07May

Los mercados emergentes han pasado a ocupar posiciones de liderazgo en tecnologías clave que apoyan el desarrollo de la IA, como la fabricación de semiconductores, y el desarrollo y la fabricación de tecnologías de energías renovables como los paneles solares.

Miguel Ángel Valero

Dado que los recursos clave para las infraestructuras de inteligencia artificial (IA) y las energías renovables se encuentran principalmente en las economías emergentes de Latinoamérica, África y Asia-Pacífico, los inversores de mercados emergentes se beneficiarán de la creciente demanda de estos recursos, subraya un análisis realizado por Jan de Brujin, gestor de carteras de clientes de Robeco. En marzo de 2026, la renta variable de los mercados emergentes se estancó, ya que la subida del dólar y la preocupación por la seguridad energética global empujaron a los inversores hacia EEUU como sector refugio, respaldado por sus recursos nacionales de petróleo y gas. Esta reacción era comprensible, dado que losprincipales componentes del índice MSCI Emerging Markets —China, India, Corea y Taiwán— importan productos petrolíferos y gas natural de Oriente Medio, lo que los deja expuestos a corto plazo a una crisis en el suministro energético. Sin embargo, a largo plazo, el panorama es mucho más positivo. Los mercados emergentes han pasado a ocupar posiciones de liderazgo en tecnologías clave que apoyan el desarrollo de la IA, como la fabricación de semiconductores, y el desarrollo y la fabricación de tecnologías de energías renovables como los paneles solares.

Ambos sectores están atrayendo ingentes inversiones de capital tanto en los mercados desarrollados como en los mercados emergentes. Además, ambos sectores están indisolublemente vinculados. La revolución de la IA está contribuyendo a aumentar la demanda de electricidad, lo cual a su vez incrementa la demanda de fuentes de generación de energía, ya sea mediante combustibles fósiles, nucleares o renovables. El repentino salto de los precios del petróleo y el GNL provocado por la guerra de Irán en marzo de 2026 también ha ilustrado la fragilidad de las cadenas de suministro de combustibles fósiles y es probable que acelere aún más la inversión mundial en energías renovables, electrificación y eficiencia. 

Y ambas tendencias dependen en gran medida de los mismos recursos minerales para hacer posible la construcción de infraestructuras, lo que ha provocado un aumento de la demanda de estos materiales concretos. De estos minerales clave, fundamentales tanto para la IA como para la transición energética, una parte significativa de las reservas y la producción económicamente viables se concentra en las economías emergentes.

Por ejemplo, Sudáfrica sigue siendo la fuente mundial más fiable de MGP. Chile, Zambia, Indonesia y la República Democrática del Congo (RDC) aportan el resto de la producción mundial de cobre, mientras que China domina la extracción de tierras raras y, sobre todo, su procesamiento. Indonesia es también el principal proveedor de níquel, y la RDC domina la extracción de cobalto. El mayor minero de litio del mundo es un mercado desarrollado (Australia), pero el resto se produce en Chile, Argentina, China y varias naciones africanas.

La localización de estos minerales ha cobrado especial importancia por la tensión geopolítica entre EEUU y China. Las relaciones comerciales están empeorando y las dos potencias mundiales han establecido pilas tecnológicas y militares-industriales rivales. En particular, China ha construido una posición dominante en el procesamiento de metales y tierras raras, superando en competencia a los sectores del acero y la fundición de EEUU y Europa, y haciéndoles dependientes de China para el equilibrio del suministro refinado en muchos insumos industriales clave. Ello, a su vez, ha hecho que EEUU clasifique su cadena de suministro de minerales como una prioridad de la política de seguridad nacional, en vez de una cuestión que pueda dejarse a las fuerzas del mercado

"Es probable que este nuevo entorno aumente el valor de la generosa dotación de minerales de los mercados emergentes y también proporcione a las economías emergentes un mayor apalancamiento para captar valor", subraya el experto de Robeco.

Nacionalismo de los recursos

El nacionalismo de los recursos se está convirtiendo en un viento de cola para algunos mercados emergentes. Tradicionalmente, si se desea invertir en metales y minerales, se puede optar por empresas internacionales con sede y cotizadas en mercados desarrollados, como Rio Tinto, BHP Billiton o Glencore, que explotan algunas de las minas más grandes del mundo. El acceso de las empresas mineras internacionales a ingentes recursos de capital y conocimientos tecnológicos ha permitido llevar a cabo algunos proyectos que, de otro modo, no habrían sido posibles, como Oyu Tolgoi —la gigantesca mina subterránea de cobre de Rio Tinto en el desierto de Gobi, en Mongolia— y la mina Grasberg de Freeport-McMoran en la provincia de Papúa, Indonesia, situada a 4.000 metros de altitud en la remota cordillera de Carstenz. Los países que albergan estas minas suelen beneficiarse de la participación en los beneficios a través de acuerdos de regalías y del impuesto de sociedades, y cada vez hay más indicios de que los mercados emergentes van a captar una mayor parte de este valor en el futuro. Se trata de un modelo similar al de la industria del petróleo y el gas, en el que países como Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos y Kazajistán han tomado el control de los activos más productivos y han logrado diversificar sus economías más allá de los combustibles fósiles.

Un buen ejemplo en el sector metalúrgico es la mina de cobre de Escondida, en Chile, una empresa conjunta entre BHP (con una participación del 57,5%), Rio Tinto (30%) y JECO Corporation, un consorcio japonés formado por Mitsubishi y JX Nippon Mining and Metals (12,5%). Actualmente es la mayor mina de cobre del mundo (aporta el 6% de la producción mundial anual) tras iniciar su actividad en 1991. Aunque Chile se ha beneficiado considerablemente gracias a los impuestos sobre sociedades y a los planes de participación en los beneficios, que han aportado riqueza a la mano de obra local y a la economía en general, recientemente ha conseguido un acuerdo aún más ventajoso, justo cuando la mina alcanza niveles récord de producción y los precios del cobre se sitúan en máximos históricos. La nueva Ley de Regalías Mineras entró en vigor en 2024, lo que proporcionó al país una fuente de ingresos por regalías más generosa y escalable, vinculada a los márgenes, procedente de todas las minas de propiedad extranjera.

La tendencia hacia el nacionalismo de los recursos y el aumento de la intervención gubernamental se está repitiendo en todos los mercados emergentes, incluso en países donde el gobierno central ha sido tradicionalmente débil. Por ejemplo, Ghana acaba de exigir a las empresas mineras internacionales que utilicen contratistas locales para sus operaciones en curso, mientras que la RDC ha ordenado una revisión de sus ingresos por exportaciones y activos minerales.

Indonesia también está intentando aumentar su cuota de valor, utilizando los impuestos a la exportación para tratar de trasladar el procesamiento de su mineral de níquel a tierra firme, en vez de exportarlo a China.

El Banco Mundial afirma que las economías emergentes deberían seguir el ejemplo de Chile en el diseño de los acuerdos de regalías, y potencialmente el ejemplo de Noruega en la asignación de parte de los ingresos procedentes de los recursos a los Fondos Soberanos que pueden invertir en seguridad económica y diversificación. Ello depende en gran medida de la solidez de los marcos fiscales y de unas instituciones fuertes, pero ha demostrado ser un modelo de éxito para los exportadores de energía. En la actualidad, Chile, Perú, Mongolia, Namibia, Indonesia y Botsuana son importantes economías emergentes y exportadoras de minerales que han creado fondos de estabilización.

¿Están perdiendo terreno las empresas mineras internacionales? La relación entre el país anfitrión y las empresas mineras extranjeras casi siempre es objeto de controversia, sobre todo si la materia prima en cuestión entra en un mercado alcista. La mina de cobre Oyu Tolgoi de Rio Tinto, que empezó a producir en 2013, es un buen ejemplo. El proyecto es una empresa conjunta de la empresa y el gobierno mongol, que recurrió a la financiación mediante deuda para sufragar su parte de los más de 25.000 millones$de gastos de capital destinados a la construcción y explotación de la mina. Ello ha provocado continuas tensiones entre la empresa y el gobierno mongol, con presiones internas constantes para renegociar e lacuerdo de financiación original a fin de que el país obtenga una mayor cuota de valor.

Este tipo de situación podría significar que las mineras mundiales estuvieran menos dispuestos a llevar a cabo megaproyectos en las economías emergentes o, alternativamente, a aceptar una parte menor de los beneficios. Por ejemplo, la empresa canadiense Barrick Mining anunció recientemente que suspendía el desarrollo de su proyecto de cobre Reko Diq en Pakistán, valorado en 7.000 millones$, aparentemente debido a motivos de seguridad tras el estallido de las hostilidades en la vecina Irán. Sin embargo, la empresa también señaló que "podría haber aumentos significativos en el presupuesto de capital total estimado y en el calendario del proyecto que se habían dado a conocer anteriormente".

Vale, el gigante minero nacional de Brasil, es la mayor empresa de este sector en los mercados emergentes. La empresa se fundó en la década de 1940, pero saltó a la palestra a principios de la década de 2000 como el tercer mayor proveedor de mineral de hierro —por detrás de BHP y Rio Tinto— para el sector siderúrgico chino, en rápido crecimiento. En 2024, Vale escindió su negocio de metales básicos, que se centra en el cobre y el níquel con operaciones en Brasil, Canadá e Indonesia, en una unidad separada, que podría intentar cotizar en Bolsa, confirmando el estatus de Vale como minera global para compararse con los gigantes occidentales. 

China también cuenta con empresas mineras de gran capitalización y alcance mundial, como Jiangxi Copper y Zijin Mining, que complementan la extracción de metales básicos y preciosos en todo el mundo con el procesamiento de metales en su propio país.

Sin embargo, el capital para la minería sigue obteniéndose en gran medida en los mercados desarrollados, especialmente en Canadá y Australia, donde suelen cotizar las empresas mineras 'junior', independientemente de si operan a nivel local o en Asia, África o Latinoamérica.

No obstante, la actividad de los mercados de capitales en diversos sectores de los mercados emergentes es creciente. Sudáfrica (carbón y metales preciosos), Indonesia (níquel, oro y cobre), India (carbón, mineralde hierro y zinc), Perú (cobre y metales preciosos), Brasil (mineral de hierro y cobre), Argentina (metales preciosos, cobre y litio) y Chile (cobre y servicios mineros) cuentan todos con importantes agrupaciones de empresas del sector de los recursos naturales que cotizan en sus respectivos mercados nacionales. China (cobre, mineral de hierro, tierras raras, metales preciosos, aluminio y procesamiento de metales) también fue testigo de la mayor OPI (oferta pública inicial de acciones) minera del mundo en 2025, cuando Zijin Gold International recaudó 3.200 millones$ mediante su cotización en Hong Kong.

La posesión lo es todo

Para los responsables de asignación de activos, la posición privilegiada de los mercados emergentes en recursos naturales clave es otra razón por la que aumentar la asignación a éstos tiene sentido a largo plazo. El equipo de renta variable de mercados emergentes de Robeco analiza la dotación de recursos de los mercados emergentes desde dos perspectivas. En primer lugar, cómo contribuye a la selección top-down de países. Los países de la Europa del Este que cuentan con recursos minerales deberían obtener beneficios fiscales, y ya existe una hoja de ruta bien definida para evitar una 'maldición de los recursos' al estilo del siglo XX. "Creemos que, en general, los recursos minerales suponen un impulso para los mercados emergentes, y el panorama geopolítico desglobalizado al que nos enfrentamos no hará más que intensificar esa tendencia", resalta el analista.

En segundo lugar, las propias empresas del sector de materiales. A finales de abril de 2026, Robeco está infra ponderados en el sector de materiales en todas sus estrategias de mercados emergentes. "Ello refleja un resultado deliberado y ascendente de nuestro proceso de inversión, más que una decisión descendente sobre el sector. En los mercados emergentes, los factores nacionales son un motor mucho más importante de las rentabilidades que los sectores, y la cartera se posiciona en consecuencia, lo que naturalmente limita la exposición a países con un alto componente de materiales, donde los fundamentales son menos atractivos", explica.

Desde el punto de vista de la selección de valores, muchas empresas de materiales de mercados emergentes ofrecen unos beneficios muy cíclicos, una menor resiliencia del flujo de caja y un margen limitado para obtener rentabilidades sostenibles sin un ciclo favorable de materias primas, lo que históricamente ha limitado la generación de rentabilidad. Además, los prolongados vientos en contra vinculados al ciclo inmobiliario y metalúrgico de China, junto con los elevados riesgos ASG y de transición para una amplia parte del sector, elevan aún más el listón para la inversión, reduciendo el conjunto de oportunidades a solo un pequeño número de posiciones de alta convicción.

25Apr

Cuando el país que sostiene el orden global deja de actuar como su garante, el resto del mundo no se queda esperando. Se protege, se reorganiza

Miguel Ángel Valero

Durante décadas, el mundo ha funcionado sobre una idea muy simple: EEUU no solo era la mayor potencia, sino también el eje de confianza sobre el que giraba todo lo demás. El dólar, los mercados, las alianzas militares, el comercio global… todo descansaba sobre una premisa básica: Washington era predecible. Ahora ese pilar se está resquebrajando.

La vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca no ha sido simplemente un cambio político. Ha sido un cambio de comportamiento. Y lo más preocupante no es lo que hace hacia fuera, sino lo que está provocando hacia dentro: un deterioro progresivo de la confianza en el propio sistema interno. 

Cuando el Tribunal Supremo tiene que frenar decisiones económicas clave del presidente, cuando la política comercial cambia en función del momento o del interés táctico, o cuando la estrategia internacional responde más a impulsos que a una hoja de ruta, la economía deja de ser una brújula para convertirse en un reflejo de la incertidumbre política. Y eso tiene consecuencias.

El ejemplo más reciente es especialmente revelador. Tras el fracaso de las negociaciones con Irán, Trump ha decidido imponer un bloqueo naval sobre el tráfico marítimo que entre o salga de puertos iraníes. Teherán ya ha advertido que, si sus puertos son amenazados, ningún punto del Golfo será seguro. Este conflicto comienza a extenderse más allá del petróleo, y empiezan a aparecer efectos en cadena: suben los costes del transporte marítimo, aumentan las primas de seguros, se tensionan las materias primas y varios países asiáticos estudian medidas de racionamiento energético. 

"Los mercados pueden adaptarse a casi todo… menos a la falta de reglas. La base del poder estadounidense ha sido siempre su red de alianzas. Un entramado global donde Washington ofrecía seguridad a cambio de influencia. Pero ese equilibrio se rompe en el momento en que sus aliados empiezan a dudar de si esa protección sigue existiendo. La pregunta que antes era impensable ahora se formula abiertamente: ¿realmente Estados Unidos va a defender a sus socios si llega el momento?", subraya el analista Pablo Gil en The Trader.

En Europa, esa duda ya no es teórica. Es evidente que el modelo anterior ha dejado de funcionar, de modo que ahora el debate ya no gira en torno a cómo coordinarse con EEUU, sino en cómo reducir la dependencia de él, porque la relación ha dejado de ser entre aliados para convertirse en una relación de conveniencia… cuando no de desconfianza. No se trata solo de declaraciones o de tensiones puntuales, sino de algo mucho más profundo.

EEUU ha empezado a cuestionar los pilares de su propia red: presiona a sus socios, amenaza con retirarse de compromisos históricos, interfiere en la política interna de países aliados y redefine las reglas en función de sus intereses a corto plazo. Todo ello erosiona la cohesión de un sistema que tardó décadas en construirse. Y mientras tanto, el mundo se adapta. El concepto de globalización eficiente está dando paso a un modelo mucho más fragmentado, donde cada país busca asegurarse sus propios recursos, su propia energía y seguridad. Es un sistema más caro, menos eficiente y con mayor riesgo de conflicto. Pero es el sistema que emerge cuando desaparece la confianza.

Europa tiene ahora una oportunidad… pero también un problema. Por un lado, la debilidad relativa del liderazgo estadounidense abre la puerta a reforzar su papel global. Atraer capital, avanzar en la integración financiera, fortalecer el euro como alternativa y construir una mayor autonomía estratégica. Por otro, exige tomar decisiones que durante años se han evitado: invertir en defensa, coordinar políticas fiscales, integrar mercados de capitales y, sobre todo, actuar con unidad.

Porque el verdadero riesgo no es Trump. El verdadero riesgo es que Europa siga paralizada esperando a que todo vuelva a ser como antes. Porque eso no va a pasar. La historia demuestra que los imperios rara vez caen solo por factores externos. Suelen deteriorarse desde dentro, y no desaparecen de golpe, sino que se debilitan poco a poco, erosionando sus propios fundamentos.

EEUU está cambiando. Y ese cambio tiene una consecuencia directa: el mundo deja de girar en torno a certezas y empieza a hacerlo en torno a intereses. Y Europa tiene ahora que decidir qué papel quiere jugar en ese nuevo escenario: seguir siendo un actor secundario dependiente… o empezar a comportarse como una potencia con voz propia. Porque en este nuevo orden, ya no basta con confiar. Hay que posicionarse.

Al final, todo esto va mucho más allá de Trump. Él es el catalizador, pero no el origen del problema. Lo que estamos viendo es cómo EEUU empieza a dejar de creer en el sistema que él mismo creó… y eso es lo realmente peligroso. Porque cuando el país que sostiene el orden global deja de actuar como su garante, el resto del mundo no se queda esperando. Se protege, se reorganiza… y empieza a prepararse para un entorno donde decisiones como un bloqueo naval en Ormuz pueden convertirse en una herramienta más de presión política. Y en ese mundo, la confianza (que es el verdadero pegamento de la economía y la geopolítica) deja paso a la incertidumbre estructural.

Tierras raras, el talón de Aquiles de EEUU

El dominio de China en el mercado de las tierras raras es uno de los grandes desequilibrios estratégicos del mundo actual. No solo porque estos materiales son imprescindibles para la transición energética, la defensa, la inteligencia artificial o los semiconductores, sino porque otorgan a China una palanca de poder enorme en cualquier negociación comercial. China no domina las tierras raras porque tenga muchas más que el resto del mundo. Las tiene, sí, pero la clave está en otra parte. Durante décadas ha construido un ecosistema industrial completo: minería, refinado, procesado, imanes, componentes intermedios y producto final. Todo integrado, todo coordinado, todo bajo una estrategia de Estado.

EEUU, en cambio, llega tarde. Tiene recursos, tiene tecnología y tiene capital, pero le falta justo lo más difícil de replicar: la cadena industrial completa. El ejemplo más claro es la mina de Mountain Pass, en California. Allí se extrae mineral, pero durante años el refinado y el procesado se han hecho… en China. El eslabón crítico sigue fuera.

El debate ya no es si EEUU puede competir, sino cómo hacerlo sin engañarse. Y aquí es donde entra una visión más realista, como la que plantea Heidi Crebo-Rediker desde el Council on Foreign Relations. La clave no está en copiar el modelo chino, sino en diseñar uno propio, apoyado en tres pilares: asegurar el procesado en suelo estadounidense o aliado, invertir en nuevas tecnologías de separación menos contaminantes y utilizar la política industrial sin complejos, incluyendo subsidios, contratos públicos y alianzas estratégicas con países afines.

Éste no es un problema de mercado, sino geopolítico. Si EEUU deja esto solo en manos del sector privado, no llegará a tiempo. China aceptó durante años costes medioambientales y márgenes bajos para dominar el mercado. Occidente no ha querido pagar ese precio… y ahora descubre la factura estratégica. El horizonte temporal es clave. Incluso en el mejor de los escenarios, EEUU necesitaría entre 8 y 12 años para construir una cadena de valor mínimamente comparable: nuevas plantas de procesado, permisos medioambientales, formación de personal especializado y escalado industrial. No es algo que se solucione con una ley o con un par de incentivos fiscales. Es una carrera de fondo.

Las tierras raras son un recordatorio incómodo de algo que solemos olvidar: la globalización no eliminó la geopolítica, solo la escondió. EEUU puede reducir su dependencia de China, pero no rápido ni gratis. El mundo que viene será menos eficiente, más caro y mucho más estratégico. Y en ese mundo, quien controle los cuellos de botella industriales no tendrá solo ventaja económica, tendrá poder.

Franklin Templeton: larga vida al dólar

Por otra parte, Sonal Desai, CIO de Renta Fija de Franklin Templeton, recuerda que la 'necrológica' del dólar estadounidense se ha escrito muchas veces, con una frecuencia cada vez mayor durante el último año, pero la mayoría de los análisis catastrofistas sobre la divisa se centran en un solo lado de la ecuación y pasan por alto el panorama completo. La tesis del 'petrodólar' se sustenta en que el comercio del petróleo está denominado en dólares (USD), y que el desplazamiento de las exportaciones de crudo de Oriente Medio hacia Asia y la localización del gasto en defensa del Golfo señalan el inicio del fin de la hegemonía del dólar. 

"Esta visión es notablemente simplista y, además, invierte parcialmente la relación de causalidad. Los países exportadores de petróleo tienen un fuerte interés propio en recibir pagos en USD por lo que los dólares representan: acceso a los mercados de capital más profundos y líquidos del mundo, respaldados por un marco institucional y legal que protege los derechos de propiedad y hace cumplir los contratos, y apoyados por una economía fuerte, dinámica e innovadora", argumenta.

Tres pilares sostienen este sistema: la escala y dinamismo de la economía estadounidense, la credibilidad institucional y una profundidad de mercado inigualable. Tampoco existe una alternativa creíble; el euro carece de un activo seguro unificado a gran escala; el renminbi opera bajo controles de capital; y las monedas digitales pueden liquidar transacciones, pero no ofrecen la función de reserva de valor que exige el estatus de moneda de reserva. Los datos refuerzan esta idea en ámbitos como las reservas, los pagos, el volumen de operaciones de divisas y la profundidad del mercado de bonos del Tesoro, métricas que no son propias de una moneda en declive. 

"La debilidad del dólar es cíclica, no estructural, aunque su verdadera vulnerabilidad reside en la política fiscal de EEUU. Para los inversores, mantengo una visión constructiva sobre el estatus del dólar como moneda de reserva en el horizonte previsible y recomendaría mantenerse ágiles en los márgenes y centrarse en los fundamentales. Creo que los inversores deberían fijarse en los movimientos de los tipos de cambio bilaterales, en lugar de apostar por el fin del régimen de dominancia del dólar", concluye este experto.

06Dec

La UE es uno de los mayores bloques económicos del mundo, pero está quedándose atrás en todos los frentes que definen el poder en el siglo XXI: defensa, tecnología, materias primas críticas y capacidad de decisión internacional.

Miguel Ángel Valero

Europa vive una situación que debería encender todas las alarmas. No por lo que ocurre exactamente en los frentes de Ucrania, donde Rusia intensifica la presión militar en un momento crítico, sino por algo aún más preocupante: las decisiones que marcarán el futuro del conflicto ya no se están tomando ni en Kiev ni en Bruselas, sino entre Washington y Moscú. El nuevo marco de negociaciones impulsado por Estados Unidos (con su enviado especial Steve Witkoff viajando de nuevo a Moscú para reunirse con Vladímir Putin sin lograr avances relevantes) ha dejado al descubierto una realidad incómoda. Dos grandes potencias discuten cómo cerrar la guerra en Ucrania mientras la Unión Europea (UE) observa desde la barrera. Europa está dentro del conflicto, pero fuera de la sala donde se decide su desenlace.

Esta sensación de irrelevancia recuerda inevitablemente a otras épocas de la historia europea. Muchos analistas han comparado este enfoque con el pacto Molotov-Ribbentrop (el acuerdo de no agresión firmado en 1939 por la Alemania nazi y la Unión Soviética de Stalin para repartirse Europa del Este) no por afinidades políticas, sino porque demuestra una idea de fondo: las grandes potencias vuelven a moldear el mapa europeo sin su participación. Es un paralelismo que incomoda, porque evidencia la fragilidad estratégica de un continente que durante décadas vivió bajo la convicción de que las reglas, la diplomacia y los acuerdos serían suficientes para estabilizar el mundo.

Pedir a la Unión Europea que ejerza poder geopolítico es como pedirle a un futbolista de élite que juegue un partido de rugby. La UE nació para garantizar la paz interna, para evitar que los europeos volvieran a enfrentarse entre sí. Y esa misión la ha cumplido excepcionalmente bien. Pero no nació para proyectar poder militar, para imponer líneas rojas, ni para competir en un mundo que ya no se rige por los mecanismos que Europa domina, sino por la lógica del poder duro. De ahí el contraste: mientras Bruselas debate, Washington actúa. Mientras la UE discute entre Estados miembros, la Casa Blanca negocia directamente con el Kremlin y decide qué elementos debe incluir el plan de paz, incluso a riesgo de incomodar a sus propios aliados. Europa reacciona; no dirige.

Esta falta de influencia no se muestra solo en Ucrania. También se ve en otro terreno clave: el control de las materias primas estratégicas. Las tierras raras son el nuevo petróleo militar y tecnológico, esenciales para drones, motores eléctricos, sensores y sistemas de defensa. China controla más de dos tercios de la producción mundial, y ya ha demostrado que está dispuesta a convertir ese dominio en un arma geopolítica. La respuesta de EEUU ha sido rápida, contundente y estratégica: inversiones públicas en minas nacionales, participación directa en empresas clave y garantías de precio a largo plazo para asegurar la cadena de suministro. Mientras tanto, Europa se limita a declaraciones, proyectos piloto y retrasos regulatorios.

Los proveedores lo explican con una claridad demoledora. A un cliente estadounidense pueden venderle un lote de tierras raras en tres días. A uno europeo le lleva tres semanas. El primero sabe qué necesita, cuánto, cuándo y para qué. El segundo llega tarde, paga más caro y suele quedarse sin stock. Es una diferencia operativa que, en realidad, revela una diferencia estratégica. 

Europa está quedándose atrás en todos los frentes que definen el poder en el siglo XXI: defensa, tecnología, materias primas críticas y capacidad de decisión internacional. El resultado es una paradoja amarga. La UE es uno de los mayores bloques económicos del mundo, pero ha perdido la capacidad de influir en las decisiones que afectan directamente a su seguridad.

"La pregunta no es si la UE quiere ser un actor global. La verdadera pregunta es si podrá serlo antes de que sea demasiado tarde. Porque el mundo ha cambiado, y ya no se juega con las reglas europeas. Y mientras Europa sigue confiando en su arquitectura burocrática y en su diplomacia de consenso, las grandes potencias vuelven a hablar el lenguaje del poder. Uno del que la UE se desconectó hace décadas. Lo inquietante es que esta desconexión ya no es una amenaza teórica. Es la situación actual. Y cada día que pasa, Europa se sienta un poco más lejos de la mesa donde se decide su propio futuro", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.

23Oct

El alcance real de las sanciones de EEUU y de la UE dependerá del rigor de los controles y del nivel de investigación sobre las estructuras opacas que utilizan las empresas rusas para canalizar sus ventas de crudo.

Miguel Ángel Valero

EEUU y la Unión Europea (UE) han reforzado su coordinación para aumentar la presión sobre las exportaciones de petróleo y gas de Rusia. Por un lado, Trump anunció nuevas sanciones contra las dos principales compañías petroleras rusas, Rosneft y Lukoil, incluyéndolas en la lista negra de entidades, lo que prohíbe cualquier relación comercial entre empresas estadounidenses y ambas firmas. Estos dos gigantes energéticos son responsables de la exportación de 3,1 millones de barriles diarios —aproximadamente un tercio de la producción nacional— y el sector representa aproximadamente una cuarta parte de los ingresos fiscales del país. 

No obstante, el alcance real de las sanciones dependerá del rigor de los controles y del nivel de investigación sobre las estructuras opacas que utilizan las empresas rusas para canalizar sus ventas de crudo.  

Por otro lado, la UE ha aprobado su 19º paquete de sanciones, que establece como objetivo eliminar por completo la importación de gas natural licuado ruso para enero de 2027. Además, han impuesto restricciones a bancos que facilitan la triangulación de exportaciones en países como Bielorrusia y Kazajistán y han prohibido la contratación de seguros para aviones y buques rusos de segunda mano. 

Actualmente, el 6% del gas importado por la región sigue procediendo de Rusia, sin contar el que llega de forma indirecta. 

Tras más de tres años de guerra, sorprende que sigan imponiéndose nuevas sanciones. Sin embargo, se ha impuesto la lógica quirúrgica a la hora de evitar el comercio energético con Rusia. Los Gobiernos occidentales han preferido ir desligándose del petróleo y gas ruso de manera paulatina para evitar problemas de suministro, imponiendo sanciones por capas.  Y se ha hecho la vista gorda sobre el sorprendente incremento de exportaciones alemanas a países como Kirguistán, que se han multiplicado por 7 veces desde marzo de 2022 –alcanzando los 60 millones de euros mensuales–, debido a que los proveedores rusos intentan aprovisionarse de partes y maquinaria a través de terceros países.  

Estas nuevas medidas representan un paso más hacia el aislamiento económico de Rusia por parte de Occidente, que ya es casi total. No obstante, las compras de China e India han permitido mantener a flote las finanzas del Estado ruso. Precisamente aquí es donde Trump ha identificado un nuevo frente de presión. Un posible acuerdo comercial con India, que incluya la reducción de las importaciones de petróleo ruso, podría tener un impacto más significativo en la economía rusa que las sanciones recientemente anunciadas. Trump ha afirmado que el primer ministro Modi se ha comprometido a disminuir dichas compras, aunque no se ha confirmado por fuentes oficiales. La Cumbre de la Cooperación de Asia – Pacífico de final de mes sería, al igual que con China, un teatro magnífico para un acuerdo comercial que reduzca el arancel indio actualmente en el 50%. 

La situación ha provocado fuertes avances en el crudo. La referencia Brent se eleva un +3,7% el 23 de octubre, hasta los 64,9 $/barril, acumulando una subida del 5,8% en la semana. 

Por otra parte, la Administración de Trump contempla un nuevo golpe en sus negociaciones comerciales con China: imponer restricciones a la exportación de 'software crítico' si Pekín no revierte su amenaza de limitar la venta de tierras raras. El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, afirmó que, de aplicarse estos controles sobre software crítico, probablemente se haría en coordinación con los aliados del G7. Todo forma parte de un juego de presiones: hace solo dos días, Trump mostraba un tono más conciliador y anticipó la posibilidad de alcanzar un “buen acuerdo comercial” con China. 

The Trader: Trump se atasca en Ucrania

Tras su reciente éxito al promover un alto el fuego entre Israel y Hamás, Donald Trump ha puesto ahora el foco en el otro gran conflicto global: la invasión rusa de Ucrania. A pocas semanas de un nuevo encuentro con Vladímir Putin, ambos mantuvieron una conversación telefónica de más de dos horas en la que el líder ruso volvió a demostrar su habilidad para dominar el relato y condicionar la agenda internacional. Durante esa conversación, Trump habría aceptado buena parte de las condiciones planteadas por Putin: que Kiev entregue todo el Donbás a cambio de conservar algunas zonas de Jersón y Zaporiyia. Pero Moscú no estaría cediendo nada; simplemente dejaría de reclamar lo que nunca ha controlado. Para Ucrania, aceptar un acuerdo así supondría abandonar su línea defensiva más sólida sin ninguna garantía de paz.

El desastre volvió a producirse durante la reunión en la Casa Blanca entre Trump y Volodímir Zelenski. Al parecer, el encuentro habría terminado en una fuerte discusión, con un Trump exasperado, lanzando improperios y apartando los mapas del frente que sus asesores habían preparado para explicarle la situación real sobre el terreno. Su impaciencia por proclamarse pacificador lo habría llevado a defender un plan que entregaría a Rusia cerca del 30% de la provincia de Donetsk, un territorio que Moscú intenta conquistar desde 2014. Esa cesión incluiría el llamado “cinturón fortificado” de Donetsk, formado por ciudades estratégicas como Sloviansk, Kramatorsk, Kostyantynivka y Druzhkivka. Su pérdida abriría el camino ruso hacia Dnipró y Járkov, debilitando de forma irreversible la defensa ucraniana. Sería, en la práctica, una rendición política y militar disfrazada de diplomacia.

Trump tiene en su poder palancas de presión decisivas sobre Kiev: el acceso a inteligencia estadounidense, la autorización para comprar sistemas antiaéreos Patriot y lanzacohetes Himars, y la financiación de ayuda militar. Pero, mientras exige concesiones a Zelenski, evita cualquier enfrentamiento real con Putin. La supuesta dureza del presidente estadounidense se aplica, una vez más, solo a sus aliados. 

Incluso un alto el fuego con las líneas actuales sería una trampa. Rusia podría mantener su economía de guerra en marcha, seguir produciendo misiles y drones y preparar una nueva ofensiva, especialmente si las sanciones occidentales se relajaran como parte del acuerdo.

Sin embargo, en un giro inesperado, Trump anunció que no se reunirá finalmente con Putin en Budapest, como se había previsto. El cambio de postura llega tras las críticas internacionales y la presentación de una nueva propuesta de paz europea, que busca recuperar la iniciativa diplomática perdida.

El nuevo plan, impulsado por los principales líderes europeos junto a Zelenski, plantea un acuerdo de 12 puntos que busca poner fin a la guerra sobre bases más equilibradas. Entre ellos destacan la retirada progresiva de las tropas rusas, garantías de seguridad para Ucrania supervisadas por la ONU y un compromiso de reconstrucción financiado con activos rusos congelados. Pero el punto más polémico es, precisamente, el que se presenta como principio fundamental: la imposibilidad de modificar fronteras por la fuerza. En la práctica, congelar el frente actual equivale a aceptar de facto que Rusia conserve lo que ya ha conquistado, aunque no se le reconozca oficialmente. Una paradoja que convierte el plan en una tregua ambigua: se proclama el respeto a la integridad territorial, mientras se consolida sobre el terreno una nueva frontera impuesta por la guerra.

Trump, pese a su rectificación, sigue buscando una victoria diplomática rápida que refuerce su imagen internacional. Pero su inconsistencia y su tendencia a improvisar decisiones estratégicas han generado creciente desconfianza incluso entre sus aliados europeos. Bruselas, consciente de que Estados Unidos podría volver a actuar unilateralmente, ha decidido liderar el proceso de negociación y condicionar cualquier alto el fuego a un marco multilateral que preserve la soberanía ucraniana.

Putin, fiel a su estilo, ha sabido explotar las debilidades de todos: el ego de Trump, el cansancio de Europa, y la vulnerabilidad de Ucrania. "Si logra imponer su narrativa, la guerra podría entrar en una nueva fase, no en el campo de batalla, sino en la mesa de negociación", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.

21Oct

China es consciente de que su liderazgo en la producción de tierras raras, fruto de años de inversión, podría estar alcanzando su punto máximo tras el pacto entre EEUU y Australia. Y de que sufre su propia dependencia en semiconductores.

Miguel Ángel Valero

Una vez más, los mercados celebran el enfoque transaccional de Trump. Las agresivas declaraciones del ocupante de la Casa Blanca a principios de mes han dado paso a mensajes más conciliadores, en los que sugiere que podría alcanzarse un acuerdo entre EEUU y China durante la reunión prevista para finales de mes en Corea del Sur. Además, ha anunciado su intención de visitar China el próximo año.

Al mismo tiempo, EEUU busca reducir su dependencia de China en lo que respecta a las tierras raras, dado que cerca del 80 % del consumo doméstico de estos materiales proviene del extranjero, principalmente del gigante asiático. En este contexto, Trump ha firmado un tratado con Australia para invertir en proyectos de extracción y refinamiento de tierras raras. El acuerdo contempla una inversión conjunta de 1.000 millones$ en los próximos seis meses, destinada a iniciativas tanto en suelo australiano como estadounidense. Como parte del pacto, el Pentágono se ha comprometido a colaborar en la construcción de una planta de extracción de galio en el oeste de Australia, lo que pone de manifiesto la relevancia estratégica y militar de algunos de estos elementos.

Australia ocupa el cuarto lugar a nivel mundial en reservas de tierras raras —precedida por China, Brasil e India— y es la sede de la única empresa fuera de China que produce tierras raras pesadas: Lynas Rare Earths Ltd.

Además, Trump ha incluido en el acuerdo un incremento en la compra de equipamiento militar, como drones submarinos y helicópteros de combate, con el objetivo de que el país oceánico eleve su gasto en defensa del 2% sobre el PIB actual al 3,5%.

Hasta ahora, el esquema de tensión, negociación y acuerdo parece estar dando resultados. China es consciente de que su liderazgo en la producción de tierras raras, fruto de años de inversión, podría estar alcanzando su punto máximo tras el pacto entre EEUU y Australia. Al mismo tiempo, China enfrenta su propia dependencia en el ámbito de los semiconductores –con restricciones de los más avanzados– y trabaja en el desarrollo de tecnología nacional, aunque ésta sigue un escalón por debajo de la americana. Por ello, parece difícil ver en el futuro una mejor posición negociadora por parte de China, lo que invita a pensar en un potencial tregua larga. 

La partida de ajedrez continuará, con ambas potencias siendo conscientes de que, por el momento, se necesitan mutuamente. Esta interdependencia es algo que los mercados a veces olvidan, lo que da lugar a episodios de volatilidad como los vividos en las últimas semanas. Un fenómeno que se volverá a sufrir mientras Trump siga alojado en la Casa Blanca.

Eliminación de las importaciones de gas ruso antes de 2028

Por su parte, los países de la Unión Europea han aprobado eliminar progresivamente las importaciones de gas ruso antes de 2028. Los ministros de Energía votarona favor de desvincularse del suministro energético ruso mediante un plan escalonado: no se podrán firmar nuevos contratos de importación de gas a partir de enero de 2026. Los contratos ya existentes de corto plazo, firmados antes del 17 de junio de 2025, podrán mantenerse hasta junio de 2026. En el caso de los contratos a largo plazo, el plazo máximo para su finalización será enero de 2028.

Antes de la invasión rusa a Ucrania, Rusia representaba el 45% de las importaciones de gas del bloque comunitario. Actualmente, esa cifra se ha reducido al 12%, y con esta medida se busca eliminar completamente la dependencia. En la votación, dos países se opusieron a la propuesta –Eslovaquia y Hungría–. No obstante, su oposición no fue suficiente para bloquearla, ya que la aprobación requería una mayoría cualificada, es decir, el respaldo de al menos el 55% de los Estados miembros. El siguiente paso consistirá en negociar el texto definitivo con el Parlamento Europeo. 

Hungría será precisamente el país anfitrión de la reunión entre Donald Trump y Vladímir Putin en las próximas dos semanas, un encuentro no exento de polémica. Putin está sujeto a una orden de arresto emitida por el Tribunal Penal Internacional (TPI) por crímenes de guerra, lo que implica que podría ser detenido si pisa territorio de alguno de los Estados miembros, entre ellos la mayoría de los países de la Unión Europea. Sin embargo, Hungría anunció en abril su intención de desvincularse unilateralmente del organismo, coincidiendo con la visita del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Aunque la retirada no es efectiva hasta un año después del anuncio, no hay señales de que el Gobierno húngaro vaya a cumplir con las obligaciones del tribunal que aún le corresponden.

Fortuna SFP: el VIX detecta la vuelta del nerviosismo en EEUU

Durante meses, los mercados estadounidenses habían vivido en una aparente calma. La volatilidad, medida por el índice VIX, se mantenía en niveles históricamente bajos, reflejo de una confianza casi complaciente en la resiliencia económica y en el poder de la inteligencia artificial como nuevo motor de crecimiento. Sin embargo, en los últimos días, ese sosiego ha empezado a resquebrajarse. El VIX ha vuelto a situarse por encima de los 20 puntos, una cota que, sin ser alarmante, sí marca el regreso del nerviosismo. Las causas son múltiples y, en conjunto, dibujan un cuadro de vulnerabilidad que los inversores habían preferido ignorar, señala el fundador de Fortuna SFP, José Manuel Marín Cebrián.

El primer foco de tensión procede del sistema bancario regional estadounidense. Varias entidades medianas han mostrado señales de estrés en sus balances ante la persistencia de unos tipos de interés elevados y la debilidad de algunos segmentos inmobiliarios, especialmente el comercial. Entre los nombres más señalados figuran Zions Bancorporation, que sufrió caídas superiores al 13% tras revelar un cargo de unos 50 millones$ vinculado a préstamos fraudulentos; Western Alliance Bancorp, afectada por litigios relacionados con fraude crediticio y retrocesos de más del 10%; y New York Community Bancorp (NYCB) —a través de su filial Flagstar Bank—, cuya exposición a préstamos de inmuebles comerciales supera el 470 % de su capital, una cifra que refleja un riesgo de concentración preocupante. 

Este nerviosismo recuerda inevitablemente lo ocurrido en 2023, cuando el colapso de Silicon Valley Bank y First Republic Bank desató una crisis de confianza que se extendió por todo el sistema financiero estadounidense. Aquella onda expansiva cruzó el Atlántico: en Europa, Credit Suisse se vio al borde del colapso y tuvo que ser rescatado mediante una fusión de emergencia con UBS. Fue un recordatorio de que las fragilidades del sistema bancario, por muy localizadas que parezcan, pueden tener consecuencias globales. Hoy, aunque las cifras de exposición sean menores y la supervisión más estricta, la reacción del mercado revela una verdad incómoda: la confianza sigue siendo el activo más frágil del sistema financiero.

A la fragilidad doméstica se suman las renovadas tensiones comerciales con China. Washington ha endurecido su posición sobre el acceso a materiales críticos —las llamadas tierras raras— esenciales para la industria tecnológica y de defensa. Pekín, por su parte, ha insinuado restricciones a las exportaciones, reeditando un pulso que va mucho más allá del comercio: es una pugna estratégica por el control de la economía del futuro. Este enfrentamiento amenaza con elevar costes, entorpecer cadenas de suministro y presionar márgenes empresariales justo cuando los inversores habían apostado por un ciclo expansivo impulsado por la innovación.

En paralelo, el cierre parcial de la administración estadounidense —con el Congreso de nuevo bloqueado por disputas presupuestarias— ha añadido un elemento más de incertidumbre. Aunque históricamente estos episodios tienen un impacto económico limitado, su efecto psicológico sobre el mercado es notable. Representan un recordatorio de la disfunción política que atenaza a Washington y de los riesgos que esta supone para la estabilidad fiscal en un país que acumula ya una deuda pública superior al 120 % del PIB.

Finalmente, el factor tecnológico, hasta ahora la gran esperanza de los mercados, empieza a mostrar signos de fatiga. El entusiasmo en torno a la inteligencia artificial ha impulsado valoraciones difíciles de justificar en términos de beneficios actuales. Algunos analistas advierten de que el fenómeno recuerda a la burbuja de las puntocom de principios de siglo: una revolución tecnológica real, sí, pero con un ritmo de monetización mucho más lento de lo que descuentan las cotizaciones. La toma de beneficios en los grandes valores tecnológicos ha amplificado la corrección y devuelto el miedo a un mercado excesivamente concentrado.

La suma de todos estos elementos ha roto el espejismo de estabilidad. El repunte del VIX por encima de 20 no implica necesariamente un cambio de ciclo, pero sí una advertencia clara: la complacencia tiene un precio. La economía estadounidense sigue creciendo, pero bajo una superficie de solidez aparente laten tensiones financieras, geopolíticas y políticas que el mercado ya no puede ignorar. En tiempos de euforia tecnológica y abundancia de liquidez, los inversores tienden a olvidar que el riesgo nunca desaparece, solo cambia de forma. Hoy, ese riesgo vuelve a hacerse visible. Y con él, la volatilidad regresa a Wall Street.

16Oct

El control de las tierras raras y la amenaza de los aranceles no son simples disputas comerciales: son síntomas del desmantelamiento de la globalización y del libre comercio.

Miguel Ángel Valero

Las recientes tensiones comerciales entre Estados Unidos y China comienzan a suavizarse. Scott Bessent, secretario del Tesoro y figura clave en las negociaciones comerciales tras los aranceles del Día de la Liberación decretado por Donald Trump, ha insinuado la posibilidad de extender la tregua arancelaria con China por más de tres meses, a cambio de que éste revierta las restricciones sobre la exportación de tierras raras. 

El plan anunciado la semana pasada establece que cualquier empresa internacional necesitará autorización explícita de la Administración china para exportar productos que contengan tierras raras —EEUU importa el 80% de su consumo de estos materiales, siendo China su principal proveedor—.

Bessent también ha señalado que la respuesta a estas restricciones sería coordinada a nivel internacional, dado su impacto potencial en las cadenas de suministro globales. 

Por su parte, China presiona para que se flexibilicen las limitaciones sobre los semiconductores, con vistas a la próxima Cumbre de Cooperación Asia-Pacífico en Corea del Sur, donde podrían reunirse Trump y Xi Jinping por primera vez en más de seis años.

Las negociaciones generan volatilidad en los mercados. Trump insiste en que “estamos en una guerra comercial”. Sin embargo, a estas alturas, el patrón parece claro: confrontación, negociación y eventual acuerdo. Tras la cortina de humo de la semana pasada, las conversaciones podrían avanzar en la reunión prevista para finales de mes. Porque la actual tregua arancelaria con China expira el 11 de noviembre.

Mientras, continúa la presión vendedora sobre el dólar en medio del nuevo tira y afloja entre China y EEUU y del estancamiento en las negociaciones entre republicanos y demócratas que no deja atisbar un acuerdo en el corto plazo. Después de registrar un +0,3% el 15 de octubre el cruce euro-dólar ya está en 1,166. 

También continúa el ánimo comprador en el oro, aupado por las tensiones entre China y EEUU. Ya lleva seis jornadas de alzas (+1,6% el 15 de octubre, +0,5% al día siguiente) hasta colocarse en 4.226$/onza.

The Trader: desmantelamiento de la globalización

La amenaza de Donald Trump de imponer aranceles del 100% a las importaciones chinas no es una maniobra retórica, sino una respuesta directa a la decisión de Pekín de imponer controles severos a la exportación de tierras raras, exigiendo permisos especiales para su envío al extranjero. Estos materiales estratégicos son el corazón de la tecnología moderna, y China no solo controla más del 60% de la producción mundial, sino algo aún más relevante, casi el 95% del proceso de refinado. Posee el monopolio de 17 minerales esenciales para fabricar microchips, baterías, motores eléctricos, paneles solares, turbinas eólicas, misiles, satélites y teléfonos móviles, entre muchos otros productos tecnológicos.

La respuesta de Trump al movimiento de China no se ha hecho esperar, y tras calificar la decisión de Pekín como un acto de “guerra económica” y una amenaza directa a las cadenas globales de suministro tecnológico y militar, se baraja incrementar los aranceles en un 100% a todos los productos chinos, así como nuevas restricciones a la exportación de software estratégico estadounidense, especialmente aquel vinculado a la inteligencia artificial y la automatización industrial. 

Este encontronazo entre las dos potencias mundiales es recurrente desde hace años, pero esta vez China llega al pulso en una posición más sólida que en anteriores enfrentamientos comerciales. Sus exportaciones crecieron un 8,3% interanual en septiembre, su mayor aumento en seis meses, alcanzando 328.600 millones$, pese al desplome del 27% de los envíos a EEUU. El secreto de su resiliencia ha sido la diversificación geográfica: las ventas al resto del mundo se dispararon un 14,8%, impulsadas por la fuerte demanda de la Unión Europea, el Sudeste Asiático, América Latina y África. Este viraje le ha permitido a Pekín compensar con creces la pérdida de su mercado estadounidense y reducir la dependencia de un socio cada vez más hostil. 

A la vez, las importaciones crecieron un 7,4%, señal de que la economía china mantiene un flujo comercial saludable incluso en un contexto de tensiones. Y lo más relevante: su superávit comercial total subió hasta 90.500 millones$, mientras que el superávit con EEUU se mantuvo estable en torno a los 23.000 millones, a pesar de las restricciones y amenazas cruzadas. 

En definitiva, China no se ha debilitado con el pulso comercial: se ha adaptado. Su maquinaria exportadora sigue funcionando con normalidad y su diversificación de mercados le ha permitido sortear las sanciones sin perder impulso.

Pero el pulso no se libra solo en el terreno tecnológico. Pekín ha abierto un nuevo frente en la guerra comercial al sancionar a cinco filiales estadounidenses del gigante surcoreano Hanwha Ocean, en respuesta a la investigación impulsada por Washington sobre el dominio marítimo chino. Este movimiento, que afecta directamente al transporte global (responsable de más del 80% del comercio mundial), refleja hasta qué punto la disputa ha trascendido los microchips y las tierras raras para adentrarse en el control de las rutas marítimas y la infraestructura logística. 

China, que se ha convertido en el mayor constructor naval del planeta, percibe la reactivación de la industria estadounidense con apoyo surcoreano como un desafío estratégico. Y al responder con sanciones, envía un mensaje inequívoco: está dispuesta a defender su posición incluso en los sectores donde Occidente apenas comienza a reconstruir su competitividad.

Y es precisamente esa resistencia la que cambia el sentido de esta confrontación. Pekín llega a la mesa de negociación más fuerte de lo que muchos esperaban, y Trump, consciente de ello, ha optado por redoblar la presión. Pero este nuevo equilibrio de fuerzas podría alterar profundamente la trayectoria de la economía global, incluso si las medidas no llegan a aplicarse por completo. El mero anuncio ya ha modificado el comportamiento de empresas, inversores y gobiernos, que interpretan la situación como la confirmación de que EEUU y China han pasado de gestionar su rivalidad a prepararse para una lucha por la hegemonía mundial. Si las medidas se implementan, el impacto podría ser comparable al de la Ley Smoot-Hawley de 1930, que agravó la Gran Depresión al desencadenar represalias, hundir el comercio mundial y provocar una espiral deflacionaria.

"Hablo de deflación y no de inflación, y no es un error. Es cierto que, a corto plazo, los nuevos aranceles podrían generar presiones inflacionistas por el encarecimiento de las importaciones y la disrupción de las cadenas de suministro, pero a medio plazo el verdadero riesgo sería deflacionario, debido a un menor comercio, caída de la inversión, contracción de beneficios y endurecimiento del crédito. Y ese efecto podría amplificarse si China responde con la devaluación del yuan exportando deflación al resto del mundo", avisa el analista Pablo Gil en The Trader.

En el fondo, estamos asistiendo al desmantelamiento de la globalización que durante décadas mantuvo bajos los precios y conectó las economías. EEUU y China han pasado de la interdependencia a una hostilidad creciente, y el mundo no parece entender el riesgo de este potencial “cambio climático financiero”: un comercio que se enfría, una confianza que se erosiona y un crecimiento global que da muestras de agotamiento. El control de las tierras raras y la amenaza de los aranceles no son simples disputas comerciales: son síntomas del final de una era. Durante décadas, el libre comercio abarató los bienes, impulsó el crecimiento y fomentó la cooperación. Ahora, las dos mayores potencias del planeta se preparan para un nuevo orden basado en la desconfianza y el desacople, donde cada país busca blindar su economía, aunque sea a costa del equilibrio global.

"Pero conviene no confundir la tendencia de fondo con el teatro de corto plazo que interpretan sus protagonistas y al que reaccionan los mercados. Trump ha impuesto un nuevo estilo de negociación en la escena internacional: una política coercitiva, construida sobre amenazas constantes y breves pausas de aparente distensión. Ese juego de retórica agresiva y pragmatismo calculado nos lleva una y otra vez al borde del abismo, en una estrategia donde la tensión forma parte del guion. La fecha límite, el 1 de noviembre, es solo el clímax del primer acto. Y como en toda saga de éxito (y esta lo es), nadie debería descartar que la segunda temporada llegue cargada de aún más drama, incertidumbre y giros inesperados", concluye Pablo Gil.

EEUU se asoma a la recesión

En medio de las tensiones con China y del cierre de la Administración, el Libro Beige de la Reserva Federal revela que la actividad económica en EEUU se mantuvo prácticamente sin cambios en las últimas semanas, aunque comienzan a surgir signos de debilitamiento. La actividad económica cambió poco en términos generales desde el informe anterior, con tres distritos reportando un crecimiento leve o moderado, cinco sin cambios, y cuatro señalando una ligera desaceleración. En varios distritos, las empresas han reducido sus plantillas mediante despidos, citando una menor demanda, incertidumbre económica y mayor inversión en tecnologías de inteligencia artificial. Mientras tanto, sectores como la hostelería, la agricultura y la construcción enfrentan escasez de mano de obra, atribuida en parte a cambios en las políticas migratorias. 

Por otro lado, el consumo privado “descendió levemente”, especialmente en bienes minoristas, con los hogares de ingresos medios y bajos mostrando mayor sensibilidad a la inflación. Mejora la confianza de los empresarios de las manufacturas en Nueva York. Uno de los primeros indicadores adelantados regionales dio una sorpresa positiva, con el índice Empire repuntando más de lo esperado al elevarse hasta +10,7 desde el -8,7 anterior y muy por encima del -1,8 previsto. Un dato que apuntaría a una cierta reactivación del sector en los próximos meses.

Por su parte, el analista Pablo Gil llama la atención en The Trader sobre los nuevos indicadores que los economistas están vigilando para detectar si Estados Unidos se acerca a una recesión. Más allá de los datos tradicionales (como PIB, desempleo o inflación), hay pequeñas pistas en el consumo y la producción que comienzan a enviar señales de alerta. Entre los más llamativos están:

  • Menos cajas de cartón: la caída en la producción de embalajes sugiere una desaceleración en el comercio minorista y el movimiento de mercancías.
  • Más “Hamburger Helper”: el repunte en ventas de comidas baratas y procesadas indica que los consumidores están ajustando su gasto.
  • Menos camiones nuevos: las empresas de transporte reducen compras ante un menor volumen de carga.
  • Auge del mercado de segunda mano: las plataformas de reventa crecen con fuerza, reflejando un cambio en los hábitos de consumo.
  • Menos movilidad laboral: las renuncias voluntarias han caído; la gente prefiere aferrarse al empleo que tiene.
  • Menos permisos de construcción: la vivienda se enfría; los permisos han caído más de un 10 % interanual.

Aunque el país no está aún en recesión, el mensaje de fondo es claro: la economía está entrando en una fase de fatiga. El consumo se vuelve más defensivo y la inversión pierde ritmo."La recesión no se ve en los datos del pasado, sino en los comportamientos del presente, y algunas señales más allá de los grandes titulares macro anticipan cambios de ciclo".