25 Oct
25Oct

Miguel Ángel Valero

El primer examen sobre el impacto de la geopolítica en 110 bancos europeos supervisados directamente por el BCE tuvo un planteamiento diferente al de otras pruebas de resistencia (o stress test) diseñadas por el Banco Central Europeo. En lugar de someter a todas las entidades a un mismo escenario planteado por el supervisor, se optó por el 'reverse stress test': cada banco debía identificar qué acontecimiento geopolítico puede provocar un deterioro de al menos 300 puntos básicos (pb) en su ratio de capital de máxima calidad (CET1). Y explicar cómo se ha obtenido ese resultado.

Esta prueba, central en las prioridades supervisoras del BCE para 2026-28, parte de una necesidad: las amenazas geopolíticas deben integrarse plenamente en la gestión de los riesgos de los bancos.

Éstos señalan cuatro:

  • una escalada en el conflicto provocado por la invasión rusa de Ucrania el 24 de febrero de 2022
  • un deterioro en la confrontación económica entre EEUU y China
  • una crisis en torno a Taiwán
  • una interrupción significativa de los flujos energéticos procedentes de Oriente Medio

Lo que más preocupa a los bancos es un conflicto militar, el riesgo más transversal multidimensional, y capaz de producir simultáneamente volatilidad financiera y en los mercados, perturbaciones económicas, y dificultades operativas.

La otra gran preocupación es el impacto de la geopolítica en la economía real, especialmente en interrupciones en las cadenas de suministro.

Hasta ahora, los análisis geopolíticos de los bancos se centraban en la volatilidad de los mercados, las primas de riesgo, o las fluctuaciones de valor de los activos financieros. Pero el ejercicio del BCE coloca el foco en que los shocks terminan afectando primero a empresas, familias, inversión, comercio y producción. El deterioro financiero llega cuando esos problemas que sufre la economía real se traducen en dificultades en el pago de los créditos.

Amenazas a la seguridad operativa

Pero el examen del BCE saca a la luz un tercer bloque de efectos, que se centran en la seguridad operativa y la resiliencia tecnológica. Aquí, la principal amenaza la constituyen los ciberataques. A considerable distancia, las disrupciones en servicios de terceros.

Esto refleja la creciente dependencia de la banca respecto a proveedores tecnológicos, sobre todo en  servicios en la 'nube', procesamientos de datos, y otras infraestructuras críticas pero externas.

En tercer lugar aparecen los riesgos relacionados con clientes, productos y prácticas de negocio, por los problemas relacionados con la adaptación a cambios regulatorios abruptos, conductas inadecuadas, y conflictos en las relaciones con usuarios y contrapartes.

También aparecen los fallos de ejecución, entrega y gestión de procesos, y el fraude externo, facilitados por episodios de gestión geopolítica que generan perturbaciones operativas que afecten simultáneamente al funcionamiento interno de las entidades, a la relación con terceros, y a la seguridad de los sistemas financieros.

Medidas para hacer frente a una crisis geopolítica

Los bancos plantean, ante estas situaciones, medidas preventivas, como el refuerzo de la resiliencia en tecnologías de la información y de la comunicación (TIC), fortalecer las infraestructuras tecnológicas, mejorar las capacidades de detección y respuesta ante incidentes, reforzar los mecanismos de recuperación operativa, y aumentar la robustez de los sistemas críticos frente a amenazas externas.

En el siguiente nivel, medidas para preservar el capital y limitar la exposición al deterioro económico, como la suspensión o reducción de los dividendos, o la gestión de exposiciones. Se trata de una estrategia más defensiva, destinada a proteger la solvencia, reduciendo los riesgos asociados a sectores, geografías o contrapartes especialmente vulnerables a perturbaciones geopolíticas.

En un tercer nivel, medidas de contención del crecimiento del balance y de limitación de la asunción de nuevos riesgos. Esto se traduce en reducción o paralización de la captación de nuevo negocio, endurecimiento de los criterios de concesión de crédito, y una disminución de la actividad crediticia.

El examen del BCE parece indicar que la resiliencia de la banca dependerá de la capacidad de cada entidad para gestionar simultáneamente las tres dimensiones: la financiera, la económica, y la operativa. Comprender las interacciones entre ellas serán tan importante -si no, más- que analizar el acontecimiento geopolítico que las origina.

Por eso la banca apunta hacia una estrategia dual: reforzar la capacidad de resistencia operativa mediante el fortalecimiento tecnológico y la preparación ante incidentes geopolíticos, y conservar recursos financieros mediante políticas prudentes de capital y de dividendos, control de exposiciones, y restricción de la asunción de nuevos riesgos.

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