"Una de las características más sorprendentes de los mercados financieros es su enorme capacidad para adaptarse. No porque los riesgos desaparezcan, sino porque dejan de sorprenderse. Cada vez que estalla una crisis importante, la reacción inicial suele ser muy intensa. Los inversores venden activos de riesgo, buscan refugio, aumenta la volatilidad y las portadas se llenan de titulares alarmistas. Pero, con el paso del tiempo, ocurre algo casi inevitable: el mercado incorpora ese nuevo riesgo a sus expectativas y deja de reaccionar con la misma intensidad. Es exactamente lo que estamos viendo estos días en Oriente Medio", subraya el analista Pablo Gil en The Trader.
Hace apenas un mes, el memorándum de entendimiento entre Estados Unidos e Irán hacía pensar que ambos países podían estar iniciando una etapa de desescalada. Sin embargo, aquel acuerdo prácticamente ha quedado roto. Los bombardeos estadounidenses continúan, Irán mantiene sus ataques contra bases militares estadounidenses en varios países de la región y el estrecho de Ormuz sigue siendo uno de los principales focos de tensión energética del planeta.
La situación, lejos de mejorar, parece haberse deteriorado. Los ataques ya no afectan únicamente a objetivos militares. También han alcanzado infraestructuras energéticas y plantas desalinizadoras en Kuwait, poniendo de manifiesto hasta qué punto el conflicto empieza a extender sus consecuencias sobre instalaciones civiles críticas para toda la región.
Y, sin embargo, la reacción de los mercados resulta sorprendentemente contenida. Es cierto que el petróleo ha vuelto a superar coyunturalmente los 90$ por barril, y que el tráfico marítimo por el estrecho de Ormuz continúa muy reducido. Pero, más allá de ese impacto directo sobre la energía, apenas se aprecia una prima de riesgo geopolítico significativa en la mayoría de los activos financieros. Las Bolsas continúan relativamente estables, los diferenciales de crédito apenas se han movido y el comportamiento de los inversores transmite una sensación de normalidad difícil de imaginar hace solo unas semanas.
¿Por qué ocurre esto? Porque los mercados no reaccionan tanto al nivel absoluto del riesgo como a los cambios inesperados en ese riesgo. Cuando estalla un conflicto, el mercado necesita recalcular el escenario. Pero una vez que comprende sus posibles consecuencias, empieza a convivir con ellas. El riesgo no desaparece… simplemente deja de ser una novedad.
No es algo nuevo, ya ocurrió con la guerra provocada por la invasión rusa de Ucrania. También con las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China. Con la pandemia. Con la inflación. Incluso con las sucesivas crisis bancarias. Lo que inicialmente parecía un acontecimiento capaz de cambiarlo todo terminó convirtiéndose, con el paso del tiempo, en una variable más dentro del análisis de los inversores.
"Eso no significa que los riesgos sean menores. Significa que el mercado ya los ha incorporado a los precios", advierte.
"Uno de los mayores errores que cometemos como inversores consiste en confundir la intensidad de los titulares con la intensidad del impacto económico. Un conflicto puede ser cada vez más grave desde el punto de vista militar o humanitario y, aun así, dejar de afectar a los mercados si sus consecuencias económicas ya han sido descontadas. Solo cuando ese riesgo geopolítico termina trasladándose a un deterioro significativo de la economía (más inflación, menor crecimiento, interrupciones prolongadas del comercio o problemas de suministro) vuelve a convertirse en un factor determinante para los activos financieros. Al final, las Bolsas no reaccionan ante el ruido, sino ante aquello que puede cambiar realmente las expectativas económicas", concluye.
