Miguel Ángel Valero
El giro económico que está tomando EEUU bajo la doctrina “America First”, con la que Donald Trump volvió a la Casa Blanca, se ha convertido en una de las señales más preocupantes del momento. No solo porque rompe con el modelo que ha sostenido el comercio global durante décadas, sino porque activa dinámicas que ya conocemos demasiado bien. La historia demuestra que cuando el nacionalismo económico se convierte en la brújula de un país, las tensiones dejan de ser solo comerciales y empiezan a escalar hacia un terreno mucho más inestable.
El nuevo marco estadounidense descansa en tres pilares: aranceles masivos para blindar sus industrias, intervención estatal directa en decisiones privadas, y una visión estratégica del acceso a materias primas dentro y fuera del país. Todo ello acompañado de episodios que hace solo unos años habrían parecido impensables: presiones públicas a multinacionales para que modifiquen su producción, amenazas veladas a grandes inversores, y propuestas que bordean la reconfiguración territorial de regiones estratégicas.
A primera vista parece una novedad, pero basta mirar atrás para ver que este patrón no es nuevo. En el siglo XIX, Reino Unido, Francia, Alemania y la propia EEUU levantaron muros arancelarios, intervinieron sus economías y consideraron las materias primas un asunto de seguridad nacional. Cuando el mercado dejó de garantizar ese acceso, los choques entre potencias se multiplicaron hasta desembocar en conflictos territoriales. La Primera Guerra Mundial nació, en buena parte, de esa lógica.
Los mismos errores se repitieron en el periodo de entreguerras: aislamiento económico, aranceles cada vez más altos, bloques rivales y la sensación de que la prosperidad de unos solo podía lograrse a costa del empobrecimiento de otros. El desenlace fue una combinación explosiva: colapso del comercio global, depresión, autarquía, radicalización política y, finalmente, una nueva guerra a escala mundial.
El orden económico construido tras 1945 (instituciones multilaterales, reglas claras y cooperación comercial) nació precisamente para impedir que volviéramos a ese escenario. Pero ese consenso se está resquebrajando. EEUU vuelve a defender que “el mercado ya no es suficiente” y que el Estado debe recuperar el control. China responde restringiendo minerales críticos. Europa protege su industria del automóvil eléctrico. México endurece sus políticas de sectores estratégicos. La lógica de suma cero vuelve a expandirse.
Y las tensiones ya no son solo económicas. La última prueba es el ultimátum que Donald Trump ha lanzado a Volodímir Zelenski para aceptar un acuerdo de paz en Ucrania diseñado directamente entre Washington y Moscú. Un mensaje que rompe con décadas de diplomacia occidental impulsa una visión abiertamente transaccional de la geopolítica y refuerza la idea de que las grandes potencias vuelven a actuar sin coordinación internacional, priorizando solo sus intereses estratégicos. Es una señal más de hacia dónde nos lleva este clima: decisiones unilaterales, presión sobre países aliados y negociaciones que ya no buscan estabilidad global, sino ventajas nacionales a corto plazo.
El patrón se repite. Cuando cada potencia solo mira por sí misma, los conflictos dejan de resolverse en mesas multilaterales y empiezan a trasladarse a escenarios cada vez más tensos. La historia no deja demasiado margen a la interpretación.
"Las grandes crisis nunca empiezan de un día para otro. Se inician con pequeños pasos, con decisiones que parecen lógicas en el corto plazo… hasta que dejan de serlo. Un mundo donde cada país opera únicamente en defensa de sus propios intereses es un mundo más frágil, más imprevisible y mucho menos seguro. Reformar la globalización es necesario. Dinamitarla sin un plan alternativo, como ya aprendimos hace un siglo, solo conduce a un coste demasiado alto", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.
Más presión sobre la Fed
Además, la narrativa que dominaba hace solo unos días ha saltado por los aires. El mercado laboral había enfriado con fuerza las expectativas de nuevos recortes de tipos para la reunión del 10 de diciembre. La probabilidad de un descenso hacia el rango 3,50% – 3,75% se había desplomado, y el consenso apuntaba claramente a que la Fed mantendría los tipos sin cambios. Pero esta vez todo ha cambiado mucho más rápido de lo habitual.
Dos factores han dado la vuelta al tablero en cuestión de horas. El primero, la reacción de los mercados financieros: la caída de la Bolsa estadounidense reavivó la presión sobre la Fed, recordando un patrón que hemos visto demasiadas veces en la última década. Cuando el mercado sufre, el banco central tiende a suavizar su discurso. Y eso nos lleva al segundo factor: las palabras de John Williams, presidente de la Fed de Nueva York y uno de los votantes permanentes más influyentes dentro del FOMC.
Su mensaje fue directo: “Todavía veo margen para un ajuste adicional en el corto plazo para situar la política en un nivel más cercano al neutral.” Es decir, dejó la puerta abierta (explícitamente) a un recorte de tipos en diciembre. En un contexto en el que las expectativas se habían enfriado por completo, este comentario fue suficiente para reactivar las apuestas a una velocidad extraordinaria.
La probabilidad, que había caído a la zona del 30 %, volvió a repuntar con fuerza tras las declaraciones de Williams. Es uno de los cambios más bruscos que hemos visto este año. Y lo que lo hace especialmente relevante es que no vino acompañado de datos económicos nuevos: fue simplemente una señal desde el corazón operativo de la Fed.
Esto deja un mensaje claro: la institución sigue profundamente condicionada por la evolución de los mercados y, cuando el riesgo financiero aumenta, el discurso se suaviza. La caída bursátil de los últimos días probablemente ha influido en la lectura interna del riesgo, igual que ocurrió en episodios anteriores.
El mercado entra en la recta final previa a la reunión del 10 de diciembre con un escenario mucho más abierto, donde tanto mantener como recortar tipos vuelven a ser opciones reales. La Fed insiste en que todo depende de los datos, pero una vez más queda claro que los movimientos del mercado también pesan… y, a veces, más de lo que reconocen públicamente.
El desenlace está cerca y esta vez, a diferencia de otras, no hay una certeza respecto a lo que hará la Fed, aunque tras las declaraciones de Williams la balanza se decanta hacia un nuevo recorte de tipos. Desde 2022 hasta ahora hemos asistido a uno de los periodos de política monetaria más volátiles de la última década, y 2026 se presenta también interesante, si tal y como se prevé, Trump sustituye a Powell al mando de la Fed en favor de un candidato más dócil y proclive a seguir sus indicaciones.
La Generación Z ve alejarse el sueño americano
Por otra parte, ser joven adulto hoy es más difícil que nunca, también, en Estados Unidos. El desempleo entre quienes tienen 20-24 años sube, los salarios caen y la vivienda es inalcanzable. El retorno de la educación universitaria ya no es claro. Según Oxford Economics, el “sueño americano” vendido a la Generación Z se está alejando a una velocidad nunca vista.
Mientras el mercado laboral se enfría, los jóvenes son los que más sufren. El paro joven ha aumentado más de 2 puntos desde 2023, el crecimiento salarial es peor que en cualquier otro grupo de edad, la movilidad laboral (normalmente alta al principio de la carrera) está estancada.
Pero el impacto no es solo laboral. Es financiero, estructural y profundo y lo vemos en una generación que comienza con fragilidad financiera. Solo el 38% de la Gen Z domina conceptos financieros básicos, pero, pese a ello, más del 56% invierte, muchas veces sin base sólida, mientras son el grupo más propenso a asumir riesgos altos. La realidad es que la entrada al mundo de la inversión ocurre antes… pero con menos criterio.
Este cambio afecta incluso al consumo del país. Oxford Economics estima que hoy hay 1 millón más de jóvenes viviendo con sus padres de lo que se habría esperado según las tendencias prepandemia, y eso se traduce en un impacto de 12.000 millones a 13.000 millones$ menos en el consumo de EEUU, aproximadamente el 0,1% del gasto total del país.
La Generación Z estadounidense está entrando a la vida adulta en uno de los contextos económicos más duros de las últimas décadas. Un mercado laboral estancado, salarios débiles, vivienda prohibitiva y baja educación financiera forman una tormenta perfecta. El acceso para invertir nunca ha sido tan fácil tanto en EE. UU. como en el resto del mundo, pero entender cómo y por qué invertir sigue siendo para los más jóvenes la asignatura pendiente.