27 Aug
27Aug

Miguel Ángel Valero

La última encuesta de Reuters sitúa al S&P 500 cerrando 2026 un 3% por encima de los niveles actuales, apoyado en el optimismo de beneficios y en una distensión con Irán. Consenso alcista, pero con poco margen: si los beneficios fallan, ese 3% se evapora.

Además, la rentabilidad por dividendo del S&P 500 cae al 1,04%, la más baja jamás registrada. Comprar Bolsa hoy renta menos que nunca vía dividendo: casi todo el retorno se juega a que la cotización suba.

Mientras, en EEUU la inflación se muestra persistente. El deflactor del consumo personal (PCE) avanzó un 0,2% mensual, una décima por encima de lo previsto, lo que mantuvo el ritmo de crecimiento interanual en el +3,7%. Tendencia similar para la tasa subyacente, que repitió niveles de +3,3% interanual y se mantiene por encima de los objetivos de la Fed. Sin embargo, la lectura de los componentes muestra que este repunte mensual en gran medida estuvo afectado por un evento aislado que podría revertirse en los próximos meses: la subida de las comisiones de gestión de carteras (un componente específico dentro de la partida de Servicios Financieros), el cual aumentó un 5,6% mensual frente al +0,7% previo y por sí sola aportó +0,11 puntos a la inflación explicando gran parte de este inesperado aumento mensual. 

En cualquier caso, el dato confirma la persistencia de la inflación, pero también que el ritmo de aumento de los precios se está moderando: tras alcanzar un máximo del +4,1% en mayo, el deflactor del consumo personal se ha moderado hasta el +3,7%, reflejando una gradual pérdida de impulso en las presiones sobre los precios. 

Esta dinámica resulta todavía más evidente al analizar la inflación en términos semestrales anualizados. Bajo esta métrica, el ritmo de crecimiento de los precios se ha desacelerado hasta el +3,5%, alejándose sensiblemente del +5,4% registrado en mayo, un periodo que coincidió con los máximos anuales en los precios de la gasolina.

En cuanto al gasto de los hogares, el dato fue menos halagüeño, dado que se desaceleró una décima hasta el +0,2%, lo que significa que en términos reales el consumo se estancó en julio. Frente a ello, los ingresos mejoraron y en términos reales crecieron un +0,4%. 

En este contexto, tras meses de descenso del ahorro, los hogares estadounidenses revirtieron esta tendencia y en julio la tasa de ahorro repuntó hasta el 3% desde el 2,6% previo. Una cifra que mirando con perspectiva sigue en niveles históricamente bajos (el promedio de los últimos 30 años es del 5,7%) y que por tanto refleja una elevada disposición a consumir. 

TACO de Trump con la carne

En este contexto, Trump ha firmado una orden para ampliar temporalmente las importaciones de carne de vacuno magra con el objetivo de contener el precio de la carne picada para los consumidores estadounidenses. La medida estará vigente durante 90 días, coincidiendo prácticamente con la recta final hacia las elecciones de mitad de mandato. Durante ese periodo, las primeras 100.000 toneladas mensuales podrán acogerse a un régimen arancelario más favorable, mientras que las importaciones que superen ese volumen seguirán sujetas a los aranceles ordinarios que correspondan.

Según la Casa Blanca, esta actuación permitirá incrementar la oferta de carne de vacuno en torno a un 10% respecto a las previsiones actuales. La combinación de varios años de sequías, incendios forestales y las restricciones a las importaciones de ganado procedente de México debido al gusano barrenador ha reducido significativamente la disponibilidad de carne vacuna. De hecho, a comienzos de 2026 el censo de ganado bovino se situaba en 86,2 millones de cabezas, el nivel más bajo en más de siete décadas. Como consecuencia de esta escasez, el precio de la carne picada ha alcanzado los 6,9 $/libra, lo que supone un aumento cercano al 10% interanual y de alrededor del 40% en los últimos tres años.

Con esta iniciativa, la Administración Trump busca reforzar su mensaje de asequibilidad económica a escasas semanas de las elecciones. En los últimos meses, el presidente también ha impulsado otras medidas orientadas a aliviar el coste de la vida, como la flexibilización de determinados aranceles sobre otros alimentos importados y programas dirigidos a reducir el precio de los medicamentos. 

Sin embargo, estos esfuerzos se enfrentan a un contexto menos favorable para el consumidor, marcado por la persistencia de presiones inflacionistas y el encarecimiento de algunos componentes clave del gasto de los hogares, como la energía y los combustibles.

No se trata solo de los aranceles a la carne importada. Trump trata de mimar al voto rural y anuncia que revisará las regulaciones que afectan a las plantas que se encargan del despiece de carne de vacuno. El problema es que solo cuatro empresas acaparan el 85% de ese mercado: Cargill, Tyson Foods, JBS USA, y National Beef. . Y que Justicia ya investiga si inflaron los precios. 

Si bajan los aranceles entra ternera de fuera más barata y el consumidor paga menos, pero el ganadero de casa cobra menos. Por eso el lobby agrario le pide marcha atrás a esa decisión. Menos aranceles abaratan la carne y alivian la inflación de alimentos, pero aprietan los márgenes de procesadoras como las cuatro empresas mencionadas, que suman mucho empleo en zonas rurales. 

The Trader: EEUU quiere decidir quién y dónde se fabrica

Durante décadas nos acostumbramos a pensar que la globalización consistía en fabricar allí donde era más barato y vender en cualquier parte del mundo. Las empresas decidían dónde invertir en función de los costes, los consumidores se beneficiaban de precios más bajos y los gobiernos trataban, al menos en teoría, de intervenir lo menos posible en el comercio internacional. Ese modelo está cambiando a gran velocidad. Cuando se habla de la guerra comercial entre EEUU y China, la atención suele centrarse en los aranceles. Sin embargo, los acontecimientos muestran que estamos entrando en una fase mucho más profunda. Ya no se trata únicamente de gravar las importaciones, sino de decidir quién puede fabricar, dónde puede hacerlo y bajo qué condiciones.

EEUU ha endurecido las restricciones a productos procedentes de regiones sospechosas de utilizar trabajo forzoso, mientras presiona a países como México para que adopten barreras similares frente al acero chino. Al mismo tiempo, Alemania estudia imponer condiciones a inversiones extranjeras en sectores considerados estratégicos, e India aprovecha las nuevas negociaciones comerciales para ganar cuota de mercado en EEUU.

A primera vista parecen decisiones independientes. En realidad, todas responden a una misma lógica. Los gobiernos han dejado de considerar el comercio internacional como una cuestión exclusivamente económica y han empezado a utilizarlo como una herramienta de política industrial, seguridad nacional e influencia geopolítica. Durante años se asumió que la eficiencia era el principal objetivo de las cadenas de suministro. Hoy pesan cada vez más otros factores: la resiliencia, la autonomía estratégica o la seguridad del abastecimiento. Fabricar en el lugar más barato ha dejado de ser la única prioridad si eso implica depender de un país que, en un momento de tensión política, pueda interrumpir el suministro de componentes esenciales.

Por eso resulta engañoso interpretar lo que está ocurriendo como un simple regreso al proteccionismo. El comercio internacional no está desapareciendo. Lo que está haciendo es reorganizarse alrededor de bloques de confianza. Las empresas seguirán produciendo en distintos países, pero cada vez tendrán más en cuenta las afinidades políticas, la estabilidad institucional o el acceso preferente a determinados mercados. Estamos pasando de un mundo en el que las cadenas de producción eran globales a otro en el que serán, probablemente, más regionales y estratégicas.

Muchos inversores siguen interpretando estas noticias como si fueran episodios aislados: un nuevo arancel, una restricción comercial o una negociación más entre gobiernos. Sin embargo, cuando se observan en conjunto aparece una tendencia mucho más profunda. Durante décadas, las empresas competían casi exclusivamente por producir más barato. En los próximos años tendrán que competir también por producir de forma más segura, más cercana y menos dependiente de países considerados estratégicamente sensibles. Y eso tiene consecuencias muy concretas.

Es probable que la inflación estructural sea algo más elevada que en las décadas anteriores, porque fabricar con mayor redundancia y menor dependencia tiene un coste. También veremos más inversión en industria, logística, defensa, energía e infraestructuras dentro de los propios bloques económicos, mientras sectores muy dependientes del comercio global podrían enfrentarse a mayores costes y menores márgenes.

"La gran diferencia es que antes la geografía seguía a la economía. Hoy empieza a ser la geopolítica la que decide dónde se invierte, dónde se produce y, probablemente, dónde estarán las mejores oportunidades de inversión durante la próxima década", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.


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