21 Mar
21Mar

Miguel Ángel Valero

La guerra en Irán ha reavivado un viejo temor: que la inestabilidad en el Golfo Pérsico —y especialmente en el estrecho de Ormuz—pueda volver a impulsar al alza los costes energéticos y, con ellos, el coste de la vida. Los mercados tienden a centrarse en escenarios extremos. Sin embargo, al menos igual de importante es comprender cómo este tipo de perturbaciones influye en las expectativas. La guerra provocada por la invasión rusa de Ucrania ofrece un punto de referencia útil.

Un gráfico elaborado por DWS utiliza datos de encuestas recopilados mensualmente para el Banco Central Europeo con el fin de seguir las expectativas de inflación de los hogares para los siguientes 12 meses en Francia, Alemania, Italia y España. El panorama es llamativo. A raíz de la invasión de Ucrania por parte de Rusia, los precios de los alimentos y la energía se dispararon. Posteriormente, las expectativas de inflación aumentaron con fuerza en los cuatro países en 2022, con Italia registrando el repunte más acusado. A partir de ahí, solo retrocedieron lentamente. La crisis pasó. La huella permaneció.

El mecanismo es sencillo. Los consumidores perciben con rapidez los precios del combustible, la calefacción y la cesta de la compra. Pero no los olvidan con la misma rapidez. En otras palabras, las expectativas de inflación se comportan menos como un interruptor y más como una contusión: el dolor es inmediato, pero la recuperación es lenta. Los datos de EEUU sugieren que el efecto negativo de la inflación sobre la confianza de los consumidores se desvanece solo de forma gradual, no de golpe.

Esto es relevante ahora porque las posibles disrupciones en las rutas marítimas del Golfo no son solo una cuestión de petróleo. Las perturbaciones en esa zona también elevan los costes del transporte y los fertilizantes, lo que puede repercutir en los precios de los alimentos y en el coste de la vida en general. Además, existe un matiz regional: en Europa y Asia, la vulnerabilidad pasa hoy tanto por los precios del gas y la electricidad como por el propio crudo. 

“Lo importante no es solo si los precios de la energía vuelven a subir, sino cuánto tiempo permanece ese aumento en la mente de los consumidores. Esto complica aún más la tarea de los bancos centrales” argumenta Ulrike Kastens, economista senior de DWS. 

Los mercados pueden pasar página con rapidez. Los hogares, por lo general, no. Esto deja a los bancos centrales en una posición incómoda: atentos a los efectos de segunda ronda, pero cautelosos ante una reacción exagerada a perturbaciones que no pueden controlar.

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