Miguel Ángel Valero
Cada vez que se publican datos económicos aparece la misma batalla política. Unos destacan el crecimiento del PIB, otros la creación de empleo, y algunos la evolución de los salarios. No hay mejor ejemplo que una afirmación del presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez: “los salarios medios han aumentado un 23% entre 2018 y 2024, por encima de la inflación acumulada del periodo”. Y el dato, tomado de forma aislada, es correcto.
Sin embargo, la pregunta realmente importante no es cuánto han subido los salarios sobre el papel. La pregunta es mucho más sencilla: ¿vivimos mejor hoy que hace seis años? Y aquí es donde la historia empieza a complicarse. Porque durante los últimos años la economía española ha mostrado un crecimiento notable. El empleo ha aumentado, el PIB avanza a ritmos superiores a muchos de nuestros vecinos europeos y los salarios brutos han registrado incrementos importantes. Sobre el papel, todo parece indicar que los ciudadanos deberían sentirse más prósperos.
Pero la percepción de buena parte de la población cuenta una historia distinta. La razón es que entre el salario que aparece en las estadísticas y el bienestar real de las familias existen varios filtros. El primero son los impuestos. El segundo, las cotizaciones sociales. El tercero, la inflación. Y el cuarto, cada vez más determinante, es el coste de la vivienda.
Cuando se tienen en cuenta todos estos factores, diversos análisis muestran que el salario neto real del trabajador medio apenas habría mejorado e incluso podría situarse ligeramente por debajo del nivel de poder adquisitivo que tenía en 2018. Dicho de otra forma: aunque las nóminas han subido, una parte importante de esa mejora se ha visto absorbida por el incremento del coste de la vida y por una mayor carga fiscal y de cotizaciones. Pero incluso aceptando que el salario real medio haya mejorado ligeramente, seguiría existiendo un problema de fondo: la vivienda.
Desde 2018 el precio de compra de una vivienda ha aumentado alrededor de un 30%-40% en muchas zonas de España. Los alquileres han seguido una trayectoria similar. Para millones de familias, especialmente jóvenes, este factor tiene un impacto mucho mayor sobre su bienestar que cualquier mejora salarial marginal. Al final, poco importa que tu sueldo haya aumentado un 2% o un 3% en términos reales si el alquiler consume cada vez una mayor parte de tus ingresos o si comprar una vivienda se ha convertido en una meta cada vez más lejana.
Por eso se ha vuelto tan habitual una sensación aparentemente contradictoria: la economía crece, las estadísticas mejoran y, sin embargo, muchos ciudadanos sienten que no avanzan. Y probablemente ambas cosas sean ciertas al mismo tiempo. La economía puede crecer mientras la capacidad de compra de determinados bienes esenciales se deteriora. El empleo puede aumentar mientras el acceso a la vivienda empeora. Los salarios pueden subir mientras los ciudadanos perciben que cada vez les cuesta más llegar a fin de mes.
La realidad es que datos como el PIB, el empleo o los salarios son indicadores muy importantes, pero no siempre capturan completamente la experiencia cotidiana de las familias. Porque, siendo realistas, la prosperidad no se mide únicamente por cuánto crece una economía, sino por cuánto mejora realmente la vida de quienes viven dentro de ella. Al fin y al cabo, la principal misión de cualquier gobierno debería ser aumentar el bienestar de sus ciudadanos.
Los datos estadísticos son herramientas útiles para medir tendencias y evaluar políticas, pero también pueden interpretarse de formas muy distintas según el indicador que se elija destacar. El bienestar de las personas, sin embargo, es mucho más difícil de maquillar.
"Si una familia puede ahorrar, acceder a una vivienda, llegar a fin de mes con tranquilidad y percibir que tiene mejores oportunidades que hace unos años, probablemente las políticas estén funcionando. Si ocurre lo contrario, por muy positivas que parezcan algunas estadísticas, algo importante está fallando", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.
