar más exportaciones chinas hacia Europa, reduciendo la demanda de productos europeos fabricados con productos químicos locales. A este hecho se añade la previsión de que China incremente sustancialmente la producción química dejando en el mercado mundial un exceso de oferta que repercutirá en los precios y en la competitividad de las empresas europeas.

Por último, la industria química es esencial para otros sectores como la automoción, fuertemente afectada por los nuevos aranceles, en especial, en mercados como Alemania en los que es uno de los principales pilares de su economía.  El efecto negativo de las tarifas arancelarias sobre la industria automovilística está perjudicando, en concreto, al subsector de pinturas y barnices.

El informe de Crédito y Caución también identifica como uno de los principales retos del sector los requerimientos normativos en materia de sostenibilidad. Las empresas se enfrentan a importantes inversiones en descarbonización y optimización de la sostenibilidad para cumplir las regulaciones destinadas a reducir el impacto medioambiental y mejorar las normas de seguridad.
En definitiva, se trata de un sector afectado por factores tanto directos como indirectos. Su fuerte dependencia de las materias primas derivadas del petróleo y del gas, así como de la producción industrial, que lo deja expuesto al efecto de los aranceles, son sus principales debilidades.En los próximos años, la región Asia-Pacífico seguirá siendo el principal motor del crecimiento del sector químico, seguido por Estados Unidos, que se beneficia del suministro de gas de esquisto.

Reino Unido rechaza aportar dinero al fondo de defensa conjunto de la UE

Por otra parte, Reino Unido rechaza la propuesta de la Unión Europea de aportar 6.750 millones€ para acceder al fondo de defensa conjunto. El programa Security Action for Europe (SAFE) es un plan de préstamos de 150.000 millones, respaldados por el presupuesto de la UE, destinado a financiar infraestructura y armamento militar. Para ello, al menos el 65% de los bienes adquiridos deben proceder de la UE, Noruega, Islandia, Liechtenstein, Suiza o Ucrania. 

Además de los Estados miembros, el plan permite la participación de países terceros interesados, como Canadá, Corea del Sur o Turquía. 

En el caso de Reino Unido, el Gobierno ha calificado las aportaciones solicitadas de “irrazonables y desproporcionadas”. Con la fecha límite del 30 de noviembre para que los Estados miembros presenten sus primeras propuestas de proyectos SAFE, el tiempo para alcanzar un compromiso se agota..

Anthony Willis, Senior Economist de Columbia Threadneedle Investments, señala que el Banco de Inglaterra adoptó la semana pasada un tono más acomodaticio, lo que sugiere posibles recortes de tipos en el futuro. "Es probable que la institución gane confianza una vez conozca el contenido del próximo presupuesto británico, especialmente en materia de política fiscal y proyecciones de crecimiento, para determinar el margen disponible para recortar tipos", argumenta.

Aunque la inflación británica se mantiene por encima del objetivo, comienzan a predominar fuerzas desinflacionarias. Esto debería favorecer una moderación de los precios, y si los próximos datos confirman esa tendencia, el Banco de Inglaterra podría sentirse respaldado para efectuar un recorte en diciembre.