La evidencia apunta ya con claridad a una confrontación prolongada, de desgaste, que lleva al petróleo hasta los 120$ barril, riesgos de recesión, y divisiones internas en la Administración Trump.
Miguel Ángel Valero
Las hostilidades persisten en Oriente Medio. Los ataques de Irán contra los países del golfo Pérsico repuntaron ligeramente, con nuevas infraestructuras energéticas dañadas en Emiratos Árabes Unidos y un aumento de la presión sobre las instalaciones de Arabia Saudí. Pero el oleoducto entre Irak y Turquía, en la región del Kurdistán, ha retomado su actividad tras el acuerdo entre el gobierno regional semiautónomo y Bagdad. Este avance permitirá exportar unos 250.000 barriles diarios, ofreciendo un ligero alivio a la asfixia económica iraquí, que carece de un fondo soberano como el de otras naciones del Golfo.
Irán confirmó la muerte de Ali Lariyaní, jefe de seguridad y, según fuentes israelíes, el dirigente que había asumido de facto el liderazgo del país. Su desaparición obliga a una reconfiguración interna del régimen y eleva la probabilidad de que surja un líder vinculado a las facciones más radicales, reduciendo así las perspectivas de negociación. No obstante, su fallecimiento supone también una victoria táctica dentro de la estrategia estadounidense e israelí de debilitamiento progresivo del aparato estatal iraní.
También se intensificaron los bombardeos estadounidenses en las zonas próximas al estrecho de Ormuz, lo que puede interpretarse como un nuevo paso hacia la reapertura del tránsito marítimo.
Al mismo tiempo, Trump afronta las primeras divisiones internas en su Gobierno. Josep Kent, director del Centro Nacional de Contraterrorismo de EEUU, ha renunciado en protesta por los ataques contra Irán cuando no suponía una amenaza inminente. En su carta de dimisión alega que “no puede, en conciencia, apoyar la guerra en curso en Irán”, que la guerra se ha iniciado por “la presión de Israel y su poderoso lobby estadounidense”, y que se está enviando a una nueva generación de estadounidenses a “morir en una guerra que no beneficia al pueblo estadounidense ni justifica el coste en vidas”.
Fidelity: confrontación prolongada
Salman Ahmed, responsable Global de Macro y Asignación Estratégica de Activos en Fidelity International, reconoce que "el balance de la evidencia apunta ya con claridad a una confrontación prolongada, de desgaste, en línea con nuestra visión, más que a una campaña corta y decisiva", lo que lleva al petróleo hasta los 110$ barril. Además, empiezan a aparecer tensiones entre EEUU y Europa, con un aumento de la amenaza para la OTAN después de que el presidente Trump pidiera un apoyo más amplio en el estrecho de Ormuz.
Para los mercados, importan sobre todo dos mecanismos: por un lado la economía del desgaste militar —para todos los implicados— y por otro el canal de transmisión económico (la ‘contestabilidad’ de los flujos energéticos del Golfo a través del estrecho de Ormuz, que conduce a una disrupción acumulativa en los mercados de energía y a primas de riesgo geopolítico más persistentes). Si las hostilidades continúan y la ‘contestabilidad’ marítima se mantiene, es probable que los bancos centrales opten por una postura prudente en el corto plazo. Un repunte sostenido del petróleo por encima de 120$/barril alteraría de forma significativa las asimetrías de política monetaria.
Actores externos como Rusia y China complican el desenlace diplomático; su posición condicionarán la credibilidad y la durabilidad de cualquier acuerdo y, por tanto, la persistencia de la prima energética.
El conflicto refleja cada vez más un cálculo de supervivencia y disuasión por parte de Irán. Los incentivos del liderazgo iraní parecen centrados en demostrar capacidad de resistencia e imponer un coste suficiente como para alterar la ‘función de utilidad’ de sus adversarios. Eso reduce la probabilidad de una capitulación temprana y alarga el horizonte temporal probable. El objetivo no es necesariamente una escalada continua hasta el final, sino garantizar que la presión sostenida tenga consecuencias económicas y políticas visibles. Este encuadre estratégico es coherente con la persistencia —más que con un pico brusco seguido de retirada— tanto en el propio conflicto como en los mercados de petróleo.
El patrón operativo de la Guardia Revolucionaria Islámica sugiere un uso deliberado y sostenido de drones de menor coste y sistemas de misiles de corto alcance en oleadas persistentes. El objetivo es acumular presión. Las ratios de intercambio importan: sistemas ofensivos baratos obligan a emplear interceptores materialmente más caros. Incluso si la eficacia de interceptación se mantiene alta, los inventarios son finitos y los ciclos de reposición son más lentos que el ritmo de consumo en teatros activos.
La mera percepción de tensión puede cambiar las evaluaciones de riesgo (ya estamos viendo muchos expatriados abandonar la región). También observamos a países del Golfo explorando opciones a más largo plazo, incluida la búsqueda de apoyo de Ucrania. Hay indicios de una gestión escalonada de capacidades por ambas partes, con sistemas más avanzados potencialmente reservados para una fase posterior como palanca. Esa secuenciación apunta a un marco de mayor duración.
El desarrollo más importante estructuralmente se está produciendo en el ámbito marítimo. El estrecho de Ormuz sigue siendo, como mínimo, efectivamente ‘contestado’, incluso si se avanzara hacia algún tipo de desescalada en algún momento. Un nivel elevado de amenaza y restricciones de seguros alteran los mecanismos de formación de precios y de primas de riesgo. Los mercados no necesitan un cierre total para reprecificar el riesgo: una ‘contestabilidad’ persistente, restricciones intermitentes o la necesidad de protección militar continua son suficientes para incrustar una prima geopolítica en la energía.
Las escoltas navales tardarán en ser efectivas y, además, elevan el riesgo de escaladas por errores de cálculo. Incluso cambios modestos en la fiabilidad percibida amplían la distribución de probabilidad de los resultados de oferta desde una perspectiva de medio plazo. La energía —y la presión sobre los modelos de negocio del Golfo— se ha convertido así en el principal canal de transmisión macro que Irán está desplegando, tanto con fines militares como geopolíticos.
Más allá del estrecho de Ormuz, hay que seguir muy de cerca el punto de estrangulamiento de Bab el‑Mandeb, en el mar Rojo. Cualquier deterioro de la seguridad allí agravaría el shock de las cadenas de suministro al interrumpir los flujos de energía y mercancías entre Asia y Europa, reforzando la persistencia de costes de transporte elevados y de primas de riesgo en el comercio global.
Este experto da una probabilidad del 65% a un escenario de confrontación regional sostenida con una salida posible cuando ambas partes decidan que ya no es racional continuar el conflicto, lo que supone una guerra de desgaste de varias semanas e incluso varios meses; continuación de oleadas de drones y misiles destinadas a agotar defensas y mantener la presión económica; un estrecho de Ormuz efectivamente “contestado”, con paso selectivo y dependiente de apoyo militar para que los flujos rutinarios se reanuden (no posible en el muy corto plazo). Aumenta la presión para una resolución, aunque sea temporal.
El petróleo cotiza con una prima geopolítica persistente, plausiblemente dentro de un rango de 90–110$, dependiendo de la respuesta de la oferta y la duración. Los bancos centrales pausan y evalúan; los mercados descuentan un ligero sesgo más restrictivo, coherente con unos futuros de energía que implican petróleo elevado pero moderándose.
Un escenario de disrupción energética severa (probabilidad del 35%) supone:
- Daño generalizado en infraestructuras tanto en Irán como en el Golfo o cierre funcional prolongado / disrupción aguda del estrecho.
- El petróleo repunta bruscamente hasta 120$ o más, con efectos no lineales sobre inflación y crecimiento.
- Se intensifican las asimetrías de reacción de los bancos centrales; el riesgo de recesión aumenta de forma material en regiones vulnerables.
En niveles actuales cercanos a 100$/barril, el shock energético es relevante, pero aún no comparable a las mayores disrupciones históricas de oferta. La variable clave es la persistencia. Los datos a corto plazo probablemente mostrarán un repunte del índice de precios al consumo (IPC) por el traslado del componente energético, combinado con un impulso de crecimiento todavía sólido. En este entorno, es probable que los bancos centrales de mercados desarrollados adopten cautela en sus próximas reuniones, más que un endurecimiento inmediato. La Reserva Federal es la más aislada, seguida por el Banco de Inglaterra y luego el Banco Central Europeo.
Si el petróleo se modera, pero se mantiene elevado en la banda alta de 90–110$/barril, el lastre macro sigue siendo manejable. La inflación general sube modestamente y el crecimiento se desacelera, pero permanece por encima del potencial en varias economías. Las posturas de política se mantienen en general neutrales con cambios direccionales limitados.
El umbral que cambia rápidamente esta valoración es un movimiento sostenido hacia o por encima de los 120 $/barril. En ese caso, costes más amplios de materias primas y transporte podrían reavivar la inflación global de bienes y desencadenar respuestas asimétricas de los bancos centrales a medida que entra en juego la destrucción de demanda. La intervención de la administración estadounidense en los mercados domésticos de petróleo es otra variable a vigilar.
De forma importante, empiezan a surgir efectos de segunda ronda más allá de la energía. Las disrupciones en las cadenas de suministro de fertilizantes se están haciendo visibles en los precios de mercado, con el aumento del precio de la urea señalando un posible traslado a los costes de los alimentos más adelante en el año, añadiendo otra capa de riesgo inflacionista si el conflicto se prolonga.
A medida que el conflicto persiste y el estrecho permanece efectivamente cerrado o ‘contestado’, los incentivos para que Rusia y China se involucren más directamente irán evolucionando. Una disrupción sostenida de los flujos del Golfo aumenta el riesgo de inestabilidad macroeconómica y comercial, incrementando la presión sobre estos actores para apoyar esfuerzos de desescalada en lugar de una confrontación prolongada.
Los grandes importadores de energía tienen un claro interés en estabilizar los flujos del Golfo y podrían respaldar iniciativas de contención diplomática; países como Pakistán —que mantiene un pacto de defensa con Arabia Saudí— se encuadran en este grupo. Otras grandes potencias pueden seguir sopesando los beneficios de unos precios energéticos más altos frente a costes geopolíticos más amplios. Su posicionamiento condicionará tanto la velocidad como la durabilidad de cualquier desescalada, así como la credibilidad de las garantías de seguridad marítima. Europa ya está dialogando con Irán sobre posibles acuerdos de paso seguro a través del estrecho de Ormuz.
"Seguimos pensando que la energía debe analizarse con una óptica de persistencia, más que bajo un marco de ‘pico y desvanecimiento’. Aunque la volatilidad es elevada, la prima de riesgo estructural podría seguir incrustada mientras la ‘contestabilidad’ marítima persista, que es nuestro escenario base. Este escenario seguirá presionando a los importadores netos de petróleo por la vía de un deterioro de los términos de intercambio", explica.
En este entorno, la resiliencia y la diversificación de las carteras cobran aún más importancia. Un shock energético impulsado por la persistencia favorece estrategias capaces de absorber volatilidad, gestionar riesgo de inflación y reducir la dependencia de canales de transmisión únicos. Los mercados de Asia emergente que son importadores netos de energía siguen siendo los más expuestos. China parece relativamente mejor posicionada por sus colchones de inventarios y flexibilidad política.
La renta variable estadounidense conserva cierta resiliencia, pero no sería inmune a un entorno sostenido por encima de 120 $/barril. La renta fija es una cobertura menos fiable en un shock de oferta, aunque el tramo corto podría necesitar calmarse si la volatilidad del petróleo disminuye a medida que nos asentamos en un Escenario 2 actualizado.
"El conflicto se asemeja cada vez más a una guerra de desgaste multi-actor en la que la economía de los intercambios militares, el diseño de la represalia y la disrupción económica se refuerzan mutuamente. La variable decisiva no es solo el precio máximo del petróleo, sino su persistencia y la durabilidad de la ‘contestabilidad’ del tránsito por el Golfo. Si la ‘contestabilidad’ del estrecho de Ormuz perdura (lo que esperamos según nuestra visión basada en la teoría de ‘chokepoints’ -cuellos de botella estratégicos del comercio y la energía mundial-), la prima geopolítica del petróleo probablemente sea más estructural que temporal", avisa Salma Ahmed.
UBS: renovado optimismo inversor sobre la IA
En medio de este conflicto, el UBS CIO Daily destaca que las acciones tecnológicas ampliaron sus ganancias en medio de un renovado optimismo de los inversores sobre la demanda de IA: "Creemos que la IA seguirá siendo un motor clave del crecimiento a largo plazo. Recomendamos un enfoque diversificado para invertir en IA e incluir oportunidades en los temas de Energía y recursos y Longevidad para acceder a la innovación transformadora. Las oportunidades en IA son más que solo la tecnología estadounidense. El aumento de la demanda de energía e infraestructuras respalda las inversiones a lo largo de la cadena de valor de Energía y recursos. La exposición a la Longevidad puede mejorar la resiliencia de la cartera".
Mark Haefele, Chief Investment Officer de UBS Global Wealth Management, afirma: "Dado que la innovación sigue siendo un motor clave del rendimiento de la renta variable a largo plazo y una característica importante de los líderes de mercado duraderos, creemos que los inversores pueden acceder al crecimiento estructural mediante un enfoque diversificado en las oportunidades de IA, Energía y recursos, y Longevidad".


