26 Jul
26Jul

Miguel Ángel Valero

Las acciones chinas rinden peor que las del resto del mundo como no se veía en un cuarto de siglo. El dinero global sigue dándole la espalda al gigante asiático, y eso que cotiza baratísimo. Cuando ni el descuento atrae compradores, es que la desconfianza es de campeonato.

Al mismo tiempo, Pekín deja muy claro que no quiere más sustos con su economía. Y avisa. El banco central chino (PBOC) promete seguir con una política monetaria acomodaticia "razonablemente laxa" y meterá más apoyo financiero para reactivar el consumo. Política laxa significa dinero barato y abundante para que la gente y las empresas gasten. El problema que quiere arreglar es un desajuste de manual: en China sobra oferta y falta demanda, fabrican muchísimo pero se compra poco. Cuando China promete estímulos, las materias primas se ponen las pilas, porque más gasto chino es más fábricas, más obra y más metal quemado.           

Durante años, China fue presentada como una historia de éxito imparable. El crecimiento parecía garantizado, la vivienda subía, las empresas invertían, las familias consumían más y el país se consolidaba como una de las grandes locomotoras de la economía mundial. Hoy la imagen es muy distinta. El mercado inmobiliario sigue atrapado en una crisis que dura ya varios años. Los precios de la vivienda continúan muy por debajo de los máximos de 2021, la confianza de los compradores sigue débil y las ventas no terminan de recuperarse.

Al mismo tiempo, el consumo interno, que debía convertirse en el nuevo motor de crecimiento chino, sigue sin despegar. Las familias ahorran más, gastan menos y las empresas han reducido sus planes de inversión. 

La mayor salida de capitales de la historia

Pero quizá el dato más revelador no está ni en la vivienda ni en el consumo. Según estimaciones del Institute of International Finance, hogares, empresas e instituciones chinas sacaron del país unos 807.000 millones$ durante el último año, la cifra más elevada jamás registrada. Y cuando una cantidad tan extraordinaria de dinero intenta abandonar un país, conviene preguntarse por qué.

La respuesta de Pekín ha sido contundente. Las autoridades han puesto en marcha la mayor ofensiva en años contra la salida de capitales: más controles sobre inversiones en el extranjero, mayor vigilancia sobre cuentas offshore, presión sobre plataformas utilizadas para invertir fuera de China y más escrutinio fiscal sobre grandes patrimonios.

A primera vista parece una medida para frenar la fuga de capitales. Pero el problema es más profundo. Durante años, los gobiernos locales chinos dependieron enormemente de la venta de terrenos vinculados al desarrollo inmobiliario. Ese modelo funcionó mientras la vivienda subía. Pero la crisis del sector ha hundido esa fuente de ingresos. Entre 2021 y 2025, los ingresos asociados a esta actividad cayeron un 48%.

Pekín no solo quiere impedir que el dinero salga. También necesita localizarlo, controlarlo y gravarlo. "Pero la fuga de capitales no es la enfermedad. Es el síntoma", advierte el analista Pablo Gil en The Trader. Muchos ciudadanos chinos han visto cómo la vivienda, durante décadas el principal vehículo de ahorro familiar destruía una parte importante de su patrimonio. También han visto cómo la Bolsa china ofrecía rendimientos muy inferiores a los de Estados Unidos. Y perciben que muchas de las grandes oportunidades ligadas a la inteligencia artificial (IA), la innovación tecnológica y los mercados financieros están fuera de sus fronteras.

Por eso una parte creciente de los inversores busca diversificar su patrimonio en otras jurisdicciones. No solo buscan más rentabilidad. Buscan seguridad jurídica, estabilidad regulatoria y protección patrimonial.

Y ahí está el verdadero desafío para Pekín. Se puede dificultar la salida de capitales. Se pueden endurecer los controles. Se pueden cerrar vías de acceso a los mercados internacionales. Pero es mucho más difícil obligar a la gente a confiar.

"El capital suele comportarse como el agua: siempre busca una salida cuando percibe que las oportunidades o la seguridad están en otro lugar. Por eso, la pregunta importante no es cuánto dinero está intentando salir de China. La pregunta importante es por qué cada vez más ciudadanos consideran que su patrimonio puede estar más seguro fuera que dentro de su propio país. Y ese es un problema que ningún control de capitales puede resolver por sí solo. De hecho, puede convertirse en uno de los grandes quebraderos de cabeza para el Gobierno chino", advierte este experto.

Produce mucho más de lo que su economía es capaz de absorber

Hay una idea muy extendida sobre China que conviene revisar. Solemos pensar que exporta mucho porque fabrica barato. Pero esa explicación ya se ha quedado corta. China exporta porque necesita hacerlo. Su modelo económico ha llegado a un punto en el que produce mucho más de lo que su propia economía es capaz de absorber. Mientras el consumo privado representa apenas el 40% de su PIB, la inversión alcanza el 42%, aproximadamente el doble que en Europa o EEUU. Y cuando una economía invierte sistemáticamente más de lo que consume ocurre algo muy sencillo: fabrica más bienes de los que puede utilizar. 

Ese exceso tiene que acabar inevitablemente en algún sitio.Durante años ese modelo se apoyó en el gigantesco boom inmobiliario chino. Pero el estallido de la burbuja ha obligado a redirigir una enorme parte de esa capacidad inversora hacia la industria. El resultado es una expansión sin precedentes de la producción de sectores estratégicos como los vehículos eléctricos, las baterías o los paneles solares.No estamos hablando únicamente de productos baratos. Estamos hablando de industrias que definirán buena parte del crecimiento económico de las próximas décadas.

Y aquí aparece el verdadero problema para Europa. EEUU ha ido cerrando progresivamente su mercado mediante aranceles y restricciones comerciales. Si uno de los mayores compradores del mundo deja de absorber una parte de la producción china, ese excedente buscará inevitablemente otros destinos. Y Europa se convierte en el candidato más evidente. No es casualidad que la Comisión Europea haya abierto investigaciones sobre las ayudas públicas que reciben numerosos fabricantes chinos. La OCDE estima que las grandes industrias del país reciben un nivel de apoyo estatal muy superior al de sus competidores internacionales, lo que les permite competir con precios extraordinariamente bajos incluso en sectores de alta tecnología.

Desde el punto de vista del consumidor, la llegada de productos más baratos puede parecer una magnífica noticia. Y, en el corto plazo, en muchos casos lo es. Pero desde una perspectiva industrial la cuestión es mucho más compleja. Si las empresas europeas no pueden competir frente a compañías respaldadas masivamente por un Estado con recursos prácticamente ilimitados, el riesgo no es perder cuota de mercado durante unos años. El riesgo es perder definitivamente parte de nuestra capacidad industrial, tecnológica y de innovación.

China no produce tanto porque el mundo demande todo lo que fabrica. Produce tanto porque su propio modelo económico necesita mantener un nivel de inversión extraordinariamente elevado. Y cuando una economía genera más oferta de la que puede consumir, exportar se convierte en una necesidad estratégica. Europa, sin embargo, no debería limitarse a responder con más aranceles o más proteccionismo. La verdadera cuestión es qué obtiene a cambio de permitir que ese exceso de capacidad industrial se instale en su territorio.

China recorrió el camino exactamente en sentido contrario. Durante décadas recibió inversiones occidentales que no solo aportaban empleo, sino también tecnología, formación y procesos industriales. Aquellas fábricas fueron el vehículo con el que el país fue absorbiendo conocimiento hasta convertirse en una potencia tecnológica.

Europa debería aspirar a hacer algo parecido. Si las empresas chinas fabrican aquí, el objetivo no debería ser únicamente crear puestos de trabajo mediante plantas de ensamblaje. El verdadero éxito consistiría en conseguir una transferencia real de conocimiento: centros de investigación, desarrollo de proveedores locales, formación de ingenieros, colaboración con universidades y capacidad para dominar las tecnologías que marcarán la próxima revolución industrial. Porque la riqueza no la genera quien simplemente monta un producto. La genera quien diseña la tecnología, controla el conocimiento y es capaz de innovar sobre él. Y esa puede ser la diferencia entre que Europa conserve un tejido industrial competitivo o termine convirtiéndose únicamente en el lugar donde otros venden lo que ya saben fabricar mejor que nosotros.

China quiere imponer las reglas de la IA
Cuando pensamos en la carrera por la IA solemos imaginar una competición entre empresas como OpenAI, Google, Nvidia o Alibaba. Hablamos de quién desarrolla el modelo más potente, quién construye más centros de datos o quién fabrica los chips más avanzados. Sin embargo, un discurso de Xi Jinping en Shanghái apunta en una dirección mucho más profunda. China ya no parece conformarse con ser una de las grandes potencias en IA. Su objetivo es mucho más ambicioso: quiere convertirse en el país que lidere las reglas bajo las que funcionará esta tecnología durante las próximas décadas. Y esa diferencia es enorme. 

Hasta ahora, EEUU ha centrado buena parte de su estrategia en mantener su ventaja tecnológica. Las restricciones a la exportación de semiconductores avanzados y los controles sobre determinadas tecnologías responden a una lógica muy clara: impedir que un rival estratégico alcance el mismo nivel de desarrollo. Xi Jinping, en cambio, proyectó una imagen completamente distinta. Defendió la cooperación internacional, el código abierto, el intercambio de conocimiento y la necesidad de que la inteligencia artificial beneficie a todos los países, especialmente a las economías emergentes. También insistió en que no debe utilizarse la seguridad nacional como excusa para restringir el acceso a esta tecnología.

Sobre el papel, el mensaje resulta difícil de rechazar. ¿Quién podría estar en contra de que la inteligencia artificial sea más accesible, más colaborativa y beneficie al conjunto de la humanidad? Sin embargo, detrás de ese discurso existe una estrategia geopolítica mucho más amplia. China entiende que la IA no será únicamente una revolución tecnológica. Será también una revolución institucional. Y quien consiga definir los estándares, las normas y los organismos internacionales que regulen su desarrollo tendrá una influencia enorme sobre la economía mundial.

En ese contexto debe entenderse la creación en Shanghái de la Organización Mundial para la Cooperación en Inteligencia Artificial (Waicp). No se trata simplemente de una nueva institución, sino del intento de construir un espacio internacional desde el que China lidere la cooperación tecnológica con decenas de países, especialmente del denominado Sur Global. La iniciativa viene acompañada de compromisos concretos. Pekín ofrecerá miles de programas de formación en IA para países en desarrollo, impulsará centros internacionales de cooperación y compartirá aplicaciones prácticas de IA en ámbitos como la meteorología. 

La estrategia recuerda a lo que China lleva años haciendo con la Nueva Ruta de la Seda. Primero fueron las infraestructuras. Después la financiación. Más tarde el comercio.Ahora le toca el turno a la inteligencia artificial. Ya no se trata solo de vender tecnología, sino de crear dependencia tecnológica y convertirse en el socio preferente de buena parte del mundo emergente. 

Mientras tanto, EEUU sigue apostando por una estrategia más defensiva para proteger su ventaja competitiva. Pero quizá la carrera de la IA ya no consista únicamente en quién desarrolla el mejor modelo, sino en quién consigue que el resto del mundo adopte su forma de entenderla. Están surgiendo dos modelos distintos. Uno prioriza el control de las tecnologías estratégicas por motivos de seguridad nacional. El otro busca construir una red internacional de cooperación bajo liderazgo chino utilizando la apertura tecnológica como herramienta de influencia. Ambos persiguen el mismo objetivo: aumentar su poder. Simplemente utilizan caminos diferentes para conseguirlo.

"Muchos inversores siguen analizando la IA únicamente desde el punto de vista empresarial: quién venderá más chips o quién desarrollará el mejor modelo. Pero la historia demuestra que las grandes transformaciones tecnológicas no dependen solo de la innovación. También dependen de quién establece los estándares, las instituciones y las reglas que terminan utilizando los demás. Y esa es precisamente la batalla que Xi Jinping acaba de dejar entrever. Puede que la mayor ventaja competitiva del futuro no sea tener la mejor IA sino conseguir que el resto del mundo juegue con tus reglas", avisa Pablo Gil.

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