Miguel Ángel Valero
Por primera vez en la historia, un robot ha conseguido ser más rápido que el hombre. En las Olimpiadas de humanoides de Pekín, Tiangong Ultra, ha pulverizado la plusmarca de los 100 m lisos que el legendario Usain Bolt mantenía desde Berlín 2009. Este triunfo de las máquinas es sin duda uno de los mejores ejemplos de la enorme velocidad a la que avanza la tecnología y la punta de lanza de los grandes progresos que se están haciendo en torno a la inteligencia artificial (IA).
A lo largo de los tiempos ha quedado probado que, cuando se producen fases de fuerte desarrollo tecnológico, la inversión se dispara, el crecimiento económico se acelera y la productividad aumenta de forma relevante, pero también suelen aflorar incertidumbres sobre cómo puede adaptarse la humanidad a su nuevo rol. Más allá de la idea de Heidegger de que la tecnología moderna no es solo una herramienta neutral, sino una forma de ver el mundo que reduce todo a recursos explotables –incluido el ser humano–, la irrupción de la IA no es ni mucho menos la primera gran amenaza de la historia sobre la mano de obra.
Keynes acuñó el concepto de "desempleo tecnológico" en un ensayo de 1930, que hoy no podría estar más de moda. Aunque en aquel momento los enormes beneficios de la máquina de vapor ya estaban incorporados a la industria y el transporte, el economista británico trataba de anticipar el impacto de la importante transformación que suponía la electrificación de las grandes urbes y hogares, la automatización y los descubrimientos químicos. Se atrevió a pronosticar que, un siglo más tarde, para 2030, habría una semana laboral de 15 horas y que el verdadero reto de la humanidad no sería el trabajo sino el ocio. Aunque erró en la magnitud de su predicción, acertó en lo más importante: la dirección.
Pero no se puede obviar la extraordinaria capacidad de adaptación y reinvención del ser humano. Para vislumbrar el futuro no se deben asumir los elementos presentes como constantes en el tiempo. Si no, que se lo digan a grandes pensadores como Malthus o Ricardo. Mirando al futuro, el hombre, tal y como ha hecho a lo largo de la historia, se reinventará, definirá nuevos trabajos y funciones para contribuir a la sociedad. Los cambios son tan rápidos y la carrera por el liderazgo en la IA tan feroz, que se están generando otras pugnas paralelas en ámbitos tan fundamentales como la lucha por encontrar financiación, por controlar los recursos básicos, o la contienda entre las diferentes naciones por conseguir su autosuficiencia tratando de alcanzar una suerte de hegemonía multidimensional.
Los principales hiperescaladores han dejado de financiar con caja sus fuertes inversiones en IA. Los cinco grandes proveedores de datos en la nube – Amazon, Microsoft, Alphabet, Meta y Oracle– que, hasta el año pasado, sufragaban la totalidad de la inversión con los pingües beneficios generados en sus negocios oligopólicos, se han convertido en grandes emisores de deuda. Y lo han hecho con tal dimensión que, en muy pocos meses, ya suponen el 20% de las emisiones del mercado norteamericano de bonos con grado de inversión. El cambio no es menor: la carrera por la IA está haciendo que el riesgo ya no se concentre únicamente en la rentabilidad de las inversiones, sino también en los balances y en los mercados de crédito.
Esta colosal movilización de capital demuestra que, en la cúspide de la tecnología, nadie puede permitirse pestañear. Como dijo Lewis Carroll “se necesita correr todo lo que se pueda para permanecer en el mismo lugar”. "Los hiperescaladores han descubierto que, en la pugna por la IA, la mayor de las deudas no es financiera, sino quedarse atrás", advierte Joan Bonet, director de Estrategia de Mercados y Asesoramiento de Banca March.
Líneas maestras que guíen las decisiones
Más rápido, más alto, más fuerte son los pilares del lema olímpico. Para el barón de Coubertin, fundador de los Juegos Olímpicos modernos, constituían la verdadera filosofía de vida orientada a la permanente búsqueda de la excelencia personal y el esfuerzo como camino de autorrealización. Una búsqueda por trascender los límites conocidos, inherente al ser humano en su afán de progreso, y que hoy se proyecta en el uso de la tecnología. Impulsados por la IA, la robótica y la automatización, atravesamos un periodo de cambio y una nueva carrera hacia los límites de lo posible. "Ante la magnitud y complejidad de la actual transformación, consideramos esencial evitar tratar de adelantar acontecimientos. En su lugar, pensamos que, apoyados en la historia económica, debemos mantener la perspectiva y dibujar unas líneas maestras que han de guiar nuestras decisiones", señala un análisis de Banca March.
Una de las principales enseñanzas del pasado y que nos debe guiar en el actual momento del ciclo económico es que, habitualmente, el desarrollo tecnológico no suele producirse de manera lineal, pero cuando ocurre, siempre conlleva un mayor dinamismo económico. Desde las grandes innovaciones en el transporte –como el desarrollo de canales o el ferrocarril en el siglo XIX–, pasando por la electricidad, hasta la invención de los ordenadores y el desarrollo de internet, se puede establecer una característica común: fueron periodos en los cuales la riqueza agregada (el PIB per cápita) consiguió mejoras visiblemente superiores a la media histórica.
Ahora nos encontramos ante la era de la inteligencia artificial, que ya se ha transformado en una fuerza macroeconómica de primer orden. La inversión mundial en IA se prevé supere el billón$ en 2026, de los cuales más de la mitad corresponderá a EEUU, una cantidad equivalente al 2% de su PIB. Resulta aún más impresionante si la analizamos desde el punto de vista de aportación al crecimiento, dado que la inversión vinculada a la tecnología y a los centros de datos explica ya el 50% del crecimiento de la mayor economía del mundo este año. Por otro lado, la carrera en el desarrollo de la inteligencia artificial será una fuerza que, más allá de impulsar el crecimiento del PIB, conllevará también una profunda transformación económica con grandes ganadores y perdedores: un claro ejemplo de esta fuerza transformadora lo encontramos en la construcción privada que, por primera vez en la historia, muestra que el capital destinado a la edificación de centros de datos en EEUU ha superado ya el destinado a oficinas.
Una tendencia en clara aceleración que implica que los centros de datos ya suponen cerca del 10% de todo el gasto en construcción realizado y que, además, también empuja al alza otras industrias auxiliares para el funcionamiento de esta nueva tecnología como es la infraestructura eléctrica, sin la que la IA no podría seguir ganando escala. La inversión y mejora de la infraestructura eléctrica está también recibiendo importantes inversiones, prueba de ello es que sigue ganando preponderancia dentro de la construcción privada, superando el 17% del total desde el 14% registrado en 2022, año en el cual se lanzó ChatGPT y también la CHIPS Act estadounidense destinada a impulsar la fabricación nacional de semiconductores.
The Trader: se dedica poco tiempo a preparar a las personas para la IA
Hay algo profundamente paradójico en la revolución de la IA. "Estamos desarrollando una tecnología que promete sustituir millones de tareas realizadas por seres humanos, pero para conseguirlo necesitamos a miles de personas trabajando cada día para enseñar a las máquinas a hacer precisamente esas tareas", subraya Pablo Gil en The Trader.
Detrás de los algoritmos más sofisticados del mundo existe una industria prácticamente invisible de trabajadores que etiquetan imágenes, clasifican textos, corrigen respuestas, transcriben conversaciones y revisan contenidos que las máquinas todavía no saben interpretar correctamente. Y no hablamos de un negocio marginal. Según estimaciones de Klecha&Co, el mercado de anotación de datos podría alcanzar los 7.530 millones$ en 2030, cuatro veces más que en 2024.
Buena parte de ese trabajo se ha desarrollado tradicionalmente en países como India, Filipinas o Kenia, donde algunos trabajadores cobraban menos de 2€ por hora. Personas que, desde miles de kilómetros de distancia, contribuyen a entrenar tecnologías que posteriormente se comercializan por miles de millones de dólares.
Una realidad que rara vez aparece cuando hablamos de los avances tecnológicos: es que detrás de muchas de las herramientas que utilizamos hay personas realizando trabajos que las máquinas todavía no pueden asumir completamente. Y aquí aparece una contradicción todavía más inquietante. Cuanto más inteligentes se vuelven los sistemas, más tareas pueden automatizar. Eso significa que algunos de los trabajadores que hoy contribuyen a perfeccionar estas tecnologías podrían estar ayudando a desarrollar las herramientas que mañana harán innecesario su propio puesto de trabajo.
"Siempre he defendido que el progreso tecnológico es una de las grandes fuentes de prosperidad de la humanidad. Y creo que la inteligencia artificial tiene un potencial extraordinario para mejorar nuestra productividad, nuestra salud y nuestra calidad de vida. Pero hay algo que me preocupa profundamente: estamos dedicando cantidades gigantescas de dinero y talento a conseguir que las máquinas aprendan a trabajar como nosotros, mientras dedicamos mucha menos atención a preparar a las personas para un mundo en el que buena parte de ese trabajo dejará de ser necesario", subraya este analista.
La historia demuestra que las revoluciones tecnológicas destruyen empleos, pero también crean otros nuevos. El problema es que esa transición no ocurre de manera automática, ni al mismo ritmo, ni beneficia necesariamente a quienes pierden su puesto de trabajo. "Y quizá este sea el gran desafío de nuestro tiempo: estamos enseñando a las máquinas a hacer nuestro trabajo mucho más deprisa de lo que estamos enseñando a los seres humanos a encontrar su lugar en el nuevo mundo que esas máquinas están creando", resalta.
La IA facilita los ciberataques
Por otra parte, cuando hablamos de IA, casi siempre nos centramos en las mismas cuestiones: cuántos empleos desaparecerán, qué empresas dominarán esta revolución tecnológica o cuánto aumentará la productividad de nuestras economías. Pero hay otra cara de la IA de la que apenas hablamos. Y sus consecuencias pueden ser devastadoras. Las víctimas de estafas perdieron 442.000 millones$ en 42 países durante 2025, una cifra que supera algunas valoraciones del negocio mundial de la cocaína. Y lo más preocupante es que la IA está permitiendo que esta industria criminal crezca, se abarate y resulte cada vez más difícil de combatir.
Hasta hace poco, muchas de estas operaciones necesitaban grandes instalaciones, cientos de trabajadores y estructuras relativamente complejas. Hoy, gracias a la IA, basta con pequeños equipos que pueden operar desde un apartamento, un hotel o cualquier lugar con conexión a internet. Los delincuentes pueden comprar datos personales robados, crear identidades falsas, suplantar voces y rostros, construir páginas web prácticamente idénticas a las de un banco y mantener conversaciones automatizadas con miles de víctimas potenciales. Y todo a precios ridículos.
Las últimas investigaciones revelan que existen herramientas para organizar campañas fraudulentas por menos de 100$, servicios capaces de enviar mensajes a 10.000 direcciones de correo por apenas un dólar y programas especializados disponibles mediante suscripciones de unos pocos cientos de dólares mensuales. "Estamos asistiendo a algo inquietante: la democratización tecnológica también está democratizando la capacidad de cometer delitos a gran escala", alerta Pablo Gil.
Y no hablamos de casos aislados. Meta asegura haber eliminado más de 16 millones de cuentas vinculadas a redes criminales de estafas en Facebook e Instagram desde el año pasado, además de 65 millones de anuncios fraudulentos.
En una muestra de nueve plataformas de desarrollo y creación de aplicaciones con IA, las páginas fraudulentas detectadas se multiplicaron por más de cuatro en apenas dos años.
Pero quizá el cambio más peligroso no sea tecnológico, sino psicológico. Las estafas ya no consisten necesariamente en enviar miles de correos mal redactados esperando que alguien caiga. Ahora pueden construirse conversaciones personalizadas utilizando información real de la víctima, imitando a personas de confianza y adaptando el discurso a sus intereses, emociones y circunstancias económicas. Y cuando una máquina puede generar miles de conversaciones convincentes simultáneamente, el coste de encontrar a alguien vulnerable se desploma.
Casi dos de cada tres víctimas de estafas realizan algún pago durante las primeras 24 horas desde el contacto inicial. Además, el problema tiene una dimensión económica que va mucho más allá del dinero robado. Los bancos deben invertir cada vez más en prevención y compensación de fraudes. Las empresas necesitan reforzar sus sistemas de ciberseguridad. Las aseguradoras afrontan nuevos riesgos. Y los consumidores terminan soportando parte de esos costes.
"Estamos creando una economía digital donde verificar que una persona, una empresa, una llamada o una propuesta de inversión son auténticas será cada vez más complicado", advierte Pabo Gil, que es de los que piensan que "la IA representa una oportunidad extraordinaria para mejorar nuestra productividad, impulsar el crecimiento económico y transformar nuestras vidas. Pero precisamente por eso creo que estamos subestimando algunos de sus riesgos".
Durante décadas, la tecnología ha permitido que las empresas produzcan más con menos recursos. Ahora estamos descubriendo que esa misma lógica también funciona para los delincuentes: pueden engañar a más personas, en menos tiempo y con una inversión cada vez menor. Y mientras las organizaciones criminales operan globalmente y pueden reinventarse en cuestión de horas, las autoridades siguen dependiendo de legislaciones nacionales, procedimientos judiciales lentos y una cooperación internacional que muchas veces llega demasiado tarde.
La gran contradicción es que estamos construyendo herramientas capaces de generar una riqueza extraordinaria, pero también de destruir uno de los pilares fundamentales sobre los que funciona cualquier economía: la confianza.
"Porque si dejamos de confiar en lo que vemos, en lo que escuchamos y en quién está al otro lado de una pantalla, el coste de hacer negocios, invertir y relacionarnos será cada vez mayor. Y ese es un riesgo económico y social de la IA que deberíamos tomarnos mucho más en serio", concluye Pablo Gil.