17 May
17May

Miguel Ángel Valero

Durante décadas, la Unión Europea construyó su identidad alrededor de una idea muy concreta: estabilidad. Europa era el gran proyecto económico y comercial del mundo desarrollado. Un espacio pensado para garantizar prosperidad, libre comercio, integración económica y bienestar social. Pero el mundo que hizo posible aquella Europa ya no existe, y Bruselas empieza a asumirlo.

La aprobación del nuevo marco presupuestario para el periodo 2028-2034 refleja un cambio mucho más profundo de lo que parece. No hablamos solo de cifras o partidas presupuestarias. Lo que está cambiando es la propia filosofía europea: la UE empieza a actuar como un bloque geopolítico y no únicamente como una unión económica.

El nuevo presupuesto comunitario, que podría alcanzar los dos billones€, gira alrededor de una prioridad muy clara: ganar autonomía estratégica. Y eso implica invertir mucho más en industria, tecnología, defensa, energía, espacio y competitividad. La razón es evidente. Europa ha descubierto que depender del exterior tiene un coste enorme.

La pandemia mostró la fragilidad de las cadenas de suministro. La guerra provocada por la invasión rusa de Ucrania evidenció la dependencia energética. Y la creciente rivalidad entre EEUU y China está obligando a Europa a posicionarse en un mundo donde la globalización ya no funciona igual que antes.

El problema es que esta transformación exige enormes recursos justo cuando muchos países europeos ya arrastran elevados déficits, deuda pública y una presión fiscal creciente. Y eso obliga a priorizar. Cada euro destinado a defensa, industria o tecnología potencialmente deja de ir a sectores tradicionales como la agricultura o la pesca. De hecho, uno de los debates más tensos ha surgido alrededor de la posible reducción de la Política Agraria Común. Pero el mensaje de fondo es claro: Europa ya no podrá financiar todo al mismo tiempo.

Durante años, la UE pudo mantener un modelo basado en más gasto social, más regulación y más integración sin enfrentarse a amenazas estratégicas directas. Pero el nuevo entorno obliga a tomar decisiones incómodas. La seguridad vuelve a importar. La autonomía industrial vuelve a importar. El control tecnológico vuelve a importar. Y eso implica redirigir recursos.

El gran desafío es que Europa intenta hacer esta transición sin renunciar a su modelo social. Y compatibilizar ambas cosas será extremadamente difícil.

A esto se suma otro problema importante: la deuda. Los propios auditores europeos ya advierten de que este nuevo modelo podría aumentar significativamente el endeudamiento de la UE si no aparecen nuevas fuentes de ingresos. Europa quiere invertir más, proteger sectores estratégicos y responder a un entorno geopolítico más hostil… pero todavía no tiene claro cómo financiarlo.

Y aquí aparece otra gran contradicción. Europa quiere competir con Estados Unidos y China mientras mantiene restricciones regulatorias, fiscales y burocráticas que dificultan reaccionar con rapidez. Mientras Washington y Pekín actúan con agresividad industrial y estratégica, Europa sigue atrapada muchas veces entre consensos lentos y divisiones internas.

Por eso este presupuesto es mucho más que una discusión técnica. Es el reflejo de una Unión Europea que empieza a aceptar que el mundo ha cambiado radicalmente y que sobrevivir económicamente exigirá transformaciones profundas.

Europa entra ahora en una nueva etapa histórica. Una etapa donde el crecimiento económico ya no dependerá solo del comercio, sino también de la capacidad de proteger industrias estratégicas, garantizar autonomía energética, competir tecnológicamente y reforzar la seguridad. 

"El problema es que todo eso exige enormes inversiones en un continente envejecido, muy endeudado y con cada vez menos margen fiscal. La Unión Europea quiere transformarse para no quedarse atrás en el nuevo orden mundial. Pero esa transformación obligará a redefinir prioridades y aceptar que el modelo europeo tal y como lo conocimos durante décadas probablemente ya no sea sostenible sin cambios profundos", subraya el analista Pablo Gil en The Trader.

Demasiado dinero parado

Europa ha empezado a asumir una realidad incómoda: lleva demasiado tiempo perdiendo terreno frente a EEUU y China. Durante años, tras la crisis de 2008, el continente se centró en regular, controlar y blindar el sistema financiero para evitar nuevas crisis. El problema es que, mientras Europa levantaba barreras de protección, otras economías apostaban por crecer, invertir y asumir riesgos. El resultado está a la vista: menos productividad, menos innovación y una creciente dependencia tecnológica, energética y militar.

Pero Bruselas ha llegado ahora a una conclusión especialmente importante: el problema no es que en Europa falte dinero. El problema es que gran parte de ese dinero está parado. Las familias europeas ahorran muchísimo más que las estadounidenses, pero gran parte de ese ahorro permanece inmovilizado en cuentas corrientes o depósitos con muy poca rentabilidad. Según las cifras que maneja la propia Comisión Europea, cerca de 10 billones€s siguen prácticamente “aparcados” sin financiar empresas, innovación o crecimiento económico.

Y eso es precisamente lo que Europa quiere cambiar. Mario Draghi lo resumió claramente en su informe: Europa necesita movilizar entre 750.000 millones y 800.000 millones€ adicionales al año si quiere seguir siendo competitiva en el nuevo orden económico mundial.

Para lograrlo, Bruselas quiere actuar en dos frentes. El primero es facilitar que los bancos vuelvan a prestar más dinero reduciendo parte de la complejidad regulatoria acumulada durante años. El segundo, y probablemente el más importante, es conseguir que los ciudadanos europeos inviertan más y mantengan menos ahorro inmovilizado. Por eso empiezan a impulsarse modelos similares a la llamada “cuenta sueca”, sistemas con ventajas fiscales diseñados para incentivar que el ahorro salga de los depósitos y entre en fondos, bolsa o vehículos de inversión ligados a la economía real.

El objetivo de fondo es evidente: que el dinero europeo empiece a financiar tecnología, inteligencia artificial, infraestructuras, defensa o transición energética, en lugar de quedarse atrapado dentro del sistema bancario tradicional.

Mientras tanto, EEUU sigue jugando con ventaja. Allí existe una cultura financiera mucho más orientada a invertir en Bolsa, fondos o planes vinculados al mercado. Europa, en cambio, sigue siendo mucho más conservadora y dependiente del depósito bancario. El problema es que, en un entorno de inflación, tener dinero inmóvil durante años puede significar perder poder adquisitivo lentamente sin darse cuenta.

Pero además Europa se enfrenta a otro obstáculo enorme: su propia fragmentación política. Bruselas quiere avanzar hacia una verdadera Unión de Mercados de Capitales para que el dinero fluya con más facilidad entre países europeos. El problema es que eso implica ceder soberanía, armonizar normas y aceptar una integración financiera mucho mayor. Y ahí siguen apareciendo enormes diferencias entre países.

Europa ha empezado por fin a entender algo importante: proteger excesivamente el sistema también puede terminar frenando el crecimiento. El problema es que el mundo no espera. Mientras Bruselas debate regulaciones y reformas, Estados Unidos y China siguen avanzando mucho más rápido en tecnología, inteligencia artificial, energía o defensa.

Y quizá ahí esté la gran cuestión de fondo. Europa tiene ahorro, talento y capacidad económica suficiente para seguir siendo una potencia relevante. Lo que necesita ahora es conseguir que ese dinero deje de estar inmóvil y empiece realmente a trabajar para impulsar crecimiento, innovación y competitividad. Porque "en el nuevo mundo que viene, no solo será importante cuánto dinero tiene una economía, sino también la velocidad con la que sea capaz de moverlo e invertirlo", advierte Pablo Gil.

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