15 Sep
15Sep

Miguel Ángel Valero

“É o mundo patas arriba, unha herexía” (“Es el mundo al revés, una herejía”). Es el comentario de un  corredor de seguros gallego, obviamente no perteneciente a Cojebro pero hasta ahora admirador y seguidor de las ocho ediciones del Camino realizadas por esta organización empresarial de corredurías de seguros. Su crítica se basa en que el Camino correcto es el de Santiago a Fisterra (en gallego) o Finisterre (en castellano), y no el que plantea la IX edición de Cojebro, que lo hace al revés. Desde su punto de vista, y el de muchos expertos en esas etapas del Camino, mal.

Por una vez, y sin  que sirva de precedente, yo, que presumo de heterodoxo (de rebelde, no lo necesito, que ya me hace la promoción gratis Ana Muñoz), me inclino por la tradición: continuar el Camino, desde Santiago a Finisterre. Pero es mi opinión. Otro puede defender justamente lo contrario, y no por eso tiene menos razón o su Camino vale menos que el mío.

¿Se equivoca Cojebro al plantear de esa manera el único Camino que no termina en Santiago? Pues no. La ruta comienza en Santiago (a donde ha llegado el peregrino desde otro lugar, por lo que en realidad se puede hablar de una nueva etapa del Camino, no es que realmente empiece allí), recorre la zona del Atlántico conocida como Costa da Morte (por los frecuentes naufragios), para terminar en Fisterra.

La tradición cuenta que el peregrino, que había dejado su alma como “a pel dun bebé” (la piel de un bebé) tras pasar por Santiago, prolongaba el Camino hasta Finisterre para dejar la piedra y quemar la ropa. Dejar una piedra en el Cabo Fisterra, en el mojón del kilómetro 0,00 o junto a la cruz cercana al faro, es, para los que optan por esa ruta, un gesto simbólico de cierre de la peregrinación que no comenzó en Santiago sino en el lugar de origen. Cada piedra representa algo que el caminante quiere dejar atrás (penas, miedos, culpas), y al depositarla, suelta esa carga emocional al llegar al “fin del mundo”. En su origen, los montones de piedras, los 'milladoiros', servían también para orientar a quienes venían detrás. Ahora son un símbolo más del Camino. Lo de quemar la ropa o el calzado (en algunos casos, también la basura o los residuos generados en el trayecto) era otra práctica muy habitual, hasta que los frecuentes incendios obligaron a prohibirla. 

Lo que nos dice la Historia es que la dimensión espiritual de Fisterra no comienza con el Camino de Santiago. Mucho antes del descubrimiento de la tumba del Apóstol, Finisterre ya estaba asociado a cultos precristianos, especialmente solares, muy ligados también al concepto del fin del mundo. La tradición del Ara Solis y otros ritos vinculados al cabo de Fisterra, entre ellos parece que dejar la piedra y quemar la ropa (aquí hay opiniones para todos los gustos y colores), son anteriores al cristianismo. Posteriormente, como suele pasar, esos espacios y esas tradiciones fueron asumidas por la Iglesia. Y con el paso del tiempo, Fisterra quedó incorporada a la tradición jacobea. Unos peregrinos terminaban en Santiago, y otros continuaban hasta Finisterre. Pero todos pasaban por la tumba del Apóstol, para terminar allí o para seguir.

Todos los caminos llevan al Apóstol

Por eso no hay una oposición entre Santiago y Fisterra, como no hay un único Camino, existen tantos como peregrinos. Cada uno, que opte por el que más le guste. Cojebro ha elegido esa ruta, como podía haber optado por la tradicional.

En ese sentido, con una gran fineza dialéctica, Fisterra es definido como "el final después de la meta". Otros, igual de hábiles, hablan de Epílogo, y se evitan discusiones bizantinas. Porque debatir si es la etapa definitiva del Camino o lo es Santiago es como plantearse si es antes el huevo o la gallina, si son galgos o podencos, o si los gallegos suben o bajan una escalera. Una solemne pérdida de tiempo que, además, desvía de lo realmente importante. Y eso sí que es una herejía. Porque de lo que se trata es de la purificación del peregrino (física pero sobre todo espiritual), en Santiago, en Finisterre, o donde el Camino le lleve.

Además, hay que entender la lógica de Cojebro, y respetar su tradición: son ocho ediciones llegando juntos a Santiago, y resulta difícil concebir un Camino que no tenga ese final.

Y hay otro argumento aplastante a favor de la decisión de Cojebro. Es cierto que geográficamente se puede estar en sentido contrario a la tradición (no al correcto, porque todas las rutas son igual de válidas). Espiritualmente, se va exactamente en la dirección correcta. Se parte de Fisterra, el fin del mundo conocido entonces, y se llega a Santiago, al Apóstol, al comienzo del verdadero Camino, el que de verdad cambia la vida. O debería hacerlo.

Llegado a este punto, hablar de herejía es un brindis al sol. Como solía decir uno de mis mejores profesores, “para hacer una herejía se necesita mucha teología”, lo que, traducido a román paladino, significa que quien se desvía de la ortodoxia de manera consistente y persuasiva suele conocer muy bien la doctrina que está cuestionando. Obviamente, no se puede pedir a unos corredores de seguros que sepan de teología, bastante tienen con lo suyo.

En todo caso, se puede hablar de heterodoxia. O, si se prefiere, de innovación, que es una palabra que está de moda y además resulta políticamente correcta. Y aquí recupero una cita del poeta y ensayista serbio-estadounidense Dejan Stojanovic, en 'Simplicity': "Ir contra la corriente es el secreto de la valentía".

Porque Cojebro suele hacer cosas diferentes. No mejores ni peores. Distintas. Unas gustarán más que otras, pero innovar consiste precisamente en ir contra la corriente, atreverse a romper con lo que siempre se  ha hecho. O hacer algo que antes no se hacía. O recuperar iniciativas olvidadas. Y ahora han pensado que ésa es la mejor forma de plantear el IX Camino. Innovación, sí; herejía, no.

El camino no es tirar la piedra y esconder la mano

Lo que me llama sobremanera la atención es que quienes critican la fórmula de esta edición, amparados cobardemente en el off the record o en el anonimato, no llevan sus comentarios a la Junta Directiva de Cojebro o al órgano encargado de esas cuestiones (obviamente, no soy un experto en cojebrología). Es muy cómodo tirar la piedra y esconder la mano, cuando lo que hay que hacer es llevarla (metafóricamente) al fin del Camino. Sea Santiago, o Fisterra.

A nadie le han puesto una pistola en la cabeza y le han obligado a ir a esta edición del Camino. Son sus propuestas, sus normas. En caso contrario, lo coherente no es criticar por lo bajini, no sea que te pillen, sino no ir. Porque lo que hace Cojebro este año, lo han hecho antes (y lo seguirán haciendo) otros. Sin ir más lejos, Dinero Seguro contaba el 21 de julio que Daniel Caballero había completado el reto solidario 'Por mí y por los que no pueden': 300 kilómetros por tierras gallegas para recaudar 5.000€ para impulsar la investigación del cáncer infantil, de los que 200 kilómetros eran el Camiño dos Faros y otros 100 kilómetros entre Finisterre y la Catedral de Santiago de Compostela. Y nadie habló entonces de herejía ni de Camino al revés.

Así que, ante todo, coherencia. Las críticas, donde hay que hacerlas de verdad, en los órganos de Cojebro o donde sea menester.

Además, hasta es posible que esa ruta se ponga más de moda, y dentro de unos años los que la hayamos hecho podamos presumir de innovadores. Y entonces nadie hablará del Camino de la herejía. Así, ¡viva la heterodoxia! pero también ¡viva la tradición! Que no hay contradicción.

Buen Camino.

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