Rodrigo Ramirez-Pisco, profesor de la Universidad Carlemany
La expresión alude a una forma elemental de torpeza: infligirse un daño a uno mismo, por decisión propia, sin necesidad de enemigos. Pero lo ocurrido ayer en EEUU va mucho más allá: es un gesto que en una reacción en cadena en el futuro nos afectará a todos. La administración Trump ha derogado el llamado 'endangerment finding' de 2009, la resolución histórica de la Agencia de Protección Ambiental (EPA) que concluyó —tras revisión técnica y acumulación de evidencia— algo que ya sabíamos, aunque a algunos les incomodara decirlo en voz alta: los gases de efecto invernadero amenazan la salud pública y el bienestar.
Durante 16 años, esa resolución funcionó como piedra angular y se convirtió en un fundamento legal y científico para regular emisiones en vehículos, centrales eléctricas e industria. Hoy, al borrarla “con una firma”, no se refuta un argumento; se desactiva el marco que obligaba a tomárselo en serio. Y las consecuencias no son abstractas ni lejanas: Primero, se abre la puerta a la desregulación de emisiones. Menos controles significan más contaminación y, con ella, más enfermedad evitable. El saldo real se medirá en urgencias respiratorias, en episodios de calor extremo, en costes sanitarios, en productividad perdida yen daños climáticos acumulados. Sobre esto se escribirán artículos, informes y libros; pero, sobre todo, se vivirán sus efectos.
Segundo, la sostenibilidad queda fuera de órbita en la mayor o segunda economía del planeta. No porque el resto del mundo deje de avanzar, sino porque el liderazgo económico de EEUU, en vez de acelerar la transición, decide frenarla. Y cuando el actor más grande se desentiende, el sistema entero se vuelve más inestable: mercados, inversiones, innovación tecnológica y cooperación internacional pagan el precio.
Y tercero, se multiplica el riesgo geopolítico y comercial. Una política económica basada en la presión arancelaria y la confrontación convierte el desacuerdo climático en conflicto económico. Los países que mantengan compromisos ambientales pueden verse castigados, y el mensaje implícito es perverso: o alineas tu ciencia con mi narrativa, o asumes el coste.
Pero hay un problema aún más inquietante, el que lo hace todo más oscuro: la repulsión hacia la actividad científica. Frente a la evidencia, siempre hay dos caminos: verificarla y discutirla con rigor, o amputarla para que estorbe menos. Lo segundo es más rápido, más rentable para algunos y más útil para el discurso inmediato. Y, sin embargo, es una derrota cultural: cuando se menosprecia la ciencia no solo se desprecia a los científicos; se desprecia la capacidad de una sociedad para mirarse al espejo y corregirse.
Vivimos días grises. No solo por el febrero del calendario, sino por este clima moral en el queresulta más fácil negar el termómetro que tratar la fiebre.