Miguel Ángel Valero
China lleva años siguiendo una estrategia muy clara: identificar una industria con enorme potencial, invertir masivamente, desarrollar toda la cadena de suministro, reducir los costes de producción y terminar dominando el mercado mundial. Lo hizo con los paneles solares, las baterías, los vehículos eléctricos y los drones. Y ahora está intentando repetir la jugada con una tecnología que podría transformar profundamente la economía mundial: los robots humanoides.
Y los primeros resultados son sorprendentes. Las empresas chinas representaron el 97% de los envíos mundiales de robots humanoides durante el primer semestre de 2026. Morgan Stanley estima que este mercado podría superar los 5 billones$ en 2050, impulsado por el envejecimiento de la población, la escasez de trabajadores y los avances de la inteligencia artificial (IA).
Pero hay algo especialmente interesante en esta carrera, como destaca el analista Pablo Gil en The Trader: "mientras EEUU mantiene una ventaja importante en los modelos de inteligencia artificial más avanzados, es decir, en el cerebro de los robots, China está tomando posiciones dominantes en su cuerpo: motores, sensores, articulaciones, componentes electrónicos y manos robóticas capaces de realizar movimientos de enorme precisión".
Una empresa china, LinkerBot, concentra ya más del 80% de las manos robóticas avanzadas desplegadas en el mundo, según Smart Analytics Global. Y su tecnología interesa a gigantes como Samsung, Meta o Siemens. La dependencia de los componentes chinos es tan elevada que, según Morgan Stanley, fabricar el robot Optimus de Tesla sin piezas procedentes de China podría llegar a triplicar su coste.
Esta ventaja no ha surgido por casualidad. China lleva más de una década preparando el terreno mediante políticas industriales, inversión pública, formación de ingenieros y una red de proveedores que permite fabricar rápidamente y a costes muy competitivos. Además, está utilizando sus propias fábricas como campos de entrenamiento para los robots. Cuantas más tareas realizan, más datos generan y más aprenden. Es un círculo virtuoso que combina producción industrial e IA.
Y aquí aparece una de las cifras más llamativas. Bank of America estima que el coste de los componentes de un robot humanoide fabricado en China podría reducirse aproximadamente a la mitad, hasta situarse por debajo de los 17.000 dólares antes de 2030. Sus analistas proyectan que los envíos mundiales podrían pasar de unos 20.000 robots en 2025 a 10 millones en 2035. Son previsiones muy ambiciosas, pero muestran la magnitud del cambio que se está gestando.
Eso sí, conviene distinguir entre fabricar robots y conseguir que trabajen de verdad. Actualmente, buena parte de los humanoides todavía se utilizan para demostraciones, entretenimiento o experimentación. Su capacidad para realizar tareas complejas de forma autónoma sigue siendo limitada. EEUU conserva ventajas tecnológicas importantes y la carrera está lejos de decidirse.
"Estamos asistiendo a algo mucho más importante que una competición por fabricar máquinas. Estamos viendo una batalla por controlar la próxima gran fuente de productividad mundial. Si los robots consiguen realizar una parte significativa del trabajo humano, cambiarán los costes de producción, la competitividad empresarial, el empleo y posiblemente la distribución de la riqueza", advierte Pablo Gil.
China entendió hace años que dominar una tecnología no consiste únicamente en inventarla, sino en conseguir fabricarla mejor, más rápido y más barato que nadie. Y mientras Occidente sigue debatiendo cómo proteger sus industrias frente a la competencia china, Pekín ya está construyendo las bases de la siguiente revolución industrial.
"La gran pregunta no es si los robots acabarán formando parte de nuestra vida cotidiana, sino quién controlará su fabricación, su inteligencia y los enormes beneficios económicos que generarán. Y China está decidida a que esta vez tampoco se le escape esa oportunidad", concluye este experto.

Dos caminos hacia la prosperidad
Hace mil años, China era la civilización más avanzada del mundo, mientras Europa permanecía fragmentada y económicamente rezagada. Sin embargo, siglos después fue Europa quien lideró la Revolución Industrial. ¿Qué hizo que ambas regiones siguieran caminos tan diferentes? En Dos caminos hacia la prosperidad (editado en Deusto), Joel Mokyr, Avner Greif y Guido Tabellini buscan la respuesta en las instituciones y la cultura: mientras China desarrolló una organización social basada en los clanes familiares, Europa vio surgir gremios, universidades y ciudades autónomas que favorecieron la innovación y el crecimiento.
Esta mirada histórica resulta especialmente útil para entender el presente. En plena rivalidad económica y tecnológica entre China y Occidente, el libro nos recuerda que la prosperidad no depende únicamente de los recursos, la tecnología o la inversión, sino también de las instituciones que permiten aprovecharlos. Esta obra ayuda a comprender por qué unas economías prosperan y otras pierden posiciones, incluso cuando parten con ventaja.
China desconocida
Durante años, China fue presentada como el gran milagro económico del siglo XXI, una civilización milenaria que, tras décadas de aislamiento, se abría al mundo con una fuerza imparable. Para muchos era el futuro. Para otros, una oportunidad. Para Luis Castro Kerdel, fue ambas cosas. En 2012, este economista se instaló en Shanghái. Lo que comenzó como una aventura personal -aprender el idioma, emprender, integrarse en una cultura fascinante- se convirtió en casi una década de observación directa desde dentro de una sociedad radicalmente distinta a la occidental.
A través de experiencias cotidianas y relaciones personales, Castro desvela cómo funcionan los conceptos que vertebran la cultura china -el ‘guanxi’, la reputación, la contradicción asumida, el pragmatismo sin límites- y cómo éstos definen una visión del mundo que no compite con la occidental, sino que le es profundamente ajena.
Un sistema eficaz y opaco, jerárquico, donde la libertad individual y el Estado de derecho ocupan un lugar muy distinto al que les asignamos nosotros. La pandemia fue el momento en que las piezas terminaron de encajar. Lo que durante años podía leerse como diferencia cultural mostró otra cara: silencio impuesto desde el poder, control social sistemático, marginación de los disconformes. Luis Castro salió de China con miedo. China desconocida. Lo que Occidente no ha descubierto del gigante asiático (Sekotia, 272 páginas) pretende que el lector entienda por qué.
Mientras que en 1998 China graduaba apenas a un millón de universitarios, en 2025 esa cifra supera los 12 millones anuales. En disciplinas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), donde se juega el futuro, China graduó en 2025 a 5,1 millones de personas, mientras que EEUU a 850.000 (incluyendo los estudiantes extranjeros).
Esta densidad de cerebros ha permitido pasar de la copia a lo que se denomina "innovación de costos", mejorar productos existentes. Las empresas no solo compiten en precio, sino en la optimización inteligente de la producción. La inversión en Investigación y Desarrollo (I+D) de China se acerca a pasos agigantados a la de EEUU. En China hay que competir para ser digno de confianza.
China es el primer país en superar el millón de patentes internacionales anuales, concentrando casi la mitad de las solicitudes de todo el mundo. Aunque no siempre cantidad implique calidad, es cuestión de tiempo. Según el autor, el robo de propiedad intelectual por parte de China la cuesta a EEUU 600.000 millones$ al año.
Si algo caracteriza a China es su afirmación de que es la civilización más antigua de la humanidad. Sus 5.000 años de existencia pesan mucho más que los 2.800 de Europa y los 250 de EEEUU. China se suele presentar como el centro del mundo. Como explica Luis Castro, eso condiciona toda la actividad, desde la economía hasta la geopolítica, pasando por la educación y la cultura.