Miguel Ángel Valero
¿Por qué ha tardado 46 años EEUU en atacar Irán? Keenan Yoho, Senior Advisor de Banor, cree que han desaparecido las limitaciones que han frenado la entrada en conflicto de EEUU contra Irán, desde que la revolución islámica triunfó con la toma de rehenes de la embajada USA, que duró 444 días, por la conjunción de tres hechos:
El 28 de febrero de 2026, bombardeos estadounidenses e israelíes mataron al líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jameneí. Con él desapareció la última figura de la generación islámica revolucionaria que llegó al poder en 1979.
"La pregunta no es tanto por qué ocurrió esto, sino por qué tardó tanto en suceder", subraya este experto. La respuesta comienza en 1979. En noviembre de ese año, estudiantes iraníes asaltaron la embajada de EEUU en Teherán y mantuvieron como rehenes a cincuenta y dos diplomáticos durante 444 días. El presidente estadounidense Jimmy Carter intentó responder con la Operación Eagle Claw, una misión de rescate en helicóptero que terminó en catástrofe en el desierto iraní: ocho estadounidenses murieron y los restos quedaron ardiendo en la arena. Irán había impartido su primera lección a EEUU: podía golpear, absorber la respuesta y esperar a que Washington se desgastara.
Durante más de cuatro décadas, dos limitaciones hicieron que la represalia estadounidense contra Irán fuese más costosa que la contención. La primera fue la Guerra Fría, que tenía reglas no escritas: moderación mutua, sólo conflictos indirectos, y ninguna invasión directa de Estados soberanos fuera de las esferas de influencia reconocidas.
El principio clave era no emprender nunca una acción que dejara a un adversario con armas nucleares sin otra opción que responder. Estos principios ya estaban bajo presión cuando la Unión Soviética invadió Afganistán en diciembre de 1979, desplegando fuerzas acorazadas en la frontera oriental de Irán. La invasión se produjo dentro de la esfera de influencia reconocida de Moscú y no rompió las reglas de la Guerra Fría, sino que demostró su fuerza vinculante. Como resultado, EEUU se encontró gestionando simultáneamente una crisis de rehenes en Teherán y observando el oportunismo soviético, mientras las fuerzas se posicionaban desde donde podían amenazar las rutas petroleras del Golfo, sin que EEUU tuviera libertad para actuar en la región.
La segunda limitación fue el arma del petróleo. Una quinta parte del suministro mundial de petróleo pasa por el estrecho de Ormuz. Golpear a Irán en 1979 —o en cualquier momento posterior— implicaba el riesgo de cerrar el Estrecho, desencadenando choques de precios y dañando economías aliadas que dependían del petróleo del Golfo mucho más que EEUU.
Juntas, estas dos limitaciones crearon un escudo estructural para Irán y una jaula estratégica para EEUU. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica entendió esto perfectamente, y construyó su red de milicias aliadas, como Hezbolá, Hamás, los hutíes y grupos chiíes armados en Irak y Siria.
Beirut confirmó aún más los límites del modelo estadounidense. El 23 de octubre de 1983, un atacante suicida de Hezbolá, actuando bajo órdenes directas de Irán, destruyó el cuartel de los Marines estadounidenses, matando a 241 estadounidenses: el día más mortífero para el Cuerpo de Marines desde la batalla de Iwo Jima en la Segunda Guerra Mundial. El presidente Reagan reconoció la mano de Irán en la operación y se retiró del Líbano sin una respuesta militar. La Guardia Revoluciobaria extrajo la conclusión que marcaría su estrategia durante las siguientes cuatro décadas: la guerra por intermediarios funciona, y la combinación de la jaula de la Guerra Fría y el arma del petróleo proporcionaba un escudo estructural para Irán.
Lo que hacía a Irán categóricamente más peligroso que cualquier adversario de la Guerra Fría no era su geografía, sino su ideología islámica radical. Las reglas de la Guerra Fría funcionaban, porque ambas partes compartían una suposición: la supervivencia. Todo adversario al que EEUU se había enfrentado desde 1945, había sido disuadido sobre esta base: la URSS en Cuba, China en Corea y Rusia en Ucrania.
Ningún soldado soviético eligió jamás la muerte como misión contra civiles estadounidenses. La ideología islámica radical elimina esta suposición. Es maximalista, nihilista y suicida de formas que ningún otro adversario de Estados Unidos ha encarnado en la práctica. Para los estadounidenses, el 11-S es la prueba empírica: 19 hombres murieron voluntariamente para matar a 3.000 personas. Esto no fue una táctica: fue una teología. Aunque Irán no pilotó los aviones, construyó la arquitectura ideológica y operativa que justificó los ataques suicidas mediante una doctrina del martirio propagada a través de milicias aliadas. El marco de la Guerra Fría no tenía respuesta para un adversario que eliminaba la supervivencia de la ecuación.
La protección de Irán siempre ha sido una combinación de reglas geopolíticas, palancas económicas y límites militares estadounidenses. Para febrero de 2026, los tres factores se habían derrumbado de forma secuencial. La Guerra Fría terminó en 1991. La revolución del petróleo de esquisto convirtió a EEUU en el mayor productor mundial de petróleo, rompiendo el vínculo entre la estabilidad del Golfo y la seguridad económica estadounidense.
El control estadounidense de los recursos energéticos venezolanos reforzó aún más esta posición, colocando las mayores reservas de petróleo del mundo bajo control estadounidense.
El orden basado en reglas colapsó bajo el peso de sus propios ultimátums no aplicados
En 2012, el presidente Obama trazó una línea roja en Siria sobre el uso de armas químicas, pero en 2013 no intervino cuando Asad utilizó gas sarín contra civiles. El presidente ruso Vladímir Putin tomó nota y, un año después, invadió Ucrania, convencido de que EEUU consideraba ahora opcionales sus compromisos. La norma fundacional del orden de posguerra se rompió y nunca fue reconstruida.
Lo que cambió para EEUU no fue sólo la neutralización del arma del petróleo, sino también su capacidad militar, que se había transformado por completo. La distancia entre Eagle Claw en 1979 y la Operación Epic Fury en 2026 no es simplemente de 46 años. Es la distancia entre un país incapaz de rescatar a sus diplomáticos un jueves y otro capaz de eliminar a un líder supremo un sábado. El sistema de caza humana que localizó y mató a Osama bin Laden eliminó al líder del ISIS al Bagdadi y neutralizó al comandante de la Fuerza Quds de la Guardia Republicana, Qassem Soleimani, en el aeropuerto de Bagdad en 2020, representa la culminación de décadas de desarrollo en armas, tecnologías de inteligencia, vigilancia, reconocimiento y toma de decisiones industrializada. Soleimani demostró que cualquier barrera psicológica para que Estados Unidos atacara a líderes iraníes había sido superada seis años antes del 28 de febrero de 2026.
El imperio regional revolucionario de Irán —construido durante cuatro décadas mediante sangrientas guerras por intermediarios, capacidades misilísticas y un programa nuclear— descansaba sobre la suposición de que las limitaciones estadounidenses eran características permanentes del paisaje estratégico. Sin embargo, esas limitaciones eran el producto de un momento histórico específico: la Guerra Fría, la vulnerabilidad petrolera estadounidense, los límites de la tecnología militar de precisión y un orden basado en reglas cuyo garante aún estaba dispuesto a atarse a sus propios procedimientos. Cada una de estas condiciones ha desaparecido ahora. El régimen iraní apostó su supervivencia a la idea de una debilidad estadounidense permanente… y perdió.
